CAPÍTULO 17: La amarga despedida


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Pues me costó bastante hacer el capítulo. Es uno de los que he tenido estancado hasta hace relativamente poco (lo hice en la vorágine creativa que tuve a finales de año, lo que me permitió poder subir los capítulos a dos por semana) y que pensaba que no llegaría a poner. Quería escribir algo que fuese el paso intermedio y así se entendiese mejor que Soujiro está siendo cada vez más consciente de su apego con Misao, sobre todo por lo que vendrá después. Y pensaba que tendría que saltármelo y pasar directamente al siguiente porque no había manera, aunque no me gustase el salto. Pero al final, me decidí a ponerme con él y lo reescribí entero (porque lo poco que tenía escrito no me convencía y de ahí que estuviera atascada). Y así quedó. Sé que era corto y tras terminarlo intenté alargarlo, pero al releerlo dije: «está perfecto. Si lo alargo, me lo cargo». Y por eso se quedó así. Personalmente, es un capítulo que me gusta mucho. Me alegra que os haya gustado también *o*

ddaisyaguilar52: Me alegra que te gustara la tranquilidad del capítulo. Sobre Aoshi, no quiero sonar pretenciosa, pero creo que su reacción es acorde a la que tendría su personaje del manga. Y ésa no es precisamente una de «voy a matarle» que parece que algunas esperan »_« y que he leído de forma recurrente en fics donde Misao está con otro. Aoshi no es tan temperamental (y sin el «tan») y menos en cuestiones de a quién se encuentra o se deja de encontrar en la vida :-s . Además, recordemos que los dos lucharon en el mismo bando, así que, aunque la percepción del Kenshingumi por la banda de Shishio sea muy negativa, la de Aoshi no es igual.

SlayArmisa: De la perspectiva de Soujiro, como le decía a Kaoruca, este capítulo es importante porque él mismo se va dando cuenta de que le afecta la «pérdida» de la compañía de Misao, y claro, están a punto de llegar al final del viaje ^_^º. Sobre Misao, es que precisamente yo siempre he tenido el concepto de que Misao es buena en tareas domésticas, aunque parezca una marimacho. Trabaja en un restaurante que a la vez es una posada (vamos, más labores domésticas no puede haber), así que siempre he tenido la idea de que la única que era mala en esos terrenos era Kaoru. Por eso le estoy trasladando a Soujiro la misma confusión que tendréis algunas sobre las cualidades hogareñas de Misao XD.

Gracias por vuestros reviews. Espero que os guste el capítulo XD.


CAPÍTULO 17: La amarga despedida

Si no ocurría algún altercado, esa tarde llegaría a casa. Pero teniendo en cuenta que ya habían traspasado los límites de la vigilancia de los Oniwaban-shu, era más que improbable que sucediera algo. Se había encontrado con el vigilante de ese camino por lo que era cuestión de minutos que en el Aoiya se enteraran de su regreso.

Después de tantos días, tenía ganas de ver de nuevo a su gente. Misao iba bastante animada con ese pensamiento; no así Soujiro. Iba retrayéndose por momentos. Suponía que estaba cansado. Llevaban semanas con ese viaje interminable y, puesto que ella había arrastrado distintas lesiones durante ese tiempo, el que siempre iba alerta era él.

Así que había decidido que, cuando llegaran al Aoiya, le propondría que descansara unos días allí. Cierto era que habían pasado una semana tranquilos en la casa de los señores Kojima mientras se recuperaba. Pero ésta sería la primera vez que pudiera desconectarse de todo después de la tregua del hospital.

Pensar que pudieran pasar unos días tranquilos sin preocupaciones le había subido más la moral. Soujiro era extraño en algunas cosas, pero le resultaba una compañía agradable. ¡Quién lo hubiera dicho años atrás!, pensó con una sonrisa. Cuando Aoshi le viera iba a alucinar.

Pero lo más importante de todo era que le debía tanto, que cuando pensó que quedaba poco para que cada uno se fuese por su lado, se le había encogido el pecho. Parecía que había pasado una eternidad, pero no habían transcurrido ni dos meses. Sin embargo, era tanto lo que habían tenido que sortear, que no se podía imaginar una despedida definitiva.

