CAPÍTULO 12: La huida


Notas de la autora:

Creo que os voy a dar una buena noticia para celebrar el nuevo año. Y es que realmente le veo conclusión al fic. Sobre aquellos cuatro capítulos caóticos que empecé, están terminados todos. Pero es que, además, también he escrito los dos capítulos finales (aunque imagino que le haré epílogo y ése no lo tengo). Peeeeeeeeero ¡es que eso no es todo! El capítulo en el que estaba trabada, más o menos lo he sacado adelante (esto significa que está escrito lo que sucede, pero falta corrección, darle más fluidez al desarrollo, etc. Pero vamos, que está hecho, algo que hasta la fecha no era capaz ni de abordar). Total, creo que al fic le quedarán como media docena de capítulos para completarlo de los que más o menos tengo idea (de unos más que otros, pero en general los tengo ahí). De modo que el fic rondará los 40 capítulos de extensión, aprox. Cuando empecé a subir el fic iba sobre las 95 000 palabras y no tenía ni idea de cómo continuar, y ahora voy sobre las 120 000 y con una idea aproximada de lo que ocurrirá. Así que, como véis, sí he conseguido destrabarme poco a poco, por lo que estoy superfeliz *o*

Y como echando cuentas, tengo mucho margen para terminar lo que me queda hasta alcanzarme, voy a empezar a subir dos capítulos a la semana. Mi idea es subir también los jueves y así está repartido. Espero que os guste mi buena noticia para celebrar el nuevo año XD


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Sobre lo que hará Misao... Es algo que me ha sorprendido bastante de la relación que tienen. Todos sabemos que Misao es muy beligerante en general, pero en cambio, aquí es muy permisiva con las acciones de Soujiro. Más de una vez se contiene porque sabe que hay cosas de las que es víctima sin que él se dé mucha cuenta de ello y se las deja «pasar». Pero por supuesto, esto también tendrá su recompensa, porque es algo de Misao que Soujiro va a valorar mucho ^o^.

SlayArmisa: Por eso hice una matización en mis notas finales: porque podría no entenderse bien. Es cierto que Misao parece una mujer echada para adelante y por eso puede sonar extraño que tenga esos remilgos, pero Watsuki encaminó el personaje por ahí. También cuando peleó contra Kamatari y éste le enseñó el pene para que viese que era hombre, a Misao la impresionó muchísimo. Así que Watsuki la creó siendo un poco mojigata, o más bien, como cualquier otra chica normal de la época. Así que yo me he limitado a crearle determinadas inseguridades y tirar por ahí ^_^º.

Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste :-D


CAPÍTULO 12: La huida

Sabía que se tardaba en completar la apariencia de una cortesana, pero ella no tenía paciencia para esas cosas. Dos horas… Dos horas completas sin moverse mientras la mujer la maquillaba y peinaba. Menos mal que no tenían prisa por salir de allí. De todas formas, ya fuese porque la mujer estuviera visitando a alguien o porque hubiera venido a «entretener» a algún hombre, era normal que tardase en salir, por lo que tampoco había problema con esa demora.

Suspiró. Nunca habría pensado que algún día se haría pasar por una oiran*. En realidad, pocas veces se había tenido que hacer pasar por nada más que la líder de los Oniwaban-shu. Era una de las consecuencias de haberse regocijado proclamando que era la nueva líder. Había tenido que hacer tanto hincapié en que estaban en activo y con un nuevo líder, que de esas cosas se habían tenido que encargar otras personas al convertirse los seis en miembros reconocibles.

Volvió a suspirar cuando la mujer terminó de vestirla atando el nudo del obi* al frente. Debía dejar de pensar en esas cosas superficiales y centrarse en lo importante: no matarse con las getas* de esa mujer. Eran muy altas; nunca había caminado con algo así. Y debía salir de allí andando de forma recta y sin perder el equilibrio con ellas.

—Ya está —dijo al fin la mujer, la cual lanzó una mirada apreciativa a su trabajo. Después se acercó e intentó estirar la zona del pecho—. Tiene menos busto que yo, así que cuelga un poco. ¡Pero no es algo importante! —añadió al momento en cuanto vio los ojos asesinos de Misao—. No se nota. No sé ni por qué me he fijado —terminó diciendo dando un paso hacia atrás para alejarse de ella.

Soujiro se acercó hasta las dos mujeres y escrutó a Misao por el frente.

—Sí… No creo que se den cuenta del cambio.

