"Este fic participa en la actividad extra de noviembre para La Copa de la Casa 20/21 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Casa escogida: Ravenclaw

Cualidad: Originalidad

Personaje: Audrey Weasley

Palabras: 500

Beta: Nea Aquí te pillo, aquí te tropo Poulain


La princesa y el dragón


Había una vez una bella princesa tan amada y admirada que todas las niñas del reino querían ser como ella.

Mas ella no era una princesa cualquiera, ya que no solo era hermosa, sino que además era inteligente y valiente, cualidades que a muchos no les gustaba, pero a ella le daba igual. En más de una ocasión se enfundaba en una armadura, cogía su espada y su escudo y luchaba contra todo enemigo que se le pusiera enfrente, defendiendo el honor de su reino.

Sin embargo, al rey no le gustaba que su única hija se comportase como un hombre.

—Pero mamá —interrumpió Molly de repente—, ¿por qué una chica querría pelear en batallas?

—Porque también está en su derecho a defender lo suyo si alguien lo ataca —respondió tajante Audrey—. Independientemente de si es hombre o mujer.

—¿Y cómo es la espada? —preguntó Lucy curiosa.

—La conocéis muy bien —contestó, alzando una ceja y sonriendo levemente—: esa espada era la mismísima Excalibur, forjada con la magia del propio Merlín.

Ambas niñas abrieron los ojos y la boca lo más que pudieron del asombro. Lucy se tapó la boca y Molly se incorporó en la cama.

—¿Pero esa espada no era del Rey Arturo? —quiso saber Lucy.

—No siempre fue de él. Tuvo muchos dueños.

—¿Y qué más hizo esa princesa? —se interesó Molly.

Había un dragón bastante fiero viviendo en la cima de una montaña del reino. Nadie jamás había conseguido derrotarlo, ya que era muy poderoso, así que la princesa, espada y escudo en mano, se dirigió hasta él en su negro corcel. Cuando lo tuvo de frente, el dragón le escupió fuego para espantarla, mas la princesa no se achantó en ningún momento. Se cubrió con su escudo y se acercó más a él.

No vengo a mataros —le gritó con voz firme. El dragón la miró extrañada—. Sé que vuestras escamas tienen poderes curativos, por lo que quiero a hacer un trato con vos: si me ofrecéis voluntariamente unas pocas escamas, impediré que nadie más se acerque a molestaros.

El dragón se lo pensó un poco y, pasados unos segundos, se agachó cerca de la muchacha, quien le extrajo una escama azul y otra verde.

—¿Y una amarilla? Me encanta el amarillo —intervino Lucy.

—Sí, una amarilla también.

—¿Y naranja? —Esta vez fue Molly.

—Y rosa y morada también. Una de cada color.

Entonces, el dragón y la princesa hicieron algo increíble…

—Ejem… —carraspeó Percy desde el umbral de la puerta del dormitorio—. ¿No deberíais estar durmiendo ya, señoritas?

—Pero papá —se quejó Molly—, mamá nos está contando una historia muy interesante.

—Y mañana no habrá nadie quien os levante.

—Pero… —volvió a quejarse Molly, pero su padre le dedicó una mirada seria; la niña hizo un mohín con la boca y se recostó en la cama.

—Mamá, ¿cómo se llamaba la princesa? —preguntó Lucy mientras su madre la arropaba y le daba un beso en la frente.

—Nimué.