CAPÍTULO 24: La proposición


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Sí, en el capítulo anterior Soujiro toma conciencia de un aspecto social que no había contemplado hasta ahora. O al menos, siendo él el protagonista. De todas formas, una de las cosas que me gusta de este fic es que se pasa de un hecho real a una percepción. Puede que al principio del fic sí que fuese una persona con un tacto y empatía nula, pero según se avanza en la historia, al final, lo que reflexiona sobre sí mismo en el capítulo es sólo su percepción de él, porque no tiene nada que ver cómo empieza y cómo acaba. Además, el hecho de enamorarse de Misao acelera mucho esa evolución. Parece que no, porque el fic empezó hace un montón de capítulos y habéis visto poco a poco cómo va cambiando, pero a mí se me cortocircuitaba la cabeza cuando tenía que retomar escribir capítulos del viaje a Kioto después de haber escrito muchos capítulos de cuando ya habían llegado. Era como: «madre mía, ¿Soujiro todavía está así?». Porque son como dos personas distintas.
De la escena del banco, a mí también me gusta mucho. Es de ese tipo de cosas que te llevan a reflexionar hasta qué punto pueden cambiar las vidas de las personas.
Y por último, en cuanto al tema de Misao y el liderazgo... los mangas nos malacostumbran a ver mujeres como líderes en historias ambientadas en otras épocas, pero la realidad no tiene nada que ver. Japón es una sociedad muy machista y antaño ni te cuento. Su lema era (según pasaban las etapas de su vida) obedece a tu padre, obedece a tu marido y obedece a tus hijos. Jamás podían tener criterio propio; era una sumisión total. Por tanto, una mujer como líder de una organización ninja sería casi impensable. Así que Misao tendría «infinitos» problemas con eso, empezando porque posiblemente no consiguiera expandir su grupo. De ahí que pusiera a Aoshi por detrás para darle algo más de credibilidad a todo el tema y por eso agrava el problema de Misao al marcharse.

ddaisyaguilar52: Bueno, Megumi está feliz con su familia reencontrada. Su verdadero problema es que se ha juntado eso con las circunstancias de Misao. Pero no te preocupes que pronto estarán todos más tranquilos ^o^

Gracias por vuestros reviews :-D. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste XD.


CAPÍTULO 24: La proposición

No sabía muy bien por qué Aoshi había entrado a la reunión el día anterior. Lo que sí sabía era que estaba enfadado. No quizás de forma visible para los que estuvieran allí, pero sí para ella. Le conocía bien. Aunque no le gustaba que se desligara de los Oniwaban-shu, había visto cómo cuanta más distancia ponía de ellos, más se suavizaba su introversión. También habían contribuido en gran medida Megumi y Asuka, por supuesto. Pero todo hacía que, siete años después de reencontrarle, Aoshi se hubiera convertido en un hombre que quería dejar atrás su pasado y comenzar una vida nueva.

Suspiró. Aunque no sabía por qué Aoshi había ido al final a la reunión, debía reconocer que la había salvado. Ella no tenía cabeza en esos momentos para hacer frente a todo y la presencia de Aoshi limó las exigencias de sus hombres, las cuales iban desde hacer rodar la cabeza del líder Yoshida a intentar eliminarles a la fuerza, algo en lo que ella no estaba de acuerdo. Dentro del grupo Yoshida había gente inocente que no sabía lo que hacían aquellos a los que habían dado su lealtad.

Lo más efectivo siempre era darles donde más dolía, y si ellos habían mentido y extorsionado para aumentar sus filas, se podía mentir y extorsionar para reducirlas. Jugar al mismo juego, pero a la inversa. Y para ello, primero deberían cortar sus canales de información y de comercio. No podrían coaccionar a otros si no podían mostrarse superiores. Y con esa idea, se había trazado un plan de acción.

Volvió a suspirar mientras dejaba un farolillo limpio en su gancho y cogía el siguiente. Hacer tareas mecánicas cuando tenía la cabeza llena de cosas solía ayudarla a centrarse.

—Perdone —oyó la voz de Soujiro en la otra punta de la estancia. Misao tuvo la imperiosa necesidad de esconderse, pero se quedó inmóvil en el sitio—, ¿ha llegado algún paquete para mí?

—No, no ha llegado correspondencia hoy —le contestó—. ¿Tenía que llegarle algo?

