Gracias por sus favoritos y alertas. Para Arthur, ¡gracias por comentar! Justamente saber que habrá nuevo manga y anime me animó a volver a escribir esta historia. No me había dado cuenta de lo mucho que extraño el FrUK, Himaruya y sus tiras.
Capítulo 2
—¿Dónde estás, bastardo?
Francis no respondió enseguida. Arthur sospechó que la sola idea de una llamada de su parte no estaba en sus consideraciones. Se había marchado por la mañana, y quién sabe si había regresado de una vez a su territorio o había decidido deambular por Londres como un pobre diablo rechazado. La imagen de Francis ahogando sus penas en la atmósfera caótica y gris de Londres le provocó un vuelco en el estómago, y no supo —no quiso— identificar su procedencia.
Igual perdía el tiempo con sus pensamientos. Probablemente, después del rechazo, Francis había continuado con su vida como si nada, planeando la siguiente manera de cómo alterar su rutina. No le había pedido matrimonio porque se muriera de ganas de convertirse en su esposo. Francis, que se llenaba la boca con versos cursis y canciones de amor, manejaba el matrimonio como una transacción económica.
—¿Cómo? —soltó Francis por fin, como si no acabara de comprender una pregunta tan simple.
Y los demás países los seguían considerando rivales, como mínimo. Aquello sonaba como un insulto.
—Que dónde estás. Voy a buscarte. —Arthur suspiró, comenzando a irritarse por su propia iniciativa—. Estoy considerando tu oferta, pero primero, necesito verte. Tenemos que discutir.
Se negó a ahondar en lo que debían hablar entre ellos. Los motivos se respiraban en el aire. Además, las palabras no saldrían del interior de su garganta. Por mucho que le gustara engañarse de vez en cuando —o siempre, con temas difíciles de manejar—, sabía prever cómo se comportaría ante ciertas circunstancias.
—Pero tú… —Francis volvió a quedarse en silencio, como si su elocuencia hubiera decidido tomarse unas vacaciones. Lo escuchó suspirar, y luego, le señaló con voz calmada su ubicación. Luego agregó que se la mandaría por mensaje de texto—. Te toma apróximadamente cuarenta y cinco minutos. Te esperaré en el café de enfrente. Nos vemos.
Arthur terminó la llamada sin despedirse. Se originó un cosquilleo en la punta de sus dedos. Sus labios se secaron como la tierra árida bajo el cielo despejado. Una parte de él le preguntó si de verdad quería continuar con su acto de venganza, si era absolutamente necesario perder su tiempo. "Pero ya está hecho" se dijo. "Ya lo he llamado. Y él empezó todo".
Todo estaría mejor si Francis no hubiera llamado a su puerta aquella mañana. Si él no le hubiera contestado, dándole paso y dejándolo sentarse frente a él. Aquel había sido el día perfecto para quedarse en cama.
Tomó su chaqueta, las llaves y su celular antes de salir de su apartamento.
El nuevo instrumento estaba apoyado sobre una pared. Su color era amarillo opaco, menos llamativo que los colores que se habían popularizado en los últimos años. El mango era más alargado y delgado de los que había visto antes, y la parte inferior, lleno de curvas que le daban un aspecto moderno, casi futurista.
Sin embargo, se trataba de la misma guitarra de siempre.
Arthur nunca había sido muy amante de ellas. Era Antonio el que las usaba para amenizar sus canciones, y aunque había visto el acto una que otra vez, había decidido que no era para él. Sin embargo, esta guitarra tenía algo diferente.
La había visto en casa de Alfred en uno de sus viajes diplomáticos. Había acordado quedarse en casa del chico para minimizar gastos por la estadía, y a pesar de que no fue perfecto, Arthur se acordó de los tiempos en los que habían vivido juntos como una familia funcional y no la locura en la que vivía sumergido con James y los demás.
—Ah, ¿esto? Te la puedes llevar —había dicho Alfred—. Yo no hago nada con ella.
Se sentó con la guitarra sobre una silla, y la acomodó entre sus manos. Había asistido a varios conciertos, había visto a los artistas usarla como si fuera una parte conectada a sus brazos. En un primer vistazo, parecía natural, pero Arthur sabía los años de práctica necesarios para llegar a ese nivel de confianza con un instrumento.
Tocó el primer acorde. El sonido salió de las cuerdas como el rugido de una bestia, y supo, sin hacerse ilusiones, que no era música. Todavía no lo era. Su ritmo era torpe y lento. No había armonía. Se mordió los labios y repitió la misma melodía, una y otra vez, recordando a los artistas que había visto, a sus manos viajando por la guitarra con maestría.
