CAPÍTULO 23: Familia


Comentarios a los reviews:

Missao: »_« Pobre Misao... no se merece acabar casada con ese tipejo T_T

Kaoruca: Sí, sí... Pobre Misao. Pero también pobre Soujiro. Nadie le entiende T_T (MAEC dando golpecitos consoladores a Soujiro en la espalda para animarle por su incomprensión). Me habría gustado ver cómo reaccionaríais vosotras ante algo así T_T . Y no me ha quedado claro lo que imaginabas: ¿que acabaría siendo candidato o que rechazaran la propuesta? En fin, ya me contarás cuál es el arreglo. De todas formas, hay muuucho fic por delante ^o^. Así que seguid leyendo XD

ddaisyaguilar52: Espero que las vacaciones hayan ido bien :-D . Me alegra que te hayas puesto al día rápido ;-D . Pero pobre Soujiro: no merece que le peguen T_T Entiéndelo: es complicado aceptar una propuesta de matrimonio de alguien a la que no hace ni 24h que sabes que la quieres T_T

Gracias por vuestros reviews :-D. Vamos con el siguiente capítulo. Espero que os guste XD.


CAPÍTULO 23: Familia

Misao se había marchado sin siquiera mirarle. Imaginaba, por la forma en que reaccionó a sus palabras, que no habían sido adecuadas. Pero esa situación se había dado de forma tan repentina, que no había sabido actuar de otra manera más allá de la defensiva. Había pensado en cortar con ello y así lo había hecho.

Soujiro suspiró resignado mientras se sentaba en el banco. Por ese tipo de cosas no socializaba. Las emociones eran caóticas; no las entendía bien. Pero cuando eran suyas, podía hacer un listado y resolver qué emoción resultaba de ello. En cambio, en el momento en el que interactuaba con alguien, todo se descontrolaba. La gente no reaccionaba como él. De hecho, ni siquiera reaccionaban todos igual. Y era un incordio no saber cómo proceder.

Por eso, lo mejor que pudo haber decidido hacía siete años era precisamente lo que hizo: no socializar con personas. Era más seguro. Fue lo correcto.

Pero quizás también, debido a eso, no había sido capaz de buscar una forma menos abrupta de negarse a una proposición de matrimonio. Aunque, pensándolo bien, esa escena no podía darse a diario; podría ser que nadie supiera, meditó Soujiro.

Se apoyó contra el banco y la madera crujió. Recordó que Misao había roto el respaldo y se desplazó hacia el extremo opuesto en el que había estado ella.

Matrimonio… Aún le resonaba la palabra en la cabeza. Era algo irreal para él; una palabra de su vocabulario que era tan fantasiosa como decir que uno se podía sentar en una nube a ver las tardes pasar. No estaba, ni remotamente, en sus pensamientos. Aquello era como el epítome de la socialización: una mujer a su lado de forma continua; ¡e incluso niños! ¿Y se suponía que él tendría que enseñarles? ¿Cómo podía él enseñarles nada? Acabarían siendo personas tan anómalas como él.

No, el matrimonio era cosa de otros. Él debía seguir como estaba: alejado de la gente que tantos quebraderos le daba.

—¿Señor Seta? —le llamó Megumi desde la casa, lo que captó su atención—. La comida está lista.

—Gracias —contestó, y la siguió hasta la salita.

—Aunque hay más personas en el Aoiya, ellos trabajan en el restaurante. La familia comemos aparte —le informó ella—. Y bueno, tú eres nuestro invitado.

—Gracias —repitió.

Cuando llegó, los únicos que estaban allí eran Aoshi y Asuka. Megumi se sentó al lado de su marido mientras le explicaba que Misao le había dicho que no bajaría por estar indispuesta.

—Esto está siendo muy duro para ella —se quejó Megumi.

—No lo es tanto nuestra marcha como el tema de la contienda —corrigió Aoshi—. No te culpes porque lo que más le afecta es Sasaki.

—Ya, pero lo nuestro no lo arregla.

—No —corroboró él.

—Usted la ha visto esta mañana —dijo dirigiéndose a Soujiro—. ¿Cómo está?

