CAPÍTULO 48: Celos
Comentarios a los reviews:
Sweetly Weightless Mind: La verdad es que el tema del contexto machista la gente lo tiende a olvidar mucho. Aquí me he encontrado varias veces comentarios sobre si Misao no haría esto o permitiría aquello y tengo que recordarles en dónde está ambientada la historia. Japón es un país machista en la actualidad, no te digo nada hace siglo y medio. Por suerte, en ese aspecto, tal y como presentó el autor a Soujiro, da pie a hacerle permisivo, y eso a su vez, permite que Misao pueda también ser ella misma. Sin embargo, eso no impide que haga mención a aspectos sociales que Misao está pudiendo esquivar, pero que ahí están. Sobre lo que piensa o deja de pensar Soujiro, es que el pobre tiene un lío bastante grande. Misao le está generando una inseguridad importante que va a llegar a su punto crítico en este capítulo »_«. Y en cuanto a mis tramas (MAEC en una esquina abochornada por las cosas tan bonitas que le decís *o*), pues te vas a reír, pero muchas de ellas salen por leer otros fics en los que prácticamente me horrorizo de ver lo que han hecho. Entonces mi SubC toma las riendas y crea la historia que me habría gustado leer ^_^º. Así que básicamente escribo las historias que quiero leer, pero que nadie me ha escrito ^_^º
Kaoruca: Yo más bien diría que Soujiro se autoconvence de lo que más le conviene con respecto a Misao. Así vive más tranquilo. Pero lo que está pasando ahora le hace ver la cruda realidad y, claro, pasa lo que pasa T_T. En cuanto a ver madurar más su relación... en algún momento hay que parar ^o^. Y esto ha sido muy largo, merecen quedarse los dos felices por fin *o*. Sobre la trama de niños o no niños, esto es algo que se resume en la charla que tienen Misao y Megumi antes de que se fuera. Es un anhelo de Misao exacerbado porque no podía conseguirlo. Así que en cuanto vio que tenía una oportunidad (y con fecha de caducidad) se impacientó. Pero como después Soujiro y ella llegaron a una especie de acuerdo más definitivo, se le relajó las ansias en pos de Soujiro (que todo esto le sobrepasa). El objetivo de Misao sigue siendo claro, pero se lo toma con más tranquilidad. Además (ahora que estamos en el final y ya puedo contarlo), el tema de los niños estaba enfocado a generar impaciencia en la historia, pero no iba a ocurrir. No quería que la historia de ellos pudiera emborronarse con el consabido «estamos juntos porque hay un crío de por medio». Tengo una hojita muy mona donde tengo apuntados los ciclos menstruales de Misao para acomodar la historia (y los lemons peligrosos) de acuerdo a sus días «seguros» XD. Vamos, que no iba a suceder XD
Estefi: No queda nada: 3 capítulos y el epílogo. Y este lo he subido una vez asentado el contenido del segundo, porque no tenía claro si iría en uno o en dos. Pero sí, al final da para dos caps ^_^º. Y me alegra que te gusten tanto mis historias y las disfrutéis tanto como yo *o*
KHWeikath: Joé, tendríais que estar tan felices como yo de que la historia por fin acabe XD Porque aunque empecé a subirla en 2017, yo la empecé en 2014. Para mí esto es como la construcción de la "Sagrada familia": no veo el momento de acabarlo. Y espero que el final sea la guinda del pastel porque me suele dar bastante miedito cargarme una buena historia al hacer un mal final. Pero bueno, lo retocaré lo que haga falta XD. Sobre tu comentario de la relación de Soujiro con Misao, es lo que le he dicho a Sweetly: Misao le ha generado una inseguridad a Soujiro tremenda. Él la quiere y piensa que lo sabe, y sin embargo, lo que percibe que ella quiere de él es lo que le aporta como marido (algo que, a fin de cuentas, lo puede hacer cualquiera :-S). Así que entre su charla con Kenshin y lo que sucede en este capítulo, le va a estallar una bomba de realidad en la cara T_T . Me ha hecho mucha gracia lo que comentas de la pareja