Autora POV
– ¿Estás seguro de qué es la única forma, Minato? Q-Quiero ver a mis hijos crecer… –dijo una angustiada Kushina mirando de reojo a su esposo, aunque en el fondo sabía que las palabras de su esposo eran la única alternativa que les quedaba en esos momentos.
El Kyuubi había sido liberado, y en su ira había comenzado a atacar sin piedad la aldea, la única forma de frenarlo era volver a sellarlo en un contenedor, y ella misma no poseía las fuerzas suficientes como para volver a albergar a la bestia en su interior. Estaba completamente segura que nadie se ofrecería como voluntario para esta tarea, por lo que no quedaba más alternativa que sellar al demonio zorro en un contenedor que no tuviese la conciencia suficiente para negarse, y desafortunadamente sus hijos eran la opción más cercana que tenían.
Si existiese otra forma de detener al Kyuubi, Kushina sería la primera en intentar ese camino, pues sabía de primera mano lo difícil que sería la vida de sus hijos teniendo un biju en su interior. Esperaba por lo menos poder estar a su lado para protegerlos, pero era consciente de que lo que estaban a punto de hacer era una misión suicida de la cual probablemente no sobrevivirían, sin contar que su cuerpo estaba debilitado por el parto y porque le extrajesen el Kyuubi.
– Es la única solución que tenemos en este momento. –respondió su esposo. Su rostro intentaba mantenerse serio, pero Kushina sabía bien que, en el interior, Minato estaba sufriendo tanto como ella. A penas habían formado una familia, y ahora todo parecía esfumarse como arena. – Sellarlo por completo en uno de los dos sería demasiado para sus pequeños cuerpos… Sellaré una mitad del Kyuubi en cada uno, y sellaré un poco de nuestros chakras en ellos. Así podremos ayudarlos si algún día el sello peligra…
Un suspiro escapó de los labios de Kushina sabiendo que no había forma de detener lo inevitable. Si no actuaban pronto, el Kyuubi seguiría cobrándose más vidas de la aldea.
– Está bien… –murmuró dando su aprobación.
No hubo más tiempo que perder. Saltaron a la acción para proteger a su aldea, Konoha…
Aquel día… El día que el Kyuubi atacó, Konoha fue salvada por el Yondaime… Pero al mismo tiempo, la aldea había perdido al Hokage y a su esposa…
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– ¿Qué haremos ahora, Sandaime-sama? –preguntó con cautela Nara Shikaku mientras su vista se dirigía a las dos pequeñas cestas que yacían sobre el escritorio del hombre anciano.
Con el Yondaime difunto, el mando de la aldea volvía a estar bajo las manos del Sandaime, y los shinobis de la aldea que aún podían brindar sus servicios, es decir, que no habían sido heridos o asesinados por el Kyuubi, se encontraban listos para recibir órdenes.
– Me temo que mantener a las dos mitades del Kyuubi juntas sería demasiado peligroso… Lamentablemente, uno de estos niños deberá ser enviado lejos de Konoha. –dijo con pesar el Hokage mirando a las dos criaturas.
Naruto y Sakura… Los hijos de Uzumaki Kushina y Namikaze Minato. A penas habían llegado a este mundo, y ya Hiruzen podía decir con total certeza que sus vidas estarían atravesadas por numerosos obstáculos. Sentía lástima por aquellas pobres almas inocentes que aún sin ser conscientes de ello habían recibido una gran carga.
– ¿Cuál de ellos será…? –inquirió dudoso el líder del clan Nara.
La mirada de Hiruzen se posó con detenimiento en los dos bebés antes de tomar una decisión.
– La niña…
Shikaku se limitó a asentir sin dar objeción alguna.
– Prepararé un equipo para llevarla a un lugar lejano pero seguro para ella… ¿Qué pasará con el niño?
– Probablemente vaya a parar a un orfanato… Por precaución no llevará el apellido de Minato, y no se le dirá nada acerca de este día… –fue la respuesta que dio el Hokage.
– ¿Le ocultarás la verdad?
– Por ahora… sí. A penas es un bebé, su vida de por si será difícil… No quiero pensar en lo que le haría saber que dentro de su interior existe una de las criaturas más peligrosas conocidas por el hombre… –murmuró Hiruzen.
