Gracias por leer! En este capítulo no hay tanta acción, pero era necesario. Además, me ha gustado escribir a Portugal. El nombre de Tiago me gusta para él. No me molesté en darle nombres humanos a Roma y a Germania, pero sí a Escocia. Hace un tiempo lo llamé James, y así se ha quedado.


Capítulo 3

Los días continuaron como si la propuesta de Francis se hubiera convertido en un sueño. Arthur a veces se sorprendía a sí mismo recordándolo, intentando capturar los detalles que comenzaban a difuminarse. ¿Qué había de la expresión de su rostro? ¿Del tono de voz con el que había hecho la pregunta? ¿Y dónde había quedado la decepción de Francis de un principio, y la esperanza de que, tal vez, Arthur fuera a responderle que sí?

Cada vez que lo pensaba, sentía que el aire volvía a desaparecer de sus pulmones. Solo se calmaba tras asegurarse que aquello era parte de algo que se dividía entre una broma y una venganza y que no había en él nada que lo comprometiera. Disfrutaría todo cuanto pudiera, y en el mejor momento, rompería las ilusiones de Francis en pedazos.

Francis no volvió a llamarlo ni a visitarlo, así que Arthur se dedicó a sus quehaceres diarios sin sufrir interrupciones. Dividió su tiempo entre conversaciones con su jefe y el resto del gobierno, y su día a día en Londres intentando aparentar una vida común y corriente. Había vuelto a visitar la galería de arte, esta vez solo, enfocándose en apreciar el arte sin que Francis lo distrajera a cada momento. Había preparado algunas recetas de cocina con resultados aceptables, había asistido a una de sus obras de teatro favoritas —y una parte de él insistió en que debía regresar con Francis para restregársela en la cara—, había ido con Alfred y Matthew a un partido de hockey en el que no entendió nada pero bebió mucho, y consiguió llevar una conversación telefónica con James por un minuto antes de que ambos cortaran la llamada abruptamente. Todo un éxito.

Aquel viernes por la tarde había decidido visitar a Tiago en Portugal. Su antiguo aliado lo había invitado a su casa un día después de la propuesta de Francis, y desde entonces, le había dado largas porque sospechaba el motivo detrás de su súbito interés en verse. Desde hace varios años, Antonio y él habían calmado su rivalidad, lo suficiente para confiar el uno en el otro.

Y Francis también confiaba en Antonio. Absolutamente todo.

Tiago vivía en una casa pequeña y acogedora en frente del mar. Siempre mantenía las ventanas abiertas, para escuchar a las olas golpeando en contra de la orilla. El resto de su hogar estaba impregnado del aroma marítimo, que se dividía entre la sal y la humedad.

Tiago colocó frente a él un plato lleno de comida. Se veía apetitosa, pero era demasiada, más de lo que estaba acostumbrado a comer. A veces seguía preguntándose cómo era que Tiago se mantenía en forma con todo lo que consumía.

Le agradeció por la comida y tomó el tenedor, sabiendo de antemano que era inútil quejarse. Tiago replicaría que aquella era la porción adecuada para cualquiera, incluso para él, con un paladar difícil de complacer.

—¿Quieres caminar después? —le sugirió Tiago, sentándose frente a él con un plato similar—. El clima está despejado. Y soleado. ¿Hace cuánto que no ves el sol?

—Lo veo todo los días —dijo Arthur, atajando el reproche antes de que se desbordara—. El sol también aparece en Londres, por más que los demás insistan en pensar que no.

—Iremos a caminar después —decretó Tiago, y Arthur aceptó, pensando que tal vez había confundido las intenciones de Tiago.

Tal vez Antonio había mantenido la boca cerrada, para variar. Tal vez Francis había dejado de contarle todo a su mejor amigo.

Tal vez Francis prefiriera mantener su asunto como un secreto entre los dos.

