CAPÍTULO 44: La decisión


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Es que Soujiro en este fic es un amor. Misao no sabe la suerte que tiene... bueno, si lo sabe, que por eso quiere agarrarlo con uñas y dientes XD. Pero es que es un encanto *o*. En cuanto a que Misao y Kaoru hablen... lo harán, pero en el capítulo que viene. Pero piensa que Kaoru lo único que sabe de Soujiro es que intentó matar a su marido y después, una de sus amigas se enamoró y se casó con él. Tiene una opinión bastante contrariada de él, así que se fiará más de cómo se siente Misao con él. Y del posible lemon... No coments XD

Kaoru Tanuki: La noticia de que estuvo o no enamorada de Aoshi no le inquieta porque pueda sentir algo por él, sino por todo lo que arrastra a su alrededor y que enreda en sus dudas y formas de encarar la situación. Eso le lleva a tomar sus decisiones que ya se verá si son acertadas o no XD

ddaisyaguilar52: No te voy a decir nada sobre quién gana... Léelo tú misma XD.

Guest: Yo ya lo dije: me encanta ese capítulo. Esa contradicción que siente Soujiro porque quiere ser feliz y, a la vez, quiere que ella lo sea, pero no cree que pueda ofrecerle una felicidad real... Ainsss, si es que me deja un nudillo ahí por él T_T. Pero este tema, de hecho, es algo sobre lo que gira su percepción con ella. Tiene muy interiorizado que aunque Misao le diga que es feliz, en realidad es sólo conformidad. Es lo que le trae al pobre de cabeza T_T

Rogue85: ¡Cuánto tiempo! XD Me alegra que te haya gustado la historia como para leerla del tirón. Es bastante larga ya XD. Y no es que la relación sea lenta: ¡es que parte de cero! XD. Pero en realidad, se han conocido y se han casado en dos meses y medio. ¡Eso es muy rápido! Jajaja.

Gracias por vuestros reviews *o* Espero que os guste el capítulo de hoy porque es intenso para nuestros protas XD


CAPÍTULO 44: La decisión

A Misao no le había quedado muy claro qué demonios había pasado ese día con Soujiro, pero se había excusado durante la comida por no encontrarse bien y no le había vuelto a ver en el resto del día. Para rematar, tampoco estaba en la habitación cuando llegó allí. Tenía la sensación de que se debía a «eso» que le preocupaba y que no le había contado. De hecho, para no hacerlo, había desviado la conversación a su propio matrimonio de conveniencia y la había interrogado con preguntas incómodas cuyas respuestas no había sabido adornar.

Si no fuese porque ya estaba aturdido cuando le localizó, habría pensado que había sido por culpa de su conversación. A fin de cuentas, le había dicho la verdad sobre cómo veía ella su propio futuro sobre el asunto, aunque se había guardado lo más relevante: que le costaría encontrar otro hombre porque estaba enamorada de él.

Sin embargo, si le hubiera dicho algo como eso, a Soujiro le habría dado un ataque. Y lo último que quería era que se pusiera a la defensiva cuando ella necesitaba que sus defensas estuvieran bajas para poder franquearlas.

Misao dio la enésima vuelta en el futón y miró al techo en la oscuridad, aunque eso no consiguió que encontrara una respuesta por mucho que viese los paneles. La noche anterior habían tenido allí mismo un momento de armonía que le daba esperanzas renovadas con él. Estaba segura de haberle visto feliz, lo cual eran puntos positivos en su lucha pues, cuantas más cosas buenas experimentara con su matrimonio, más posibilidades habría de alcanzar su corazón.

Pero por la mañana algo había cambiado. De pronto parecía torturado por algo que decía hacerle sentir egoísta y había desaparecido de su vista el resto del día. No entendía nada, pero, conociéndole, a saber qué nimiedad le había generado ese supuesto egoísmo. Y como era algo nuevo para él, se había alterado tanto que le había sacado de su propio cuerpo.

Misao suspiró preocupada. Normalmente, Soujiro tendía a preguntarle sus dudas en referencia a sus emociones. No sabía muy bien por qué, pero esta vez no lo había hecho. Y en parte eso era lo que la preocupaba, porque le hacía pensar que quizás no era tan nimio el problema.

La puerta se deslizó con suavidad y Soujiro apareció por fin. Misao encendió la lámpara cercana a su futón en el acto.

—¿Dónde estabas? —le preguntó impaciente.

—¿Te he despertado?

—No podía dormir —contestó sincera, y volvió a lo importante para ella—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

—He estado entrenando en vuestro dojo* —dijo mientras se dirigía al armario para cambiarse de ropa—. Necesitaba ocupar mi cabeza en otras cosas.

Al menos, eso era lo que había pensado cuando sintió que la culpa se lo iba a comer vivo.

—Debiste avisarme de que ibas a salir. Estaba preocupada porque no sabía nada de ti.

