Disclaimer: Personajes inspirados de la obra de Jane Austen "Orgullo y Prejuicio/Pride and Prejudice". Laina Lee es quien posee los completos créditos por la creación de esta increíble historia.
Título al español: La Redención de un Hombre Honorable: Ganar su corazón
Traducción: Serendipia Efímera cuenta con la autorización de la autora de "Vindicating a Man of Consequence: Gaining Her Heart" para su traducción al español.
Link de la Historia Original: s/12973663/1/
Historia Original: Este trabajo se encuentra completo en su versión original (inglés), el cual se puede encontrar en el perfil de la autora.
Adicional: La historia se mantendrá contada mayormente por nuestro Sr. Darcy, desde niño, joven, en su tiempo para la historia original, etc. Además, aunque haya eventos que sucedan en el presenta habrá muchos relatos contados del pasado.
Aunque no lo crean es un capítulo largo. En el formato origina Caroline se dirige al Sr. Darcy como "Darcy".
.8.
"Poesía, dudas y preparación"
La noche siguiente a la Asamblea de Meryton la señorita Bingley dijo: "No tengo ganas de tocar el piano esta noche. Darcy, usted tiene una voz muy fina, ¿no podría leernos un poco de poesía? Justo tengo este libro". Ya que en el pasado una o dos veces había leído en voz alta como parte del entretenimiento después de la cena, estuve de acuerdo cuando me lo solicitó. Examiné la tapa del libro que me alcanzó y descubrí que era Coleridge.
"Por favor, ¿podría comenzar en la página setenta y tres?" ella preguntó. Pasé las páginas esperando encontrar tal vez "Balada del Viejo Marinero", o "Kubla Khan", en cambio, al llegar a donde se me indicó, encontré un breve poema titulado "La presencia del amor".
Me puse de pie para proyectar mejor mi voz, la señorita Bingley tomó el asiento más cercano a mí, me miró fijamente mientras que yo enfocaba mi vista sobre su cabeza, viendo más allá, concentrándome mientras recitaba el poema. Dejé que las palabras fluyeran a través de mí con más sonido del necesario. Me concentré por encima de ella ya que de lo contrario, parecía incorrecto hablar de amor sin dirigirle las palabras a una amada inexistente.
'Y en las horas más ruidosas de la razón,
Todavía existe un incesante susurro: Te amo;
Único consuelo y soliloquio del corazón.
Tu moldeas mi esperanza, vestida en mi interior;
Liderando todas mis palpitaciones, fluyendo en mi dolor.
Tu yaces en mis muchos pensamientos, como la luz,
Como la dulce luz del crepúsculo,
O la visión anticipada del verano rompiendo en el arroyo,
Nubes reflejadas en un lago.
Y mirando hacia el cielo que se arquea sobre ti,
Muy a menudo, bendigo al dios que me ha hecho amarte así.'
La señorita Bingley elogió mi actuación e inmediatamente exigió que leyera otro poema, pero Bingley intervino y dijo: "Darcy, debo hablar contigo sobre la propiedad".
Lo acompañé a la biblioteca, ese triste lugar que en su mayoría estaba desprovista de libros. Cerró y bloqueó la puerta, lo que fue un comportamiento extraño en él. Le pregunté: "¿Qué es tan urgente?"
Caminó un poco y luego se detuvo ante mí. "Te mentí. Tengo algo importante de qué hablarle, pero no tiene nada que ver con Netherfield".
Mi curiosidad aumentó, le presté toda mi atención.
"No creo que haya significado nada para ti leerle un poema así a Caroline, ya que fue ella quien lo sugirió, pero debo pedirte que te abstengas de leerle ese poema. Ella ya se cree enamorada de ti, y yo creo que no lo está. Sin embargo, cuando lees un poema así que expresa esas palabras, aunque no las escribiste, ella está dejando en claro sus sentimientos al sugerir tal lectura. Ella puede creer que todavía hay esperanza de que pidas su mano cuando la complaces leyendo dichas palabras... bueno, nada bueno puede salir de eso."
"Solo estaba tratando de ser educado", le dije. "Y el poema es bueno".
"Sé que no pretendías hacer daño, de verdad te creo. Simplemente, no le leas algo así de nuevo."
Le aseguré que no volvería a hacerlo, y eso fue todo.
