Autora POV

Naruto jamás había sido el alumno más ejemplar. No necesitaba que nadie se lo recalcara, el mismo era bastante consciente de sus propias carencias. A pesar de sus constantes esfuerzos, y las horas extra que pasaba practicando con Shikamaru, sus calificaciones eran las peores, sin contar que era bastante torpe a la hora de realizar jutsus.

Pero porque era consciente de sus propias carencias era que se había esforzado tanto para aprobar el examen. Había pasado horas extra practicando, e incluso le había pedido consejos a su padre. Había esperado que eso fuese suficiente para conseguir la marca mínima para pasar… Y entonces falló…

En el momento en el que Iruka-sensei le había dicho que no se convertiría en gennin, algo dentro de Naruto se rompió. Era como si alguien más hubiese tomado todos sus sueños y los hubiese tirado a la basura…

Ya no podría ser compañero de Sasuke. O ir en misiones con Shikamaru. Ya no pelearía con Kiba sobre quién de los dos se convertiría en Hokage. No podría volver a casa con una sonrisa alegre y contarle a su madre sobre sus aventuras. Ahora no podría portar con orgullo la insignia de Konoha como shinobi de la aldea…

Y todo había sido peor en cuanto había puesto pie fuera de la academia.

Desde que tenía memoria, Naruto siempre había recibido malos tratos de parte de la gente de la aldea. Miradas acusadoras, gente escupiendo en su dirección, mercaderes negándose a venderle o subiéndole el precio de forma injustificada, los constantes apodos de "Demonio zorro" o "Niño maldito". El rubio no estaba seguro de qué había hecho para recibir tal trato, pero le afectaba más de lo que alguna vez expresaría en voz alta.

Por eso, cuando salió de la academia y se encontró con todas esas miradas juzgadoras, mientras todos comenzaban a murmurar sobre el hecho de que había fallado el examen, había sido simplemente demasiado para él…

No pretendía preocupar a sus padres o a Shikamaru huyendo, pero necesitaba un momento para alejarse de todo y pensar.

Había sido una sorpresa realmente grande cuando Mizuki-sensei lo encontró y en un intento de consolarlo le mencionó sobre cierto pergamino prohibido. El jounnin de cabellos blanquecinos le había relatado que el pergamino contenía una gran cantidad de técnicas, y había asegurado que, si Naruto lograba dominar alguna de esas técnicas, sería promovido a gennin sin duda.

Naruto jamás había considerado hacer algo tan deshonesto como robar un objeto de tal valor -incluso si ocasionalmente se encontraba a si mismo robando alimentos del mercado-, pero ansiaba tanto cumplir su propio sueño, que había terminado siendo seducido por las palabras del hombre.

Todo sucedió tan rápido. Robar el pergamino, aprender el jutsu, descubrir que Mizuki-sensei en realidad era malvado y que solo lo había engañado para robar el pergamino y huir de la aldea, ver como Iruka-sensei se arriesgaba para salvarlo, aprender la verdad de por qué todos en la aldea parecían odiarlo tanto…

De alguna forma había conseguido salir mayormente ileso de toda esa situación. Y si eso era poco para sorprenderlo, Iruka-sensei incluso había decidido convertirlo en gennin.

Ahora se encontraban de camino a Ichiraku Ramen a pesar de todo lo sucedido.

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Sakura balanceó sus piernas en el borde del taburete mientras esperaba su comida. Había decidido ir a aquel puesto de ramen que Genma le había enseñado la noche anterior. A pesar de que ya tenía su propio hogar, aún necesitaba comprar provisiones, por lo que cuando había llegado la hora de cenar, se había encontrado a si misma sin nada que comer, lo cual la llevó a la situación actual.

No había muchas personas en el local a esas horas. Una gran mayoría de los ciudadanos se encontraban en sus propios hogares. No es que a Sakura realmente le importase si había gente o no en aquel lugar.

– Aquí tienes. –habló el dueño del restaurante mientras le entregaba su tazón de fideos. Sakura se dispuso a comer, o al menos tenía la intención de hacerlo cuando… – ¿Shikamaru-kun? ¿Qué haces aquí solo?

La pelirrosa se sobresaltó un poco y volteó su cabeza hacia la entrada, corroborando que, tal y como decía el chef, Shikamaru se encontraba allí.

– Estoy buscando a Naruto… –murmuró el mencionado. Se notaba agitado, como si hubiese estado corriendo antes de llegar al lugar. – ¿No lo ha visto…?

– ¿Naruto? –repitió el vendedor. – No recuerdo haberlo visto luego de que vinieron a noche con tu padre ¿Sucedió algo?