Soujiro la observó y ralentizó sus movimientos al percatarse de ese nuevo escenario. Puesto que llevaba años sin tener que rendir cuentas de lo que hacía a nadie, no se había planteado avisarla de lo que iba a hacer. Pero si lo pensaba con detenimiento, si las cosas se hubieran dado al revés, él se habría preocupado por no saber dónde se habría metido ella.

—Perdona, no se me ocurrió avisarte. Lo tendré en cuenta la próxima vez.

Soujiro se sentó en el futón tras ponerse la yukata* y se limitó a contemplarla. Misao suponía una tentación continua para él. Incluso sentada como estaba, vestida y tapada hasta la cintura con la manta del futón, seguía siéndolo.

Y sabía que eso no iba a cambiar en un futuro cercano.

Por eso, de una u otra manera, tenía que ponerle fin, porque no sería capaz de soportar que aquello se extendiera en el tiempo.

—¿Estás bien? Llevas un día que no pareces tú.

—Me he dado cuenta de que tengo una voluntad muy débil —murmuró casi para sí.

—¿Qué? —preguntó sorprendida.

Cuando había sentido que las paredes del Aoiya se le echaban encima, había tenido que salir. Y no había podido volver desde entonces. Había meditado demasiado en la conversación con Misao y se había dado cuenta de que su equilibrio era precario.

Sabía que no iba a aguantarlo. Llevaban casados apenas dos semanas y ya estaba así, con el dilema de detenerse o conservarla para él, cuando sólo unos días antes estaba convencido de que podría alejarse de ella. Pero tras su conversación, sabía que esa lucha estaba perdida. Sí, podría contenerse un tiempo, pero ni de lejos seis meses más. Iba a caer y se la iba a llevar por delante si no le detenía.

—He estado pensado en lo que me has dicho hoy.

—No hacía falta, de verdad. No te preocupes por eso.

—Misao, necesito que me prometas algo —siguió él con voz sobrecogida. Ella se tensó por su tono. Estaba muy afectado, así que asintió antes de saber qué quería—. Necesito que seas sincera… pero sincera de verdad —matizó, pues esa mañana ella no lo había sido a pesar de pedírselo. Misao volvió a asentir, aunque esta vez tardó algo más que la primera en hacerlo—. En estos días he escuchado muchas veces tus agradecimientos por…

—Por supuesto que los has escuchado. No hay suficientes para expresar…

—No quiero volver a oírlos —la interrumpió él—. ¿Podrías dejar de sentirte agradecida?

Misao abrió la boca, pero al final no salió ninguna palabra de ella. Frunció el ceño desconcertada, sin saber muy bien qué decir.

—No es algo que simplemente se pueda dejar de sentir. Pocas cosas han sido tan transcendentales en mi vida como lo que has hecho por mí.

Soujiro suspiró y se llevó una mano a la frente.

—Vale, probemos otra fórmula —comentó al fin—. ¿Podrías dejar de hacer cosas conmigo por gratitud?

—¿Qué es lo que he hecho por gratitud? —inquirió confusa.

—No lo sé, pero no quiero que vuelvas a hacerlo. No quiero que te sientas obligada a hacer algo o a sufrir algo por sentirte agradecida.

—Soujiro, ¿qué pasa? —El nivel de asombro por parte de Misao estaba llegando a una altura inalcanzable. No tenía ni idea de qué mosca le había picado para que le soltara esta conversación surrealista.

—Prométemelo —la ignoró él. Necesitaba que Misao actuara con una sinceridad absoluta ante lo que iba hacer.

—De… De acuerdo —confirmó con cierto nerviosismo. Soujiro estaba demasiado afectado como para transmitirle serenidad a Misao. Si él se encontraba así, debía ser por algo grande.

—Como te decía, he estado pensando mucho en lo que hemos hablado hoy… Sobre lo que pasará después… sobre tus sueños.

—Soujiro, en serio…

Él le cogió la mano para interrumpirla y Misao abrió los ojos sorprendida. Estaba temblando… temblaba de verdad.

—¿Recuerdas la discusión que tuvimos en nuestra noche de bodas?

—Esto… sí. ¿Por qué? —cuestionó titubeante. No le gustaba revivir aquella discusión. Había sido horrible para ella creer por unos minutos en la hipotética situación en la que Soujiro se marchara con su hijo.

—¿Recuerdas todo? ¿Recuerdas todas las consecuencias?

—Sí —respondió dudosa.

Y de pronto, Misao unió los dos puntos de esa conversación. Se le abrieron los ojos como platos, hasta el punto de casi salírsele de sus órbitas. «No puede ser…», pensó atónita. Y, sin embargo, la respiración se le aceleró sin remedio.

—Tienes que estar segura; no habrá vuelta atrás.

