CAPÍTULO 31: La boda


Comentarios a los reviews:

SlayArmisa: Pues sí, me da bastante rabia cuando me bloqueo, porque para mí, éste es el mejor fic que he escrito de largo. Y no verlo terminado me corroe que no veas T_T. En cuanto al regalo de Soujiro, lo sabréis en breve, en el capítulo de la semana que viene. Así que no desesperéis por ello XD. Y como bien dices, todo este tema está creando cierta inseguridad en él. Pero para él todo esto es nuevo y, de lo que creía que iba a pasar a lo que le está pasando con Misao, hay un trecho. Y desde ya te digo que la cosa se pondrá peor »_«. Y, por último, piensa en positivo: si consigo destrabarme volveré a subir de dos en dos (MAEC mentalizándose: quiero terminar, quiero terminar, quiero terminar!). Así no tendrás que dosificarte tanto XD.

ddaisyaguilar52: Sólo te puedo decir una cosa: sigue leyendo ^o^.

Estefi: No lo dejo. Tengo más ganas de acabarlo yo, que vosotras de leerlo, créeme XD

Kaoruca: Vale, no te voy a contestar a tus teorías porque en el próximo capítulo se te despejarán las dudas. Así que ya lo verás XD.

Gracias por vuestros reviews :-D. Os dejo con el siguiente capítulo de hoy, que tiene mucho de introspección de Misao (qué inocente la pobre... ^o^). Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 31: La boda

Aunque a Soujiro le había dado igual, Misao creía que sería mejor si se quitara la pintura de encima. Lo curioso era que las mujeres se pintaban así precisamente por sus maridos. Misao besó su brazo e hizo un gesto de disgusto. Para Soujiro no podía ser agradable tocarla cuando podría mancharse. Además, cuando se vistió de oiran, le había dejado claro que no le gustaba ese tipo de maquillaje que las ocultaba. De modo que él no apreciaría el significado de su pintura ceremonial, a diferencia de otro hombre que sí podría hacerlo.

Suspiró mientras se metía en la tina y se sumergía en el agua tibia. No quería que estuviera muy caliente porque, gracias al kimono y al calor del día casi veraniego, había sudado mucho. Necesitaba refrescarse. Por lo que, cuando el agua la cubrió hasta el cuello, gimió de placer.

El agua se fue manchando según la pintura se desprendía de su cuerpo. Cogió un trapo con jabón y se frotó hasta que el color de su piel volvió a aparecer. Esto era otra cosa, sonrió con satisfacción. Aunque había dicho que no le importaba, estaba convencida de que le gustaría más verla así. No sabía muy bien por qué no había expresado su preferencia teniendo en cuenta lo que iban a hacer.

Misao reconoció que tenía cierto sentimiento de impaciencia. El día anterior casi no había podido ni dormir por pensar en ello. Megumi les había explicado lo que sucedía en la noche de bodas y, aunque había sonado bastante mal a sus oídos, según se iban casando sus amigas, no parecían muy preocupadas por ello. Al contrario. Y aunque durante mucho tiempo había sentido recelo del tema, también le había generado curiosidad.

Y esa curiosidad había ido en aumento durante esos días. No sólo porque su plan pasaba por ello, sino porque toda su percepción había cambiado al pensar que consumaría el matrimonio con Soujiro. Sentía cierta anticipación por estar con él y, con eso, sus mejillas se enrojecieron. Le incomodaba saber que en breve estarían los dos sobre un futón, desnudos e intimando, algo en lo que hasta la fecha no había querido pensar porque le disgustaba imaginarse con un hombre que no amaba. Pero no era el caso de Soujiro y por eso quería experimentar una relación completa con él, aunque no pudiera formarse una idea clara de lo que eso implicaba. No lo sabría hasta que consumaran ese matrimonio y por fin supiera en sus carnes lo que era ser amada por un hombre.

Sonrió nerviosa y siguió con su limpieza al tiempo que tarareaba una canción para intentar tranquilizar los acelerados latidos de su corazón.

