Hetalia no me pertenece.

Notas: Esta es una historia antigua que publiqué hace tiempo, la borré y ahora la he decidido reescribir. He cambiado el título, antes se llamaba Crónicas de un amor desafortunado, y he cambiado un poco el desarrollo de las cosas. Espero les guste :)


Una propuesta de matrimonio

01

—¿Te casarías conmigo?

La pregunta salió de los labios de Francis tan de repente, que Arthur se olvidó de respirar por unos segundos. Miró al hombre frente a él, con la espalda erguida y los ojos azules atentos a las expresiones de su rostro. Su cerebro procesó las palabras con cuidado, intentando evaluar qué tipo de broma le estaba jugando. No le dio el gusto de que lo examinara como si fuera un experimento en un laboratorio. Su rostro permaneció frio, e incluso asqueado, por la insolencia de su huésped.

—¿Te has vuelto a golpear la cabeza? —replicó Arthur, decidiendo que la mejor respuesta era esquivar la pregunta. Dejó su taza de té vacía a un lado de su escritorio. Lo único que rompía el flujo de la conversación era el sonido del tráfico tras su ventana, con las persianas abiertas para aprovechar los rayos del sol en la mañana. Hoy el clima había decidido regalarle a Londres un día soleado, y Francis lo había arruinado con su presencia.

La última vez que había preguntado lo mismo, la oficina de Arthur quedaba en otra casa que había vendido hace diez años. Había decidido comprarse un apartamento pequeño para pasar sus estadías en Londres, mientras que seguía manteniendo una casa en los límites de su territorio. También había aprovechado para reemplazar los muebles, las estanterías y el escritorio. Sin embargo, había mantenido un par de cosas. Eran objetos que seguían teniendo valor en su memoria.

Recordaba a Francis con ropa de segunda y una expresión lúgubre. Arthur ya sabía las condiciones que lo habían llevado a degradarse frente a él. A nadie le sorprendió que él hubiera rechazado su sinsentido sin darle una segunda oportunidad.

—La edad te tiene sordo —dijo Francis. Soltó un suspiro afectado, como si fuera más un actor de teatro practicando su próxima escena—. Te estoy proponiendo matrimonio. Es decir, casarnos. Tú y yo.

Arthur sabía que iba a lamentar su curiosidad.

—¿Y a qué se debe la propuesta?

—Eso es personal —respondió Francis.

Arthur arqueó una ceja, mientras repasaba a su huésped con la mirada olvidándose de sus modales. Con Francis, ellos no hacían falta. No se veía en mala condición física. Es más, si le preguntaran a alguien más y no a él, la persona admitiría que Francis se veía más apuesto que nunca. Sus ropas parecían demasiado caras para su gusto, un derroche insustancial, y le gustaba el aroma que había escogido como perfume. No se veía como el miserable de aquel entonces, desesperado por firmar los papeles de la unión.

—Si en tu cabeza de pájaro pretendes que nos casemos, entenderás que yo debería saber todo de tus asuntos personales —observó Arthur. Otra cosa que lamentaría después era seguirle la pantomima. "¿Qué estás haciendo?" se reprochó a sí mismo. Una parte de él quería escapar de su propia casa, largándose hacia el bar más cercano. La otra quería seguir hundiendo un cuchillo en su propio cuello—. ¿En qué problemas te has metido?

—Solo creo —dijo Francis, y supo que, como él, evitaba responder yéndose por otros caminos— que es beneficioso para los dos. No es que necesite casarnos con urgencia, pero, dada las circunstancias, si estamos juntos…

—Tú tienes a Ludwig —le interrumpió.

—No es lo mismo. No necesito casarme con Ludwig.

—¿Y por qué necesitas casarte conmigo?