—En realidad, habría sido un milagro que llegara tan rápido —comentó Soujiro risueño.

—No vuelven a repartir por esta zona hasta dentro de un par de días —le informó la mujer, con lo que Soujiro suspiró resignado.

—Supongo que tendré que abusar de su hospitalidad unos días más.

No la había visto, dedujo Misao. Estaba en el punto opuesto a su línea de visión y, como no quería atraer su atención, se había quedado inmóvil.

—No se preocupe, señor. Estamos encantados de atenderle —dijo servicial.

—Gracias, señorita.

Estaba siendo cobarde, lo sabía. Pero le daba apuro encontrarse con él. No le había visto desde el día anterior. Soujiro había salido temprano del Aoiya y no había vuelto para comer.

Recordó que le había prometido celebrar una fiesta por su regreso, pero todo se había desarrollado de forma muy diferente a lo esperado. No estaba de humor ni para hacerle de guía por Kioto. Además, a pesar de ser muy consciente de que no tenía la culpa, eso no evitaba que tuviese cierto resquemor contra él. Podía haber sido su salida, pero le había colgado el cartel de rechazada.

Cierto era que sus condicionantes eran muy fuertes. Para ella, muchas personas serían preferibles como marido antes que Sasaki. Pero mientras que con otros sería un mal menor, se había dado cuenta de que con Soujiro, ni siquiera se sentía disgustada con la idea. Suponía que todo lo que habían pasado esas semanas atrás los había unido a otro nivel. Aunque quizás sólo fuese para ella, a fin de cuentas, hablaba de Soujiro.

Y quizás por eso, que la rechazara de forma tan categórica, le había sentado tan mal. Como una cuchillada al centro del pecho. Ellos habían trabado una amistad especial y ni siquiera podía concebir la idea de verla como esposa. Siempre había creído que, si no había tenido pretendientes normales, era por las malditas contiendas. Pero ¿y si sólo podía ser interesante para un hombre porque llevaba consigo a los Oniwaban-shu?

No, no, no… negó rápidamente. Todo aquello sólo era cosa de Soujiro y sus peculiaridades. Ella era una mujer agraciada y buena persona. Tenía muchas virtudes y, entre ellas, su autoestima sana. No entendía por qué se sentía de pronto tan insegura por las palabras de un hombre con la madurez emocional de un niño.

Terminó de limpiar el último farolillo y se sentó. Estaba cansada, a pesar de no haber hecho gran cosa ese día. Suponía que era un cansancio emocional, pues se sentía atrapada e impotente mientras otros decidían sobre su vida.

Oyó unos pasos por el pasillo: eran los de Megumi. Y en cuanto la vio, la saludó y se sentó junto a ella.

—Estoy hecha polvo —se quejó con un fuerte resoplido—. Ayer tuve que hacer el turno de tarde y hoy me han hecho hacer el de mañana. ¡Pero no me han dejado salir hasta ahora! —Volvió a resoplar—. Creo que me quieren explotar mientras aún esté aquí.

—¿Hasta cuándo vas a estar en el hospital?

—Dos días más… Hasta que termine la semana —le informó—. Después, tendré tres días para terminar de recoger todo y viajar a Aizu.

—Entonces, ¿ya tienes los billetes?

Por sus fechas, Megumi no estaría presente en la contienda, la cual se celebraría el lunes siguiente a ése. No sabía por qué era tan precipitado si tenían en cuenta que había retrasado ese viaje hasta que regresó de Tokio. Pero temía que estuviese pensando como ella y por eso hubiese preferido marcharse.

Si Aoshi ganaba, no habría problema y ella seguiría feliz al menos otro año más. Pero si perdía, no estaba segura de que el consuelo por parte de una mujer felizmente casada y libre para trabajar en aquello que la apasionaba fuese el más adecuado.

Megumi asintió.

—Tengo ganas de volver a mi antigua casa. Además, como apenas estuvieron aquí un par de semanas, no he podido tratar mucho con mi hermano.

—No sé por qué quisieron marcharse. Habrían estado bien cuidados aquí.

—Mi madre se puso impaciente. En realidad, me costó bastante conseguir que no se fuesen antes. Ya sabes que mi madre adora su ciudad natal. Supongo que pudo más la nostalgia de los años felices que vivió allí.