Cuando salieron del hospital, Soujiro le había dicho que le parecía más bonita al natural, así que conseguiría que su piel estuviera reluciente para él. Más de una vez había considerado que Soujiro se preocupaba demasiado por no crearle problemas y por eso era tan conformista. Si le había dicho que no le gustaban las oirans porque parecían artificiales con toda esa pintura, debería haberle pedido él mismo que se la quitara.

¿O acaso le había mentido sobre lo que le parecían las pinturas? Misao ralentizó sus frotamientos en cuanto esa idea cruzó por su cabeza. Aquel día había estado muy furiosa porque Soujiro la había hecho camuflarse como una oiran, pensó con más detenimiento. Quizás sólo se lo había dicho para tranquilizarla y que se le pasara el enfado, pero en realidad sí le gustaban. Misao se preocupó al reflexionar sobre ello. Quizás por eso sólo se había encogido de hombros mientras le decía que hiciera lo que quisiera. Porque a él realmente le daba igual.

O peor…

El trapo dejó de frotar su piel cuando otra idea más perturbadora aún y que no había considerado hasta el momento salió a la luz: que podría no haberle dado importancia porque no tenía pensado verla.

Casi se le cayó el trapo al agua. Esa idea la desconcertó y en verdad no sabía muy bien por qué no se le había ocurrido antes. Quizás fuese porque creía que los hombres no tenían muchos remilgos para dormir con una mujer, a fin de cuentas, las prostitutas no podrían vivir entonces de ello. Los hombres se desfogaban con la primera mujer que tuvieran cerca y encima pagaban por ello. ¿No era eso un indicativo de que a los hombres les daba igual?

Misao gimió con disgusto y se dio un golpe en la cabeza con el borde de la tina cuando se echó para atrás, aunque la toalla que protegía su cabello lo amortiguó.

Soujiro no era cualquier hombre, ¿en qué estaría pensando? Seguro que ni había considerado consumar su matrimonio. ¿No le había dicho tiempo atrás que esas cosas no le daban vergüenza porque tampoco le interesaban? ¿O no era eso lo que dijo? Misao meditó sobre ello, pero no recordaba la conversación con detalle. Sin embargo, estaba segura de que habían hablado de eso. ¿Cómo había sido tan estúpida de no haberlo recordado? Y encima le había dejado bien claro que su matrimonio era falso. Seguro que Soujiro no creía que fuesen a hacer nada.

Se dio golpes en la cabeza contra la tina ante su falta de juicio. Aquello era un inconveniente enorme, no sólo por sus planes ocultos y su propio deseo por él, sino porque, aunque fuese un matrimonio falso, algo de realidad tenían que darle para el futuro.

Y eso pasaba por no llegar virgen a su hipotético segundo matrimonio. No tenía muy claro qué consecuencias podría tener que se supiera ese hecho, pero ¿y si volvían…?

Inspiró hondo cuando vio que se estaba alterando sin necesidad. Se dio otro golpe para intentar meter cordura en la cabeza. Estaba dramatizando. No iban a volver a lo de antaño porque, para empezar, volvería a estar casada, así que no iban a separarla de repente si se enterasen de que el primer matrimonio no llegaba a ser ni siquiera uno de conveniencia.

Se llevó la mano desocupada a los ojos y se los frotó. En realidad, no habría consecuencias mayores que el hecho de sentirse avergonzada por haber estado casada y que su marido la hubiese ignorado. Le quedarían las alternativas de contarle a su nuevo marido todo aquel entramado o que pensase que su mujer tenía algo raro que la hacía no ser deseada por su primer marido.

Y para rematar, luego estaban sus amigas; todas ellas casadas. En la propia celebración una le había dicho que no debía preocuparse porque todo iría bien. Aún le resonaban sus palabras sobre que todo era diferente, incluso aunque fuese doloroso, mientras estuviera con la persona que quería. Era, de hecho, la primera vez que le habían hablado sobre el tema después de la explicación de Megumi puesto que, a fin de cuentas, ella era la soltera sin conocimientos. Sabía que tenían conversaciones a sus espaldas referentes a eso, y del mismo modo, sabía que ahora la incluirían. Porque asumirían con razón que debía conocer de primera mano lo que pasaba entre un hombre y una mujer. ¿Y qué iba a decir ella? ¿O cómo reaccionaría?

