Cría cuervos y te sacarán los ojos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en la "Casa de Blanco y Negro [Multifandom]" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condición: Imaginación.


4

Solo queda imaginar.

El sol estaba oculto por los espesos nubarrones en aquel día de playa.

Amy llevaba un traje de baño floreado y sentía la arena entre los dedos de los pies. Los niños más pequeños correteaban por la orilla y los más grandes se encontraban mar adentro, cabalgando las olas. A ella no le gustaba el agua desde que casi se había ahogado el año anterior. La sensación de no poder respirar mientras intentaba salir a flote todavía estaba impregnada en ella. Por eso elegía permanecer en la arena, firme y segura, construyendo castillos e inventando historias sobre princesas y caballeros que habitaban en ellos.

«Tienes demasiada imaginación», acostumbraba a decirle Dennis Bishop. Él era su único y mejor amigo, y siempre escuchaba las historias que se inventaba. A Dennis le daba miedo el orfanato por la noche, hasta el punto de que era incapaz de conciliar el sueño; Amy quería convencerlo de que los monstruos que veían no eran más que personajes de cuentos.

El edificio donde vivían era de piedra gris, fría y apagada. Un lugar demasiado lúgubre para cualquier niño. «Pero, al menos, tenemos una cama donde dormir», pensaba con optimismo. Dennis le decía que se conformaba con migajas. Su historia era aún más triste que la de ella. Su madre lo había abandonado en plena avenida y se había perdido entre los transeúntes. Dennis se había visto obligado a mendigar y a dormir en una plaza, hasta que la señora Cole lo encontró y lo llevó al orfanato.

Él había conocido lo que era un caricia materna, la vida en familia, y por eso la añoraba tanto; Amy, en cambio, solo podía imaginarla.

Lo único que sabía de su madre era que se llamaba Beth Benson y que la había dejado en la puerta del orfanato con una nota que decía: «nunca dejes de soñar». La señora Cole nunca supo decirle si ella se había mostrado apenada por dejarla ahí, si había mirado hacia atrás una última vez mientras se alejaba.

Por eso Amy siempre jugaba a imaginarla. ¿Tendría su mismo cabello, sus mismos ojos, sus mismos temores? ¿Estaría disfrutando de la vida o estaría arrepentida de haberla abandonado y ahora no sabía cómo recuperarla? ¿Le gustaría ver en lo que Amy se había convertido o se sentiría decepcionada? ¿Alguna vez pensaría en ella si quiera? ¿Estaría viva?

Muchas veces había pensando en buscarla, pero tampoco tenía una firme pista para encontrarla. Sabia su nombre y tenía una nota, se necesitaba más que eso para poder hallar a una persona que no quería ser identificada. «Si te quisiera, ya habría vuelto», le susurró una voz en su interior.

Sobre un médano de arena se encontraba una pareja. Ella tenía el vientre redondeado y lo acariciaba con dulzura; él la miraba como si fuera lo más hermoso del mundo. «¿Será un niño o una niña? —se preguntó—. Espero que lo amen por sobre todas las cosas y nunca tenga que conocer un orfanato.» Luego, se perdieron entre las olas y Amy escuchó sus risas.

—¿Imaginando de nuevo? —preguntó una voz a sus espaldas, sobresaltándola.

Por un momento pensó que se trataba de Dennis; después, al observarlo detenidamente, se dio cuenta que era Tom Riddle. Él era un niño demasiado extraño, siempre rodeado de una aura misteriosa y tenía una veta de maldad que pocos conocían.

Tom la había besado junto a la gran verja que rodeaba el orfanato cuando ambos tenían siete años. Amy todavía recordaba las mariposas aleteando en su estómago y todo lo que había imaginado para ellos. Al día siguiente, Tom le dijo a todos que ella lo había acorralado contra la verja. Y, de esa forma, Amy se volvió el centro de burlas de los demás niños.

Más siniestro todavía era lo que le había hecho a Billy Stubbs. Tom y él se habían peleado luego de que Billy no quisiera cederle el turno para jugar en los columpios; tiempo después, su conejo apareció colgando de una viga del techo. Nunca se había podido probar su culpabilidad, pero Amy estaba segura que Tom era el responsable de dicho acto.

—¿Qué quieres, Riddle?

—¿Sin rencores por lo del beso, Benson? —Sonrió de esa forma ladina que Amy tanto detestaba—. ¿No te aburres de estar aquí sola?

«Cuando estoy sola puedo pensar, imaginar, soñar. Pero tú jamás lo entenderías», pensó pero no lo dijo.