AoshixMisao. Cuando yo hablo de mi fic, siempre digo que es de una "supuesta pareja crack" XD. No sé por qué pero tengo una sensación desapegada con AoshixMisao a pesar de que la gente se escude en que lo dijo en una convención. Imagino que es porque no me lo han contado y por eso lo mismo puede ser Aoshi como Sanosuke como cualquier otro. Porque si lees el manga no hay ninguna historia ahí más allá de un enamoramiento infantil enquistado y un tío que parece que sólo acabaría con ella por "pesada". Lo de Hokkaido no lo sabía porque no sigo esa historia, pero más a mi favor me lo pones ¬_¬º. Aquí Soujiro se desvive por ella, que se lo merece *o*. Por cierto, que me deja supercontenta que os esté gustando tanto esta pareja como a mí *o*. Yo los adoro a muerte *o*. Creo que ya lo he dicho alguna vez, pero estoy convencida de que Aoshi amargaría a Misao, por eso para mí Soujiro es una mejor opción. Ella es muy expresiva, algo que le viene bien a Soujiro para reincorporarse un poco en la sociedad XD, y él es mucho más receptivo del entusiasmo de Misao. Ella no notaría tanto que su positivismo cae en un pozo vacío sin fondo (oséase, Aoshi ¬_¬º). En fin, me alegra que te guste el Soujiro de este fic, en realidad es como me lo imagino después de lo que ha vivido. Tiene que ser difícil readaptarse y quise escribir sobre ello. Y al igual que tú, no entiendo que la gente no explote esto porque es lo más interesante de este personaje, sin dudas. Ni sé por qué se lo saltan ni por qué le convierten en Kenshin. Con lo mono que es por sí mismo *o*
Siento mucho la chapa, pero es que me habéis escrito reviews muy largos *o*. Gracias a todas por escribir *o* Os dejo ya con el siguiente capítulo que viene intensito. Espero que os guste *o*
CAPÍTULO 48: Celos
Era más propenso a hacer los trayectos de noche, pero como el siguiente viaje que había en dirección a Kioto era por la mañana, había tenido que meterse un montón de horas en aquella máquina sin otra cosa que hacer que rumiar sus problemas.
Tener que hacer frente a la posibilidad de que la situación actual de su matrimonio pudiera terminar era una pastilla difícil de tragar. En dos meses se había acostumbrado a una vida absurdamente feliz y su cabeza había tenido la genial idea de desechar cualquier contradicción que pudiera haber encendido la alarma. Pero esa alarma estaba ahí para algo y él la había ignorado por su propia paz mental.
Porque el hecho de que Misao le aceptara como marido «definitivo» no implicaba que no encontrara a alguien después. Por mucho que estuviera convencida, nadie sabía lo que el futuro le deparaba. Él había estado convencido de no encontrar a nadie; Himura lo había estado de no volver a casarse. Y Misao tenía mucha vida por delante como para cerrarse esa posibilidad.
El problema venía porque no podía ni siquiera concebir qué pasaría si Misao se enamorara de alguien. El retortijón que sintió en el pecho al pensarlo le hizo inspirar profundo y supo que ese hombre no podía acabar bien. Miró por la ventana, horrorizado de que no pudiera aceptar la existencia de dicho hombre e intentando calmarse al decirse una y otra vez que Misao era libre de ello.
Por mucho que ella lo aceptara, su matrimonio seguía siendo de conveniencia. Ella se libraba de los problemas que su condición de mujer le estaba acarreando y él se recreaba con una vida feliz con la mujer que amaba. Un acuerdo en el que estaba seguro de que era él quien más ganaba y por eso ella podía darlo por finalizado cuando necesitará más. Y en el momento en que aún estaban, todavía podían romperlo si ese hombre entraba en su vida. Pero no quería pensar lo que haría si eso sucediera cuando sus vidas estuvieran comprometidas.
Ése era el pacto al que habían llegado: si formaban una familia, no se separarían. Pero si después llegaba ese fastidioso hombre, ella podría querer mantenerlo como amante.