—Entonces, ¿estoy bien? —preguntó con incertidumbre, y alzó los brazos para mirarse.

—Sí.

—No —contestó simultáneamente Soujiro—. Pero pareces una oiran, que es la idea.

Misao masculló ultrajada e hizo que la otra mujer diera un paso más hacia atrás por instinto de conservación.

—¡Aprende esta norma social, Soujiro! —le recriminó Misao. ¡Era lo que le faltaba! Que después de hacerla pasar por esta ignominiosa situación, le dijera que no estaba bien. Se contuvo de golpearle para evitar que las dos horas de trabajo se echaran a perder y lo cambió por clavarle el dedo en el pecho muy enfadada—. Hay que halagar el aspecto de las mujeres de vez en cuando.

—Pero si no querías vestirte así —expuso con gran desconcierto él.

—Una cosa es que no quiera y otra ¡que ya esté vestida de esta forma!

Soujiro sonrió nervioso sin saber qué contestar. Misao se había tomado aquello peor de lo que había esperado, así que al final había tenido que intentar suavizar la situación. Y por eso tenía la sensación constante de que dijera lo que dijese, Misao se enfadaría más. En ese momento, no estaba siendo nada transparente. No entendía nada de lo que estaba hablando. Si la hacía vestirse de cortesana, se quejaba. Si estaba vestida y le decía que no le gustaba, también protestaba. ¿Qué demonios quería?

—Está muy bella, señora —intercedió la mujer—. Podría pasar perfectamente por una de nosotras y hacer que cualquier hombre caiga rendido a sus pies.

—Gracias —soltó con brusquedad Misao—. Entonces, puedo salir ya, ¿no? —preguntó para cambiar de tema.

Soujiro asintió, decidido a no decir ninguna palabra más hasta que a Misao se le pasara el enojo por su pequeña venganza. Ella salió dando un portazo más fuerte del que pretendía y Soujiro dejó escapar el aire de forma cansada.

Debía volver a plantearse sus acciones. Como Misao había resultado ser una persona tan animada y con un sentido del humor sano, había pensado que se molestaría, pero no que se tomaría tan a mal su broma. Él no se lo habría tomado así, por supuesto. Pero había vuelto a cometer el error de suponer que otros actuarían como él. Como resultado, no había calibrado bien las consecuencias y por eso se había tropezado con una reacción que no pretendía.

Suspiró. Por mucho que le insistiera Misao, no estaba hecho para socializar. Acababa de volver a demostrárselo.

—Señor, ¿puedo hablarle con franqueza? —inquirió la cortesana, lo que hizo que le sacara de sus reflexiones. Estaba desmaquillada y vestía una yukata ligera. Parecía una mujer distinta a la que había entrado por la puerta.

—Claro.

—A los hombres les gusta alardear entre ellos de poder costearse una oiran, pero es el primero que he visto que se jacta de sus amantes delante de su esposa —le reprendió sin esperárselo.

—¿Amantes? —preguntó Soujiro desconcertado.

—Le ha hecho entender que visita nuestro local. Y me consta que no es así. Ella parecía afectada, por lo que imagino que su matrimonio es por amor. ¿Por qué le dice, entonces, algo como eso a su esposa sin necesidad? Debería tener más consideración con sus sentimientos.

Soujiro sabía que la molestia de Misao no se debía a un conflicto amoroso como había supuesto erróneamente la mujer, sino al hecho de disfrazarse de oiran y forzarla a hablar de temas sexuales. Pero se echó a reír al cerciorarse de que su doble intención había dado resultado. Estaba empezando a cogerle el truco a decir cosas que se podían malinterpretar. Misao tendía a enredarse ella sola en su cabeza y era algo que le divertía mucho.

—Si lo piensa bien, no lo he dicho. Es usted la que ha llegado a esa conclusión.

—¿Qué? —cuestionó confundida.

—Es algo que me sorprende mucho de Misao —explicó divertido—. Y lo digo en el buen sentido —matizó cuando la mujer frunció el ceño—. Tiene una mente muy viva y se le ocurren las cosas más raras para explicarlas. A mí se me hace difícil razonar como lo hace ella. Misao mezcla mucho sus emociones con los hechos y por eso acaba en esas conclusiones tan extrañas. Yo no puedo hacerlo y por eso es como un pequeño juego de entrenamiento.

—¿Un entrenamiento? —inquirió la mujer alucinada porque lo que decía Soujiro no tenía ni pies ni cabeza para ella—. ¿Le parece bien jugar con el amor de su esposa?

