CAPÍTULO 36: Consecuencias
Comentarios a los reviews:
Eurice: *o* Oh, qué bonito. Soujiro y Misao parecen cannon en este fic... Me voy a mi nube, ésa de la que ya he hablado anteriormente *o*. Lo cierto es que creo que esta pareja da para hacer historias bonitas con ella, pero como dices, las que hay por ahí son muy forzadas. Creo que me las leí todas antes de empezar este fic para ver cómo concebían otras personas esta pareja. Y lo que vi fue que la mayoría eran poco reales si se tiene en cuenta cómo comienzan estos dos personajes. Así que hice mi visión propia de ellos ^_^º.
Sobre el capítulo, me alegra saber que te he sorprendido porque esperabas otra cosa, muajaja. Eso me encanta XD. Que la experiencia fuese un shock para Soujiro era algo que tenía claro desde el principio. La diferencia sentimental ya sabemos todas que la hay sin necesidad de que la escriba XD, por eso lo que quería plantear aquí era que viera la diferencia «visceral»: ésa que le revolucionaría por completo hasta que sintiese que le sacaban de su controlado cuerpo. De ahí que escribiera el lemon más «crudo» de lo habitual T_T. Y bueno... ahí quedó. Ahora os falta leer las consecuencias de todo, así que no cuento más XD
Estefi: ¡Cuatrillizos! »_« Pobre Misao... piensa en su pobre útero XD
ddaisyaguilar52: Me alegra que os haya gustado esa «cosa» de lemon ¬_¬º. Pero bueno, ya me habéis dejado clara la impaciencia que teníais por que pasara XD.
Kaoruca: ¡Ya te digo! Menudo poder tienen los lemons O_o. Ha duplicado la cantidad de reviews habitual XD. En fin, como bien comentas, al pobre se le viene todo encima y de mala manera (ya lo vais a ver en este capítulo, así que no te cuento más ^_^º). Y Misao... pues bueno, actuará como buenamente pueda, que la cosa se le pone peliaguda. En cuanto a tu desesperación por los malentendidos... de ya te digo que es por la periodicidad de la historia. La noche de bodas abarca como 6 capítulos o una cosa así. Como encima los he subido uno a la semana, lleváis más de un mes con él. Pero en la práctica, el malentendido ha surgido no hace ni una hora para los protagonistas. No es que vuelva a ello, es que lo acaban de tener XD.
Ovosommnes: Pues me alegra que te hayas animado a leerlo porque este fic es precioso (sé que está mal decirlo yo, pero es que me encanta). De hecho, me da bastante pena porque estoy segura de que hay gente que no le da la oportunidad por la pareja que es y sé que les gustaría un montón (hablo por las lectoras de mis otros fic, porque si los otros les gustaron, estoy convencida de que éste les iba a gustar fijo-fijo). Para mí, es mi «fic-obra maestra». En cuanto a lo que dices de Soujiro y Sheldon, en realidad son muy distintos: uno es raro porque no ha aprendido a socializar pero lo va haciendo; y el otro, porque necesitaría medicarse y no lo hace ¬_¬º. Soujiro ha evolucionado en 3 meses lo que no hará Sheldon en 3 siglos ¬_¬º. Y sólo hay que volver al principio de la historia una vez llegados aquí para verlo, porque son casi dos personas distintas. Y es más mono ahoraaaaaa *o*... ainsssss.
SlayArmisa: No es que me menosprecie: es que no me gusta escribir lemons, y por eso nunca me quedo conforme con ellos u_uº. Sobre Misao, no te voy a contar nada, que aún tenéis el siguiente capítulo por leer y no quiero destripar. Y no, créeme, no voy a abandonar la historia. No es mi idea. Es mi mejor fic, quiero acabarlo T_T. No hay nadie más interesada en querer terminarlo que yo. Y realmente no falta mucho porque tengo capítulos ya escritos por delante (incluso el final y el epílogo ^o^), pero los capítulos que me quedan me cuestan mucho y de ahí que avance tan lento T_T
Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo con el siguiente capítulo: la conclusión de la noche de bodas. Cómo se pone la cosa »_«
CAPÍTULO 36: Consecuencias
Le temblaba todo el cuerpo. Había sido algo impactante y, por eso, lo único que se le pasaba por la cabeza en esos momentos era que ya entendía a sus amigas.