Y no lo soportaría… sabía que no soportaría su infidelidad por mucho que lo fuese por el hombre que amara. No lo soportaría… Ese hombre moriría por su incapacidad de compartirla, y Misao pasaría de aguantarle por evitar que se llevara a sus hijos, a odiarle a partir de ese momento.
¿Cómo podía haberse olvidado de todo eso? ¿Tan desesperado estaba de sentir la felicidad con ella que había pasado todo aquello por alto?
Pero claro que lo estaba, se mofó él mismo. Por eso su matrimonio había evolucionado como lo había hecho: por su desesperación por tenerla. No había sido feliz en su vida hasta que la conoció; era normal que se aferrara a algo tan grande de esa manera.
Sin embargo, lo que no se había esperado encontrar en ese pequeño paraíso era un infierno propio desconocido. Uno en el que temía que le pasara algo, o que le dejase por otro, o cualquier otra causa que implicara su salida de su vida. Era un lugar donde le corroían las dudas y los celos hasta cegarle tanto que no veía la realidad.
Cuando dejó el tren y cogió la diligencia que le llevaría a Kioto, aún no tenía ni idea de qué demonios iba a hacer. No sabía si ignorarlo como hasta entonces, abandonarla o hablarlo con ella.
Y quizás por cómo se había desarrollado ese día, le sentó tan mal la escena que se encontró en el Aoiya. No era nada extraño; nada que no hubiera visto antes. Misao estaba reunida en el despacho que usaba Minagawa para la contabilidad del restaurante y la organización, y la estaba oyendo reírse a carcajadas desde el inicio del pasillo. Misao era una mujer de risa fácil; lo había sido desde que experimentó aquella mejoría en el hospital. Pero fue consciente, como nunca, de que no podía saber lo que hacía con otros hombres de la organización cuando él no estaba.
Llevaba casi tres semanas fuera y, de hecho, no tenía previsto que volviera aún. Misao estaba en la posición privilegiada de poder sacar a su inoportuno marido fuera de casa o marcharse ella misma bajo una excusa viable y así verse con los amantes que pudieran surgirle. Eso implicaba que podía llegar a tener alguno en su propia casa… y sin enterarse.
Abrió la puerta cuando el fuego interno estuvo a punto de chamuscarle y lo primero que vio fue a Misao despatarrada en una silla con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos lagrimeando por la risa. Minagawa la miraba divertido desde el otro lado del escritorio, con sus brazos reposados sobre la superficie y su cuerpo reclinado hacia ella.
Su atención se desvió hacia la puerta nada más oír el ruido de ésta abrirse y se irguió en su silla para mirar con cierto desconcierto al intruso que había interrumpido su charla. Misao giró la cabeza hacia atrás y se sobresaltó al verle.
—¡Soujiro! ¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida.
—¿Es un problema? —aseveró.
—Depende de las noticias que me traigas —contestó divertida ella. Se levantó de su sitio y se dirigió a él para abrazarle—. Nadie me ha avisado de que venías. —Misao suspiró en cuanto se acomodó en su pecho—. Te he echado de menos.
Soujiro miró por encima de su cabeza al hombre que los observaba con una expresión de curiosidad en el rostro. Hasta que no había tenido su conversación con Himura, no se había parado a pensar que algún hombre de la organización pudiera tener segundas intenciones con ella. Y el mayor problema que había ahora era que ya nada podía demostrarle que Misao le fuese fiel.
Le acarició la mejilla y le hizo mirarle.
Porque ya no había nada que pudiera demostrarle que no estaba dejando a otros hombres tocarla, máxime cuando podía permanecer fuera de casa tanto tiempo alejado de ella.
Le acarició el labio inferior con el pulgar y después la besó. Misao se tensó como la cuerda de un arco en cuanto lo hizo y le agarró la ropa con inquietud. Pero a él le importó bastante poco que hubiera espectadores; de hecho, por eso lo estaba haciendo. La besó en profundidad, de forma muy exigente, hasta que pareció olvidar que había otro hombre mirando y por fin se lo devolvió.
