Bajo la sombra de Grimmauld Place

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "¡Duelo entre Potteheads" del Foro "Hogwarts a través de los años".


Estar encerrado lo agobiaba.

Estar encerrado en Grimmauld Place aún más.

Aquellas paredes —grisáceas, apagadas— lo habían visto crecer y huir en medio de la noche, y ahora se cernían sobre él con todos los recuerdos de su desastrosa familia. Todos estaban muertos: su padre, su madre —su encantadora madre— y su hermano. Él los había sobrevivido y, como ironía de la vida, la casa le pertenecía por ser el último de la línea.

«Salí de una prisión para meterme», pensaba a menudo.

Cuando Albus Dumbledore había escuchado su versión d la historia, le dijo que debía permanecer oculto hasta que su inocencia fuera demostrada. Tanto los aurores como la policía muggle lo estaban buscando. Empapelaban las calles con su fotografía con un pie que decía: «criminal violencia y peligroso».

Sirius no quería volver a Azkaban —le había costado lo suyo escapar de los dementores y de las olas que amenazaban con tragárselo—, pero tampoco soportaba estar encerrado allí. Era un hombre libre que no podía gozar de su libertad. Y ni siquiera podía salir en su forma de animago. «Si todos los días ven a un perro entrar y salir de la casa, comenzarán a sospechar.»

También le pesaba la soledad que conllevaba el encierro.

El único que habitaba en el mismo espacio que él era Kreacher y Kreacher pasaba de él. Se limitaba a prepararle la comida, hacer una reverencia y marcharse. Sirius no podía culparlo. Cuando era más joven había sido muy desagradable con el elfo doméstico; ahora, la devoción que mostraba por el retrato de su madre, lo asqueaba por completo. Mientras que él cubría su rostro con una cortina para silenciarla, Kreacher lustraba el marco y escuchaba sus aireados gritos.

Molly Weasley a veces iba a verlo. Le llevaba comida para toda la semana porque decía que estaba demasiado débil y debía ganar masa muscular. También porque tenía miedo de que Kreacher envenenara sus platillos. Ella era muy amable con él. De cierta forma, le recordaba a la señora Potter, quien lo había cuidado durante cinco años de su vida.

Andromeda, por otro lado, no frecuentaba Grimmauld Place, pero siempre le escribía. Cuando eran niños, pensaba que era igual a Bellatrix —mismo cabello rizado, misma boca fruncida—, pero con el tiempo se habían vuelto más cercano. Los unía la vida de repudiados. Nymphadora, su hija, era una chica fascinante, torpe como su madre, y con un gran corazón. Era metamorfomaga y se había unido a los aurores para pelear contra la amenaza invisible que crecía en el mundo mágico. A Sirius le había agradado desde su primer encuentro. Era jovial y divertida, y le recordaba a sus mejores épocas.

No podía culpar a Remus por enamorarse de ella.

Le hubiera gustado enterarse por su propia boca, pero había sido la misma Tonks quien se lo dijo. «Sé que es un hombre lobo y no me importa. Tú eres su amigo, ¿podrías hablar con él?»

Después de su reencuentro en Hogwarts, Remus lo ignoraba por completo. No había ido a verlo y tampoco respondía sus cartas. Conociéndolo, de seguro se sentía culpable por haberlo sentenciado junto al resto de la sociedad mágica, sin escuchar su historia primero. Ese siempre había sido su problema: ser demasiado severo consigo mismo.

Y Sirius había intentado varias formas de disuadirlo, pero ninguna había dado resultado.

«Tenemos que hablar», escribió la primera vez. «Han pasado muchas cosas, pero podemos empezar de nuevo», probó la segunda vez. «Ven a verme» y «te necesito», escribió el mismo día. «¿Un polvo por los viejos tiempos?», intentó la última vez.

Nada.

Ninguna respuesta.

Así que se le ocurrió probar algo diferente. «Sé que estás con Tonks», garabateó. Colocó el pergamino en la pata de la lechuza —que tenía la fea costumbre de morderle el dedo— y observo como el ave se volvía una mancha castaña en el horizonte. Encendió un cigarrillo y aguardó.

Remus llegó pasado el mediodía, envuelto en una capa gastada para protegerse del frío, balbuceando una disculpa.

—Puedo explicarlo.