Le debía la vida, simple y llanamente, así que lo menos que podía ofrecerle era unos días de vacaciones a refugio.

Misao volvió a sonreír y siguió con su monólogo. Soujiro daba muestras de estar escuchándola, pero no participaba. De modo que se había puesto a contarle cosas, más que esforzarse en mantener una conversación.

—¿Por qué no paramos un poco? —propuso de pronto él interrumpiendo su charla.

Misao se detuvo desconcertada. Soujiro tenía una habilidad especial para detectar cuándo se estaba cansando. Ni siquiera tenía que pedirle que pararan para que él lo hiciera por iniciativa. Pero en ese momento no se sentía cansada en absoluto, por lo que no sabía por qué quería detenerse. Quizás en verdad no se sentía bien…

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Misao—. Hoy te veo un poco apagado.

—No lo sé —dijo Soujiro con su habitual sinceridad. Misao buscó unas piedras sobre las que sentarse y le llevó hasta allí—. Es por la idea de llegar a Kioto —continuó diciendo él—. No me agrada.

—Imagino que debe ser deprimente volver a un lugar del que tienes malos recuerdos —dedujo Misao. Soujiro la miró por un momento, pero no hizo ningún gesto en respuesta a sus palabras—. Como comprenderás, lo que le pasó a Shishio no me da ninguna pena, pero para ti no puede ser igual. Estuviste con él unos cuantos años, ¿no?

Soujiro asintió.

—Me tomó bajo su protección cuando tenía ocho años.

Es decir, que prácticamente lo crio, concluyó Misao. Fue su maestro, su mentor… Y volvía a la ciudad donde murió. No le extrañaba que anduviese tan decaído.

—¿Has regresado alguna vez a Kioto? —Soujiro volvió a asentir—. ¿Siempre te afecta así?

Esta vez, no respondió de ninguna forma. Fijó su vista en el camino y sonrió afectado.

Estaba ocultando algo. Era su sonrisa de «si te contesto, no te voy a decir toda la verdad». En muchos casos, se había fijado que prefería dejarla montándose su propia historia antes que mentirle. Soujiro era extrañamente sincero; era algo que no dejaba de sorprenderla. Retorcía la verdad o no le respondía, pero rara vez mentía.

—¿Tienes ganas de llegar? —preguntó él en un claro intento de cambiar de tema. Misao suspiró con intensidad: había tocado un tema sensible para Soujiro, así que tampoco iba a ahondar más.

De modo que, mientras le contaba las cosas y festejos que montarían por su regreso, Soujiro se dedicó a mirarla con su mejor sonrisa, pero con su mente a kilómetros de allí.

Había ido otras veces a Kioto, pero nunca se había sentido así. Y cuando se lo dijo Misao, se dio cuenta de que tenía razón. Se sentía con el ánimo decaído, algo que era más parecido a la tristeza que al disgusto. Por lo que no era que le desagradase la idea de ir a Kioto: le estaba deprimiendo y no era por los malos recuerdos. Tenía el nudo que había sentido cuando estaban en casa de los Kojima, pero mucho más intenso.

Luego era «eso», concluyó confuso tras ese aporte de luz. Le deprimía pensar que volvería a quedarse solo. Y aunque intentó mentalizarse de que sería igual que cuando se machaba de su casa y dejaba de estar acompañado de sus empleados, ese desánimo no desapareció.

Quizás era porque sabía que a ellos sí volvería a verles meses después… O quizás era por algo más trascendental como el hecho de que Misao fuese su primera amiga. No había tenido amigos antes. La persona más cercana a él había sido el señor Shishio y a él sólo lo había considerado como su maestro. El resto eran compañeros, guerreros de la organización y sirvientes.

Nunca había estado con alguien por el mero hecho de disfrutar de su compañía.

Y disfrutaba de la compañía de Misao.

Ella era por completo diferente a él. Incluso analizarla le llevaba a entender mejor la afluencia de sentimientos humanos. Misao no tendía a esconderlos, y para alguien como él era un alivio poder identificarlos tan bien.

De modo que le deprimía saber que ese mismo día se separarían y que, a diferencia de sus sirvientes de Yokohama, no volvería a verla. Para evitarlo tendría que visitarla y era algo que dudaba que hiciera. No le encontraba mucho sentido a acercarse a Kioto para estar unas horas allí, saludarla y volver a marcharse.