El pelinegro se mordió el labio dudoso de si decir la verdad era la opción correcta.

– Shikamaru-kun… –Sakura lo llamó suavemente. El nombrado se sobresaltó, no se había percatado de la presencia de la pelirrosa hasta el momento. – El estará bien… –habló con calma la chica mientras tomaba sus palillos para comenzar a comer. – Sé que no los conozco mucho realmente, pero no creo que Naruto sea la clase de persona que cometa una locura tan grande e irremediable. Sea lo que sea que haya sucedido, se solucionará.

– P-Pero… –intentó replicar Shikamaru.

– Ten más confianza en tu hermano…

El pelinegro quedó mudo, no sabía que decir. Hasta hace tan solo unos segundos había estado tan convencido de mover cielo y tierra con tal de encontrar a Naruto, y Sakura, una chica a la que a penas había conocido el día anterior, con tan solo unas pocas palabras lo había hecho cambiar de parecer ¿Por qué?

Dejó escapar un pequeño suspiro y relajó su postura. La pelirrosa tenía razón… Incluso si Naruto tendía a ser una persona torpe e impulsiva, jamás había hecho nada lo suficientemente grave como para preocuparse. Incluso en su propia estupidez tenía sus límites.

– ¿Por qué no me acompañas a cenar, Shikamaru-kun? –sugirió la pelirrosa mientras que con sus palillos reunía una pequeña cantidad de fideos.

– No traigo dinero conmigo. –murmuró el pelinegro.

– No te preocupes por eso. –le sonrió Sakura. – Yo invito. –dijo mientras sacaba de su bolsillo una pequeña bolsa de dinero que llevaba con ella.

Shikamaru dudó por unos segundos antes de aceptar su oferta y tomar asiento en el taburete contiguo a la pelirrosa. El dueño del negocio tomó esto como una señal para ponerse a trabajar.

La pelirrosa disfrutaba tranquilamente de su ramen mientras que el pelinegro la observaba de reojo sin perderse ningún detalle. La forma en que algunos mechones de cabello se escapaban de su trenza y enmarcaban a la perfección su rostro en forma de corazón; Aquel mechón rojizo que contrastaba con el suave rosa del resto de su cabellera; La forma en que sus mejillas se sonrosaban suavemente cada vez que sonreía satisfecha por la comida; El modo en que sus pequeños y pomposos labios se curvaban, y sus largas pestañas acariciaban sus pómulos con cada parpadeo…

– Toma una foto, durará más. –dijo de pronto ella sacándolo de su ensoñación.

Shikamaru pudo sentir sus mejillas calentarse y rápidamente miró al frente, en un intento inútil de disimular. Su reacción causó una pequeña risa de parte de la pelirrosa.

– L-Lo siento… –murmuró por lo bajo Shikamaru sintiéndose avergonzado. Sakura se apresuró a negar indicando que no era necesario. Pronto el silencio recayó sobre ambos… Lo único que podía escucharse era el ruido de los utensilios de cocina, y las voces de la gente que transitaba por la calle. El pelinegro se mordió el labio mientras volteaba a verla una vez más, percatándose entonces de la diadema que la pelirrosa llevaba atada alrededor de su cuello. – Veo que aprobaste el examen… –comentó.

Sakura apartó los palillos por un segundo mientras bajaba su mirada hacia la banda antes de mirar a Shikamaru y asentir.

– Me hubiese sentido decepcionada de mi misma si hubiese fallado con lo sencillo que era… –habló con calma. – Veo que tu también lo lograste. –señaló al brazo del pelinegro donde este portaba una banda similar. – Felicitaciones. –Shikamaru se encogió de hombros sin saber realmente qué responder. – Aunque, la verdad es que la verdadera prueba viene ahora. Luego de que los equipos sean seleccionados, será cuando realmente veremos quien tiene materia para ser un shinobi. –comentó mientras volvía a su comida.

Shikamaru se limitó a asentir comprendiendo a lo que la chica se refería: Muchos salían de la academia con mentes ignorantes e inocentes. Era una vez que la etapa de gennins comenzaba que se hacía claro quienes solo buscaban ser ninjas por diversión y quienes estaban realmente listos para los horrores que los aguardaban. No es que Shikamaru realmente estuviese familiarizado con ello, pero proviniendo de un clan ninja, tenía una leve noción del tema.

– ¿Crees que estarás bien con tu equipo? No conoces a nadie aquí en la ciudad… –preguntó el pelinegro.

Sakura se encogió de hombros.