—Es sorprendente que no respondieras a ninguna de mis cartas por más de un año y medio y, de repente, sientes que me debes algún tipo de explicación —respondió Sirius. Los dos estaban parados en el umbral de la puerta—. Y lo peor de todo esto es que sabía que funcionaría, que vendrías a dar la casa. Pasa.

El otro lo observó con sus ojos color miel, grandes y demasiado expresivos. Los años no pasaban solamente para Sirius, Remus también lucía diferente. Tenía el pelo más largo, por debajo de las orejas, nuevas cicatrices en el rostro y en las manos, y se había dejado crecer el bigote.

Se adelantaron hasta la sala de estar donde crepitaba el fuego e invadía el ambiente con un vaho cálido. Remus dejó la capa en el respaldo del sillón y se sentó. Sirius, por su parte, se sirvió un whisky de fuego —porque no podía enfrentarse a esa conversación sin alcohol en las venas— y aguardó a que él tuviera la primera palabra.

—Comenzamos a salir hace poco. Y es algo más casual que formal.

—Nosotros terminamos el día que fui a Azkaban, no debes avergonzarte por hacer tu vida —dijo, convencido de ello. Lo que le dolía era que se tratara de su sobrina, como si la vida estuviera empeñado en estallarle en la cara todo el tiempo—. Tonks es una buena chica. Si ella es algo casual para ti, deberías decírselo porque en verdad te quiere.

Él desvió la mirada hacia la chimenea, el fuego se reflejó en sus pupilas.

—Mi vida ha sido difícil desde que entraste a Azkaban. Y aún más desde que saliste —confesó. Aquello atrajo la curiosidad de Sirius—. Esa noche perdí a todos los amigos que tenía, y también a mi pareja. No podía creer que hubieras traicionado a James y a Lily y que hubieras matado a Peter. —Apretó los ojos con fuerza—. Cuando estabas en prisión, me decía a mí mismo: «¿por qué lo hizo?» y «por su culpa Lily y James están muertos». Pero cuando vi que Peter estaba vivo, que él era el verdadero traidor, supe que había cometido una injusticia. Y me sentí peor por haber desconfiado de ti durante todos estos años, por haber destruido lo único que había construido: nosotros.

«Al menos, ha pensado en nosotros, en lo que éramos.» No supo si eso lo hacía sentir peor o mejor.

—Eran tiempos oscuros, Remus. No sabíamos en quién confiar. Padres se volvieron contra hijos, amigos contra amigos —contestó. Se mordió el labio inferior y se terminó el vaso de whisky—. Yo también desconfiaba de ti y se lo dije a James, por eso nombró a Peter como guardián del secreto. En realidad, soy tan culpable de su muerte como él.

Esperó su reacción. Remus lo miró fijamente, estaba decepcionado y dolido, lo podía percibir. Sirius estaba aliviado de sacar la confesión de su pecho, hacía mucho tiempo que se había arrepentido de desconfiar de él. Al fin y al cabo, estaban por mudarse juntos, por empezar a construir su hogar.

—Jamás hice nada para que desconfiaras de mí.

—Lo sé y me arrepiento. Si no hubiera sospechado de ti, jamás le habría dicho a James que nombrara a Peter. Pero eso no quita que yo tampoco hice nada para que me sentenciaras sin darme una oportunidad —se exaltó—. ¡Por favor, Lunático! —la palabra le vibró en la punta de la lengua, hacía demasiado tiempo que no lo llamaba así—. Nos conocemos desde los once años y follamos desde los dieciséis. ¿No tuviste tiempo de conocerme?

Remus se puso de pie abruptamente.

—Venir aquí fue un error.

—Pasé once años de mi vida sin que nadie me escuchara. Me lo debes por haber desconfiado de mí. —Eso hizo que volviera a sentarse—. Te di los mejores años de mi vida, Remus. Nunca quise a nadie como a ti. Eras en lo único que pensaba para mantenerme cuerdo en esa celda, con los dementores custodiándome día y noche. Me decía a mí mismo que algún día irías a verme, que tú todavía creías en mi inocencia. Pero nunca fuiste, ni siquiera para escupirme un «traidor».

—Nunca fui fuerte como tú, Sirius.

—Podrías haberlo intentado.

Esta vez fue Sirius quien se puso de pie. Ahora que había hecho catarsis, que había liberado las palabras que llevaba atragantadas, se sentía vacío por dentro.