—No me estás haciendo caso —le reprendió Misao, lo que hizo que volviera a prestarle atención.

—Perdona —murmuró sin mucho sentimiento. Porque no veía que tuviera mucha culpa por distraerse al estar descubriendo algo de sí mismo.

—Pongámonos en marcha —comentó ella tras ignorar su poco entusiasmo—. Cuando lleguemos y hagamos una celebración por ello, seguro que te animas.

—¿Voy a asistir a una fiesta? —inquirió con una sonrisa.

—¡Claro! Te puedes quedar unos días con nosotros y así asistir a varias. Te aseguro que, entre plan de venganza y plan de venganza, intercalaremos festejos. —Soujiro rio ante semejante exposición de hechos—. Siempre tenemos algo que celebrar, y si no, nos lo inventamos.

¿Cómo podía entusiasmarse tanto con todo? Era algo que no lograba comprender. Misao era una chica radiante de vitalidad y no podía evitar contagiarse de ella. Siempre conseguía animarle de las formas más extrañas.

Con el ánimo algo más levantado, se puso en pie y retomó el camino hacia Kioto. Por desgracia, según avanzaba el día y se acercaban a su destino, la apatía volvió a cernirse sobre él.

Aunque le había hecho gracia cómo había expuesto ella su llegada a casa, en realidad, Soujiro sabía que no iba a permanecer allí. No pintaba nada quedándose en un sitio que, para empezar, tendría gente que pudiera conocerle y no tomarse su presencia tan bien como Misao. Para continuar, ahora que era consciente de ello, lo único que haría quedándose allí sería postergar el estado en el que se encontraba, porque se pasaría los pocos días que permaneciera en ese lugar pensando en que se quedaría solo en breve. Y, para terminar, Misao tendría bastante lío en su organización tras llegar con las noticias que tenía sobre el grupo Yoshida.

No tenía sentido quedarse allí… por deprimente que le pareciese la idea.

Hacia media tarde, llegaron a los límites de la ciudad y, poco después, callejeaban directos al Aoiya. Aunque había estado en la ciudad, reconocía que no había caminado por esa zona. No sabía si era por algo inconsciente o qué, pero ahora se daba cuenta de que había evitado aquel barrio en sus visitas.

—Casi me parece increíble el llegar a casa después de todo lo que ha pasado —dijo de pronto Misao. Soujiro no contestó nada; no se sentía con ánimo—. Tengo que darte las gracias otra vez por todo. No lo habría conseguido sin tu ayuda.

—No te preocupes.

—Deberías quedarte con nosotros unos días para descansar del viaje.

Soujiro la miró con atención. Era una oferta tentadora, pero pensó que no le apetecía mucho quedarse en Kioto. Se sentía inquieto desde esa mañana —algo que había ido a peor según transcurría el día— y ahora sabía que era por el hecho de volver a quedarse solo para recorrer de un lado a otro el país. Era tentador, pero no cambiaba el hecho de que sólo lo atrasaría un par de días, cuando él era de la opinión de que cuanto antes se hicieran las cosas, mejor.

—No hace falta; seguiré con mi camino.

—Pero estas semanas han sido de locos; te vendrá bien descansar. Además, aunque después del último escarnio masivo sería una insensatez por parte de Yoshida mandar a más gente tras de ti, en realidad no lo sabes —argumentó ella preocupada—. En el Aoiya no podrán hacerte nada.

—Te recuerdo que, si no te tengo al lado, no pueden reconocerme —comentó divertido—. Estaré a salvo en cuanto te deje en casa.

—Pero tienes que estar cansado —volvió a la carga—. Quédate unos días —le pidió.

—No estoy cansado; estoy acostumbrado a moverme durante meses. Y en este tiempo hemos hecho muchos parones de descanso. Aunque tú estabas convaleciente, yo descansaba —matizó con tono risueño.

—Pero, aun así, te puedes quedar unos días.

—No es necesario, de verdad —insistió Soujiro—. En cuanto me asegure de que entras sana por la puerta, me pondré rumbo a mi siguiente destino.

Misao se quedó en silencio durante unos momentos e incluso acabó por detenerse en el camino. Soujiro juraría que no había esperado esa respuesta pues estaba contrariada. Dio un paso hacia adelante para incitarla a moverse, pero ella siguió quieta.

