Dentro de mis venas, al lado de mi corazón

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "¡Duelo entre Potteheads" del Foro "Hogwarts a través de los años".


Narcissa había crecido en la parte más tranquila de Hackney, siendo la favorita de su padre y la consentida de sus hermanas. Le gustaba leer literatura muggle —que no sabía por qué le había comenzado a gustar— y soñaba con ser la protagonista de su propia historia. Se aferraba demasiado, amaba aún más fuerte, pero dejaba ir cuando el final llegaba.

Sirius, en cambio, se había criado en el número doce de Grimmauld Place, a gritos y portazos. Tenía sus propios ideales —muy diferentes a los ancestrales de su familia—, una motocicleta voladora y cigarrillos muggles infinitos. No se preocupaba demasiado por el mañana, besaba de forma intensa y tenía el deseo de encontrar su propio camino.

Y por eso estaban condenados desde el principio.


El cumpleaños


Su historia de amor comenzó —o se retomó, mejor dicho— en su cumpleaños número diecinueve.

El cielo estaba completamente despejado, con una luna creciente dibujada en él, y soplaba un viento estival que hacía aún más agradable la velada. Los invitados llegaron por medio de la red flú, con excepción de los Lestrange que llegaron en un carruaje encantado. «Qué presumidos», pensó Narcissa. Ahora que su hermana se había casado con el mayor de los herederos —y Andromeda estaba por desposar a otro—, los Lestrange eran su familia política.

El gran comedor había sido dispuesto para que su familia se encontrara estratégicamente separada. Sus tíos Walburga y Alphard, por ejemplo, estaban sentados en extremos opuestos. Ella junto a la araña flotante de velas encendidas; él al lado de la chimenea. Ellos no se llevaban bien desde que Alphard le había comprado una motocicleta muggle a Sirius. Y, ella a su vez, mantenía sus propias disputas con su hijo.

«Una fiesta de alta sociedad es lo que Sirius más aborrece. No vendrá», le había asegurado Walburga Black. Narcissa, terca por naturaleza, le escribió una carta para invitarlo personalmente. A pesar de los aires soberbios que se adherían a él como una segunda piel —y de estar en Gryffindor y rodearse de sangre sucias, como tanto le gustaba recordar a su tía—, Narcissa no podía sentir desagrado por él. Y guardaba la esperanza de que apareciera para saludarla.

Ella se deslizó por entre las mesas, adornadas con velas, copas y bocadillos, con una elegancia innata. Se aseguraba que los elfos domésticos hubieran seguido cada una de sus instrucciones, pues quería que se sintieran a gusto, que la velada fuera perfecta.

Los Carrow y Evan Rosier se terminaron la primera botella de vino de elfo antes de que sirvieran el primer plato.

—Amycus tenía mucha sed —dijo Alecto como disculpa—. Ya sabes que es un gran hablador.

Narcissa sonrió.

A ambos los había conocido en Hogwarts. Eran demasiado parecidos físicamente —con la excepción de que Alecto se maquillaba mucho—, pero a ella le encantaba hablar y él era la definición de reservado. En contadas ocasiones le había dirigido la palabra, por lo que se habían hecho amigos porque era la sombra de su hermana. «Un efecto colateral», como acostumbraba decir.

Evan, en cambio, había sido inseparable de Andromeda —antes de que ella se graduara de Hogwarts—, por lo que su amistad fue una herencia que aceptó gustosa. Bajito, con un ojo azul y otro verde, era el más sociable del grupo. ¿Su único defecto? Llevarse fatal con su madre.

—¿Te gustó mi regalo?

—Me pareció un poco… escandaloso —contestó ella, con las mejillas acaloradas—. Además, tampoco tengo nadie con quien lucirlo.

Alecto clavó sus ojos claros —que resaltaban entre tanto maquillaje oscuro—en Lucius Malfoy. El muchacho se encontraba al otro lado de la estancia, junto a los músicos que rasgaban las cuerdas del arpa y del violín, hablando con su padre. Ahora que había decidido dejarse el pelo largo como él, el parecido era aún mayor.

Lucius tenía dos años más que ella, pero no habían hablado hasta la fiesta en la mansión Carrow. Alecto la había arrastrado con una falda demasiado corta, con la esperanza de que conquistara a su hermano mayor, Ares —cuyo único defecto era estar saliendo con una mestiza— o se lo llevara a la cama. Lo que sucediera primero. Pero fue Lucius quien se había fijado en ella. A la medianoche, con varias copas encima, había intentado besarla. Como respuesta, Narcissa le dejó los dedos marcados en la mejilla. Él a veces le mandaba cartas y siempre se disculpaba por el atrevimiento.

—Apuesto a que Malfoy se muere por ver qué hay bajo esa falda —bromeó, sabiendo que la incomodaba—. Por favor, Cissy. Tienes diecinueve años, no hay que llegar virgen al matrimonio. Además, ni siquiera estás comprometida.

Para ella era más sencillo porque su padre le daba la libertad que le negaba a sus hermanas. A Bellatrix la había comprometido con Rodolphus Lestrange cuando tenía quince años; a Andromeda con Rabastan. Mientras que su hermana mayor se había casado, pensando que aquello era una obligación con la cual debía cumplir, Andromeda lo llevaba peor y siempre buscaba retrasar la fecha de la boda. Narcissa, por otro lado, tenía libertad absoluta hasta que «apareciera un buen muchacho, digno de ella», como decía su padre.

