CAPÍTULO 4: Sakuragari
Cuando Chizuru apareció corriendo como un infante de metro sesenta y cinco justo en el borde del cantero frente a su casa, Shinsuke Kita supo que sus mañanas iban a tener otra rutina. Era lógico, ¿no? Lógico, normal, caballeroso y de nuevo, lógico.
Iban al mismo colegio, partiendo desde el exacto mismo punto de arranque y a la misma hora. Entonces, ir juntos y lado a lado era algo esperable para él. ¿Cambiaba su rutina? Si. Pero no más que lo habían hecho los gemelos al regreso de clases. Y las similitudes, debía decir, eran muchas: porque ella no estaba golpeando a nadie. No maldecía. No estaba lanzándose sobre otra persona y pateando su entrepierna como estaba acostumbrado a ver con sus kohais. Pero era ruidosa, se reía como hasta quedar sin aire y con un sonido ronco al final. Hablaba tan rápido que, de no tener buena dicción, no podría entenderla. Y aún así, su falta de acento kansai propio de la región donde estaban ahora complicaba algo las cosas.
Con todo y esos inconvenientes, pudo sacar varias cosas en claro, aunque siempre debió mantenerlas en sus propias palabras para que no perdieran la magia.
―Mi hermano está en su último año de universidad. Quiere ser veterinario pero se desmaya con solo ver sangre. ¡Lo hice ver Hachiko y lloró como niño chiquito! Aunque yo también lloré, entonces no cuenta ¿verdad?
Si había algo que Chizuru era consciente en sí misma era la velocidad con la que podía escupir palabras entendibles, pero no la comprensión de su interlocutor. Y el rostro de Kita parecía gritarle en varios idiomas silenciosos que parecía usar más aire del que podía contener en sus pulmones.
―L-lo lamento ―comenzó a decir. La sonrisa apoteósica en sus facciones suaves―. Realmente hablo muy rápido...
―Lo haces ―Kita fue tan rápido y sincero para responder, que la joven casi sintió la estaca en medio del pecho―. Pero no me molesta. Puedo entenderte.
Y nuevamente, esa sonrisa apareció.
―¡Que alivio! Por como estabas viéndome, creí que me ibas a golpear con tu bolso.
―Nunca te golpearía con mi bolso.
―Eh... No estás demasiado familiarizado con el sarcasmo ni el doble sentido, ¿no?
La secuencia infinita de pestañeos fueron respuesta suficiente. Y ese frío húmedo recorriendole la columna vertebral acompañó la afirmación sin necesidad de palabras.
¿Cuánto llevaba viéndolo a diario ya? ¿Un mes? ¿Casi dos? Y en todo ese tiempo, sentía que había remado un bote dentro de un enorme cubo conteniendo un mar de brea. Es decir, ¡era adorable! Un caballero chapado a la antigua. El sujeto la acompañaba a casa todas las noches cuando apenas los separaban unos metros de distancia. Su abuela debía ser con seguridad el ser vivo más dulce respirando en la superficie terrestre. No tenía pruebas, pero tampoco tenía dudas. El sujeto se había ofrecido a acompañarla hasta la sala de profesores cuando la semana anterior llevó su archivo al colegio y buscó su uniforme. Y en todo ese trayecto, había sido el perfecto caballero. Con la más perfecta cara de poker, como la de un cachorrito mirando un punto fijo sin dejarte leer su mente. Adorable pero tétrico. Y...
―¿Sabes a qué club te unirás?
―¡Música! ―fue su respuesta como un grito de felicidad pura. Hasta sus brazos acompañaron la palabra única con un salto hacia delante, cual libélula en primavera.
Sonrió de costado. Era la elección obvia, pensó. Ese piano era una extensión de su cuerpo y le resultaba raro verla caminando sin la pesada funda en sus pequeños hombros.
―La banda escolar suele venir a animarnos a los partidos, ¿sabías?
―¿Eh? ¿En serio? Wow. ¡Son como súper estrellas!
―No, solo un buen equipo ―dijo con tranquilidad. La vio ladear la cabeza mientras continuaba su respuesta―. Pero mis compañeros son realmente geniales.
Chizuru realmente no estaba acostumbrada a ver muchas expresiones en el rostro de Shinsuke Kita. Mucho menos esa. La que, juraba, se asimilaba a una sonrisa tan clara y pura como los pétalos de cerezo cayendo sobre sus cabezas mientras los sakura estaban en flor.
.
.
―¿Nervioso?
