CAPÍTULO 51: Confesiones


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: T_T Así estoy yo con tu mensaje. Te he estropeado la historia con el final TT_TT Éste era uno de los capítulos más dramáticos para Soujiro. Piensa que en otros, incluso con sus dramas internos, siempre tenía para valorar varias alternativas fuesen mejores o peores. En este caso, la decisión que toma es la peor para él y de ahí que se sienta tan mal. Es literalmente el peor momento del tiempo que ha vivido con Misao. Así que sí, tenía que ser el más angustioso también T_T. Pobrecito Soujiro, a mí también me da muchísima pena verle así, con lo mono que es T_T . Y todo porque la alelada no le entendió en su momento ¬_¬º. Pero bueno, en el capítulo de hoy las cosas por fin saldrán a la luz y se arreglarán para los dos. Otra cosa distinta será que te resarza por el disgusto del cap50 T_T. Pero espero que al menos te guste un poco para que no te quedes con tan mala sensación con el final del fic T_T

Sweetly Weightless Mind: El monólogo de Soujiro lo tuve que retocar bastante. Cuando lo escribí en su día, cada vez que lo releía, sentía que la evolución se me hacía demasiado rápida (porque llegaba tranquilo a contarle lo que le pasaba con Misao y casi sin más se «encabronaba» con Shishio). Así que al final opté por generarle un caos interno (que es un poco lo que debería pasarle a alguien en sus circunstancias) y empezar a contar su historia de cero para que esa evolución escalara poco a poco. Y así es como podemos ver mejor cómo Soujiro se encuentra en una dolorosa encrucijada cuando por su experiencia observada no debería ser así. De modo que por eso se siente así: estafado y traicionado por ellos. En general, estoy bastante contenta con ese capítulo. Siempre siento que las escenas dramáticas no me quedan del todo bien T_T . Pero me gusta cómo queda esa reconstrucción de su vida y esa forma de reflejar lo acorralado que se siente. Así que bien ^_^º. Y sí, soy escritorA XD

SlayArmisa: Sí, hacía mucho que no te veía por aquí XD Sobre de dónde sacó esa idea del amor, ya avisé hace mogollón (cuando se empezó a ver ese concepto infantilizado que tenía del amor) que esto venía por algo ^o^. Pues bueno, ha costado pero ya sabéis de dónde viene XD. Es que la única pareja que conocía eran Shishio y Yumi, y claro, no era la más sana, precisamente ^_^º Y bueno, no hace falta que hagas más conjeturas: ya tienes el capítulo conclusivo aquí, así que espero que te guste ;_D

Gracias a todas por los reviews *o* Os dejo ya con el último capítulo (faltaría ya sólo el epílogo, que ya lo tengo escrito a falta de revisión *o*). Espero que os guste *o*


CAPÍTULO 51: Confesiones

Sólo había estado allí una vez y lo había hecho por mera curiosidad.

Meses después de la batalla que hubo en el monte Hiei, Misao había subido hasta allí para contemplar los escombros del cuartel de Shishio. No lo había hecho por regocijo de los caídos, ni por rencor por lo vivido. A pesar de los problemas que Shishio y sus hombres habían ocasionado a un montón de gente —empezando por sus allegados—, si lo miraba de forma egoísta, ella incluso había salido beneficiada. Por aquel incidente había conocido a Himura, quien había conseguido que Aoshi regresara al Aoiya después de tantos años de búsqueda infructuosa. Y después, ella había cogido las raíces de una organización ya inexistente para convertirla en lo que era en esos días.

No, desde luego que no había sentido rencor el día que subió allí hacía ya más de seis años. Y mucho menos lo hubiera tenido de saber que el recuento ni siquiera se detendría ahí. Porque por si aquello aún no hubiese sido suficiente, años después le arrojaría en su camino el mayor regalo que podría haber recibido.

Con certeza debía ser la persona que menos quejas tuviera por las consecuencias de todo aquel asunto. Y por eso, Misao corrió entre la maleza, prácticamente sin aliento, siguiendo un camino desvanecido y casi olvidado en su memoria con la esperanza de encontrarle allí.

Cuando se había despertado no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Soujiro le había dejado una nota en la que le decía que regresaba a su casa y su bolsa de viaje había desaparecido. No tenía ni idea de cuándo la había preparado, pero no podía haber sido esa mañana… se habría dado cuenta.

Y mientras estaba desolada leyendo unas líneas de despedida que no era capaz de procesar, le había llegado un mensaje de una de sus vigilantes sobre el encuentro con su marido en el camino y cómo éste se había dado la vuelta tras mirar hacia el monte Hiei.