—Ya dije que es beneficioso para ambos —insistió Francis. Se echó hacia atrás en su asiento como si necesitara tomar aire para despejar la tensión que salía de Arthur como una válvula a presión. Dejó al descubierto su cuello, donde la manzana de Adán acababa por destacarse—. No es como si me gustara la idea, no es como si me hubiera levantado esta mañana y hubiera pensado "¡Qué buen día para casarme con el bastardo de Arthur!", pero puede que sea una buena decisión. Tal vez. Mi jefe…

—Entonces es idea de tu jefe. —Arthur casi escupió las palabras. El parloteo de Francis le había sentado como un puñetazo en el estómago. Se lo imaginó abriendo la ventana, tomándolo por el cuello de la camisa y lanzándolo desde su tercer piso. No pasaría nada grave, pero le dolería.

"Ya no puedes resolver todo con él con violencia" le recordó su conciencia, que era una mezcla de todos sus ministros desde 1904. En su lugar, esbozó el primer amago de sonrisa, una caricatura deforme que habría asustado a cualquiera. Francis parecía haberse esperado su reacción.

—Es idea de mi jefe —dijo—. La propuesta formal llegará pronto, supongo. No es que me encante. Eres el último con el que querría casarme, es más, no creo servir para el matrimonio, y tú tampoco. Te conozco, Arthur. Pero es un mal necesario. Una vez leas la propuesta, una vez entiendas los beneficios, vendrás a comprarme el anillo que te parezca más bonito y yo te diré que ese no, que no lo quiero, porque de seguro vas a escoger el de peor gusto. O uno barato, terrible, como una baratija en un puesto de segunda mano. Dirás, "es que hay que ahorrar". Dirás "da igual, no te lo mereces". Dirás…

—Largo —le interrumpió Arthur. Usualmente, Francis ignoraba sus quejas y continuaba haciendo lo que le daba la gana, pero esta vez, pareció entender la amenaza que se escondía en su tono de voz—. Y la próxima vez que vengas con semejante tontería, me da igual las consecuencias, voy a hacerte recordar los tiempos donde barría el piso contigo.

Francis no argumentó nada en contra de su amenaza. En silencio, se levantó de su asiento y se dirigió hacia la salida de la oficina. Arthur no supo si se había marchado de su apartamento o si había decidido quedarse muy callado como una especie de muestra de paz. No salió de su despacho para comprobarlo. En su lugar, con la cabeza dándole vueltas a mil pensamientos y cero certezas, se acercó al bar que mantenía junto a su estantería de libros y recuerdos. Tomó entre sus manos la botella más cercana, y se sirvió una copa.


Arthur apenas llegaba a la parte superior de una mesa la última vez que Francis vino de visita. El recuerdo seguía fresco en su memoria, porque Francis se las había arreglado para comentar acerca de lo niño que parecía, de lo pequeño que era, de sus mejillas adorables y su poco conocimiento de lo que ellos eran.

De lo que ellos se convertirían con el tiempo.

Francis hablaba como si poseyera todo el conocimiento del mundo. En el momento en el que abría la boca, los demás se callaban y escuchaban como si se tratara de un bardo cantando en el cobijo de la corte. Arthur había imitado a los demás durante las primeras visitas, y luego, cuestionando la razón de su comportamiento, concluyó que Francis hechizaba a las personas con un arte diferente al que las brujas practicaban con sus calderos e ingredientes.

¿Cuántos meses transcurrieron desde la última vez? ¿Cinco, seis? Francis se excusaba con que debía atender su propio territorio y otros aledaños, guiando a los demás por el camino correcto. Mencionaba a un chico llamado Antonio con el afecto casi desbordándose por su boca, y unos gemelos que había decidido considerar sus hermanos menores. Francis no tenía hermanos directos, y tal vez a eso se debiera su desesperación por tenerlos. Arthur pensaba que no se perdía de nada.

—¿Oh? —dijo Francis, con un gesto afectado, cuando lo vio por primera vez en mucho tiempo.