No iba a sacar el tema de hasta qué punto estaba desesperada Misao, por lo que suavizó sus palabras.

—No muy bien. En un momento está furiosa maldiciendo a todo, y al siguiente está deprimida por su injusticia.

—Y tiene toda la razón. ¿Por qué tiene que aguantar esto? —recriminó muy indignada—. ¿Por qué no puede hacer lo que ella quiera? —Se giró hacia Aoshi—. Esto es culpa vuestra —le acusó.

—¿Mía?

—Sí, porque hicisteis que Misao se convirtiera en un premio.

—¿Yo?

—No te opusiste, así que tienes parte de culpa.

—Me mantuve al margen de la decisión de Misao. No era algo que me hiciera gracia porque ella tendría que haber peleado por conseguir que esto fuese sólo decisión suya. Pero escogió el camino fácil de respaldarse bajo una excusa. Y yo no iba a desautorizarla frente a sus hombres cuando la organización estaba en un momento de inestable expansión —se defendió Aoshi.

—¡Tenía diecinueve años! Habría ido bien un poco más de apoyo.

—Ella tomó una decisión —alegó contundente—. Además, Okina estuvo de acuerdo. Que años después le haya explotado en las manos, no es culpa mía ahora. Tiene que responsabilizarse de sus actos.

—¿Y ya está? ¿Es que no te importa?

—¿Crees que me he pasado los últimos años peleando contra esos hombres por gusto? Claro que me importa Misao —reprochó Aoshi, algo que Soujiro no sabía que era capaz de hacer. Había empezado allí una discusión marital y no sabía muy bien cómo salir—. Pero es ella la que tiene que decidir qué quiere hacer ante lo que se le presenta.

Como hubo una breve pausa, Soujiro aprovechó para intervenir.

—Mejor les dejo solos.

—No —respondió de inmediato Megumi de forma contenida. Puso una mano sobre la de su marido y éste se volvió a concentrar en su comida, dando por finalizada la discusión… O al menos, en su presencia—. Perdone por haberle hecho presenciar esto —se disculpó con una sonrisa—. Por favor, coma.

Soujiro asintió y procedió, pero no sin percatarse de lo que acababa de ver. Un gesto; sin palabras. Y se habían entendido. Aoshi y Megumi eran un matrimonio. Lo sabía desde el día anterior, pero después de lo que había sucedido con Misao, los veía de otra manera. Por ese tipo de cosas él nunca podría casarse. Nunca podría entender esos extraños códigos entre personas. No estaba hecho para ello.

—¿Mami? —habló de pronto Asuka—. ¿Misi se ha convertido en un trofeo? ¿Por eso no está?

—No, cariño —le dijo con voz dulce ella—. Claro que no se ha convertido en un trofeo.

—Pero es lo que has dicho.

Soujiro se quedó con los ojos abiertos por el asombro. ¿Cómo la niña había podido llegar a esa deducción tan extraña?

—Papá y mamá estaban hablando de cosas de mayores. Por eso no lo entiendes.

—¡Jo! —se quejó ella a la vez que cruzaba los brazos enfadada—. Siempre dices lo mismo, ¡y yo quiero enterarme!

Y si lo que la niña había expuesto le había dejado perplejo, la reacción de Megumi lo hizo más. ¿Cómo podía actuar como si fuese normal lo que había dicho su hija? Él ni habría sabido qué responder ante un comentario tan absurdo.

Si la gente era extraña, los niños lo eran más. Soujiro no era capaz de recordar nada de cómo era a la edad de Asuka. Pero tampoco recordaba mucho de su infancia, más allá de todo lo que tuvo que sufrir. No se imaginaba siendo tan ilógico.

—No te enfurruñes y come —le ordenó Megumi.

—No quiero —protestó la cría.

—Si no comes, seguirás siendo así de pequeña y nunca entenderás nada.

Megumi había mentido y con descaro, pensó Soujiro. Comer no implicaba llegar a ser adulto, sólo las condiciones en que lo hacías. Pero con sus palabras consiguió que, aunque reacia, la niña volviera a coger sus palillos.