Misao observó el techo por incontables segundos. Le dolía entre las piernas, pero era más bien como si tuviera resentida la zona. Megumi les había contado que perder la virginidad dolía, pero reconocía que se había esperado otra cosa peor. O quizás estaba tan acostumbrada a los golpes que aquello no era nada en comparación. No tenía muy claro qué podía ser, pero sabía que el dolor que sentía en esos momentos se debía más a la actividad en sí que al hecho de perder su virginidad.
Estaba impresionada; no había otra forma de definirlo. Había sido muy desconcertante para ella notarle dentro de su cuerpo; algo extraño, aunque no desagradable. Pero si pensaba en lo anterior… Misao se llevó las manos a la cara por vergüenza mientras soltaba un pequeño gemido. Eso sí que le había gustado… Aún sentía la piel sensibilizada por los besos y las caricias de Soujiro. Pero, además, también había estado «aquello». No podía ni empezar a describirlo.
No se esperaba que fuese así después de oír las explicaciones de Megumi. Y como iba con el condicionante de la experiencia anterior de Soujiro con una oiran*, se había hecho la seria promesa de no sentirse avergonzada por lo que él le hiciera.
Pero lo que en un principio era una imposición por su parte, había dejado de serlo en cuanto ese placer había comenzado a recorrerla de arriba abajo. Había perdido todo pudor hasta el punto de hacer lo que fuese por que ese momento no terminara. Y mientras pensaba en las cosas indecorosas que le hacía —o que podría hacerle— Soujiro, una energía explosiva se había acumulado dentro de ella y había estallado en espasmos increíbles.
Quería repetirlo. Le abochornaba mucho reconocerlo, pero quería repetirlo. Misao negó con la cabeza mortificada y pensó que era mejor alejar su mente de esas cosas. De modo que alargó la mano por encima y atrapó un paño que había dejado allí para limpiarse. Megumi las había advertido de que se sangraba y no quería manchar el futón.
Pero no esperaba encontrarse lo que se encontró. Había imaginado que sería más aparatoso de lo que era, pero si lo pensaba bien, tampoco le había dolido tanto como para que le hiciese alguna herida sangrante seria. Así que ese rosado que apareció, en realidad, era más propio que lo que se había planteado de inicio.
Sin embargo, eso no fue lo que más le llamó la atención y Misao miró aturdida el paño intentado procesar lo que veía. Porque, si no era sangre, la cantidad de líquido que había no concordaba con la que tendría que haber, y de ahí que, antes de buscar cualquier otra alternativa, supo que eso era de él. Misao abrió mucho los ojos cuando sospechó que había dado con la gran incógnita que Megumi no le había querido desvelar. Ese líquido tenía que ser la famosa «semilla» que podía dejar embarazada a una mujer y que hasta ahora había sido todo un enigma para ella.
Miró hacia Soujiro, aunque no tenía una idea clara de cómo abordar ese tema. Y fue en ese momento que se dio cuenta de que respiraba muy rápido.
—¿Soujiro? —preguntó Misao preocupada—. ¿Te encuentras bien?
No le contestó, pero sus jadeos iban en aumento. Ella comenzó a alarmarse al verle tan indispuesto. ¿Acaso estaba recordando?
—¿Estás así porque no te ha gustado? —murmuró titubeante.
Como Soujiro no contestaba y se encontraba tan alterado, no estaba segura de si se debía a que había recordado su mala experiencia. Y, a la vez, tampoco estaba convencida de querer saber la respuesta. Si le dijese que había sido horrible, no sabría cómo afrontarlo. A pesar de lo extraño que había sido todo para ella, no había sido desagradable, sobre todo la primera parte. Y tenía la sensación de que había descubierto qué era lo que podía dejarla embarazada. Así que necesitaba que aquello se repitiese hasta conseguir su meta.
Pero era obvio que no podría lograrlo si Soujiro sufría por eso.
—¿Te ha recordado a lo que hiciste…? —Él negó antes de que pudiera terminar de hacer la pregunta, algo que agradeció. Le resultaba muy violento hablar de lo que hizo con otra mujer—. ¿Y esta vez ha sido para mejor?
No contestó de ninguna manera, lo que ya no sólo la alteró, sino que la puso muy nerviosa. Soujiro tenía un brazo en la cara y con él se tapaba los ojos de forma muy eficiente, por lo que no podía verle. Estaba temblando. Nunca le había visto así, ni siquiera cuando los emboscaron en su camino a Kioto. No sabía en qué pensaba, pero le tenía muy perturbado.
