CAPÍTULO 5: Asanagi
Abril dejó correr sus horas y días como las páginas de un libro que ojeas al pasar en una librería aún estando de pie. Casi como si no existiera, y aún así llena de experiencias que no hacían un día igual a otro, por más empeño que quisiera poner en ello. Las imágenes del día a día apenas volviendo a clases parecían mezclarse en uno solo, aún cuando el muchacho de cabello platinado quisiera por todos los medios mantener la rutina en lo más simple.
Porque seguía despertando a la misma hora. Lavandose los dientes de forma metódica y casi digna de un poema a la exactitud. Descolgando su uniforme perfectamente estirado y vestirlo como una especie de príncipe de la era moderna. Como si un blazer y una corbata pudieran verse igual en cualquier otro ser vivo. Y no, no podía.
Su abuela lo recibía con el rostro sonriente escaleras abajo con su desayuno listo, y hablaban pacíficamente antes de calzarse, tomar su bolso y salir al mundo exterior desde la puerta de su casa. Y el aire helado aún entrando en primavera golpeaba su rostro como la caricia de una pluma, antes que su voz avisara a sus demás sentidos que esa rutina se había terminado. Porque ella rompía y tiraba por el suelo todo paso metódico con solo el grito de su nombre al saludarlo.
Por eso, cuando junio llegó a Kobe, también lo hizo con cambios imperceptibles: ya no había sopas calurosas para pasar el frío matutino, sino arroz y pescado que le permitían arrancar el día sin un estómago pesado. Su uniforme permitía ver los brazos ligeramente musculosos bajo las mangas cortas y el pantalón liviano parecía dejarlo respirar pese al caluroso verano de la zona kansai. Las ventanas estaban abiertas de par en par para dejar entrar la brisa matutina antes que el sol calcinara los umbrales, y cuando salía al mundo desde la puerta de su hogar, ahí estaba ella.
La risa potente. El cabello oscuro con brillo tornasolado. El uniforme de verano y la forma de contar las mismas anécdotas haciendo que sonaran diferente. Hablándole de Suna y Osamu y como eran tan increíbles en clase como él sabía, lo eran en la duela. Sobre cómo había llegado a ser piano líder en pocos meses y que ahora temblaba de nervios por la responsabilidad que eso realmente significaba.
—¿Nervios? —preguntó confundido. ¿Nervios?
—¡Si! —le gritó con una sonrisa, como si apuntara lo más obvio del mundo—. ¿Nunca estuviste nervioso? Es decir, el equipo de voley de Inarizaki es una de las casas más fuertes de Hyogo y te hicieron capitán. La verdad, envidio esos nervios de acero o la capacidad de no demostrar que estás mojando los pantalones.
¿Mojando los pan...?
—No estoy mojando los pantalones.
—¡Era broma! —las manos blancas frente a su pecho se agitaron con rapidez, como si tratara de apagar un incendio con ellas—. Shinsuke-kun, ya hablamos de esto. Cuando digo las cosas sin sonrisa, es porque es broma. Media sonrisa, es broma. Riéndome, es broma.
Y desde luego que había hecho las expresiones para ejemplificarlo gráficamente. Era menester. Y aún así...
—Con tu criterio, siempre hablas en broma —le habló con tranquilidad.
—Mamá dice que es incapacidad emocional para lidiar con la realidad —respondió con tono monótono y rápido—. También.
¿Debía reírse de eso? Porque le había sonado divertido, pero lo dijo sin reírse y hasta parecía triste. Además ninguna madre se burlaría de su propia hija. ¿Verdad? Es decir, había visto a la señora Yuzuhiha interactuar con Chizuru antes. Le recordó a dos adolescentes hablando en un idioma que siendo adolescente no podía comprender. Pocas veces había visto a madre e hija hablándose a un mismo nivel y velocidad ultrasónica, siempre terminando en risas.
—¿Cómo van tus notas? —la vio parpadear tres veces, como buscando en su registro el significado de sus palabras—. Tuvimos exámenes niveladores hace poco.
—¡Oh! Pues... Es bueno sentarme cerca de Osamu-kun y Rintarou-kun.
—¿Te copiaste?