Al acabar de comer, Arthur se sintió tan lleno que el sueño le asaltó desprevenido. Dio un bostezo, descuidando sus modales, pero a Tiago no le importó. Recogió los platos de la mesa y los llevó a la cocina, mientras Arthur se acercaba a la puerta trasera que conectaba con la playa. Sintió el viento en su rostro de inmediato, como si hubiera esperado a que él colocara el primer paso afuera para saludarle.

Tiago se reunió con él después, y ambos caminaron el trayecto del jardín, dejaron la casa y entraron en la playa. Había pocas personas en ella, y Arthur agradeció en silencio el momento de privacidad. Tiago miró hacia el horizonte que desplegaba el mar hacia límites imposibles de apreciar incluso para ellos, y su vista, como ocurría en tantas otras ocasiones, se nubló por un segundo de recuerdos que el mar traía entre sus olas.

Arthur no lo interrumpió. Todos ellos tenían aquellos momentos. Entre más antigua era una nación, mayor era el tiempo en que se perdía entre las memorias, entre lo que había ocurrido, lo que extrañaban y más nunca regresaría. A Francis también le ocurría lo mismo cuando creía que nadie le prestaba atención. A Roma y a Germania le había pasado igual hasta que un día siguieron recordando sin volver al presente, se convirtieron en estatuas, luego en polvo y por último en nada.

—Es un buen tiempo —dijo Tiago, regresando de sus memorias como si hace un momento no lo hubieran arrastrado hacia el fondo.

Caminaron por la costa manteniendo una conversación ligera. Arthur no intentó averiguar lo que había estado pensando, considerando que no era asunto suyo enterarse qué era lo que Tiago añoraba sin llegar a conseguirlo. Sin embargo, él no tuvo tanta suerte, ni consideración.

—Antonio me ha dado una noticia curiosa —soltó cuando estaban a la altura del muelle.

Por supuesto, Antonio nunca había sabido guardar secretos, ni mantener la boca callada.

—Seguro es una tontería sin fundamento —se defendió Arthur antes de que Tiago desplegara su armamento.

—Seguro, pero, ¿qué pasa si no lo es? —consideró Tiago—. Me ha dicho que el jefe de Francis está buscando unificar su territorio con el de alguien más…

"El mío", pensó Arthur. "Solo con el mío. Podrías haber dicho mi nombre".

—Se ha vuelto loco —dijo Arthur.

—En una especie de alianza —terminó Tiago.

Arthur aparentó indiferencia, mientras Tiago estudiaba cada gesto de su rostro.

—Antonio me ha dicho que los candidatos que el jefe propuso fueron Alemania, Rusia y hasta el propio España. Pero Francis los rechazó a todos.

Se esforzó por borrar el amago de sonrisa de sus labios. Entonces, ¿Inglaterra no había sido la primera opción para el jefe de Francis? ¿Cómo era posible que hubiera considerado a Rusia, por amor de todos los cielos y todos los dioses? ¿Y Alemania y España? ¿Aquel hombre había perdido la cabeza?

—Aquellas opciones son tan terribles que si la cuarta opción es lanzarse por un precipicio, Francis seguro la escogería.

—Más o menos es lo que ha hecho —continuó Tiago—. Francis ha propuesto tu nombre a su jefe y al jefe no le ha quedado más opción que aceptar.

—¿De verdad? —soltó Arthur, dando un sobresalto.

—Es lo que Antonio ha dicho. Que Francis solo aceptaría casarse contigo y nadie más.

No había esperado recibir aquella información. No había preparado sus emociones para ellas. Apretó los puños, sintiendo que su rostro perdía su color pálido. Decidió concentrarse en el mar, con la mala suerte de que le recordaron a los ojos de Francis al proponerle matrimonio, y luego a Francis mismo en tantas ocasiones diferentes. Sabía que Tiago seguía observándolo, estudiando su reacción como un libro abierto.

Sus intentos por ocultarse se volvieron inútiles.

—Es estúpido —dijo Arthur, intentando sonar seguro de sí mismo pese a las dudas que se agrupaban debajo de él—. Vamos a suponer que Francis sea tan idiota como para venir a proponerme matrimonio, ¿y luego qué? ¿De verdad espera que acepte? ¿Que diga, sí, siempre he querido casarme con él?