Alecto tampoco tenía que preocuparse por cumplir con su papel de mujer. El señor Carrow había fallecido y ninguno de sus hermanos la iba a obligar a hacerlo. Le gustaba ser provocativa, tener amantes ocasionales, e influenciarla para seguir su camino. El regalo de cumpleaños era una prueba de ello.

Narcissa se sonrojaba de solo pensar que lo llevaba puesto.

—Acaba de llegar tu primo —dijo Evan—, el inadaptado. ¿Tiene una motocicleta?

«Sirius y sus entradas triunfales», pensó con ironía.

Salió a su encuentro en cuanto escuchó el motor rugir. Su pulso se aceleró al verlo. Tenía puesta una chaqueta negra que decía «Canuto» en la espalda —aunque no sabía qué significaba— y unos pantalones rotos en las rodillas. Su pelo negro bailó en el viento cuando se quitó el casco.

—Viniste —saludó Narcissa.

—No puedo declinar la invitación de una chica que lee libros muggles, aunque no lo admita públicamente. —Sonrió y le dio su regalo de cumpleaños—. Conseguí una edición especial de «Emma» de esa squib, ¿cómo era su nombre? —le guiñó un ojo, pícaro—. Está hechizado. Cualquiera que lo vea, pensará que es un aburrido ejemplar de «Una historia de la magia» de Bathilda Bagshot.

Cuando era pequeña, Narcissa tenía la costumbre de refugiarse en la habitación de Sirius en Grimmauld Place. Le gustaba alejarse del bullicio de la sala de estar —y de las cabezas disecadas de elfos domésticos— y poder leer en silencio. Él la había descubierto leyendo «La abadía de Northanger» y le había preguntado al respecto. Narcissa, que era muy mala para las improvisaciones, le había asegurado que se trataba de una lectura de Hogwarts, que Jane Austen era una squib que triunfaba en el mundo muggle. Sirius no se había creído su explicación ni por un segundo, pero la había escuchado hablar de los personajes y la trama principal de la novela.

Desde entonces, tenía la tradición de regalarle un libro en cada uno de sus cumpleaños. Narcissa estaba segura de que tenía un contacto importante en el mundo muggle, pues siempre conseguía ediciones especiales o colecciones de antaño.

Y a veces se sorprendía a sí misma pensando en él, tratando de imaginar qué estaría haciendo o si pensaría en el beso que se dieron cuando tenían siete y once años. Era una tontería, una niñada sin importancia. Había sucedido porque Bellatrix lo había retado a hacerlo, juntaron sus bocas y aguardaron la reacción del otro. Después se habían separado; ella de nuevo con su libro y él con sus pensamientos.

Narcissa le agradeció el obsequio.

—Te queda bien el cabello suelto. Deberías usarlo así más seguido. Con el moño pareces tu madre. —Aquello definitivamente no era un halago—. ¿Dónde hay algo para emborracharme? Voy a necesitar mucho alcohol para soportar una fiesta de aristócratas respingados.

Un elfo le tendió una copa llena de whisky de fuego. Sirius lo bebió de un solo trago y ordenó que se la rellenara. Después, se perdió entre los invitados.

Narcissa compartió un baile con Amycus Carrow —que hablaba poco, pero bailaba muy bien—, uno con Lucius y otro con el señor Malfoy, dos con su padre y el último con Amadeus Lestrange, quien se deshizo en halagos hacia su persona y le besó las dos mejillas.

—Los años no han más que florecer su belleza natural, señorita Black. —El hombre ya había insinuado con anterioridad la posibilidad de contraer matrimonio, teniendo en cuenta que había enviudado después de nacido Rabastan. Le triplicaba la edad y tenía una mirada lasciva que le provocaba repugnancia—. Se parece mucho a mi difunta esposa.

Su padre, quien conocía las segundas intenciones del señor Lestrange, acudió en su ayuda.

—Lo que quiere decir es que te pareces a un cadáver —la voz de Sirius resonó al final de la sala.

—Me temo que he sido malinterpretado…

—Y que quiere acostarse contigo a pesar de que podrías ser su nieta —agregó. Caminó hasta la pista de baile, donde ellos se encontraban, con el fuego bailando en sus pupilas—. ¿Aún se te para, Lestrange?

—No seguiré tolerando la insolencia de este imberbe. —Amadeus Lestrange frunció el ceño—. Este joven debe pretender la mano de su dulce hija.

—Es mi joven y maleducado sobrino. No le haga caso.

—Con esa edad, debes necesitar pociones estimulantes para cumplir en la cama. —No arrastraba las palabras, a pesar de todo el alcohol que había ingerido.

—¡SIRIUS! —gritó Narcissa.

Todo sucedió demasiado rápido.

Amadeus Lestrange desenfundó su varita, Sirius le enseñó los dientes como si fuera un perro y lanzó la copa de whisky de fuego en su dirección. El hombre la esquivó y la bebida terminó en el vestido de Narcissa. Ella se olvidó de sus modales y le gritó delante de todos los invitados. Walburga, que no se había movido ni un centímetro de su asiento, parecía decir con los ojos «te dije que aborrecía estar aquí».

Los músicos dejaron de tocar abruptamente, el fuego de sala se apagó con una ráfaga de viento y todas las miradas se centraron en ellos.

—Tendría que haber sabido que invitarte era un error —masculló—. Has arruinado mi vestido y mi fiesta de cumpleaños. El whisky ha quemado la tela, no podré arreglarlo con un hechizo. —Narcissa se volteó, enfrentándose a los cientos de ojos que la contemplaban—. Que la música vuelva a sonar, que el baile prosiga.

