Hiko y Kenshin

—¡Vuelve aquí muchacho insolente!

—¡Claro que no! ¡Puede ser mi maestro, pero usted no es mi padre!

—Podré no ser tu padre, pero me debes respeto. Ya te dije que la espada es…

—No, ya no más de esa ideología inútil. ¿No comprende que mientras nos quedamos inactivos mueren más y más personas? -El joven pelirrojo miró su espada y acto seguido observó a su maestro, pero ya no con furia sino con determinación- Si usted no quiere hacer algo por este país, es su problema, pero yo no me puedo quedar de brazos cruzados… Lo siento maestro, le agradezco por todo lo que ha hecho por mí pero yo… partiré al amanecer.

Acto seguido se generó un lúgubre silencio mientras el joven se alejaba rumbo a la sencilla cabaña que les servía de casa, seguramente a alistar sus pocas pertenencias para su partida en unas horas.

Hiko maldijo por lo bajo, recogió una botella de sake que en medio de la discusión había dejado abandonada y caminó rumbo al brazo de río que estaba unos metros más allá.

No era la primera discusión que tenían sobre el tema, pero sin duda esta sería la última, la que finiquitaba todo vínculo entre ellos, porque como le había dicho veces anteriores: Si él partía de allí con esas intenciones, ya no tendría lugar donde retornar.

En el fondo sabía que era cuestión de tiempo, que ese día iba a llegar. Lo vio en los ojos de ese niño ahora adolescente, al acogerlo el día en que lo salvó de las garras de la muerte… Vio en él la determinación de cambiar al mundo, de hacerlo diferente.

Entonces ¿Por qué lo entrenó en el arte de la espada?

Porque de cierta manera, le recordó a él en su juventud…

Pero, si sabía que seguramente terminarían en vías distintas ¿Por qué se encariñó?

Por estúpido, sí, y porque Kenshin tenía un alma tan limpia, tan noble y justa que era imposible no hacerlo.

Y eso era lo que más le molestaba, que en el interior de su blindado corazón y pese a que no lo demostrara, lo consideraba más que a un pupilo… lo consideraba como a un hijo.

Nunca quiso decendencia, pero este había llegado de improviso, había visto su fortaleza interna y lo había acogido… Lo crio, no con cariño ya que no era propio de su ser, pero sí con valores y enseñanzas que lo forjarían como un gran varón y le permitirían sobrevivir en ese mundo de dolor.

Pero ahora que el retoño había crecido y por cuenta propia había decidido ir rumbo al matadero, ya no había salvación. El solo su destino selló.

Ahora en su mente solo podía imaginar como la luz de esos ojos vivaces se apagaría mientras las manos se mancharían de ríos de sangre…

Porque sí, sabía que ese crío tenía el suficiente talento para sobrevivir, pero a coste de manchar su alma. De verla pudriéndose hasta la muerte de la misma, hasta que solo quedara una cáscara vacía con vestigios de sueños utópicos e irrealistas.

—Maldito enano idealista- Murmuró sentándose al borde del agua, viendo en ella reflejadas la luna y las estrellas. Se sirvió un poco de licor y lo tomó de un solo trago.

Pasó largas horas allí, rememorando los momentos vividos con "el mocoso", alegrías al verlo dar sus primeros movimientos de espada, preocupaciones al verlo enfermarse, tristezas al escucharlo sollozar entre pesadillas llamando a sus padres… Todo contemplado y vivido bajo su propia máscara imperturbable, tan estoica y muchas veces agresiva que sin duda el muchacho nunca se enteraría del alcance del aprecio que le tenía.

Entre remembranzas e ideas varias, una le quedó en la mente mientras terminaba su botella de licor.

—Si pudiera elegir, escogería no haberte enseñado el Hiten Mitsurugi-Ryu… porque, aunque creas que es tu vía de salvación, solo te traerá sufrimiento y perdición…


Hola

Tengo escrito ya el último con mi personaje favorito de RK, pero creo que haré uno más con otro personaje antes de publicar el otro como final. Igual a quien lea esto, recuerde que no es cronológico.

Saludos,

Le chat et l'abeille.