Shikaku mantuvo silencio observando al niño. Sabía que recibiría un buen regaño de su esposa por lo que estaba a punto de hacer, pero no podía evitarlo… Su corazón le decía que era la decisión correcta.
– En ese caso, mi esposa y yo lo adoptaremos. –dijo con firmeza el líder del clan Nara. – Usted mismo dijo que la vida que le espera a este niño es difícil… El necesitará de una familia amorosa que lo contenga.
Una pequeña sonrisa surcó los labios del Hokage. Conocía a la perfección el noble corazón del shinobi frente a él, por lo que no era sorpresivo para él escucharlo decir tales cosas.
– ¿Estás seguro de querer asumir esta responsabilidad? Tienes un hijo propio y un clan entero del cual encargarte, sin contar tus deberes como uno de los principales estrategas de la aldea.
– Jamás estuve más seguro de algo en mi vida…
– Entonces, está decidido.
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Un jadeo escapó de los labios de Yoshino al ver a su esposo llegar a casa con un bulto entre sus brazos.
– ¿Shikaku…? –inquirió la matriarca del clan Nara. Sus manos temblaban levemente mientras miraba expectante a su marido.
– Lo siento… Sé que es una decisión apresurada que no debí tomar sin tu consentimiento… Pero no podía dejar que este niño se quedara solo… –murmuró culpable Shikaku.
Yoshino miró a los ojos de su esposo. Sabía que el no tomaría una decisión al azar, y si bien estaba molesta con él por no haberle consultado primero, sabía que no podía negarse. Con cautela se acercó y suavemente retiró la manta, revelando la cabeza del bebé.
Un jadeó ahogado se atoró en su garganta y una creciente opresión surgió en su pecho al notar los rasgos del bebé: Era la viva imagen del Yondaime. Este era el hijo de su amada amiga Kushina.
Pequeñas lágrimas se acumularon en sus ojos, pero Yoshino se esforzó por no romper en llanto.
Con sumo cuidado tomó al bebé en sus brazos y lo meció arrullándolo.
– S-Supongo que ahora Shikamaru tiene un hermanito menor… –murmuró la castaña.
Aquel día, Yoshino se había hecho la promesa de no dejar que a ese niño le faltase amor, jamás…
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– ¿No sería mejor matar a la bebé? –se quejó un ninja de Konoha. En sus brazos cargaba un pequeño bulto envuelto en mantas, mientras avanzaba a gran velocidad en dirección a Amegakure con su compañero.
– Recibimos ordenes precisas de llevar a la niña a salvo. –lo regañó su compañero mientras se adentraban a la aldea donde jamás dejaba de llover.
En la oscuridad de la noche, ambos shinobis se movieron por los callejones de la aldea, buscando un buen lugar donde dejar a la bebé. Luego de varias vueltas, finalmente decidieron dejarla sobre un montón de cajas a las afueras de una casa.
El lugar a penas estaba resguardado de la lluvia, pero sin duda era una de las mejores opciones que habían logrado conseguir. Tras asegurarse de que la niña se encontraría bien, ambos shinobis abandonaron el lugar, sin percatarse de que, en las sombras, alguien los observaba.
Lentamente, la figura se acercó a la bebé, observándola con curiosidad ¿Por qué un par de ninjas de Konoha se tomarían las molestias de traer a un infante hasta su aldea? ¿Qué tenía de especial la niña?
Acercó lentamente su mano hasta tocar la mejilla de la niña. Su piel estaba fría… Probablemente moriría de hipotermia antes de que amaneciese. Acarició suavemente su mejilla, moviéndose hasta retirar un poco la manta que cubría su cabeza, revelando de esta forma una inusual mata de cabello rosado, con un pequeño mechón de cabello rojo, de una tonalidad muy similar a su propio cabello.
La niña seguía durmiendo pacíficamente, sin percatarse del mundo que la rodeaba. La paz y la pureza que demostraba era impresionantes, y hacía que algo en su corazón se removiese.
El era un criminal a los ojos de muchos, había vivido cosas que mucha gente sería incapaz de imaginarse… No debería de estarse preocupando por una bebé… Sin embargo, la poca humanidad que aún poseía, le decía que no podía dejar a esa niña allí.
Sin preguntárselo más, tomó a la niña en brazos y se dirigió a su guarida. Había tomado la decisión de cuidar de esa pequeña…
