CAPÍTULO 22: Alternativas


Comentarios a los reviews:

Estefi: Qué violentas que sois algunas XD Con lo tranquilo que es el pobre y queréis que se meta en problemas XD

Kaoruca: Tenéis una imaginación muy vívida... No sé yo lo que se os estará pasando por la cabeza XD. A lo mejor estáis imaginando cosas XD Espero que con este capítulo te dejes de morder las uñas, que eso no es sano XD.

SlayArmisa: Sí, Aoshi nunca será la «alegría de la huerta», pero todas las personas evolucionan en función de su ambiente. Si en vez de estar en plan solitario por el mundo, se pasa años conviviendo con una familia, eso tiene que modificar su carácter sí o sí. Por eso ahora es un hombre más accesible ^_^º . Y bueno, sobre lo que le pasa a Soujiro por la cabeza, sólo sigue leyendo ;-D

Gracias por vuestros reviews :-D. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste XD.


CAPÍTULO 22: Alternativas

No estaba segura de si haber ido al jardín era una buena opción. Le había dado una patada a uno de los bancos de madera y, en consecuencia, había roto el respaldo. Pero como con aquello no consiguió descargar su furia, después le dio una patada a una roca y ahora le dolía el pie. No le apetecía destruir su habitación, así que ese lugar tenía que servirle.

¿Cómo podía Aoshi decirle aquello? Deberían entender que su palabra rota en esa situación era comprensible. Si ese engendro acabase siendo su marido, se moriría.

Volvió al banco, pero esta vez se sentó en uno de los extremos que aún conservaba el respaldo intacto.

¿Qué iba a hacer? Incluso ella empezaba a ver que su caso era simple negación. El año anterior, en el enfrentamiento de ambos, todos lo que estaban allí pudieron ver que Aoshi ganó por un fallo de su rival. Porque en realidad, no se veía que fuese superior como en otras ocasiones. Había presenciado —con un pasmoso horror— todo el combate, y Aoshi no tuvo muchas formas de superarle. Ese hombre había ido mejorando mucho con los años; encontrando defensas eficientes para los ataques de Aoshi. No en vano se había enfrentado ya varias veces a él.

En cambio, Aoshi ya no entrenaba como antaño. Tampoco podía reprochárselo. La orientaba a la hora de manejar los Oniwaban-shu; sabía que sin su ayuda no habría conseguido estar en el lugar en el que estaban ahora. Pero él se había alejado de la parte activa desde que se casó con Megumi. Quería dejar su pasado atrás y Misao no podía exigirle que entrenara y mejorara sólo para evitar algo que ella se había sacado de la manga para protegerse de Sasaki o cualquier otro con el que intentaran obligarla a casarse.

Suspiró y se llevó las manos a la cara, tapándose los ojos con ellas. No sabía qué iba a hacer. Se sentía acorralada. No podía encajar lo que le venía por delante y sabiendo que estaría sola. Aoshi le había dicho que por mucho que Sasaki la amenazara, no podría usurparle así como así su puesto de líder. Pero Sasaki había dicho algo que había revuelto su avispero. Sabía que tenía miembros leales a ella; pero también sabía que muchos eran leales porque Aoshi estaba detrás.

Y él se iba a marchar.

Aunque de inicio todos siguieran sus órdenes, los cambios por la marcha de Aoshi y el mezclarse con gente de Sasaki podrían acabar desplazando la balanza. Sasaki tenía razón: había hombres que no estaban contentos con que la líder fuese una mujer, aunque esta hubiese demostrado con creces su valía. Sin ir más lejos, hacía un par de meses había sido traicionada por ese motivo y uno de sus mejores hombres había muerto por ello.

Exhaló el aire que tenía, el cual salió entrecortado por la ansiedad que estaba padeciendo.

Porque si aquello era malo, estaba el hecho de que ese individuo se convirtiese en su marido. Aquello sí que era negación por parte de su cabeza. No podía ni quería concebirlo. Algo en ese hombre siempre le había dado escalofríos y la echaba para atrás, como un muy desarrollado instinto de supervivencia contra él. Ese hombre no tenía buenas intenciones con ella y empezaba a sospechar que hubiera una envidia enconada de fondo. Ella, como mujer, había conseguido lo que su familia, siendo hombres, no habían conseguido. Y por eso le había dicho que pensaba encerrarla en algún lugar para aislarla de todo lo que era y que él codiciaba.