A la mañana siguiente, cuando caminaba al lado de Bingley de regreso de los establos después de un paseo dijo: "Darcy, quería hablarte sobre cómo actuaste en la asamblea hacia la hermana de la señorita Bennet. No entiendo por qué fuiste tan grosero con la señorita Elizabeth. Como tú anfitrión me haces ver mal insultando a una señorita de este pueblo".
"Fue demasiado", le dije mirando al frente en lugar de a él. Luego expliqué un poco lo que había sentido esa noche antes y agregué: "No estaba en mi mente pasar tiempo con ninguna mujer, por lo que hice que ella viera lo peor de mí".
"Difícilmente creo que lo hayas evitado insultándola", me dijo.
"Puede que tengas razón ", reconocí, pero contrarresté, "sin embargo, prefiero que ella piense que soy grosero antes de que sepa la verdad sobre mí".
Entonces se detuvo y se volvió hacia mí. "La verdad no es tan espantosa como crees que es. Tú tienes ciertas dificultades como las tenemos todos."
Lo enfrenté, con las manos en las caderas y la postura recta. "¿Tienes dificultades, Bingley? ¿Las tienes? ¿Tú que siempre que conoces a alguien te sientes cómodo y haces sentir cómodo al resto? No tienes idea de con qué lucho cada día. Lo difícil que es ser yo".
"Pensé que habías compartido conmigo lo suficiente como para tener una idea de lo que sientes. Pero si hay más que necesite saber, dímelo". Respondió de manera uniforme y tranquila. Ojalá hubiera respondido con enojo así yo podría haber respondido de la misma manera.
Resueltamente miré hacia adelante. No podía soportar mirarlo a los ojos y ver cómo podría estar observándome. Pensé un rato. Había compartido fragmentos, pero muy poco sobre mi infancia o sobre lo que mi padre realmente pensaba de mí. Sin embargo, había algunas cosas que no quería que nadie supiera. Cosas que me hicieron sentir mal; me entristecieron y me hicieron sentir otras cosas para las que no tenía palabras, o más bien las palabras sí existían, pero no estaba seguro cuáles podrían encajar con lo que sentía.
Pensé en lo mucho que mi padre había tratado de moldearme con la Institutriz Hayes. Me enojé al pensar en ella, y aunque sabía que las acciones de Bingley eran muy diferentes a las suyas, ¿no estaba él también tratando de moldearme? Dejé que mi ira duradera hacia la señora Hayes saliera en mis siguientes palabras.
"¡Dejen de presionarme para que esté cerca de la gente y tratar de que actúe como todos ustedes!" Me escuché gritar. Obligué a que mis siguientes palabras fueran más tranquilas. "Has visto lo que pasa cuando lo haces".
"Sí, lo he hecho. Atacas como un animal herido". Se acercó a mí con una mano que supongo que estaba destinada a consolarme, pero me estremecí. Retiró su mano.
En un tono suave me dijo: "Darcy, sabes que solo he tratado de ayudarte, de hacértelo más fácil. Lo has hecho tan bien con mis hermanas en Londres que realmente pensé que estabas listo para más. Quizás me equivoqué al pedirte que vengas con nosotros a Netherfield, o a insistirte que vayas a la asamblea y que bailes."
Bingley dio un pequeño suspiro, se quitó el sombrero y movió las manos por los bordes mientras pensaba. Su cabello claro reflejaba el sol en un lado porque aún era temprano, mientras que el otro lado de su rostro estaba en la sombra. Continuó: "He aprendido mi lección. Si deseas regresar a Londres no intentaré detenerte. Si te quedas, no aceptaré ninguna invitación en tu nombre. Puedes quedarte solo en la casa si es lo que deseas. Si tengo invitados, puedes esconderte en tu habitación. Aunque ya esté obligado por honor a dar un baile en Netherfield, puedes irte antes de que lo haga o no asistir".
"Gracias", le dije de manera tranquila.
Terminamos nuestra caminata en silencio, o más bien sin más conversación, porque aún se oía el crujido de nuestras botas de montar que dejaba huellas en el pasto mientras la recorríamos. Vi a dos ardillas rojas persiguiéndose una y otra vez, el sonido que hacían era muy fuerte, quizás por lo rápido que corrían. Hice una pausa por unos minutos para mirarlas, y supe que Bingley también se detuvo porque ya no podía escucharlo caminar.