—Pero… en realidad, no tienes que ir a ningún sitio. ¿Qué problema hay en que te quedes unos días? —perseveró inquieta.

—No hace falta que os molestéis…

—¡Pero no es molestia! En serio… —empezó a hablar cada vez más rápido—. Hay varias personas en el Aoiya que se encargan de mantenerlo en funcionamiento. Serás un huésped que podrá relajarse y dejar que le cuiden. Seguro que llevas mucho tiempo sin poder descansar mientras otros se encargan de que estés cómodo. Aquí podrás hacerlo.

—En realidad, no hace tanto tiempo.

Hasta que no llegó la primavera, había estado en su casa de Yokohama donde tenía varios sirvientes que mantenían la casa confortable para él.

—Esa casucha en la que te encontré no es comparable.

—No hablo de esa cabaña.

—El hospital tampoco —contraatacó al instante—. Estábamos encerrados en esa habitación. Eso no es descansar.

—La verdad es que sí lo fue para mí —dijo él con una sonrisa nerviosa.

—¿En serio me vas a comparar eso con tener unos días de tranquilidad por Kioto?

—Misao… —la interrumpió al ver que se estaba alterando—. ¿Estás bien?

Ella se irguió.

—¡Claro! —Pero sonó con una voz más aguda de lo normal—. ¿Por qué iba a estar mal? Sólo intentaba ser amable para agradecer tu ayuda. Creí que te gustaría pasar un tiempo a resguardo y no a la intemperie donde puedes enfermar de cualquier cosa.

Soujiro sonrió al darse cuenta de que volvía a actuar presuponiendo su pobreza. Y puesto que posiblemente fuesen los últimos minutos que pasaría con ella, decidió que no estaría de más sacarla por fin de su error.

—Tengo una casa.

Misao se quedó muy seria. Tanto que incluso sorprendió un poco a Soujiro, pues llevaba un rato replicando a cada negativa que decía.

—¿Qué? —susurró tan bajo que casi ni la oyó.

—Tengo una casa en Yokohama —detalló—. Paso allí los inviernos y, el resto del año, viajo por el país. Si me cansase o me pusiera enfermo, sólo tendría que coger un transporte que me llevara hasta allí.

—¿Tienes una casa? —preguntó perpleja—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Nunca me preguntaste —contestó con una amplia sonrisa que le dejaba claro que había jugado con ella. Era su sonrisa de «me he divertido retorciendo la verdad».

Misao estalló indignada.

—Pero… ¡si no tienes dinero! ¡Eres un vagabundo! ¿Cómo puedes tener una casa?

Soujiro se rio cuando volvió a sacar el tema de su pobreza a relucir.

—La idea de que no tengo dinero es una suposición tuya. Nunca te he dicho que no lo tuviera. Es más, de hecho, creo haber insistido en alguna ocasión sobre hacerme cargo de determinados gastos económicos.

Misao se quedó blanca, aunque sólo hiciera varios segundos que había expuesto sus enérgicos argumentos.

—Pero… —replicó en un murmullo—, si viajas todo el año, ¿cómo puedes tener el dinero suficiente para comprar una casa?

Soujiro suspiró.

—No la he comprado yo. En realidad, aunque el señor Shishio me pagó un buen salario, casi todo el dinero que tengo no lo he conseguido por mis medios. La casa de Yokohama se la dejó en herencia a la señorita Komagata. El señor Shishio nombró a tres herederos en su testamento entre los cuales dividió su fortuna y posesiones. Pero al ser el único heredero que sobrevivió, todo su patrimonio me fue legado a mí.

Misao se mantuvo en silencio por varios y eternos segundos. Después, consiguió hablar:

—¿Eres rico? —Soujiro se limitó a asentir. Misao inspiró profundamente, compungida, y se puso en marcha—. Bien… —Le tembló un poco la voz y carraspeó—. Entonces, entiendo que no te hace falta quedarte.

Pasó por delante de él como una exhalación.

—¿Misao? —la llamó preocupado.

Si no fuese porque la empezaba a conocer bien, pensaría que estaba a punto de echarse a llorar. Misao era una mujer con una capacidad innata para sobreponerse a las adversidades, por lo que no era propio de ella que su ánimo decayese de esa manera por tan poca cosa.

