Cría cuervos y te sacarán los ojos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en la "Casa de Blanco y Negro [Multifandom]" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condición: Del amor al odio hay solo un paso.


2

Pueblo chico, infierno grande

Se habían mudado al pueblo muggle después de casarse.

Allí no habitaban más de cien personas, las casas estaban separadas por pequeños jardines cercados y siempre brillaba un sol mortecino que hacía resplandecer los caminos.

«Es el lugar idílico para que crezcan nuestros hijos», pensaba su esposa. Por sus venías corría sangre muggle, y había crecido en un pueblo similar a ese; Percival, que la amaba por sobre todas las cosas, no se lo pudo negar.

Su familia se había opuesto, por supuesto; los Dumbledore provenían de una estirpe mágica, habituada a vivir entre los suyos. Su hermana Honoria fue la primera en despreciar a Kendra. En ella latían más fuerte los prejuicios en cuanto a los muggles y toda su cultura. Percival, en cambio, encontraba interesante el mutuo intercambio y, por eso mismo, se había enamorado de Kendra.

Lo que más le gustaba del pueblo muggle era el anonimato. En el mundo de la magia, el apellido Dumbledore no carecía de renombre y el exceso de atención era algo que Percival no podía tolerar bien. Allí eran solamente una familia que buscaba criar a sus tres hijos de la mejor manera posible. Aunque la señora Bennett opinaba que «tres bocas para alimentar era demasiado».

Kendra siempre había soñado con tener una gran familia para no volver a sentirse sola; Percival se conformaba con una pequeña que le endulzara la vejez. La vida los había bendecido con dos varones sanos y robustos antes de concederles a Ariana. Él amaba a Albus y a Aberforth con locura, pues eran sangre de su sangre, pero no podía evitar sentir debilidad por su niña.

Ariana era dulce, atenta y curiosa por naturaleza. Le gustaba escuchar todas sus historias —incluso si ya se las sabía de memoria—, juntar las flores que crecían junto al lago y plasmar en un lienzo todo lo que surgía en su imaginación. Ella nunca se enfadaba y estaba siempre dispuesta a hacer amigos.

La señora Bennett no tenía hijos, pero sí tres sobrinos que la visitaban con regularidad. Eran irrespetuosos y salvajes, por eso colmaban la paciencia de Percival cada vez que lo veía. Ariana encontraba divertidas sus bromas groseras. Incluso en el caos, su niña era capaz de adaptarse.

A Kendra le preocupaba que Ariana pudiera tener alguna manifestación de magia espontánea frente a los muggles. Percival había calmado su miedo acompañando a la niña cada vez que salía de la casa. De ese modo terminó convirtiéndose en el nuevo mejor amigo de la señora Bennett. «Si no te conociera, querido, diría que me estás por cambiar por nuestra vecina», era la pulla habitual de su esposa.

La señora Bennett era una mujer bajita, regordeta, con ojos pequeños y una gran sonrisa, que preparaba los mejores pasteles de limón del mundo. Viuda antes de tiempo, se había dedicado a la cocina para matar la soledad. Le gustaba inmiscuirse en la vida de los demás, escarbando hasta el último detalle, pero Percival ya estaba acostumbrado a ella. «¿Dónde dice que estudia su hijo mayor?» «En un colegio extranjero, muy prestigioso», respondía siempre.

Esa tarde no fue la excepción.

Los tres sobrinos de la señora Bennett correteaban por el jardín; Ariana permanecía en la sala, compartiendo el té y los pasteles de limón. Se había trenzado el cabello ella misma y, orgullosa, se lo hizo saber a la señora Bennett.

—Su hija es encantadora, Percival. —A pesar de llevar tiempo repitiendo los encuentros vespertinos, ella se negaba a perder las formalidades—. Mi hermana deseaba tanto tener una niña, pero Dios le dio tres varones. Su hijo Albus, ¿es tan encantador como Ariana? No lo veo tan seguido como a ella.

—Mi Albus es un buen muchacho. Muy estudioso y esforzado.

Percival miró hacia la ventana. El sol se estaba durmiendo sobre las colinas, por lo que los niños entraron a la casa.

—¿Podemos ir al lago a ver el atardecer? —preguntó el menor de ellos—. Ariana puede venir con nosotros si quiere.

Ella lo miró con los ojos iluminados de pura ilusión. Sabía que Kendra se opondría, pero Percival pensó que podía hacer una excepción. Después de todo, habían construido su vida en un pueblo muggle, rodeados de muggles, debían fraternizar con ellos.