En el Orfanato de Wool todos conocían las historias de vida de los otros, los motivos por lo cuales llegaron allí. La señora Cole siempre decía que Tom Riddle había llegado el último día del año, entre llantos y relámpagos. Su madre murió poco después de darlo a luz. Lo único que había llegado a pronunciar fue su nombre y a entregarle el objeto que llevaba alrededor del cuello: era un viejo relicario sin una fotografía dentro.

Tom, al igual que el resto de los niños, quería conocer sus orígenes, averiguar más sobre su familia. Y, a diferencia de los demás, él sí tenía más pistas por las cuales guiarse: el nombre de su padre, madre y abuelo, y el pueblo donde vivían. Ella podría haber muerto, pero en algún lugar del mundo tenía un padre y un abuelo por encontrar.

Dennis salió del agua y corrió hacia donde estaban ellos. A él tampoco le agradaba Tom desde el beso en la verja. Y Amy comenzaba a sospechar que estaba enamorado de ella. El otro chico también lo pensó porque lo comentó:

—Aquí viene el príncipe azul.

—¿Por qué eres así, Riddle? —espetó ella—. Tan desagradable, tan...

—Tienes razón, he sido descortés —se disculpó. Sorprendiendo a Dennis y a Amy, era la primera vez que lo hacía—. ¿Quieren ir a dar una paseo? Acabo de descubrir una cueva llena de tesoros —dijo. Luego se dirigió a Amy—: Siempre estás inventándote historias dentro de tu cabeza, ¿por qué no vivir una?

Los dos niños se miraron dubitativos, pero lo terminaron siguiendo.

Escalaron médanos de arena hasta que la señora Cole y los demás se volvieron puntos pequeños en la lejanía. «No se alejen mucho», les gritó pero sus palabras se las llevó el viento. Para llegar a la cueva había que sumergirse, pues se alzaba en el mar. Amy sintió que los músculos se le paralizaban de puro temor, pero la mano de Dennis la hizo sentirse segura. El agua le llevaba hasta la cintura y, si se sujetaba con fuerza, las olas no la arrastrarían como la última vez.

Por fuera la cueva se veía más pequeña de lo que era; por dentro, era húmeda y guardaba todos los sonidos del mar. Escucharon las olas romper contra las rocas y el viento silbando entre sus paredes. La luz del día apenas se colaba en ella, pero Amy pudo divisar los múltiples relieves que poseía.

Tom se alejó de ellos, instándolos a seguir, a adentrarse en sus profundidades. Amy dudó; Dennis se quedó paralizado en el lugar.

—No sean llorones —les dijo.

Pero sus palabras no les dieron la valentía que necesitaban.

De repente, un aura maligna los envolvió como un perfume. Amy sintió que el vello de los brazos y la nuca se le erizaba. Retrocedió instintivamente hasta que tropezó con una roca e impactó contra el suelo. Vio a Dennis caer a su lado con un golpe seco, como a una marioneta que le cortan los hilos de imprevisto. Todo su cuerpo comenzó a temblar mientras Amy se aferraba a él.

—¿Qué le hiciste? —gritó.

Tom Riddle sonrió.

—¿No te gusta imaginar? —preguntó con voz dulce e inocente. Nada más ajeno a él—. Pues imagina.

Su vista se cubrió de un manto negro y denso. Amy movió las manos en la oscuridad, buscando un punto de apoyo que le ayudara a salir de ahí, pero sus esfuerzos fueron inútiles. De pronto, de toda esa bruma, surgió una figura esbelta y femenina. Tenía el mismo pelo que ella, dorado y largo, y sus ojos eran demasiado grandes y oscuros. Era como verse en un espejo treinta años más tarde.

—¿Mamá? ¿Eres tú?

—Te abandoné porque no te quería en mi vida. Eras una carga para mí. Quería seguir siendo joven, bonita y libre —respondió ella. En su mirada no había atisbo de compasión. La niña comenzó a llorar—. Eres patética, Amy. ¿Qué hubiera sido de mí con una hija como tú?

—Por favor, no me lastimes —suplicó—. Tanto tiempo te he imaginado, he soñado como tú dijiste en la nota. No me hagas esto...

Una carcajada amarga escapó de sus labios; luego, el rostro de su madre se transformó en una masa gelatinosa y sangrante, y escuchó el sonido de un automóvil frenando sobre el asfalto.

Entones Amy gritó.


Nota de la autora: Amy Benson y Dennis Bishop fueron los niños atacados por Tom en la cueva. No sé sabe lo que pasó allí, pero los dos quedaron muy traumatizados. Esta es mi versión del incidente, donde Tom se aprovecha de lo que Amy se imagina y lo transforma en su peor temor. Quiero pensar que la madre de Amy se arrepintió de dejarla y la fue a buscar, pero no consiguió llegar.