—¿¡Qué!? ¡No! ¡Claro que no! —gritó casi ofendida—. Todavía no llegué a ese nivel de desesperación. Pero a les pregunto tantas cosas que me odian, estoy segura. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas.
El rostro del gemelo con cabello plata llegó a su mente con una celeridad que no le impidió sonreír. Osamu era... Especial.
—Osamu-kun no odia a nadie que no sea Atsumu-kun —le dijo en tono tranquilizador.
Y era totalmente cierto. Hasta que escuchó lo que siguió.
—Me comí la última galleta de su bento la semana pasada —sus ojos azules se fijaron casi obsesivamente en sus propias agujetas al caminar. Como si su mente la llevara a sitios oscuros y sin retorno—. Estoy segura de que esa mirada significaba odio.
Contuvo la risa. Si. Probablemente fuera odio. Porque nadie se metía con su almuerzo. Es decir, nadie se metía con ningún tipo de alimento al que el rematador lateral hubiera puesto el ojo.
—Eso fue valiente de tu parte.
—Eso dijo Rintarou-kun —contestó—. Y que le comprara un paquete nuevo. Creo que eso lo calmó.
O al menos eso pensaba. Porque al recordar el rostro de paz absoluta al devorar el paquete entero frente a sus ojos la hizo sentir mejor. Incluso esa sonrisa llena de migajas. Y lo cierto es que siguió explicándole sin problemas luego. Sonrió para si misma. ¡Había hecho un nuevo amigo!
.
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Cuando junio alcanzó su decimoquinto día, también lo hicieron las preliminares del torneo nacional. Inarizaki era lo que llamaban una power house. Una de las casas más poderosas de Hyogo. El monstruo de Kobe. O simplemente, los retadores. Porque eso hacían.
No necesitamos recuerdos.
Ese era su lema principal. Aquel que colgaba de la enorme bandera negra en los barandales del primer piso en el gimnasio, como un recordatorio silencioso de quienes realmente eran. De lo que realmente tenían en mente. De lo que deberían tener, al menos.
—¿La alineación será igual a la del año pasado?
—Eso creo. Kita dijo que no tenía caso modificarla, teniendo en cuenta lo lejos que llegamos el año pasado. El entrenador Kurosu opina igual.
—Dos ancianos opinan lo mismo. No es sorpresa.
—Cierra la boca, infradotado emocional.
—¡No lo dije como un insulto! De todas formas, Kita-sempai si piensa distinto a todos nosotros. Eso no es una mentira.
Y no lo era. Shinsuke Kita era la persona más responsable de todo el equipo. Ese sujeto en quien podías confiar y delegarlo todo, sabiendo que no te dejaría caer sin lugar a dudas. Si te quedaras en una isla desierta sin nada más que tu absoluta incompetencia como compañero, él era tu elección segura para no morirte por idiota. Pero si, era lo más parecido a un abuelo en cuerpo jóven. Y cada uno de los integrantes del plantel lo sabían. Un secreto a voces del que Shinsuke era totalmente consciente, sin saber si era bueno o malo.
—Sea como sea —comenzó a decir Aran conteniendo la mano teledirigida a la cabeza del gemelo rubio—. Las preliminares comienzan en dos semanas. Mejor no disminuir nuestro ritmo si queremos tener un pase seguro.
—¿Acaso alguna vez te desilusionamos, Aran-sempai? —la voz de Atsumu sonó cargada de miel.
—Tu sola presencia es un bajón de onda absoluta —respondió su hermano. Y esquivó un golpe.
—Cierra la maldita boca, Samu.
—Por favor, háblenle a la cámara —y claro que el alto bloqueador tenía su teléfono en mano. Algún día se haría rico con eso. Lo sabía.
—¡Suna! —Omimi gritó al otro lado de la red, llegando con sus compañeros.
—Como decía...—continuó con una vena danzarina que parecía moverse al ritmo de la plática a punto de convertirse en masacre—. La alineación será la misma, pero nuestros rivales no. Así que vamos a tener que ponernos serios esta vez. El entrenador Kurosu ya piensa en los Nacionales. Incluso en el torneo de primavera.
—¿No es obvio? —los brazos musculosos abiertos de par en par se movieron como si tratara de marcar un punto obvio para él—. Las preliminares no son nada para nosotros. Nadie en Kobe se nos compara.