La voz de Oujiro Aran pareció traerlo a la realidad cuando el segundo período terminó. Si, traerlo a la realidad. Porque por más que le pesara, sus pensamientos siempre inequívocamente abocados a las asignaturas escolares vagaban por una nebulosa de aroma a madera y desodorante deportivo. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que los tennis en su bolso quemaban. Porque esa tarde sería su primer día oficial como capitán del equipo de voleibol del colegio Inarizaki. Y cuando volteó el rostro pálido a contraluz para enfrentar el de su mejor amigo, la sonrisa cálida se hizo presente.
―No. No son nervios ―comentó―. Además, hablé con el entrenador Kurosu. No seré un jugador inicial, así que soy un guía por fuera de la cancha.
―Eso no deja de ser algo para ponerse nervioso ―sonrió Aran―. De verdad, eres un verdadero androide.
Y ahí estaba esa palabra de nuevo. ¿Qué...?
―Aran... ―comenzó a hablar. El moreno detuvo sus pasos, girando medio cuerpo hacia él―. ¿Ser un androide está mal?
Los ojos oscuros se abrieron de par en par. Por un instante, creyó estar frente a un zorro nevado a punto de ser fusilado, viéndolo a la cara con expresión impávida.
―N-no. No es malo. ¡Es decir! No eres un androide. Lo sabes, ¿no?
―Se que soy de carne y hueso.
―No quise decir eso, bobo... ―la literalidad con la que su amigo respondía lo hacía sentir que hablaba con un niño extraterrestre y casi adorable. Casi―. Pero a veces puede que asustes a los más jóvenes. A veces.
―Oh... ―respiró por encima de un suspiro. La vista ámbar perdida en un punto cercano a las agujetas del alto rematador. Y entonces, volvió a verlo―. ¿A ti no?
―¡Claro que no!
Esa era la expresión de Aran que secretamente buscaba siempre que podían hablar en privado. Una que rompiera la seriedad con la que parecía querer hablarle, porque probablemente, eso era lo que le inspiraba.
Y entre risas tan altas que parecía no reconocerse a sí mismo, podía jurar que Oujiro estaba llamándolo por nombres que luego se aseguraría de negar. Pero eso necesitaba ahora. Por un instante, necesitó volver a un lugar que conociera. A su mejor amigo enfadándose por la parquedad con la que solía tratar temas en los que otros aparentemente se pondrían nerviosos, aún y cuando no entendiera del todo a que se refería.
―No eran necesarios los gritos.
―¿Estabas burlándote de mí?
―Yo nunca me burlo de nadie.
―Eres más cruel de lo que aparentas, ¿lo sabías?
―¿Eh? ¿Soy cruel?
―¡Cállate!
El receso del almuerzo fue más corto que de costumbre. Quizá fue por la sensación de que el tiempo transcurría más rápido mientras más reía de los gritos de su amigo. Quizá, ese primer día de clase poco rutinario había sido algo que necesitaba más de lo que podría aceptar totalmente consciente.
.
.
No era fácil ser la nueva. Nunca. No era fácil estar de pie frente a tus futuros compañeros en esa especie de galería donde los profesores disfrutaban ponerte para que dijeras tu nombre en voz alta. Sonreír cuando querías esconderte bajo una mesa hasta que el día pasara. Y mucho menos lo era cuando ingresabas a un nuevo colegio en un segundo año, porque probablemente los grupos de pertenencia ya estarían formados desde el primer día del año anterior. O eso siempre había pensado Rintarou Suna por una vida llena de primeros días, miradas incómodas y socialización reducida a un teléfono celular y comentarios sarcásticos con aquellos que habían ganado su confianza dorada a través de los años.
Por eso, cuando una centella de cabello cobre a contraluz se presentó a si misma como Chizuru Yuzuhiha, la vio reír ante la comparación de su nombre con un conocido personaje de King of Fighters y comentó a la clase entera que su hermano mayor fue quien la nombró aunque ella hubiese preferido llamarse Mazinger, supo que algo no estaba bien en su cerebro. Y definitivamente pensó lo mismo cuando se sentó a su lado, en el asiento vacío junto a la ventana, con la sonrisa permanente en su rostro pálido. Y cuando le sonrió especialmente a él, supo que algo definitivamente no estaba bien.
―Lo siento. Te miré fijo demasiado tiempo, ¿verdad? Suelo hacer eso, perdón.
―Ah. No, no me di cuenta.
Claro que se había dado cuenta. Pero la vio mirar fijo a cada uno de sus compañeros del mismo modo. Debía ser justo.
