CAPÍTULO 38: Alivios y desdichas


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Esas aclaraciones siempre las hago porque al ser historias de ambientación histórica, hay pensamientos que tienen los personajes que para ellos son ciertos, pero en la actualidad sabemos que no lo son. Sin embargo, por desgracia, mucha gente aún se cree esas cosas (o se las podrían creer al leerlas). Por eso siempre hago matizaciones, que si no, luego vienen las lamentaciones »_«

Rocío-del-Pilar: Sí, no te preocupes, lo solucioné hace tiempo. Pero no quité el capítulo porque, no sé por qué demonios, si quitas un capítulo, el fic se actualiza y se coloca arriba del listado. Y claro, no quería que pensárais que había actualizado el fic y entrar para encontraros que no había capítulo nuevo T_T. No sé si habrás echado un vistazo por el fandom, pero el otro fic sí lo estuve actualizando después ^_^º

En fin, ya siento la espera por este capítulo y la que vendrá para los siguientes T_T. Pero bueno, espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 38: Alivios y desdichas

Se le hacía extraño leer un periódico después de desayunar con ese calor en el ambiente. Y le parecía raro porque era algo que sólo hacía cuando estaba en su casa, o lo que era lo mismo, en invierno.

Pero ahora que se había marchado Aoshi, había perdido una de sus ya de por sí pocas fuentes de entretenimiento. De ahí que por las mañanas pasara el rato poniéndose al día con los sucesos de la ciudad.

Y no había llegado ni a la mitad del noticiario cuando Satoshi entró en la recepción del restaurante preguntando por Misao. No la había visto en toda la mañana; ni siquiera en la hora del desayuno, por lo que había supuesto que debía andar muy ocupada ese día.

Sin embargo, para su sorpresa, una de las empleadas le informó de que Misao había mencionado algo sobre darse un baño nada más levantarse y no había salido aún de allí.

Ambos le miraron como si esperasen una respuesta por su parte, pero no tenía ni idea de qué hacía ella en el baño.

—Señor, necesitamos confirmar la reunión de esta tarde. Debo informar a los capitanes de la ciudad —dijo Satoshi después de un largo silencio.

—No estoy al tanto de los planes de Misao.

—Pero puede ir a preguntarle —repuso el hombre.

Soujiro se limitó a mirarle sin saber muy bien cómo proceder. Entendía que Satoshi se lo mencionaba puesto que, al ser su marido, podía interrumpir a su esposa en el baño por la cuestión que fuese. Pero en cierta forma, le incomodaba hacer precisamente eso.

—Necesito que me lo confirme cuanto antes para informar al resto —le instó él cuando vio que no se movía.

—Está bien —contestó mientras se levantaba de su sitio—. Ahora vuelvo.

Según tenía entendido de cuando aún estaba Aoshi en el Aoiya, ese día iban a tener una reunión que creían que trataría sobre la nueva condición de casada de Misao. No había esperado que necesitaran una confirmación de última hora, si bien también entendía que debían cerciorarse de que no hubiera sucedido nada urgente que hiciera que se pospusiese.

Llamó a la puerta y esperó por una respuesta de Misao que no llegó.

—¿Estás ahí? —preguntó de nuevo ante el silencio.

No parecía que hubiese nadie dentro. No se oía movimiento ni ruido del agua en la tina. Quizás había terminado y andaba por el Aoiya ocupada en otras tareas.

Así que abrió la puerta para comprobarlo, pero, para su sorpresa, la encontró sentada en una esquina del baño, acurrucada.

—¿Qué haces ahí sentada?

—Vete —respondió con la voz sobrecogida. Soujiro se tensó al escucharla.

—¿Te encuentras mal? —se preocupó él, que hizo justo lo contrario de lo pedido por ella. Se acercó hasta donde estaba y se arrodilló enfrente—. ¿Te duele algo?

Misao negó con la cabeza y evitó hablar, puesto que sabía que su voz era la que había alertado a Soujiro.

—Entonces, ¿por qué estás aquí como si estuvieras escondida?

—No quiero ver a nadie —murmuró con voz temblorosa.