No podía decidir qué eran las ardillas entre sí: ¿eran amigas y jugaban? Quizás turnándose para perseguir a la otra, era difícil distinguirlas; o ¿eran enemigas y se estaban tratando de ahuyentar la una a la otra? Eso parecía menos probable ya que se perseguían de árbol a árbol, ¿eran quizás una hembra y un macho participando en alguna forma de cortejo cuyas reglas no conocía? Lo que supuse significaría que el macho estaba persiguiendo a la hembra mientras ella huía de él, envidiaba su velocidad, la libertad que tenían para actuar y no hablar para resolver lo que fuera entre ellos. Los observé hasta que desaparecieron en lo alto de un árbol y ya no pude verlas ni oírlas.
No sucedió ese día, pero al considerar más las opciones que Bingley me había ofrecido, incluido su permiso para abstenerme de todas las interacciones posteriores con la gente de Hertfordshire, me di cuenta de que no deseaba irme ni esconderme. Quería estar con la gente incluso si nunca sabía qué decir. Por lo tanto, asistí a una reunión en Lucas Lodge, recorrí la ciudad y cené con los oficiales. Pero Netherfield siguió siendo mi refugio, hasta que fue invadido por las hermanas Jane y Elizabeth Bennet. No creo que fuera accidental que invitaran a cenar a la mayor mientras estábamos fuera. Probablemente Bingley disuadió a sus hermanas de recibir invitados mientras yo estaba presente.
Aun así, me había olvidado en gran medida de la decisión de Bingley de organizar un baile hasta que más Bennet nos invadieron para visitar a la enferma. Una de ellas, la más joven planteó el asunto en lugar de irse una vez concluido el propósito de su visita. Físicamente se parecía un poco a la señorita Elizabeth, pero no podía imaginarme a la señorita Elizabeth pasando toda una visita susurrando y riendo con su hermana.
Bingley declaró: "Les puedo asegurar que estoy perfectamente preparado para cumplir mi promesa, sólo necesito retrasarlo hasta que la señorita Bennet se recupere."
Después de dos días de aquella visita, cuando volvimos a reunirnos con las mujeres de Netherfield luego de la cena y vimos que la señorita Bennet estaba entre ellas en el salón, no me sorprendió tanto que Bingley le hablara de su intención de hacer un baile.
Había estado tratando de examinar algunos mapas en mi libro, pero ya lo había abandonado en su mayoría como una causa perdida, ya que la señorita Bingley seguía interrumpiéndome. Quién, excepto ella, cogería presuntuosamente un volumen sobre "Mapas de América del Norte - Volumen II", un tema en el que parecía no tener interés ni ganas de aprender, sin siquiera pedirle permiso a su dueño. Como si eso no fuera suficiente, la Sra. Hurst estaba haciendo un bullicio terrible jugando con sus brazaletes, el tintineo de ellos quebraba cualquier concentración que me pudiese quedar.
Escuché a Bingley decir: "Señorita Bennet, después de que usted se recupere espero tener nuevamente el placer de su compañía en Netherfield cuando tengamos nuestro baile."
Finalmente, algo pudo desviar la atención de la señorita Bingley de mí. Con los ojos todavía fijos en el mapa que tenía delante mío, trazando las líneas de los ríos y cómo se cruzaban en su camino hacia el océano, la escuché decir: "Charles, ¿hablas en serio sobre celebrar un baile en Netherfield? Antes de tomar una decisión al respecto te aconsejaría que consultes los deseos de la parte presente". Hizo una pausa y sintiendo sus ojos en mí, levanté la mirada. "No me equivoco en decir que hay alguien entre nosotros que," continuó observándome sin pestañear a través de este discurso, antes de volverse para mirar a Bingley, "un baile sería más un castigo que un placer."
Bingley me miró por un momento y luego respondió: "Si te refieres a Darcy, puede quedarse en su habitación si así lo desea, pero en cuanto al baile está decidido; y tan pronto como Nicholls, mi ama de llaves, tenga suficiente comida para servir enviaré las invitaciones."
