Cría cuervos y te sacarán los ojos
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en la "Casa de Blanco y Negro [Multifandom]" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Condición: Invierno.
5
En donde vivo siempre es invierno
Se fue de su casa después que lo expulsaran de Dumstrang.
La relación con su padre siempre había sido conflictiva. Demasiados gritos, demasiadas discusiones. ¿El problema? Gellert se había desviado del camino que él le había trazado para su vida. Su padre soñaba con que se convirtiera en medimago, igual que él y su padre antes que él. Lo imaginaba haciendo descubrimientos que ayudaran al porvenir de la humanidad y hasta haciendo conferencias en la capital.
Pero Gellert, que había pasado más años en Dumstrang que en su casa, tenía planes completamente diferentes para su futuro. Era un joven talentoso, inteligente y visionario. «No hay límite para tu grandeza», decían sus profesores. Karkarov —que enseñaba Artes Oscuras Avanzadas— lo había aceptado en su clase antes de que llegara a cuarto año. Él lo había inspirado a explorar más allá de los límites conocidos —y permitidos— de la magia. Y también le había dado la espalda cuando pintó el símbolo de las Reliquias de la Muerte. Ninguno de los profesores —o el propio director— habían conseguido quitarlo, pues estaba sellado con magia negra.
Y por eso lo habían expulsado definitivamente del colegio. Lo cual lo llevaba a pasar las veinticuatro horas del día con su padre y su hermana, compartiendo el mismo techo.
—¿Te irás? —le preguntó la pequeña Mila al verlo tirar todo lo importante en la maleta—. No quiero que te vayas —pidió con un mohín. Después, lo ayudó a empacar—. A dondequiera que vayas, escríbeme. Samodiva es veloz como el viento, te llevará mi respuesta antes que te des cuenta.
Su hermana era la parte dulce de su vida, con sus trenzas doradas y su sonrisa desdentada. Y era lo único que lo unía a su padre. Después de su madre muriera dándola a luz, Mila se había transformado en el centro de sus atenciones.
Lo que más le dolía era dejarla atrás, pero sabía que él sería un buen padre con ella. Le daría todo el amor y comprensión que nunca le había dado a Gellert.
Sabía que podía probar suerte en cualquier parte de Bulgaria, desde ir a la capital o trasladarse al sur, pero necesitaba respirar nuevos aires, conocer nuevas personas que creyeran en él y en su visión de un nuevo mundo.
Así que se fue a Inglaterra.
Su tía abuela Bathilda Bagshot —el único familiar con vida del lado de su madre— era una historiadora que gozaba de gran renombre en la sociedad de aquel país, pero prefería la tranquila vecindad del Valle del Godric. Mientras que en su ciudad natal parecía ser siempre invierno, demasiado frío y con un rocío acuciante que cubría tejados y césped, en el Valle de Godric era verano y se sentía como tal, con su temperatura agradable y sus árboles de ramas pobladas.
«Es perfecto», pensó al llegar. Estaba convencido de que eso era lo que necesitaba.
—¡Gellert, querido! —exclamó su tía al verlo. Era bajita, abrazaba mucho y cocinaba de maravilla. Era lo más cercano que tenía a una madre—. No te esperaba para estas vacaciones, pero siempre eres bienvenido.
—Mis vacaciones se han vuelto permanentes, tía —respondió mientras miraba a través de la ventana. La calle principal del pueblo estaba bordeada de árboles y farolas—. Espero que me aceptes durante unos meses. Quiero pensar, encaminar mi vida. En donde vivo siempre es invierno —«Por el frío, por mi padre», pensó—, pero me gusta aquí. Es agradable.
—Me vendrá bien tu compañía.
Su tía lo adoraba, al igual que la mayoría de personas que lo conocían —con excepción de su padre, pero con él ya estaba resignado—, pues ejercía en ellos un magnetismo inevitable. «Seguro es por los ojos azules. Me hacen parecer sincero», dedujo. Mila decía que tenía cara de ángel y que los muggles los veneraban. «A lo mejor piensan que eres uno», dijo una vez. A lo mejor ella tenía razón, poco le importaba.
Lo único que le importaba de los muggles era la rapidez con la que se arrodillaran. ¿Dónde se había visto que ellos, teniendo el poder de la magia, tuvieran que estar escondiéndose, negando su naturaleza, para que los muggles no los descubrieran? Los sin magia tenían que aprender cuál era su lugar y los magos y brujas del mundo tenían que establecer el orden natural de las cosas.