Misao bufó enojada.

«¡Maldito Soujiro!», gritó en su mente. Aunque adoraba sus extrañezas, era en casos como ése en los que le hubiera gustado que fuese un hombre más normal. No podía obligarle a hacer algo así. Una cosa era fingir un matrimonio y otra, ser forzado a tener un contacto tan íntimo con alguien con la que no quería. Ella había perdido el sueño un montón de noches sólo de pensar que podría tener que soportar esas atenciones por parte de Sasaki. Aún le daba grima pensarlo.

Sacudió la cabeza para conseguir quitarse esa imagen, pero algo tenía que hacer. Ni quería pasar por esas bochornosas situaciones, ni quería que le frustrara su plan.

«No», pensó mientras retomaba la limpieza. No debía ser tan negativa; debería darle el beneficio de la duda. Estaba dando por hecho algo basada en su idea concebida de Soujiro. Que fuese algo limitado en temas emocionales, no implicaba que no le interesasen esos temas. Quizás le había mentido sólo para mortificarla. Sí, eso tenía más sentido. Se suponía que aquello era algo instintivo, ¿no? Podría no ser capaz de gestionar muy bien sus emociones, lo reconocía, pero aquello iba más allá de eso…

Volvió a golpearse la cabeza hacia atrás. Ese pensamiento era estúpido. Soujiro era demasiado racional para todo. Iba a ignorarla por completo, lo tenía clarísimo. Para él era un matrimonio falso, por algo le había convencido de ello.

Aquello era un problema que por desgracia no tenía mucha solución. Si Soujiro se negaba, no podría hacer gran cosa para evitar esos incómodos momentos. Porque ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Buscar a otro? No podía imaginarse yendo a algún local e intentar seducir a un hombre cualquiera. ¡Y encima, con lo reconocida que era, sería algo que tendría que hacer fuera de Kioto!

—Geezz —masculló con grima sólo de pensarlo. Le entraron escalofríos por el cuerpo y no tenía nada que ver con la temperatura del agua. ¡Qué horror! No quería pensar en eso. No quería que la tocara otro hombre.

Era una idiota, suspiró resignada tras llevarse las manos a la cara. Se había montado su propia noche de bodas en la cabeza sin contar con él. Y ella quería tenerla. Aunque le avergonzaba pensar en ello, quería saber cómo era; dejar de ser la ignorante de la materia. ¿Y qué mejor que con el hombre que quería?

Pero, sin embargo, se veía teniendo que esperar a su segundo matrimonio; un matrimonio que lo más probable era que nunca se diera, se lamentó con desazón. Aunque al menos, veía algo positivo en ello. Si su marido fuese alguien que la quisiese, era posible que le hiciera más feliz la idea de tener a su mujer intacta. Incluso podría agradecerle a Soujiro haberla liberado y, encima, mantenerla virgen.

Resopló con disgusto. Ella no quería eso. Para empezar, no quería tener que volver a casarse. Ya lo estaba con la persona que quería. Todo aquello era culpa de ese estúpido hombre, recriminó de forma infantil.

Misao sintió cómo le empezaba a hervir la sangre al analizar su situación matrimonial y toda la frustración que ésta conllevaba y acabó por dar un golpe al agua, haciendo que salpicara.

«Maldito Soujiro», repitió en su cabeza cabreada. «¡Eres un idiota!». ¿Por qué tenía que ser tan complicado?

Retomó su baño bastante enojada y su piel sufrió las consecuencias de sus enérgicos frotamientos. Pero estaba tan furiosa, que no había forma de que lo hiciera con más suavidad.

«¡Estúpido Soujiro!».

— * —

—Gracias por venir —se despidió Soujiro con el último invitado.

Misao se había marchado hacía rato para bañarse después de aquel día, por lo que al final del convite, se había quedado solo, junto con Aoshi, a despedir a los invitados que aún quedaban.

Durante la celebración se había dado un caso curioso que le había hecho meterse en una de sus habituales reflexiones sobre el comportamiento humano. Mientras que la mayoría de los hombres le habían felicitado por su matrimonio, muchas de las mujeres habían añadido, además, su agradecimiento por «aparecer». Y no lo había entendido hasta que una matizó que había visto a Misao muy feliz.