A menos… que le sucediera lo mismo que a él: que Misao se hubiera acostumbrado a su compañía y le diese pena la separación. Lo más probable era que no volvieran a verse…

Nunca.

Ese pensamiento le borró la sonrisa que había tenido hasta hacía un momento. ¿Por qué le deprimía tanto algo como eso? Había conocido a mucha gente en su vida. La organización del señor Shishio tenía muchos integrantes. También había conocido durante bastante tiempo a los Diez Espadas y no se puso así cuando se separó de ellos. Ni siquiera cuando supo de sus muertes.

Claro que entonces tenía muy bloqueadas sus emociones, razonó. Quizás esto era lo que debía haber sentido por aquella separación multitudinaria pero multiplicado por diez. No había tenido amigos; no había podido apreciar lo que era una relación de amistad. Su vida se había regido por personas en las que se podía confiar y en las que no. Su trato con la gente se limitaba a eso.

Pero Misao era la primera amiga que había tenido en su vida. La primera persona de la que podría decir que se había encariñado, por rara que sonara esa palabra en su cabeza.

Soujiro aceleró el paso hasta ponerse a su altura. Misao miraba al frente, con semblante serio.

—¿Estás bien?

—Claro… Es sólo que me dan pena las despedidas.

—Ya… —A él también se la estaba dando.

—Sabes dónde vivo. Podrías escribir de vez en cuando para contarme qué tal te va. Incluso podrías dejarte caer por aquí alguna vez y pasar unos días en Kioto.

Soujiro la detuvo cogiéndola del brazo.

—¿Quieres que te visite? —Sonó un poco extrañado, pero era un nuevo concepto para él dirigirse a un sitio para simplemente saludar a un conocido. Él nunca visitaba a conocidos; se limitaba a buscar a la gente que tuviera que buscar, no por simple ocio.

—Por supuesto. Me encantaría que vinieras a verme si te acercas por aquí. O si me dices dónde vives, si algún invierno me acerco por Yokohama, podría pasar a verte.

Le seguía deprimiendo la idea de marcharse, pero le animó saber que ella quería mantener contacto con él en el futuro. Soujiro sonrió.

—Me parece bien.

Misao le devolvió una débil sonrisa y eso mejoró algo más su estado de ánimo. Le gustaba verla contenta y radiante, como siempre se mostraba en todo momento.

—Ya casi hemos llegado —le informó ella mientras se ponía en marcha de nuevo.

Soujiro la siguió por dos calles más y, tras cruzar una esquina, pudo ver el letrero que indicaba el restaurante.

Su viaje —con ella, pensó con pesar— terminaba allí.


— * —


Fin del Capítulo 17

18 Enero 2018


Notas finales:

Recuerdo que alguna me comentó en un review aquello de que se imaginaba de forma graciosa el momento en que Misao se enterara de que Soujiro era rico. Lo malo de tener la historia casi terminada es que muchas veces me tengo que morder la lengua en mogollón de cosas, y ésta fue una de ellas porque no hacía más que pensar: «de gracioso nada, porque la pobre se lleva un disgusto del quince». Mientras que Soujiro estaba atravesando el dilema del final del viaje, ella iba feliz de la vida pensando que iba a proponerle una oferta irrechazable, por lo que Soujiro continuaría un tiempo por allí. Pero le ha salido mal la jugada de ofrecer techo al indigente. Así que se ha llevado un batacazo al ver que la despedida es inminente T_T . «Soujiro, malo (capón en la cabeza). Mira que esconderle esas cosas a Misao... qué disgusto se ha llevado» T_T .

Pero por otro lado, eso también me gusta, pues veo que la historia no es previsible y, por lo tanto, siempre os puedo sorprender, muajaja.

Y bueno, pues hasta aquí llega lo que considero «la primera parte del fic» (aunque todavía no hemos llegado a la mitad O_O . ¡Anda que no está siendo largo, ni nada! »_«). Así que dejamos «El viaje a Kioto» para adentrarnos en «La llegada a Kioto». Ya lo he dicho alguna vez, pero esta parte me encanta. Es una montaña rusa, así que agarraos que vienen curvas XD

¡Saludos!