Arthur esbozó una sonrisa donde se mezclaron la suficiencia y el orgullo. Había crecido en los últimos meses, tanto, que ya no podía llamarlo oruga mientras dirigía la mirada hacia abajo. Ahora casi tenían la misma altura. Ya no era el chiquillo de antes (sus hermanos también habían crecido, pero aquello era un problema para otro día). Ya no podía considerarlo el chiquillo de antes.

—¿Y bien? —dijo Arthur, saboreando que lo hubiera dejado sin palabras.

Francis parpadeó, como si no acabara de entender la pregunta.

—¿Y bien qué? —dijo Francis, por fin, y se las arregló para dirigirse hacia él bajando la mirada, como si nada hubiera cambiado—. ¿Tu atuendo? Terrible. Ya te he advertido que te verías mejor usando lo mismo que yo. Pareces el copero en vez de, ya sabes, alguien importante. Pero ya es demasiado tarde, me temo.

Las mejillas de Arthur se volvieron tan rojas como el vino que el copero justamente servía en aquel momento un par de mesas más alejadas. "Idiota", pensó, queriendo cojer el vino y echárselo en la cara, luego tomarlo por la melena y restregar con aquel rostro bonito la mesa del comedor. Ya no podía resolver sus conflictos usando sus puños. Su jefe le había mencionado la palabra diplomacia, y Arthur había prometido que la usaría más a menudo.

No era nada fácil.

Antes de que Francis sospechara el peligro en el que se encontraba, cambió la conversación y le urgió a Arthur dar un paseo por el reino. Consideraba importante observar el estado de las ciudades y sus vasallos. Era una excusa, pensó, para que las personas lo vieran y lo saludaran como si fuera importante. Como mínimo, detallarían lo que llevaba puesto e intenterían replicarlo a partir de entonces.

Arthur respiró profundo y aceptó, pensando que un paseo serviría para calmar sus pensamientos. O, como mínimo, echar a correr cuando las ganas de lanzarlo al suelo de una patada crecieran demasiado como para controlarlas. No era justo. Por fin no había ninguna razón para que lo considerara menos que él, y con todo, Francis se las había arreglado para hacerlo sentir como el chiquillo que ya no era.

Recorrieron el pueblo más cercano, mezclándose inútilmente entre la gente. Sus ropas se veían demasiado limpias, demasiado cuidadas, incluso las de Arthur, que a veces se olvidaba de cambiarse cuando practicaba con el arco o con la espada. A Francis le gustaba la atención que atraían en sus exploraciones. Se acercaba para hablar con los demás y se enteraba de sus vidas con tanta atención que Arthur se preguntaba si no escribiría canciones sobre ellos cuando se encontraba solo. Un panadero le dio dos rebanadas de pan fresco, y Francis lo trató como si fuera lo más maravilloso que había ocurrido en mucho tiempo. Arthur, en cambio, masculló un gracias y apartó la mirada, comiendo en silencio. Pasaron también por otras tiendas, y por último, observaron a una pareja caminar tan junta que los hombros se rozaban entre sí.

—¿No es precioso? —preguntó Francis, con aire soñador.

—¿Qué cosa?

—Ellos. —Francis señaló a la pareja con un gesto—. Se han casado. Vivirán juntos hasta que la muerte los separe.

—Hubo un brote recientemente. Si no se cuidan, eso de la muerte ocurrirá pronto —comentó Arthur, queriendo regresar la conversación a temas de mayor importancia.

—¿No te parece que es bonito? —insistió Francis. Se había sentado demasiado cerca de él, y sus hombros se rozaban como los de aquella pareja. A pesar de ello, Arthur no se separó.

—Es práctico —dijo Arthur—. Las parejas que se casan pueden trabajar mucho más. El hombre tiene una ayudante, por así decirlo.

—Me refiero al amor. —Francis volvió a hablarle como si se dirigiera a un chiquillo, no a su igual.