—¿Sabes? Tenía entendido que la primera vez de una mujer era bastante impactante para ella —comenzó a decir con tono ligero para suavizar el momento—. De modo que, ¿por qué tengo la sensación de que estás tú peor que yo? ¿Es porque ha sido desagradable? —Como seguía sin contestar, Misao le agarró del brazo con el que se ocultaba—. ¿Puedes contestarme a eso? Me estás preocupando.
Soujiro cogió aire, pero seguía entrando a trompicones, como si le costara respirar.
—No —respondió al fin.
—¿Ésa es tu respuesta? —Soujiro asintió y Misao pudo soltar el aire aliviada—. Entonces, ¿por qué estás tan afectado? —Él no contestó, así que volvió a la carga. No sabía bien qué le había perturbado tanto, pero para ella, si había ido bien, nada podía estropearlo—. Cuéntamelo, por favor. No puedo ayudarte si no me lo dices.
—No me puedes ayudar.
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé. No tenía que haber sido así.
—¿Y cómo debía haber sido? —Porque ella lo ignoraba por completo.
—No tendría que haberte tocado —se lamentó.
A Misao se le saltó un latido del corazón cuando se dio cuenta de que se estaba arrepintiendo de lo que habían hecho. Cuando habían empezado parecía complacido, por lo tanto, algo había sucedido que originaba que se pusiera así. Pero no podía saber qué era mientras no se lo dijese y, por supuesto, ella quería que eso dejara de preocuparle.
Se incorporó y tiró de la mano con la que se tapaba la cara.
—No sé en qué piensas, pero déjalo. Todo ha ido bien. No te preocupes.
—¡Por supuesto que me preocupo!
Misao se irguió sin poder salir de su asombro: Soujiro le había gritado fuera de sí. Él era una de las personas más controladas que había conocido y por eso le impactó que de pronto se comportara así. Inspiró hondo, sin saber muy bien qué hacer más allá de intentar calmarle, pero sobre todo, porque sospechaba que, si no lo conseguía, algo malo pasaría.
—Soujiro…
—No lo entiendes —siguió él sin dejarla hablar—. ¡He perdido el control de mi propio cuerpo! Le ha dado igual todo porque sólo hacía caso a ese fuego que me consumía y no a mí. ¡¿Cómo puede pasar eso?! —exclamó más alto de lo que debiera y con un tono agudo. Hablaba muy rápido, por lo que apenas conseguía entenderle—. No me importaba nada. Ni lo que te pasara a ti, ni lo que me pasara a mí… ¡Nada! No podía pensar en otra cosa más que en seguir y sin pensar en las consecuencias. ¿Y qué pasa ahora como tú…? ¡Dios! No puedo ni pensarlo —maldijo a la vez que se llevaba las dos manos a la cara—. Esto ha sido una mala idea…
—Vale. Sea lo que sea, no importa. —Lo cierto era que no sabía exactamente qué de todo lo que le había dicho le preocupaba en realidad—. Tranquilízate.
—¡Claro que importa! —gritó muy alterado.
—No, no lo hace. Tú sólo intenta calmarte —le pidió ella en tono sereno. Sin embargo, Soujiro siguió con sus maldiciones y le vio ponerse peor con cada una de ellas. De modo que, cuando llegó al límite de su preocupación, le cogió las manos con las que se estaba ocultando y se las retiró—. ¡Soujiro, mírame y respira! —exigió con su voz más autoritaria.
Era como si le estuviera dando algún tipo de ataque, lo que le hizo pensar si fue algo así lo que le sucedió cuando peleó contra Himura y un montón de emociones le vinieron de golpe. Si tenía en cuenta que le había intentado explicar varias cosas distintas, empezaba a sospechar que se le había generado algún tipo de cúmulo de emociones que no era capaz de manejar y por eso se estaba alterando tanto.
Le vio intentar hacer lo que le había pedido, pero no conseguía calmarse. De modo que intentó suavizar el único tema que había entendido. Tenía que empezar a desentramar ese barullo y quitar una a una cada emoción de esa madeja que le tenía tan aterrado. Y podía comprender que una persona tan racional como él se sintiese perturbado por haber pedido el control de lo que había sucedido.