Soujiro desvió sus ojos a los pliegues abiertos a la altura del pecho de la yukata de Misao y con la misma mano temblorosa que la había detenido, rebuscó el colgante que representaba sus sentimientos más fuertes; esos que, si no le detenía, la iban a arrastrar con él.

—Por favor, Misao… Tienes que detenerme ahora —le suplicó.

Lo único que consiguió fue que cubriera su mano sobre la que tenía en el colgante. Sintió que apretaba y Soujiro volvió sus ojos a ella… Estaba a punto de echarse a llorar.

—No —contestó.

Soujiro dejó escapar el aire que retenía y asintió. Y no sabía en esos momentos qué pesaba más: si la decepción o el alivio. Pero suponía que, en el fondo, si se lo había planteado tan rápido, era porque buscaba su negativa.

—Te lo dije en nuestra noche de bodas: acepto todas las consecuencias.

—¿Qué?

Misao salió del futón y se arrastró hasta él, aunque en el proceso, se le derramaron las lágrimas que tenía retenidas.

—Quiero que te quedes conmigo —dijo mientras se las quitaba de la cara.

—Espera… Se supone que tienes que negarte.

—No puedes esperar ofrecerme lo que siempre he querido y que lo rechace.

—Pero lo quieres con otro.

—Lo quiero contigo —sentenció.

Soujiro le acarició la cara, estremecido. Quería tanto escuchar esas palabras… Pero sabía que no eran reales. Era la desesperación de Misao por alcanzar su sueño la que hablaba y de ahí que le reconcomiera tanto aprovecharse de su debilidad.

—Te conformas conmigo —le corrigió.

Misao negó con la cabeza y, sin aviso de ningún tipo, le besó. Que Soujiro le hubiera tirado semejante tentación para que luego se retractara, la dejaba impaciente. Le besó con exigencia, incluso por sobre la sorpresa que se llevó, pero no intentó separarla cuando se subió a él.

No tardó en responderle con más vehemencia que ella. Soujiro metió su mano a través de su pelo y tiró de ella para acercarla más a él. Sintió su miembro endurecerse entre sus piernas y gimió cuando utilizó su otra mano para agarrarla por las caderas y presionarla más contra él.

Misao rompió el beso y le enmarcó el rostro con ambas manos. Le vio relamerse los labios mientras miraba los suyos con la respiración agitada y eso le extendió un calor por el centro del cuerpo. Le acarició con delicadeza los labios húmedos con los dedos, muy consciente de que la simple conformidad no podía generarle aquello con un mero gesto.

—Soujiro, necesito que entiendas que no me conformo contigo. Me has pedido sinceridad y es lo que te he dado. Dime que lo entiendes. —Soujiro tardó, pero al final, asintió—. Por eso quiero que tú también seas sincero conmigo.

—Claro.

—¿De verdad es lo que quieres tú? —preguntó mirándole fijamente a los ojos.

—¿Por qué crees que te lo propondría, si no?

—No lo sé… ¿Quizás por hacerme otro favor?

—¿En serio piensas que esto podría ser por hacerte un favor? —repuso incrédulo.

—¿Y cómo voy a saberlo? —respondió con un encogimiento de hombros—. A fin de cuentas, ya has definido que tus buenas acciones de la semana pueden ser con la misma persona.

—Creo que sobreestimas lo que llego a hacer en mis buenas acciones.

—Pero tampoco sé de qué otra forma pensar. Esta tarde me has preguntado si veía factible casarme otra vez, y ante la negativa, de repente te me ofreces. ¿Cómo no voy a estar confundida?

—Sólo quiero que seas feliz…

—¿Y qué hay de ti?

—¿De mí?

—Sí, de ti —confirmó ella—. ¿Serías feliz quedándote conmigo?

Soujiro frunció el ceño desconcertado. No entendía muy bien a qué venían sus preguntas. Él la amaba; y ella lo sabía. ¿No debería suponer que lo sería?

—Sí —le contestó—. Nunca había sido feliz hasta que te conocí.

Misao exhaló el aire de sus pulmones con fuerza, emocionada por sus palabras, y le volvió a besar con intensidad, con un sentimiento abrumador en el pecho. Era lo que había querido escuchar desde hacía semanas. Por supuesto que en realidad desearía otras palabras más de índole romántica, pero no estaba segura de que se las dijera en meses, años… o nunca. Las emociones de Soujiro eran un misterio incluso para él y ya había pensado que quizás nunca la quisiese de una forma tradicional. Pero si él decía que era feliz con ella, eso le valía igual. Porque quizás, incluso si algún día la llegara a amar, podría darse el caso de que ni él mismo lo supiera.