En el terreno matrimonial, su sociedad utilizaba a las mujeres como peones de una estrategia. Si se hablaba de matrimonios de conveniencia donde el hombre también podría estar obligado por su familia, a pesar de eso él siempre tenía más opciones de salirse del acuerdo que una mujer. El hombre tenía muchas más posibilidades sobre cualquier cosa que la mujer. Y aunque el matrimonio de Misao no era un matrimonio de conveniencia al uso, allí pasaba algo parecido. Era el hombre el que voluntariamente se prestaba al matrimonio al ofrecerse a la contienda, pero ella no tenía ni voz ni voto.

Quizás por eso, las mujeres eran las que más se habían compadecido de la situación de Misao y de ahí que, al verla contenta con aquel matrimonio, se sintieran más aliviadas por ella.

Era curioso que él no pudiera percibir a Misao como otros lo hacían. Se había dado cuenta de que estaba demasiado conectado a las emociones de ella como para verla sólo como un peón. Su estado de ánimo le influenciaba a él.

Qué extrañas eran las emociones… Todo era mucho más sencillo antes.

Fue hacia su habitación por inercia, pero nada más abrir la puerta recordó que le habían llevado sus cosas a otra más espaciosa. Aquella estaba recogida y vacía. A partir de entonces dormirían en la misma habitación. No era como si no lo hubiesen hecho antes, pero lo sentía diferente.

Inspiró hondo. Sólo tenía que hacerse a la idea de que no lo era.

Abrió con cuidado la puerta, sin saber si estaría dentro o no, o si estaría visible. El hecho de poder verla desnuda le inquietaba, a pesar de que ya la había visto antes. Era otra de esas cosas extrañas que le sucedían ahora y que no terminaba de entender.

Misao estaba dentro de la habitación, pero estaba vestida. Suspiró con cierto alivio. Se encontraba sentada cerca de la ventana mientras se cepillaba el pelo de forma distraída sumida en sus pensamientos. Estaba vestida con una yukata corta de verano.

Era una imagen bella; no pudo evitar sonreír. Recordó cuando la vio por primera vez indignada por decirle que no había nada que ver en ella. Era algo sorprendente. En aquel entonces realmente pensaba eso, pero ahora era incapaz de entender por qué lo hacía. Le encantaba observarla.

Suspiró complacido y miró la nueva habitación. Era similar a la que había usado como huésped, pero más grande y, por supuesto, con una cama doble dispuesta en el suelo. Era un futón matrimonial, no dos individuales juntos, que había sido su secreta esperanza. En una esquina estaban su espada y sus maletas, las cuales no había deshecho al prever que acabaría por mudarse de habitación. Estaban sin deshacer, aunque las pertenencias de Misao con gran probabilidad ya estarían guardadas.

—Misao —la llamó él. Se giró en cuanto le escuchó y dejó de cepillarse el pelo.

—Ah… Hola —saludó titubeante. Se levantó y dejó el cepillo en un pequeño tocador al lado de la pared—. Te esperaba.

Era obvio para Soujiro, pero imaginaba que intentaba romper el hielo. Era un momento un tanto incómodo. Se quedaron en silencio sin saber qué decir.

—¿Te has divertido hoy? —preguntó ella—. Es curioso que, siendo los protagonistas del día, apenas hayamos podido pasar un rato juntos, ¿no crees? —dijo con una sonrisa nerviosa—. Había bastante gente…

—Sí, la había. Aunque he de serte sincero y decirte que no me acuerdo de casi nadie.

—No me extraña —rio Misao—. Casi todos los que estaban hoy eran personas desconocidas para ti. Sería un milagro que te acordases de todos.

—Supongo… —Volvió a formarse un tenso silencio.

—Me alegra que lo hayas pasado bien.

—Ha sido… peculiar —comentó él—. Es la primera vez que asisto a un evento de este tipo.

—¿De verdad? —cuestionó ella desconcertada—. ¿El primero?

—Nunca he celebrado nada.

—Vaya… Lo siento —murmuró apenada. Era un poco sorprendente para ella que lo primero que celebrara Soujiro en su vida fuese su propia boda, aunque fuese falsa.