La separó de él en cuanto se sintió satisfecho por ese reclamo y escondió el rostro sonrojado de Misao contra él para que Minagawa no lo viera. El aspecto de una Misao seducida era una imagen que sólo él tenía derecho a ver.
—Soujiro…
—Yo también te he echado de menos.
—Ya veo… —murmuró temblorosa.
Soujiro observó al hombre que se había puesto a leer documentos al azar que había en el escritorio. El nivel de incomodidad que presentaba era bastante alto y eso le regocijó más.
—Ven conmigo —le ordenó, aunque en realidad podía habérselo ahorrado porque tiró de su brazo sin esperar su consentimiento.
—¿A dónde?
Sólo tuvo que ver su cara para saberlo. Misao gimió de mortificación cuando sospechó que Osamu también lo había entendido. A fin de cuentas, una cosa era saber que practicaban sexo como el matrimonio que eran, y otra muy diferente, que supieran que lo iban a hacer en ese momento.
—No puedes hacerme esto —le dijo abochornada cuando llegaron al primer piso y dejaron atrás al oyente inoportuno—. Estoy segura de que sabe para qué me has sacado del despacho.
—¿Y te preocupa que él lo sepa? —reprochó traspasando la puerta de su habitación.
—¡Claro que me importa! A diferencia de ti, yo sí tengo vergüenza —se defendió.
Soujiro la giró y le deshizo el obi* de su traje ninja.
—No voy a hacerte nada que no piensen que ya te he hecho.
—Eso no implica que tengan que saber que lo haces justo ahora —recriminó.
Soujiro le quitó la parte de arriba dejándola sólo con las vendas y la empujó hacia el tocador. Le lamió el cuello mientras metía las manos por el borde de las apretadas tiras y ejercía fuerza para bajárselas. Misao protestó cuando éstas cedieron y sus pechos quedaron al aire libre.
—Deberíamos extender el futón —le propuso temblorosa.
—Aquí estamos bien.
Le cogió ambos pechos con las manos y presionó su cuerpo a su espalda. Misao gimió alto cuando pinzó y tiró de sus dos pezones a la vez. Apretó su dureza contra sus nalgas y ella estiró un brazo para estabilizarse con la pared; un gesto que visibilizó aún más su enorme cicatriz. Se la besó, con el pecho contraído al pensar lo cerca que había estado de matarse por su imprudencia. Había tenido más posibilidades de morir en ese trayecto a casa que de sobrevivir; pero allí estaba: para revolver todo su mundo con buenos y malos sentimientos.
Le aflojó los pantalones cortos y se los bajó hasta el suelo ayudándose con la pierna. La sacó de ellos e instó a que abriera sus piernas para posicionarse en ellas.
No la había traído a Kioto para que otro hombre se metiera en su territorio.
Se aflojó el hakama* y sacó su miembro erecto fuera. La cogió por las caderas y se impulsó con un fuerte empujón hasta el fondo. Misao se quejó con un sonido que rayó el dolor y apoyó también el otro brazo contra la pared.
—¿Te he hecho daño?
Le había costado entrar, pero lo había hecho sin miramientos, hundido como estaba entre sus celos. Porque cada vez que pensaba que en esas semanas que había estado ausente podría haber dejado que otro hombre la tocara, los celos se lo comían vivo.
Misao jadeaba entrecortado al tiempo que sentía pequeñas contracciones a su alrededor, pero después negó con la cabeza y fue todo lo que necesitó para continuar. Lo hizo al principio con cuidado, consciente de que se había humedecido, pero no lo suficiente; de ahí que la fricción en su interior fuese tan intensa. Y por eso pensó, que quizás no le había llegado a hacer daño como tal, pero había tenido que ser molesto para ella.
Se retiró con suavidad y volvió a hundirse en su interior. Gimió, aunque está vez había desaparecido el matiz anterior. Le acarició los pechos con algo más de cuidado, la besó en el cuello hasta ponerle la piel de gallina y por fin Misao suspiró de placer. Sintió que poco a poco su canal se humedecía sobre él y se anchaba a su paso, y fue con eso que empezó a aumentar el ritmo de sus embestidas.
