Disclaimer/Aclaración: Personajes insipirados de la obra de Jane Austen "Orgullo y Prejuicio/Pride and Prejudice". Laina Lee es quien posee los completos créditos por la creación de esta increíble historia.
Título al español: La Redención de un Hombre Honorable: Ganar su corazón
Traducción: Serendipia Efímera cuenta con la autorización de la autora de "Vindicanting a Man of Consequence: Gaining Her Heart" para su traducción al español.
Historia Original: Este trabajo se encuentra completo en su versión original (inglés), el cual se puede encontrar en el perfil de la autora.
_
1.
"La cinta"
Pensé que sentiría alivio cuando se fueran, pero en cambio Netherfield se siente como una tumba, todo gris y monótono sin la señorita Elizabeth Bennet. Bingley debió haberse sentido de manera similar cuando me dijo: "Qué tranquilo y solitario parece Netherfield ahora desde que la señorita Bennet y su hermana se fueron".
No dije nada. Mi mente estaba agradablemente ocupada en evitar mi actual melancolía con recuerdos de la estancia de la señorita Elizabeth en Netherfield:
Una mañana, en que la señorita Elizabeth llegó para ver a su hermana, sus ojos oscuros brillaban, una mancha cada vez más rosada en sus mejillas por el esfuerzo de la caminata. Su belleza me atrajo hacia adelante como un imán, aunque me detuve antes de acortar la distancia más de un paso o dos.
Recuerdo murmurar un rápido "Buenos días, señorita Bennet", pero dejé que Bingley y la señorita Caroline hablaran con ella sobre su hermana. Le presté poca atención a esa conversación, ya que estaba ocupado considerando la suma brillantez de su complexión por el esfuerzo de su caminata, como sintiendo una especie de preocupación por los peligros que podría haber enfrentado al caminar sola para visitar a una hermana con un resfriado fuerte.
Miré a la señorita Elizabeth mientras examinaba sus ojos más de cerca, dejando que todo se alejara de mí menos mi consideración por ella. Por el sol que entraba por las ventanas, sus ojos eran de un color avellana marrón verdoso, más oscuros hacia el centro con motas de oro, bordeados con un círculo de chocolate, en lugar de ser de un marrón fangoso como había supuesto antes.
Recuerdo que ese día mi pensamiento siguió girando alrededor de la señorita Elizabeth. Una parte mía quería hablar con ella, pero la otra temía la incertidumbre que tal conversación podría implicar. La señorita Bingley, como siempre, intentó ocupar mi atención. Sin embargo, terminé hablando con la señorita Elizabeth aquella noche sobre las mujeres llenas de talentos o cualidades. A la luz de las velas y del fuego sus ojos estaban oscuros, como café, y los bebí, queriendo más.
Solo le di importancia a la lista de la señorita Bingley respecto a las damas refinadas llenas de talento, ya que sé que eso es lo que espera la sociedad, lo que esperaba mi padre. Sin embargo, casi sin mi voluntad, añadí mi más querida esperanza, que "A todo esto debo agregar algo más sustancial, como ampliar su mente mediante una extensa lectura". Porque la esposa que deseo, siempre deberá estar aprendiendo. ¡Qué entretenidas discusiones podría tener con una mujer así! Una vez más, la señorita Bingley se quejó y de nuevo me desvié, creyendo que estaba poniendo sus propios talentos tan superiores como una red para atraparme.
Más tarde, cuando la señorita Elizabeth nos informó que su hermana estaba peor, sentí que debería preocuparme más por su condición. Eso era lo que se esperaba de mí y Bingley reaccionó como debía. Pero en lo que a mí respecta, solo podía pensar en el hecho de que esto haría que la señorita Elizabeth se quedara más tiempo en Netherfield. No entendía aquella mezcla de emoción y pavor que me llenaba.
Mientras las hermanas Bingley tocaban a dúo, me imaginé sosteniendo a la señorita Elizabeth en mis brazos mientras bailamos. Fue difícil dormir esa noche mientras tenía pensamientos carnales inapropiados sobre ella, besando su mano sin guante entre mis labios y su piel. Su mano era cálida y suave en mi imaginación, como los pétalos de las rosas de mi madre.