―Es que soy horrible recordando rostros. Prefiero asociarlos a todos y así será más fácil recordar sus nombres. Y acabo de demostrar que soy más rara de lo que ya parezco, ¿cierto?
Y cuando volteó medio cuerpo hacia él con una sonrisa aún más grande, no supo si asustarse o sentirse más raro de lo que ya lo hacía.
―Mi nombre es Chizuru. ¡Mucho gusto!
Un tornado. Un tsunami. Un terremoto tipo cinco, de esos que veía seguido en los videos de catástrofes durante el almuerzo. Una fuerza de la naturaleza. Eso era, pensó. Algo que debería definitivamente ponerlo tan incómodo que su trasero se desprendería de la banca y saldría al pasillo sin pensarlo dos veces. Y aún así.
―Rintarou Suna ―le dijo. La mirada zorruna y clara sobre ella. Y debía preguntar―. ¿De verdad te llamas así por Chizuru Kagura?
Y rió de nuevo. Mierda, que podía reír fuerte.
―Sip ―respondió complacida―. Al menos mi hermano eligió un buen personaje.
―Sí ―continuó Suna―. Podría haberte llamado Iori. Eso hubiera sido una tragedia.
―¡Oye! ―gritó realmente ofendida―. ¡Iori es un buen personaje!
Silencio.
Silencio.
¿Estaba jodiéndolo? Iori Yagami era...
―Un personaje completamente injusto de elegir si vas a competir.
―Es bastante difícil de utilizar, así que se compensa con la falta de jugabilidad.
―Estás hablando falacias y lo sabes, ¿cierto?
―¡No son falacias y te lo probaría si tuviese una consola para partirte el trasero solo con golpes sin combos!
Osamu Miya estaba acostumbrado a oír gritos. Había nacido del mismo cigoto que su hermano gemelo, y juraba tener recuerdos de viajes astrales donde podía verse patearse la cabeza mutuamente. Sin embargo, no estaba acostumbrado a ver el rostro de Suna fijo en otra persona discutiendo animadamente de algo que genuinamente, parecía interesarle.
En su experiencia siendo compañeros de salón, equipo y lo que podía jurar era una amistad creciente en su actitud de mantenerse ambos alejados de conflictos sin sentido, Osamu entendía el carácter de Suna: no es que no fuera sociable. Solamente evitaba entablar una conversación él mismo, y por su cara de zorro aburrido, nadie más parecía intentarlo. Pero siempre que estaba de pie a su lado burlándose de un tercer ser humano (y que generalmente era su hermano), podía jurar que el pelinegro tenía un sentido del humor tan ácido y negro que genuinamente, lo hacía reír. Quizá fue por eso que una parte suya no se sorprendió del todo cuando su nueva compañera les dirigió la palabra en el salón semivacío, recibiendo una respuesta. Y ahora parecía sentir como si observara un partido de tennis de mesa, ladeando la cabeza y deseando desde lo más profundo de su corazón que el imbécil de Atsumu no se hubiese quedado con su último bollo esa mañana en el desayuno, porque realmente ahora estaba muriendo de hambre.
Y era real.
.
.
―¿No estás felíz? ¡Podremos jugar junto a Atsumu Miya! ―gritó un muchacho de corto cabello castaño mientras daba pequeños saltos producto de una emoción juvenil.
―¿Y crees siquiera que jugaremos con él? ¡Estamos condenados a la banca!
―¡No puedes tener esa actitud derrotista! ―contestó claramente molesto―. ¿Quieres deprimirme o qué?
―Supongo que en realidad... Dependemos del capitán.
Cuando los novatos recién ingresados al club de voleibol llegaron a trote seguro a las intermediaciones del gimnasio, lo primero que vieron fue la espalda de su capitán. Cada uno de ellos había oído hablar de los gemelos Miya y de Oujiro Aran. De las bestias de Inarizaki y su combinación letal, porque los hermanos tenían fama de monstruos desde secundaria baja mientras que Aran parecía tener su propia reputación como un as insuperable. ¿Pero Shinsuke Kita? No. Nunca habían oído hablar de él. Por eso, los murmullos entre aquellos que continuaban una amistad de años anteriores rondaban a su figura enigmática. Sobre quién realmente era esta persona capaz de ganar la capitanía a aquellos con un nombre propio a una edad temprana. Que clase de ser vivo era y cómo sería la guía que tendría para ellos.