Soujiro se desvió de sus labios para dejar un rastro de besos por su cuello. Misao, por su parte, tironeó con impaciencia de su yukata para dejar su torso al descubierto y pasó sus manos por sus hombros para así terminar de retirar la prenda. De nuevo sentía la urgencia de escribir en piedra ese pacto; igual que le había sucedido cuando consiguió su aceptación de prestarse a la contienda. Apretó su cadera contra él y notó el bulto duro que clamaba por ella; el mismo que le confirmaba sin género de dudas que Soujiro la deseaba. Mordió su hombro para ocultar la sonrisa de satisfacción que eso le provocaba. Había aceptado convertirse en su marido real. Si en su noche de bodas habían consumado un matrimonio de conveniencia, esa noche lo harían para con uno de verdad.

Y no veía el momento de tenerlo «firmado y sellado».

Soujiro le deshizo el nudo para abrir la yukata de ella por el frente y no perdió tiempo en meter uno de sus pechos en la boca. Succionó con fuerza y lo mordisqueó hasta convertir su pezón en un punto duro. Y cuando inició el mismo proceso con su otro pecho, su mano se abrió paso entre sus piernas y se adentró en su cuerpo sin previo aviso.

Misao jadeó cuando sintió dos dedos presionar en su interior. Seguía siendo extraño para ella que un hombre la tocara ahí. Prácticamente ni ella se tocaba más allá de lavar la zona, y Soujiro no sólo lo hacía sin restricciones, sino que se metía en ella como si nada. Su cuerpo vibró cuando la tocó por encima de su entrada y exacerbó el sentimiento de impaciencia que acarreaba ante la perspectiva de que se retractara. Quería aquello de ahora en adelante. Y no sólo hablaba del placer que él le daba, sino de la vida conjunta que le había ofrecido. Por eso, no podía apagar la alarma que sonaba en su cabeza y que la hacía no terminar de creerse que estuviera sucediendo aquello de verdad; pensar que en cualquier momento Soujiro se detendría y le diría que se echaba atrás.

Abrió los lados de la parte inferior de la yukata de él y reveló su miembro excitado. Lo tocó desde la punta hasta la base y supo que él ya estaba listo. Era grande, como lo había estado la otra vez.

—No quiero tu mano —le susurró muy avergonzada.

—Espera un poco…

Misao volvió a tocarle de arriba abajo y Soujiro siseó contra su pecho.

—Ya estás listo.

—Pero tú no —repuso.

—Sí lo estoy.

—Tengo mis dedos ahí. No lo estás —afirmó contundente.

Misao se estaba humedeciendo y poco a poco sus dedos se movían con más facilidad. Pero Soujiro tenía bien presente que ésta era su segunda vez. No iba a apresurarse por mucho que se pusiera impaciente.

Como Misao le ignoró y se revolvió juntando su cuerpo hasta tocarle y mojar su miembro, Soujiro se incorporó y la tumbó en el futón. Le miró algo sorprendida por el brusco cambio de posición, pero más lo estaba él por la repentina prisa que estaba mostrando esa noche. No quería hacerle daño. Por mucho que ya no fuese virgen, no estaba acostumbrada aún.

—¿Vas a detenerte? —inquirió con un atisbo de temblor en la voz.

Soujiro se tensó visiblemente cuando no supo cómo interpretar aquello.

—¿Por qué? ¿Quieres que lo haga?

—No —respondió al instante.

—¿Y por qué me lo preguntas, entonces? —recriminó él tras varios segundos con su reconfortante sinceridad, para alivio de Misao. Pero para Soujiro, no eran más que preguntas contradictorias que sólo le llevaban a confusión. Y por supuesto, aquél era el peor momento para enredarle.

—Bueno… me has separado de repente y… me has tirado contra el futón —terminó en un susurro—. No sabía si te había molestado.

Soujiro se terminó de quitar la ropa y la lanzó a un lado. Misao se incorporó hasta apoyarse en los codos para explorar su cuerpo minuciosamente. Era una escena interesante para sus ojos. Misao solía ser comedida a la hora de mirarle cuando estaba desnudo, algo que no hacía en esos momentos. Y para incendiar más sus pensamientos, a pesar de conservar la yukata, la tenía abierta y su cuerpo estaba expuesto a su vista.

Era como un gran regalo desenvuelto.

—Lo has hecho —confirmó con una débil sonrisa antes de recostarse sobre ella. La besó en el cuello y después le mordisqueó el lóbulo de la oreja, con lo que consiguió que jadeara—. Nunca podrás desearme tanto como lo hago yo —añadió para mortificación de Misao—. Y por eso no puedes entender lo molesto que es que me impidas recrearme contigo.

—Lo siento… Es que esto me está provocando cierta ansiedad —se excusó.

—¿Por qué?

—Porque no termino de hacerme a la idea —respondió—. Pienso que en cualquier momento te desvanecerás y me despertaré o algo así.

Soujiro le acarició el rostro y sonrió.

—Me alegra que esto te haga feliz.