No era ajeno a la manipulación de las personas. Él lo había hecho, al igual que se lo había visto hacer a otros. El señor Shishio era un maestro y había vivido muchos años con él. Pero nunca había visto cómo una madre manipulaba a su hija y, además, con algo tan insignificante. Él manipulaba a las personas para conseguir un beneficio, no para algo tan nimio y con lo que no sacaba nada. Además, para él era un esfuerzo tener que enredar en la forma de pensar de alguien. Por eso, siendo madre e hija, habría conseguido lo mismo si se hubiera impuesto. Y a su parecer, de manera más fácil. Su familia era lo único que hacía con él y daba fe de que habían conseguido lo que pedían, de un modo u otro.

Pero reconocía que, con este método, en vez de hacer algo por miedo, Asuka lo había hecho por decisión propia. Y eso suponía una diferencia para la persona que lo tenía que hacer.

A él no se le habría ocurrido algo así. Ese tipo de relación familiar era como un mundo aparte para Soujiro. ¿Cómo no iba a mantenerse alejado de todo eso?

—¿Cuándo perdió usted a su familia? —Soujiro no supo bien cómo esa pregunta salió de él. Pero esa mujer había dicho que se había reencontrado con lo que quedaba de ella.

Tanto Megumi como Aoshi le miraron desconcertados, aunque lo entendía. Era una pregunta que no venía a cuento de todo lo que se estaba hablando allí.

—Dijo que la había encontrado y que por eso se mudaban, ¿no?

—Sí, cierto —contestó confusa—. Fue durante la batalla en Aizu. Pertenecía a una familia de médicos muy importante. Pero aquella batalla fue muy cruenta y todos tuvieron que partir hacia ella como médicos excepto yo.

—Imagino que sería pequeña —dedujo.

Megumi asintió.

—Tenía doce años.

Eso resolvía su misterio. Había estado con su familia hasta que tuvo doce años. Eso podía explicar que supiera cómo manejarse con una nueva, a diferencia de él, que además de que su familia le repudiaba, sólo había estado con ellos hasta los ocho años.

—Dijeron que mi padre murió en la batalla, pero al resto los dieron por muertos —continuó Megumi, sin saber que Soujiro no estaba realmente interesado en su pasado. Pero puesto que había iniciado esa conversación, decidió mostrar interés—. Mi madre y mis dos hermanos mayores; y mi abuelo y dos hermanas menores de mi padre que aún no se habían casado. Como mi madre era hija única y sus padres habían fallecido cuando yo aún no había nacido, ellos eran toda mi familia. Pero al pertenecer a la familia Takani, todos tenían conocimientos médicos, incluidas las mujeres, y fueron enviados a la batalla.

¿Takani? ¿Megumi Takani? ¿La doctora que Kanryu Takeda tenía secuestrada para crear droga?, pensó sorprendido. Como no la había visto hasta que fue a espiar a Himura, no la había reconocido. Pero supo de todo aquel lío de cuando el señor Shishio vigiló a Kenshin y los supuestos únicos integrantes de los Oniwaban-shu, antes de su intento de Golpe de Estado.

—Pero mi madre y mi hermano mayor sobrevivieron. Y por eso quiero estar con ellos.

—Es lógico —asintió Soujiro—. Espero que todo les vaya bien en Aizu.

—Gracias —respondió, y tras eso, se enfocó de nuevo en su comida y desvió la conversación a otra menos sensible.

— * —

Si no eras parte de los trabajadores del restaurante, en el Aoiya no había mucho que hacer. Había pensado en dar una vuelta por Kioto, pero justo antes de salir vio el banco que había roto Misao y decidió entretenerse con él.

El problema fue que, al estar en un punto fijo, acabaron por dejarle a la niña y otra amiga en el mismo jardín privado que a él.

En realidad, con la palabra «cuidar», entendía que se referían a que siguieran vivas cuando sus adultos responsables volvieran a por ellas. Así que aparte de echarles un ojo de vez en cuando, le dejaron bastante tranquilo.