—¿Te sentirías mejor si te digo que a mí también se me ha ido la cabeza? —Era muy consciente de que se le habían pasado cosas muy raras por la mente en el calor del momento—. Sí, lo digo en serio —confirmó cuando Soujiro fijó sus ojos en ella—. Ha habido un momento en que pensé que habría dejado que me hicieras cualquier cosa. Y créeme que no era algo que pensase en frío, más cuando ni siquiera tenía una idea clara de lo que ibas a hacerme. Así que, si nos ha pasado a los dos, podría ser normal.
—No, no es lo mismo —se quejó otra vez, y volvió a respirar muy rápido—. Se suponía que tenía que protegerte, pero dejó de importarme.
—Yo estoy bien, así que no te preocu…
—¡No, no sabes si lo estás!
Misao se asustó de verdad. Soujiro se estaba desmoronando ante sus ojos. No tenía ni idea de por qué estaba tan trastornado y, al ver que con sus preguntas sólo lo estaba empeorando, optó por otro camino.
Le agarró bien de ambas manos y se las acercó a su cuerpo para que no intentara esconderse de nuevo.
—Hay… Esto… —dudó, porque en realidad no sabía muy bien de qué hablar—. Hay algo que quería preguntarte. —Y salió por lo primero que se le ocurrió—: ¿Cómo es tu casa?
—¿Qué? —protestó molesto.
—Que cómo es tu casa —repitió con mayor énfasis. Soujiro negó con la cabeza y desechó esa pregunta—. ¡Respóndeme! —exhortó con una voz autoritaria que no pudo pasar por alto. Soujiro la miró a los ojos desconcertado.
—¡Hay cosas más importantes en las que pensar ahora! —le recriminó él.
—No, no las hay —decretó en tono duro. Por primera vez desde que la conoció, Soujiro sintió en sus carnes la mano de hierro de Misao, por lo que se quedó sin saber qué hacer—. O igual tu casa es poco tema de conversación. Háblame de tus viajes, que son muchos. ¿Cuál es el que más te ha gustado? ¡O mejor! —exclamó de pronto—. ¿Por qué empezaste a viajar? Me dijeron que intentabas seguir el consejo de Himura, pero tú tenías una casa. Podías haberte ido allí.
—¿Intentas distraerme? —preguntó confuso.
—Contéstame —ordenó ella implacable—. ¿Por qué empezaste a viajar?
Soujiro la observó de hito en hito, aún con la respiración entrecortada, pero al final habló:
—Estaba confundido porque siempre había creído que el más fuerte llevaba la razón.
Misao le miró con el ceño fruncido y la boca abierta por el asombro.
—¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
—Porque el más fuerte prevalece sobre los débiles. Pero el señor Himura me venció a pesar de protegerlos.
—¿Así que te fuiste de viaje para saber quién tenía razón?
—Algo así… —respondió con un titubeo, aunque con voz más tranquila.
—¿Y cómo te fue? ¿Llegaste a alguna conclusión?
—Sobre eso en concreto no, y por eso intenté ponerme las metas de ayudar a alguien para ver cómo me repercutía en esos nuevos sentimientos que tenía.
—¿Y qué sentías?
—Era agradable… pero efímero. Quería probar si ayudar a los débiles podría darme alguna respuesta, pero en general, olvidaba a esas personas poco después y con ello la sensación que me generaban.
—A mí me cambiaste la vida… De hecho, te la debo. Tu ayuda no es efímera para mí, aunque lo sea para ti. No sólo debes fijarte en el hecho puntual, sino en todo lo que conlleva tu intervención.
—Te he cambiado la vida —afirmó tras considerar esas palabras.
—Por completo… y para mejor —sentenció ella.
—A mí me la cambiaron varias veces. —Misao asintió y soltó una de sus manos para poder acariciarle la cara. Hasta que fue adulto, había estado a merced de otras personas, sin demasiada potestad sobre su vida—. Y no quería ninguna de ellas. No quería estar con una familia que me odiaba y tampoco quería convertirme en un asesino. Sólo quiero vivir tranquilo.
—Lo siento. —No parecía afectado mientras hablaba y era algo que sorprendía bastante a Misao, pero sí que notaba que quería mantener todo aquello lejos y bien atrás—. Y siento haberte metido en mis problemas, pero te prometo que haré lo que sea para que te repercuta lo menos posible.
—Eso es imposible: conocerte es lo mejor que me ha pasado.
Misao abrió mucho los ojos y sonrió feliz por unas palabras que eran como música para sus oídos. Apretó más la mano que tenía aprisionada entre sus pechos desnudos y suspiró complacida.