—Nunca serás tan feliz como lo soy yo —le devolvió.

Soujiro sonrió afectado porque lo dudaba bastante. Por muy feliz que estuviera ante la perspectiva de proporcionarle la familia que tanto quería, no podía superar al hecho de estar con la persona que amaba. La entendía perfectamente cuando decía que le costaba hacerse a la idea. En cierta forma a él también le pasaba. Imaginaba que se encontraría así durante varios días, hasta que por fin se asentase la idea de que Misao había aceptado quedarse con él.

—¿Cuántas veces crees que tendremos que hacer esto antes de que lo hagamos sin que me metas conversaciones raras de por medio?

Misao se echó a reír. Soujiro se incorporó un poco para darle espacio, aunque no dejó de mirarla con fijeza hasta que se le pasó.

—Lo siento… —se disculpó ella divertida—. Como decía antes, supongo que hasta que me haga a la idea.

—Pues hazlo rápido —demandó—. Me gusta hacer esto contigo, pero no llevo muy bien que me detengas a cada rato con cosas insignificantes.

Misao volvió a reír ante tan categórica orden. Recordaba bien lo que le había fastidiado a él que le hiciera eso mismo en su noche de bodas. Aun así, que Soujiro fuese tan demandante en ese terreno, la sorprendía bastante. Siempre era tan tranquilo y risueño, que agradeció esta nueva faceta. No estaba de más saber que había algo que podía desestabilizarle sin entrar en una crisis, aunque ese algo fuese referente al sexo.

—¿Puedo intentar algo yo también? —le preguntó.

Soujiro lo consideró durante unos segundos, pero descartó la idea. Tenía el firme propósito de tomarse su tiempo las primeras veces hasta que Misao se acostumbrara a aquello. Y el hecho de que minutos atrás se hubiera impacientado, no le dejaba muy tranquilo.

—Prefiero que no.

—Pero yo…

—Déjame encargarme de esto un tiempo —la interrumpió—. Me preocupa poder hacerte daño.

—Pero ya no soy virgen.

—Puedo hacerte daño igual —rebatió—. Por favor, Misao… me quedaría más tranquilo si me dejas a mí.

Misao le observó con cuidado. El hecho de tomar cierta iniciativa no se lo había preguntado como algo aleatorio. Quizás sentía que debía hacer algo como parte de conectar que aquello era verdad. Pero no podía desoír una petición expresa de él, y más que nada, porque Soujiro apenas le pedía cosas. Era muy consciente de todo en lo que transigía por ella y aunque lo más visible eran los grandes cambios que le había dado a su vida, no debía olvidar que también lo hacía con las cosas más nimias.

Con lo que le había tocado vivir, era increíble que Soujiro tuviera ese carácter.

—Claro —respondió, y tras eso le vio suspirar aliviado.

La besó y lo hizo con la tranquilidad que no habían tenido al principio. Al parecer, aquella conversación les había bajado el ritmo o quizás les había asentado algo más lo que habían acordado.

Soujiro pasó sus labios por su cuerpo de una forma más minuciosa que lo que había hecho hasta la fecha. La besó, la lamió y la mordisqueó por todos lados, aunque se entretuvo especialmente en sus pechos, los cuales amasó y succionó hasta dejarlos rojos y muy sensibilizados. Misao se retorció de placer cuando su mano vagó por su cintura y su vientre. Y siguió haciéndolo hasta que Soujiro metió de nuevo sus dedos en ella con fuerza.

—Soujiro… —protestó tras dar un respingo.

—Dime si te hago daño.

Ella negó al instante. No era que le hiciera daño; era que seguía impresionándola sentirle ahí, con sus dedos llegando más profundo que antes. Sin embargo, a pesar de ser extraño era a la vez muy placentero y, casi sin darse cuenta, había abierto más sus piernas para él.

Soujiro se irguió y fijó los ojos en su mano. Era muy excitante para él ver sus dedos entrar y salir de Misao, más cuando pensaba en que fuese su miembro el que lo hiciera. Tuvo que contenerse de no intercambiarse con ellos, no porque Misao no estuviera lista, sino porque quería disfrutarla mejor que en su noche de bodas. No quería volver a perder de vista lo que le hacía como le había pasado la vez anterior. Le había reconcomido haber perdido el juicio en la que consideraba la única vez con ella.

Sólo que ya no sería la única vez, pensó complacido. A Misao parecía gustarle el sexo tanto como a él. Podría tenerla cuando quisiera y podría deleitarse cuanto quisiese.

Soujiro sacó sus dedos de ella cuando notó que empezaba a tensarse. Misao estaba muy humedecida, perdida como estaba entre el placer que sentía, y sus dedos se movían ya con bastante fluidez. Pero no quería que terminase aún.

—Soujiro… —lloriqueó en súplica.

