CAPÍTULO 3: Hanabie
A sus dieciséis años, Chiharu Yuzuhiha solía declarar tener un máster en guardar cosas y embalarlas en cajas de cartón que ella misma debía ensamblar. Y es que desde que tenía memoria, su recuerdo más frecuente era guardar su ropa y juguetes en compartimientos y subirse a un auto para atravesar medio Japón. Creía recordar que una vez lo hizo dos veces en el mismo año, y luego de eso, en el verano de sus seis amaneceres, su madre le obsequió su primer piano. Ayane Yuzuhiha se negaba a dar un por qué, pero Chiharu y su hermano sospechaban que se sintió culpable por verla llorar como lo hizo. Y es que había algunos puntos básicos para comprender a una niña como ella: tenía un cohete de propulsión a chorro enganchado a sus omóplatos, una sonrisa cegadora, irrisoria sensibilidad para la música y la imposibilidad de mantener amistades por el corto tiempo que permanecía en un mismo lugar. Como un rayo de luz al que tapan metiéndolo en una caja. De esas que usaba para guardar las cosas cada año.
Por eso, el día que su madre le dijo que se quedarían en Kobe hasta que terminara la preparatoria, fue como un premio tardío. Una caricia amable. Y solo pudo gritar de felicidad. Y tocar, mucho. Tanto, que perdió la noción de las horas durante varios días, hasta que algo llamó su atención, justo desde la ventana vecina a la suya. Y un muchacho de cabello gris y ojos extrañamente calmos la miraron fijo, como pidiéndole algo en silencio.
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Cuando los últimos días de febrero pasaron y marzo arribó al calendario colgado en la cocina, también lo hizo el hanabie. Hanabie era, según Yumie, el último frío antes de la primavera. Los vestigios del invierno antes de que las flores se abrieran. Los últimos días de bufandas y abrigos. Los últimos bajo el kotatsu y las ventanas cerradas para conservar el calor.
Para Kita, también significaba el comienzo de su último año en preparatoria. El paso previo a la adultez. Su primer año como titular en el equipo. Su primer año como capitán de ese equipo. Y era tanta responsabilidad que esa mañana en particular, cuando bajó las escaleras de madera totalmente vestido, sentía una presión singular sobre sus hombros.
―Buenos días, Shin-chan ―escuchó decir a su abuela.
De espaldas a la mesada de mármol oscuro, Yumie solía pararse de puntas de pie para alcanzar mejor sus preparaciones. Fue meses atrás, que Kita pudo armar un escalón especial para ella y ahora sus manos arrugadas llegaban a la perfección a cada espacio de los estantes.
―Buen día, abuela ―respondió sonriendo. La corbata del uniforme algo ajustada para su gusto, sentándose a la mesa de café donde solían desayunar juntos―. Estás durmiendo mejor, ¿verdad? Te noto menos cansada.
La sonrisa de oreja a oreja lo recibió cuando volteó el pequeño cuerpo hacia él. Los cuencos de arroz humeantes en sus manos.
―¡Si! Y creo que Chizuru-chan tiene mucho que ver.
Kita pestañeó varias veces antes de pensar en cómo responder a eso.
Chizuru Yuzuhiha era su ruidosa, muy ruidosa vecina. Una que parecía no tener horarios para hablar en tono alegre y a un volumen superior al que estaba acostumbrado, pero con un talento envidiable al producir sonidos en teclas de marfil. Por eso, su abuela disfrutaba tanto escucharla. Por eso, ella alegremente aceptó tocar para ella. Y en algún momento de esa afirmación, la joven se había convertido en una habitué de su casa por las tardes. A tal punto en que podía oír las notas danzando en el aire antes de abrir la puerta principal. Oler las galletas que Yumie preparaba para el té. Y algo más. Algo más que se mezclaba en el ambiente cuando sus ojos se encontraban de frente con la imagen de su abuela sentada en el suelo frente a Chizuru, sonriendo mientras sus dedos parecían acariciar el piano.
―Cuando le pedí que tocara un poco más, me refería a que lo hiciera en su casa, como en un principio ―comenzó a decir. El rostro tranquilo mientras tomaba el pequeño tazón de consomé para olfatear las especias antes de beberlo―. Yuzuhiha-san lo interpretó de otra forma.