Sus hermanas y su madre hicieron el amague de seguirla mientras subía las escaleras. Ella las detuvo. Sentía los ojos húmedos. Se mordió la lengua para no gritar de rabia e impotencia. Sirius había sido tan amable, tan atento cuando había llegado que, por un pequeño instante, pensó que tenían la misma conexión que cuando eran niños. Sirius en silencio mientras la observaba leer.

Él la siguió hasta la habitación, a pesar de que le dijo tres veces «vete».

—Lo lamento. Quería darle a Lestrange, no a ti —se disculpó al otro lado de la puerta de madera—. No quería arruinar tu momento. ¿Puedo pasar?

Narcissa asintió de mala gana mientras comenzaba a quitarse el vestido. Sobre la seda blanca había una gran mancha oscura.

—Ayúdame con el cierre de la espalda.

Él lo hizo sin rechistar. Bajó la cremallera con la mano derecha y colocó su mano izquierda sobre la piel expuesta. Narcissa se sintió sorprendida y abrumada por el súbito contacto, pero no le dijo nada al respecto. Siguió cada uno de sus movimientos bajo la luz resplandeciente de la vela.

—Hueles a whisky de fuego con flores. Inusual, pero armónico.

—Todo es tu culpa.

—Ya me he disculpado —contestó. Le puso las manos en los hombros para obligarla a voltearse y la comenzó a ayudar con las mangas del vestido—. Narcissa, ¿qué traes puesto? ¿Es… encaje? —Tenía la voz ronca y estaba demasiado cerca de ella. Sentía el latido de su corazón sobre el suyo—. ¿Puedo verlo?

«El regalo de Alecto», pensó. Lo había olvidado por completo. Se había sentido tan furiosa que desnudarse frente a los atentos ojos de su primo no parecía una mala idea. No hasta que su mirada se encendió al contemplarla.

Sirius cerró la puerta con el pie y puso el seguro.

Debería haberle dicho «¡Sirius!» o «eres mi primo», pero solo asintió. Dejó que el vestido se deslizara por su cintura y por el largo de sus piernas. La seda nunca se había sentido tan suave contra su piel. Los ojos de Sirius se volvieron de un intenso color negro. Aquello la hizo sentir un fuego por dentro.

Y entonces la besó.


Nunca hablaron de lo sucedido. Sabían que, de hacerlo, toda la magia desaparecería y solo quedaría la culpa por ser familia, por compartir la misma sangre. «No puedo dejar de pensar en ti», dijo él como si eso justificara su presencia allí, en su habitación —sin que las barreras mágicas saltaran—, a medianoche. Como única respuesta, Narcissa juntó sus labios con los suyos. E hizo lo que no se había atrevido la noche de su cumpleaños.

Sus manos en su cuerpo no eran correctas, no debían sentirse correctas, pero cada caricia encendía cada centímetro de su piel. Le acarició el cuello, los senos, la curva del vientre y le pidió permiso para conocer lo que se escondía bajo de la delicada tela de encaje. Y la llevó al paraíso tantas veces como duró la noche.

Lo suyo no era amor —no había comenzado como amor— y ella tampoco pretendía que lo fuera. Pero compartir su primera vez con él, hizo que se enamorara perdidamente.


La muerte


Amaneció con la fatídica noticia de la muerte de su padre.

«Se quedó dormido como todas las noches —le dijo su madre—. Pasó de un sueño al otro.»

Narcissa sintió el impulso de subir a la habitación a darle un último beso, un último adiós, pero Bellatrix se lo impidió y le aseguró que «era mejor recordarlo con su pipa y sus historias, antes que pétreo y sin vida». Así que aguardó junto a la chimenea hasta que bajaron el cuerpo —le dolía pensar en él como alguien que ya no moraba en el mismo mundo— y lo preparaban para el entierro.

Naturalmente, descansaría en el panteón familiar junto a sus abuelos y hermanos fallecidos en la cuna. A Narcissa no le gustaban los perros y las serpientes de piedra que custodiaban el último descanso de los Black, pero sabía que era su destino terminar allí junto a los suyos.

Andromeda fue la última en descender por las escaleras. Llevaba un vestido oscuro que le hacía juego con la mirada sombría. Había algo en ella que la inquietaba. No era dolor o tristeza sino una determinación inusual.

—Dejen las lágrimas para la intimidad de nuestro hogar —ordenó su madre antes de salir de la casa. En realidad, quería decir: «no lloren como vulgares pueblerinas»—. Abraxas Malfoy estará en el sepelio. Después de todo, es el único amigo que conserva del colegio.

«Y, por ende, estará Lucius», completó. Narcissa prefería su compañía antes que Amadeus Lestrange la besara nuevamente en las dos mejillas. «Aunque, en el fondo, preferiría que Sirius estuviera aquí.» Pero estaba segura que su madre no permitiría que él estuviera allí —no después de lo sucedido en su cumpleaños— y Walburga Black no lo llevaría por cuenta propia.

En el exterior, el cielo era gris y plomizo. Era cuestión de minutos para que los nubarrones comenzaran a descomponerse sobre sus cabezas.

El panteón familiar se encontraba en el cementerio local de Islington y contenía las cenizas de todos los Black que habían existido en el mundo antes que ella. Estaba situado en la parcela más grande, con varias hileras de tumbas a su alrededor y estatuas de arcángeles y otras divinidades de las creencias muggles. Los árboles que separaban las secciones del cementerio eran de troncos oscuros y crecían torcidos.

Abraxas y Lucius Malfoy ya se encontraban allí cuando llegaron con el féretro que contenía el cuerpo de su padre. Los dos, enfundados en trajes negros hechos a medida, parecían dos cadáveres emergidos de la tierra sagrada. El señor Malfoy dio el pésame por ambos y ayudó a su madre y tíos a llevar el ataúd hasta el panteón. Lucius, por su parte, permaneció junto a Narcissa.