No supo cuándo fue el momento exacto en el que su ruido se transformó en música, y su corazón y su piel y todo su cuerpo comenzaron a vibrar por las notas que sus dedos producían. El sudor hacía brillar su rostro, y su sonrisa brillaba con él, más satisfecho de lo que había estado en mucho tiempo.
Dejó la guitarra reposando sobre la pared otra vez. Se limpió el rostro con una toalla, y sólo entonces, descubrió que la puerta de la habitación se había abierto en algún momento de su práctica. No le dio importancia. En su casa, a veces sucedían cosas difíciles de explicar en otra parte. Tal vez había sido un hada, un duende o un fantasma.
—Fue Francis —dijo uno de aquellos seres, tan pequeño como una libélula—. Vino y se fue.
—Eso es raro —consideró Arthur—. ¿Estás seguro? ¿No habrá sido alguien, algo, con la forma de Francis?
—Seguro —dijo el hada—. Abrió la puerta, pero tú no lo escuchaste. Y él no dijo nada. Ahora que lo dices, no se parecía a Francis, no al de siempre, pero sí lo era.
—¿Y qué hizo todo este tiempo? ¿Tomó algo?
—Nada —respondió el hada—. Solo te vio y se marchó.
—Eso es raro —repitió Arthur.
Decidió que le preguntaría a Francis la próxima vez que lo viera, pero aquello no ocurrió. Reunión tras reunión, otros temas más importantes aparecían para eclipsar sus dudas, y con el tiempo, la visita imprevista parecía tan poco relevante, que Arthur prefirió dejarlo pasar. Solo de vez en cuando, cuando Arthur tocaba y descubría a Francis observándolo disimuladamente, la curiosidad amenazaba con apoderarse de su cabeza.
Durante el camino, la idea de marcharse y avisarle a Francis que no había hablado en serio se le cruzó por la cabeza más de una vez. Todavía seguía sin pensar que hablaba en serio. Solo se aprovecharía. Se iba a divertir del hecho que, al final, Arthur había ganado aquella competición sin fecha ni nombre que había entre los dos. Aquel pensamiento le dio fuerzas para continuar. Consiguió estacionar el auto a duras penas, y se acercó a la cafetería de la que había hablado Francis.
El local no era muy grande, así que se podía observar con rapidez. Además de los empleados, había un par de clientes y nada más. Francis no estaba allí. El sentimiento de indignación creció igual que sus ganas de volver a lanzar a Francis a un charco lleno de estiércol. Lo había engañado. Lo había citado solo para tener el privilegio de dejarlo plantado. Típico de Francis. Marcharse sin considerar a los demás, disponiendo de su tiempo como si valiera centavos.
Al salir del café, lo descubrió caminando entre la multitud como si sus ojos lo hubieran buscado sin querer, como un accidente imposible de evitar. Cruzaba la calle, caminando a un ritmo demasiado rápido para el que estaba habituado. Francis no era de estresarse y correr para llegar más rápido a su destino; por él, que los demás esperaran su presencia, porque como había dicho más de una vez para excusarse, todo lo bueno se hacía esperar. Con todo, Francis se las ingenió para avanzar con cuidado entre la marea de ingleses más ocupados en seguir con su ruta que de respetar el espacio ajeno.
Arthur se cruzó de brazos, mientras que Francis acortaba la distancia que los separaba. Llegó hacia él y le dedicó un gesto de sorpresa.
—Llegas temprano.
—Y tú tarde, a pesar de que tú mismo decidiste dónde encontrarnos —le reprochó.
—Ya estaba aquí antes —explicó Francis. Arthur arqueó una ceja, exigiendo más respuestas—. Pero luego se me ocurrió aprovechar el tiempo e ir a una galería. Verás, no solo vine a visitarte para proponerte matrimonio. Tengo planeado más cosas. Y él, bueno, es un artista divino. Probablemente lo conoces, porque seguro sacas tiempo para culturizarte un poco.
Arthur se estaba arrepintiendo de su idea de venganza. Francis lo arruinaba todo, incluso cuando Arthur había ganado la partida. Se imaginó que una persona normal planeaba una pedida de mano con sumo cuidado, no como un número más en una lista de quehaceres. Antes de buscar la manera de preguntar sin parecer preocupado, Francis le tendió un boleto de entrada para la galería.
—Vamos. No quiero que cierren y nosotros aquí afuera.