Claro que lo había interpretado de otra forma: porque cuando la tarde del día siguiente llegó, la chica se presentó cargando su piano eléctrico sobre la espalda como una enorme mochila y una sonrisa capaz de reflejar el sol. Pidió permiso para usar la mesa de café como atril, y tocó durante horas frente a su abuela sin flaquear un segundo. Y al otro día. Y al siguiente. Y al siguiente. Y durante dos semanas. Siempre saludándolo con calidez al entrar en su casa, y tomando sus cosas para volver a la suya con celeridad, como si estuviera cuidando de su abuela mientras él volvía de sus actividades en el club de voley.
―Shin-chan, si no cambias esa cara, la pobre chica pensará que molesta.
¿Molestar? Claro que...
―No me molesta en lo más mínimo. Además te hace compañía.
―Pues si no tuvieras ese rostro tan serio, tal vez se quedaría más tiempo ―y la sonrisa de quien sabe algo pero no lo dice apareció en su rostro lleno de arrugas. Pero su nieto era demasiado obvio como para notarlo. Tanto que dolía―. Quién sabe.
¿Rostro serio? ¿De qué hablaba ahora? ¡Era su rostro! Así nació. Y de nuevo, cada compañero de clases que tuvo desde primaria apareció frente a sus ojos, con esa expresión de franca incomodidad cada vez que abría la boca. ¿Era...?
―Quien sabe...
Cuando vives en una rutina, sabes que esperar del día. Esa es la mágia. El placer. Lo que uno busca en la vida. Por eso, Kita sabía exactamente sus clases y a donde dirigir sus pasos a cada instante. Incluso al llegar primero que nadie a entrenar. Al limpiar por iniciativa propia los balones. Ayudar a armar la red. Y a retirarla. Y volver a lustrar los balones.
Siempre, también, era el último en salir de las duchas. No por ser lento o disfrutar de la calidez del agua templada sobre su cuerpo de nieve invernal. No porque quisiera quitar hasta la última borla de shampoo de su cabello de plata. Eso era lógico. Era higiene. Era sentido común. Pero para Kita, también era sentido común quedarse último porque no confiaba en la limpieza de otros donde él gustaba hacer inspección de guante blanco. Y eso también era rutina.
―¿El entrenador Kurosu quiere charlar sobre el régimen de entrenamiento contigo?
La potente voz de Aran retumbó en las paredes de cerámica y mica. Los casilleros metálicos parecieron responder con un leve crujido. Como si todo ahí tuviera vida impresa.
―Sí ―respondió calmo―. Pero le dije que deberías estar presente también. Eres el capitán en duela. Jugarás más que yo. ¿Eh? ¿Te estás sonrojando?
―¡Claro que no me estoy sonrojando!
Claro que sí se estaba sonrojando. Kita era tan sincero y duro para decir verdades, pero también para hacer halagos. Y que lo reconociera así como un par solo podía llenarle el pecho de orgullo, aunque el sujeto no se diera por enterado. Y es que para Kita esas cosas eran totalmente normales. Tanto como ahora había tomado un trapeador del armario de blancos y estaba fregando el suelo de las du...
―¡¿Por qué estás secando las duchas?! ―gritó con tanta fuerza que ahora si, los casilleros temblaron.
Silencio.
―Están húmedas ―respondió.
―Son duchas, Kita ―recitó con la paciencia de mil madres―. Así deben estar.
―No. Así las dejamos. Si no se secan, crearan moho. Estamos descalzos aquí y luego...
―Ya entendí, no te gusta el moho... ―y suspiró profundo mientras se ataba las agujetas sin dejar de verlo. El rostro fijo en su tarea. Lo que parecía una sonrisa en sus finos labios. Y entonces, volvió a hablar―. ¿Cómo está tu abuela? ¿No quieres llegar antes con ella para ayudarla?
Kita levantó el rostro hacia él casi sorprendido por la pregunta. Nunca soltó el trapeador mientras parecía buscar una respuesta correcta.
―Siempre quiero estar en casa antes para ayudarla, pero no puedo irme hasta que todo esté listo ―le dijo como si hablara de la forma más obvia―. Además, Yuzuhiha-san está con ella.
Silencio.
―¿Yuzuhiha-san?
―Mi vecina ―respondió con la celeridad de una bala.
Aran ladeó la cabeza como si buscara entender sus palabras desde una nueva posición. ¿Qué...?
―¿Tu abuela se hizo amiga de una señora? ―le cuestionó. Yumie-san era una abuelita adorable, pero sabía que estaba sola durante el día cuando no iba al mercado.