—Ahí vienen los Lestrange —murmuró de modo que solo ella pudiera escucharlo—. Toma mi brazo para que Amadeus no ofrezca el suyo. —Narcissa lo hizo casi como acto reflejo. Lo último que deseaba era enfrentarse a una nueva incómoda situación. Amadeus junto a Rabastan, se acercaron a su madre y a Andromeda. Bellatrix estaba con Rodolphus en el interior del panteón, aguardando la llegada—. ¿Es cierto que lleva pidiendo tu mano durante siete años? Si te molesta que intente distraerte, puedes hablarme de tu padre. Lo conocí poco, pero el mío tiene muy buen concepto suyo.

—Amadeus Lestrange es un hombre que, ciertamente, no acepta un «no» como respuesta. Mi padre nunca quiso que me casara con un hombre que me triplica la edad, viudo dos veces y con dos hijos casi de mi misma edad. Él esperaba que disfrutara la vida y que, en el momento adecuado, contrajera nupcias con mi verdadero amor —confesó Narcissa. Habían empezado con el pie izquierdo, pero Lucius no era una mala compañía después de todo. La ayudaba a abstraerse de la realidad que estaba viviendo—. Y temo que, con mi padre muerto, él endulcé los oídos de mi madre y la convenza de su propósito.

—No creo que el señor Lestrange sea tan imprudente de hablar sobre un compromiso en un cementerio. No traería buenos augurios.

Su comentario le hizo esbozar una sonrisa en medio de tanto dolor. La lluvia se convirtió en un aguacero y Lucius tuvo que conjurar un paraguas para protegerla. «Quizás en la lluvia no se noten mis lágrimas», pensó.

Al encontrarse al principio de las escaleras de piedra, sintió un pánico repentino invadiéndole el cuerpo. Se detuvo. No se pudo obligar a continuar. No era capaz de entrar en la cripta. Era como si en aquel momento hubiera comprendido lo que estaba viviendo.

—No tienes que seguir —aseguró él—. Podemos quedarnos aquí hasta que quieras avanzar.

«¿Y si nunca quiero hacerlo?»

Entonces, lloró largamente en el hombro de aquel chico que había intentado besarla sin su consentimiento. Lucius le pasó un brazo alrededor de su cuello y la estrechó más contra su cuerpo. Se olvidó de sus modales y de «reservar las lágrimas para la intimidad del hogar», se permitió ser, con todas sus caóticas emociones.

—¿Ese no es tu primo? —preguntó él, rompiendo el momento.

Narcissa se volteó. Al principio del cementerio, más allá de las tumbas y los árboles torcidos, se encontraba Sirius Black. Estaba recostado contra la motocicleta estacionada mientras fumaba un cigarrillo que, increíblemente, no se apagaba bajo la lluvia. Estaba mojado de pies a cabeza y los observaba fijamente.

—Iré a hablar con él. ¿Puedes ver cómo está mi madre?

Lucius hizo una pequeña reverencia y bajó las escaleras del panteón. Narcissa caminó hasta su primo, sintiendo que los nervios aumentaban con cada paso. Sus ojos grises clavados en ella no ayudaban. Se empapó el vestido antes llegar a su encuentro.

—Así que estabas abrazando a Malfoy. —Le dio una última calada al cigarrillo.

—Tú no estabas allí —respondió. Se mordió el interior de la mejilla—. ¿Estás celoso?

Sirius se encogió de hombros.

—Escuché que fue a él a quien golpeaste en la mansión de los Carrow.

—¿Has venido solo a eso? —inquirió ella. Comenzó a caminar de vuelta al panteón familiar, pero él la detuvo—. ¿Qué quieres, Sirius?

—Ya sabes lo que quiero, pero no puedo hacerlo en la puerta de un cementerio.

Quería besarla. Lo dedujo por la forma que le miraba la boca. Él deslizó sus dedos mojados por sus hombros hasta su nuca. Narcissa retrocedió un paso, para evitar el contacto. «Si alguien nos ve…», no quería pensar en las terribles consecuencias que acarrearía su incestuosa relación.

—Vámonos de aquí.

—¿Qué dirá mi madre si me comporto de forma tan escandalosa? —preguntó—. Además, no tienes licencia de conducir en ninguno de los dos mundos.

—Deberías preocuparte más de lo que quieres, de lo que sientes, y no vivir de las apariencias —respondió él. Encendió la motocicleta y se puso el casco—. Todos terminaremos muertos de todas formas.

Narcissa se mordió el labio. Su padre quería que viviera, que encontrara la felicidad. Se colocó el otro casco y se aferró a él y cerró los ojos. Era la primera vez que hacía algo tan espontáneo, que tenía el impulso de ser libre.

La marcha al principio fue suave; después, más rápida. Todo su cuerpo temblaba por la adrenalina del momento. Eran Sirius y ella y su motocicleta yendo hacia lo desconocido. Si volvía la vista hacia atrás, se encontraría con la ausencia de su padre y la severidad de su madre. Narcissa no estaba hecha para el dolor, nunca había tenido que encontrarse cara a cara con el dolor hasta ese momento, no lo toleraba. Necesitaba escapar.

Llegaron a la puerta de un hotel muggle —cuyo portero la miró de pies a cabeza y preguntó si era menor de edad—, con un cártel fosforescente al cual le faltaba una letra, y Sirius rentó una habitación. Encontrarse allí despertaba nuevos pensamientos en ella, pero el lugar olía a limpio y a jabones florales. La ayudó a desnudarse y le tendió una toalla para que se secara las gotas de lluvia.