Volví a enfocarme en mi libro mientras la señorita Bingley seguía parloteando. No la animaría si pudiera evitarlo, sin embargo, mi mente no podía concentrarse en mis pequeños mapas, en cambio, mi mente reproducía la llamativa imagen en mi cabeza de la señorita Elizabeth bailando conmigo, nuestros cuerpos acercándose y alejándose como es debido, viéndola y sintiéndola junto a mí.
En ese momento oí a la señorita Bingley invitar a la señorita Elizabeth a dar una vuelta por la habitación; cuando ella se unió a la hermana de Bingley, fue una imagen muy llamativa junto a la que mi propia mente había creado sobre bailar con ella.
Pensé mucho sobre esto después, a veces solo centrándome en la imagen de la señorita Elizabeth moviéndose de un lado a otro delante de mío, omitiendo tanto como fuera posible la imagen de la señorita Bingley a su lado, a veces centrándome en la conversación que tuvo lugar en ese momento. Esa conversación y la que siguió fue un ejemplo de cómo sentí que había sobresalido al conversar con la señorita Elizabeth.
La señorita Bingley preguntó: "¿No se unirá a nosotros, señor Darcy?" Se colocó un mechón de su cabello naranja –en mi opinión, siempre ha sido naranja, no entiendo por qué la gente insiste en llamar a ese cabello "rojo" cuando esto es obviamente incorrecto– detrás de la oreja antes de pasar suavemente el pulgar por su línea de la mandíbula. Me pregunté por qué estaba haciendo eso.
Le respondí: "Tendré que negarme; no sería adecuado, ya que solo puedo imaginar dos motivos para que elijan caminar juntas, y en cualquier circunstancia, mi unión para caminar con ustedes, una en cada brazo, podría sólo interferir".
La señorita Bingley le pidió en voz alta a la señorita Elizabeth que interpretara mi significado, lo que me pareció bastante extraño, ya que la señorita Bingley debería entenderme mucho mejor que la señorita Elizabeth con todo el tiempo que hemos pasado en compañía del otro, pero la señorita Elizabeth rechazó complacerla mientras me miraba, sus ojos sostuvieron los míos por un momento con más audacia de la que había observado antes.
Caminaron dando media vuelta de regreso a mí, la señorita Elizabeth se encontraba más cerca por lo que inmediatamente la señorita Bingley se estiró para dirigirse a mí y sacó más a la vista su pecho.
Ella preguntó: "¿Qué quiere decir, señor Darcy?". No respondí de inmediato ya que una vez más, quedé bajo un encanto de la señorita Elizabeth, no sólo sus hermosos ojos esta vez, sino su figura suavemente balanceada e iluminada por el fuego. "¿Quiere informarnos sobre estos dos motivos o pretende mantenerlo en secreto?"
Me di cuenta de que me había quedado observando las curvas femeninas ahuecadas a la luz del fuego de la señorita Elizabeth, e hice todo lo posible por apartar la mirada de ella mientras le respondía a la señorita Bingley: "No tengo la menor objeción a explicarlas".
Habría seguido haciéndolo si la señorita Bingley no hubiera añadido: "¡Por favor, infórmenos, estoy tan ansiosa por conocer sus razones, de verdad!" Se volvió a la señorita Elizabeth: "El Sr. Darcy siempre tiene buenas razones para todo lo que hace, pero a veces son demasiado complicadas para que el resto de nosotros las entendamos". Viéndome dijo, "¿Todavía no puedo persuadirlo para que se una a nosotros?"
Cuando la señorita Bingley finalmente hizo una pausa por un momento, le expliqué: "O eligen este método de pasar la noche porque están en confianza de la otra y tienen asuntos secretos que discutir, o porque son conscientes de que sus figuras parecen tener la mayor ventaja al caminar, si es el primero, debería estar completamente obstruyéndolas; y si es el segundo caso, puedo admirarlas mucho mejor sentado junto al fuego".
La señorita Bingley sonrió entonces como si estuviera expresando una gran admiración por ella, pero apenas me di cuenta. En verdad, mi mirada se centró nuevamente en la señorita Elizabeth iluminada por el fuego y era ella a quien admiraba, en quien pensaría hasta bien entrada la noche.
