CAPÍTULO 32: Declaraciones confusas


Comentarios a los reviews:

Estefi: No, ¡no lo dejo! Yo soy la primera interesada en que esta historia salga. Así que no sé qué haré, pero tendrá que salir. ¡Quiero esta historia acabada! T_T

Kaoruca: Pues si ya te compadeces de Misao, espera a seguir leyendo los próximos capítulos XD. Lo que no le pase a la pobre... ^o^. En cuanto a que Soujiro es consciente de la realidad japonesa, creo que Soujiro se pasó toda su vida en un mundo donde todo era blanco o negro (fuertes y débiles / verdad y mentira). Y de pronto, hace siete años, descubrió la gama de grises. Y como para él, parte del comportamiento humano es un enigma, eso le hace analizar más todo. Es su forma de «aprender» la sociedad en la que vive siendo adulto para razonarlas, en vez de dar las cosas por sentadas desde niño. Fíjate que a él incluso le cuesta ver a Misao en tareas hogareñas, porque lo primero que vio de ella fue su faceta luchadora. Como Misao bien acaba concluyendo, Soujiro ve el mundo de otra manera. En cuanto a lo demás... sigue leyendo ^o^

Rocio-del-Pilar: Madre mía... soy mala para el día a día de la gente: a una no la dejo estudiar, a otra la hago leerme a hurtadillas, otra deja también de lado sus trabajos... XD . Me alegra saber que al menos es por algo bueno que os entretiene ;-D. Sobre lo que me dices de Misao, ciertamente, en el manga tiene sus puntos inmaduros, pero soy de la opinión de que, si al final acaba por dirigir a los Oniwaban-shu, no le iba a quedar más remedio que madurar. Y mucho más teniendo en cuenta que es una mujer en un mundo de hombres. Iba a tener que demostrar su valía y aún con ésas la cuestionarían. Pero bueno, es el «lavabo de pirañas» en el que se ha metido, así que le toca apechugar con ello ^_^º. Y en cuanto a Soujiro... el pobre ya tiene suficiente con la que le está cayendo, que no es poco ^o^.

Gracias por vuestros reviews :-D. Os dejo con el siguiente capítulo, el cual despejará una duda que viene de lejos. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 32: Declaraciones confusas

Soujiro se quedó algo aturdido por su reacción. Sabía que algo había molestado a Misao, pero no entendía el qué. No le había dicho nada raro, o al menos, no como para que reaccionara de ese modo.

Pero, aunque se encontrara así, él aún tenía algo que hacer. Lo había postergado y había sentido en sus carnes aquella explicación que le había dado Misao sobre ello. Pero había llegado a la conclusión de que, para él, la espera estaba siendo peor que lo que creía que sería el desenlace. Así que se había prometido dárselo el día en que se casaran sí o sí. Como sabía que el día iba a ser complicado, había esperado a que todo el tema de la boda pasara y por fin Misao estuviese más tranquila.

Y ese momento era ahora: antes de que Misao se durmiera y ese día llegara a su fin.

Tomó una bocanada de aire y la soltó poco a poco para infundirse con ella algo de valor. Porque él también estaba nervioso. No es que esperara algún resultado concreto de ello; ni siquiera se lo había planteado cuando lo compró. Pero se iba a sentir muy raro al contarle todo.

Recordó que Misao se ponía de mejor humor cuando le daban la razón, de modo que empezó por ahí.

—Si te sirve, yo también estoy nervioso.

Misao se giró en el acto sorprendida, con pequeñas esperanzas renovadas surgiendo de nuevo en ella. ¿Quizás se había equivocado y él también pensaba en lo mismo?

—¿Ah, sí?

Soujiro asintió.

—Antes de que te duermas, quería darte un regalo.

—¿Un regalo? ¿Para mí? —preguntó confundida. No era lo que había esperado, pero eso no invalidaba su esperanza tampoco. Soujiro volvió a asentir—. Pero yo no te he comprado nada… No sabía que fuésemos a regalarnos algo.