Y su espalda fue la que encontraron al entrar esa tarde de abril, cuando los pétalos de cerezo aún caían sobre la piscina descubierta del club de natación. Todavía con el camino en tonos rosa pálido que no se movía con el viento acompañando los rayos en tonos cálidos que entraban por la ventana. Y el cabello gris en dos tonos pareció brillar como plata mientras estaba sentado en las frías tablas de madera, limpiando los balones uno a uno. La chamarra del equipo rezando los kanjis de su escuela en la espalda. Y esa vibra de terror maternal que los sacudió solo al encontrar su mirada ámbar a contraluz.
Ese, era Shinsuke Kita.
―Bienvenidos ―lo escucharon decir.
El tono calmo y monótono. El cabello plata moviendose junto con el impulso que usó para ponerse de pie. El rostro parco adornado solo por una sonrisa de costado.
―Shinsuke Kita ―continuó―. Mucho gusto de conocerlos a todos.
Aún parándose derecho, los chicos de primero pudieron notar que no era necesariamente alto. No era necesariamente enorme. No era necesariamente sobresaliente. Era total y absotuamente normal. ¿Por qué?, sólo podían preguntarse. ¿Por qué alguien que apenas llegaba al metro setenta y ocho era capitán, cuando tenían monstruos reales en Inarizaki? ¿Por qué no era Oujiro Aran? ¿Por qué no er...?
―¿Quieres quitar el pie de tu boca antes de hablar? ―habló Osamu Miya con la tranquilidad de quien está a punto de golpear a alguien en el más absoluto silencio―. Es desagradable.
―¡Tu madre es desagradable!
―Tenemos la mism...
―¡Cállate Samu!
Cuando las sombras alargadas por la luz de la tarde llegaron a sus espaldas, los novatos se abrieron como una multitud dejando pasar una carroza real. Como si temieran ser pisados o pasados por encima por dos tanques enormes y que viajaban a velocidad crucero, sin pensar en detenerse. Y ahí estaban: los hermanos Miya en todo su esplendor. Y aún insultándose mutuamente eran tan majestuosos como dos zorros de nueve colas gruñéndose a punto de lanzarse al cuello del otro. Y cuando pensaban en pedir ayuda porque la lucha era inminente, algo ocurrió. Una voz calma. La de una madre a punto de poner disciplina helada sobre ellos.
―Por favor, dejen de pelear ―oyeron. Y juraron que el invierno más crudo bajó por sus espinas dorsales como una serpiente de hielo―. ¿No ven que asustan a los novatos?
Vieron como ambos gemelos bajaban la cabeza como niños a quienes atrapan robando dulces. Los vieron pedir disculpas. Correr a los vestidores en silencio. Volver con la misma celeridad. Y el rostro del muchacho de cabello bicolor continuó inmutable con la vista en ellos. Y la misma sonrisa pálida como esperando a que finalmente entraran.
Notaron el enorme cuerpo encorvado de Shintarou Suna pasar junto a ellos. La figura imponente de Aran, Omimi y Akagi ingresar saludandolos como si quisieran darles la bienvenida. Y solo en ese instante, notaron que su futuro entrenador había estado en el gimnasio todo el tiempo, pero su presencia no fue percibida en ningún momento. Y lo supieron.
Ese, era Shinsuke Kita.
.
.
Las pálidas piernas descubiertas por la falda del uniforme casi golpearon dolorosamente la mesa de café al saltar aún estando sentada, mostrándole con ambas manos la carta de admisión al club de música. La sonrisa de oreja a oreja adornando el rostro que de repente, estaba tan cerca del suyo como no lo había notado antes.
―¡Me aceptaron! ―la oyó decir animosamente. Las risas seguían surgiendo de sus pliegues vocálicos como agua de una catarata―. ¡Entré! ¿Puedes creerlo?
Sentado frente a ella con las piernas cruzadas y los dulces caseros de su abuela para ambos en la superficie de madera, solo pudo ladear la cabeza casi confundido.
―Pues, sí ―respondió―. Tocas muy bien. Es lógico que te acepten.
Silencio.
Silencio.
―A veces me das miedo ―dijo casi por encima de un susurro―. Casi.
Kita pestañeó varias veces antes de contestarle, dejando la taza de té humeante junto a su plato de confituras.
―¿Hice algo que te incomodara?
Chizuru sacudió la cabeza de lado a lado con tanta velocidad que su cabello parecía bailar en tonos cobre a la luz cálida de la lámpara de la sala. Mierda. ¿Tenía que verla así? ¡Era como tomarle el pelo a un oso de felpa! Terrorífico pero adorable oso de felpa.
―¡Claro que no! ―gritó apresurandose a que volviera a disculparse―. Era una broma.