—No te preocupes —le dijo para quitarle importancia.

El silencio volvió a reinar en la estancia. Incluso para él era evidente que Misao estaba tensa por estar allí. Era extraño. Habían estado juntos desde hacía dos meses. Habían tenido que dormir a la intemperie, pero también lo habían hecho en lugares cerrados y de forma conjunta. Hasta se habían hecho pasar por un matrimonio antes. No entendía por qué se sentía tan inquieto ahora.

—¿Qué te apetece hacer? ¿Quieres que hablemos un rato? —preguntó ella de pronto—. ¿O estás cansado? ¿Prefieres dormir? —propuso para darle alternativas, aunque acto seguido se dio una bofetada mental por proponerle algo que incitara a acabar ese día.

—¿Y tú? —se evadió él.

—Bueno… Es cierto que el día ha sido movido, pero…

—Tienes razón —la interrumpió él con su habitual sonrisa—. Es mejor que descansemos.

Misao se quedó con las ganas de refutarle, pero no estaba muy segura de si se lo había propuesto porque él sí estaba cansado o sólo por consideración hacia ella.

—Puedes quedarte con el futón. Yo dormiré aquí.

—¿Ahí? —cuestionó ella desconcertada—. ¿Al lado de la puerta?

—Sabes que puedo dormir sentado sin problema —respondió él sin darle mayor importancia.

—Hay un futón enorme —adujo Misao contrariada señalándolo—. Podemos dormir los dos en él. No tienes que dormir sentado. —Se frotó los brazos como si tuviera frío, aunque parecía más un gesto involuntario—. ¿Pensabas dormir así todo el tiempo?

—Había albergado la esperanza de que hubiese dos futones individuales.

—Ya… —murmuró desilusionada. Soujiro la observó con más atención por su tono, aunque no logró descifrar a qué se debía—. No te preocupes por eso; hay espacio de sobra —comentó ella. Se acercó y se tumbó en uno de los lados—. Te queda todo eso para ti —explicó estirando el brazo en la zona vacía.

Soujiro se acercó aunque, en vez de tumbarse, sólo se sentó.

—En realidad, dudo que me quede todo esto a mí —replicó con cierto humor. Misao le miró desconcertada—. Te mueves mucho mientras duermes.

El rostro de Misao se tornó rojo tras decirle eso y Soujiro se rio. Ella se incorporó y puso sus manos en las mejillas para intentar bajar la temperatura.

—No está bien decirle eso a una mujer.

—¿No lo está? —inquirió confuso él—. ¿Qué hay de malo en ello si es verdad?

Misao resopló cuando comprobó que Soujiro no se había dado cuenta de que bromeaba tras haberle dicho algo mortificante.

—No es por eso —contestó ella con un suspiro—. Que hagas un comentario como ése sobre una mujer implica que has dormido cerca de ella. Y eso puede dar lugar a otras interpretaciones.

—Entiendo… —dijo él pensativo—. Decoro social.

—Sí, se puede decir que sí. —Misao se tumbó de costado y mantuvo su mirada hacia él—. De todas formas, hay mucho espacio en este futón. Y como bien dices, ya hemos dormido juntos otras veces. La diferencia es que ahora será de continuo.

—No creo que ésa sea la única diferencia… —repuso Soujiro, que la observaba con atención—. Si fuese igual no estarías tan nerviosa.

Misao se desinfló.

—¿Por qué eres tan sincero siempre? —reprochó ella a la vez que se hacía un ovillo—. ¿No has pensado que decirme que estoy nerviosa puede hacer que lo esté más?

—¿En serio? —preguntó confuso—. No era mi intención. ¿Y por qué estás nerviosa, de todas formas?

Misao primero le miró sin pestañear, después se giró bocarriba llevándose un brazo a los ojos y, por último, suspiró hasta dejar sus pulmones vacíos.

—Si en el fondo lo sabía… —masculló para ella.

—¿El qué?

—Nada. —Misao se incorporó y levantó la manta del futón para meterse en él—. Vamos a dormir —le dijo antes de girarse y darle la espalda.


— * —


Fin del Capítulo 31

25 Marzo 2018