CAPÍTULO 15: El refugio
Comentarios a los reviews:
Kaoruca: Pues no te preocupes por lo perdidos que están, porque poco a poco se irán encontrando (aunque no de la manera que ellos esperarían ^_^º). Por cierto, como te gustó la perpectiva de Misao sobre el valor de las palabras, creo que este capítulo te va a resultar... curioso (pero esta vez, por una perspectiva de Soujiro XD).
ddaisyaguilar52: Ajajajaja, no... pobre Misao XD. Es cierto que está teniendo una vuelta a casa algo problemática ^_^º, pero en estos momentos, esa herida es la única que tiene como tal ^_^º. Y piensa que Soujiro hace unas suturas muy buenas XD. Misao va a quedar como nueva XD.
SlayArmisa: El problema de Soujiro es que es un poco torpe u_uº, pero lo hace con buena intención (a excepción de cuando hurga en la llaga, que sí que parece un hobby ^o^. Pero es la primera vez que ha llegado a tener una interactuación de este estilo, así que el hombre se recrea XD). En cuanto a la evolución de la relación de ellos... paciencia. Todo llegará ;-D
Gracias por vuestros reviews. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D.
CAPÍTULO 15: El refugio
Misao despertó cuando oyó una puerta deslizarse. Estaba oscuro salvo por la luz que entraba por la puerta proveniente de una lámpara que llevaba una anciana en la mano.
—Perdone, la he despertado, señora Seta —se disculpó la mujer—. Sólo venía a dejarles esta pomada que he hecho para su herida. Su marido nos dijo que no tenía con qué tratarla.
—Gracias —le dijo Misao aún desorientada.
No sabía dónde estaba. En algún punto del camino, el cansancio había podido más que el dolor de la pierna y se había dormido.
Miró a su alrededor. Estaba en una habitación bastante grande. Soujiro estaba a su lado en un futón propio pero adyacente. Dormía en profundidad, lo que la sorprendió en gran medida. Soujiro se despertaba con el mínimo ruido; tenía el sueño más ligero que ella. Debía estar exhausto cuando llegó allí.
—Soy Aoba Kojima; es un placer conocerla —se presentó la anciana—. ¿Se encuentra mejor?
—Ah… Sí, gracias. ¿Cuándo hemos llegado aquí? —preguntó al fin, con su curiosidad impuesta por completo.
—Llegaron hará como una hora. Su marido buscaba una aldea cercana donde poder tratarla, pero la más próxima está a varios kilómetros de aquí siguiendo el camino y ya era de noche. Mi marido y yo no podíamos permitir que una joven pareja anduviera por estos caminos a estas horas —dijo la mujer con tono horrorizado—. Y menos con usted herida. Lo único que conseguirían sería volver a ser atacados por asaltadores de caminos.
—Gracias —repitió al no saber qué otra cosa decir. No le extrañaba que Soujiro hubiese caído dormido de esa forma. La había llevado a cuestas toda la tarde. Tenía que estar agotado.
—Soy buena con los remedios caseros —siguió la mujer mientras dejaba en el suelo un bote—. Le he hecho uno específico para las heridas. Mañana me encargaré de sus ropas. —Chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Ha tenido que ser una experiencia horrible por tal y como llegaron.
—Es muy amable, señora.
—Debe descansar. Volveré mañana y les traeré el desayuno.
La mujer se despidió y cerró la puerta. Misao se incorporó con intención de acercarse a por el bote, pero supo de inmediato que no podía moverse. Así que se quedó inmóvil a la espera de que su pierna no recordara que su nuevo propósito prioritario era doler. En esos momentos, el dolor era constante pero soportable y tenía toda la intención de mantenerlo así.
Buscó a tientas el farolillo que había visto al lado de su futón y lo encendió. Observó la habitación con más detenimiento y se miró también a ella misma. Llevaba una yukata* corta de verano, a pesar de que no hacía calor. Pero eso le facilitaba el acceso a su herida y suponía que ése era el motivo por el que se la habían puesto. Revisó su pierna, aunque la zona estaba vendada por completo. Al menos, la sangre no había traspasado el vendaje; esperaba que la cura de Soujiro fuese suficiente.
Se deslizó un poco hacia él y le miró. En verdad no se despertaba; era muy sorprendente. Sonrió divertida. En cualquier otra situación no podría verle tan fijamente sin que se despertara; sentiría su presencia y eso le pondría alerta. Sin embargo, ahora se encontraba sumergido en un sueño profundo que le mantenía ajeno a lo que acontecía a su alrededor.