—¿Fumas? —preguntó él. Narcissa asintió. Nunca había probado un cigarrillo muggle, pero Sirius los fumaba uno detrás de otro como si en cada colilla matara un recuerdo doloroso—. ¿Quieres llorar en mi hombro?

«Ya lo he hecho», pensó.

—Quiero olvidar —respondió automáticamente—. Quiero dejar de ser la hija perfecta, aunque sea por un momento. Tengo tanto miedo de que la muerte de mi padre traiga una tormenta.

—Quizás te preocupas demasiado. —Le acomodó un mechón detrás de la oreja.

«Ojalá.» Fuera de la ventana, la lluvia seguía cayendo.

—¿Qué estamos haciendo, Sirius? —interrogó. Conociendo los comentarios burlones de su primo, se corrigió—: No me refiero a lo qué estamos haciendo en este hotel muggle sino a: ¿qué somos?

—Somos familia. Por nuestras venas corre la misma sangre, somos diferentes raíces de un mismo árbol.

Era una respuesta demasiado amplia, demasiado obvia.

—Pero nos besamos y también hemos follado. —«Y mi primera vez fue contigo», pensó pero no lo dijo—. Eso significa mucho para mí.

—No quiero que le pongamos un nombre a esto. No me gusta definir cada aspecto de mi vida. —Narcissa rompió el contacto de su rostro y sus manos. Tampoco era la respuesta que su corazón anhelaba—. Eres la única parte de la familia que no aborrezco. Eres la única persona que quiero conservar si alguna vez me voy lejos de aquí. Eso eres para mí. Y me da miedo arrastrarte en todo lo que soy.

—¿Y sí yo quiero ser arrastrada?

Él no le respondió. Unió sus labios con los suyos. Sus dedos pasearon desde su cuello hasta su nuca y la obligaron a profundizar el beso. Sus lenguas se tocaron suavemente. Eso hizo que una sensación eléctrica le recorriera todo el cuerpo. Sirius la sujetó por la cintura y la atrapó entre su cuerpo y el colchón. Narcissa bebió las vaharadas de aire que escapaban de su boca y las transformó en gemidos.

—¿Sabes qué es lo mejor de estar en un hotel muggle? —dijo su primo cuando ambos terminaron sudorosos, uno al lado del otro, piel contra piel. Narcissa negó—. Que no vas a tener que irte antes del amanecer. Mañana te llevo a la mansión —prometió—, pero esta noche es mía.

De todas formas, ella no pensaba irse a ningún lado.


A veces se encontraban en el segundo piso del Caldero Chorreante. Narcissa trataba de evitar la puerta principal y siempre iba cubierta de pies a cabeza por una capa azulada. No pasaba demasiado tiempo con la ropa puesta, Sirius la desnudaba con manos hábiles y veloces, y ella lo guiaba hacia su interior de forma apremiante. Pues aquellas horas que pasaban juntos eran robadas, fragmentos de tiempo que no les pertenecían.

Una vez lo habían hecho en la casa de los Potter —donde Sirius dormía siempre que se peleaba con sus padres— porque él le había jurado que estarían a solas. El solo hecho de saber que estaban haciendo algo doblemente incorrecto, los había excitado aún más. «No volverá a suceder», prometió ella.

Él empezó a agarrar la costumbre de aparecerse en la ventana de su habitación. A veces hablaban; otras, iban directo a lo que necesitaban. A Sirius le gustaba subirle el camisón de satín hasta la cintura y perderse entre sus muslos de ensueño. Poco le importaba que al otro lado de la puerta se encontrara el peligro.

Tenía grabado su nombre en la piel.


La huida


Los dos huyeron casi al mismo tiempo.

Andromeda lo hizo el día de la muerte de su padre, cuando volvían del cementerio. «Yo la vi con dos maletas —aseguraba Bellatrix—. Y la traidora me dijo que era ropa vieja.» Se había fugado con Ted Tonks —Hufflepuff, misma generación que su hermana y sangre sucia hasta la médula— y se habían casado en secreto. Su madre la borró del tapiz familiar antes de darle la oportunidad de volver. «Ya no es mi hija —dijo frente a todos—. Agradezco que Cygnus no haya vivido lo suficiente como para sufrir esta traición.» Por fuera era todo palabras duras y ceño fruncido; en la noche Narcissa observaba que se sentaba frente a la chimenea y, con los ojos perdidos en el fuego, lloraba amargamente. De un plumazo había perdido a su esposo e hija.

Dos semanas después repudiaron a Sirius. Narcissa se enteró por Regulus. El chico se apareció en su casa para contarle lo sucedido. Al principio no le había dado la importancia correspondiente, pues Sirius hacía sus rabietas de vez en cuando y se iba a dormir a la casa de los Potter —o a trepar su ventana y follar toda la noche con ella—; luego, cuando su primo hizo hincapié en que esa vez era diferente, se sintió doblemente traicionada. ¿Cuántas noches habían compartido? ¿Cuántas veces habían hablado de lo que significaba eso en sus vidas? «Merecía saberlo», era su firme pensamiento. Ni una carta, ni una visita fugaz. Regulus quería que hablara con él porque era la única persona que Sirius escuchaba.

Narcissa lo había ido a buscar a la casa de los Potter y al Caldero Chorreante —dependiendo de donde pernoctara— para convencerlo de volver. Cuando Sirius tenía quince y ella diecinueve, acostumbraba escuchar sus consejos, volvía a Grimmauld Place y trataba de firmar una tregua con su madre. Luego, el ciclo se repetía durante todas las vacaciones, tanto de invierno como de verano.