Desde el momento en que Soujiro había entrado en el baño, ese nudo opresivo que poco a poco se había mitigado había vuelto a atenazarla por dentro. Su presencia sólo le recordaba lo que había tenido al alcance de su mano.

—¿Has estado lavando ropa? —inquirió él tras ver que la yukata que utilizaba para dormir estaba tendida en el suelo—. ¿Y por qué lo has hecho aquí?

Misao se encontraba muy deprimida y sus preguntas sólo echaron más sal en la herida, aunque él no lo supiera. Se había sentido desolada cuando esa mañana había sentido calambres en el vientre, siendo consciente de lo que eso significaba. Y poco después, le había venido el sangrado, lo que echó por tierra sus oscuras metas. Era como una burla del destino, pues llevaba más de dos meses sin que su menstruación diera señales de vida. Y justo había tenido que hacerlo ahora para romper sus esperanzas.

Por eso no le apetecía nada verle y, mucho menos, hablar con él. No tenía ni fuerzas ni ánimos. Y el hecho de que estuviera allí lo empeoraba todo porque hacía que las emociones que había intentado serenar volvieran a surgir y tenerlas a flor de piel. Ni siquiera había desayunado. Según los calambres la habían despertado, se había ido allí. Y había estado llorando hasta que pensó que se había secado.

Sin embargo, otra vez volvía a tener las lágrimas en los ojos, como si no hubiera tenido ya suficiente.

—Misao… —la llamó e intentó tocarla. Pero ella rechazó el gesto con un movimiento brusco.

—¡Déjame! —le ordenó enfadada.

Soujiro se irguió, pero, por supuesto, no hizo caso a su demanda. Misao estaba desolada y no tenía ni idea de por qué. Y si antes ya estaba preocupado por que estuviera allí encogida, aquello sólo consiguió empeorarlo.

—¿Por qué estás llorando? ¿Qué te pasa?

—¡No me pasa nada! —se exasperó.

—Claro que te pasa algo. ¿Qué ha…?

—¡Que ya puedes estar contento, eso es lo que me pasa! —le recriminó para gran sorpresa de Soujiro, que fue interrumpido por la beligerancia de Misao.

No entendía nada, y mucho menos que creyera que podía sentirse feliz por estar ella en esas condiciones.

—¿Cómo voy a estar contento de que estés…?

—Porque ahora ya podrás «dormir» —espetó—. No estoy embarazada, así que ya te puedes ir a celebrarlo.

Soujiro se irguió más aún en cuanto esas palabras fueron registradas en su cabeza y no pudo evitar cogerla con fuerza de los brazos.

—¿Estás segura?

—Sí —espetó de malos modos.

Misao vio cómo literalmente se esfumaban de Soujiro todos los males del mundo. Suspiró con un alivio que la enfureció más de lo que ya estaba y le vio sonreír como hacía varios días que no le había visto hacer.

—Menos mal… —le oyó susurrar mientras la soltaba. Se apoyó con sus brazos estirados contra el suelo y dejó colgar su cabeza hacia abajo. A diferencia de ella, él estaba todo lo feliz que ella no estaba.

Se encontraba deprimida, y dolida, y furiosa… con él. Y Soujiro, en cambio, estaba aliviado y feliz. No soportaba verle en esos momentos.

—¡Ya puedes largarte!

Soujiro por fin la miró, aunque algo asombrado.

—¿Se puede saber por qué estás así? Es una buena noticia.

—Lo es para ti que no quieres hijos, pero yo sí quiero tenerlos.

Soujiro se acomodó sobre sus piernas y se irguió para estudiarla con mayor atención. Le había dicho que una de sus metas era ser madre, pero no entendía por qué de pronto quería apresurarse y de forma tan indiscriminada.

—No puedes ser tan inconsciente con algo así.

—No lo soy.

—¿Cómo que no? —recriminó él—. Hasta no hace ni dos semanas, has peleado por evitar casarte. La posibilidad siempre la has tenido ahí, pero tú la rechazaste.

—¡Por supuesto que la rechacé! Odio a ese hombre. ¿Cómo iba a querer formar una familia con él?

—Lo que te pasa es que estás obcecada contra él. No hay más que verte ahora. Me estás demostrando que no eres muy selectiva.