Estaba serio, a diferencia de cuando le veía durante el día con esa eterna sonrisa encima. Siempre era tan afable que, de hecho, cuando se enfadaba o se ponía serio, la descolocaba por completo. Por eso se le hacía raro verle con las facciones de la cara relajadas.
Soujiro había sido una caja de sorpresas para ella. Teniendo en cuenta la primera impresión que se llevó de él, no había esperado encontrarse con eso. Cuando le vio luchar contra Himura supo que sería un rival a temer. Se había enfrentado a él y ni siquiera había pestañeado. Aoshi le había dicho que Soujiro era el más fuerte de los Diez Espadas y no podía hacer otra cosa que darle crédito a sus palabras.
Y, sin embargo, uno de sus enemigos más temidos había resultado ser un hombre risueño y despreocupado, además de una compañía agradable para su viaje y un muy eficiente guardaespaldas. No habría llegado hasta allí sin él. Si aún seguía respirando, era gracias a haberle encontrado.
—¿Quién me lo iba a decir hace siete años? —murmuró meditativa. Ni en sus más alocados pronósticos se habría imaginado algo así.
Se apoyó sin darse cuenta en su pecho cuando se inclinó para observarle mejor y su mano se posó en parte encima de su yukata y en parte sobre su piel. Y fue entonces que notó el calor qué irradiaba. Se asombró de esa temperatura corporal. Ella tendría que esconderse en breve bajo la manta para recuperar el calor perdido tras despertarse. La tela de su yukata era muy fina.
Volvió a mirar a Soujiro, pero esta vez con una nueva luz. No se iba a despertar, así que no hacía ningún mal. Apagó la lámpara y se acercó a él para absorber el calor que emitía su cuerpo. Misao suspiró complacida; era muy agradable. Aprovecharía que dormía en profundidad para recuperar el calor perdido y después regresaría a su propio futón.
Qué bien se estaba allí.
— * —
Alguien cogía mechones de su pelo y tiraba de ellos suavemente, como si estuviera jugando con ellos. Eso era relajante, por lo que Misao suspiró con una sonrisa. De modo que se recostó contra la almohada para seguir durmiendo.
Sólo que no era una almohada. Se despertó al instante y se despejó por completo. Se le abrieron los ojos como platos al darse cuenta de que estaba recostada sobre un cuerpo masculino. Se había dormido tras acercarse a Soujiro, ¡y estaba casi encima de él!
—¡Me dormí! —gritó a la vez que bajaba su pierna de encima de él para separarse.
Mala idea.
Maldijo en bajo cuando un ramalazo de dolor se extendió por todo su cuerpo.
—¿Estás bien? —se preocupó Soujiro—. No puedes hacer movimientos bruscos —comentó seguido como si no viviera uno de los momentos más embarazosos de su vida.
Misao se quejaba al tiempo que se tapaba la cara con las manos. Se le iba a salir el corazón del pecho. ¡¿Cómo podía haber hecho algo así?! ¿Qué clase de mujer era que se dormía encima de un hombre?
—Es asombroso que no te hayas movido en toda la noche —siguió él sin un ápice de mortificación.
—No he estado toda la noche —mintió en un intento por salvar algo de su dignidad.
—Sí lo has estado —la contradijo—. Me despertaste en cuanto pusiste tu pierna encima de mí.
Misao gimió en cuanto lo mencionó, porque en un principio sólo se había acercado a él por su calor, pero dormida se había recostado sobre él de una forma indecorosa.
Quería morirse allí mismo. Nunca jamás se atrevería a mirar a Soujiro de nuevo. Era mejor que se marchara de allí y siguiera con sus viajes; ella terminaría sola lo que le quedaba de camino.
—¿Has podido dormir mejor así? —preguntó él con su habitual tono risueño.
Misao entreabrió sus dedos y miró a Soujiro entre ellos, haciendo justo lo contrario que lo que un segundo antes había jurado que no haría.
—¿Qué?
—Perdona. No pensé en ello cuando llegamos —se disculpó—. Debió haber sido complicado para ti dormir de lado cuando no puedes apoyar la pierna para estabilizarte.
—¿Qué? —repitió de nuevo. Se quitó las manos de la cara sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
—No te preocupes. Buscaré algo para que puedas dormir recostada, igual que en el hospital.
Misao cerró los ojos aliviada. ¡Gracias a todos los dioses de todas las religiones! Iba a rezarles a todos por hacer a Soujiro así. ¡Bendita ignorancia! Sólo él podía mostrarse tan desprendido ante el hecho de despertarse con una mujer agarrada a él.
«Gracias, gracias, gracias…», exclamó en su mente esperando que llegara a todos.
—¿Estás bien? Pareces desorientada. ¿Es porque te duele la pierna?
—Estoy fenomenal —respondió feliz. No había dolor capaz de interponerse en el alivio que sentía.