—¿No quieres su territorio? —cuestionó Tiago.

La pregunta casi lo ofendió.

—Claro que quiero su territorio, claro que quiero apoderarme de él. Lo intenté, y fallé, y luego decidí, que se joda estoy bien como estoy. ¿Y qué pasa ahora? ¿Va a venir a ofrecerme lo que antes me negó? ¿Y qué hay de él? ¿Cómo no se le ha ocurrido que podría desaparecer?

—¿Tú crees? —preguntó Tiago—. No es la primera vez que hay una alianza entre seres como nosotros. ¿Recuerdas a Austria y a Hungría? No desaparecieron, al final.

—Es diferente. Lo de ellos no era un matrimonio exactamente, por mucho que Elizabeth quiera pretender que sí. Lo que Francis propone es impensable. Nos casamos y ¿luego qué? ¿Qué va a pasar con él?

Si hubiera contado con menos años encima, aquel hubiera sido el momento de patear la arena y luchar en contra de las olas rompiendo en la orilla, como si personificaran la testarudez de Francis.

—Arthur —dijo Tiago con lentitud, como si se adentrara en un campo lleno de minas—. ¿Ya Francis te lo ha propuesto?

—¡Claro que no! —exclamó Arthur, demasiado alto, perdiendo el control de sí mismo y de la situación. Él era fuerte y poderoso, menos cuando se trataba de hablar de sentimientos—. Y si me lo ha pedido, que no, ¿qué espera el bastardo? ¿Que acepte casarme con él y lanzar al suelo mi sentido común? ¡No, la respuesta es no!

Tiago le hizo el favor de pretender que le había creído, y luego cambió la conversación, alejándose de aquel terreno pantanoso. Solo que el recuerdo de Francis permaneció en su mente cada vez que observaba al mar en el horizonte. Caminaron por un rato más, y luego recorrieron el centro, buscando alejarse de los problemas que Arthur enfrentaba y Tiago había sido demasiado educado como para volver a mencionar.

Solo al final del día, Tiago soltó por fin lo que había tenido en la punta de su lengua:

—Francis dice que solo se casará contigo.

—Eso ya lo has dicho —gruñó Arthur, poniendo los ojos en blanco—. La respuesta siempre será que no.

—Claro —asintió Tiago—. Mires por donde lo mires, Francis se ha empeñado en la única opción destinada al fracaso.

Arthur no quiso darle más vueltas a la propuesta de Francis, y se despidió de su amigo esperando volver a visitarlo pronto. Como un último favor, le pidió que no comentara con nadie lo que habían hablado entre ellos, especialmente con Antonio. Tiago se lo prometió a regañadientes, y Arthur sospechó que lo primero que haría sería justamente llamarlo para intercambiar los detalles de su conversación.


El sobre lo esperaba tras llegar de su viaje a Portugal. Sospechó de qué se trataba sin necesidad de revisar el nombre. Había pensado varias veces en él, preguntándose cuándo llegaría, y convenciéndose de que no le daba importancia, ni antes ni ahora. Se inclinó para recoger el sobre del suelo, y abrió la puerta de su casa con movimientos ansiosos.

Dejó el sobre en la mesa. Sabía que era importante. Debía leerlo de inmediato para analizar su propuesta y dar, por fin, una respuesta sincera. Sin embargo, no se atrevió a abrirlo. Se dirigió hacia su habitación, quitándose la ropa por el camino como si estuviera impregnada del perfume de Francis, y no de sal y arena de la tranquila propiedad de Tiago.

Abrió el grifo de la ducha y esperó a que el agua estuviera hirviendo para meterse en ella. Deseó calmar sus nervios en ella, pero el retraso había ocasionado que sus nervios y la ansiedad aumentaran, como un monstruo abriendo sus fauces para comérselo. Sintió la presencia de algunas hadas, que revoloteaban juguetonas en el baño, y seguramente, en el resto de su apartamento.