¿Una broma?
―Oh... ―musitó calmo―. Mis amigos y compañeros dicen lo mismo. Por eso no sé distinguir si realmente es broma o no.
La oyó reír, retirando un mechón rebelde del rostro pálido. Se sentó derecha sobre el cojín, acomodando su falda con la mano libre.
―Es una buena señal ―habló entre sonrisas. ¿Acaso nunca hablaba sin ellas?―. Los amigos que no se burlan, no son amigos.
―¿Eso no los hace crueles? ―preguntó confundido.
―No si lo hacen en doble sentido ―contestó sabiendo que se estaba metiendo en un terreno tan sinuoso que no sabría bien si iba a poder salir airosa.
Sobre todo cuando el muchacho permaneció en silencio con la vista ámbar fija en ella. Tan en silencio que esa cancioncilla amable saliendo de los labios de su abuela se dejó oír desde la cocina, donde seguramente preparaba la cena. Y en medio de la calidez de la sala, como una fogata en medio de la noche helada, por fin habló.
―No entiendo demasiado lo que es el doble sentido ―murmuró. Casi sonaba apenado―. Aran-kun suele gritar y agarrarse la cabeza cuando evidentemente hay algo que no entiendo.
Chizuru tuvo que tragarse la carcajada que le provocó imaginar la escena. Si no se mantenía medianamente seria, estaba segura de que ese momento de sincericidio con Shinsuke Kita iba a romperse. Y agradeció en el alma que fuera él quien continuara la plática.
―Pero me siento mejor sabiendo que eso significa que me considera su amigo, entonces.
Y entonces, ocurrió.
Esa iba a ser la primera vez que la viera. La primera de muchas. Y la primera dirigida a ella. Esa sonrisa. La real. La que traspasó sus labios delgados y se disparó como una flecha a su propia garganta, impidiendo emitir un sonido más claro que lo que pareció un gorjeo amorfo. Y tras un instante de muerte cerebral y de cada átomo en su cuerpo, solo pudo sonreír de igual forma. Casi como un agradecimiento.
―¡Desde luego! ―gritó alegre.
Ese tono al que ya lo tenía totalmente acostumbrado. Ruidoso, potente, casi apoderándose de cualquier otro sonido a su alrededor.
―Por cierto, hoy fue tu primer día como capitán, ¿verdad? ―volvió a hablar―. ¿Cómo te fue?
El muchacho tardó unos pocos segundos en tragar el dulce de fruta casero antes de volver a modular palabra. ¿Cómo había estado? Pues...
―Entraron muchos novatos ―dijo calmo―. Aunque creo que se esperaban otra cosa.
La vio parpadear tantas veces como era físicamente posible en los segundos que tardó en volver a emitir sonido para redondear su idea.
―Es lo lógico, ¿no? ―continuó―. Inarizaki tiene muchos rostros conocidos y jugadores fantásticos. Que yo sea el capitán quizá los decepcionó un poco.
Kita juró que podía oler el silencio de su abuela en la cocina, como si lo hubiese oído hablar. Creyó realmente que sentiría sus pasos tras su espalda, pero antes de que eso pudiera materializarse en la realidad, la joven frente a sus ojos le habló con una seriedad que podría haber tumbado un muro solo con el significado de sus palabras.
―Si se desilusionaron, son francamente los idiotas del siglo.
¿Eh? ¿Qu...?
―Y no es demasiado inteligente de tu parte creerte menos que otras personas solo por no jugar igual.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Y cayó en cuenta de que prácticamente lo había llamado idi...
―¡Oh por Dios! ―gritó con tanta fuerza que ahora si, su cuerpo acompañó la expresión golpeando su rodilla contra la mesa en aparente apatía de dolor―. ¡No! ¡Lo siento! ¡No quise decir eso! ¡No te ofendas! Rayos, ¿por qué hablo siquiera? Nunca pienso lo que digo y termino vomitando cosas que no...
Y ocurrió. La primera vez en su vida que oiría esa risa. Carcajadas sonoras salidas desde su abdomen, sostenidas con el diafragma y expulsadas como ondas sonoras desde los labios abiertos y sin cubrir, porque sus manos blancas solo alcanzaban a sostenerse el abdomen que crujía de dolor. Esa fue la primera vez que Chizuru oyó esa risa salida de los labios de Shinsuke.
Y era real.
*Sakuragari - Literalmente significa 'cazar sakura' (sakura= flor de cerezo). Su verdadero significado sería andar o pasear en búsqueda de árboles sakura con flores bonitas.