Estaba convencida de que había ido allí a despedirse de su maestro y eso borró todo rastro de angustia para corroerla una furia como pocas cosas se la habían generado. Porque había ido a presentarle sus respetos a un hombre que descarrió su vida y, en cambio, de ella, ni siquiera se había despedido en persona.

Estaba tan enfadada cuando salió del Aoiya que todo el cuerpo le temblaba y por eso no sabía ni como había podido correr hasta allí. Pero tenía que encontrarle, porque primero debía descargar su ira con el responsable de ella, y después, tenía que conseguir que volviera a casa con ella.

Se encontraba muy agotada pero no podía detenerse, convencida de que, si se paraba a descansar, Soujiro podría haberse marchado ya para cuando llegara y eso era algo que no podía permitirse. Era una carrera endemoniada, igual que la que meses atrás había vivido y en cuyo final había estado él. Y lo único que cruzaba su cabeza con cada paso que daba era su deseo de que estuviera allí como en aquel entonces.

Y lo estaba.

Misao se apoyó contra un árbol cuando pudo verle sentado con la cabeza agachada en un tronco tirado entre un montón de escombros. Se detuvo porque necesitaba recuperar el aliento, pero eso hizo que toda la tensión volviera, y el alivio y la furia se entremezclaron haciendo una combinación explosiva en su interior. Quería llorar y quería golpearle. Y no tenía muy claro en qué orden hacerlo.

Así que lloró mientras se acercaba hasta él en un arrebato de ira.

—¡Tú! ¡Maldito desgraciado! —le gritó enojada, lo que hizo que Soujiro se sobresaltara y levantara la cabeza—. ¿Se puede saber qué haces aquí?

—¿Misao? —murmuró desconcertado. Pero por respuesta obtuvo un duro empujón por su parte que le tiró del tronco de espaldas.

—¿Cómo te atreves a dejarme con una carta y, sin embargo, sí venir a despedirte en persona de un muerto?

—¿Despedirme? —replicó confuso. Soujiro se levantó muy aturdido. Se había golpeado en la espalda con algunos escombros y se había hecho daño. Pero estaba tan desorientado ante el hecho de que Misao estuviera allí, que lo dejó de lado—. ¿Qué haces aquí? —preguntó sin terminar de salir de su asombro.

—Eso mismo te pregunto yo. ¿Se puede saber…? —La voz de Misao se fue convirtiendo en un susurro hasta enmudecer en cuanto vio el semblante de Soujiro. Estaba pálido a excepción de su nariz roja y sus ojos irritados. Con verdadera estupefacción, Misao se dio cuenta de que Soujiro había llorado—. ¿Estás llorando?

—No, ya no… —respondió en voz baja.

No le había visto llorar nunca. De hecho, hasta la fecha, ni siquiera estaba segura de que supiera lo que era. Siempre estaba sonriendo; siempre estaba alegre. El máximo cambio de actitud que le había visto era un fuerte estado de preocupación. Pero jamás le había visto triste y, mucho menos, al punto de que le hiciera llorar.

Por eso, el golpe que sintió en su interior fue igual que si hubiera explotado otra vez aquel lugar. Toda su animadversión se esfumó para dar paso a una sensación de abatimiento extremo. Ahí estaba la diferencia entre ella y Shishio: una simple nota frente a sus lágrimas.

Y la que entonces tuvo ganas de llorar fue ella. Lo que antes eran lágrimas de frustración y de alivio, se convirtieron en desolación en un mísero instante.

No lo entendía. Porque, en su ingenuidad, había albergado las esperanzas de que no se fuese nunca. Llevaban varios meses en los que habían convivido como un matrimonio; uno de verdad. Y aunque habían estipulado tiempo atrás que no se separarían una vez tuvieran hijos, no se había esperado que pudiera decidir marcharse mientras no los tuvieran. Ella había entendido aquella conversación como el inicio de un matrimonio definitivo, no como un mero listado de consecuencias…

Que era lo que debió ser para él, porque al final se había largado, y la única explicación que encontraba era que la única que había sido realmente feliz en ese tiempo había sido ella. Soujiro, en cambio, sólo debió quedarse por la curiosidad que le generaba la novedad… hasta que se había cansado de ella.

No lo entendía… No sabía qué más hacer. Había intentado por todos los medios que fuese feliz; que estuviera cómodo y despreocupado por su estancia allí. El hecho de que no se sintiera acorralado o agobiado había sido una prioridad para ella. Pero él se había involucrado en su vida y en sus tareas de forma voluntaria. Y eso había significado mucho para ella, porque si lo hacía, cuando no había necesidad, era por ser alguien importante para él.

Pero quizás sólo lo había hecho para matar el tiempo. Permanecer en el Aoiya sin más debía ser tedioso para Soujiro si tenía en cuenta que era un hombre activo que se pasaba los años viajando y conociendo el país. Quizás por eso se había implicado en sus funciones; porque de esa manera tenía un entretenimiento en esa vida aburrida.

