Cría cuervos y te sacarán los ojos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en la "Casa de Blanco y Negro [Multifandom]" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condición: Familia y Envidia.


1

Y Helena voló

Helena siempre había sido una persona amargada y envidiosa.

Cuando era pequeña era la mimada del castillo. Godric le había enseñado a manejar la espada —a pesar de que su madre decía que la guerra no era para señoritas—, Helga le contaba historias de ellos antes de fundar Hogwarts y Salazar, el más reservado de los cuatro, le había mostrado la forma de sobrevivir en el Bosque Prohibido.

Su infancia estuvo repleta de risas y atenciones, pero también de exigencias. Su madre aspiraba a que heredara su inteligencia innata; al ver que no fue así, comenzó a rodearla de libros e instructores para que la adquiriera. Mientras que los demás niños corrían y jugaban en los patios y galerías, Helena permanecía entre las paredes de la biblioteca.

Cuando su carta llegó, diciendo que tenía una plaza disponible en el colegio, su madre se había limitado a decirle: «quedar en otra casa no es una opción».

Helena era físicamente igual a ella —mismo pelo negro, mismos ojos de cielo—, pero ahí terminaban las similitudes. ¿Y si el Sombrero Seleccionador la ponía con Helga o con Godric? Su madre jamás se lo perdonaría.

Para su buena fortuna, consiguió quedar en Ravenclaw. Pero nunca consiguió adaptarse a sus compañeros. Los demás estudiantes la miraban recelosos por ser hija de una de las fundadoras. «Los profesores deben tenerle tolerancia por su madre», eran los comentarios más habituales.

¡Cuán equivocados estaban! A ella se le exigía más que a cualquier otro estudiante. Los profesores le dejaban el doble de tarea, hasta el punto que Helena pasaba más tiempo en la biblioteca que en su dormitorio. Y, en tercer año, su madre le dio un giratiempos para que tomara todas las clases optativas. Lo que casi llevó a su colapso mental.

A medida que iba creciendo, su madre le exigía aún más, controlaba cada una de sus calificaciones y los comentarios que los profesores hacían sobre ella; sus compañeros, también se volvían más crueles. La marginaban, la humillaban y le decían que nunca sería tan inteligente como la gran Rowena Ravenclaw.

La única persona que veía más allá de su apellido era Giselle, la hija de Helga Hufflepuff. Ella tenía sus rizos dorados y su mirada caramelo, pero era confrontativa y nunca contenía su lengua. Había terminado en Gryffindor. Y su madre, lejos de enfadarse, aplaudió como nadie en el estrado. Giselle quería conocer el mundo detrás de las colinas onduladas de Escocia, y Helga era la primera en apoyarla. No quería obligarla a continuar su legado.

Y, francamente, Helena la envidiaba por ello.

La envidiaba porque su madre no era como Helga y nunca lo sería. Ya había trazado su destino incluso antes de que naciera; Helena solo tenía que limitarse a cumplirlo.

«Si al menos me dijera la verdad», pensaba a menudo.

Su madre la había llamado Helena al nacer y le había puesto su apellido. «Ravenclaw —le susurraba cuando era pequeña—. Eres Helena Ravenclaw, nada más.» Pero ella quería conocer a quien la había engendrado. Tenía derecho a hacerlo. Todos los niños merecían conocer sus orígenes, sus raíces, para poder conformar su identidad.

«Nunca más me vuelvas a preguntar por él. Jamás. Yo soy lo único que tienes», fueron sus palabras determinantes. Su madre no solo le exigía sino que le negaba lo único que ella anhelaba.

Las expectativas, las negativas, las humillaciones y la soledad la llevaron a tomar aquella decisión.

En el único momento que Rowena Ravenclaw se volvía vulnerable era en la noche, cuando se quitaba su diadema. Aquel objeto le daba a su portador la capacidad de explotar al máximo su intelecto. «Si tuviera una, todo sería más fácil», era su pensamiento.

Entró en la habitación cuando la luna, blanca y redonda, se reflejaba contra el cristal de la ventana. Una vela se ahogaba en cera sobre la mesa, iluminando la estancia con su fulgor dorado. Su madre se encontraba en la cama, con el cabello negro suelto y las manos cruzadas sobre el regazo. Entre ella y la vela estaba la diadema.