Su padre nunca lo había entendido. Amaba demasiado a los muggles que vivían cerca de su casa. Los llamaba «vecinos» y «amigos», pero tenía la decencia de no invitar ninguno a su casa. A Mila, en cambio, le desagradaban desde que uno de los niños había intentado besarla. Cuando Gellert se había enterado, lo había vuelto un muñeco de nieve de esos que tanto le gustaba construir. El Ministerio de Magia Búlgaro le dio una advertencia y le hizo pagar una multa que casi le costó un ojo de la cara. Su padre lamentaba más el dinero que había perdido que su hijo fuera un descarriado. Eso lo sufría el resto del año.
Esa había sido la primera vez que terminó en el Valle del Godric, con su tía y sus enormes sonrisas y sus galletas de chispas de chocolates. «Fue una chiquillada», le había escrito ella a su padre. «Gellert es un buen muchacho, quería defender a Mila.» «Que la próxima vez no me cueste veinte mil galeones», respondió él.
—¿Estás trabajando en un nuevo libro? —preguntó Gellert, rompiendo el silencio que se había establecido entre ellos.
—Tengo varias investigaciones en curso, estoy viendo cuál me lleva a mejor puerto —respondió ella, afable—. ¿Qué hay de ti, querido? ¿Qué piensas hacer ahora que has sido expulsado?
Gellert sonrió.
—Pretendo averiguarlo aquí. Quizás Inglaterra me ofrezca las posibilidades que Bulgaria no.
Clavó los ojos en el cristal de la ventana y en la escena que se dibujaba más allá. Había dos muchachos casi de la misma estatura y con el pelo castaño hasta los hombros. Parecían estar discutiendo. No podía asegurarlo, pero la forma en que el menor agitaba los brazos le daba a entender eso. El mayor fue el que llamó su atención, con una sombra de barba y un porte elegante pero despreocupado al mismo tiempo.
—¿Quiénes son, tía?
—Los hermanos Dumbledore —contestó Bathilda Bagshot—. Tienen una historia tan pero tan desdichada los pobres. Te la contaré pero necesito que me des tu palabra de honor que no lo divulgaras. —Gellert se lo prometió—. Están solos en el mundo. Su padre fue encarcelado en Azkaban por atacar a unos niños muggles. Se dice que le lanzó la maldición torturadora. Fue todo un escándalo en su tiempo. Su esposa, Kendra Dumbledore, se mudó al Valle después de la tragedia. Aquí todo es tranquilo, silencioso, más íntimo. Pero ella murió poco tiempo después de llegar aquí.
»El mayor es Albus y el otro es Aberforth. Tienen una hermana menor llamada Ariana, pero la mantienen escondida para que no se la lleven a San Mungo. —El nombre no era ajeno para Gellert, pues su padre había hecho su pasantía en ese hospital y allí mismo había conocido a su madre—. Ariana quedó muy perturbada después de que los niños muggles la atacaran y por eso su magia es muy inestable. Ella mató a la pobre Kendra en un accidente doméstico. Yo los ayudé a enterrar el cuerpo para que los aurores no llegaran.
Lo último lo tomó por sorpresa. Nunca habría imaginado a su tía ayudando a esconder un cadáver.
—¿Y nadie sospechó?
—Después de lo sucedido con su esposo, Kendra desconfiaba de todos la que la rodeaban. Solamente a mí me abrió las puertas de su casa y me permitió conocer el secreto de su hija. Ariana es una niña muy dulce, muy amable, cuando es ella misma. Lo que sucedió fue un accidente, pero los aurores no iban a creerlo. Se la llevarían a San Mungo o a Azkaban. Por eso Albus modificó los recuerdos de sus hermanos y mintió ante el Ministerio de Magia. Para las autoridades la muerte de Kendra fue algo natural.
—Debe ser un mago muy talentoso para poder modificar los recuerdos sin ser detectado.
—¡Lo es! —aseveró—. Albus es el mejor de su generación. Fue Prefecto y Premio Anual, y ahora está labrando su carrera en el Ministerio de Magia. Si quisiera podría convertirse en el ministro. Pero sus hermanos... no quiero que pienses mal de mí, querido, por tener esta opinión. —Gellert la instó a seguir—. Sus hermanos lo atan al Valle del Godric, le impiden abrir las alas y volar hacia la grandeza. Como te dije, una historia muy desdichada.
Él ensanchó su sonrisa y la ayudó con los preparativos para el almuerzo. Su tía era bruja, pero le gustaba la tranquilidad que le daba la cocina al estilo muggle. Amasaba su propio pan y exprimía su propio jugo, a pesar que sería mucho más rápido con un movimiento de varita. Gellert estaba de humor para no decir nada al respecto. En ningún momento dejó de pensar en Albus Dumbledore y en la historia que llevaba a sus espaldas, mientras estiraba la masa.
Acababa de encontrar su posibilidad.