Envidió su buen humor y su despreocupación.

Arthur salió del baño tras colocarse una bata cómoda aunque un poco grande para su gusto. No se preocupó en secarse el cabello. Ya no había nadie que lo reprochara por ello, ni que le advirtiera de que podía resfriarse como si él fuera un humano más en aquella tierra. Cuando se había resfriado, había sido por culpa de crisis económicas, y cada dolor de cabeza se había debido a las acciones de sus hermanos o sus vecinos.

O Francis, realmente, cuando eran enemigos directos y aprovechaban la menor oportunidad para despedazarse.

Al llegar a la sala, descubrió al protagonista de sus pensamientos sentado en el sofá, con una taza de té reposando en la mesa, unas magdalenas en un plato pequeño y redondo, y una servilleta cuidadosamente replegada debajo de ambas cosas para evitar posibles accidentes. Arthur saltó de la sorpresa, y como mero mecanismo de defensa, dio un paso hacia atrás.

No le tenía miedo a Francis, sino a la respuesta que todavía no estaba preparado para dar.

—¿Qué coño haces en mi casa? —preguntó Arthur, ignorando la mirada que le dedicó Francis a modo de saludo. Sabía que lo estaba repasando de pies a cabeza.

—Me has dejado entrar —explicó Francis—. Antes de desaparecer y dejarme por mi cuenta. Si querías darte un baño, podrías haberme invitado.

—Yo no… —Arthur se dio cuenta de las hadas que bailaban en el hombro de Francis. Lo hacían con sorna, imitando a dos enamorados en un baile movido y sin ritmo. Por último, para provocar la ira de Arthur, se dieron besos en las mejillas y luego señalaron a Francis con mala intención, como gritándole sin palabras que ahora era el turno de ellos—. Yo no lo hice. Fueron las hadas.

—Claro, Arthur. Las hadas.

Por supuesto, Francis no creía en ellas aunque estuvieran bailando encima de él. Como en tantas otras cosas, la ceguera de Francis era dolorosa. Las hadas se alejaron de Francis al mismo tiempo que el hombre por fin comenzaba su primer movimiento, de improviso y sin advertencias. Arthur tragó saliva, llevando sus manos al nudo de su bata. Lo arregló para acomodárselo sin alejar su atención de su invitado, acabando con un nudo firme que parecía retar a quien quisiera desenredarlo.

¿Y qué pensaba hacer Francis justo ahora? Las imágenes de las posibilidades secaron su garganta, y le quitaron la movilidad a sus piernas. ¿Cortaría la distancia entre ellos? ¿Volvería a pedirle matrimonio mientras pretendía besarlo como un par de prometidos? No sería la primera vez que Francis aprovechaba sus escasos momentos de debilidad para confundirlo, pretendiendo que no existía entre ellos una historia de odio y venganza, y tampoco era la primera vez que Arthur dejaba de lado sus creencias, su sentido común y su orgullo para corresponderle. Había culpado al alcohol y a su inexperiencia. Ahora, horriblemente sobrio, no contaba con ninguna excusa.

Para su alivio —y la decepción escondida entre él—, Francis se dirigió a la cocina con paso decidido. Sin mediar palabra, sacó la tetera y comenzó a hervir el agua. Arthur quiso detenerlo y preguntarle qué era lo que se le pasaba por su mente, pero siguió como una gárgola apostada en un edificio.

—¿Por qué no te arreglas mientras preparo té para ti? —propuso Francis, como si Arthur necesitara instrucciones de cómo actuar en su presencia—. Luego podemos hablar.

Pero allí estaba el problema. Arthur se veía incapaz de entablar una conversación acerca del asunto que le interesaba a Francis y lo atormentaba a él. Hasta deseó alejar el tema con los besos que Francis no le había dado y que Arthur tampoco se moría por recibir. En su lugar, se encogió de hombros y se marchó a su habitación como una criatura buscando refugio en una cueva.

Le tentó la idea de huir de su propio hogar. Al final, se le ocurrió algo mejor.


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