Y entonces. Esa voz.
—¿De verdad tienes ese pensamiento, Atsumu-kun?
Mierda. Mierda.
Mierdamierdamierdamierda.
Esa voz era tan reconocible que hasta la forma en la que el aire se cortaba como un pastel bajo una hoja afilada le daba escalofríos. Claro que iba a escucharlo. ¿De qué otra forma podía darle la paliza verbal diaria si no sabía que estaba hablando con ese tono tan suyo?
—Kita-sempai... —comenzó a hablar pensando en como arreglar lo que seguía manteniendo, pero aún quería vivir—. Quise decir que...
—Se lo que quisiste decir, Atsumu-kun. Y lo entiendo. Es normal, con tu talento y la forma en la que entrenas lo más seguro es que ganemos las preliminares.
Aran parpadeó varias veces cuando el sol matutino dio de lleno en la cabeza de su mejor amigo, logrando que sus cabellos platinados brillaran con un halo de luz que solo creyó posible en invierno. Sabía que el entrenador llegaría en cualquier momento y la práctica comenzaría como cada mañana desde que se habían intensificado con los partidos oficiales cerca. Y ahí estaba Kita hablando con la autoridad pasiva de un líder, aún cuando el partido contra Toyama sería el primero oficial que jugaría. Tanto como capitán, como titular. Y ahí estaba, como brillando a contraluz, controlando con el tono pacífico de una madre severa al mayor volcán activo de Inarizaki. Y con éxito.
—Pero de todas formas, tenemos que hacer las cosas paso a paso —y sonrió—. No podemos saltear un procedimiento para llegar más rápido a la meta, aunque eso suene bien en tu cabeza, Atsumu-kun.
Los presentes juraron que podían ver a Atsumu Miya literalmente encoger sus hombros como un gatito bebé al que señalan acusadoramente. Los ojos como dos líneas finas y una sonrisa nerviosa. De esas que usaba cuando esperaba la muerte de un momento a otro. Y es que Atsumu podía resistir cualquier cosa en la vida, menos un sermón de su sempai. De ese sempai.
Osamu ladeó la cabeza, casi tanto que su oído golpeó amplio hombro. Una parte suya sentía pena por la golpiza pasiva que estaba sufriendo su hermano. La otra, estaba tan feliz que parecía querer bailar del gusto. No podía negar ser la copia a carbonilla de Atsumu. Es decir, lo era. Por más que toda su vida lo hubiese negado a muerte, bajo esa capa de seriedad y tono apático ante la existencia de la vida misma, era la misma persona insoportable que no toleraba perder. Pero él sí comprendía a Kita. O al menos, sabía que intentaba comprenderlo. ¿Su hermano? Ja. Sus neuronas estaban prendidas fuego y por primera vez, deseó que la cámara del teléfono de Suna estuviera grabando todo.
Claro que lo hizo.
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.
El verano de su último año en preparatoria fue uno que Shinsuke Kita recordó por siempre: el primero como capitán de su equipo y la primera vez que entró a la duela en un partido oficial. Siempre pensó que pese a su forma de ver la vida, el instante en que pisara las tablas de madera en la cancha con su uniforme tendría ese temblor en las piernas del que siempre hablaba Aran. Ese fuego en la boca del estómago. Esas ganas de gritar hasta que sus pulmones ardieran. Esas cosquillas desde el interior de su piel. La necesidad de respirar más profundo, como si quisieras que tu pecho estallara en pedazos.
Y no.
Nada de eso fue lo que realmente sintió al instante en que pisó por primera vez la duela durante el torneo regional. Ninguno de los dos partidos jugados ese día. Ni el segundo. Y cuando quiso notarlo, su equipo había pasado a semifinales y si ganaban, tendrían el pase al torneo Nacional asegurado. Y aún así, ahí estaba: sentado en su banca, oyendo sin oír las últimas voces de sus compañeros en el salón. ¿Aran? No había entrenamiento vespertino ese día, así que había decidido correr a casa para ayudar a su madre a pintar la alcoba de su hermanito en camino. Sonrió. Era casi cómico verlo sonrojarse de la ternura con las anécdotas que él mismo contaba. Y desde luego que los gemelos utilizaban para burlarse, diciéndole que quizá su madre iba a tener dos bebés juntos y entonces podría tener su propio set de gemelos. Casi lo habían hecho llorar.