Arthur abrió la boca para mascullar algo, cualquier cosa desagradable, pero su cabeza se había quedado sin respuestas. Lo siguió, aunque ya sabía dónde quedaba el edificio. Por supuesto que conocía al artista. Ya lo había visitado en ocasiones anteriores, y le había gustado su trabajo. Sin darse cuenta, ambos caminaron juntos, hombro con hombro. No era algo que ocurriera a menudo. Arthur solía andar con paso apresurado, mientras que Francis se tomaba su tiempo para todo.
No quiso reconocer que se sentía decepcionado. Se había preparado para una conversación seria en el café, se había armado de valor y paciencia, y hasta se había imaginado las palabras que le diría. Francis lo había desarmado sin proponérselo, llevándolo a un terreno al que no había analizado las posibilidades.
El silencio entre ellos durante la caminata le sirvió para reunir sus ideas. El silencio durante la galería, observando pintura tras pintura, provocó que sus ideas previas se dispersaran. Se estaba perdiendo entre el arte y Francis soltando algunos comentarios al respecto. Se comportaba como si el gato le hubiera comido la lengua, y lo peor de todo era que Francis lo sabía. Estaba seguro que lo estaba disfrutando.
Al finalizar el recorrido, se sentaron en un banco, nuevamente hombro con hombro. Frente a ellos estaba la última pintura, llena de rojos y azules. El cuadro era intenso, y como el resto de las pinturas, nubló sus pensamientos. Solo podía pensar en que estaba al lado de su enemigo de toda la vida, dándole vueltas a una petición de matrimonio por interés. Se preguntó dónde había quedado sus ganas de vengarse. Ahora quería salir corriendo. Si le daban la oportunidad, de verdad saldría corriendo.
—¿Lo has pensado? —preguntó Francis—. ¿Lo de casarnos?
—Por algo estoy aquí —masculló Arthur. Ambos evitaron mirarse a la cara.
—¿Esa es tu manera de decir que sí? ¿Aceptas? —preguntó Francis, más incrédulo de lo que había esperado escucharlo.
—No —exclamó Arthur con horror, más rápido de lo que había pretendido—. No pienso casarme contigo. No me beneficiaría en nada. Naciones como yo —"Y naciones como tú alguna vez"— están mejor solas. ¿Qué gano contigo?
—El matrimonio no es una ganancia.
—Para nosotros lo es. Y casarme contigo ahora es como comprar en la sección de rebajas las cosas que están a punto de vencerse. Dime, bastardo, ¿de verdad crees que lo haría? Prefiero verte desaparecer.
—Y sin embargo —dijo Francis, y Arthur supo que había volteado a verlo con aquellos ojos azules que podían ser bastante inquisitivos cuando querían—, aquí estás. ¿Me has citado para jugar conmigo? ¿Burlarte más de mi propuesta? ¿O para decirme que lo vuelva a intentar otro día?
De todas sus preguntas, Arthur supo que no debía enfocarse en la última.
—¿Y cómo lo volverías a intentar otro día?
—No lo sé. Tengo que pensarlo. Y de saberlo, tampoco te lo diría.
—No soy hombre de sorpresas.
—No, no lo eres —le concedió Francis.
Arthur se atrevió a sostenerle la mirada. Francis seguía observándolo como si disfrutara de los sentimientos encontrados que había despertado en su antiguo enemigo. Por un segundo fugaz, el pánico se apoderó de todo su cuerpo al imaginarse al otro inclinándose hacia él, darle un beso como si se tratara de una conquista más y luego desapareciendo con el corazón ajeno en su bolsillo. Si Francis hacía cualquier movimiento ahora, lo golpearía.
Casi se sobresaltó cuando Francis acabó por decidirse. Se levantó de su asiento y se alejó de él unos cuantos pasos. Sin palabras, parecía decirle que había entendido.
—Perfecto, Arthur Kirkland. Seguiré insistiendo —le dijo Francis, pero no se acercó hacia él. No hubo besos, ni abrazos, ni palabras de amor.
Arthur se sintió aterrado y decepcionado a la misma vez. Quiso gritarle que se fuera al diablo, para luego largarse de aquella trampa a la que se había metido de buena gana. El que acabó por irse primero fue Francis, quien se despidió de él con un gesto con las manos. Escuchó sus pasos alejarse, igual de apurados que antes, como si no pudiera esperar para dejar Londres esa noche.
"¿En qué me he metido?" pensó Arthur, sintiéndose extremadamente solo en el último pasillo de la galería.
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