Se le doblaron las piernas y Misao cayó al suelo con sus ilusiones y corazón rotos. No podía creer que hubiera vivido en semejante burbuja de autoengaño. Había llegado a pensar que Soujiro podría quererla sin saberlo. Pero era obvio que sabía perfectamente que no la quería. Se había dado más importancia de la que en realidad tenía para él.

Y se echó a llorar desconsolada.

—¿Misao?

Soujiro saltó el tronco en cuanto oyó el primer llanto. Le impresionó mucho ver a Misao en ese estado cuando no hacía ni un minuto que le había agredido enfurecida. Se puso a su lado, pero no podía verla. Tenía la cara enterrada en sus manos.

—Misao, ¿qué te pasa? —Pero no contestó y por eso empezó a alterarse mucho—. No llores así —le pidió, porque no podía soportar verla sufrir de esa manera. Misao tenía la capacidad de influir en sus emociones como si tuviera una conexión directa. Si seguía así, acabaría igual que ella.

Le agarró de uno de sus antebrazos para girarla hacia él, pero no se movió e incluso hizo oposición a su fuerza. Soujiro decidió ponerse enfrente de ella y así tener más fácil la posibilidad de enderezarla y poder mirarla, pero no había hueco suficiente entre Misao y el tronco, de modo que volvió a su posición sentada.

—¡Déjame! —protestó ella cuando de nuevo intentó quitarle las manos de la cara.

Sin embargo, él la ignoró. Tenía que tranquilizarla de alguna manera. Se estaba sintiendo fatal con ella así.

—Tienes que calmarte. No puedes llorar de esta manera…

—¡Sí que puedo! —le gritó encarándose al fin con él. A Soujiro se le entrecortó el aire al tomarlo cuando vio su rostro y otra vez sintió el picor de las lágrimas en los ojos.

—No soporto verte así.

—¡¿Y qué más te da… —Misao hurgó en uno de sus bolsillos y sacó un papel— si ésta es la importancia que tengo para ti?! ¿Cómo puedes despedirte de mí con una mísera nota?

—Es lo contrario —respondió dolido—. Eres lo suficientemente importante para mí como para tener que despedirme con una nota.

A Misao se le cortó el llanto con esas desconcertantes palabras, aunque aún le costaba respirar. Le miró a los ojos por interminables segundos y luego los dirigió a la nota. La volvió a leer como si esperase encontrar un significado distinto a las escuetas cuatro líneas que le había puesto. E intentó de verdad ponerse en la mente extraña de ese hombre para comprenderlo, aunque no pudo.

Aún seguía temblando al respirar debido a la congoja cuando intentó encontrar las fuerzas para hablar y aclarar aquello.

—Y si soy importante, ¿por qué te vas? —le preguntó. No lo iba a entender a menos que se lo explicara.

—Porque tengo que hacerlo —contestó sobrecogido.

—Sí, eso ya lo sé. Es lo que me pones aquí —replicó alzando el papel. Aparte de darle las gracias por haberla conocido, sólo indicaba que tenía que marcharse y que podía hacer con sus cosas lo que quisiera—. Pero ¿por qué? —interrogó desesperada.

—Porque no podré soportarlo —titubeó con voz rota.

—¿El qué?

—Pelear… No puedo pasarme la vida así.

—Pero no tienes que hacerlo —repuso Misao al creer que se refería a su organización—. Te dije que no hacía falta que te inmiscuyeras en mis funciones, y mucho menos si te iba a afectar así.

Soujiro negó y se señaló la cabeza.

—Pelear aquí.

Misao se enderezó confundida.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi egoísmo y sus remordimientos.

Misao frunció el ceño más desconcertada aún; no estaba entendiendo nada. Pero recordó que, meses atrás, Soujiro había sacado a colación algo sobre sentirse egoísta. Era algo inconcebible para ella. Era una de las personas más desinteresadas que había conocido en su vida y no comprendía por qué se sentía así.

—¿Por qué sacas de nuevo eso otra vez? Tú no eres egoísta.

—Sí lo soy. Y mi egoísmo se impuso —explicó él angustiado—. Pero, a la vez, la culpa empezó a carcomerme y sé que esos remordimientos no me van a abandonar. No puedo vivir así.

—¿De qué remordimientos hablas?

—De no darte la oportunidad de que llegues a conocer a alguien que en verdad quieras y puedas cumplir tu sueño.

Misao se quedó perpleja en cuanto le escuchó y se irguió aún más cuando una conexión sospechosa se hizo paso en su cabeza. Recordaba la conversación de hacía varios meses; y lo hacía porque ése fue el día en que su matrimonio empezó a convertirse en real para ella.