—Lo dices como si fuese por experiencia propia.

—Aizu también me trae buenos recuerdos —comentó ella en tono emocionado—. No sólo de mi infancia. Allí fue donde Aoshi y yo nos conocimos hasta el punto de casarnos.

—Debe ser bonito —susurró Misao con pena.

—¿El qué?

—Casarte con la persona que quieres.

Megumi se desinfló soltando un largo suspiro y se recostó más contra el asiento.

—Sí, lo es —contestó con sinceridad.

Poder compartir la vida con la persona que querías. Una vida entera feliz. Le daba mucha envidia, porque ella iba a tener una vida entera desgraciada. Se le hacía que iba a sentir como que su vida se alargara hasta la eternidad, pues así sería si acababa con ese individuo como su marido. En realidad, incluso un matrimonio de un año sería eterno para ella.

Sin embargo, pensó en ello como si fuese el premio de su vida. Sería un regalo que ese matrimonio tuviera un fin. Contaría los días y los iría tachando del calendario, y festejaría hasta el final de los tiempos el verse liberada.

Qué dulce pensamiento… Un matrimonio con fecha de caducidad.

Y entonces, su cerebro se detuvo en seco. Y cuando esa idea se fijó por completo en su mente, Misao se incorporó en su asiento.

—¡Eso es! —exclamó al aire emocionada.

—¿El qué? —preguntó Megumi desconcertada.

—¡La solución a su problema!

—¿El problema de quién?

Pero Misao no dijo nada y simplemente se levantó. Era una solución. A Soujiro le espantaba la idea de casarse con ella, pero no debería si fuese un matrimonio falso y temporal. Sólo tendría que quedarse en Kioto un tiempo y luego podría marcharse. Como cualquier matrimonio de conveniencia al que le cambiasen los intereses.

—Tengo que irme —dijo a la vez que salía corriendo por la puerta.

— * —

Puesto que ya no le quedaba más remedio que permanecer allí, desaparecer todo el día era una solución válida. De esa forma, se evitaba estar en ese lugar con todo el revoltijo contradictorio de emociones. ¿Cómo podía haberse envuelto en algo así? La primera mujer por la que sentía algo y resultaba que se encontraba en la situación de poder verse obligada a casarse con un hombre que odiaba en menos de dos semanas. ¿Por qué no podía ser tal y como se lo había imaginado? La conocería, él se marcharía después y ella seguiría con su vida hasta que encontrase a alguien que quisiera y con el que se casaría.

Fin de la historia. Todo el mundo feliz y contento.

Pero no: tenía que haber llegado allí y enterarse de todo. Se tenía que haber marchado según pisó Kioto. Habría estado un par de días deprimido igual que el día que vinieron, pero se le habría pasado y habría seguido con su vida como hasta el momento. Y si hubiera vuelto años después y hubiese visto el panorama, todo habría sido diferente, porque él lo habría desconocido y, por supuesto, él no habría tomado parte de aquello.

Porque, por culpa de Misao, ahora se sentía partícipe de lo que le sucediera. ¿Por qué había siquiera mencionado esa idea? No se le había pasado ni por la cabeza porque él no quería casarse. Era algo que estaba fuera de lugar. Sin embargo, Misao le había convertido en una pieza de ese tablero del que él no quería formar parte.

Él no podía casarse… simple y llanamente. Lo tenía claro. Pero cada vez que pensaba en eso, le asaltaba el sentimiento contradictorio de que tampoco quería que otro hombre la forzara a casarse con él.

Uno que además odiaba.

Apoyó su frente sobre sus brazos reposados en el alfeizar. ¿Por qué se habría hecho aquella promesa? O mejor dicho, ¿por qué se había dado prisa en pedir sus cosas a casa? Si no lo hubiera hecho, se habría largado de allí en cuanto la primera noticia de todo ese asunto llegó a sus oídos.

Aunque, bien pensado, sí que podría irse. Se le iluminó la mente con esa idea. Podía dejar dinero para que le devolvieran a su casa de nuevo sus pertenencias. Marcharse de allí y desentenderse de todo era lo mejor para él. No volvería por allí y no se lamentaría de lo que pasase porque no sabría lo ocurrido y, por tanto, podría hacerse a la idea de que Aoshi ganó y Misao quedó libre.