—No sois comparables. Tú no eres Sasaki.

Soujiro suspiró con resignación.

—No, yo soy peor. A diferencia de ti, mis orígenes no son los más adecuados…

—¿No me estarás hablando en serio? —le interrumpió con un reproche—. ¿De verdad piensas que eso me importa?

—Pues debería. Eres la hija de un anterior líder de la organización y yo, el hijo de una prostituta…

—No me lo puedo creer…

—Pues créetelo —decretó con tono duro—. La abolición de clases no está tan lejos, y si te quejas de que hay hombres de tu organización que no llevan bien que seas una mujer, espera a ver a cuántos les agradaría mi presencia si supieran mis orígenes.

—Me importa poco lo que opinen sobre eso. Nadie puede elegir las circunstancias de su nacimiento.

—Pero tú sí puedes velar por las de tus hijos.

Misao se tensó y apretó los labios como si le hubiese dicho algo hiriente. Pero era la verdad. Ella no vivía la misma situación que su madre, la cual se había quedado embarazada accidentalmente de un cliente. Ella podía casarse con un buen hombre y formar una familia decente. No tenía muy claro por qué de pronto se había venido abajo con un hecho que debería haberla alegrado igual que a él.

—No sé por qué demonios te afecta tanto esto cuando deberías alegrarte. Después de muchos años, has conseguido deshacerte del problema de las contiendas. Es cuestión de tiempo que consigas lo que antes no podías obtener. Si has esperado tantos años hasta ahora, deberías poder esperar un poco más. Eres una mujer lista; piensa más las cosas.

—Las tengo muy bien pensadas —replicó con osadía.

—A mí no me lo parece…

Soujiro se ganó una mirada de reproche gracias a eso, pero como Misao se mantuvo en silencio, él prefirió dar por finalizada la conversación. Soltó un largo suspiro de cansancio y le informó del motivo por el que estaba allí.

—He venido porque Satoshi pregunta si sigue en pie la reunión de la tarde.

—Por supuesto —contestó beligerante.

—Estás disgustada. No creo que estés en condiciones para tenerla.

—Eso no importa —repuso de igual forma—. Ve y dile que sigue en pie.

Soujiro la observó por largos e inquietantes segundos que la hicieron ponerse más tensa de lo que ya estaba, pero finalmente se levantó y salió.

Sin embargo, no dio ningún paso más tras cerrar la puerta. Se apoyó contra ella y dejó escapar otro largo suspiro.

En su opinión, sí importaba en qué condiciones estuviera ella durante la reunión. Sin ir más lejos, al día siguiente de llegar se celebró una donde Aoshi tuvo que ir a «rescatarla» de un motín. Si después de todo se presentaba ante ellos en ese estado, a saber en qué acababa la reunión pues esta vez no tendría a Aoshi para resguardarla.

Descansó su cabeza contra la puerta y cerró los ojos. No podía dejar que se presentara así ante su gente hasta que no se le pasara ese disgusto que tenía. Escuchó sus nuevos sollozos y eso le generó un nudo en el pecho. Misao aún no era capaz de ver la situación con la perspectiva adecuada. Era evidente que su obcecación había hecho que dejara las consecuencias de lado. Pero estaba seguro de que acabaría por verlas y entonces se sentiría tan aliviada como él.

Sin embargo, hasta entonces, era mejor mantenerla distraída.

—Misao, creo que hace un buen día para que cumplas tu promesa: hoy serás mi guía de la ciudad.

—¡¿Qué?! —la oyó sorprenderse entre sollozos.

—Cuando llegamos a Kioto me dijiste que me enseñarías la ciudad. Aún no lo has hecho —matizó con intención—. Quiero que hoy me lleves a verla.

—¿Te parece que esté de humor para eso? —se quejó ella.

—Si lo estás para una reunión, lo estás para hacerme de guía —alegó con razón, y supo que había ganado cuando no escuchó su réplica—. Como seguramente comeremos fuera, voy a por mi bolsa. Ése es el tiempo que tienes para recomponerte.

—No voy a salir.

—Lo harás —sentenció él.

Se giró para encaminarse a su habitación, pero al final del pasillo estaba Satoshi con aire desentendido.