Sin embargo, en todo momento había creído que había tenido una conversación de dos temas con él: uno en el que hablaba sobre su egoísmo y otro en el que hablaba del futuro de ella.

Pero ¿y si no eran dos temas separados? ¿Y si eran el mismo? ¿El egoísmo de aprovecharse para quedarse con ella porque ella misma no veía opciones de encontrar un segundo marido?

Misao inspiró, no estando muy segura de dar alas a sus renacidas esperanzas. Porque de ser verdad la conclusión a la que estaba llegando, no estaría hablando de que Soujiro la quisiera a su manera sin saberlo, sino de que él habría sido consciente todo este tiempo de que la amaba de la forma romántica que ella anhelaba.

—No tienes que pensar en eso. —Misao inspiró y soltó el aire muy despacio, armándose de valor con sus siguientes palabras. Dada la situación en la que estaban, incluso aunque su reciente conclusión fuese errónea, tampoco tenía mucho que perder si lo revelaba. Y eso, sin contar con que, de todas formas, había tenido la intención de confesárselo en apenas dos días—: Ya estoy con la persona que quiero.

Soujiro esbozó una pequeña sonrisa resignada y suspiró.

—En realidad, te conformas con la persona que crees que es tu última oportunidad. Pero sé que encontrarás a alguien mejor para ti.

—No —replicó al momento. Le cogió de la mano y se arrimó más a él—. Te quiero. Así que, si alguien está siendo egoísta aquí, ésa soy yo. Quédate conmigo, por favor —le pidió a la vez que le cogía también la otra mano y se las apretaba.

A Soujiro se le abrieron mucho los ojos y notó que la respiración se le aceleraba de forma alarmante por el impacto de sus palabras. Prácticamente era lo último que se esperaba que le dijera. Misao era muy paciente con él y era una mujer cariñosa. Pero eso era muy diferente a ser correspondido por ella. De modo que esas palabras sonaban tan inverosímiles a sus oídos, que no terminaba de asentarlas en su cabeza. Siempre había pensado que Misao se conformaba con él porque no tenía previsiones sobre algo mejor en un futuro. Y él se había aprovechado de eso hasta que la culpa había empezado a ser demasiado fuerte.

Pero quizás, al ver que se marchaba y se quedaba sola, había sentido el mismo tren que le arrolló cuando la idea de que Misao estuviera casada se estrelló contra él.

Le envolvió un calor cálido por todo el cuerpo ante la idea de que podría quedársela legítimamente, sin remordimientos sobre truncarle sus posibilidades.

—Me quieres… —murmuró con cierto regocijo. La había oído, pero sentía que, si no ponía las palabras en alto y se las ratificaban, no serían verdaderas.

—Sí —afirmó ella a la expectativa—. Sé que puede sonar repentino, sobre todo porque al parecer se te ha metido en la cabeza que eres algo así como mi último recurso —intentó defenderse ella—. Pero no lo eres. Es algo que siento desde hace tiempo y por eso…

—¿Qué has dicho? —la interrumpió él aferrando más fuerte sus manos. ¿Acababa de decir que le quería desde hacía tiempo? ¿Y por qué no se lo había dicho antes?

—¿Que no eres mi último recurso? —probó a decir sin saber muy bien qué había provocado su repentina actitud brusca.

—No. Has dicho que lo sabes desde hace tiempo. —Misao asintió algo cohibida. No le hacía mucha gracia tener sus sentimientos tan expuestos sin una respuesta clara por parte de él—. ¿Y por qué no me lo has dicho antes? —preguntó con un tono molesto que la inquietó.

Misao intentó soltarse de su agarre, aunque no pudo. Se sentía muy incómoda con cómo se conducía esa conversación. Se suponía que tras haberle revelado aquello, debería haber seguido una respuesta suya, ya fuese buena o no. Sin embargo, Soujiro había tirado por otro lado hasta llevar el tema de la sinceridad un poco lejos. Había cosas con las que no se podía ser tan directo como él.

—Bueno, no es fácil revelar algo así.

Soujiro no supo qué contestar a eso y esta vez fue él el que se irguió confundido. La miró a los ojos con detenimiento, considerando que podría estar ante algo que no entendía, porque su lógica le decía que no debía ser muy difícil revelar los sentimientos hacia otra persona cuando ya se conocía lo que dicha persona sentía.

Pero como por mucho que intentara encontrarle una explicación no lo conseguía, empezó a disgustarse seriamente. Tanto el inicio como el final de ese matrimonio estaban siendo un calvario para él. Había pasado noches que ni había podido conciliar el sueño… ¿Y todo porque ella no había tenido el valor de explicarle sus sentimientos cuando sabía que la quería?