Aunque sentí que me había desenvuelto bien en esa ocasión y que casi había sido ingenioso al explicar por qué no me uniría a ellos, a veces al reflexionar sobre esa noche, lamenté no haber aceptado. Si lo hubiera hecho, podría haber sentido la mano de la señorita Elizabeth en mi brazo incluso si la señorita "Distracción Molesta" estuviera del otro lado. Pero fue esta interacción más que cualquier otra la que finalmente me determinó que debía dejar de lado mis miedos y perseguir lo que deseaba.
Sabía que Bingley lo entendería si me abstuviera de asistir a su baile, ya que él ya me había dado permiso para hacerlo al menos dos veces. No tenía idea de si la señorita Elizabeth tenía alguna expectativa mía, pero esperaba que ella sí quisiera y deseara que yo asista y la invite a bailar.
Cuando finalmente resolví que debía ir, decidí tomar un enfoque metódico en la preparación. A diferencia de otro hombre que podría estar ocupado decidiendo qué abrigo usaría o considerando a quién invitaría para un baile, yo sabía que necesitaba familiarizarme con el salón de baile. Esperé a que Bingley y sus hermanas estuvieran atendiendo las visitas para abrir las puertas dobles y entrar al gran salón.
El salón de baile era un rectángulo alargado con un semicírculo agregado a un extremo que estaba rodeado con dos juegos de ventanas, uno comenzaba a aproximadamente a cuatro pies sobre el suelo y un segundo juego quizás a dos metros y medio de este. El primer conjunto constaba de cuatro rectángulos a cada lado de las puertas dobles en el medio y el segundo conjunto tenía diez rectángulos sobre el primer conjunto, los dos del medio sobre las puertas. Las puertas dobles tenían acristalamientos cuadrados más pequeños colocados en ellas y conducían hacia afuera en el jardín. Las ventanas proyectaban cuadriláteros irregulares de luz sobre el suelo de madera, pero uno era casi un trapecio isósceles. El piso estaba incrustado en madera oscura y clara para formar diseños. Había un elaborado diseño de medio resplandor solar para enmarcar el extremo del semicírculo. El resto de la habitación tenía un diseño de rayos de sol alargado mucho más grande contenido en el centro de dos rectángulos insertados.
Caminé a lo largo y ancho del salón de baile para fijar sus dimensiones en mi mente, notando cuándo llegaba a cada rectángulo. El borde del rectángulo insertado más externo se colocó a dos yardas de la puerta y un pie de ancho, el siguiente rectángulo estaba a dos yardas de su borde interno y también a un pie de ancho. Imaginé que los rectángulos iban a enmarcar la danza. Caminé alrededor de cada rectángulo, una, dos, tres veces. Fue agradable hacerlo. El rectángulo más exterior tenía aproximadamente veinticinco metros en su lado largo y sesenta pies en su lado corto.
Me alegraba que la arquitectura fuera tan regular en esta sala, tan bien planificada y tan bien ejecutada. Entonces se me ocurrió que era muy diferente al salón de en donde se llevó la Asamblea, el cual tenía una forma irregular que era notablemente más estrecha en un extremo; sin duda, este era un factor adicional que había hecho que permanecer allí fuera tan desagradable.
Luego recorrí todo el perímetro del salón de baile, encontré cada puerta y descubrí a dónde conducía cada una. Me complació descubrir que solo había cuatro entradas y salidas al resto de la casa, solo una por lado: las puertas principales, las puertas que daban al jardín, una sola puerta que conducía a la cocina y una puerta a la entrada y una habitación que podría usarse como sala de juegos.
A medida que se acercaba el baile, la señorita Bingley solía informarnos regularmente de su progreso e incluso insistía en mostrarnos el salón a medida que se hacían los arreglos. Vine de buena gana con el grupo para ver los avances, a pesar de que ella habló de que todo estaba mal. El color de las cortinas que había puesto sobre las ventanas hacía que me diera pena por el bloqueo que haría a las estrellas en la noche del baile.
La señorita Bingley mostraba su frustración de que no había tiempo para volver a cubrir los cojines de las sillas que ahora rodeaban el borde exterior de la habitación, que la adición de candelabros adicionales para velas se tambaleaba de manera extraña en comparación con los que se habían montado previamente en perfecta simetría. Aun así, fue útil conocer la habitación; me ayudaría a saber comportarme.
