Kaoru y Kenshin

—¡Eres un idiota!

Acto seguido una lavacara de madera fue con gran fuerza lanzada dando plenamente en su objetivo: La cabeza rojiza de un Samurai ahora muy adolorido.

—P-pero… ¿Qué de malo he hecho Kaoru-dono? -Preguntó el confundido ex-destajador, mientras acariciaba su reciente chichón en el cráneo

—¡Y lo peor es que eres tan idiota que no sabes qué de malo haces! ¡Agh!

Dando un frustrado grito la mujer salió de la sala cerrando con furia la puerta corrediza y dirigiéndose a su dojo.

Cada paso que daba hacía retumbar las paredes y sentía que el aura lúgubre que la rodeaba espantaría al mismísimo Makoto Shishio.

Llegó al dojo cerrando con tal ímpetu la puerta de madera que le generó una grieta, cambio sus ropas y comenzó a practicar sus movimientos en solitario.

Fuertes arremetidas de la espada de bambú cortaban el aire en busca de aplacar un poco la sangre que bullía en sus venas por la indignación, y es que no era para menos.

De entre todas las personas que conocía… ¿Cómo rayos se le ocurría justamente a Kenshin Himura recomendarle salir con otro hombre?

—A mi… que me importa… que ese tipo Kanto… tenga mi misma edad… y una finca a las afueras de la ciudad… menudo… idiota… -replicaba con agresividad entre espadazos

Se lo esperaría de Tae que gustaba ser casamentera de sus amigas

De Megumi y sus ganas de tener citas dobles

Hasta del mismísimo Sanosuke por apostar una cita con ella a falta de dinero.

Pero… ¿De Kenshin?

¿Es que acaso era ignorante de lo que visiblemente ella sentía por él?

Sería idiota, todo el mundo lo sabía, desde el Carnicero del barrio hasta el sastre del poblado vecino. Desde Kioto hasta Tokyo… ¡Es que era obvio!

Entonces… ¿Por qué ese noble animal de pelaje rojizo se las daba de cupido, cuadrándole una cita con un chico que solo había saludado un par de veces en su vida?

Incomprensible. Inadmisible. Es más, era insultante.

Entrenó y entrenó hasta que sus fuerzas no dieron más.

Después de varias horas cayó al suelo, cansada y sudorosa, con las piernas y brazos hormigueando por el sobreesfuerzo.

Por la ventana vio como la luz del sol bajaba tornando al cielo de agradables colores anaranjados, símbolos del atardecer.

¿Tanto tiempo había pasado allí? No se habría fijado si no fuese por los colores icónicos y por el gruñido que en este momento partía su estómago. No había comido nada desde el desayuno y recién ahora caía en cuenta de cuanta hambre tenía… pero no iría a la casa.

Su orgullo le dictaba que era mejor quedarse allí a morir de hambre y que sus tripas se comieran entre si antes de ir a comer algo de manos de ese Samurai traicionero y celestino.

Seguía molesta, sí, pero ya no agresiva ni furiosa. Esa aura de ira se había ido en el entrenamiento. Ahora solo quedaban sus típicos acompañantes, la soledad, la tristeza, la inseguridad…

¿Tan inconcebible era para Kenshin verla como una mujer y pedirle él mismo salir?

¿Por qué incitaba a interesarse en otros? ¿A ir a los brazos de otros?

¿Tan malo era para él la sola idea de estar con ella?

De ser más que amigos, de iniciar una relación, de verla con ojos de deseo y amor…

¿Acaso era por su edad?

¿Por su falta de belleza?

¿Por su carencia de femineidad y fineza?

No, ella nunca sería como Megumi o Tae, delicadas y femeninas flores de loto

No, ella tampoco sería como la ex esposa del Samurai, un capullo de ciruelo blanco perfecto e inalcanzable…

No, ella era simplemente ella… ¿Era tan malo eso?

—Si pudiera elegir… quisiera que me mirara como yo lo veo a él… que aún con mis defectos se diera cuenta que puedo ser más de lo que él cree… si tan solo me diera la oportunidad…

Tras su breve conversación consigo misma, no pudo más y abrazando sus piernas comenzó a llorar, tratando de sacar de sí así sea un poco del dolor por un amor visiblemente no correspondido… dejando que la engullera la noche en su lugar seguro, su dojo, aquel recinto inquebrantable donde podía ser ella sin ser juzgada.

Respetando su privacidad, el Samurai decidió dejar la bandeja con comida fuera de la puerta y abstenerse de tocar.

Sabía que no debía haber escuchado aquellas breves pero profundas palabras, y que no debería escuchar ese llanto atroz que destrozaba aún más los rotos pedazos de su propia alma… pero no pudo evitarlo, estaba muy preocupado por ella, en realidad siempre se preocupaba de ella… y siempre lo haría.

Pensó en irse, pero algo lo retuvo, y tan sigiloso como llegó, se sentó y pacientemente esperó.

No sabría decir cuanto tiempo pasó hasta que los llantos se convirtieron en sollozos y finalmente se aplacaron aquellos gemidos lastimeros, dejando a la noche solamente con los sonidos propios de algún travieso grillo o curioso búho que volaba derredor.

Esperó un poco más antes de levantarse y abrir con cuidado la puerta del dojo, encontrando un bulto en el suelo, que respirada acompasadamente mientras era iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana.

Con cuidado la levantó y cual princesa la cargó a sus aposentos.

Mientras caminaba no pudo evitar observarla sintiendo una mezcla ambivalente en su interior, le dolía ver aún lágrimas en las comisuras de sus ojos y las mejillas todavía empapadas… pero era impresionante cómo aún así esa mujer se las arreglaba para ser tan hermosa, tan perfecta. Con solo verla su corazón se ensanchaba.

Kaoru entre sueños se acurrucó afianzándose a Kenshin y este levemente sonrió. Más pronto de lo que hubiera querido el Samurai, llegaron al cuarto de la dama, con cuidado abrió la puerta y entró dejándola en su futón como si fuese la pieza de porcelana más delicada y hermosa del mundo. La contempló un rato, luchando con su típica tormenta interna… pero al no haber nadie más esta noche en la casa, decidió darse un pequeño gusto culposo.

Se acercó a la kendoka dormida, acarició sus cabellos con infinito cariño y despejando su frente, le dio un beso en la misma. Fue ligero, prácticamente solo un roce, pero que hizo latir de sobremanera su corazón, el cual aún más se hinchó al escucharla entre sueños decir su nombre y sonreír levemente.

Grabando esa imagen mental la cubrió con la sábana y silentemente se alejó.

Si pudiera elegir, él quisiera ser un hombre diferente

Sin un pasado tétrico

Sin un futuro incierto

Alguien que le pudiese dar todo lo que esa maravillosa mujer merecía.

Si tan solo pudiera elegir.


Hola

Este quedó un poco más largo y la idea no era la original, pero la inspiración vino y no soy quién para callarla.

El siguiente es el capítulo final.

Saludos,

Le chat et l'abeille.