—¿Desde cuándo lo sabes? —inquirió enfadado.

Misao se tensó más aún ante la beligerancia de Soujiro; una actitud que no era nada propia de él. Siempre actuaba de forma muy tranquila; no solía alterarse. Pero en vista de cómo se estaba poniendo, Misao decidió que era mejor no decirle que era anterior a su boda. Podría acabar acusándola de haber tramado todo el tema del matrimonio de conveniencia para atraparle. Y aunque le quería cuando se casaron, no lo sabía cuando se lo propuso.

—Desde hace unas semanas —se cubrió ella. No era tanto tiempo como para que pensase que le había atrapado, pero tampoco tan reciente como para suponer que lo hacía para retenerle por desesperación.

Sin embargo, Soujiro se tomó a mal su respuesta. Le conocía lo suficiente como para saber que si fruncía el ceño la cosa no era que fuese mala: era peor.

—Entiéndeme —comenzó a defenderse ella—. Éste es un tema delicado y tú eres una persona un poco especial cuando nos metemos en terrenos emocionales. No sabía cómo manejarías que te dijera algo así.

—¿Y has tenido que esperar a que me marchase para contármelo? —Misao abrió la boca, pero la volvió a cerrar, y eso enfadó más a Soujiro, que acabó por soltar sus manos con un gesto brusco—. ¿Y qué hubiera pasado si siguiera en el Aoiya? ¿No tenías pensado decírmelo?

Esta vez fue Misao la que se molestó, porque, de hecho, su irreflexiva marcha había tirado por tierra su planeada declaración.

—¡Sí que lo tenía! —Le incrustó un dedo acusador en el pecho y continuó—: Si te hubieras quedado, habrías disfrutado de un bonito día romántico. Pero en vez de eso, ¡se te ha ocurrido largarte a dos días de él!

Soujiro abrió la boca sorprendido, con su beligerancia cortada de raíz. Misao no le había concretado bien el tiempo, sólo que había sido algo relativamente reciente. Y pensó, aturdido, que quizás no había sido esa marcha la que le había hecho entenderlo, pero sí su viaje a Tokio. Cuando regresó, le había dicho que le había echado de menos y esa misma noche le había propuesto pasar el día juntos en su día libre.

—¿Te diste cuenta cuando me fui a Tokio?

—¿Por qué? —replicó en respuesta con sospecha.

—Respóndeme —insistió.

—Ah… Sí —optó por contestar.

—No me lo puedo creer… ¿Lo sabías de antes? —la acusó.

—¡Te acabo de decir que no! —se defendió.

—Eres muy mala mentirosa. Sé perfectamente cuándo me mientes. —Misao se cruzó de brazos ofendida. El hecho de que, por alguna extraña razón, no pudiera responderle a él con la misma contundencia que hacía con el resto, no la hacía mala mentirosa—. ¿Por qué no me lo dijiste antes de irme? —la amonestó de nuevo.

—¡¿Y qué querías que hiciera?! —protestó también molesta por la insensibilidad mostrada por Soujiro—. ¡Estamos hablando de ti! ¿Sabes el disgusto que me llevé al darme cuenta de que me había enamorado de una persona que tenía que listar requisitos para saber que tenía una amiga? ¡Eres un caso perdido! —le recriminó, lo que hizo que Soujiro se tensara.

—¿De qué estás hablando?

—¡De que eres un idiota! —atacó ella ultrajada—. Sabía que nunca podrías quererme como yo a ti, pero esperaba que pudieras apreciar la parte positiva de un matrimonio. He sido una buena esposa; he intentado que todos los días estuvieras feliz y vivieras tranquilo con la esperanza de que decidieras que podría servirte como esposa. Pero ¿qué obtengo a cambio? —Volvió a levantar el papel—. Una maldita nota de despedida y todos mis esfuerzos tirados a la basura.

Ahora fue Soujiro el que no tuvo palabras qué decir. No entendía nada. Estaba seguro de que no había forma de calibrar un sentimiento de dos personas distintas, pero quizás Misao supiera algo que él no sabía, como podría ser realizar determinados rituales o comportamientos que darían indicios de la intensidad y que él desconocía. Pero precisamente por esa ignorancia, tampoco podía saber si los de Misao eran mayores a los suyos. Él estaba convencido de que nadie podría quererla como él. Era un sentimiento tan fuerte que era incluso angustioso, y por eso había sufrido un interminable combate entre sus emociones y su razón.

—¿Cómo puedes saber que tu sentimiento es mayor que el mío?

¿Podría haber sido negligente?, pensó aturdido. ¿Podría ser que no hubiera hecho algo que le demostrara que la quería y por eso ella se había retraído?

—Porque lo mío es amor, no amistad —matizó ella.