El banco tenía dos opciones: o se intentaba parchear la madera rota o la cambiaba por otra. Pero dejar la vieja sólo traería consigo que alguien acabara por caerse hacia atrás cuando cediera. Lo más adecuado sería sustituirla. Y un hombre del servicio le había llevado a un pequeño almacén donde tenían herramientas y maderas para imprevistos. No debería sorprenderle, a fin de cuentas, era un local público: si se estropeara algún listón en la zona del restaurante o las habitaciones reservables, debían arreglarlo lo antes posible.

Eso sí, los listones no estaban preparados. Para utilizarlos en el banco debía cortarlos y lijarlos. Estaba en ello cuando Aoshi regresó y se sentó en el pasillo de la casa que daba al jardín.

—Perdona por haberte dejado otra vez con Asuka.

—No importa. No me molesta.

—Con todo lo que ha pasado desde el regreso de Misao, tenemos muy pocos efectivos en casa. Están todos bastante ocupados fuera. Excepto por el personal del restaurante, sólo estamos nosotros.

—He visto llegar a un grupo de personas.

En realidad, no le preocupaba que le dejaran a la niña en la zona en la que estaba. Asuka había resultado ser una niña que se entretenía sin molestar a los que la rodeaban. Pero sí que había visto gente por la casa y sabía que eran integrantes de los Oniwaban-shu.

—Sí, Misao tiene una reunión —respondió con aire cansado—. Tienen que decidir cómo proceder con respecto a los Yoshida.

—¿Y usted no está allí? —preguntó dejando de lijar la madera que tenía en las manos.

—No, estaba con la contabilidad del Aoiya. —Soujiro no supo cómo definir la forma en que Aoshi miró a su alrededor—. En varias semanas no estaré aquí. Los Oniwaban-shu quedarán atrás para mí.

—Se me hace un poco raro escucharle decir eso —comentó, y retomó su tarea.

—No lo creas. No tengo un mal recuerdo del tiempo en que fui parte de ellos —se defendió—. Pero en cierta forma, lo ocurrido me hizo recorrer el camino equivocado.

No podía estar más de acuerdo con él. Al igual que Aoshi, no se arrepentía del tiempo que estuvo a las órdenes del señor Shishio, pero sabía que no había sido lo adecuado. Las circunstancias de la vida le habían llevado por ahí. No diría que había sido una víctima de la situación, pero tampoco había tenido muchas alternativas en esos momentos.

—Le entiendo bien.

—Estoy seguro de que sí. —Y no era reproche—. Tú también cargas los fantasmas de tu pasado. —Después miró a su hija, la cual jugaba con su amiga—. Pero ahora tengo otras prioridades. No puedo permitirme el lujo de volver a descarriarme y que, otra vez, alguien bajo mi protección salga perjudicado.

—Se ha vuelto muy conversador, señor Shinomori —le dijo Soujiro sonriente—. No le recordaba así.

—Ni yo tampoco a ti —contratacó él—. Aquí estás, en el jardín privado de un restaurante, arreglando un banco mientras dos niñas juegan a tu alrededor. —Soujiro le observó, sin entender con exactitud qué pretendía decirle—. Han pasado muchos años desde aquello. La gente cambia…

No parecía decírselo a nadie en particular. Aoshi se había abstraído en su mente y miraba, pero sin atención, a las niñas. Soujiro terminó de lijar el tablón y lo probó en el banco. Entonces, un hombre llegó a la altura de Aoshi y se acuclilló a su lado.

—Señor —susurró. Lo dijo muy bajo. Soujiro imaginaba que para que no le escucharan, pero, aunque no tenía el buen oído de Misao, tampoco podía quejarse del suyo—. Debería venir a la reunión.

—Misao ha regresado, por lo que no me necesitáis.

—Pero estamos tratando asuntos importantes y la señora está como distraída.

—Ha regresado de un viaje duro y tiene demasiadas cosas en la cabeza —la defendió él con una mirada fría.

—Señor, no creemos que esté en condiciones para la reunión —expuso el hombre.

—¿Creéis? —cuestionó con voz helada.

—Hemos tenido que interrumpir la reunión unos minutos —se excusó con rapidez—. Los hombres están inquietos, no sólo por lo que ha pasado en Tokio sino por el hecho de saber que puede haber infiltrados en nuestras filas.

—Lo entiendo, pero yo no os puedo servir de ayuda. No estaré aquí mucho tiempo.