Pero ahora, según Regulus, Sirius se había llevado todo lo que le importaba de Grimmauld Place y su motocicleta voladora. Su tía Walburga, quien nunca le había tenido mucha paciencia y tenía gusto por la teatralidad, convocó a toda la familia para borrarlo del árbol genealógico y repudiarlo para siempre. «Y repudiar a todo al que tenga contacto con él», completó Narcissa.

Ella no presenció el espectáculo. Ni siquiera había acompañado a su madre cuando repudió a Andromeda, menos aún iría a ver como quemaban su nombre y su rostro mientras hacían comentarios como: «es un traidor» o «hay que cortar los frutos podridos para que no contaminen el árbol». No iba a soportarlo. Necesitaba hablar con él, pedirle una explicación, pero tampoco sabía si quería dársela.

Sus pensamientos viajaban mientras contemplaba las gotas de lluvia sobre el cristal de la ventana. «Qué invierno tan lluvioso», pensó. Ese año prácticamente no habían visto la nieve, todo era lluvia y relámpagos plateados.

—Acércate, querida —pidió su madre. Estaba sentada frente al fuego, en una gran reposera de madera, con las manos cruzadas sobre el regazo—. Tengo algo que decirte. —Narcissa la escuchó atenta—. Estamos rodeados de traidores. Las malas semillas pudren el seno de nuestra familia. Bellatrix siempre ha sabido cuál es su lugar, Andromeda siempre fue más rebelde, pero confiaba en que sentara cabeza. Ahora que se ha casado con un sangre sucia, no solo nos ha insultado a nosotros sino también a los Lestrange, pues ella estaba comprometida con Rabastan.

»Nuestro nombre ha quedado manchado. Nadie en el mundo mágico volverá a confiar en nuestra palabra. Y Amadeus Lestrange es un hombre orgulloso, con sangre pura corriendo por sus venas, no se ha tomado bien que su hijo sea despreciado por algo de tan baja calaña como es un hijo de muggles. Quiere una compensación por la afrenta. —«me quiere a mí», comprendió Narcissa—. Y tú siempre has sido su debilidad. Sé que no lo amas, pero yo tampoco amaba a tu padre cuando me casé con él. Con el tiempo aprendí a hacerlo y formamos nuestra propia familia. —Sostuvo su mano entre las suyas pálidas y trémulas—. Nuestra reputación pende de un hilo. Sabes que no te lo pediría semejante sacrificio si existiera otra posibilidad.

Su madre le acarició la mejilla con una ternura infinita; Narcissa se puso de pie antes que las lágrimas brotaran de sus ojos. Druella decía que en su hogar podrían llorar, pero Narcissa sabía que no la comprendería. Su madre era primero deber y después familia.

La lluvia y el mundo se vinieron encima cuando salió de la casa. Con las gotas de lluvia empapando su rostro, sus lágrimas parecían más ínfimas. Un trueno explotó en el cielo grisáceo y la sobresaltó.

Veía borroso por el agua que se le acumulaba en los párpados. No recordaba con claridad la silueta de la casa de los Potter —donde estaba segura que lo encontraría—, pero de todas formas intentó aparecerse.

Y casi sufrió una despartición por eso.

Se apareció en la puerta del número doce de Grimmauld Place. Después, comenzó a caminar. Sabía que tenía que pasar una esquina con una farola rota, doblar en la siguiente y caminar siete manzanas más. «Me siento tan desorientada, tan triste —pensó—. Todo era más fácil cuando estabas aquí.» Su padre siempre sabía qué hacer para protegerla, para hacerla sentir feliz.

Cuando llegó a la casa de los Potter —la reconoció por la cabeza de gárgola que tenía en la puerta—, no parecía ella misma. El pelo estaba pegado a su frente, su ropa se había estropeado por el aguacero y sus zapatos estaban llenos de hojas y barros. Llamó a la puerta. Una, dos, tres veces. Hasta que un chico de gafas redondeadas y cabello despeinado la recibió.

—¡Canuto, tu prima está aquí! —gritó. Eso le confirmaba que él se encontraba allí. Sirius debió haber preguntado «¿cuál?» porque James Potter aclaró—: La de nariz respingada.

Ese comentario le hubiera molestado si no tuviera problemas más importantes.

—¿Narcissa? —Nunca le había dicho «Cissy», siempre era «Narcissa», a secas, a media voz, en un susurro—. ¿Qué haces aquí?

Poco le importó que James Potter los estuviera viendo en esa escena.

—Hace semanas que no sé de ti. No vas a verme, tampoco escribes. Me tengo que enterar por Regulus que te has ido de Grimmauld Place —prosiguió—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Te dije que no quería arrastrarte en lo que yo soy.

—¡Acabábamos de follar, Sirius! —exclamó—. La mayoría de las personas no hablan enserio cuando tienen el orgasmo en la punta de los dedos.

—¿Ustedes follan? —preguntó el otro. «Al menos, no se lo ha contado a todos sus amigos»—. Mejor dejo que hablen a solas. Estaré en la cocina. —El chico se perdió por un pasillo luminoso.

Narcissa avanzó un paso, situándose en el recibidor de la casa. Sus ropas goteaban y estaban dejando un charco en la preciosa alfombra que decía «bienvenidos». Sus ojos se encontraron con los grises de acero de su primo. Las rodillas y las manos le temblaban por el frío y la tristeza y por todo al mismo tiempo.

—Te fuiste sin decir adiós. Sin importarte a quién dejabas atrás.