Bueno, realmente él tampoco tenía mucho que hacer esa tarde. Era casi como una pequeña vacación y respiro antes del sábado, cuando jugarían nuevamente. El entrenador Kurosu había sido claro: descansen. Mirando especialmente al gemelo rubio, que de nuevo se sintió intimidado. Rio recordando la comparación que siempre hacían entre su persona y su entrenador. Quizá fuera cierto. Quizá realmente era un viejo en cuerpo de adolescente. Eso explicaría mucho.
Sacudió la cabeza, tratando de no imaginarse a si mismo en cincuenta años tan pronto, aún y cuando su abuela ya estuviera pensando en eso. Esa misma mañana le confesó que ya tenía ahorrado dinero para su regalo de bodas. ¿Bodas? ¿De verdad? ¿Bodas? Pasó el bolso en bandolera sobre su hombro, acomodando milimétricamente la silla contra el banco de madera clara. Parecía brillar de su última limpieza profunda cuando lo vió opaco el día anterior. Y caminando a paso lento y seguro, salio del salón número uno. Dos pisos escaleras abajo y estaría camino a casa. Quizá pudiera pasar por esa pastelería que a su abuela le gustaba tanto. Los dulces no le hacían bien, pero siempre sonreía con esos pasteles de crema y fre...
—¡No te quedes dormida en el piano de nuevo! ¡Hasta mañana!
Shinsuke detuvo sus pasos cuando la voz agudo de la chica que cruzó frente a él corriendo hacia las escaleras llamó su atención. Los pasos ligeros resonaron como gotas de lluvia en las lozas del suelo, viéndola saltar escalones de a dos. ¿Se podía correr en los pasillos? En tres años, ni siquiera había trotado al baño. Mucho menos correr por las escal...
Y lo oyó. Etéreo. Delicado. Acorde tras acorde. Cuarta. Tercera. Y la sucesión de notas que sonaron en armonía con la melodía que juraba, había escuchado antes. Por eso, paso a paso, se acercó a la puerta de lo que identificó como el salón de música en el segundo piso, y solo al asomar la cabeza con cuidado y reverencia reconoció la pequeña espalda frente al piano. La misma imagen que había visto más de cuatro meses atrás desde su ventana, traspasando el espacio vacío y los cristales opacos por el frío. Ahora, solo a unos metros. Y recordó siempre, que fue algo así como observar el sol de frente en un atardecer de invierno, aún cuando estuvieran en pleno verano.
Notó los dedos pálidos de Chizuru cruzar las teclas del instrumento como si estuviese acariciándolas, de un modo en que podía jurar, nunca había notado mientras estaban en casa con su abuela, tras la sonrisa cegadora y la risa tronando en el aire.
Y cuando oyó su voz rasgada y casi fuera de tono, supo por qué. Y es que jamás la había visto.
Sine lassala turmire
Iddhra moi nu ppo capire
None tie nu nni parlare
Ca nu ssente cchiui 'stu core
Cuando Chizuru estaba en casa junto a su abuela, era como si respirara su hogar. El aroma a té verde recién preparado. El calor del fuego en invierno. La risa tranquila de Yumie en conjunto con las sonoras carcajadas de la joven cuyo cabello ahora parecía danzar suelto en la camisa de verano de su uniforme. Era como si el calor maternal desprendido por su abuela inundara la sala y todo fuera tan familiar para él que nublaba todo lo que pudiera ser nuevo. Todo lo que siquiera intentara romper su rutina establecida. Aunque ese algo fuera tan ruidoso como ella. Cuando la tranquila y cálida aura de su abuela estaba en juego, él no podía sentir nada ajeno a su mundo habitual, pensó. Trató de pensar. De verdad lo intentó: porque no había explicación lógica de por qué entonces, ahora sentía que su pecho se rompía en pedazos sujetados con miel cálida, manteniendo los cristales en su lugar. Como si la venda de sus ojos se hubiera removido y el sonido de sus dedos en las teclas y su voz rasgada perforaran sus sentidos con certeza.