¿Podría ser eso?, se preguntó con cierta perplejidad. ¿Podría ser que su persistencia se debiera a eso? ¿No soportar que una mujer fuese mejor que él? Y qué mejor manera de vengarse de ella que robarle su trabajo y poder hacer con ella lo que quisiera y con la bendición de la ley. Las mujeres eran meras propiedades de los hombres. Las pasaban de padres a maridos en función de sus intereses.

¡No, no, no! Si seguía pensando en eso se volvería loca.

—¿Cómo te encuentras? —oyó que le preguntaba Soujiro. Misao levantó la cabeza para verle parado enfrente de ella. Era capaz de ser en extremo silencioso cuando se lo proponía. No le había oído llegar.

—Mal. —Era absurdo mentir. De hecho, tenía unas ganas imperiosas de echarse a llorar por no conseguir salir de ese problema.

Soujiro se sentó en el banco.

—Aún podemos estar a tiempo de volver sobre nuestros pasos, interceptar a uno de los hombres de Yoshida y decirle que todavía no hemos llegado.

Misao sonrió por su sugerencia.

—¿Eso es un chiste? —Pero como Soujiro no dijo nada, supo que estaba hablando con su habitual sinceridad. Suspiró—. Sería un poco complicado, ¿no crees?

—Eras mucho más feliz antes de que llegáramos. —Claro y directo. Soujiro no se andaba con remilgos a la hora de exponer los hechos como los veía. Era algo que le gustaba de él. Más personas en el mundo deberían tomar ejemplo de ello. Se evitarían muchos problemas—. Deberíamos habernos retrasado un poco más, ¿no crees?

Misao le miró por varios segundos, pero terminó por soltar un largo suspiro. Porque, en realidad, no arreglaba nada. Sólo habría vivido tranquila unos días más al mantener en el olvido su problema.

—No lo creo. Habría ocurrido lo mismo, pero más tarde. Si hubiera llegado hace varias semanas, hubiera sido distinto. Porque primero me habría enterado de que se van a Aizu y luego me habría venido esto otro —expuso ella—. Pero a estas alturas… sólo sería postergarlo.

Soujiro la miró con curiosidad. Hasta la fecha, no había tenido nunca problemas con su creencia sobre quitarse las cosas de encima cuanto antes. Si algo iba a pasar inevitablemente, no tenía sentido retrasarlo. Pero Misao había estado atrasando aquello año tras año. ¿Podría estar equivocado?

—Eso me interesa. ¿Crees que postergar algo es bueno o malo?

—¿Qué?

—Que si postergar algo es bueno o malo —repitió él, que creía que no le había escuchado.

—Ah… —Misao se quedó desconcertada por su pregunta durante varios segundos, pues no entendía a qué venía—. No sé… Depende… supongo.

—¿De qué?

—Hum… No sé… De lo que se trate. De si lo que va a ocurrir es bueno o malo.

—¿Y si es malo?

—¿Por qué lo preguntas? —se interesó Misao al ver su curiosidad.

—Es de ese tipo de cosas de las que no sé mucho —respondió de forma ambigua Soujiro. No tenía pensamiento de hablarle sobre el origen de su confusión.

Misao torció la boca mientras reflexionaba qué contestarle. Era consciente de que Soujiro era muy limitado en determinados ámbitos y este tipo de cosas sociales y emocionales no las llevaba muy bien.

—Si es muy malo —dijo al fin—, siempre quieres postergarlo. Porque no quieres que llegue.

—Pero sería inevitable, ¿no?

—Pero cuanto más tarde sea, menos tiempo lo sufres. O más tarde lo padeces.

Soujiro se quedó pensativo y Misao no pudo evitar sonreír. Le encantaría saber cómo funcionaban sus engranajes mientras descifraba sus palabras. Nunca dejaba de sorprenderla que intentara pensar de forma tan racional sobre algo emocional.

—¿Y la espera? —cuestionó de pronto.

—¿Qué espera?

—El tiempo que pasas angustiado sabiendo que va a pasar algo que no quieres. ¿Eso no haría que quisieras quitártelo de encima ya?

Misao volvió a pensar en ello. Tenía parte de razón, pero también dependía de lo que fuese a ocurrir. En su caso, toda la espera del mundo sería mejor que el final.

—Bueno… Como te decía, depende de lo que sea. Es como una balanza… creo —añadió después—. Si lo que te va a pasar es peor que la angustia de la espera, querrás que no llegue. Pero si lo que viene es menos grave que muchos días de espera, querrás quitártelo de encima.