Por fin llegó el martes y con él nuestro baile. La señorita Bingley se apoderó de los sirvientes todo el día con su alboroto y todo estuvo listo mucho antes de lo requerido. Ella estaba vestida con su vestido de gala de debut, su cabello arreglado justo así y usando sus guantes de noche y joyas antes de que yo me hubiera movido de mi libro. Estaba leyendo Coleridge, el mismo volumen que ella me hizo leer en voz alta antes.
Yo mismo no necesité mucho tiempo para vestirme, pero la señorita Bingley ocupó gran parte del tiempo libre que me quedaba hablando conmigo, lo que me obligó a mantener mi lugar en mi libro. Ella era mucho más agradable cuando no había rival para mi atención, pero la conversación era aburrida. Ella no era la señorita Elizabeth.
Reflexioné una vez más si debería acostarme temprano, como sugirió Bingley. Sin duda sería más fácil evitar a la señorita Elizabeth que estar cerca de ella. Pero sentí que me comporté tolerablemente bien mientras ella estaba en Netherfield atendiendo a su hermana. Me las arreglé para hablarle y no exhibir mi comportamiento más extraño. Incluso me consideré ingenioso en ocasiones. Era más agradable hablar con la señorita Elizabeth que con las hermanas de Bingley, ya que tenía una forma de hacer que cualquier conversación fuera animada, dándome muchas cosas para que volviera a mi mente después, para examinarlas desde otros ángulos.
Quizás por el libro en mi regazo, pensé en su opinión de que la poesía, más que ser el alimento del amor, tenía la eficacia de alejar el amor. Y, sin embargo, la señorita Elizabeth había admitido que la poesía podía ser alimento para "un amor fino, vigoroso y saludable", en contraste con "una especie de inclinación leve y tenue" por la que "un buen soneto la matará de hambre por completo".
Por supuesto había una diferencia entre escribir un poema de amor a una mujer y simplemente leer uno. Al reflexionar sobre el pronunciamiento de la señorita Elizabeth, me pregunté si leer ese poema de amor a la señorita Bingley alimentaba los sentimientos que ella tenía por mí. El poema ciertamente no me había hecho pensar en ella, sino que me informó que la señorita Bingley no era nadie a quien deseaba porque no sentía nada de lo que expresaba el hablante del poema.
Cuando me retiré para vestirme, o más bien para dejar que mi valet de cámara me vistiera, volví a hojear las páginas del libro, buscando el poema que la señorita Bingley me había leído. Cuando encontré "La presencia del amor", lo leí en voz alta con ojos nuevos. Deseaba memorizarlo ya que las palabras habían adquirido un significado diferente para mí ahora que tenía un objeto para mi afecto. Lo que sentía por la señorita Elizabeth no podía ser amor, al menos no todavía, pero no podía imaginarme dirigirme a otra mujer con palabras como esas.
Sentí mitad esperanza y mitad temor por lo que podría ocurrir si le pedía a la señorita Elizabeth que bailara conmigo. No tenía miedo de que ella se negara en un evento como este (mi estatus en la sociedad casi garantizaba su aceptación y ella no podía negarse sin tener, por educación, a negarse hacerlo después con otras personas), en cambio, mi temor era hacer el ridículo; tal como sucedió cuando estaba en la universidad. ¡Si tan solo ella pudiera ser como Bingley y hacer el esfuerzo de conocerme y preocuparse por mí!
Cuando esperaba en el gran salón junto al resto de nuestro grupo a que llegaran los invitados podía sentir la misma ansiedad que sentí en la asamblea. Los músicos estaban reunidos en la parte de semicírculo de la sala, afinando sus instrumentos de cuerda y practicando algunas sonadas juntos; fue un conjunto de sonidos desconcertante. Sentí la presión en mis sentidos como antes mientras la habitación se llenaba gradualmente (aunque ahora los músicos estaban en silencio), pero ahora tenía la distracción de esperar a ver a la señorita Elizabeth.
Al momento de por fin verla, al lado de la señorita Bennet, justo detrás de sus padres, sentí que se me secaba la boca y el impulso repentino de visitar el cuarto de baño, de estar lejos. Resistí este impulso, pero tampoco fui hacia ella, aunque se movió hacia mí para pasar a través de la línea receptora de la que, naturalmente, no formaba parte. Estaba solo, salvo por Hurst que me hablaba -o más bien a sí mismo-, sobre cuándo estaría abierta la sala de juegos, lo poco que deseaba bailar y sus expectativas para la cena.