Reclinó un poco más su cuerpo y al instante sintió que podía llegar más profundo, aunque le surgiera a la vez un sentimiento instintivo de no poder llegar lo suficientemente dentro, de no ser capaz de marcarla ante otros hombres de una forma eficiente. Era su marido; se suponía que era suya, pero como bien indicaba su propio nacimiento, las mujeres podían tener los amantes que quisieran, incluso los hijos de quien quisiesen…
Esa idea le corroyó como ácido por dentro. Misao quería unos hijos que hasta la fecha él se negaba a darle. Pensar que podía permitirle a otro engendrar sus hijos para hacerlos pasar después por suyos, le quemó las entrañas con la intensidad de la misma lava.
Empujó fuerte a punto de liberarse y Misao volvió a protestar, pero no cejó en su empeño de marcarla a como diera lugar. Era suya, y si algún suicida le ponía un dedo encima, sería hombre muerto.
—Misao… —masculló en advertencia.
—Espera un poco… —le pidió entre jadeos—. Casi estoy.
Pero no podía hacerlo. Estaba sobreexcitado por ella, por la rabia y por los celos. El instinto de marcarla le cegó por completo y empujó fuerte en ella cuando se liberó. La oyó gritar su nombre en la bruma del placer y un segundo después su canal comprimió su miembro con unos espasmos que le dejaron vacío.
Le acarició las caderas mientras disfrutaba de los últimos estremecimientos que recorrían su cuerpo. Misao había quedado echada sobre el tocador y respiraba con esfuerzo para serenarse. Se inclinó para llegar al cajón de abajo y cogió uno de los paños que ahí guardaban para estos casos. Salió de ella, se limpió antes de acomodarse la ropa y después se ocupó de Misao.
Saber que había terminado dentro de ella por primera vez en meses, no le horrorizó tanto como el hecho de haberla sometido a una especie de castigo sexual por sus celos infundados. La instó a incorporarse, puso el paño sobre la superficie del tocador y la sentó sobre él. Misao le miró con una sonrisa maliciosa con la que le dio un vuelco el corazón.
—Sí que me has echado de menos —rio pícara—. Esto no me lo esperaba.
—¿Estás bien?
—Nunca habíamos hecho esto así, en plan… desenfrenado —definió muy sonrojada. Le puso las manos en los hombros y le acercó a ella—. Ha sido muy excitante. Creo que voy a perdonarte el bochorno que me has hecho pasar abajo —susurró contra sus labios antes de besárselos.
Soujiro se lo devolvió sintiendo que su alma volvía a su cuerpo al verla con ese ánimo cuando al terminar había llegado a pensar que le había hecho daño. La agarró de la cintura y se pegó más a ella al ubicarse entre sus piernas. Misao le acarició el interior de su boca con una seducción lenta que envió calor por sus venas y se estremeció al pensar que podría habérsele ido la cabeza del todo y, en vez de estar recibiendo ese beso candente, estar viendo sus lágrimas.
Le acarició la mejilla, conmocionado, y Misao frunció el ceño al verle.
—¿Por qué tienes esa cara?
—Tengo miedo de lo que pueda hacerte —confesó—. Se me ha vuelto a ir la cabeza.
Ella le miró extrañada, aunque después sonrió.
—Te aseguro que yo no tengo ningún problema —replicó divertida—. Cada vez que te pasa, yo lo disfruto mucho. —Le abrazó y frotó su mejilla contra la de él—. Cariño, todo está bien… —le susurró tranquilizadora. Le acarició el cabello y suspiró complacida aferrada a su cuerpo—. Estoy tan feliz de que estés aquí…
Soujiro la abrazó fuerte e intentó con todas sus fuerzas desechar esos amargos pensamientos que le habían invadido al llegar. Misao era feliz con él; mientras ella se lo dijera, no debería perder eso de vista, por mucho que le abrumaran los celos hasta hacerle sentirse irreconocible, igual que si fuese otra persona.