—Entiendo…

Y volvió a encerrarse en sí mismo. ¿En qué demonios estaría pensando? ¿Le estaría preocupando algo que no le había contado? Le veía muy concentrado con ese tema; más de lo habitual de cuando tenía que explicarle cosas sobre las distintas emociones con las que se tropezaba.

—Esto es difícil —dijo a nadie en particular.

Aunque, desde su punto de vista, eso era muy subjetivo. Misao no tenía muchos problemas con ello. Sabía sin género de dudas cuándo quería que algo llegara y cuándo no.

—Vale… —susurró mientras meditaba—. Pero tu caso es más fácil, ¿no?

—¿A qué te refieres con «mi caso»? —preguntó desconcertada.

—Si no he entendido mal, si Sasaki vence a Aoshi, se podrá casar contigo, ¿no? —Misao asintió; por dolorosa que le resultara la idea, era verdad—. Y eso es lo que quieres postergar. De modo que, para ti, la espera es mejor que lo que vendría, ¿cierto?

—¡Por supuesto! Que Sasaki gane a Aoshi es lo peor que me podría pasar —alegó ella.

Soujiro estaba convencido de que había cosas bastante peores que eso, pero no lo mencionó. Veía a Misao muy deprimida como para echar más leña al fuego.

—Pero tienes opciones; puedes evitarlo.

—¿Cómo? —preguntó con desesperación. Porque ella no veía la manera.

—Tendrías que casarte con él si gana la pelea porque eres la líder de los Oniwaban-shu. Si no lo fueras, ya no tendría sentido.

—Dejar… ¿los Oniwaban-shu? —lo dijo como si fuese lo más inconcebible que le hubieran propuesto.

—O al menos, dejar de ser su líder.

¿Dejar los Oniwaban-shu? Esa pregunta seguía resonando en su cabeza y suponía un gran shock para ella. Jamás se lo había planteado. Y no lo había hecho porque sería lo mismo que pedirle que se sacara su corazón. Ella era quien era por los Oniwaban-shu; y éstos eran lo que eran por ella. Como una relación simbiótica. No podría sobrevivir sin ellos. Al menos, eso creía.

—Nunca podría hacer eso.

—Entonces, en tu balanza, pesan más los Oniwaban-shu que el hecho de tener un marido, ¿no?

—¡Oye! —se quejó ella ante esa forma de expresarlo—. Que mi problema no es tener un marido. Quiero casarme algún día… ¡Pero no con él! —argumentó exaltada.

—Sin embargo, ésa es tu situación ahora.

Durante unos eternos segundos, Misao no fue capaz de articular palabra. Soujiro le había dejado de pronto dos cartas sobre la mesa que ella era incapaz de concebir separadas.

—¿Tus opciones son aceptar el resultado de la contienda o dejar los Oniwaban-shu? —aclaró Misao.

Soujiro se encogió de hombros.

—Supongo. Tienes la opción de ser la líder de los Oniwaban-shu y acatar vuestros acuerdos, o hacerte a un lado y vivir tu vida. —Como Misao no hacía ni el más mínimo movimiento, matizó sus argumentos—. Si casarte con él te supone tanto perjuicio, deja los Oniwaban-shu y podrás hacer lo que quieras. ¿No sería lo más fácil?

—¡No! —contestó con ultraje—. Los Oniwaban-shu son parte de mi vida. No puedo renunciar a ellos.

—Pues deja, al menos, el liderazgo —especificó él.

—Eso no es tan sencillo —murmuró Misao.

Porque ella, simplemente, no quería ceder lo que había construido cuando nada le impedía hacer lo que más le gustaba. Ni a Sasaki, ni a ningún otro. Ella no estaba impedida, ni estaba loca. Su actividad en los Oniwaban-shu no causaba perjuicio alguno en ellos, por tanto, no debería verse obligada a apartarse cuando no era necesario. Su problema era el hecho de ser mujer y haber caído en los sucios tejemanejes de un hombre codicioso.

Y eso la enfurecía como pocas cosas.

—Entonces, ya tienes tu respuesta —concluyó Soujiro ante sus palabras.

Pero si él pensaba que con eso había ayudado a Misao a elegir, se equivocaba. Misao le fulminó, de igual modo que lo habría hecho si el que estuviera delante fuese el responsable de aquello.

—¡No, no lo es! Esto no es un juego de lógica tuyo —recriminó Misao indignada y muy dolida—. ¡Los Oniwaban-shu son mi vida! ¡Y mi vida es mía! No es una cosa u otra. Las dos van unidas. ¿Cómo puedes siquiera planteármelo?