Ni siquiera tuvo que decir lo que quería para saberlo. Estaba cerca de aquella liberación que ya había experimentado. Pero esta vez quería que la tuviera con él en su interior.

La dejó esperando mientras se sentaba entre sus piernas y se frotaba con la mano humedecida el miembro. Se arrimó más a ella, colocó sus piernas dobladas por sus costados y esperó a que su excitación bajara. No quería que terminara nada más penetrarla; quería ver el proceso hasta hacerla culminar. En su noche de bodas fue tan inesperado que casi no se había ni enterado.

Pero esta vez sabía lo que quería hacerle… y quería verlo todo.

—Soujiro… —volvió a llamarle, aunque esta vez le miró desconcertada por tenerle quieto entre sus piernas.

—Tranquila… —Se las acarició con cuidado y Misao gimió llevándose las manos a la cara para cubrirse—. Falta poco…

Soujiro observó que su cuerpo poco a poco se aquietaba; su respiración cada vez menos agitada, e intuyó que por fin podía continuar. Orientó su miembro hacia su entrada y con un movimiento lento pero firme se introdujo en ella. Misao ahogó un grito con sus manos, pero supo que no era de dolor y eso le permitió seguir mirando el lugar en el que se unían sus cuerpos con una fascinación desconocida para él.

Se retiró con cuidado y volvió a empujar… y por supuesto, lo hizo una vez más… y otra. Ver su miembro aparecer y desaparecer dentro de ella le envió un calor incendiario por su cuerpo. Un fuego que agradecía y repudiaba a la vez porque trajo de nuevo esos pensamientos «sucios» de los que había querido deshacerse en su noche de bodas.

Se reclinó sobre ella apoyándose en un brazo estirado mientras se impulsaba con más fuerza. El cuerpo de Misao se movía al ritmo de sus empujes y la vio morderse la mano para ahogar sus gemidos cuando se introducía hasta el fondo en ella. Sin saber cómo, su mente perturbada conectó esa imagen con otra muy distinta con la oiran. Esa mujer le había hecho un montón de cosas; si algo no podía reprocharle era que no se hubiera esforzado en realizar su trabajo. Y una de las tantas habilidades que había exhibido fue hacerle un buen servicio oral.

Miró con fijeza la boca de Misao. No le había gustado el sexo con la oiran, pero cuando lo tenía con la mujer que amaba le resultaba incluso adictivo. ¿Le gustaría también si se lo hacía ella?

Se detuvo de golpe. Cerró los ojos y sacudió la cabeza como si de esa forma pudiera hacer desaparecer la idea. No quería que su cabeza se perdiera otra vez en ese tipo de pensamientos; no quería pensar en Misao como si se tratara de una vulgar prostituta.

—Soujiro —le llamó con la voz agitada—, ¿qué pasa?

Él negó con la cabeza, pero aquello no la hizo retroceder. Le cogió del cuello y le bajó hasta ella para besarle aunque con dificultad, pues a ambos les faltaba el aire.

—¿En qué has pensado? —Soujiro la miró sorprendido y ella sonrió—. Sabía que era eso —adujo con diversión—. Parece que nos vuelve a pasar.

—No quiero pensar esas cosas.

—¿Qué era? —Él volvió a negar, pero eso tampoco amilanó a Misao—. ¿Es algo que te… te enciende? —murmuró avergonzada.

Esta vez no contestó nada y ella supo que se mantenía en silencio por no confirmarlo. Como por fin le tenía al alcance de sus manos, se las pasó por la espalda y le atrajo hacia su cuerpo, lo que hizo que Soujiro tuviera que estirarse sobre ella.

—Piénsalo —le susurró al oído. Subió las piernas por sus costados y ambos notaron la corrección en la postura. Soujiro se retiró ligeramente antes de volver a encajarse en ella—. Quiero que lo pienses mientras sigues…

Más tarde vería la forma de conseguir que se lo dijera. Por mucho que le resultara bochornoso ser atrevida, prefería eso a que Soujiro se reprimiera y lo buscara en otra mujer. No soportaría que tuviera una amante por contenerse con ella. Lo quería todo de él, incluido lo que demonios se le pasara por la cabeza. Quería lo más cercano a un matrimonio por amor; quería la confianza e intimidad que había en ellos.

No era una opción para ella dejar que se retrajese.

Soujiro volvió a moverse y, con la nueva postura, notó mucho más el roce sobre ese capuchón que había descubierto que la derretía. Sentía un ramalazo de placer recorrerla cada vez que empujaba en ella y esa tensión que minutos antes había tenido tan cerca hasta que él se había detenido empezó a asomar de nuevo. De hecho, le sobrevino más rápido que la primera vez al inicio de la noche, y cuando culminó, los espasmos de su cuerpo se sintieron más fuertes que en su noche de bodas.

