CAPÍTULO 46: El encargo
Comentarios a los reviews:
Sweetly Weightless Mind: Jajajaja... Es que Kenshin tiene un oído muy fino XD. Y me hacía gracia plantear el escenario de él despertándose por ellos ^o^. En cuanto a que ella se dé cuenta de los sentimientos de Soujiro... En realidad, de lo que se ha dado cuenta es de que «podría» estar enamorado de ella y no saberlo. Aún no lo sabe seguro, pero le ronda la idea.
Dani S: Soujiro es demasiado considerado con Misao XD. Así que, aunque él quiere quedarse con ella, no puede evitar preocuparse de si es recíproco. Sobre que la conversación de Kaoru le abriera los ojos, es lo que he dicho en el comentario anterior. Eso sólo le hace considerar su relación de otra manera, pero no está segura del todo.
Rogue85: Me alegra que te esté gustando. Sobre la conversación de Kaoru, el problema que tiene Misao es que es la que mejor conoce a Soujiro y eso es un muro para ella. No le deja ver cosas en la superficie y que es lo que ven los demás. De ahí que sea importante para que vea más allá de sus narices XD.
Kaoruca: Si te digo la verdad, la escena de Kenshin/Kaoru me salió sin pensarlo. Quería hacer una reflexión de Misao que mostrara que Soujiro le había contado sus fantasías pero no podía ponerlo así sin más. Así que se me ocurrió lo de Kaoru recriminándole haberles despertado. Me hace muchísima gracia pensar en el momento «clave» para Kenshin XD. En cuanto a que Misao se pusiera negacionista otra vez, es casi un reflejo residual que le queda. Se ha pasado tanto tiempo preocupada con eso, que a veces le vuelve a salir. Pero son pinceladas, porque después de esas tres semanas horrorosas que ha pasado, hemos recuperado a la Misao optimista de siempre. Sobre las muestras de afecto de Misao, no las vamos a ver mucho porque después de este capítulo hay un salto en el tiempo, pero el capítulo de hoy te deja una muestra de lo que van a vivir ese tiempo (mucha miel *¬*). Y sobre el encargo... culpa mía por tardar tanto en actualizar T_T . Ya os queda muy lejos el tema T_T
Stefi: Que ya voooooy... relajáos con «Recuerdos olvidados» u_uº. Estoy metiéndole caña al resto de historias para ponerme con ella, así que tranquilas XD.
SlayArmisa: El problema que tiene la historia es que es muy larga para lo que es el transcurso cronológico de la trama. Parece que llevan la vida mareando la perdiz, pero en realidad no hace ni tres semanas que se han casado. Tres semanas no son tanto, pero es que están pasando tantas cosas que parecen una vida XD. Me está pasando lo mismo con el fic de «El resultado del examen» que les tengo a todos locos con el tema de que no terminan de confesárselo, pero es que transcurre todo en un mes. Se os va el concepto del tiempo XD.
Gracias por vuestros reviews *o* Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste XD
CAPÍTULO 46: El encargo
—Es espectacular —decía una maravillada Kaoru mientras revisaba cada detalle de la espada de Soujiro—. Parece una espada de madera de verdad.
—¿A que sí? —dijo satisfecha Misao—. La ha arreglado en cuatro días —remarcó entusiasmada—. Le metí prisa porque se la he quitado a Soujiro sin que se entere. Y ha quedado perfecta.
Kaoru se la devolvió y Misao la repasó de arriba abajo de nuevo. Había preferido que le cambiaran el revestimiento porque eso le daba un mejor acabado que si tuvieran que parchear el hueco y la parte astillada de la madera. De apariencia no era igual que antes, pero sí que lo era su camuflaje. Hasta que no se cogía y la diferencia de peso se hacía patente, era imposible pensar que no era una espada de madera.
—Es un crimen estropear esta obra de arte —comentó Kaoru.
—Lo sé… —corroboró Misao—. Me sentí superculpable cuando vi el estropicio, pero, en cambio, él, ¿te puedes creer que ni se inmutó? Yo habría matado al desgraciado.
—A lo mejor te tiene consentida —replicó con picardía.