―No ―le dijo. Y sus ojos parecían entretenidos con el ir y venir de los hilos de agua enjabonada yéndose por el drenaje―. Tiene nuestra edad. Creo.
Y, tristemente, nadie estaba viendo fijo cuando el cerebro de Oujiro Aran estalló en mil pedazos. Tantas preguntas. Tantos gritos. ¿Esa era su propia voz dando alaridos de confusión?
―¿¡Eh!? ―vociferó―. ¿Cómo que nuestra edad? ¿Quién es? ¿Cómo...?
Y, como un par de cómicos manzai, Kita jugaba la parte del payaso serio. Porque jamás se enteró del microinfarto que provocó en su amigo. Ni siquiera veinte años después.
―Aunque mi abuela dijo que tenía dieciséis ―murmuró pensativo. Los ojos hacia el techo. ¿Eso era una mancha de moho...?―. Es un año menor.
―¡P-pero...!
Y antes que sus neuronas pudieran quemarse, la voz de los gemelos resonaron en el vacío del gimnasio justo detrás de la pesada puerta metálica de los vestuarios, llamado sus nombres para irse juntos. Era una costumbre que había durado intacta desde comienzos de año, cuando los ahora próximos a ser de segundo, ingresaron a Inarizaki. Quizá fuera una nueva rutina que podían seguir. Algo a lo que pudieran adaptarse. Algo a lo que se aferraba y siempre daba paz. El suelo bajo sus pies tan firme como podía sentirlo.
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Cuando Kita declaraba que las repeticiones metódicas lo hacían sentir seguro y bien, lo hacía en serio. Esa forma de pensar la vida era un cable a tierra y la seguridad de que estaba haciendo las cosas bien. Incluso el camino de vuelta a casa se hacía de forma metódica: caminar con sus amigos junto a la rivera del rio. Oler el pasto recién cortado bajo el puente de cemento que pasaban justo antes de la intersección en la que los gemelos Miya se retiraban, siempre insultándose y a sus propias madres (aún cuando tuvieran la misma). Poco más adelante, era Suna quien saludaba con respeto y poniéndose sus auriculares, comenzaba a marcharse en sentido opuesto por una callejuela alterna. ¿Él y Aran? Siempre podían disfrutar de una charla amena o igual agradable silencio antes de la calle principal. Y su casa estaría doblando en la tienda de conveniencia en la esquina, justo a cinco calles más adentro.
Rutinas. Esas eran los pilares de su vida a los diecisiete años que llevaba de vida. Y por eso, ver a su abuela saliendo de la tienda de conveniencia del brazo de la joven de cabello oscuro fue algo que sacudió sus pilares hasta que detuvo el paso con los ojos muy abiertos y la cabeza ladeada a la derecha. Incluso cuando su abuela lo divisó bajo las luces frías del alumbrado callejero. Esas que lograban ver su cabello bicolor en tonos de gris y dorado entremezclados.
―¡Shin-chan! ―la oyó decir―. ¡Que bueno que te cruzamos! Chizuru-chan me acompañó a comprar algunas cosas para la cena.
―Técnicamente, usted me acompañó pese a todas mis negativas ―habló la joven de ojos azules riendo con ganas. Y entonces, notó que estaba viéndolo a él. Esa mirada penetrante que parecía no respetar el imaginario espacio personal de las miradas a los ojos―. ¿Cómo estás, Kita-san?
Debía admitir algo, y es que hablaba con ella lo justo y necesario. Al llegar a casa, ella se retiraba, como si acompañara a su abuela para que no estuviese sola. Quizá por eso, escuchar su voz dirigida a él le resonó en la cabeza como veinte campanas de viento durante una tormenta.
―Bien ―y su voz sonaba como siempre. Porque ese exterior jamás cambiaba―. Regresaba del club de voleibol. Ven, deja que lleve eso.
Y tomó sin esperar respuesta las bolsas pesadas que tenía en su mano derecha. Los pasos de Yumie guiando la caravana. Y cuatro calles más adentro, llegaron a su hogar.
La voz de su abuela resonó tan tierna como siempre.
―Shin-chan es el capitán del equipo de voleibol del colegio Inarizaki.
―¡Wow! ¿Inarizaki? ―y ahí estaba ese tono feliz de nuevo. Fuerte. Potente. Como una fiesta sin globos―. ¡Seremos compañeros! Bueno, casi. Este es tu último año, ¿verdad?
¿Eh? ¿Sabía en que año ib...?