—Misao no es mi esposa y tampoco tenemos una relación —la sacó de su error él, lo que hizo que la mujer se irguiera—. Su verdadero problema es que se escandaliza con cualquier referencia sexual y quería gastarle una broma.

—Pues se le ha ido de las manos —le advirtió ella.

—Eso he visto —murmuró él desanimado.

Soujiro se acercó a la mesilla y cogió su bolsa. La mujer aún se quedaría en la habitación para terminar de vestirse.

—¿Quiere un consejo? —Soujiro se encogió de hombros, sin mucho interés, en realidad—. No le vendría mal suavizar la situación cuando se encuentre con ella de nuevo. Y nada mejor para eso que halagarla. Dígale que se ve muy seductora.

—¿Seductora?

—Por supuesto, va vestida como una oiran —adujo ella ante un hecho evidente—. A los hombres les gustan.

—A mí no —rechazó contundente—. Hace que las mujeres parezcan artificiales. Misao es más bonita sin todo eso.

La mujer se tensó sorprendida por esa respuesta. Teniendo en cuenta cómo se habían desarrollado las dos horas que llevaba allí, no se esperaba una respuesta como ésa. Ese hombre había dado a entender que le gustaban… como al resto de hombres que conocía.

—Bueno… Pues al menos, explíquele que piensa así —le aconsejó ella cuando Soujiro llegó a la puerta—. Aunque no sea su marido, a ella le gustará saberlo.

— * —

Había conseguido salir del hospital sin atraer la atención de nadie. Iba despacio, concentrada en no torcerse un tobillo por pisar mal y llevando sus brazos pegados al cuerpo para no balancearlos. No entendía cómo esas mujeres eran capaces de andar así sin tener su absoluta concentración en ello. Si tuviera que pensar en algo más, se caería sin remedio.

Debía dirigirse al local que le habían indicado y que se encontraba a varias calles de allí, a unos diez minutos del hospital. Según Soujiro, allí tendría su ropa. No tenía muy claro cómo había urdido todo aquello. Era cierto que de vez en cuando pasaba un chico de recados por la habitación que hacía los mandados que tuviera, pero no se imaginaba haciéndole ir a un lugar de libertinaje… ¿O sí?

Misao suspiró ante la evidencia: con el poco tacto que tenía ese hombre, seguro que ni se había percatado de lo inadecuado que sería eso.

Y por supuesto, el maldito crío habría aprovechado la oportunidad para acercarse a un sitio prohibido. Con eso, parte del enfado que tenía derivó a él también. Si se hubiera negado, no habría vivido esas bochornosas dos horas.

Resopló en su mente al recordarlo. No estaba ciega. Cuando la mujer se había quitado el vestido, había podido comprobar que tenía todo donde correspondía y bien puesto. Una mujer realmente diseñada para seducir a los hombres. Y eso la había puesto de peor humor. Era baja, bonita y bien proporcionada. A la mujer le había importado poco desnudarse delante de Soujiro y por eso había tenido que intervenir. Le había hecho darse la vuelta para que no mirara o peor… las comparase.

«¡El muy degenerado!», pensó, y con eso, se llevó un pequeño resbalón con el pie.

Se estabilizó y resopló, pero esta vez con la boca. Seguro que se conocían de antes, ¿acaso no se lo había dado a entender? Y no sólo a ella: a más chicas del local. Y ella que pensaba que a Soujiro no le importaban esas cosas. Siempre hablaba de forma tan desapegada de ello, que creía que no le interesaba. Pero hablaba de forma desprendida porque conocía ese campo en toda su extensión.

Volvió a tropezarse y decidió que por su bien debía dejar de pensar en lo que hacía o dejaba de hacer. Era su vida; podía hacer lo que quisiera con ella.

Siguió su camino mezclándose entre la gente. Era mediodía y las calles estaban llenas de personas yendo y viniendo por todos lados. Puesto que el local estaba lo suficientemente alejado del hospital, la probabilidad de que por allí hubiera algún miembro de los Yoshida era baja. Por tanto, podría escabullirse y salir de la ciudad a través de un sendero poco transitado.

No se preocupó de quitarse el maquillaje ni el peinado, lo cual le llevaría tiempo. Dejó el kimono prestado y se cambió con su ropa. Le dieron, además, una capa con la que cubrirse, lo que podría servirle para ocultarse. Era difícil reconocerla con el maquillaje que llevaba; si además no veían sus ropas, no podrían saber que era ella.