Se separó de ella y le mostró una sonrisa.
—Te dejo para que te laves. —Misao asintió, sabiendo ambos que estaban omitiendo deliberadamente el punto clave—. Luego te comento lo sucedido en Tokio.
Soujiro salió de la habitación entre preocupado y aturdido. No se lo había dicho en broma: realmente temía que pudiera hacerle daño en un futuro. Según había ido pasando el tiempo y sus sentimientos por ella habían crecido, también lo habían hecho las consecuencias de una supuesta traición. Era como una escalada: había pasado de la resignación absoluta por lo que Misao decidiera, a tomarse derechos sobre ella sin consultarla, pasando por los instintos de descuartizamiento que sufriría el hombre al que se le ocurriera ponerle un dedo encima.
Si esto seguía así, ella iba a acabar mal el día que le dejara por otro. Porque ocurriría… nada la ataba a él más allá de la gratitud o la conveniencia. Tarde o temprano, alguien aterrizaría por allí para quitársela.
Se detuvo cuando pasó por delante del despacho que había quedado con la puerta abierta. Se giró para mirar el interior y Minagawa levantó la cabeza para verle como si presintiera un peligro allí. Recordar la escena que había visto al llegar le escamó tanto, que no pudo evitar entrar en la habitación y cerrar la puerta con ellos dentro.
—¿Qué intenciones tienes con Misao? —soltó sin más.
—¿Perdona? —dijo el hombre sorprendido.
—Lo has oído perfectamente.
Minagawa se irguió en su silla y se recostó contra el respaldo pasmado, aunque poco a poco fue componiendo una sonrisa que a Soujiro le puso los pelos de punta.
—¿Y qué ocurriría si te digo que me interesa?
—Que eres hombre muerto —sentenció.
Minagawa se tensó y le miró con cierto asombro.
—Qué… inesperado —murmuró—. ¿Eso quiere decir que no os vais a separar?
—¿Por qué lo haríamos?
—Bueno, resulta que Misao tiene un muy interesante contrato prematrimonial… De ésos que se hacen cuando se prevé que el matrimonio puede romperse —agregó con sorna.
Esta vez, fue Soujiro el que se irguió en cuanto le soltó aquello.
—¿Cómo sabes eso?
—Estaba en la caja fuerte y yo tengo acceso a ella —le informó al descuido—. Lo que me llevó a pensar si Misao no acabaría estando disponible dentro de un tiempo prudencial.
—No lo va a estar…
—Porque te has retractado —afirmó él. Ante su silencio, Minagawa se levantó de la silla y atónito dio la vuelta al escritorio para apoyarse contra él y enfrentarle así cara a cara—. No me lo puedo creer… ¿Vuestro matrimonio realmente es de conveniencia?
Soujiro contuvo la respiración cuando entendió que Minagawa sólo había intentado confirmar sus sospechas y él, arrastrado por la amenaza que le suponía, se había dejado caer en su trampa.
Vio al hombre cruzarse de brazos y sonreír muy complacido. Parecía divertirle la situación, aunque sólo porque no sabía lo cerca que estaba de que le retorcieran el cuello.
—De modo que la separación de bienes la hicisteis porque este matrimonio sólo era para sacarla del problema de las contiendas, ¿me equivoco?
Soujiro apretó los dientes cuando Minagawa resumió de forma acertada lo sucedido. Que un miembro de los Oniwaban-shu se enterara de ello constituía un problema serio para Misao. Si decidía divulgar que su matrimonio era una estratagema para librarla de las contiendas —y, por tanto, de Sasaki—, podrían acusarla de haber urdido una trampa con la que evitar una alianza que podría haber sido bien recibida por parte de su organización.
—Esto no puede salir de aquí —le advirtió con severidad—. Aparte de mi abogado, sólo lo saben el señor y la señora Shinomori. Así que, si abres la boca y le creas problemas a Misao, será lo último que hagas.