Cantu e pensu te paru a tie
Suspiri e lacrime
Ieu l'amore nu ttegnu cchiui
Eri tie lu miu bene
No notó cuando avanzó un par de pasos hacia la figura de Chizuru sentada frente al enorme piano de cola, como si se burlara de su propio tamaño. Supo que estaba tan concentrada que no fue capaz de escuchar su caminar poco disimulado ni el suspiro contenido por la impresión de saber que estaba viendo a alguien que conocía hacía meses, por primera vez. Porque eso era. La estaba viendo. La estaba oyendo. Y juraba que por primera vez, olía el perfume a coco que seguramente usaba en su cabello. ¿En serio? ¿Siempre había sido así? ¿Por qué no había visto esto antes? ¡La veía a diario tocar en su casa! Estaba ahí, sentada frente a su abuela riendo con la boca muy abierta y tocando esa misma canción. Porque sabía que la había escuchado. Sabía que su abuela había llorado. Le había parecido una pieza conmovedora, pero ahora sentía que le atravesaba el pecho como una fecha tan cálida como helada a la vez. De esas que ramifican en tu interior y te abstraen de la realidad. Tanto que apenas notó cuando sus dígitos se detenían, sintiendo la imperiosa necesidad de unir sus palmas reiteradas veces en un aplauso solitario, justo tras ella. A unos pasos que le permitieron observar el rostro sorprendido cuando giró medio cuerpo hacia él.
—¡S-Shinsuke-kun! —grito. Hacía solo una semana que había comenzado a decirle así y aún sonaba extrañamente tierno—. ¿M-me sorpr...!
—Eso fue precioso, Chizuru-chan —respondió con tranquilidad, ignorando la emoción que estuvo manejando hasta ese instante. La sonrisa parsimoniosa en el rostro pálido de grises cabellos—. ¿Tocaste esa canción para mi abuela antes, verdad?
Ya sabía la respuesta, pero por algún motivo, necesitaba romper el hielo con algo que lo anclara a un sitio conocido. A lo que ella significaba en ese sitio. A algo que no se hubiera movido como cada átomo en su pecho.
—¡Si! —el rostro iluminado pareció reflejar la luz en los blancos dientes—. Voy a tocarla en el festival de verano. ¿Vendrás a vernos, no? ¡Oh! ¡Mierda! ¡La final de los reginales es el fin de semana! ¿Lo es, verdad? ¡Prometo ir! No pude ir a animarlos antes porque mi madre me asesinaría si falto a clases, pero no puede prohibirme nada un fin de semana. ¡Prometo que estaré ahí!
Perdió la cuenta de la cantidad de palabras que fue capaz de pronunciar en tan solo los pocos segundos que duró esa frase. Aún así, la risa que le obsequió fue auténtica. Caminó unos pocos pasos hasta una de las tantas sillas vacías frente a los atriles de la orquesta y se sentó junto a ella. Las manos en sus rodillas. El sol brillando a sus espaldas.
—Cuento contigo, Chizuru-chan —le dijo con tranquilidad. Y de verdad lo esperaba.
La vio asentir con rapidez, como si sellara una promesa con su solo gesto. Y entonces, abrió los ojos como si recordara algo de pronto.
—Por cierto, ¿cómo fue?
¿Cómo...?
—¿Cómo fue? —repitió para saber si había oído bien.
—No pudimos hablarnos demasiado en estos días —le dijo. Y su rostro pálido pareció entristecerse de pronto —¡Tu abuela se debe haber olvidado de mi cara! No que eso sea necesariamente malo. Mi rostro no tiene nada recordable de todos modos —¿de verdad podía cambiar de expresiones tan rápido?—. Pero de todos modos, ¿cómo te sentiste? Rintarou-kun dijo que ganaron todos sus encuentros.
—Si, ganamos. Tengo unos compañeros increíbles. ¡Lo verás el sábado!
—¡Puedo imaginarlo de Osamu-kun! Siempre parece que tiene sueño, pero cuando aparece su hermano terminan trenzados en el suelo y solo quieres poner una canción épica de fondo para que haga juego.
—¿Te causaron problemas?