No participé en el baile de apertura, aunque la señorita Bingley había insinuado varias veces que deseaba que la acompañase. Me quedé atrás, muy lejos de ese rectángulo más externo, observando. Observé cómo la señorita Elizabeth bailaba con un hombre corpulento que se movía mal y la pisoteaba. Pude ver que estaba tratando de mantener una conducta agradable.
Durante el segundo set, cumplí con mi deber y bailé con la Sra. Hurst. Pero me distraje mientras bailaba con ella cuando vi a la señorita Elizabeth moviéndose en el baile varios lugares más abajo de mí, bailando con un oficial en su traje de regimiento.
Decidí invitar a la señorita Elizabeth a bailar una vez que estuviera libre, pero cuando llevé a la señora Hurst a su marido, perdí el rastro de ella. No ayudó que la señorita Bingley (que debe haber estado bailando con el señor Hurst antes), comenzara a hablarme inmediatamente.
Después de algunas cortesías, la señorita Bingley me preguntó: "¿Se encuentra disponible para este set? Todavía no he llenado mi tarjeta de baile". Luego esperó en silencio cerca de mí. No dije nada, usando este tiempo para explorar la habitación, tratando de encontrar a la señorita Elizabeth nuevamente a través de la multitud.
Vi a otras Bennet antes de verla a ella. Allí estaban sus hermanas menores junto a un grupo de soldados, Bingley hablando con la señorita Bennet y la madre hablando con la señora Long (afortunadamente yo estaba demasiado lejos para escuchar lo que decían). Finalmente la vi, debatí si debería acercarme a ella. Mi estómago se sentía revuelto, mi boca todavía estaba seca a pesar de que había bebido un poco de ponche durante el primer set.
Escuché a la señorita Bingley aclararse la garganta y luego golpear el suelo con el pie, pero permaneció en silencio. Finalmente preguntó: "¿Y bien?".
Miré a las hermanas sin responder. La Sra. Hurst me miró a los ojos y dijo: "Darcy, seré tan directa como no lo será mi hermana. Charles nos ha dicho durante mucho tiempo que prefieres que las personas digan lo que en verdad quieren decir en lugar de asumir que entiendes lo que está implícito. Eso es lo que prefieres, ¿no?, aunque sea grosero"
Asentí con la cabeza.
La Sra. Hurst agarró la mano de su hermana y luego dijo: "¿Podrías pedirle bailar este set a Caroline? Ella ha estado tratando de insinuarte que quiere que se lo pidas. Por favor, haz esto, sino ella se volverá insoportable."
En ese momento, la señorita Bingley empezó a sonrojarse mientras intentaba apartarse, aunque no pudo hacerlo con la fuerza que su hermana la sostenía.
Estaba a punto de hacerlo cuando mis ojos vieron más allá de ella, a la señorita Elizabeth; que estaba mucho más cerca de lo que había estado antes. De forma distraída le dije a la señorita Bingley: "Me alegraría bailar un set con usted más tarde, pero primero hay algo que debo hacer". Sin esperar una respuesta, caminé hacia la señorita Elizabeth. Mientras lo hacía pude escuchar las primeras líneas del poema de Samuel Coleridge Taylor en mi cabeza:
Y en las horas más ruidosas de la razón,
Todavía existe un incesante susurro: Te amo;
Único consuelo y soliloquio del corazón.
¿Qué no un baile era el momento más ruidoso? ¿No sentía todavía, a pesar de las distracciones, algo profundo dentro de mí, vibrante y decidido? Dejé que las siguientes palabras sigan jugando:
Tu moldeas mi esperanza, vestida en mi interior;
Entonces yo estaba ante ella. No me di tiempo para cambiar de opinión y no me importaba si estaba interrumpiendo su conversación. "Señorita Elizabeth, ¿me haría el honor de bailar el próximo set conmigo?"
¿Qué les pareció? Amo cada vez Darcy coge mayor coraje y fuerza misma. Tal como la autora lo haría les agradezco los comentarios.
Nota de la traductora: Sigue la historia para sus actualizaciones. Puedes comentar aquí o en la versión original. Me disculpo si hay algún horror ortográfico que se me haya pasado.
Queda prohibida su reproducción sin autorización de la autora original.