—Lo siento, señor —se disculpó cuando cruzaron las miradas—. Tardaba mucho y me he acercado por si le sucedía algo a la señora. ¿Le ha contestado si habrá reunión?

—No la habrá —respondió en el acto con su habitual sonrisa cordial.

—¿Y qué motivo debo comunicar?

La puerta se abrió y salió Misao determinada, a pesar de sus ojos y nariz rojas.

—Claro que hay reunión —refutó.

—No, no la habrá —contrarrestó Soujiro sin hacerle caso—. Tengo entendido que no es una reunión importante.

—Depende de a quién le pregunte… —comentó el hombre incómodo.

—¿No es para saber cómo está la situación ahora que Misao es una mujer casada?

—En gran parte sí. Muchos capitanes quieren debatir sobre cómo puede influir usted en el liderazgo de Misao.

—Ella sabe perfectamente que no voy a interferir en sus cuestiones con los Oniwaban-shu. Pero acabo de casarme, y puesto que la reunión no es importante, quiero pasar tiempo con mi esposa —añadió con una sonrisa inocente—. Creo que es algo comprensible.

—¿Ése es tu argumento? —replicó Misao—. ¿Dices que no vas a influir, pero luego quieres impedir que vaya a una reunión? —reprochó exasperada.

—Acabas de casarte —repitió—. Es normal que pases unos días en compañía de tu esposo.

—Eso no es motivo suficiente.

Soujiro se tensó algo desconcertado y se dirigió a Satoshi.

—¿Eso no es motivo suficiente?

—Como le decía antes… depende de a quién le pregunte —contestó de nuevo incómodo.

—Satoshi, la reunión será a última hora de la tarde.

El hombre los observó a ambos sin saber muy bien qué hacer. Por el semblante de Misao, sabía que no se encontraba bien, pero conocía de antemano la terquedad de su líder y que eso no sería impedimento para ella, incluso aunque fuese perjudicial para su salud.

Y para su desgracia, a quién debía lealtad era a ella, por lo que tendría que ignorar a su marido que a todas luces pretendía proteger a Misao al evitar que apareciera en una reunión sin estar en condiciones.

—Por supuesto, les informaré de…

—Igual no me he explicado bien —le dijo muy serio a Misao, la cual se irguió en cuanto Soujiro la miró y comprobó que le había enfadado—. Sabes que no me quiero meter en tus asuntos, pero todo tiene un límite. Y hoy he decidido que vas a dedicarle un tiempo a tu marido para enseñarle la ciudad, así que eso es lo que harás —la advirtió remarcando con intención su recién adquirida potestad.

Misao se quedó lívida con el tono empleado por Soujiro, aunque tuvo el buen juicio de no replicarle incluso tras darse cuenta de que la había desautorizado delante de un subordinado. Pero, por desgracia, desde el momento en que se casaron, su primer deber era para con su marido, y sabía que se estaba valiendo de eso para imponerse.

Soujiro se dirigió entonces hacia Satoshi con una sonrisa engañosamente amable que a ella no le pasó inadvertida.

—No va a haber reunión ni hoy, ni mañana… y puede que pasado tampoco. Nos acabamos de casar y quiero pasar tiempo con ella. Y si alguno de esos capitanes a los que les importa insiste, hará la reunión conmigo y hablaremos del tema, pero de cómo influyen los Oniwaban-shu en mi esposa —terminó enfatizando las últimas palabras.

Satoshi miró desconcertado a Misao, la cual negó en el acto para que no dijera nada. Entendía que el hombre no supiera cómo tomarse aquello cuando sus palabras sonaban a amenaza a pesar de su tono amable. Pero a diferencia de él, sabía que estaba enfadado… y a Soujiro costaba mucho, pero que mucho enfadarle.

—Está bien —aceptó cohibido el hombre—. Les diré que se aplaza la reunión hasta la semana que viene.

—Eso está mejor —sonrió feliz Soujiro, y se encaró a Misao—. Voy a por mi bolsa y después me harás de guía por la ciudad.

Dicho eso, se marchó de allí hacia su habitación dejando en absoluto silencio a los otros dos integrantes de la reciente conversación.