Fue esa noche en la que me había ocupado con un libro, estudiando mapas de Nueva Inglaterra en nuestras antiguas colonias. Recuerdo que estaba mirando un mapa de Boston en 1677, disfrutando de la curva de Cabo Cod que se parecía a la bota de un bufón, todo lo que faltaba era una campana, cuando de pronto escuché a la señorita Bingley pedirle a la señorita Elizabeth que dieran una vuelta por la habitación. ¡Oh, qué espectáculo mirar hacia arriba y verla!
La luz del fuego arrojó un suave resplandor sobre la figura de la señorita Elizabeth, revelando curvas en sus caderas, pecho y mejillas. Si bien la señorita Bingley tenía un paso corto y elegante, indudablemente algo que le habían enseñado, el de la señorita Elizabeth parecía el producto de muchos paseos vigorosos. Parecía estar avanzando a un ritmo más lento de lo habitual, a pesar de que estaba contenida por su brazo unido al de la señorita Bingley.
Solo podía imaginarme a mí mismo en el lugar de la señorita Bingley, pero en lugar de tener nuestros brazos entrelazados, ella agarraría los míos y caminaríamos como uno solo. Aunque era pequeña de estatura, creía que la señorita Elizabeth era más que capaz de seguir mi paso.
¿Qué eran los ríos bidimensionales ondulantes del mapa que esa noche había estado estudiando, en comparación con la forma de esta mujer? Al recordarla, anhelaba trazar su topografía, las montañas, los valles y los ríos, con mis dedos y labios. Quería entender qué estaba oculto, qué dejó el creador de mapas fuera de la página.
Mientras todavía estaba medio perdido en esta ensoñación de recordar la estancia de la señorita Elizabeth en Netherfield, la señorita Bingley decidió entablar una conversación vana. Ella me preguntó, "Dígame, Darcy, ¿el personal que contratas para Pemberley únicamente es de la comunidad o de algún otro lado?"
Forcé a mis ojos fijarse en su dirección y respondí distraídamente: "La mayoría de nuestro personal proviene de aquellos que han servido a nuestra familia durante generaciones".
"Qué lástima", respondió ella.
"Si me disculpan," dije levantándome abruptamente y sin esperar una respuesta.
Me escapé y salí del salón. Dejé que mis pies me llevaran al jardín antes de que la señorita Bingley pudiera invitarse sola.
Mientras caminaba, me consolé pensando que los pies de la señorita Elizabeth también habían recorrido esos mismos senderos. Sentía delante el eco de su presencia, como quedó grabado en mi memoria cuando me había quedo escoltando a las hermanas de Bingley y cómo la señorita Elizabeth se escapó riendo alegremente. Me la imaginé frente a mí.
Cuando llegué al final del jardín y me di la vuelta para regresar, vi un destello de color que estaba fuera de lugar. Me recordó a una mariposa colias croceus, una de color amarillo nublado batiendo sus alas, pero la temporada para ellos había pasado. Intrigado, decidí investigar.
Encontré un trozo de cinta amarilla enganchado en una espina del rosal. Era de su vestido.
Liberé cuidadosamente la cinta. Un fragmento de hilo quedó a un lado. Debió haberse aflojado parcialmente antes de quedar atrapado. Lo enderecé y alisé lo mejor que pude antes de envolverlo con fuerza y guardarlo en mi bolsillo.
Pasé la mayor parte del resto del día en mi habitación, envolviendo y desenvolviendo esa cinta alrededor de mi dedo. Me dormí sosteniéndolo en mi mano.
A la mañana siguiente, cuando desperté, mi mano estaba vacía. Busqué frenéticamente entre las colchas de la cama en busca de la cinta amarilla de la señorita Elizabeth, encontrándolo en el suelo junto a la cama. Lo limpié con cuidado el poco de polvo que tenía y luego lo sostuve por un tiempo.
Cuando mi ayudante tocó la puerta, rápidamente lo coloqué en un cajón. Traté de dejar a un lado mis sentimientos por la señorita Elizabeth tal como había dejado a un lado su cinta.
No funcionó. Sentí, aunque sabía que no tenía ningún sentido real, que encontrar su cinta era una señal en un idioma destinado exclusivamente a mí.
Sigue la historia para sus actualizaciones. Puedes comentar aquí o en la versión original.