Se camufló entre el gentío y se dirigió hacia el lugar donde se encontraría con Soujiro. Se suponía que él llegaría más rápido hasta allí. Sabían que en cuanto le vieran salir del hospital, alguien le seguiría, sin contar con que más de uno aprovecharía su ausencia para entrar en la habitación a por ella. Entonces, se darían cuenta de que ya no estaba allí y todos se movilizarían.

Soujiro había dicho que había un molino abandonado por el camino por el que regresaron hacia esa ciudad. Habían quedado ahí y por eso aceleró el paso cuando el tránsito de personas se fue dispersando al llegar a las afueras. Con parte de su disfraz y mezclada entre la gente, había tenido una sensación de seguridad que no tenía ya. En los caminos debía haber escondida gente de Yoshida. Si alguno se daba cuenta, estaría a merced de ellos.

—Has llegado más rápido de lo que esperaba. —Misao se sobresaltó y dio un paso hacia atrás al tiempo que miraba en dirección a la voz, en la parte alta del árbol—. Claro que contaba con que te quitarías todo de encima.

—¡Casi me matas del susto! —le reprendió ella—. ¿Qué haces ahí arriba?

—Vigilando que salieras sin incidentes del pueblo. El molino está más lejos de lo que recordaba. No quería dejarte tanto tiempo sola. —Bajó del árbol de un salto—. ¿Has tenido algún problema?

—No. No creo que me hayan reconocido —confirmó ella—. ¿Y tú?

—Yo sí. Según salí, vi que en el tejado de enfrente estaba el hombre que huyó del claro. Intenté correr para despistarlos, pero con tanta gente obstaculizándome el paso me fue imposible. —Se encogió de hombros y comenzó a caminar por el sendero—. Aunque no les sirvió de mucho, porque en cuanto entré en una zona menos transitada, los perdí de vista —dijo sonriente.

—¿Te vieron salir y te persiguieron? —preguntó Misao algo asombrada de que fuese más de uno.

—Sí, y aunque les haya dado esquinazo, acabarán dando con nosotros si seguimos yendo hacia Kioto, así que quiero tomar una ruta alternativa. Daremos más vuelta, pero creo que será más seguro.

—¿Qué pretendes hacer? —cuestionó ella centrándose en su viaje.

—Volver hacia el norte.

—¿Ir hacia atrás? —se sorprendió Misao ante la idea. Ella quería llegar cuanto antes a la seguridad de su casa.

—Ahora que te has curado y encima saben que vas conmigo, es probable que piensen que te apresurarás en ir directa hacia Kioto —explicó él—. Si damos un pequeño rodeo volviendo hacia norte, seguramente ellos nos pasen de largo al buscarte.

—Entiendo.

—Los hemos perdido de vista. Por lógica, intentarán buscarte en dirección hacia Kioto. Con el empeño que has mostrado para ir a casa, no esperarán que retrocedas.

—Imagino… Aunque ahora que hemos salido de la zona segura, quiero llegar a casa cuanto antes.

—Daremos más rodeo y tardaremos más, sobre todo porque no vamos a ir rápido; da igual cómo te pongas —aseguró Soujiro, que sabía lo terca que era capaz de ponerse gracias a su primer viaje—. Pero este rodeo nos evitará incidentes.

—Lo sé. Es buena idea.

Soujiro sonrió por haberla hecho recapacitar tan rápido. De hecho, había esperado una fuerte oposición de su parte.

—Me alegra que lo veas de esta forma.

—Bueno, ahora no tengo la preocupación de que puedan engañar a mi gente. Saben que ha pasado algo, así que serán cautelosos.

Soujiro asintió y aceleró algo más el paso.

—Lo mejor será que nos alejemos cuanto antes de esta zona. Una vez que estemos lejos, podremos descansar. —Miró a Misao en busca de una confirmación por su parte, pues era ella la que acabaría marcando el paso. Ella asintió y se acercó a su lado para cogerle el ritmo—. Y hay que buscar un lugar donde puedas quitarte toda esa pintura. Parece que estoy hablando con otra persona.

Misao se mantuvo en silencio y bajó la mirada.

—Soujiro…

—¿Sí?

—¿Tan mal me veía así vestida? —preguntó ella en un susurro. Soujiro casi ni la escuchó, pero recordó lo que le había dicho la cortesana antes de salir del hospital.