Soujiro sonrió nervioso.
—No tienes por qué mentir. Con decir que no te duele tanto como ayer es suficiente. Será mejor que le echemos un vistazo —comentó, y se levantó para coger el bote en el suelo.
Misao no pudo evitar seguirle con la mirada. A pesar de haber superado el escollo de que Soujiro se hiciera ideas raras por haber dormido pegada a él, se sentía muy violenta en su fuero interno. Era la primera vez que hacía algo así. ¿En qué estaba pensando para dormirse sobre él?
—Imagino que lo trajo la señora Kojima mientras dormía.
Soujiro se acercó con el bote y se arrodilló delante de su pierna herida. Le vio buscar el final del vendaje y Misao dio un respingo en cuanto lo cogió.
—¿Te he hecho daño? —se preocupó Soujiro. Se detuvo en el acto y la miró a los ojos. Por desgracia, eso hizo que Misao se tensara más—. Si sólo he tocado la venda.
—Es que duele —se excusó ella. En realidad, le había empezado a doler por apartar la pierna tan de repente. Pero se dio cuenta de que, de pronto, se sentía muy incómoda con Soujiro a su lado.
—¿No decías que estabas bien?
—Me ha empezado a doler.
—Vas a tener que aguantarlo —suspiró con pesar él—. No pude limpiar la herida como es debido, así que hay que vigilar que no se infecte.
Soujiro le quitó la venda y Misao no fue capaz de respirar en todo ese tiempo por mucho que su corazón se acelerara. ¿Por qué de repente estaba tan nerviosa? Él no estaba haciendo nada raro. Soujiro la tocaba con la misma impasividad que siempre.
Aunque, ya que lo pensaba, ¿por qué dejaba que la tocara tanto? Las curas se las podía hacer ella misma, por mucho que no se alcanzara bien. ¿Por qué dejaba que Soujiro se las hiciera? Era un hombre, a fin de cuentas.
«También lo ha sido todos estos días atrás y no te ha causado ningún problema», le dijo una vocecilla en su cabeza.
Pero el día anterior había confesado que la había toqueteado mientras estaba desnuda. ¡¿Y por qué le venía de pronto eso a la cabeza?!, se gritó a sí misma perturbada.
Gimió y se recostó contra el futón a la vez que se tapaba de nuevo con las manos. Nunca antes había notado tanto sus manos sobre ella como en ese momento. Era en extremo bochornoso.
—Aguanta un poco; enseguida termino —informó Soujiro, que había confundido su gemido con uno de dolor.
¿Por qué? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué estaba pensando en eso ahora?!, se recriminó dándose una bofetada mental. Tenía que serenarse. No podía decirle de repente que no volviera a hacerle una cura porque sus manos no eran como los días anteriores. Él no lo entendería… Ni siquiera se entendía ella misma.
Inspiró hondo. Lo único que necesitaba era terminar con aquello y desayunar tranquila. Seguro que eso le hacía verlo todo más claro. Se había levantado con mal pie… y nunca mejor dicho. Estaba alterada por haberse despertado abrazada a un hombre por primera vez.
El corazón se le detuvo en cuanto esa imagen se cruzó por su mente. Sacudió la cabeza por acto reflejo. Tenía que quitarse esa imagen como fuese o no sería capaz de volver a mirarle a los ojos. Debía imitar a Soujiro: él ni siquiera se había planteado otra cosa que su comodidad para dormir.
Le fulminó con ojos acusadores por ello. ¿Cómo demonios hacía para que no le perturbara nunca hablar de esas cosas?, se preguntó enojada con él. Ella era incapaz. ¿Acaso no sabía lo que era pasar vergüenza?
—¿Tú sabes lo que es sentir vergüenza? —preguntó por impulso. Soujiro dejó de vendarle la pierna para mirarla desconcertado.
—¿A qué viene eso?
—Hay veces que pienso que no experimentas determinadas emociones porque no sabes ni lo que son.
Soujiro terminó de ajustarle el final de la venda para que no se desprendiera y se enderezó posando sus manos sobre sus propias piernas mientras la observaba con atención.
—Sé lo que es —contestó al fin—. Pero es una emoción que no reporta ningún tipo de beneficio, por lo que la he obviado.
—¿Cómo que la has obviado? —inquirió atónita. No entendía cómo nadie podría dejar de sentirse avergonzado por una situación sólo por decir que no quería sentirlo.
—Es un estado de ánimo generado por un acto humillante o por una situación que te crea intimidación —expuso él en tono neutro, como si recitase algo—. Es una emoción perjudicial que no reporta beneficios. El miedo, por ejemplo, es una emoción negativa, pero de ella sacas estar alerta ante un inminente peligro. Por lo tanto, obtienes un beneficio. En cambio, con la vergüenza, eso no sucede, así que es mejor obviarla.