―Si. Estoy en tercero ―y como es eso de que iba a...―. Pero, ¿a qué colegio vas ahora?
La vio pestañear varias veces mientras adelantaba unos pocos pasos hasta la funda de su piano, guardándolo con una facilidad que lo asombró. ¿Eh? ¿En qué momento su abuela se había desaparecido con las compras cocina adentro? ¿Pero...?
―A ninguno.
¿Eh? ¿Qu...?
Y volvió a hablar.
―Nos mudamos desde Sapporo el mes pasado ―la sonrisa a media asta en el rostro pálido nunca dejando de existir―. Rendí mis exámenes antes con permiso especial para arrancar mi segundo año aquí. ¡Por eso soy una peste en tu casa!
Y ahí estaba de nuevo. Esa risa. Era como si el sonido llenara cada rincón y resonara en los pilares de madera que sostenían el techo. Los pilares que sostenían su propia estructura. Y antes de que pudiera contestar algo, la voz de su abuela resonó desde la cocina, asomando la cabeza como un pequeño gnomo de facciones cálidas.
―No eres una peste, Chizuru-chan. Me encanta tenerte aquí por las tardes.
Kita pestañeó varias veces antes de volver a verla. Y solo pudo notar como la mirada de Chizuru era tan exactamente igual a la suya al ver a su abuela. ¿Pero...?
―Confío en eso. Sinó, mi madre tendrá que preparar el pan de leche más grande del mundo mundial.
―¿Quieres quedarte a cenar?
―¡Ah!, no. No hay problema. Norio cocinó hoy, me golperá fuerte si no me muero con su comida.
¿Golpear? ¿Morir? ¿Qué...?
―¿Norio? ―¿eso preguntaba? ¿Usó las palabras morir y golpear y él pregunt...?
―¡Mi hermano! ―rió con los dientes muy blancos. Quizá algo torcidos y lo que parecía ser un canino bastante largo―. Lo siento, tiendo a hablar de mi vida como si supieran de lo que estoy hablando. Y muy rápido. También.
―Bueno... ―comenzó a decir―. Si, hablas bastante rápido.
―Rayos, eso fue sincero...
―Oh. Lo siento.
―¡No lo sientas! Prefiero que la gente sea sincera.
Silencio.
Silencio.
¿Por qué había tanto silencio? Ni siquiera podía oír a su abuela en la cocina. De hecho, ¿por qué no había vuelto de la coci...?
―Bueno, me voy ―y alegremente se inclinó frente a Yumie para saludarla con ánimos y respeto en una mezcla poco legible―. ¡Gracias por seguir soportándome!
La risa melódica de la anciana sonó amortiguada por el reverso de su mano cubierta en arrugas y lunares claros. La miró con la dulzura de una anciana a alguien recién llegado al mundo.
―No digas eso, Chizuru-chan. Mañana te prepararé dulce de frutas ―y sus ojos se dirigieron hacia el muchacho antes de agregar―. A Shin-chan le encantan. Podemos comerlo con el té cuando vuelva.
Shinsuke Kita sabía lo amable que realmente era su abuela. Lo mucho que disfrutaba cocinar y hacer dulce de frutas. Lo mucho que sabía que a él le gustaba. Pero no supo por qué sus labios liberaron las vibraciones sonoras que brotaron de su laringe, totalmente sin permiso. Quizá, sólo lógica.
―Te acompaño a tu casa.
Silencio.
¿Eh?
¿Qué...?
―Kita-san, vivo justo al lado ―le respondió con los ojos azules muy abiertos.
Kita pestañeó varias veces, su rostro inmutable como mármol antiguo. La chaqueta pasó de sus manos por sus brazos y ahora, la tenía puesta nuevamente. Más rápido que la vista.
―Está bien ―insistió―. Te acompaño.
Chizuru trataba de procesar sus palabras e insistencia con la capacidad de una ardilla no pudiendo trepar un árbol. No veía la lógica en nada de lo que estaba dicie...
―Pero literalmente, son veinte metros ―y trató que su voz hiciera hincapié en cada tramo del sistema métrico para dar coherencia a sus pensamientos.
Silencio.
Y nuevamente.
―Te acompaño.
―Veinte metros.
―Te acompaño.
Silencio.
Silencio.
Chizuru Yuzuhiha entendió que era una pelea que no podría ganar. Como cada una de las que tuviera con Shinsuke Kita a partir de ese instante.