—¿Qué pretendías que hiciera? Tú siempre fuiste la hija perfecta, la favorita de tu padre, nunca tuviste que esforzarte demasiado para cumplir; yo, en cambio, nunca encajé. Ni siquiera antes de entrar a Gryffindor. El apellido Black siempre fue un peso sobre mis hombros. Y, ahora que no estoy más allí, por fin me siento libre. —Tomó su mano enfundada en el guante mojado—. Cuando dije que eras la única parte de la familia que quería conservar, estaba siendo sincero. Pero no quería involucrarte en mi decisión.

—Ese es el problema, Sirius. Tú decidiste. Tú y solamente tú —remarcó ella—. Ni siquiera pediste mi opinión. Y nos condenaste a los dos en el proceso. —Estaba nuevamente llorando—. Lo que más rabia me da es haber sido tan ingenua. En creer en ti, en tus besos, en tus mentiras. Me decía a mí misma: «no siempre será así», «Walburga y Orion son primos y están casados» y «algún día».

Él comprendió a lo que se refería.

—Entonces habrías decidido por mí y me hubieras encadenado a un mundo al que no quiero pertenecer. ¿O pretendías que trepara por tu ventana y te dijera de huir juntos? —No le dio tiempo a responder—. Eso solo sucede en las historias que tanto te gusta leer. La vida es más cruel, injusta y egoísta, y a veces nos explota en la cara de la peor forma posible. —Sus palabras le dolieron más que cualquier puñal. Algo dentro de su pecho murió allí—. ¿En dónde íbamos a vivir de todas formas? ¿En un mugriento hotel muggle, en una habitación del Caldero Chorreante, aquí? ¿Y qué sucedería cuando te dieras cuenta de que la vida de repudiada no era para ti? Ya no tendrías un lugar al cual volver y eso te habría destruido.

«Pero estaríamos juntos», quiso decirle. Pero él ya tenía su propia opinión de ella y de la hipotética situación.

—Ahora entiendo por qué nunca hablamos de esto. Somos demasiado diferentes —concluyó—. Ya tienes lo que siempre has querido: una vida donde no importe el apellido Black. Y yo tengo que recoger los pedazos rotos de la mía y seguir adelante.

Silencio.

—Hay algo diferente en ti —respondió él—. ¿Sucede algo? —«No. Nada. Todo. Mi madre quiere casarme con Amadeus Lestrange y tú te has ido», reflexionó—. Narcissa, ¿sucede algo?

Él la sacudió por el hombro, pero ella no contestó. Le pesaba la cabeza, la ropa mojada y el corazón. Empezó a ver borroso y el mundo a su alrededor se derrumbó. Escuchó el eco de su nombre vibrando en sus oídos antes de desmayarse.

Cuando recobró la conciencia se encontraba en una cama —que ciertamente no era la suya, era demasiado pequeña—, completamente seca, con una sudadera de equipo de Quidditch que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Observó por la ventana; la oscuridad y las estrellas delataban lo tarde que era.

Sirius estaba a su lado, acariciándole el dorso de la mano.

—Tuve que ponerte un hechizo para que entraras en calor. ¿Cuánto tiempo estuviste bajo la lluvia?

—No lo sé. Algunas horas. Intenté aparecerme aquí, pero no lo conseguí —narró. Se sentía atontada—. Llegué a Grimmauld Place y vine caminando desde allí.

—Siempre me decías que tenía actitudes infantiles y que los problemas no se resolvían de esa forma, pero tú te pusiste en peligro —reprochó él. Le acomodó la almohada para que se incorporara—. Quédate a dormir. A James no le molesta. Por favor —imploró. Le acomodó un mechón detrás de la oreja y le delineó la curva de los labios—. Si mañana te quieres ir, no te lo impediré.

Ella asintió.

Sirius se recostó a su lado, pasándole el brazo por la cintura, y trazó un camino de besos desde su nuca hasta su hombro. Con él una cosa siempre llevaba a la otra. Un beso a una caricia, una caricia a quitarse la ropa hasta que no eran más que besos, piel y gemidos. Lo besó con el regusto amago de ser su última vez juntos. Su fugaz historia de amor estaba destinada al fracaso.

Esa noche fue Narcissa quien no se quedó a ver el amanecer.


Él no la quería —no lo suficiente como para olvidarse de su anegado deseo de libertad— y ella no iba a quedarse esperando a que la rescatara, pues alguien le había dicho una vez que no se podía cambiar la naturaleza de una persona.

Ahora lo comprendía.

Tenía que ser la protagonista de su propia historia, salvarse a sí misma.


El casamiento


Narcissa Black era, probablemente, la novia más triste del mundo.

Ni siquiera el día soleado —después de un invierno cruento y lluvioso— o los capullos abriéndose de par en par y llenando el ambiente con su olor dulzón, conseguían alegrarla.

Cuando había pensado en el día de su boda, nunca lo había imaginado así: improvisado, en el jardín de su casa, sin su padre para llevarla al altar y con tan pocos invitados.

Su vestido era color marfil, con brocados plateados en las mangas y en el escote, y llegaba hasta el suelo. Su madre le había cepillado el cabello hasta que se volvió oro batido sobre su espalda y le había colocado la tiara y el collar de la familia Rosier. Las mismas joyas que ella había usado en su casamiento. También le había pellizcado las mejillas para darle un poco de color a su rostro. «Pareces un cadáver.» «Me lo han dicho antes», pensó.