—¿Eso te preocupa? —contrarrestó él, que no quería meterse en ese pantano farragoso del que no había sabido cómo salir.

—Bueno… —titubeó antes de seguir—. Se supone que a los hombres os gustan las oirans.

Soujiro se detuvo y se quedó observándola con fijeza. Después suspiró con fuerza y se llevó una mano a la cabeza para rascarse. Misao supo que era un gesto que hacía por incomodidad.

—No me gusta la apariencia de las oirans. Son como muñecas intercambiables —explicó él con semblante serio, algo que Misao pocas veces le veía hacer—. Todas van iguales y se maquillan de tal forma que parece que se ocultaran, como si tuvieran algo malo que esconder. No se ve nada de ellas y a mí me gusta saber con quién estoy tratando.

—No lo había pensado de esa forma.

—Pues deberías. Viste cómo la oiran con la que te intercambiaste era otra mujer cuando se quitó todo. No la hubiera reconocido por la calle ni aunque me hubiera chocado con ella.

Soujiro se cruzó de brazos cuando no supo qué hacer con ellos. Era una conversación incómoda para él, pero había recordado las palabras de la mujer que le había dicho que debía ser más considerado con Misao.

—Tú no necesitas esconderte tras esa pintura —dijo sincero con un resoplido—. Eres más atractiva al natural.

—¿Qué? —Aunque fue una pregunta casi inaudible a consecuencia del estupor.

—Me has oído. No pienses que lo voy a volver a decir. Se supone que eso debería bastarte —alegó él a la vez que retomaba el camino.

—¿Lo piensas en serio? —le preguntó corriendo tras sus pasos con una sonrisa brillante.

Soujiro la miró de reojo algo molesto, pero en cuanto la vio tan contenta, resopló disgustado. Aquello debía ser lo que se conocía como la vanidad de las mujeres: criaturas codiciosas por obtener halagos.

—Sí —contestó. Y esperaba que con aquello le dejara tranquilo.

Misao soltó un pequeño gritito y de pronto resplandeció por completo.

—Lo sabía —se jactó victoriosa, y empezó a abrazarse a sí misma—. Soy una mujer atractiva. Tengo un cutis que es la envidia de muchas mujeres. Y unos ojos azules preciosos que muchas querrían.

Soujiro la miró pasmado ante ese cambio tan repentino. No se había esperado esa vuelta de hoja.

—Veo que tu concepto sobre ti misma ha mejorado de pronto. —Lo dijo con una sonrisa porque le había descolocado su reacción. Y reconocía que le había hecho gracia.

—Por supuesto. Si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?

—Hace un momento no parecías tan optimista.

—Me has pillado en mal momento. Recuerda que he estado convaleciente.

—Esa excusa no te va a valer por siempre.

Misao hizo un gesto de la mano con el que rechazaba sus palabras y siguió caminando a la vez que tatareaba una canción. Soujiro sonrió por lo bajo mientras negaba con la cabeza. Ésa sí era la Misao transparente que conocía. Estaba feliz y le sorprendía que estuviera así por unas simples palabras.

Era una mujer muy extraña.

—Por cierto, Soujiro —dijo de pronto ella, con lo que atrajo su atención—. Tú también eres un hombre atractivo.

—¿Qué? —La miró como si no entendiera nada y Misao se rio.

—Me has oído. No pienses que lo voy a volver a decir —le devolvió sus propias palabras, lo que hizo que Soujiro enmudeciera por ellas. Era la primera vez que una mujer le decía algo así.

—Esto… Gracias —respondió cohibido. No sabía qué otra cosa decirle.

Misao rio divertida.

—De nada. Te lo digo por si pensabas que sólo a las mujeres nos gusta que nos digan cosas bonitas.

Soujiro la miró muy desconcertado. Era como si le hubiese leído la mente.

—¿Cómo has sabido…? —Aunque no continuó con su pregunta. Estaba perplejo.

—Se te veía en la cara. Además, ese «se supone que eso debería bastarte» ha sido muy revelador.

—Perdona… Aunque estaba siendo sincero. No te lo dije por decir.

—Yo tampoco. Realmente me lo pareces.

Soujiro sintió que su corazón se aceleraba sin motivo aparente y miró hacia el frente, apartando los ojos de Misao, la cual ahora le hacía sentirse incómodo. Pero se estaba dando cuenta de que no podía evitar sonreír. Misao le había conseguido levantar el ánimo de repente y con unas pocas palabras. No pudo evitar pensar que no hacía ni un minuto que había creído que era extraña por cambiar su actitud por unas palabras. Sin embargo, ahora se veía él en esa situación.