Rowena se sobresaltó al percibir su presencia.

—¿A qué has venido? —preguntó, incorporándose lentamente—. Deberías estar haciendo la tarea de Encantamientos.

—¿Eso es lo único que te importa, madre? —Su voz era calmada, casi inexpresiva—. He venido a darte una oportunidad para que te redimas. Dime, ¿quién es mi padre?

—Ya hemos hablado de eso. No necesitas saberlo —respondió tajante—. Se fue hace muchos años. Casi no lo recuerdo.

Instintivamente, su madre extendió la mano hacia la diadema. Helena agarró su muñeca con fuerza y, con la que tenía libre, se hizo con el objeto. Era la primera vez que la tocaba. Acarició la plata y el gran zafiro incrustado en el centro. Se sentía ligera, fría contra su piel.

La preocupación se reflejó en el azul de su mirada. «Sin la diadema es una simple mortal», pensó.

—Te la devolveré cuando empieces a recordar.

Sus hombros se tensaron.

—La última vez que me escribió estaba en Albania. —La carta se encontraba en el cajón a su lado—. Es un hombre egoísta y cruel; te arrepentirás de querer conocerlo —advirtió.

«Eso lo juzgaré yo.»

—¿Lo amaste? —preguntó—. ¿Me amas a mí? Dime que me amas y sabré que todos estos años de infelicidad, de querer cumplir con tus expectativas, valieron la pena.

Rowena desvió la mirada. El cabello negro le ensombreció el rostro. Helena no supo qué le dolió más: si su silencio o la cobardía de no enfrentarse a sus ojos. En el fondo, siempre había sabido la verdad.

Helga era una madre atenta y cariñosa con Giselle. No tenía reparos en colmarla de besos y abrazos, a pesar del carácter tosco de la chica. Y siempre la felicitaba, por más ínfimo que fuera su logro. Su madre, en cambio, acostumbraba decir: «para la próxima, lo harás mejor».

Cuando pensaba en ello, le hervía la sangre en las venas; ahora, contemplando directamente su desamor, no sentía más que vacío y abandono.

—Sabía de tu incapacidad para ser empática con los demás, pero pensé que tendrías algún sentimiento para con tu hija —contestó. Su voz era tan suave como la seda—. Te perdono, madre, por todo el tiempo que he pasado sola, infeliz y marginada.

Helena la envolvió con sus brazos; ella permaneció rígida ante el súbito contacto. Su cabello olía a flores silvestres y su cuerpo desprendía un halo de calidez. «Si tan solo me hubieras dado un poco de afecto, nada de esto estaría sucediendo.»

Le dolería abandonar a Helga, a Giselle, a Godric. Pero era hora de labrarse su propio camino, salir del castillo y ver qué le deparaba el mundo. «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida», concluyó.

Se puso de pie y apagó la vela entre sus dedos.

—Helena —susurró. Creyó que iba a detenerla—. La diadema…

—Solo te importa la maldita diadema —dijo con los dientes apretados—. Me iré a Albania, a buscar a mi padre, y me llevaré tu preciado tesoro conmigo.

—¿Por qué piensas que te permitiré hacer eso?

—Porque no podrás hacer nada para evitarlo.

Hundió el puñal de plata hasta el mando. La sangre le corrió entre los dedos, cálida y viscosa, y las palabras se le ahogaron en la garganta. El hechizo silenciador era su especialidad; no la encontrarían hasta el amanecer, cuando no llegara al desayuno.

«Eso me dará tiempo para llegar a Hogsmeade y desaparecerme.»

En el exterior, la escarcha centelleaba y el aire nocturno era gélido. Helena se acomodó la diadema sobre los cabellos y se cerró la capa con el broce en forma de águila.

«Hay luna llena —pensó mientras empezaba a caminar—. ¿Puede existir algo más hermoso?»


Nota de la autora: Este es el principio de una recopilación que irá sobre padres e hijos de la saga. En su mayoría serán relaciones conflictivas y llenas de matices, aunque podrán existir momentos bonitos y muy familiares. Esta viñeta en particular nació para un minirreto de Helena!Dark, pero al final no llegué a tiempo y me pasé del límite de palabras. ¿Quién es el padre de Helena? Creo que hay varios guiños. ¿Quién es el padre de Giselle? Queda a su imaginación.