—Lo que pasa es que es un bendito… —suspiró resignada.
También era cierto que, en ese momento, la espada era el menor de sus males. Acababan de salir airosos —aunque herida— de un grupo de los Yoshida. Pero tampoco pareció muy preocupado según pasaba el tiempo y el ataque quedó atrás.
Misao miró al frente, aún pensando en la suerte que tenía con Soujiro, y se paralizó. Revisó a su alrededor por inercia, pero entonces se detuvo. En los dos últimos años había evitado el contacto con ese hombre. Más o menos el tiempo en que empezó a ser consciente de la amenaza que suponía para ella.
Pero ya no tenía que volver a esquivarle. Ya no tenía que aguantar su prepotencia sobre ganar a Aoshi tarde o temprano. Y por supuesto, ya no tenía pesadillas en las que ese hombre se convertía en su marido.
Porque las había tenido… y justo antes de la contienda de Soujiro las había tenido incluso despierta.
Nunca se había hecho ilusiones de que se presentara a las contiendas por ella. Siempre había sabido que lo que quería era controlar los Oniwaban-shu. Pero lo que no sabía era que la odiaba tanto que pretendía amargarle la vida. Y si se hubiera casado con ella, habría podido hacerlo.
Ni el día que intentaron matarla, con una herida envenenada en la pierna y varios hombres rodeándola se había sentido tan impotente como lo había estado aquel día en el templo.
Pero eso se había terminado.
Le cogió del brazo a Kaoru y le señaló con sutileza entre el gentío que había en el mercado.
—¿Ves al hombre que va con los dos esbirros? ¿En la curtiduría? —Kaoru asintió según le localizó—. Ése es Sasaki.
Kaoru le analizó con atención y después se dirigió a ella con tono preocupado.
—¿Qué vas a hacer?
Misao sujetó la espada con fuerza e inspiró profundo. No le había visto desde la contienda. Y no era que tuviese muchas ganas de verle, pero ya no tenía con qué intimidarla y eso hacía una gran diferencia.
—Pasar por delante y saludarle.
Aquélla sería su victoria después de tanto tiempo temiendo un futuro incierto por su culpa. Tanto los Oniwaban-shu como ella habían quedado fuera de su alcance.
Pero ni siquiera tuvo que acercarse antes de que él la viese. Y la hostilidad con la que lo hizo fue más que palpable.
—Es raro encontrarte por la calle —comentó él con disgusto.
En realidad, no era extraño. Pero resultaba que siempre que se lo encontraba —y él aún no la hubiera visto—, le esquivaba, lo que podría darle una percepción distorsionada de que no callejeaba por Kioto.
—Es sólo que no coincidimos mucho. Es una ciudad grande —justificó.
—¿Y no será que te han relegado a tu sitio? —mencionó sardónico.
Misao se tensó por la intención que llevaba su pregunta, recordándole una vez más lo que ese hombre quería haber hecho con ella. De verdad que no sabía a quién tenía que rezar por haberle puesto a Soujiro en su camino.
—Me he tomado la mañana libre porque hace un buen día y tengo visita por mi reciente matrimonio —respondió con una sonrisa. Kaoru saludó y a Sasaki se le tensó la mandíbula—. Pero sigo estando muy ocupada liderando a mi gente —especificó sin necesidad, pero recalcándolo.
—Ese hombre es un imbécil —escupió.
—Que sus intereses sean justo lo contrario a los tuyos, no lo convierten en un imbécil. Es más, estoy encantada por que sea así.
—Lo que siempre has necesitado es que alguien te corrigiera para que dejaras de jugar a ser un hombre.
—Entonces tiene que dolerte que lo haga mejor que tú —le provocó.
Aquello era como una gran venganza. Misao no podía dejar de regocijarse por dentro —y posiblemente, también se viera por fuera— por verle enfurecido. Se le había alterado hasta la respiración y estaba convencida de que quería golpearla.
Lo que no esperó fue que lo intentara.
—Debería hacerlo de todas formas.