Soujiro sonrió y se levantó del sitio en dirección a sus maletas. Rebuscó y sacó la caja. Volvió a acercarse hasta ella y se sentó en el mismo lugar en el que estaba.

—¿Qué es? —Soujiro se limitó a darle la caja y esperar su reacción. Misao la abrió y se quedó atónita al ver su contenido—. Madre mía… —Hizo el intento de tocarlo, pero se retractó. Sentía que lo estropearía si ponía sus dedos en él—. ¿Es auténtico?

Soujiro asintió mientras volvía a hacerse con el poder de la caja. Miró el colgante que había en su interior. La cadena era de oro blanco y de él pendía un zafiro en forma de corazón. A su alrededor, finas hebras del metal lo bordeaban como si lo tuvieran prisionero, aunque con seguridad era un adorno que permitía la sujeción de la piedra al resto del colgante. Pero según lo había visto, había sentido que se refería a él.

—Sí, es auténtico.

—¿Cuándo lo has comprado?

—Hace más de cinco años —contestó, y le devolvió la caja de nuevo—. La primera vez que pisé Yokohama.

Misao la cogió por inercia, porque en realidad no estaba prestando atención al estuche. Se había quedado pasmada con sus palabras.

—¿Hace cinco años? —Soujiro asintió—. ¿Y por qué lo compraste?

Cogió aire y lo soltó poco a poco. Misao supo que estaba intentado armarse de valor para contarlo.

—Cuando el señor Hoji nos encontró al monje Angi y a mí tras salir del monte Hiei, nos contó lo que había sucedido allí —comenzó a relatar—. Aparte de decirnos cómo se había desarrollado todo, también nos explicó cómo habían muerto primero la señorita Komagata y luego el señor Shishio.

»Ese día fue un gran caos para mí. Fue el primer día en una década que sentí algo. Me desmoroné en la batalla contra Himura y todo lo que había tenido reprimido salió como si fuese una catarata. Tardé un tiempo en entender algo de lo que allí había pasado. No de forma racional, sino de forma emocional.

—Me imagino… —murmuró ella a la vez que le cogía de una mano para infundirle ánimos.

—Puedo entender que mueras en una batalla peleando por unos ideales; puedo entender que sea por lealtad hacia tu señor o por proteger a alguien. Pero se me hacía extraño que pudieras morir por hacer feliz a otra persona un esporádico lapso de tiempo.

Misao se abstuvo de decir que a ella eso tampoco le parecía muy normal. Pero veía que a Soujiro le estaba costando abrirse de esa manera y prefirió dejarlo pasar. Le habían contado de forma muy vaga lo que había pasado allí y el más colaborador a la hora de dar información había sido Sanosuke, lo que hacía muy subjetivo lo que había sucedido. Pero él había dicho, literalmente, que tenían una relación psicótica enfermiza. Shishio había matado a Yumi para poder alcanzar a Himura a través de ella. Y la mujer había sido feliz por ello.

Había alucinado como pocas veces lo había hecho antes.

Aquello no era normal; estaban mal de la cabeza. Y si a ella le costaba entenderlo, para Soujiro tuvo que ser un enigma al nivel de «el sentido de la vida».

—Entonces pensé —prosiguió él—: «¿Tanto se puede querer a una persona? ¿Hasta ese punto?». Lo cierto es que me impactaba bastante esa idea.

«No me extraña», pensó mordaz Misao.

—Pero el caso es que, a la vez que me echaba para atrás, también me daba curiosidad. Empezaba a experimentar muchas emociones y me dije: «Debe ser interesante amar a alguien con intensidad».

—Lo es. Es algo precioso, sobre todo si es correspondido —corroboró ella.

Soujiro dejó de mirar la caja para posar sus ojos en Misao. Suspiró.

—Supongo que sí… —estuvo de acuerdo él—. Aunque no espero que eso ocurra. La verdad es que ni siquiera me lo había planteado —susurró con desconcierto Soujiro.