Soujiro se incorporó al darse cuenta de lo perfecto que era ese plan. Mientras no volviera por allí, nunca sabría lo que pasó y siempre podría imaginar lo que le dejara más tranquilo. Y un día, simplemente, dejaría de pensar en ella de esa forma. Y todo le daría igual incluso aunque se pusiera al corriente de lo sucedido.

¿Cómo no se le había ocurrido antes?

Se estaba levantando del suelo cuando, justo en ese instante, Misao abrió la puerta sin siquiera llamar. Soujiro se sobresaltó al verla allí nada más haber urdido su plan y pensó —de forma irracional— que parecía haberle leído la mente.

—¿Te interrumpo? —preguntó sin más.

—Esto… No —mintió. Porque en realidad iba a recoger sus cosas y dejar en la mesita una carta donde explicaría todo junto con el dinero que necesitarían—. Sólo estaba relajándome después del día.

Misao cerró la puerta y se acercó hasta él.

—Sé que lo que te dije ayer fue muy desconsiderado por mi parte.

—No importa, de verdad.

—Pero voy a insistir.

Soujiro contuvo el aliento y sonrió nervioso, echándose hacia atrás. ¿Cómo le explicaba que iba a marcharse en lo que tardara en dejar todo listo? No quería saber nada más de todo aquello. Cuanto menos supiera, mejor para su paz mental.

—Misao…

—Escúchame —le interrumpió—. Ya sé que no te hace gracia casarte conmigo…

—No es porque seas tú —le corrigió. Sin embargo, ella siguió por encima de sus palabras.

—Pero no tiene por qué ser un matrimonio definitivo. Sólo hay que aparentarlo durante un tiempo y después podrás irte.

—¿Cómo que irme? —preguntó sin entender.

—Eso pasa en muchos matrimonios. Cuando los intereses familiares cambian, se rompen los matrimonios para establecer otros.

—¿Hablas de matrimonios de conveniencia?

Misao asintió.

—Aunque es evidente que no podemos decir que sería de conveniencia. Las separaciones son más habituales en ellos, pero eso no quiere decir que no ocurra con cualquier otro matrimonio —puntualizó ella—. Así que podemos estar casados un año… o unos meses —añadió para persuadirle al bajar el tiempo—, como quieras tú. Y después, decir que me dejas y ya está.

Misao supo que había dejado a Soujiro sin palabras. La observaba como si no terminase de creer lo que veían sus ojos. Y tardó un rato en contestar.

—No puedo hacerlo, Misao —negó con la cabeza para dar más énfasis.

—Por favor… —le rogó juntando sus manos en súplica—. Sé que no debería pedirte nada después de todo lo que has hecho por mí. Pero has pasado unas semanas conmigo y no creo que haya sido horrible, ¿no?

—Claro que no —la tranquilizó él.

—Pues sería lo mismo, pero sin gente que nos persiga para matarnos. Eso es un gran avance —agregó para intentar animarle.

—¿Lo mismo?

—Bueno… Tú podrías hacer lo que quisieras en ese tiempo; no te voy a recriminar nada. Y yo seguiré con mi día a día.

Soujiro se quedó pensativo. Misao no estaba segura de si eso era bueno o malo. La línea de pensamiento de ese hombre siempre sería un misterio para ella.

—Pero ¿no volverías después a estar igual? —preguntó con agudeza.

—¿Sobre qué?

—¿No vendría Sasaki de nuevo para ganar una contienda y así casarse contigo?

Misao se tensó cuando ese cabo suelto llegó a su cabeza. Pero lo descartó con lo primero que se le ocurrió.

—No debería.

—¿Por qué?

—Porque Aoshi ya no sería responsable de mí.

—¿Se pelearían contra mí, entonces?

—¡No, claro que no! —exclamó a la defensiva—. No podrían obligarte porque no eres un miembro de la organización. Además… —añadió en cuanto reflexionó un poco más— la situación de los Oniwaban-shu ha cambiado desde que las contiendas se propusieron.

Misao bajó la cabeza al pensar en ello, pues el hecho de que hubiera gente que se creía con derecho de opinar de forma tan insensible sobre su futuro era algo que le dolía.