– Incluso si conociera a alguien aquí… no quita el hecho de que tengo que dar lo mejor de mi tanto en lo individual como en lo grupal. Mis relaciones afectivas no tienen nada que ver con el trabajo. –contestó la pelirrosa.

Shikamaru parpadeó un tanto sorprendido. Podía decir con certeza que Sakura era bastante distinta las demás chicas que había conocido de su edad. Por ejemplo, las demás chicas de la academia matarían por estar en un mismo equipo que el chico que deseaban. Aunque… también debía admitir que la pelirrosa se había criado en condiciones muy distintas a la mayoría de esas chicas. Una joven que desde sus siete años había estado viajando por el continente… sin duda tendría otras prioridades.

– ¡Teuchi-san! ¡Dos tazones de ramen por favor! –un nuevo cliente llegó al humilde puesto de ramen. Tanto Sakura como Shikamaru se voltearon a ver al reconocer la voz de Iruka.

Los ojos del pelinegro se abrieron con sorpresa al ver que, acompañando al jounnin, también se encontraba Naruto. Rápidamente se bajó del taburete y se acercó a su hermano adoptivo, tomándolo por los hombros.

– ¡Naruto! –exclamó. – ¿¡Dónde rayos estabas!? –exigió saber. La preocupación era notable en su voz.

El rubio rió nerviosamente mientras se rascaba la cabeza.

– Lo siento, no era mi intención preocuparte, Shikamaru. –se disculpó. – Solo necesitaba algo de tiempo para pensar, ttebayo.

El pelinegro lo observó fijamente no muy convencido de su respuesta, sin embargo, decidió dejarlo estar, ya tendría tiempo de interrogarlo en casa.

– Que gusto verte, Naruto. –saludó Sakura desde su asiento. – A usted también, Iruka-san. –les brindó una cálida sonrisa.

– ¡Sakura-chan! –exclamó alegre el rubio al verla. – ¿Tú también estás aquí?

La pelirrosa asintió.

– Aún no tengo alimentos en mi nuevo hogar, por lo que decidí que era buena idea cenar aquí. –explicó Sakura. – Luego Shikamaru-kun apareció y decidí invitarlo a cenar.

– ¿Invitarlo…? ¿Cómo en una cita, dattebayo? –preguntó Naruto inocentemente.

– ¡N-Naruto!

– ¿Qué?

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En la torre Hokage, una pequeña reunión se llevaba a cabo a altas horas de la noche. Hiruzen Sarutobi, el sandaime Hokage, intentaba mantener su rostro imperturbable mientras escuchaba los reclamos de Danzo, Homura y Koharu.

– ¡La chica no puede quedarse aquí, Hiruzen! –exclamó con indignación Koharu. – ¡La decisión de alejarla de la aldea fue por algo!

– Concuerdo. –opinó Homura. – Ya es lo suficientemente arriesgado tener al niño aquí. Si ambas mitades del Kyuubi se encuentran…

– No necesito que me lo recuerden. –los interrumpió el Hokage. – Soy consciente de las consecuencias. No he tomado esta decisión a ciegas.

– Dime, Hiruzen… –habló Homura. – ¿Qué fue lo que te llevó a aceptar a Uzumaki Sakura en la aldea si eres tan consciente de los peligros que ello implica?

– No podía mirar a esa jovencita a los ojos y simplemente echarla. Pensé que tal vez sería bueno para ambos muchachos finalmente conocerse… Son la única familia real que les queda. –contestó con calma Hiruzen mientras entrelazaba sus manos por encima del escritorio. – Desconozco si Sakura es consciente de que una parte del Kyuubi reside dentro de ella. Se presentó ante mi como una jovencita huérfana que espera encontrar hogar dentro de nuestra aldea, y Konoha jamás le ha negado hogar a nadie.

– No me vengas con sentimentalismos, Hiruzen. –gruñó Danzo hablando por primera vez desde que había llegado allí. – ¿Realmente piensas poner esos sentimientos insignificantes por encima de la seguridad de la aldea? –inquirió. El Hokage frunció el ceño notoriamente, no feliz con las acusaciones del hombre. – Deshazte de la niña, Hiruzen… O yo mismo tomaré el asunto en mis manos.

Tras decir aquellas palabras, dio media vuelta y se marchó de la habitación. Homura y Koharu le dedicaron una última mirada al líder de la aldea antes de seguir su ejemplo e irse de allí.

Hiruzen se permitió suspirar con cansancio mientras se recargaba en su silla, inseguro de cómo debería proceder a continuación.

Sin duda… tiempos difíciles se acercaban…