—Gracias. Tú también lo eres para mí.
Misao le acarició el brazo con cariño. La reconfortaba poder tocarle así; con el trato propio de dos amantes. Era algo que le encantaría hacer por siempre y ahora era consciente de que podría conseguirlo si luchaba por ello. Pero precisamente por eso tenía que lograr que dejara de pensar en que había sido un error lo que habían hecho.
Con esa conversación había conseguido su propósito y Soujiro se había serenado. Era el momento de retomar el tema inicial que les había llevado allí, de modo que respiró profundo para armase de valor.
—Soujiro, necesito que sigas tranquilo. No sé qué es lo que te ha perturbado antes, pero sea lo que sea, no importa. —Sólo fue mencionarlo y vio que se le aceleraba la respiración de nuevo—. Sé que has dicho que has perdido el control de tus acciones, o algo así… —dudó. En verdad no había conseguido entender mucho de lo que había dicho—. Y para alguien tan racional como tú puede ser impactante, pero a mí también me ha pasado. Puede que no sea raro. Si quieres, le preguntaré a la primera de mis amigas que venga a cotillear.
Soujiro la miró sorprendido y Misao se percató de que incluso se le había cortado la respiración.
—¿Le preguntarías algo como eso a una de tus amigas?
—Le preguntaría a quien haga falta si eso te deja más tranquilo —sentenció ella para asombro de Soujiro.
Que Misao estuviera dispuesta a hacer algo que sabía que la avergonzaba como pocas cosas sólo para que él se encontrara mejor, le dejó perplejo. Incluso se le pasó el incipiente momento de pánico. A cambio, le empezaron a escocer los ojos al ser consciente de los seis meses que le quedaban por delante. La primera noche de casados y Misao le sacudía de una forma tan brutal. Había descubierto que, no sólo la quería, sino que también la deseaba, y encima seguía metiéndose en su interior sin compasión.
No sabía en qué condiciones saldría de allí, pero iban a ser peores de las que había estimado.
—Es cierto que eso me ha impresionado mucho —empezó a explicar él—. Pero si sólo me afectara a mí, podría sobrellevarlo.
—A mí no me ha afectado… O al menos, no para mal —matizó Misao al instante, y aprovechó que hablaban de ello para dejar caer sus ocultos propósitos—. Así que si esta vez te ha gustado… no sé… lo podríamos… repetir.
—¡No! ¿Es que no me has escuchado? —recriminó para gran mortificación de Misao por ese rechazo tan contundente—. No fui capaz de controlarme. ¿Y si vuelve a pasar?
—Ya te he dicho que no importa.
—¡Claro que importa! No somos un matrimonio de verdad. ¿Qué pasaría si te quedas embarazada? Dios… No voy a poder ni dormir de pensarlo —se lamentó con la voz sobrecogida—. No podemos tener un hijo. ¡No puedo tener un hijo! —matizó angustiado y otra vez hablando más rápido—. Si algo como eso ocurriera…
Misao le silenció poniendo una mano sobre su boca. De modo que ahí estaba el problema de todo. Su deducción había sido correcta. Y lo que le perturbaba a Soujiro era que, al descontrolarse, había creado la posibilidad de que se quedara embarazada.
Bajó la cabeza y la apoyó contra su pecho. Si Soujiro la viera sonreír como una idiota, alucinaría más de lo que ya lo estaba. A diferencia de él, ella iba a rezar varias veces al día para que ocurriera.
—Eso tampoco importa —consiguió decir.
—Pero ¿cómo no va a importar? —contratacó tras quitarse la mano.
Soujiro volvía a estar muy alterado. Misao lo sabía no sólo por su voz, sino porque su pecho volvía a subir y bajar muy rápido.
—No, porque yo me encargaría de él. No tienes que preocuparte. Tú podrás seguir con tu vida sin problemas.
—De eso nada —respondió intimidante. Se incorporó y Misao se separó de él aturdida por su vehemencia—. Me lo llevaría. Por encima de mi cadáver lo dejaría aquí.
Misao abrió los ojos atónita. No sabía muy bien de dónde había salido ese Soujiro amenazante que desconocía. Además, no hacía ni medio minuto que había asegurado que no quería tener hijos. ¿Por qué, de pronto, se volvía tan celoso de ellos?
—Pero… Acabas de decir que no quieres hijos…
—Y no los quiero.
—¿Y por qué te lo ibas a llevar?