Minagawa levantó las palmas en alto como muestra de paz, aunque se perdió el efecto en cuanto se echó a reír.
—¿Te parece gracioso?
—Bastante —dijo con voz arrastrada—. Aunque no te preocupes: no se me ocurriría decir nada.
—¿Y por qué tengo la sensación de que hay algo de fondo?
—Porque lo hay —contestó sin pudor—. A fin de cuentas, a mí esto me beneficia. —Y se señaló la pierna mala—. Yo no podía competir por ella.
A Soujiro se le dispararon las pulsaciones según lo dijo. Precisamente ése era el motivo por el que habían optado por un matrimonio de conveniencia: para que después Misao fuese libre y pudiera tener en consideración a hombres que antes no podía valorar al no ser capaces de superar al señor Shinomori. Pero que Minagawa se lo echara en cara como amenaza inminente, hizo que la misma negrura que le había asaltado cuando llegó al Aoiya corriera de nuevo rápida por su cuerpo.
—No te acerques a Misao.
—¿Y si lo hace ella? —le provocó—. ¿También la vas a amenazar?
Soujiro se quedó estático según le cruzó por la mente ese escenario. Lo que más temía era poder hacerle daño; sin ir muy lejos, era un temor que le había asaltado no hacía ni diez minutos. Pero a la hora de la verdad, imaginarse amenazándola era un pensamiento que en su cabeza sonaba a irreal. Casi ni era capaz de levantarle la voz, mucho menos la mano.
No, pensó con desazón. Nunca podría amenazarla. Y no podía hacerlo porque, para empezar, hacerle daño a ella sería como hacérselo a él mismo. La quería demasiado como para hacerle algo intencionadamente. Pero, para continuar, Misao no tenía un compromiso real con él. No tenía ningún derecho sobre ella. Ése era el maldito problema que volvía una y otra vez para incordiarle. El único acuerdo que tenían era el de no separarse en caso de tener hijos, pero incluso con eso, ella seguiría siendo libre para elegir a otro.
Y él no podría hacer nada porque su matrimonio sólo era un apaño que a Misao le convenía en esos momentos, pero no tenía que ser así en unos meses.
Se le aceleró la respiración al pensar en ello y supo, en ese instante, que no podría vivir con ese nivel de incertidumbre encima. Sólo pensarlo le generaba dolor de cabeza. Saber que habría hombres que activamente intentarían ganársela sin que él pudiera hacer nada para remediarlo, le quitaría años de vida. Jamás volvería a estar tranquilo cuando cualquiera de los dos estuviera fuera, o cuando un miembro de los Oniwaban-shu requiriera de una reunión privada con ella, o cuando le entrasen dudas por no entender la forma en que alguno de sus hombres interactuaba con ella.
No podría soportar estar ahí y verlo; tener que poner buena cara ante el hecho de que su esposa estuviera con otro ante sus narices. Él no era tan generoso; no podía compartirla.
—No —contestó con una opresión insoportable en el pecho—. Misao es libre de hacer lo que quiera.
Sólo que él no se quedaría allí para verlo.
Minagawa abrió la boca como si fuese a decir algo, aunque se mantuvo en silencio escrutándole con una perplejidad que incluso él percibió. Pero hasta con sus limitados conocimientos sociales era consciente de lo extraño que tenía que ser para una tercera persona que un hombre dijera que su esposa podía irse con quien quisiera.
De modo que Soujiro decidió poner fin a aquello y, sin que ninguno de los dos agregara nada más, abrió la puerta del despacho y se marchó.
Notas del fic:
*Obi: Faja ancha de tela.
*Hakama: Pantalón largo con pliegues.
— * —
Fin del Capítulo 48
23 Agosto 2020
Notas finales:
... Y la bomba explotó »_« Pobrecito, le ha dado un chungo de pensar el futuro que le espera T_T . Y todo porque la otra alelada sigue en la parra. Ainsss, para darle de collejas y no parar ¬_¬º
Pero bueno, ya nos queda poco, poco, poco... *o* Espero que os haya gustado el capítulo ;-D
¡Saludos!