—¿Eh? ¡No! ¡Claro que no! Es muy divertidos verlos. Son como dos gatos enormes dándose con todo lo que tienen. Una vez tuvo que venir Aran-sempai a separarlos.
Recordaba esa anécdota. Aran volvió del baño con el rostro pálido y maldiciendo al aire porque no pudo comer su almuerzo en paz. Y luego mencionó que había visto a la amiga de su abuela en el salón con los chicos. ¿Por qué se había reído al decir eso? No tenía gracia. ¿O si? No lo sabía. Aran era muy difícil de leer a veces.
—Pero no me respondiste —la oyó decir, volviéndolo a la realidad como atado del dedo meñique—. ¿Cómo te sentiste?
¿Qué? ¿Qué cómo se sintió? Eh... ¿Bien? ¿Normal? ¿Tranquilo? ¿Cómo...?
—No creo haber sentido nada.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—No se si sentir miedo o admiración —dijo—. O las dos. No necesariamente en ese orden.
El tono monótono a velocidad crucero lo hizo ladear la cabeza casi con confusión.
—¿Te asusté con algo?
¿Acaso le había dicho algo ofensivo? Esperaba que no. Sus compañeros solían tenerle miedo con una frecuencia que parecía incrementarse. ¿Sería cierto? Y aún lo pensaba, pese a que la cabeza de Chizuru lo negó con tanta fuerza que parecía, saldría despedida de sus pequeños hombros. Los ojos azules muy abiertos lo vieron casi con preocupación.
—¡No! ¡Es decir...! —y pareció pasear los ojos azules por todas las pequeñas manchas dispersas en el alto techo blanco del salón—. Te comportas tan tranquilo que es como si le palmearas la cabeza a todos diciendo que va a ir bien. Que lo que sea a que pase, va a estar bien. ¡Eso es increíble! ¡Da miedo! ¡Pero es increíble!
El verano de su último año en preparatoria fue uno que Shinsuke Kita recordó por siempre: el primero como capitán de su equipo y la primera vez que entró a la duela en un partido oficial. Siempre pensó que pese a su forma de ver la vida, el instante en que pisara las tablas de madera en la cancha con su uniforme tendría ese temblor en las piernas del que siempre hablaba Aran. Ese fuego en la boca del estómago. Esas ganas de gritar hasta que sus pulmones ardieran. Esas cosquillas desde el interior de su piel. La necesidad de respirar más profundo, como si quisieras que tu pecho estallara en pedazos.
Shinsuke sabía que esa era su forma de ser. La manera en que podía sentir. Repetición, templanza, lógica, y repetición. Solo así asimilaba las cosas y llegaba a buen puerto. Y siempre pensó que esa clase de pensamiento provocaba terror en sus amigos y compañeros. Y ahora, el rostro sonriente frente a sus ojos parecía gritarle algo en otra dirección. Como el aroma a coco y miel que seguía oliendo de su cabello por la brisa cálida entrando por la ventana. Como la canción que recordó escuchar junto a su abuela meses atrás, pero que hoy había oído por primera vez. Sonrió alegremente antes de hablarle. Su voz más animada que lo normal.
—¿Quieres tomar el té con mi abuela y conmigo? —preguntó. Chizuru pestañeó varias veces antes de que pudiera continuar—. Hay una pastelería que le gusta mucho. ¿Me acompañas?
Y su tono de voz, juró, se aceleró y subió al mismo tiempo como una fracción exponencial hacia la estratósfera.
—¡Pero déjame pagarlo! ¡Hace mucho que no voy y quiero resarcirme! —vociferó. Y de pronto, Kita pudo jurar que sus narices estaban cerca —Aunque para hacerlo debería cocinar yo —y volviendo a su lugar, llevó una mano blanca a la parte posterior de su cabeza. Su rostro se contrajo de una forma tan cómica que le costó no reír—. Pero apesto a rayos en la cocina. Mi hermano dibujó una línea con tiza en el piso para que yo no crucé al sector de alimentos. Y luego mi madre le gritó por manchar el piso. Fue una noche extraña y no puedo decir que recuerde mucho. ¡Pero yo pago el pastel!
Silencio.
El verano de su último año en preparatoria fue uno que Shinsuke Kita recordó por siempre.
*Asanagi - Mañanas de verano sin viento