—Entonces, te perderías lo mejor —rebatió Misao al momento.

En todos esos días, no se le había pasado por la cabeza cómo se sentiría si Misao también le quisiera. Era un pensamiento demasiado ajeno a él. Se había centrado tanto en experimentarlo por él mismo, que nunca había pensado que le pudieran corresponder. Aunque, ¿cómo podrían hacerlo? Era evidente que no era un hombre normal. Seguro que esa perspectiva sólo se le ocurría a él. Cualquier otra persona habría querido que le correspondieran.

Suspiró resignado. Sabía que nunca podría ser la clase de persona que se dejase llevar por sus emociones, pero hasta aquello era de lógica.

Lo mejor sería terminar con todo eso y no perderse en sus habituales introspecciones. Debía sacárselo de una vez.

—¿Puedes dejarme acabar? —le preguntó para poder continuar—. Llevo varios días ensayando cómo decir esto y ya he perdido el hilo.

Misao le miró con los ojos abiertos por la sorpresa. ¿Soujiro había ensayado cómo contarle esto? Aunque, si lo pensaba bien, le estaba hablando de un momento crítico del pasado. Y para que le estuviera costando decirlo cuando Soujiro era tan despreocupado a la hora de hablar, debía ser algo duro para él.

Dejó la caja en el futón y le volvió a coger la mano en señal de apoyo.

—Claro, continúa —le instó, y le dio un pequeño apretón de confianza.

—No sé por dónde iba…

Se quedó unos segundos pensativo y Misao optó por ayudarle.

—Me estabas diciendo que querías enamorarte.

—Yo no lo diría de esa forma —se defendió él.

—Ya… Lo estabas diciendo de otra, pero viene a ser lo mismo —repuso con una sonrisa.

Soujiro sonrió y luego retomó su relato.

—En aquel entonces, recuerdo que quería descubrir ese sentimiento. La gente parece muy feliz con él. —Misao se limitó a asentir en respuesta para no interrumpirle—. Sin embargo, después de pasarme más de un año dando vueltas, me hice a la idea de que nunca podría sentirlo.

—¿Por qué? Eso es muy poco tiempo. ¿No es darse por vencido muy rápido? —Sintió interrumpirle, pero no sabía por qué había llegado a esa conclusión tan precipitada.

—Puede que para otra persona sí… Pero en mi caso, creo que no siento igual que lo hacen los demás —explicó a la defensiva, y a las pruebas de hacía un minuto atrás se remitía, sin ir más lejos—. Muchas veces tengo que pensarlo antes de ser consciente de ello. Como un médico al que le listan los síntomas y él acaba por reconocer una enfermedad. Algo así. Se supone que amar es algo irracional, pero yo soy demasiado lógico con mis emociones. Por eso llegué a esa conclusión.

—Ya veo… —Y en realidad lo veía. Le había visto hacer eso cuando definió su amistad con ella.

En cierto modo, Misao se sentía desilusionada con esa explicación. Venía a describir a la perfección su situación. Ella sabía que se había enamorado de la persona equivocada, pero ese sentimiento no atendía a nada porque era irracional, tal y como él decía. Y pensaba que Soujiro era la persona equivocada porque, al igual que él, no creía que fuese capaz de enamorarse de alguien. Era demasiado peculiar en ese aspecto. Si aún estaba estupefacta por su explicación sobre cómo había descubierto que era su amiga, oír la de su enamoramiento debía ser tremenda.

—Aquel invierno fue la primera vez que me acerqué a Yokohama. Aunque me había hecho cargo de la herencia, no aparecí por allí hasta casi año y medio después. —Soujiro cogió la caja con el colgante y lo abrió—. Yokohama es muy diferente a la mayoría de ciudades. Está muy occidentalizada y hay mucha gente de fuera. Las calles son muy distintas. Hay tiendas con escaparates de cristal en vez de haber puestos que pueden ser transportados. —Sacó el colgante y sostuvo la piedra en la palma de su mano—. Me lo encontré en uno de ellos, según caminaba. En cuanto lo vi, sentí que se refería a mí, aunque no debiera porque, en lo personal, esta forma acorazonada como representación del amor no me dice nada. He visto corazones reales y no se parecen a esto, la verdad —matizó confuso.