Aún la recorrían las últimas vibraciones cuando notó que Soujiro se movía. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había detenido en el momento en que estalló. Pero en cuanto se deslizó con suavidad hacia afuera, la fricción fue más sensible que al inicio y se tensó. Él se detuvo tras volver a introducirse por completo.

—¿Estás bien?

Misao asintió y Soujiro la besó.

En su noche de bodas también le había sucedido eso, pensó él mientras permanecía quieto. Tras culminar, sus dedos se encontraron apretados en su canal hasta que poco después se había relajado y había podido volver a moverlos con fluidez. Pero esta vez no tenía unos simples dedos; tenía su miembro cómodamente enterrado en ella.

Rompió el beso y apoyó su frente contra su barbilla tras pensarlo. Había sido increíble notarla contraerse a su alrededor; la forma en que le había aprisionado casi le había hecho estallar a él también. Pero se había contenido y, si fuese más listo, debería aprovechar ese momento para salirse de ella y derramarse fuera.

Pero esa opción no era la convenida, razonó con cierta desazón. Le había prometido darle la familia que quería y si hacía lo que su instinto le pedía, no le sería útil a Misao.

Se retiró con cuidado y volvió a hundirse en ella. Igual que la última vez, su cuerpo ya se había relajado lo suficiente como para deslizarse sin problemas. Misao no protestó por el movimiento y eso le dio vía libre para empujar más duro.

No iba a aguantar mucho más; lo sabía incluso antes de que Misao comenzara a mordisquearle el cuello, como si sus jadeos cerca de su oído no fuesen suficientes para estimularle. Era demasiada tentación para él, toda ella acumulándose con intensidad en su miembro, y puesto que ella ya había terminado, Soujiro dejó de contenerse para disfrutar por fin de la liberación que tanto ansiaba.

Misao le abrazó con fuerza al notar contraerse su cuerpo y Soujiro empujó hasta el fondo para dejar su semilla allí. Respiró profundo para recuperar el aliento mientras Misao le acariciaba la espalda y pensó, con un razonamiento más frío, que el orgasmo era uno de los momentos más placenteros y, sin embargo, le había recorrido cierto sentimiento amargo con él.

Se levantó lo justo para observarla y compuso una débil sonrisa en respuesta a su mirada expectante.

—¿Estás bien? —le preguntó ella preocupada.

—Sí, ¿por qué?

—Tienes una expresión un poco rara…

Soujiro suspiró con resignación y se separó de ella para tumbarse a su lado con los ojos fijos en el techo. A veces, que Misao le empezara a conocer tan bien era un problema, porque muchas de sus reacciones ya no las pasaba por alto.

—No es nada importante… Es sólo que tengo la sensación de estar profanando un santuario —murmuró con un matiz cansado.

Misao se incorporó de lado para mirarlo, muy sorprendida por el comentario.

—No soy ninguna santa —se quejó.

Y lo último que quería era que la viera como una. No quería que se reprimiera con ella.

—Lo sé.

—¿Y entonces?

—Porque, por muy ansiosa que estés, no deberías dejar que un hombre como yo termine dentro de ti.

Misao se irguió ultrajada hasta casi sentarse, pero dicha actitud murió cuando, por el movimiento, sintió el líquido entre sus piernas. Las cerró de inmediato para evitar manchar el futón y, con sorpresa, se dio cuenta de que ni se le había pasado por la cabeza que Soujiro había provocado una nueva oportunidad de dejarla embarazada. Estaba tan ensimismada con el hecho de que aceptara ser su esposo y tener una vida conjunta, que ni lo había pensado.

—Pero el acto en sí no te preocupa —reflexionó con confusión—. Y sé que lo disfrutas…

En su noche de bodas no le había importado lo más mínimo cuando ella le propuso consumar su matrimonio y, además, no había mostrado ni un solo remilgo ante el hecho de desvirgarla, que eso sí podría haber inferido alguna carga moral. Sólo se había alterado cuando se había derramado en ella…

Lo que la llevaba a pensar que quizás no le importara intimar con una mujer, pero a lo que sí era reacio era a tener descendencia con ella.

—Son dos cosas distintas —le dijo.

Y ella lo sabía… Lo sabía porque se lo había dicho. Ella provenía de una buena familia, mientras que él tenía los peores orígenes posibles. Una mujer de bien jamás dejaría que el bastardo de una prostituta le tocara un dedo… Y sin contar con el pasado asesino que llevaba a sus espaldas.

Para su desgracia, si lo analizaba con fría lógica, no podía hacer otra cosa que darle la razón. No le extrañaba que Soujiro tuviera esas reticencias con lo cerebral que era. Pero a su corazón le importaba bastante poco quiénes eran sus padres o la vida con la que había tenido que lidiar. Sólo le importaba quién era ahora, y éste era un hombre maravilloso que lucharía por conservar.