Misao lo detuvo con el brazo libre, pero él aprovechó para aferrárselo y empujarla contra él. La agarró del cuello y tuvo el impulso de separarse de él, aunque sin resultados por la fuerza que ejercía sobre ella.
—No te acerques, mujer —le dijo uno de los subordinados a Kaoru cuando ésta se revolvió por el ataque.
Pero al mismo tiempo que Kaoru reaccionaba, Misao hizo justo lo contrario a ella: dejó de defenderse. Porque se dio cuenta de que, de hecho, ni siquiera tenía que hacer el esfuerzo.
—No pasa nada, Kaoru —la tranquilizó Misao.
—¿Temes lo que le pueda hacer a tu amiga? —rio socarrón.
—No, es sólo que no puedes hacerme daño. —Le miró fijamente y sonrió—. O, al menos, no sin sufrir las consecuencias. Recuerda que, a diferencia de ti, mi marido me adora —exageró con una dulzura nada propia de ella—. Creo que no se tomaría muy bien que alguien me hiciera daño. Eso podría conllevarle mucho dolor.
Y, como bien sospechaba, eso consiguió que la soltara de una forma muy eficiente. La mirada con la que la fulminó dejaba claro que la palabra «descuartizamiento» estaba en su mente, pero Misao no perdió la sonrisa ufana en ningún momento.
Ni cuando por fin se marcharon los tres.
Kaoru se acercó a ella, algo desorientada por la escena.
—¿Le has amenazado con Soujiro? —inquirió perpleja. Misao se encogió de hombros—. Esa actitud no es muy propia de ti.
Misao se giró hacia ella y señaló a la distancia por donde se habían ido los tres.
—Ese hombre casi gana a Aoshi y él es el miembro más fuerte de los Oniwaban-shu. En los últimos tiempos me ha martirizado con ello porque sabe que no podría defenderme de él. Pero ¿sabes la cara que se le quedó cuando Soujiro le amenazó en la contienda? —No lo olvidaría ni aunque pasaran mil años—. Puede ser rastrero, pero se lo merece por lo que me ha hecho pasar.
—Vale… —concedió al momento.
Era evidente que todo lo que involucraba a ese hombre la dejaba susceptible. No se lo había dicho con mala intención. Simplemente, la había sorprendido. Misao siempre había sido una mujer resolutiva y ver que utilizaba a Soujiro como escudo, la había dejado de piedra. Pero entendía que ese hombre le había amargado la existencia y, como bien decía, ella no había sido capaz de defenderse de él. Era como un abusón del que por fin podía deshacerse y no podía culparla por querer desquitarse por una vez.
Misao recuperó el buen humor en cuanto retomaron la marcha, con la única y exclusiva preocupación de conseguir evitar a Soujiro cuando llegara al Aoiya. A Kaoru la asombró que se desentendiera tan rápido del suceso reciente, pero era obvio que Misao se encontraba en esa fase que había mencionado antes del mundo de arcoíris. Parecía incluso más feliz que al principio de la mañana.
Cuando por fin llegaron al Aoiya, se encontraron a Kenshin jugando con Kenji en el pequeño jardín y con Ryoko dormida a su lado. Misao ni siquiera le saludó:
—¿Sabes dónde está Soujiro? —interrogó sin perder tiempo. Su objetivo era llegar a su habitación y dejar la espada en su sitio sin tropezarse con él.
—No lo sé… Por aquí no se ha pasado.
—Será mejor que no te entretengas —le sugirió Kaoru.
—¿Ya habéis vuelto?
Misao prácticamente saltó hacia atrás del susto cuando le vio aparecer por el pasillo. Escondió en el acto la espada y su nerviosismo aumentó con cada paso que daba hacia ellas.
—Kaoru… —susurró a modo de ayuda.
Su amiga se acercó a ella y le quitó la espada que escondía en su espalda al tiempo que le susurraba que la dejaría en su habitación.
—¿Qué os pasa? —les preguntó con sospecha.
—Nada —contestó Misao al momento.
Kaoru se excusó ante Soujiro por tener que irse a su habitación y pasó por su lado sin darle la espalda en ningún momento. Por supuesto, él la siguió suspicazmente con la mirada.