—Y lo mío también —replicó él.

Misao se quedó de piedra, incapaz de reaccionar. Había tardado una horrorosa e incierta conversación en contestarle, pero por fin lo había hecho… de la forma más impasible en que podría hacerlo, pero lo había hecho. Y por supuesto, su cerebro dejó de funcionar hacia el exterior para repasar una y otra vez esas cuatro sencillas palabras y cerciorarse de que no hubiera lugar a confusión.

—¿Cómo puedes saber que es mayor? —siguió preguntando Soujiro desconcertado—. Porque se me hace difícil imaginar algo más fuerte que lo que siento yo.

—¿Has dicho que me quieres? —consiguió susurrar Misao. Quería una contestación concisa antes de decidir que ya podía morir feliz.

—Sí —respondió él muy confundido por su pregunta.

Y fue en ese momento que a Misao se le detuvo el corazón. Había deseado tanto escuchar eso que, por unos instantes, había estado segura de que había sido un engaño de sus oídos. Pero no: lo había dicho y, con ello, sintió que casi se ahogaba del nudo que se le formó en el pecho. Estaba tan feliz, que creía que le daría algo allí mismo.

—¡Has dicho que me quieres! —exclamó ilusionada.

—¿Por qué te extrañas si ya lo sabías?

El momento de felicidad se interrumpió cuando Soujiro le soltó esa sencilla pregunta. Pero para ella no lo era, porque no podía ni empezar a dilucidar en qué momento Soujiro había dado por hecho que ella tendría que saberlo.

—¿Y por qué iba a saberlo yo? —inquirió perpleja.

—Porque te lo dije.

—¿Perdona? —Su nivel de confusión había llegado al máximo, pues en el único sitio donde había escuchado a Soujiro decirle que la amaba era en sus sueños más idílicos.

—Te lo dije hace tiempo.

—No, de eso nada —negó ella con vehemencia—. Nunca me lo has dicho.

—Por supuesto que lo hice —contrarrestó Soujiro, que empezaba a estar tan desorientado con esa conversación como parecía estar ella.

—Que no… Que no lo has hecho.

—Sí, lo hice. En nuestra noche de bodas —detalló él.

—¡¿Qué?! —gritó descolocada por completo.

Porque ella no recordaba que Soujiro se le hubiera declarado y, mucho menos, desde hacía tanto tiempo. No podía ni empezar a considerar las implicaciones de lo que le acababa de decir.

—¿Me querías cuando nos casamos?

—Sí… Te lo dije —repitió él al ver que Misao se mostraba tan extraña.

—¡No! ¡No me lo dijiste! —exhortó muy alterada ella—. ¿Te crees que pasaría por alto algo así? Ya te quería cuando nos casamos.

Soujiro no tenía muy claro qué hacer después de la conversación que estaban manteniendo. Con absoluto desconcierto, entendió que Misao no estaba al tanto de sus sentimientos, algo que él había dejado claro en su noche de bodas. Pero, por otro lado, saber que Misao le amaba desde hacía tanto tiempo como él a ella, le volvió a generar esa candidez por todo su cuerpo.

Cogió la cadena de su cuello y tiró hasta que el colgante salió de su protección entre las ropas. Lo tocó, de igual forma que cuando hacía el amor con ella. Ése colgante representaba su corazón y se lo había dado a ella.

—Te expliqué lo que significaba para mí… Y te lo di. —Era todo el argumento que necesitaba.

—Me lo explicaste, pero me lo diste porque nos habíamos casado.

—No. —Soujiro se dio cuenta de que estaban en una especie de bucle donde los dos creían llevar la razón, pero para él, era obvio quién la tenía—. Recuerdo bastante bien lo que te dije porque ensayé esa conversación. Y aunque no fue exactamente como la planeé, sé que te lo dije.

—Créeme que, si me lo hubieras dicho, no me habría desesperado pensado que me había enamorado de un hombre incapaz de corresponderme —le recriminó.

—Entonces no me entendiste —concluyó él, que quería enterrar el hacha de guerra.

—O tú no te supiste explicar —contraatacó ella, lo que hizo que Soujiro sonriera—. ¿Cómo es posible que una declaración se malentienda? Lo tuyo es muy serio —reprochó Misao que no daría su brazo a torcer—. Menos mal que estás mejorando, porque menudo panorama…

Soujiro la acercó hacia sí y la besó, con lo que interrumpió su diatriba. Si ella no quería aceptar su mano tendida para acabar con la que había sido su segunda pelea matrimonial, la finalizaría de otra manera. La besó con un regocijo que no esperaba experimentar. No sólo porque se había despedido de aquello el día anterior y no creía que volviera a suceder, sino porque sabía que la respuesta de ella se debía a sentir lo mismo que él.