—Sé que muchos accedieron en aquel entonces porque era una forma de conseguir ampliar nuestras filas bajo una criba que sólo podría ser superada por un grupo fuerte. Pero nuestras circunstancias ya no son ésas. —Misao levantó la vista y le miró a los ojos con fijeza—. Somos fuertes por derecho propio y aquel objetivo hace tiempo que perdió su finalidad. Sé que una parte de ellos no quieren mezclarse con nadie porque ya no lo necesitamos. Así que es fácil que pueda conseguir apoyo entre ellos para que no vuelva a suceder nada como eso.

Misao le oyó murmurar algo para sí mismo y, por un segundo, creyó que Soujiro le daba la razón con ese tema. Pero debió imaginarlo pues seguía muy reacio. Lo sabía por la postura rígida que tenía. Y no terminaba de saber por qué, cuando le había asegurado que no interferiría en su vida; que lo único que tenían que hacer era convivir en la misma casa un tiempo.

Pero eso era porque Misao desconocía cuál era su verdadero problema.

Aunque Misao pensase que lo que le hacía echarse para atrás era ella, no era ése el motivo. En realidad, a Soujiro no le hacía gracia separarse de ella. Lo había comprobado el día que llegaron y no necesitaba que nadie le explicara el porqué. Y había una lógica bien razonada que explicaba cómo había llegado a esa situación. Era por culpa de esos dos meses que había pasado con ella. Era lo que marcaba la diferencia entre que al principio no hubiera dudado en dejarla enfebrecida en el camino y ahora no fuese capaz de hacerlo. Si después de tan corto periodo había influido de esa manera en él, ¿cómo estaría pasado más tiempo?

No era sólo que el matrimonio fuese de verdad o no. Él tenía un problema con ambas opciones. En la primera opción, él no era capaz de verse como un marido adecuado. No estaba hecho para socializar y menos hasta ese punto. Lo había comprobado viendo a un matrimonio de verdad. Pero la segunda opción tampoco era muy atrayente porque temía que después no quisiera marcharse y eso empeoraría todo para él. Porque, aunque Misao quería algo temporal que la ayudara a evadir su problema, Soujiro no quería descubrir qué consecuencias tendría para él el que una vez pasado todo tuviera que irse.

—Por favor, Soujiro —le suplicó.

—Lo siento, Misao. —No quería ninguna de las dos opciones.

—Por favor —repitió desesperada.

—No insistas. De hecho, tenía pensado…

—Pero ¿cómo no voy a insistir si tu respuesta puede librarme o arruinarme la vida? —replicó con la voz cargada de emoción e interrumpiendo a Soujiro en su explicación de irse en cuanto tuviera todo listo.

—Porque es complicado para mí —intentó defenderse.

Misao se separó de él un paso, aturdida; igual que si la hubiera empujado. Y le miró con ojos cargados de incredulidad. ¿Cómo podía decir que era complicado para él, cuando sólo se dedicaba a viajar por el país? No lo entendía. Si tuviera una familia, sí sería complicado. Pero estaba solo. Nadie dependía de él, ni nadie le esperaba en ningún sitio. ¿Cómo podía ser complicado que, en vez de viajar por Japón, se quedara un tiempo en Kioto?

En cambio, ella podría verse obligada a casarse con un hombre que odiaba; un hombre que quería arruinarle la vida a conciencia.

—¿Complicado? —reprochó resentida Misao. Estaba convencida de que, si le hubiese dado un puñetazo, no le habría dolido tanto—. ¿Que es complicado para ti? ¿Cómo es posible que me digas eso? No te estoy pidiendo un matrimonio de verdad. Sólo que te quedes por Kioto un tiempo. Podrías incluso tomártelo como unas vacaciones. Pero ese poco tiempo tuyo supone que yo no tenga que vivir el resto de mi vida desgraciada.

—No es tan sencillo como lo quieres hacer ver —contratacó él en un intento por conservar la calma. Veía que Misao iba a volver a rebatirle—. No es algo que puedas entender.

Ella negó con la cabeza varias veces, con las lágrimas de frustración acumulándose en los ojos.

—No, claro que no lo entiendo —susurró con la voz sobrecogida—. ¿Es porque te he hecho algo que no sepa? ¿Estás enfadado conmigo?

—No es eso —respondió con rapidez.

—Entonces, ¿por qué me haces esto? —preguntó desesperada—. Si fuese al revés, yo no dudaría en ayudarte. Y no me importaría que fuesen meses, ni un año… ni dos. ¿Qué es ese poco tiempo frente al hecho de que puedas vivir el resto de tu vida feliz?