—Eso no es tan sencillo —repuso ella enérgica—. Hay cosas que simplemente te dan vergüenza cuando te ocurren.
—No. Te dan vergüenza porque te enseñan que tiene que dártela.
—Eso no es cierto.
Soujiro la observó por interminables segundos hasta que por fin sonrió.
—¿Por qué te pones roja de la cabeza a los pies cuando te digo que te he visto desnuda? —Consiguió justo lo que había dicho. En cuanto registró esas palabras en su cabeza, la reacción fue inmediata. Sintió que toda la sangre de su cuerpo iba a su cara—. ¿Qué es lo que haría que no te pasara? ¿Quizás verme a mí? Así estaríamos en igualdad de condiciones —propuso a la vez que se llevaba una mano al cinturón.
—¡No! —gritó Misao. De forma involuntaria, se llevó una mano a los ojos y volteó la cara para no mirarle.
—¿Lo ves? —confirmó él tras su reacción—. Te da vergüenza porque en la sociedad se educa a las personas a ocultar su cuerpo y no has aprendido a revertir eso. En mi caso, no puede ahora darme vergüenza algo cuando nunca me la ha dado.
—Eso no tiene sentido. Según esa teoría, no podrías sentir ninguna otra emoción porque antes esas mismas cosas no te la generaban.
—No, porque no estamos hablando de otras emociones —la contradijo él en el acto—. Me has preguntado específicamente por la vergüenza, que es justo una de las emociones que sólo se sienten si te educan en ellas.
—Así que, según tú, otras como por ejemplo amor, cariño o amistad, ¿no podrías obviarlas?
—Esas son bastante complejas. Son un conjunto de varias de las que además luego parten otras.
—¿A qué te refieres? —preguntó sin entender.
—La amistad, por ejemplo, se puede dar por muchos motivos, pero al final siempre hay una cantidad de otras sensaciones detrás —comenzó a explicar—. Afinidad, compañerismo, confianza, diversión… y sigue una lista larga. Entonces, cuando se cumple una cantidad determinada, es cuando alcanzas la amistad. Ayer, sin ir más lejos, me di cuenta de que eres mi amiga, porque cumples muchos requisitos.
—¿En serio? —dijo Misao halagada, con una repentina moral alta.
—Eres la primera, por cierto.
—¿De verdad? —se sorprendió gratamente. Su autoestima acababa de llegar al cielo.
—Me di cuenta cuando me angustió verte sufrir por la flecha. El día que te encontré moribunda ni siquiera me compadecía de ti. Sólo eras mi buena obra de esa semana —expuso sin ningún tipo de miramiento. Misao se abstuvo de poner los ojos en blanco por oírle hablar de forma tan desprendida del día que estuvo a punto de morir—. Pero ayer me afectó mucho que te hirieran, y eso es porque siento aprecio por ti.
—Gracias, yo también lo siento… Aunque no he llegado a esa conclusión de una forma tan rebuscada —rio ella al comprobar el rompecabezas que era Soujiro.
No lograba ni empezar a dilucidar cómo funcionaba su mente. Lo que le había dicho de llegar a un afecto por medio de contar requisitos la había dejado de piedra. Casi podía imaginárselo pensando: «cumple esto, eso y aquello, luego… ¡Anda! Misao es mi primera amiga».
¿Cómo diablos podía analizar las cosas hasta ese punto? No tenía sentido para ella.
—Has dicho que soy tu primera amiga. ¿No considerabas a Shishio tu amigo?
—No. Era mi mentor —especificó él—. Además, en esos momentos, el concepto de amistad estaba muy lejos de mí. No sentía un verdadero apego, a diferencia de ti. Sólo había una lealtad hacia él por acogerme cuando era niño, pero eso no era un sentimiento de unión con él.
—Me siento muy halagada, Soujiro —dijo Misao feliz.
—Me alegro. —Soujiro cerró el bote de ungüento, cogió el de la crema del hombro y lo puso a la vista de Misao—. ¿Pasamos ahora al hombro?
—¡Claro! —respondió ella animada.
Sacó el brazo de la manga, pero sin dejar de mantener la yukata cubriendo el resto de su cuerpo. No sabía muy bien por qué, pero aquella conversación tan extraña con Soujiro la había hecho relajarse por completo.
Notas del fic:
*Yukata: Son prendas similares a los kimonos, pero de algodón. Son más livianos que los kimonos y se utilizan en épocas cálidas.
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Fin del Capítulo 15
11 Enero 2018