Misao se pegó a él y pasó sus brazos por sus hombros. Fue ella la que profundizó el beso dando también por cerrada su discusión. Soujiro la acarició por encima de las ropas y sintió que renacía ese fuego antinatural que le consumía por ella. Sin embargo, para su desgracia, debía contenerlo, pues recordó que Misao no estaba en condiciones.

Entonces, sin venir a cuento, Misao empezó a reírse contra sus labios y se separó. Le observó con sus ojos brillantes y esa felicidad que irradiaba le llegó hasta lo más profundo de él haciéndole suspirar.

—Realmente estás mejorando mucho —comentó con una sonrisa.

—¿En besarte?

—Eso también —respondió pícara ella—. Pero esta manera de callarme no se te habría ocurrido cuando te conocí.

Soujiro la observó bastante perplejo durante unos largos segundos. Sabía que Misao no estaba hablando de justo cuando se conocieron, pues no tendría sentido que hiciera algo así con una desconocida. Pero habían tenido un trato íntimo desde que se casaron y, tal y como le había dicho, su actitud hacia ella había evolucionado en ese tiempo.

—No… Supongo que no.

—¿Ves cómo todo se aprende? —adujo ella muy pagada de sí misma—. Sólo era cuestión de que te relacionaras más con la gente.

—Dudo que sea tan sencillo. Creo que la maestra influye mucho.

Misao resplandeció y se abrazó a él.

—Te quiero mucho, Soujiro —dijo feliz—. Encontrarte es lo mejor que me ha pasado. No sólo te debo mi vida, sino también mi felicidad. —Después se irguió y le miró a los ojos. Se puso seria y, tras una exhalación, le habló solemne—. Como, al parecer, te casaste conmigo obligado a pesar de quererme… —empezó a decir ella.

—No quería casarme —se excusó él—. No tenía nada que ver con quererte o no.

Misao alzó una mano y la apoyó en su pecho para hacerle callar.

—Como te casaste conmigo obligado a pesar de quererme —comenzó de nuevo ella—, no voy a dar por hecho nada. Así que te lo voy a preguntar directamente: ¿quieres que este matrimonio de conveniencia se convierta en real y quedarte conmigo para siempre?

Soujiro se quedó con la boca abierta de la impresión. No esperaba que Misao se sintiera con la necesidad de proponerle de forma oficial un matrimonio definitivo cuando él ya lo daba por hecho tras enterarse de que le correspondía. Y se sintió algo cohibido por la situación. El protocolo dictaba que estos temas los hacía el hombre; estaba seguro de ello.

—Si alguien tuviera que hacer esto, ¿no debería ser yo?

—¡¿Te has vuelto loco?! —exclamó ella para su sorpresa—. Te me declaraste y ni siquiera me enteré. No te dejo tomar la iniciativa en algo tan importante nunca jamás. Lo mismo pensaría que me estás pidiendo no volver a verme. Así que no, déjame estas cosas a mí.

Soujiro se llevó una mano a la cabeza y sonrió de forma nerviosa. Él seguía convencido de que su declaración no tuvo ningún problema y fue ella la que se lio, pero no iba a volver a sacar el tema.

—Vale… —estuvo de acuerdo él. Porque, ¿qué otra cosa podría decir?

—Entonces, ¿te quedarás conmigo?

—Sí —contestó con una sonrisa, y Misao dejó escapar el aire aliviada.

—Genial. —Y continuó sin tregua—: Y quiero tener hijos.

—Pocas cosas de ti me han quedado más claras que ésa —expuso Soujiro divertido.

—Pero los quiero ya —le exigió con vehemencia.

—Sé razonable: los niños no vienen al momento.

—Sabes a lo que me refiero —replicó muy seria cogiéndole de la cara con ambas manos para mirarle directamente a los ojos.

Soujiro fue perdiendo la sonrisa cuando uno de los aspectos más aterradores del matrimonio se puso sobre la mesa. Sabía a la perfección a lo que se refería. Aunque en un principio había decidido que dejaría que el destino fuese el que sellase sus vidas si quedaba embarazada, al final le había entrado el pánico y se había escabullido por la rendija que le había dejado Misao. Pensar en ser el padre de un niño que dependería de él le aterraba como pocas cosas. Por eso, tras los dos primeros encuentros, se había contenido y no había vuelto a derramarse en ella hasta que los celos le cegaron esa semana.

—Sé que te da miedo; es una responsabilidad muy grande. Pero seguro que también lo tenías cuando todas tus emociones volvieron de golpe, ¿no? —Soujiro suspiró y le sujetó las manos que le aferraban—. En aquel entonces estabas solo y cada cosa nueva que se te presentaba tenías que enfrentarla como buenamente podías. Pero ahora, estarás conmigo, tu «maestra», ¿recuerdas? —dijo con una sonrisa divertida—. No será igual porque yo estaré a tu lado.