Soujiro se tensó ante esa repentina agresividad.

—Lo siento… Sólo intentaba ayudarte —dijo contrito—. Es la forma en que lo veo.

—¿Que lo ves? ¿Tú? —reprochó de malas formas—. ¿Alguien que da igual lo que pierda o lo que deje atrás, que no le importa? ¿Cómo podría entender esto alguien como tú? —espetó resentida.

Soujiro se quedó paralizado ante aquella sensación tan extraña que le embargó. Misao siempre le entendía o le excusaba por su forma de ser. Era una de las cosas que más apreciaba de ella: no le miraba como un bicho raro por sus limitaciones emocionales. Incluso llegaban a divertirla. Por eso, que de pronto le dijera algo así…

Era una sensación opresiva; un dolor envolvente que no lo producía una caída o un golpe. No, había sido algo más inocuo que eso. Unas simples palabras, pero que venían de la persona que más le importaba.

—Siento no poder serte de ayuda. —Forzó una sonrisa que no convenció a nadie—. ¿Quieres quedarte sola o prefieres que llame a otra persona?

Si hubiera utilizado un tono sarcástico o se lo hubiera dicho enfadado en vez de servicial, Misao no se habría sentido tan ruin como se sentía en ese momento. Soujiro había perdido incluso la sonrisa cuando le dijo sus palabras y se había querido retractar al momento. Él no tenía la culpa de lo que le sucedía y ni siquiera tenía que molestarse en ayudarla. Pero era su amiga y había intentado hacerlo —aunque a su peculiar manera— y eso le había llevado a tener que soportar sus recriminaciones.

—Perdóname, no quería decir eso.

—Pero es verdad.

—No lo es —le contradijo vehemente—. Estoy descargando mi frustración contigo cuando eres la última persona con la que debería hacerlo.

Que Soujiro siguiera intentando forzar una sonrisa tan falsa, sólo reafirmó lo horrible que había sido porque, ¿cómo, si no, podrían haberle afectado tanto sus palabras a alguien como él? Soujiro había intentado ayudarla con toda su buena voluntad y se había llevado a cambio su mezquindad.

—Perdóname, soy la peor persona del mundo —se disculpó con voz temblorosa. Porque se sentía así: culpable, ruin y mezquina. Soujiro la miró al escuchar su voz—. Es que esta situación me está sobrepasando y lo estoy pagando contigo. Lo siento.

—Está bien —dijo de inmediato, impresionado porque veía que Misao se iba a echar a llorar. No la había visto hacerlo hasta ahora. Había tenido incluso una flecha clavada en su pierna y a lo máximo que había llegado era a derramar las lágrimas que se aguantaba. Por eso, verla en ese estado le cortó el abatimiento que había sentido un minuto antes—. No importa, de verdad… No quiero que llores por eso.

—Pues lo siento, porque no es fácil pararlo cuando se empieza —le explicó mientras se le caían las lágrimas que tenía retenidas—. Porque no es justo lo que me pasa. Soy una buena persona, ¿sabes? —se quejó—. Siempre he ayudado a la gente; no me gusta verla sufrir. Y he trabajado muy duro por aquello que quería. Y lo he conseguido. ¿Por qué se me recompensa así?

Soujiro la observó sobrecogido. No le gustaba nada verla en ese estado: llorando porque la vida estaba siendo injusta con ella. Pero él mejor que nadie sabía lo que era eso y que no siempre había una solución. La injusticia había llegado a Misao ahora, pero a él le llegó en el momento de su concepción. Toda su vida se cimentaba sobre una injusticia.

—La vida no siempre es justa. —No tenía otra respuesta para su pregunta, aunque sabía que no le iba a gustar. Pero ésa era la realidad.

—Pues no debería ser así —replicó quitándose las lágrimas de la cara—. No entiendo por qué todo lo que he construido se tiene que ver condicionado porque un malnacido quiere lo que es mío. ¡Es todo culpa suya! —exclamó con voz desgarrada entre sus sollozos—. ¿Por qué tenía que ser tan persistente?

—¿Y por qué no lo detuvisteis? —cuestionó Soujiro—. Quiero decir, ¿por qué no decidisteis que tuvieran una única oportunidad?

—¿Te crees que no lo propuse? —ironizó Misao—. Pero alegaron que una persona podía mejorar si seguía entrenando y que no había que eliminar la posibilidad de tener a otro líder fuerte sólo por presentarse cuando aún no estuviera listo.

—Hum... En parte tienen razón —meditó Soujiro.