—Soujiro —intentó atraer su atención—, ¿a que no sabes a quién me he encontrado de camino a casa? —Recibió por respuesta una especie de gruñido a modo de afirmación, pero no consiguió que desviara sus ojos de Kaoru—. Soujiro… —llamó de nuevo—. ¿Cariño?
Giró la cabeza tan rápido que por un momento Misao pensó que se iba a desnucar. Tuvo que hacer el esfuerzo de no sonreír ante semejante reacción. Soujiro la miraba sin parpadear siquiera, como si no estuviera seguro de que hablara con él.
—¿Sí? —dijo por fin.
—¿A que no sabes a quién me he encontrado? —repitió. Él negó y Misao supo que no iba a entrar al juego de dar nombres, así que respondió—: A Sasaki y dos de sus secuaces.
Eso sí que concentró toda su atención en ella.
—¿Ha pasado algo?
—Sí y no —dijo de forma enigmática—. Sigue bastante disgustado por que te adelantaras a él, así que me ha amenazado con hacerme daño.
—¿Qué?
—Pero entonces le he dicho que te lo tomarías bastante mal y que tú le harías mucho más daño a él y lo ha reconsiderado. —Soujiro la miró de hito en hito hasta que asintió aliviado—. ¿Te molesta que haya dicho eso?
—¿Por qué iba a molestarme? Es la verdad. —Como mínimo, los huesos del incauto serían la siguiente comida de los perros de la ciudad. Nadie tocaría a Misao sin sufrir mucho por ello.
Soujiro se sorprendió cuando ella le abrazó tan de repente, aunque él se lo devolvió apoyando su barbilla contra su cabeza. Que Misao le diera de pronto esas muestras de afecto públicas, le dejó un poco desconcertado. Sólo le abrazaba cuando estaban en su habitación o extasiada de emoción —que entendía que ése no era el caso—. Y por supuesto, nunca le había llamado «cariño».
Pensarlo le dejó una reconfortante sensación por todo el cuerpo. Debía ser motivado por el acuerdo al que habían llegado la noche anterior, aunque él realmente no había esperado que ella se comportara de una forma diferente. Pero verla feliz dando esas muestras afectivas le hacía saber que ella no se sentía condicionada por el matrimonio, lo que lo relajaba como pocas cosas lo hacían. Y, por sobre todo, le daba pie a dárselas él.
—Lo digo porque, mientras volvía a casa, he pensado que te estaba utilizando como si fueses un arma —comentó cohibida—. Y eso es lo que hacía Shishio contigo, y yo no quiero hacerte sentir así.
Soujiro sonrió y la apretó más contra él.
—Créeme que prefiero que avises a todos de las consecuencias de ponerte un dedo encima, que hacerme ponerlo en práctica. —La separó un poco de él y le acarició la mejilla—. Eres mía para protegerte.
Misao sonrió feliz y le apretó la mano.
—Y tú eres mío también. —Él asintió y Misao se terminó de soltar del abrazo—. Por cierto, ahora voy a ir donde Kaoru, que he recordado que tengo que comentarle una cosa… —dijo mientras giraba en torno a él y seguía pasillo adelante—. Nos vemos luego.
Y salió corriendo.
Soujiro oyó sus pisadas por la escalera y, posteriormente, por el piso de arriba. Y se dirigieron a su habitación, no a la de Kaoru. Miró al jardín donde estaba el resto de la familia Himura sólo para encontrarse a Kenji mirándole con una atención desmesurada y a Kenshin haciendo un caso innecesario a una niña dormida.
—¿Qué escondía su mujer? —le preguntó a Kenshin.
—Yo no he visto nada —mintió.
Y Soujiro sabía que mentía porque no había manera de que no lo hubiera visto. Puesto que Kaoru lo había escondido en su espalda y se había preocupado de no mostrársela a él, eso hacía que Kenshin sí lo viera.
—Era una…
—¡No! —reprendió al instante Kenshin a su hijo—. Tú no has visto nada tampoco.
El niño miró enfurruñado a su padre, pero no dijo nada.