—Porque no permitiré que conviertan a mi hijo en el chivo expiatorio de nadie.
—¿Qué? Pero ¿de qué hablas? —inquirió confusa.
—¿Qué crees que pasará cuando te cases con otro hombre y tengas a sus hijos? ¿Qué crees que le harán a él?
Soujiro negó rechazando la idea. Recordaba haber visto a Asuka jugar feliz en el jardín mientras pensaba en lo idónea que era su infancia. Si tuviera un hijo, quería que su infancia fuese como la de esa niña y no como la suya. No podía permitir otra cosa.
Y Misao, con esas palabras, por fin averiguó dónde estaba el «verdadero-verdadero» problema de su maraña de emociones. No era que le aterrorizara tener un hijo —aunque sí le preocupara—, sino el hecho de que ese niño tuviera la misma infancia que tuvo él.
—¿Crees que dejaría que le hicieran algo a un hijo mío?
—¿Y si a ti te ocurre algo y quedase a su cuidado?
Misao se sentó recta y le observó con fijeza. Ahora le había tocado a ella ser la muerta. Suponía que en cierta forma se merecía que le diera la vuelta a la moneda, pero era un momento tan tenso para los dos que no podía compararlo a cuando se la lanzó antes de que se casaran.
—No me va a pasar nada.
—Ninguno de los dos es tan ingenuo como para creer que no pueda sucederte algo. De hecho, en el tiempo desde que te conozco casi te mueres dos veces —puntualizó elevando la voz.
—Pero incluso así, yo tengo más familia que tú. Nunca estaría al cuidado de alguien que no le quiere.
—No lo sabes…
—Eso sí que lo sé —declaró contundente ella. Soujiro tenía razón en que nadie sabía cuándo podría morir, pero aquello sí que no podía refutárselo.
Sin embargo, él siguió negando con la cabeza. Estaba tan serio con ese tema que a Misao le generó verdadera angustia. Quería ser madre… desde niña. Y no serlo era una de sus espinas más profundas. Pero si pensaba en el hecho de conseguirlo para que se lo arrebataran…
Estaba segura de que se moriría de la tristeza.
—No puedes hacerme eso —le suplicó—. No puedes quitármelo.
—Eso mismo puedo decir yo —contrarrestó, lo que hizo que Misao se tensara y se le empezaran a acumular las lágrimas en los ojos.
Soujiro inspiró profundo en cuanto vio que Misao iba a echarse a llorar y notó que se le formaba en el pecho un nudo muy distinto al agobiante que tenía hasta ese momento y con el que había sentido que incluso le faltaba el aire. Pero en esos días, se había dado cuenta de que no soportaba verla triste. Era desconcertantemente superior a él, y por eso, verla a punto de echarse a llorar fue lo que consiguió de una forma eficiente lo que hasta ese momento no había logrado: sobreponerse a su propio miedo. No entendía el funcionamiento de esa conexión que tenía hacia ella, pero notar su desasosiego, estaba sacando una fuerza desconocida de él.
—Misao, no te pongas así… —Le cogió las dos manos y se las apretó con suavidad para poder contener su propio temblor—. Siento haber sacado el tema de esta forma tan brusca cuando es improbable que ocurra por sólo una vez —arguyó de la forma más calmada que pudo—. No tienes que preocuparte de que vaya a suceder porque no lo va a hacer —remarcó con convicción para ambos—. De modo que, lo mejor que podemos hacer es dormir y no desesperarnos por cosas que no van a pasar…
—¡¿Dormir?! —espetó incrédula—. ¿En serio crees que voy a poder dormir después de lo que me has dicho? ¡Quieres quitarme a mi hijo! —le acusó.
Soujiro suspiró porque no quería volver a entrar en la espiral de que el niño sería de ambos. Lo primordial para él en esos momentos era que Misao se tranquilizara, porque las tornas se habían cambiado en unos segundos y la que ahora estaba muy alterada era ella.
—Escúchame: ese niño no existe. Es muy difícil que…
—Pero puede existir —contratacó ella—. Por favor, Soujiro, por favor… —le suplicó agarrándole más fuerte—. Haré lo que sea, cualquier cosa que me pidas. Acataré cualquier condición que me impongas; lo que sea. Pero por favor, no me lo quites.
Soujiro inspiró de nuevo. Quería convencerla de que no habría ningún niño fruto de aquel accidente y así evitar que se preocupara ante un escenario hipotético cuya decisión era inamovible. Pero con eso supo que Misao no lo iba a dejar correr como él pretendía.