—Ve ligera como el viento, pequeña —respondió él y le colocó la bufanda alrededor del cuello para abrigarla—. Vuelve antes que el sol se ponga por completo. No queremos preocupar a tu señora madre.

¡Cuán errada fue su decisión!

La niña que le devolvieron apenas era una sombra de su querida Ariana. Lloraba copiosamente, las manos le temblaban y tenía la ropa empapada. No pronunció palabra alguna, solamente dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas y se aferró a sus brazos con tanta fuerza que Percival pensó que iba a lastimarse.

—Por favor, hija. Habla conmigo —rogó—. Puedes confiar en mí. —La tomó del rostro para obligarla a mirarlo. Ariana seguía llorando—. Soy tu padre, mi deber es protegerte de los males de este mundo. Dime qué sucedió en el lago.

Ariana no pronunció palabra alguna, se lo mostró.

Percival contempló a través de sus ojos, de su memoria, el rosa y púrpura fundiéndose sobre la superficie del lago. Escuchó las carcajadas de los niños mientras Ariana permanecía junto a la orilla. De repente, un nenúfar flotó desde el agua hasta la mano de la niña. Rápidamente atrajo la atención de ellos, quienes la rodearon. Le dijeron «¿cómo hiciste ese truco de magia?» y «enséñanos a hacer lo mismo». Ariana balbuceó una excusa detrás de otra y el nerviosismo creció en ella.

«No quiere enseñarnos el truco de magia», dijo el mayor. «No seas egoísta. Tienes que compartirlo», bramó el menor. Ariana retrocedió instintivamente, buscando una forma de protegerse. Los niños tomaron las rocas de la orilla y comenzaron a hostigarla con ella, hasta que a uno de ellos se le ocurrió sumergirla en el lago. «El agua le quitara el egoísmo.» «Por favor, por favor —suplicó Ariana. Le deshicieron las trenzas y estropearon su vestido favorito—. No sé como lo hice. ¡Lo juro! ¡Déjenme ir, por favor!»

Él no necesitó seguir viendo la atroz escena para comprenderla. Ariana había tenido una estallido de magia involuntaria frente a los tres muggles y ellos, al contemplar algo que se escapaba de su conocimiento, la habían atacado sin piedad alguna, reduciendo a su Ariana en un manojo de nervios en cuestión de minutos.

Sintió la rabia aflorando en su interior. ¿Cómo se habían atrevido a hacerle eso a la niña de sus ojos?

Su hermana Honoria tenía razón. Los muggles eran seres inútiles, incapaces de concebir que existiera un poder superior a ellos. «Son escoria, Percival. Los muggles destruyen todo a su paso. No merecen mezclarse con nuestra gente.» Pero él no le había hecho caso. Y ahora pagaba las consecuencias de sus decisiones.

«Los odio. Los odio como jamás odié a nadie en mi vida», pensó. «Mi pequeña... mi niña que sonreía como los capullos en flor.»

Le besó la frente con una ternura infinita.

—Esos niños no volverán a hacerte daño. —Se puso de pie y echó a caminar hacia la puerta—. Te lo prometo, querida hija.

Sabía que lo que estaba a punto de hacer lo pondría en peligro a él y también a su familia. El apellido Dumbledore caería en desgracia por verse involucrado en un ataque a muggles, pero poco le importaba. En lo único que podía pensar era en la imagen de Ariana que tenía clavada en las pupilas. La furia, la impotencia y la ansiedad lo estaban carcomiendo por dentro. Tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo ya. Avanzó a pasos agigantados, la varita en mano.

Primero iría a buscar a los muggles y vengaría a su hija; luego se preocuparía por ir a Azkaban.


Nota de la autora: Según Rowling, la familia Dumbledore vivía en un pueblo mágico antes que sucediera lo de Ariana. El problema es que no entiendo cómo llegaron los muggles entonces a atacarla, por lo que me he tomado la licencia de ponerlos viviendo en un pueblo muggle. Además que me cuadraba mejor, teniendo en cuenta que Kendra es hija de muggles. Podría haber escrito algo de amor con esta frase, pero me gustó más la idea de mostrar el "amor" de Percival por los muggles, la aceptación que les da a pesar de como piensa su familia, y que luego se transformara en "odio" por lo que le hicieron a su hija.