—Ya veo… —murmuró Soujiro. De modo que tendría que enterarse él mismo—. Ahora vuelvo.
Se dirigió a su habitación sin demora y se encontró a Misao con aire culpable junto a la cómoda.
—¿Qué escondes?
—Nada… sólo estoy recogiendo cosas de la habitación —respondió con tono inocente.
Soujiro revisó la estancia y vio que no había nada fuera de su sitio. Misao era una mujer muy organizada.
—A mí me parece que está todo ordenado —le dijo al descuido.
—Uff, qué va… mira cómo está todo. —Apuntó al pulcro tocador y se acercó hasta allí—. Todo esto debería estar guardado. —Cogió una caja donde guardaba las horquillas y se la dio—. ¿Por qué no me ayudas y metes esto en el cajón de abajo de la cómoda?
Soujiro estudió la caja que siempre estaba en el tocador con sospecha, y después la miró a ella. Y por fin lo entendió.
Sonrió.
—¿Eso quiere decir que cuando abra el cajón para meter esto, mi espada desaparecida habrá vuelto mágicamente a su sitio?
Misao abrió la boca fastidiada y le quitó la cajita de la mano para dejarla en su sitio.
—¿Lo sabías?
—¿Que faltaba mi espada? —Su sonrisa se amplió—. Sí.
—Pero ¿qué pasa? ¿Es que miras todos los días el cajón para ver si está?
No, en realidad, se había enterado hacía dos días de casualidad, pero eso prefirió guardárselo.
—Te he visto mirar mi espada con adoración. Que me la quisieras quitar era una posibilidad.
Misao le dio un fuerte golpe en el brazo por ese comentario y Soujiro protestó.
—¿En serio piensas que te robaría? —reprochó ultrajada.
—Era una broma…
Misao se tensó. Como no estaba nada acostumbrada a que Soujiro hiciera bromas, había pensado que lo decía de verdad. Y eso le había sentado fatal.
—Ah… perdona —se disculpó. Se acercó a él y le frotó el brazo con cuidado para mitigar el dolor—. No me he dado cuenta…
—Se me olvidaba que no tengo buen sentido del humor —suspiró resignado.
—No, no… Esta vez ha sido culpa mía… Es la falta de costumbre; pensaba que me lo decías de verdad.
Soujiro le cogió el brazo con el que le frotaba y le dio un ligero apretón en la mano.
—A ver qué has hecho… —le dijo acercándose a la cómoda con ella tras de él—. Porque entiendo que la has llevado a arreglar —especuló.
—Espero que te guste.
Soujiro abrió el cajón y encontró la espada puesta incluso de la misma forma en que había estado desde que la metió allí. Sin embargo, no parecía su espada. Misao no le había hecho un simple arreglo a la rotura que tenía, le había cambiado todo el revestimiento. La madera era de un color algo más oscuro que la de origen y, por lo tanto, el mango y la guarda habían sido retocados también.
Soujiro la sacó del cajón y la estudió de arriba abajo. Era un trabajo muy bueno; seguía pareciendo una espada de madera auténtica.
—¿Te gusta? —Él asintió—. Le dije al ebanista que la hiciera de nuevo porque no quedaría bien si sólo retocaba la parte dañada. Así queda mejor. Y ya que estaba, le dije que puliera el mango y la guarda para renovarlos. ¿Te parece bien?
—Ha quedado perfecta. Gracias.
—También le pedí que hiciera un mecanismo de cierre. —Soujiro la miró y Misao le cogió la espada para mostrárselo—. Antes se podía salir la espada si hacías un mal gesto con ella, pero ahora, a menos que aprietes aquí, la vaina no se deslizará. —Misao apretó un pequeño saliente bajo la guarda y pudo sacar la espada un par de centímetros para mostrárselo—. Esto es más seguro. Así evitarás que la puedan ver por accidente, pero tienes que acordarte de pulsarlo si luchas con ella.
Misao envainó la espada y le miró expectante por su respuesta. Lo que no esperó era encontrárselo observándola a ella con una sonrisa feliz que le quitó el aliento.
—¿Qué?