—Misao, no es una cuestión de quitártelo o no, sino del hecho de que, una vez separados, sólo podría estar con uno de los dos —dijo para hacerla entrar en razón—. Es una imposibilidad física. No puede estar con los dos si no vivimos juntos.
—¡Entonces, hagámoslo! —exclamó esperanzada casi antes de que terminara de decirlo.
—¿El qué? —preguntó Soujiro muy desconcertado.
—Acabas de decirlo: «No puede estar con los dos si no vivimos juntos» —repitió ella—. Prométeme que te quedarás conmigo si ocurre.
Soujiro abrió los ojos por la sorpresa.
—¡¿Qué?! —No era eso lo que pretendía cuando lanzó su defensa—. Espera… Ésa no era la idea.
Misao se acercó más a él y le cogió ambos lados de la cara con sus manos.
—¡Júramelo! —demandó suplicante—. Prométeme que te quedarás conmigo y no te irás con él.
—Pero este matrimonio no es…
—¡Hazlo! —le exigió vehemente al tiempo que ejercía fuerza con las manos. Misao juntó su frente a la suya con los ojos cerrados y, esta vez, le tembló la voz cuando habló—: Por favor…
Y algo se rompió dentro de él.
—Vale…
Estaba demasiado sorprendido por la actitud de ella como para razonar sobre las implicaciones de lo que estaba aceptando en realidad. Pero tras esa sencilla palabra, Misao soltó un suspiro de alivio y se echó a llorar. Era igual que cuando había aceptado casarse con ella, así que intuyó que no lloraba por tristeza.
—¿Te encuentras bien? —preguntó para asegurarse.
—Sí… demasiado —contestó ella entre sollozos, y se abrazó a él.
Soujiro exhaló un largo suspiro tras su respuesta y pasó sus brazos por su espalda desnuda para apretarla más contra él. Prácticamente la tenía sentada sobre él, pero a ella no pareció importarle.
—Tranquila, Misao…
—No lo soportaría… —le susurró contra el hombro—. Te juro que no lo soportaría…
—Está bien… —la consoló—. Pero ahora cálmate.
Misao asintió y su propio nudo de disipó como por arte de magia. Le indisponía verla disgustada, así que saber que se encontraba bien era lo único que necesitaba en ese momento.
La acarició con cuidado, con unos masajes reconfortantes por su espalda. Y poco a poco recobró su respiración normal. Sabía que le había dado un susto tremendo, pero no lo había hecho por gusto. Sólo le había dejado claro cómo estaban las circunstancias.
Sin embargo, reconocía que no había esperado que la conversación terminara así. En realidad, estaba un poco desorientado por lo que habían hablado, como si no terminara de asentar las implicaciones. Había sido todo demasiado rápido como para procesarlo como era debido.
Y quizás por eso, cuando por fin apagaron la luz y la habitación se sumió en una oscuridad silenciosa, no fue el miedo de la existencia en sí de ese hijo lo que le inquietó, sino que fueron otras cosas a su alrededor las que le impidieron dormir.
Notas del fic:
*Oiran: Antiguas prostitutas de lujo.
— * —
Fin del Capítulo 36
29 Abril 2018
Notas finales:
Bueno, imagino que no hace falta explicarlo, pero a Soujiro le ha dado un ataque de ansiedad que Misao consigue paliar distrayéndole (básicamente es lo primero que te recomiendan frente a uno: distraerte y controlar la respiración). Por otra parte, no es que Misao actúe así porque sepa cómo hacerle frente, lo hace más por intuición que por otra cosa: como hablar de ello le estaba poniendo peor, le distrae. Lo bueno es que surtió efecto XD.
Y otra cosa que quería comentar es lo que sigue a eso. Creo haberlo comentado anteriormente aunque no sé si en comentarios de alguien o en notas. Pero volvemos al machismo de la sociedad japonesa y más la de aquella época. Misao se angustia por la resolución de Soujiro frente a llevarse a su hipotético niño porque no puede hacer nada para impedirlo. La mujer y los hijos eran propiedad del hombre, por tanto, el hombre era el que decidía si se llevaba a los hijos o no en caso de separación. Como aquí él es contundente frente a llevárselo, ella actúa aferrándose a cualquier cosa para impedirlo.
Espero que os haya gustado el capítulo ;-D
¡Saludos!