—Ya… Eh… Sí, tienes razón —murmuró Misao desconcertada al hacerse una imagen desagradable en su cabeza sobre corazones humanos—. Es sólo un símbolo que hace referencia a ello.

Soujiro retornó sus ojos hacia el colgante que mantenía en su mano.

—Lo sé. Y supongo que, por eso, como representación racional de ello, me llegó de igual forma en cuanto lo vi. Y la piedra era azul. —Soujiro encaró el colgante hacia Misao para que lo viese bien—. Ni siquiera sabía qué gema era —añadió con una sonrisa—. Sólo que era azul; que era fría. «Un amor congelado», fue lo que pensé. La única de mis emociones que nunca vería. Y estaba atrapada por esas hebras como si fuesen garras.

Soujiro se quedó un rato callado mientras repasaba con el dedo las finas hebras de oro blanco.

—¿Por qué lo compraste? —Para Misao era evidente que no era para ponérselo él. Esas joyas las llevaban las mujeres.

—Para regalarlo —contestó distraído—. Si alguna mujer consiguiese hacer aparecer ese sentimiento congelado, se lo daría.

A Misao le dio un vuelco el corazón según escuchó esas palabras. ¿Y ese colgante se lo regalaba a ella? ¿Estaba diciendo que se había enamorado de ella? Menos mal que estaba sentada porque se habría caído de la impresión. No sabía que el corazón se le pudiera acelerar de esa manera tan de repente. Estaba a punto de salírsele del pecho.

—Aunque reconozco que cuando lo compré no esperaba casarme —añadió con una sonrisa él.

Si ni siquiera se había planteado ser correspondido, mucho menos permanecer con esa persona. Aunque el suyo no lo fuese, se suponía que el matrimonio era un vínculo duradero, por lo que no entraba en sus previsiones ni de refilón.

—¿A qué te refieres? —inquirió con cuidado ella, pues no estaba segura de si estaba hablando de dárselo por que la quisiera o por compromiso.

—Durante años he pensado que conocería a esa mujer y que sólo tendría que dárselo y seguir con mi camino. Pero resulta que me he casado, aunque sea un matrimonio falso —comentó con un deje de humor—. En realidad, darlo en estas circunstancias es lo más adecuado, ¿no crees?

Misao no supo ni qué decir ante algo así. No había ni una palabra de las que había dicho que se salvara de su asombro. En primer lugar, porque su esperanza de que la amase se había desvanecido. No se lo daba porque la quisiera, sino por ser su esposa. Y, en segundo lugar, ¿realmente pensaba que podría enamorarse de una mujer y dejarla sin pelear por ella?

Era muy evidente que no tenía ni idea de lo que hablaba.

—No estoy segura de que deba aceptar este regalo —comentó decepcionada. Soujiro lo había comprado con un propósito; un propósito que no había esperado, por cierto. En realidad, ese colgante tenía un valor sentimental muy fuerte, aunque con toda probabilidad, ni siquiera él era muy consciente de ello—. Deberías dárselo a la persona adecuada.

—Creo que soy el único que puede decidir eso —replicó tras abrir el cierre de la cadena.

Se acercó a ella con intención de ponérselo, lo que hizo que sus pulsaciones se dispararan al tenerle tan cerca. Misao se recogió el pelo para ayudarle con la tarea. Sus brazos la rodearon, indiferentes a lo que le sucedía.

Era deprimente para ella. Por un lado, le había gustado que Soujiro le contara esa historia tan señalada para él porque significaba que confiaba en ella; pero si no le hubiera dicho nada, habría sido feliz con su regalo. Sin embargo, saber lo que había encerrado tras él la hacía sentirse abatida. Se lo regalaba por compromiso, dejando a un lado el propósito por el que lo había comprado.