Terminó de maquillarse frente al gran espejo plateado. Camufló sus ojeras y sus párpados pesados de no dormir la noche anterior, y tampoco la anterior a esa. Si llegaba a llorar —algo que seguro sucedería—, podría decir que era de la emoción. Todos le creerían de todas formas. Nadie sabía que su corazón le pertenecía a otra persona. Siempre había sido un secreto entre ellos dos.

Como ramo llevaba las flores preferidas de su padre.

Narcissa se puso de pie, arregló los pliegues que se formaban en la falda y se cercioró una vez más que la diadema estuviera derecha sobre su cabeza. La puerta se abrió súbitamente y en el espejo vio reflejada a la última persona que esperaba ver ese día.

—¿Te vas a casar?

Era Sirius. Llevaba el pelo más largo y los brazos cubiertos de tatuaje. Ninguno era una calavera con una serpiente.

—¿Lo dices por el vestido y el ramo? ¿O es la diadema? —inquirió siendo sarcástica—. ¿Cómo hiciste para sortear las barreras mágicas?

Cerró la puerta con la punta del pie y caminó hasta ella.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó. Le rozó las manos—. ¿Por qué?

—Porque me ama y no tiene miedo de demostrarlo —contestó, siendo sincera—. Mi madre quería entregarme a Amadeus Lestrange por el desaire de Andromeda hacia su hijo. No podía casarme con él. Me repugnaba el solo hecho de imaginarme… —No se atrevió a decirlo.

—No lo sabía.

—No ibas a hacer nada de todas formas. Lucius, en cambio, siempre estuvo enamorado de mí. Él se mostró muy entusiasmado con la idea de desposarme. Lestrange era un simple obstáculo del cual encargarse. —Decirlo no hacía que se sintiera menos culpable, pero si ella no procuraba su propia felicidad, nadie lo haría. Mucho menos Sirius—. Hazte a un lado. Mi prometido me está esperando.

—No tienes por qué hacer esto —susurró. Estaba demasiado cerca. Nunca pensaba bien cuando él la manipulaba con su cercanía, con su aliento de menta y su tacto ligero—. Quítate el vestido y te recordaré todo lo que sientes por mí. Te llevaré lejos de aquí.

Narcissa se alejó instintivamente.

Alguna vez había deseado que aquello sucediera, que pudieran construir una vida juntos en cualquier parte del mundo. Todo valdría la pena mientras existiera amor entre ellos. Podrían fingir que no eran familia, tener apellidos falsos, si eso le hacía sentir mejor. Pero ahora ya había elegido, ambos lo habían hecho, y no había vuelta atrás.

—Llegaste tarde, Sirius. Tenías razón cuando dijiste que no estaba hecha para la vida de repudiada. Me habría cansado de ti y de tu errática forma de ser —dijo, tratando de que la voz no la traicionara. No era la única que iba a salir herida de ese encuentro—. Siendo la nueva señora Malfoy, nada me faltará.

Vio ese brillo extraño en su mirada y supo que él estaba a punto de llorar. Se fue tan rápido como había llegado, dejando un portazo a sus espaldas.

«No iba a desestabilizar mi vida porque se le ocurrió aparecer de repente —pensó convencida de ello—. Aunque me duela, tengo que hacer lo correcto. Es lo que se espera de mí.»

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, teniendo cuidado con su maquillaje, y sujetó con más fuerza el ramo de flores. Sin perder la sonrisa, se dirigió al jardín donde la aguardaba su futuro esposo.

Él lucía radiante con su traje azul marino, con el cabello rubio recogido en una coleta, y un porte aristocrático innato. Caminó mirando fijamente el altar, sin tropezarse o perder la sonrisa, pues todas las miradas estaban clavadas en ella. Su madre, su hermana y su esposo, el muchacho despreciado y su futuro padre político.

«Yo no amaba a tu padre cuando nos casamos», las palabras de su madre resonaron en sus oídos mientras caminaba por el sendero de pétalos de rosas. Ella tampoco amaba a Lucius —ni siquiera había pensando en él antes de que todo se viniera abajo y se encontrara en un callejón sin salida—, pero él lo sabía y, a pesar de eso, no había dudado en responder su carta y hacer a un lado a Amadeus Lestrange para poder contraer nupcias.

Narcissa se prometió que algún día correspondería su amor y así le demostraría su eterno agradecimiento por lo que había hecho por ella.

—Estás hermosa, querida —dijo cuando llegó a su lado. Le besó la mano con labios más suaves que las promesas—. La novia más hermosa del mundo.

Narcissa le agradeció el cumplido, unió sus manos con las suyas y juntos se posicionaron frente al oficial del Ministerio de Magia, quien los uniría en sagrado matrimonio. «Esto es lo correcto», se repitió una vez más. «Lucius me ama y yo lo amaré algún día.»

Un perro aullaba a lo lejos mientras ella pronunciaba los votos matrimoniales.


Nota de la autora: Dani (Dani H. Danvers) me retó a escribir un Sirius/Narcissa con mucho drama. Puede ser que se me haya pasado un poco la mano, lo admito. Pero era necesario.

Narcissa y Sirius tienen cuatro años de diferencia, por lo cual no tenía mucho sentido ambientarlo en Hogwarts. Adelanté la muerte de Cygnus Black como dos décadas para darle más dramatismo a la historia porque quería que Sirius apareciera en el cementerio. Y también pospuse un poco la huida de Sirius para que pudieran estar más tiempo juntos. ¿Odian a Lestrange tanto como Sirius? Porque yo sí, mira que hay que querer casarte con una chica que puede ser tu nieta. ¿Lucius lo mató? Digamos que era un hombre mayor e hizo lo necesario para hacerlo a un lado.