«Necesito más whisky», pensó.

Se dirigió a la cocina, sin importarle si Remus seguía en la sala o se marchaba, y revolvió cada armario. Maldijo a Kreacher por haberle ocultado el alcohol que quedaba.

—No puedes arreglar todo con la bebida.

—Es mi vida, Remus. O los pedazos que quedan de ella. Yo elijo cómo arreglarla.

—Sirius...

Estaba de espaldas a él, pero sus ojos llenos de condescendencia se le clavaban como puñales.

—¡No me mires así! ¡No te atrevas a tenerme lástima!

«Nunca me la tuviste, ni siquiera cuando te dije que ya no tenía a donde ir. No empieces ahora.»

Entonces Remus hizo algo que lo paralizó.

Se aproximó a él y le rodeó la cintura con los brazos. Sirius contuvo la respiración cuando sintió que apoyaba la mejilla en su espalda. Algo se encendió en su interior, un fuego que llevaba demasiado tiempo adormecido. «La última vez que hizo eso teníamos veinte años.» Cuando pensaba en todo el tiempo que había perdido estando en la prisión, le daban ganas de romper las ventanas. Todo lo que amaba y anhelaba había desaparecido mientras él estaba pagando por un crimen que no había cometido.

Dudó si permanecer en esa posición o voltearse, y encontrarse cara a cara y besarlo. Quizás si lo besaba, él recordaría todo el amor que alguna vez se habían tenido. Frente a él desfilaron los cadáveres de momentos pasados, momentos que ahora habitaban solamente en su memoria: Remus y él conociéndose en el dormitorio de Gryffindor, la primera salida a Hogsmeade, todas las lunas llenas que había pasado a su lado, sus encuentros fortuitos en la Casa de los Gritos —y James descubriéndolos con las manos en la masa— y todos los planes que habían hecho para un futuro compartido.

—Vete —pidió—. Antes que hagamos algo de lo que podemos arrepentirnos después. —Se sorprendió al escucharse decir eso—. Tú estás con...

No le dio tiempo a decirlo, pues lo acalló con un beso. Sus manos se posaron en sus mejillas y su boca se encontró con la suya. Sirius entreabrió los labios por la sorpresa y la lengua de Remus, húmeda e invasiva, lo obligó a profundizar el beso. Él le clavó las uñas en la espalda mientras lo atraía más hacia su cuerpo. Tenerlo así de cerca, sintiendo el latido de su corazón sobre el suyo, lo hacía sentir vivo. Más vivo que nunca.

Susurró un «Remus» que fue ahogado por los labios del otro. Los botones de su camisa saltaron en todas las direcciones mientras que él le recorría la piel que iba quedando expuesta a su paso. Remus lo acariciaba con dedos suaves, pero necesitados. Trazó cada una de las marcas que Azkaban había dejado en él y las cubrió de besos. Sirius sintió que el deseo se le desbordaba de la piel. Lo había esperado tanto, lo había necesitado tanto, que ahora que estaba sucediendo creía que podía explotar por todas las emociones que sentía.

Sirius también lo buscó con los labios y con las manos. Eran un manojo de saliva, caricias y palabras a media voz. Sintió la cremallera gastada de su pantalón y dedos de hierro que acunaban su erección. Estaba confundido, excitado, todo al mismo tiempo. Se separaron para recuperar el aliento y se fundieron en una mirada. Sirius ya tenía los pantalones en los tobillos; Remus, acababa de perder una camisa.

—He esperado demasiado por este reencuentro —confesó—. Pero no podemos follar encima de la mesa. Ya no tengo veinte años y me empieza a doler la espalda.

Remus se rio y eso fue música para sus oídos.

—Supongo que puedo quedarme a dormir.

Los dos compartieron una sonrisa cómplice, sabiendo que dormir sería lo último que hicieran esa noche. Ahora que todo estaba bien, ya tendrían tiempo para el resto.


Nota de la autora: Lina (Cazadora Oscura) me retó a escribir un Wolfstar en Grimmauld Place y esto es lo que ha salido, un reencuentro después de todo lo que sucede en el tercer libro. Recuerden: no sean como Remus y se metan con la sobrina de su gran amor (o, por lo menos, terminen con ella antes de volver con el otro).