—¡No, no quiero que les des la razón! ¡Esto es serio! —exclamó Misao al tiempo que escondía su cara entre sus manos—. Ni en un millón de años hubiera pensado que ese tipo podría superar a Aoshi. ¡Ni entrenándose! —gritó con voz rota por la emoción—. ¡Estamos hablando de Aoshi Shinomori!

—Cierto —corroboró él. Soujiro ya no sabía muy bien qué hacer ante ese incómodo momento y Misao parecía preferir que le dieran la razón, por lo que esperaba que eso ayudara.

—El guerrero más fuerte que han tenido los Oniwaban-shu —siguió ella, en cambio, sin hacerle mucho caso—. De hecho, ¡es uno de los más fuertes de todo Japón!

Soujiro daba fe de ello. No por nada el señor Shishio quiso que peleara en su bando.

—¡¿Cómo es posible que ese individuo tenga posibilidades de ganarle?! —exclamó con impotencia a la vez que se daba un puñetazo en la pierna—. Cómo le odio… —agregó con rencor—. ¡Le odio, le odio, le odio!

—Sí, ya veo que el problema es él.

—¡Porque lo es! —confirmó al momento ella—. ¡Quiere arruinarme la vida!

Y siguió sollozando.

Misao estaba desconsolada y Soujiro no creía que nada de lo que le dijera la ayudase. Ya le había dicho que no le servía para esa situación. Además, verla en ese estado le estaba dejando un nudo desagradable en el pecho, por lo que, ni podía ayudarla ni podía mejorar su propio estado. Estar allí con ella era como una trampa de la que no veía la puerta de salida.

—Lo siento, Misao —se condolió Soujiro poniéndole una mano en el hombro para reconfortarla—. No sé qué más puedo decirte. Si quieres evitar casarte con ese hombre, no tienes más opciones.

—Tus opciones lógicas no me sirven. —No quería reprochárselo, pero no lo dijo de buenas maneras.

—Pero es lo que hay. Siento decírtelo así, pero es el señor Shinomori el que duda que pueda ganarle este año.

—Ya lo sé… —asumió por fin.

—Entonces sólo te quedan esas dos alternativas.

—No quiero casarme con él. Preferiría a cualquiera antes. ¡Es un malnacido! ¡Le odioooo! —masculló apretando los dientes con gran rencor.

—Pues es él o dejar el liderazgo de los Oniwaban-shu, porque la probabilidad de que alguien vaya a adelantársele con los pocos días que quedan es muy baja.

Misao le miró con mala cara. Si en vez de Soujiro hubiera sido otra persona, creería que se estaba burlando de ella. Pero Soujiro era un hombre tan literal que concluyó que se lo estaba diciendo en serio.

—¿Que la probabilidad es muy baja? —repitió con sarcasmo—. ¿Lo dices en serio? Porque yo más bien diría que está al nivel de un milagro. ¿O acaso te piensas que puedo golpear una piedra y que sin más salga alguien que pueda derrotar a Aoshi? —continuó con el mismo tono.

—Claro que no, el señor Shinomori es un gran luchador —concordó él.

—¡Por supuesto que lo es! ¡Y ése es el maldito problema! —atacó beligerante—. Sólo conozco a dos o tres personas capaces de poder ganarle. Pero ¿sabes qué? ¡Resulta que ya están casados! —gritó enfatizando la última palabra—. Así que, ¿en qué crees que me ayuda eso? ¡En nada! —se contestó ella misma a la vez que gesticulaba de forma violenta—. No me sirve de nada un hombre que es inaccesible, ni tampoco uno que no está aquí. Porque al único que conozco que sigue soltero y quizás, sólo quizás, podría ganar a Aoshi es Sanosuke. Pero hay un gran problema con él: no está en Japón… ¡y nadie sabe dónde demonios está!

—Perdona, no era eso lo que pretendía decir —se excusó Soujiro al entender que el discurso ultrajado de Misao se debía a que se había tomado literalmente sus palabras—. Era sólo una forma de hablar para hacer ver que no tienes muchas alternativas, no que fuese algo viable. Es obvio que no puedes encontrar a alguien en tan pocos días.

—No, es evidente que no se puede. —Y levantó los brazos hacia el cielo mientras continuaba—: Porque por mucho que lo desee, esos hombres no es que lluevan precisa… —Misao se detuvo de forma tan repentina, que Soujiro pasó sus ojos del cielo al que apelaba a ella. Bajaba los brazos y su rostro presentaba un profundo desconcierto— …mente —terminó agregando confusa.