—Por favor —le pidió el hombre agachando la cabeza—. Soy leal a Misao.

—Lo sé. —Porque no lo dudaba. Era uno de los hombres de confianza de ella, el cual estaba en los nuevos Oniwaban-shu desde casi los inicios.

—Por eso se lo pido, porque no todos lo son —reveló con brusquedad—. Pueden ser leales a los Oniwaban-shu, pero no a ella. Y saben los cambios que va a haber. Usted se marcha en unas semanas y muchos auguran el resultado de la contienda.

—Por tus palabras, entiendo que no a mi favor. —No estaba ofendido. Sabía mejor que cualquiera su estado.

—No me malinterprete. Todos sabemos que, si estuviera en plenas condiciones físicas como hace años, no podría vencerle —aseguró vehemente—. Por eso era el más adecuado para las contiendas.

—Gracias por tus palabras —agradeció Aoshi. En cierta forma, le animaba la confianza que tenían en él los integrantes de los Oni.

—El hecho, señor, es que nadie quiere mezclarse con otro grupo ahora mismo y no creo que eso mejore sabiendo que puede haber traidores. Leales a ella o no, somos Oniwaban-shu —expuso con orgullo—. Pero si junta que su presencia es la responsable de que otra persona ajena pueda irrumpir en nuestro grupo y en un momento tan decisivo como éste, ella no es capaz de ejercer un liderazgo fuerte…

El hombre no siguió, evitando así pronunciar unas palabras que podrían considerarse como traición. Pero Aoshi —y Soujiro, que había dejado a medias su tarea para concentrarse en la conversación— sabía que hablaban de sustituirla.

—¿Quieren destituir a Misao?

Como pudo comprobar Soujiro, al parecer, Aoshi no había enterrado al hombre intimidador de antaño. Pudo ver que el hombre se encogió con esas frías palabras.

—Por favor, señor, venga conmigo —le volvió a pedir, sin confirmar nada. No estaba dispuesto a hablar sobre ese tema—. Le necesitamos hasta que la señora se recomponga.

Durante interminables segundos, lo único que se oyó en el pequeño jardín fueron las risas de las niñas que jugaban con una pelota. Entonces, Aoshi se levantó de su sitio.

—Soujiro —le llamó de pronto, y éste se sobresaltó por ello.

—¿Sí, señor Shinomori?

—Lo siento, tengo que irme un rato —se excusó—. ¿Puedes encargarte de las niñas?

—Claro, señor —aceptó solícito.

Soujiro observó cómo se marchaban a paso rápido. Después, miró a las niñas que seguían jugando ignorantes de que se habían marchado los adultos.

Ignorantes…

Ser un niño normal debía ser agradable. La preocupación de esa niña era no entender el mundo de los adultos; un mundo complejo que, en su opinión, sería más feliz si no conociera.

Misao debió ser como Asuka cuando era pequeña, reflexionó él. A veces le parecía increíble cómo podían cambiar tanto las vidas de las personas con el transcurso del tiempo. Estaba convencido de que ella había crecido en ese lugar, sin ningún tipo de preocupaciones, feliz por ser ignorante de que en un futuro su vida se vería tan trastocada.

Aunque, si lo pensaba bien —suspiró resignado—, ningún niño a la edad de Asuka podía esperar que su vida se llenara de disgustos. O —si lo pensaba mejor— al menos, no los niños distintos a él.


— * —


Fin del Capítulo 23

15 Febrero 2018


Notas finales:

Quería matizar el tema de la familia de Megumi. Hasta donde se sabe, tenía a sus padres y dos hermanos mayores. Sin embargo, entiendo que esa familia es la directa, porque debía haber más. Megumi menciona que en la guerra toda su familia participó como médicos, incluidas las mujeres porque tenían conocimientos de medicina. Eso me da a pensar que había más mujeres Takani y que se salían de esta unidad familiar. De ahí que haya expandido su familia a un abuelo y dos tías menores. Pero vamos, que eso me lo he inventado, pues no hay ninguna referencia más sobre la familia de Megumi.

Espero que os haya gustado el capítulo ;-D

¡Saludos!