—¿Eso ha sido una amenaza? —preguntó por fin Satoshi confuso.

—Sí, lo era. Y te aseguro que es muy difícil enfadarle. Pero cuando lo haces, es capaz de dejarte tirado moribundo en un camino y ni siquiera mirar hacia atrás. —Que era algo que estuvo a punto de hacerle a ella.

Satoshi la miró con atención y, para su gran desconcierto, comenzó a reírse por lo bajo.

—¿Qué pasa?

—Gracias a Dios… —dijo el hombre con un suspiro.

—¿Por qué?

—¿Sabe lo que pensé cuando me enteré de que el señor Shinomori se iba? —Misao negó y él continuó—: Que ya no habría nadie aquí que contuviera sus locuras. Y por si mi temor fuese infundado, unas semanas después llegó a Kioto con la noticia de que estuvo a punto de morir por el camino negligentemente.

—¡No fue negligencia! —protestó al momento—. Necesitaba informar de lo ocurrido.

Satoshi negó con condescendencia, pues para él había sido un acto imprudente de su líder.

—Pero por suerte para los que apreciamos su vida, ha encontrado a su marido. He de reconocer que cuando le conocí no me pareció un hombre que tuviera temperamento. Pero acabo de ver que es alguien que velará por su seguridad incluso por encima de usted misma.

—¿Mi seguridad? ¿Qué tiene que ver eso aquí?

—Que es evidente que no se encuentra bien —contestó con una mirada significativa a su estado—. Y su marido, el mismo que cuando he llegado no sabía ni qué iba a hacer esta tarde, le ha impuesto un plan durante días. —Hizo una breve pausa de varios segundos antes de añadir con gravedad—. Su marido no quiere que tenga una reunión en estas condiciones. Y usted no puede permitirse que se repita algo parecido a la reunión que tuvimos la semana pasada cuando volvió. No cuando no está el señor Shinomori para interferir.

Esas últimas palabras fueron como una puñalada para Misao, la cual, hasta la fecha, desconocía que Aoshi no entró en aquella reunión por casualidad, sino que le hicieron asistir porque se encontraba demasiado deprimida como para atender a lo que allí se decía.

Pero, para su desgracia, era consciente de que el hecho de que hubiera aparecido había sido un gran alivio para ella, así que tampoco podía recriminar a sus hombres que le hubieran utilizado en esa ocasión.

—Les comunicaré a los demás que su marido me ha dejado clara su intención de acapararla durante unos días por su reciente matrimonio.

—¿Acapararme? —repitió confundida—. Lo que quiere es que me tome unos días de descanso hasta que me encuentre mejor.

—Ésa es su interpretación… —repuso divertido—. Lo que yo he oído es que su marido es el culpable de que no vaya a la reunión.

Misao abrió la boca para rebatirle, pero la cerró al darse cuenta de que tenía razón. Toda la discusión había girado en torno a que él quería que le dedicara tiempo se pusiera ella como se pusiese.

Suspiró resignada y Satoshi rio.

—Me gusta su marido.

Misao le observó durante unos segundos como si esas palabras supusieran un enigma para ella. Sin embargo, sin tener muy claro por qué, de pronto le infundieron una determinación inesperada que poco a poco aplacó la amargura que la había envuelto toda la mañana.

Cierto era que había perdido una batalla, pero la victoria de la guerra aún estaba por disputarse. Y ella no tenía pensado perder. Aunque para eso, primero tenía que sobreponerse a todo aquello que la obstaculizara en su meta.

Y quedarse llorando en una esquina era una de ellas.

—Sí —confirmó con el optimismo renovado—. A mí también me gusta mi marido.


Notas del fic:

Dos apuntes:

*No es raro que después de someter a un fuerte estrés al cuerpo las mujeres dejen de menstruar. Es lo que le ha pasado a Misao y que ella comenta sobre no haber tenido la regla durante varios meses.

*Lo que expone Soujiro sobre los estatus: en aquella época no había nada más bajo que ser hijo de una prostituta, que es su caso. De ahí que se lo suelte como contraargumento.


— * —


Fin del Capítulo 38

9 Agosto 2018