—Es impresionante el poder de las palabras, ¿no crees? —reflexionó Soujiro ante ese hecho.

—En realidad, no son tanto las palabras como de quién provengan —matizó Misao al ver que Soujiro se sorprendía por algo así—. Cuanto más importante sea una persona para nosotros, más nos afecta lo que nos diga.

—¿Cuanto más importante? —repitió confundido.

—Tienes que relacionarte más con la gente, Soujiro —se burló ella riéndose por su ignorancia—. Solo entonces verás la diferencia entre lo que te diga un desconocido y lo que te diga alguien que de verdad aprecies.

Soujiro se detuvo, perturbado por esas palabras, mientras Misao seguía su camino feliz retomando su canción. ¿Esas palabras no le habrían afectado igual si las hubiera pronunciado otra persona? Sólo lo pensó unos segundos y supo que no lo habrían hecho, porque en general, solía importarle poco lo que la gente pensaba de él. Pero se había sentido extrañamente contento cuando Misao se las había dicho.

De modo que empezaba a apreciarla, tal y como decía ella; un descubrimiento interesante pero no asombroso. Misao era una persona que se dejaba querer. Era alegre y optimista; era una mujer que entretenía a cualquiera que estuviera a su alrededor. Y esa energía fluía de ella contagiando a todos los que estuvieran a su alcance.

Misao se giró y se rio, haciendo que esa sonrisa iluminara su rostro.

—Pero ¿qué haces ahí pasmado? ¡Vamos! —le urgió ella para que se pusiera en marcha.

Soujiro sonrió cuando vio que de nuevo era alcanzado por su vitalidad. Era un efecto asombroso a la vez que inquietante; nunca había estado al lado de alguien así.

Y fue por eso que, al ponerse en marcha, una reveladora idea sobre ella ocupó sus pensamientos.

Era radiante.


Notas del fic:

*Oiran: Antiguas prostitutas de lujo. Se las diferenciaba por su colorida vestimenta de un montón de capas, su maquillaje y sus complicados peinados con muchos adornos. De ahí que les lleve tanto tiempo arreglarse.

*Obi: Es el trozo de tela largo y ancho que se utiliza como cinturón en los kimonos. El nudo se coloca atrás de forma general, pero las oirans lo llevan al frente pues les facilita la labor de ponerse y quitarse el kimono.

*Getas: Son zuecos de madera. En el caso de las oirans, eran negros con las cintas rojas y podían llegar a medir hasta 30 centímetros. Los que tengo ideados para Misao en mi cabeza no eran tan altos XD, porque si no, habría necesitado la ayuda de una kamuro (aprendiz).


— * —


Fin del Capítulo 12

31 Diciembre 2017


Notas finales:

Metiéndonos en contexto histórico, la sociedad de Japón es y ha sido muy machista. De modo que las acciones del hombre en cuanto a mujeres eran todas excusables. Esto viene a cuento de lo que comenta la cortesana sobre las amantes de Soujiro. En aquella época, los hombres hacían separación entre sus entretenimientos y lo que eran las cuestiones del hogar. Irse de «putas» no era, por tanto, algo mal visto porque eso atendía a la parte de sus divertimentos y ni siquiera se consideraba infidelidad. Es más, si podían costearse una oiran, al ser tan caras, eso era motivo de alarde pues mostraba su opulencia económica.

Ahora bien —y esto ya es apreciación mía—, no sé hasta qué punto esto sería así en un matrimonio por amor. Antes había muchos matrimonios de conveniencia así que entiendo que a ambas partes les daría igual quién se iba con quién. Pero se me hace más complejo verlo cuando hay amor de por medio. Y ya sé que algunas me dirán que hay parejas abiertas, culturas donde hay harenes y blablablá, pero ninguna de ellas es precisamente de los japoneses. Así que mi «duda» la he trasladado en esa diferenciación que hace la cortesana sobre hablar del tema delante de una esposa que ella cree que le quiere (porque, en realidad, la perturbación de Misao va más al hilo de lo que Soujiro pensaba XD). Hay cosas que, a pesar de que la sociedad las vea bien, no harías si eso afecta a alguien que quieres, así que imagino que hay consideraciones distintas en un matrimonio por amor.

Pues hasta aquí el capítulo. Espero que os haya gustado :-D

¡Feliz Año Nuevo!