—¿Esa cosa que mencionas en tus canciones estúpidas? —cuestionó Arthur.

—Todas las grandes historias empiezan por amor —continuó Francis, y Arthur puso los ojos en blanco, queriendo más que nunca tirarle bichos en el cabello para ver si seguía teniendo ganas de hablar sinsentidos—. Pero no te voy a negar que es beneficioso. Un matrimonio trae fortaleza a un hombre y a una mujer.

—Supongo —dijo Arthur. Deseó querer aportar algo a la conversación, algo que demostrara que era más inteligente que él—. Si el matrimonio trae fortaleza, ¿por qué los que son como nosotros no se casan más a menudo?

—Has hecho una observación magnífica —dijo Francis, y Arthur detestó el sentimiento de satisfacción que el halago inesperado le había provocado—. Sin duda gente como tú debería casarse. Te harías más fuerte y te traería beneficios. Yo lo hablaría con mi jefe, plantearía mis propuestas y escogería la mejor opción.

—¿Sí? —Arthur deseó después haberse mordido la lengua, pero en ese momento, no consiguió contenerse—. ¿Como casarme contigo?

Francis sonrió, y en el primer segundo, pensó que lo había hecho complacido por la idea. Luego, reconoció el gesto entre burlón e incrédulo.

—Yo no sería una opción —le explicó—. El matrimonio sirve para naciones pequeñas como tú, pero yo soy más grande y más importante. Casarme con alguien no me beneficiaría en nada, beneficiaría al otro, y que el cielo me libre de darle tanto poder a alguien más.

Arthur ya no recordaba mucho de lo que había ocurrido aquel día, solo que después, se las había arreglado para tirar a Francis a un charco enorme de barro que le había olido a estiércol. Con todo y los chillidos indignados, Arthur no se había sentido a gusto.

El matrimonio tampoco era para una nación como él, había decidido después, reflexionando sobre su cama. Él se convertiría en alguien tan grande, tan importante y poderoso por sus propios medios.

Francis pagaría cada una de sus palabras.


Arthur salió de su despacho después del mediodía, con el estómago rugiendo del hambre y resintiendo el alcohol mañanero. Decidió echarle la culpa a Francis de ambas cosas. El recuerdo había despertado tras la primera copa, y lo había saboreado como si fuera parte de la bebida, agrio y dulce como la venganza.

Francis no había aparentado más de doce años, y él lucía como un chico de diez años, desesperado por demostrarle al mundo que era más fuerte que sus vecinos. Lo había conseguido tras años de tormentos, y cada vez que bebía, repetía alguno de ellos en su memoria como una especie de penitencia.

Se sentía como un completo idiota. Él había sido el primero en pronunciar la petición, pero no lo había dicho enteramente en serio. Era una propuesta inocente, que había dicho porque Francis era el único presente, como un mero ejemplo. Si hubiera estado con… con… Arthur intentó pensar en otro país al que le hubiera pedido lo mismo, pero ninguno apareció. Que el cielo lo librara de haber repetido la conversación con Portugal, España o Prusia.

Al final, Francis había tenido razón. Arthur lo había comprobado con sudor, esfuerzo y sangre. Todavía recordaba cómo había visto a otros chiquillos débiles alzarse en rebelión, tirar al tirano de su pedestal y conseguir su libertad. Él se había vuelto poderoso, tan poderoso como sus vecinos y más.

Pero a pesar de su poder, Francis permaneció inalcanzable.

Tal vez se tratara del alcohol recorriendo su sangre, de la humillación de Francis siglos atrás, o de una idea desquiciada y aterradora en un rincón de su cerebro, pero le apeteció celebrar su triunfo. Él no necesitaba de nadie, nunca necesitaría de nadie más que sí mismo. ¿Y cómo había terminado Francis? ¿A cuántos más se había rebajado a proponerle matrimonio como un desesperado?

Sacó su teléfono y lo llamó.


Continuará...

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