Cría cuervos y te sacarán los ojos
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en la "Casa de Blanco y Negro [Multifandom]" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Condición: Darkfic.
3
Mapa de cicatrices
De su antigua vida conservaba el relicario y las cicatrices.
Al huir de la pequeña y maloliente choza, lo único que quiso llevarse fue el collar; las cicatrices no fueron algo opcional. Tom decía que no importaban, que para él era hermosa con ellas. Y siempre se las besaba y acariciaba con la punta de los dedos.
Pero Merope no podía evitar observarlas y recordar la historia detrás de cada una de ellas.
La del cuello se la hizo el día que la encontró con el baúl de su madre. Ella tenía solamente siete años, y se estaba olvidando de su rostro y de su voz. Buscaba alguna fotografía que la ayudara a recordar —porque su padre las había quitado todas después de su muerte—, pero lo único que encontró fueron vestidos y joyería. Merope, con la inocencia que ese en ese entonces poseía, se enfundó en uno y fingió encontrarse en un castillo. También se colocó los collares y anillos para darle más veracidad a su historia.
Su padre la descubrió poco después de regresar a la casa. Le gritó y la hizo devolver todo al viejo baúl. Cuando Merope le preguntó si podía quedarse con el collar, se lo arrancó del cuello. Las cuentas saltaron en todas las direcciones; a ella le quedó una marca rojiza como consecuencia.
La cicatriz de la mano se la hizo a los once años, cuando su carta de Hogwarts no llegó. Su padre estaba en contra del colegio, decía que «allí dejaban entrar a cualquier sangre sucia», pero le molestaba que no tuviera la plaza disponible. Entonces, decidió que Merope ya tenía edad suficiente para encargarse de la casa.
Ella tenía que limpiar, ordenar y cocinar antes que él llegara. De lo contrario, la golpeaba con un enorme cucharón de madera. Pero el día que le dejó la cicatriz no fue con el cucharón sino una caldera hirviendo. Morfin la sujetó la mano mientras su padre se la aplastaba. Lo que más le dolió no fue el golpe sino el calor que le arrasó la piel.
Su padre odiaba a los «sucios muggles», como él los llamaba, pues decía que contaminaban el magnífico mundo de la magia. Pero era adicto a fumar sus cigarrillos. Fumaba todo el tiempo, hasta el punto que toda la casa quedaba sumida en un constante olor a tabaco. Y también tenía la insana costumbre de apagarlos en cualquier lado. Así había conseguido el resto de las cicatrices.
El maltrato continuo de su padre y la participación pasiva de su hermano, la habían llevado a querer aislarse del mundo, a vivir su propia realidad, donde las cicatrices no existían. A través del marco de la ventana observaba a los niños del pueblo con sus respectivos padres y se inventaba historias.
«¿Todos los padres amarían de esa forma?», era la pregunta que más se había hecho.
Se perdió tanto en sus fantasías inventadas que ya no quiso practicar más magia. A veces tenía pequeñas manifestaciones, pero eso no le importaba porque siempre tendría Little Hangleton y sus curiosos habitantes.
El amor por Tom vino poco después.
Lo había conocido en un tórrido día de julio, donde la ropa se adhería al cuerpo por el sudor copioso y no existía abanico que pudiera dar tregua al calor. Él pasó cabalgando junto a su ventana, tan cerca que ningún detalle se le escapó. Era alto, moreno y de ojos claros. Todo en él resplandecía bajo el sol de verano; a diferencia de Merope que siempre usaba la misma ropa y solo sabía hacerse trenzas.
Tom pertenecía a la familia Riddle, la más adinerada de todo Little Hangleton, y estaba comprometido con una chica rubia que lo llamaba «Tommy».
Durante muchas noches soñó que ella era la chica rubia, que Tom la amaba y que se casarían y vivirían juntos en la colina o en cualquier otro lugar, pero sobre todo serían felices. Una palabra que apenas conocía.
Hasta que un día se cansó de que su sueño no fuera la realidad.
Revolvió una vez más el arcón de su madre, con el miedo latiendo en sus entrañas por la posibilidad de ser descubierta, y encontró el polvoriento libro de pociones. Merope no sabía leer muy bien, pero se fue guiando por las ilustraciones. De esa forma consiguió hacerse con la poción que haría que alguien, por fin, la amara. Solo tuvo que esperar otro día caluroso para ofrecerle un vaso de agua.
«He estado toda la vida enamorado de ti —le preguntó después de beberlo—. ¿Cuál es tu nombre?»
Ese día no obtuvo una nueva cicatriz sino algo mucho peor.
Cuando su padre la descubrió fraternizando con un muggle, la sujetó por las trenzas y la arrastró hasta la habitación contigua. Merope no podía evocar ese momento sin sentir que las manos le temblaban y su respiración se paralizaba. Él no le quebró ningún hueso, no le perforó la piel, pero le había hecho algo peor. Algo que Merope no era capaz de recordar.
Intentó no pensar en ello. «Ahora todo es diferente», se dijo a sí misma.
Tom había aguardado a que las estrellas sepultaran la luz del día y la había rescatado de aquella choza, de la cual solo conservaba malos recuerdos, y habían cabalgado muy lejos de Little Hangleton. Él la amaba más que cualquier persona y estaba dispuesto a todo por ella, incluso a olvidarse de su prometida y de su familia. «Porque ahora nosotros somos una familia», pensó.
Ella no se arrepentía de lo que había sucedido en su vida, de las marcas que tenía impregnadas en la piel, porque el mapa de cicatrices la habían llevado a conocer a Tom y con él todo era suficiente.
Y con cada nuevo día que pasaba, el fruto de su amor más se movía en el vientre. Pateaba fuerte y no la dejaba dormir. Eso no le importaba, pues ella siempre sonreía al sentirlo. «Será un niño, yo lo sé», estaba convencida de ello. Quería llamarlo Tom, al igual que su padre y su abuelo. Sabía que a su esposo eso le encantaría. Los años habían pasado y ahora tendrían un hijo juntos, quizás ya era hora de dejarle de dar la poción. Tom estaba enamorado de ella y de sus cicatrices, estaba segura. Y también amaba fervientemente al niño que se gestaba en su interior.
Merope le hizo una promesa más íntima, más personal, a su vástago.
«Te prometo que nunca conocerás los males del mundo. Nunca tendrás que llevar ninguna cicatriz contigo.»
Nota de la autora: La condición decía que tenía que abarcar algún tema como: el lado oscuro de los personajes, como muerte, adicciones, depresión. Por lo que decidí mostrar un poco el maltrato hacia Merope, la depresión que conlleva en ella y el no arrepentimiento por darle la poción a Tom.