—Soujiro, no pienses en lo que yo quiero. Sé sincero con lo que quieres tú… —comenzó ella sabiendo que su respuesta podría hundirla.

Porque no sabía si era reacio a tener descendencia con una buena mujer o, directamente, no quería tener hijos. Con lo primero se le podía persuadir, pero con lo segundo…

—¿Tú… tú quieres tener hijos? —le preguntó con un titubeo.

Él no dijo nada; se limitó a continuar mirando el techo, algo que crispó sus nervios. Ella sí los quería, y aún más deseaba tenerlos con él. Pero tampoco quería forzarle a ello como ya le había forzado a todo lo demás.

Se arrimó a Soujiro cuando el inquietante silencio se le hizo opresivo. Parecía pensarlo con concentración y Misao no supo si no contestaba porque no sabía la respuesta o porque no quería mentir.

—Te preguntaré algo más sencillo: ¿tú quieres tener hijos en breve?

—No.

Rápido y contundente. Misao sonrió con cierto alivio. Al menos, ya sabía que su silencio no era por evitar mentir. Pero si lo pensaba con cuidado, era normal que Soujiro tuviera ese nivel de desconcierto con esa nueva vida. Sólo hacía dos meses y medio que había entrado en su vida solitaria como un vendaval y había arrollado con su rutina. Él ni siquiera consideraba tener una relación; mucho menos una familia e hijos. Y, en cambio, ahí había llegado ella para lanzarle al pack completo. No tenía muy claro cómo aún no había echado a correr.

—Lo siento. No quería sonar tan…

—Puedo esperar… —le interrumpió.

Soujiro por fin la miró, confundido. Misao le cogió la mano y se la llevó al pecho. Pocas personas habían impactado tanto en su vida como lo que había hecho él en ese breve espacio de tiempo. Le había cambiado la vida para mejor; la había sacado de la jaula en la que estaba y ahora se esforzaba por darle lo que ella quería aun en contra de sus propios deseos.

En cambio, ella, no hacía más que exigir. Le había puesto del revés su vida a la fuerza y el pobre apenas había podido decir algo al respecto.

—Lo cierto es que ni siquiera me atrevía a pensarlo a corto plazo porque eso implicaría casarme con vete a saber quién. —Aunque en su fuero interno, sabía que esa persona tenía nombre y apellido y no había cosa que más la echara para atrás—. No pude considerar la posibilidad como inminente hasta que me casé contigo, pero hasta ese momento, no esperaba que llegase rápido. Así que no tiene por qué ser ya. Podemos esperar a acostumbrarnos primero el uno al otro.

—Ya me he acostumbrado a ti.

Misao sonrió y se acercó a él para juntar sus frentes.

—Me refiero al matrimonio y a todo lo que éste trae con él —dijo divertida—. Y entonces, cuando al fin asientes la idea, podremos volver a hablar de esto.

Soujiro la miró perplejo, más que nada, porque era plenamente consciente de la intensidad con la que Misao quería una familia. Pocas cosas le habían quedado más claras con respecto a sus deseos. Por eso, significaba mucho para él que ella cediera de esa manera en esto.

—¿Harías eso por mí? —Su nivel de incredulidad era bastante alto.

—No creo que entiendas lo que sería capaz de hacer por ti —sentenció.

A Soujiro le dio un vuelco el pecho por la emoción de esas palabras y le cogió el rostro para besarla suave pero profundo. Por sorprendente que le pareciera, su cuerpo volvió a calentarse cuando ella se pegó más a él. La instó a quitarse del todo la yukata para iniciar con una inesperada segunda ronda. Y entonces, Misao le puso una mano en el pecho y le separó sutilmente de ella.

—Aunque quizás sí quiero algo a cambio —susurró mientras se ponía roja.

Soujiro se incorporó apoyado en ambos brazos para quitar su peso de ella y la miró con sospecha.

—¿El qué?

A Misao le ardió la cara por completo por lo que le iba a proponer, pero al final soltó:

—Que me digas qué es lo que has pensado hacerme antes.


Notas del fic:

*Dojo: Lugar de entrenamiento.

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que los kimonos.


— * —


Fin del Capítulo 44

6 Mayo 2020


Notas finales:

Y algunas estaréis pensando: «¿Y no se ha acabado el fic? Porque parece que se ha terminado... O sea, están juntos y tal, y...». Pues no, pero como digo, falta muy poquito.

Espero que os haya gustado el capítulo tanto como a mí. Este capítulo es bastante intenso para los protas, porque a pesar de no estar al tanto de lo que sienten el uno por el otro (mira que son obtusos ¬_¬º), dan un paso bastante grande en su relación porque deciden dejar de lado todo aquello que los abocó a ese matrimonio y empezar a sentar sus propias bases. Pero claro... precisamente por no saber lo que sienten entre ellos... pues luego pasa lo que pasa ^o^

¡Saludos!