Soujiro la sujetó por la nuca y la besó… y no fue un beso casto. Fue exigente y, por eso, la espada se le deslizó de las manos y cayó al suelo con un estruendoso sonido que a ninguno de los dos les importó. Le pasó los brazos por los hombros cuando sintió que su cuerpo se convertía en gelatina, pero no dejaron de besarse hasta que la falta de aire los dejó sofocados.
Soujiro se separó de ella y rio al coger la espada del suelo. Misao se tuvo que agarrar a la cómoda para no caer. No sólo tenía las piernas inestables, sino que el corazón se le detuvo cuando se dio cuenta de que podía ver los dientes de la sonrisa de Soujiro. Él estaba feliz y a Misao estaba a punto de darle un ataque por ello.
—¿Eso es que te ha gustado?
—Me encanta.
Y eso era quedarse corto. Sabía que Misao quería arreglarle la espada desde que le había dañado la cobertura de madera, pero no esperaba que se la retocara entera e incluso le pusiera un seguro. Pero por si eso no hubiera sido suficiente, Misao había respondido a su avance. Estaba tan feliz por ello, que sentía que el corazón se le saldría por la boca.
La deseaba mucho… y después de la conversación de esa noche en la que ella había dejado en pausa el tema del embarazo, le había sobrevolado la idea de que quizás no dejara que la tocase en esos términos si no podía conseguir el objetivo final. Pero no parecía para nada reacia y ahora sentía que no podría quitarse la sonrisa de oreja a oreja que tenía en todo el día.
—Me alegra que te guste. Está tan cambiada, que pensé que podría molestarte —le confesó aliviada.
—¿Cómo no iba a gustarme? Es el primer regalo que me haces… después de ti misma, claro.
—¿Regalo? Espera… ¿yo?
Misao se puso muy roja cuando entendió a qué se estaba refiriendo y dejó de agarrarse a la cómoda para tapar su cara con las manos. Sentía que se iba a derretir del calor que sentía.
—Yo no fui un regalo —gimió mortificada—. Y esa espada es tuya. Yo sólo he arreglado lo que estropeé.
Soujiro dejó la espada en el cajón y cogió los brazos de Misao para quitárselos de la cara y poder verla.
—Para mí, ambos lo son.
Como ni siquiera contemplaba mirarle con el bochorno que tenía encima, Misao se apoyó contra su hombro y escondió su rostro allí. Pero ese calor que sentía se empezó a extender al resto del cuerpo cuando notó la mano de Soujiro meterse entre sus ropas.
—Voy a hacerte lo que hablamos ayer —susurró en su oído.
Misao se tensó y le miró aturdida.
—¿Tú a mí? —¿Eso también se podía hacer?, pensó desconcertada. Él asintió, y a Misao se le aceleró el corazón de la impresión—. ¿Ahora? Pero ¿si es mediodía?
—Eso no importa…
Soujiro la besó y la hizo retroceder hasta el tocador.
—Espera… Habría que sacar el futón.
—No hace falta.
Le subió la yukata* hasta la cintura y la sentó en la fría superficie. Misao, mortificada por estar a plena luz del día y con Soujiro abriéndole las piernas para situarse entre ellas, se agarró a los bordes del tocador y gimió abochornada.
Sin embargo, toda esa vergüenza se perdió en el olvido cuando sintió el primer recorrido de su lengua que la dejó temblorosa y con ganas de más. Y por supuesto, eso hizo que en su cabeza se instalara la sólida idea de darle muchos más regalos de ahí en adelante.
Notas del fic:
*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que los kimonos.
— * —
Fin del Capítulo 46
1 Junio 2020
Notas finales:
Yo no sé ni para que sigo... Si son súpermonos como están *o*. No hago más que escupir corazoncitos, de verdad *o*
En fin... a partir del próximo capítulo empieza la recta final, muajaja. Lo más seguro es que el capítulo intermedio me faltaba sean dos al final, pero más o menos tengo el resto (hay mucho que modificar porque desde que escribí el final se han cambiado cosas, pero más o menos está). No veo la hora de terminarlo *o*
Espero que os haya gustado el capítulo ;-D
¡Saludos!