Soujiro se quedó paralizado cuando Misao soltó de pronto un argumento tan sólido. Si tenía en cuenta lo racional que siempre era con lo que le rodeaba, era desconcertante que Misao acabara de pisotearle como a un insecto. ¿Cuánto más podría vivir Misao? ¿Cuarenta años? ¿Cincuenta? ¿Y que eran unos meses suyos frente a todos esos años ligada a alguien que odiaba? Las consecuencias para ella eran peores que las suyas, pero no era capaz de considerarlas porque su propio temor no le dejaba verlo.

Ese pensamiento le hizo sentirse bastante mal. Nunca había tendido a ponerse en el lugar de otras personas. No sabía si era por un mecanismo de defensa o qué, pero había dejado de hacerlo desde niño. En general, ponerse en la piel de otras personas le hacía ver que perdía en comparación. Y en este caso, tampoco lo había hecho. No se había puesto a pensar realmente lo que conllevaba su situación.

—¿Puedo preguntarte algo? —Misao asintió y por el movimiento se le derramó una lágrima que se limpió al instante con fuerza—. ¿Tan desgraciada serías teniendo que dejar los Oniwaban-shu? ¿O casándote con ese hombre?

—Sí —contestó tras sorberse por la nariz.

—¿Por qué no puedes elegir una de las dos?

—Porque dejaría de ser yo.

Casi hubiera sido mejor no preguntar, pensó Soujiro. Si pretendía encontrar algún resquicio por donde saltar para evitar todo aquello, Misao acababa de sellarlo de un golpe. ¿En serio podía dejar que el temor por su futuro hiciera desaparecer a la mujer que quería?

El nudo que tenía en el pecho se apretó, porque no estaba seguro de las consecuencias que traería para él lo que estaba por hacer. Incluso sintió que le empezaban a temblar las manos. Pero ¿y si aquello que sentía no cambiaba? ¿Y si un día regresaba a Kioto e intentaba reencontrarse con esa mujer radiante de vitalidad que lo había atrapado, pero sólo hallaba en su lugar a una mujer angustiada y desgraciada? ¿Acaso aquello no representaba un temor más fuerte que el actual? Sería culpable en cierta forma de lo sucedido. Y entonces, si se arrepintiese, se sentiría mucho peor.

Porque entonces, ya sería tarde…

Inspiró, con el nudo en su pecho casi ahogándole. No era una buena idea… Sabía que no era una buena idea y acabaría por pagar las consecuencias.

—Está bien, Misao. Lo haré.

Pero sabía con cada fibra de su cuerpo que aquello le saldría muy caro.


— * —


Fin del Capítulo 24

18 Febrero 2018


Notas finales:

Por si alguna se ha quedado descolocada con lo que dice Misao de que «decida largarse y ya está», eso es más cosa nuestra que de ellos. En Japón es tan sencillo como eso. Y eso que, al menos, ahora tienen constancia de ello (porque tienen que rellenar un formulario, firmarlo los dos y presentarlo en el ayuntamiento... pero ¡hala! divorcio al canto en cinco minutos y porque han tenido que esperar cola ¬_¬º). Pero antaño era así. El hombre decidía marcharse (que no la mujer u_uº) y lo único que dejaba era una nota (que se llamaba «Mikudari-Han») donde explicaba que se iba y se acabó (eso sí: con previa devolución de la dote, que si no, aquí alguno hacía un negocio brutal, vamos... ¬_¬º). Hay muchas cosas buenas y malas en la sociedad japonesa, pero la practicidad de esto me alucina un montón. Cuánta gente aquí se podría haber evitado convivir años con alguien que no quiere por no poder divorciarse por lo costoso y engorroso que resulta... u_uº Divorciarte con sólo rellenar un formulario... es algo que se me escapa de la imaginación O_O

En fin, espero que os haya gustado el capítulo. A mí me encanta el final *o*, más majo el pobre. Hecho un flan de los nervios... Y a Misao que le va a dar un ataque, obvio XD. Era lo que todas esperabais hace unos capítulos, aunque os he hecho sufrir (o incluso despistaros, muajajaja). Ainsss, ya os dije que me encanta la parte de Kioto, son más monos los dos *o*

¡Saludos!