—No es fácil encontrarlos, no… —volvió a estar de acuerdo él.

A pesar de sus esfuerzos por hacerla sentir mejor al darle la razón, Soujiro estaba seguro de que no lo estaba consiguiendo. Tenía la vaga sensación de que Misao no le estaba haciendo demasiado caso.

Ella giró su cabeza hacia él, con la misma expresión de alguien que acabara de encontrarse con la cosa más inesperada posible, y Soujiro se tensó.

—Tú… —susurró Misao pasmada.

—¿Sí?

—Tú puedes vencer a Aoshi. —Misao no daba crédito a la revelación que había tenido de pronto.

—¿Vencer a Aoshi? —se extrañó él—. ¿Para qué querría yo hacer algo así? —Con eso, se ganó un puñetazo de Misao… y fuerte—. ¿Por qué me has pegado? —se quejó a la vez que se frotaba el brazo.

—¡Porque eres idiota! —exclamó ella enojada—. ¿Cómo que para qué? Para que alguien se le adelante a Sasaki. Lo acabas de decir.

—Pero no hablaba de mí —se defendió nervioso Soujiro, que empezaba a ver por dónde venía la conversación.

—¿Y por qué no? —insistió ella acercándose a él, con la luz de la esperanza reflejada en su rostro—. Nos conocemos y nos llevamos bien. Te prometo que nunca te daré problemas y nunca te pondré objeciones a nada que quieras hacer. No seré una carga para ti. Podrás…

—No, ni hablar —la interrumpió él muy nervioso—. No estás pensando con claridad.

—Por supuesto que sí. Es una buena idea.

—No, no lo es —la contradijo de inmediato Soujiro.

—¿Y por qué no? —inquirió desesperada.

—Porque no quiero casarme contigo.

Y de esa forma tan directa, la realidad volvió a estrellarse contra ella. Misao se tensó cuando esas palabras tan tajantes le cayeron como un jarro de agua fría, haciéndola consciente por un momento de lo que su repentina idea suponía a oídos de cualquier hombre.

Por supuesto que para ella era una alternativa infinitamente mejor que la otra. Pero si precisamente ella se estaba quejando de que alguien le iba a arruinar la vida por obligarla a casarse con él, ¿cómo se atrevía a proponerle a otra persona lo mismo? Soujiro no tenía por qué casarse con ella para sacarla de sus problemas. Igual que ella querría hacer lo que quisiera con su vida, él también debería poder hacerlo.

—No, claro… ¿Por qué querrías? —susurró algo desorientada. Había sido una montaña emocional pensar por un momento que había encontrado una solución para después darse de bruces con la realidad—. Perdona, no sé en qué estaba pensando.

—No es nada personal contra ti —se apresuró a explicar Soujiro.

—No importa, no importa… —Que encima Soujiro tuviera que medir sus palabras para evitar mortificarla cuando había sido tan negligente con las suyas propias, lo empeoraba todo—. De verdad.

—Es que nunca he pensado en casarme. No es algo que esté en mis planes.

—No tienes que excusarte. Soy estúpida. —Misao se levantó del banco, con movimientos rígidos, y miró a todas partes menos a él—. Estoy… Estoy muy avergonzada. —Y por eso no era capaz de mirarle a los ojos.

—Misao… —la llamó él levantándose a su vez.

—No —le detuvo ella en cuanto vio que Soujiro intentaba seguirla—. Haz como que nunca dije nada —le pidió, antes de salir corriendo de allí.


— * —


Fin del Capítulo 22

11 Febrero 2018


Notas finales:

Lo siento, pero no puedo contenerme en decirlo:

Lectoras: 0 - MAEC: un trillón ^o^

Porque sí, levantad la mano las que pensábais que aceptaría, muajajaja (MAEC regocijándose por llegar a este momento por fin → Es que llevo esperando este capítulo desde que subí el prólogo XD —es mi malignidad en su punto álgido ^o^).

Pero después del momento «matemos a Soujiro» vamos a ser realistas. Porque ¿cuántas de vosotras os habríais casado con la primera persona a la que quisisteis al segundo día de saberlo? ¡Uy! Qué pocas manos veo ahora ^o^. Que sí, que sé que alguna me podrá decir que está casada con su primer amor, pero... ¿al segundo día? ¿En serio? Así que si ninguna de nosotras lo haría, Soujiro menos. Es lo que hay ^_^º

En fin, espero que os haya gustado el capítulo de todas formas :-D

¡Saludos!