Soujiro se echó hacia atrás y la miró en su conjunto. Misao esbozó la mejor sonrisa que pudo dadas las circunstancias. No quería que pensara que era una desagradecida.

—Gracias, es muy bonito.

—Parece hecho para ti. Hace juego con tus ojos.

—Gracias —repitió sin saber qué otra cosa decir.

—Estos días he pensado que debería convertirlo en una pulsera o algo menos problemático para ti. Si peleases, es un punto de agarre. Pero el diseño es algo complejo como para transformarlo y, además, en realidad me gusta la idea de que lo lleves ahí. Ése es su lugar.

Misao se llevó la mano al pecho por reflejo y sujetó el colgante. Era frío y, como no estaba habituada a tener nada al cuello, se le hacía extraño su contacto. Lo miró con detenimiento dentro de la palma de su mano.

«El corazón de Soujiro», pensó con melancolía.

Para ser un hombre que decía no tener ni un ápice romántico, acababa de sumarse un montón de puntos. No se habría esperado jamás que alguien como él tuviera una historia como ésa guardada: la historia de un hombre que no era que no creyese en el amor, sino que simplemente, había perdido la esperanza de conocerlo.

Lo encerró en su mano y afianzó la idea de aferrarse a ello. Se quedaría con el símbolo de su amor congelado, que con seguridad sería lo más importante que mantendría de él cuando se marchara.

Lo llevaría siempre con ella.

Lo soltó y lo dejó colgar en su pecho. El calor de su mano había calentado la piedra y eso evitó que se volviera a repetir el contraste de temperaturas de cuando se la puso.

Y entonces, sin ser muy consciente del desencadenante, por su cabeza cruzaron las palabras de Megumi: «¿Por qué de pronto eres tan pesimista?».

Miró el colgante de nuevo, y lo hizo como si fuese la primera vez. Megumi tenía razón: se acababa de dar cuenta de que inconscientemente sus buenas intenciones terminaban sepultadas bajo pensamientos negativos. Se estaba dejando llevar por su idea concebida de él, lo que daba por resultado que no actuara en consecuencia. Pero ella misma lo había pensado: no había forma de estar enamorado de alguien y no pelear por él.

Además, Soujiro le había mostrado que no podía regirse por una lógica normal. Tenía una manera de ver el mundo muy distinta a ella, por lo que no podía actuar como con cualquier otra persona. Le había dicho de forma muy clara que no estaba cerrado a la posibilidad —de hecho, la había buscado—, pero sólo no creía que la encontraría. Y ella sabía que, al igual que esa piedra, un corazón helado podría calentarse gracias a una mano cálida.

Ella no necesitaba que la quisiera del mismo modo que lo hacía ella. Soujiro le había explicado que no creía sentir las emociones como los demás, pero, aunque lo ocultara o le diera otra forma, seguía sintiendo. De modo que lo único que necesitaba era hacer entender a Soujiro que la quería a su enrevesada forma.

Y tenía tiempo para conseguirlo. Disponía de medio año para ganarse ese colgante por derecho y no por compromiso.

—No te preocupes —le dijo con energías renovadas—. Si está debajo de la ropa, no me dará problemas.

Soujiro miró el colgante a través de los pliegues de su yukata* y suspiró satisfecho.

—Estupendo.


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que los kimonos.


— * —


Fin del Capítulo 32

1 Abril 2018


Notas finales:

Vale... voy a evitar una conversación a través de los reviews:

Lectoras: No... puede... ser...

MAEC: Sí, sí puede.

Lectoras: No, no puede ser...

MAEC: Sí, doy fe de que sí. Se le ha declarado y Misao no se ha enterado »_«

Este capítulo fue una comedura de cabeza impresionante, porque había que hacer una conversación en la que, desde la perspectiva de uno de ellos fuese claro que se estaba declarando, pero desde la perspectiva negativa de la otra, no lo entendiera. Y bueno... así quedó XD.

¡Saludos!