Soujiro suspiró, aunque al final compuso una resignada sonrisa. Al menos, en eso no podía contradecirla y eso le daba cierta tranquilidad. Misao siempre estaría allí para apoyarse en ella cuando enfrentara sus temores.

Le cogió las manos y la instó con suavidad a soltar su agarre. Las sujetó entre las suyas y acarició el dorso con sus pulgares disfrutando el tacto de su suave piel.

Lo que sentía por ella era como una trampa mortal. Había pasado de actuar sólo en su beneficio a estar pendiente también de lo que ella quería, por encima de sus miedos. Era increíble cómo era capaz de sobreponerse a ellos con tal de verla feliz.

—Soujiro…

—Está bien, Misao —interrumpió sus innecesarios argumentos, porque sabía que en realidad no podía negarle nada y menos algo de tanta transcendencia para ella.

Ella rio feliz y le abrazó en respuesta. Y toda esa energía positiva que irradiaba le invadió sin remedio tranquilizando su espíritu. No tenía de qué preocuparse. Misao era una gran mujer; tenía la fuerza para hacer lo que quisiera, ya fuese el trabajo de un hombre o el de una mujer. Ella lograría que todo fuese bien y seguiría obrando la magia que ejercía en él.

—No te preocupes, de verdad —le intentó animar—. Si has conseguido aprender a ser un buen marido, aprenderás a ser un buen padre. Te lo prometo.

Soujiro la abrazó con fuerza. Adoraba a esa mujer. No sabía qué demonios había hecho con él, pero había dado la vuelta a su vida… y no la cambiaría. Pensó en como hacía meses se daba por satisfecho con su vida tranquila, pero aun así, cada primavera volvía a salir de su casa para realizar unos viajes que cada vez le apetecían menos.

Y ahora sabía que estaba buscando algo que ni siquiera sabía que buscaba. No sabía a quién tenía que darle gracias por ello, pero se las daba por ayudarle a encontrar aquello que en verdad necesitaba: una mujer que le entendiera, que le quisiera y le ayudara a ser mejor persona.

—Estoy seguro de que lo conseguirás —contestó.

Porque Misao tenía razón: había aprendido mucho sobre el comportamiento de las personas en general. Pero lo que era más importante para él: había encontrado con ella lo que había desistido en llegar a conocer. Había aprendido a amar.

No tenía nada que temer mientras ella estuviera con él. Con su eterna paciencia, Misao se encargaría de enseñarle cómo seguir mejorando y cómo ser mejor hombre para ella… igual que había hecho hasta ahora.

Soujiro suspiró, feliz, al tiempo que la estrechaba más fuerte contra él.

Era casi increíble el espectacular cambio que había sufrido su vida en apenas unos meses. Un feliz cambio que acogía con los brazos abiertos.

Y todo se lo debía a esa mujer radiante que meses atrás se tropezó en su camino.


— * —


Fin del Capítulo 51

15 Noviembre 2020


Notas finales:

Fiiiiiiiiiinnnnnnnn! No, fin, no, que falta el epílogo XD. Pero sí es el fin de la historia de amor entre ellos dos que tantos sufrimientos nos ha traído. Ya está todo dicho y aclarado, y la felicidad de estos dos por fin inundará el Aoiya con corazoncitos y arcoíris por todos lados *o*

Espero que el capítulo os haya gustado. Los finales son terroríficos para mí por la incertidumbre de cargarme una buena historia »_«. Pero a mí me gusta un montón y como suelo decir: para la primera que escribo es para mí XD . Pero en segundo lugar: espero que os haya gustado también a vosotras que pacientemente habéis seguido esta historia por AÑOS T_T No he podido acabarla antes, sorry.

Pero eso va para todas, incluso para mí. No creo que podáis entender lo megafeliz que estoy de haber publicado ya este capítulo. Esta historia me ha costado muchísimo terminarla a pesar de ser mi favorita (que en mi ordenador la inicié en 2014 »_«, así que fijaos lo que ha llovido). No os podéis hacer una idea de la cantidad de veces que la he releído y lo frustrada que me quedaba cuando llegaba al final de lo escrito y no había más. Era una desesperación tremenda. Porque aunque en mi cabeza lo veía, no es lo mismo leerlo bien estructurado y narrado a verlo a trozos en mi cabeza.

Supongo que podré subir el capítulo a finales de mes, que tengo otras cosas pendientes en medio »_«. Pero sé que la espera ya no será tan dura porque ya no tenéis la incertidumbre encima XD... Ainssss... qué bonitos me han quedado estos dos *o* . Adoro esta historia *o*

¡Saludos!