CAPÍTULO 6: Yuudachi
El equipo de voleibol masculino del colegio Inarizaki era llamado una powerhouse por una razón: eran fuertes. Eran realmente fuertes. La clase de equipo que tienes que prepararte durante años para derrotar, porque su capacidad de atraer monstruos reales a sus filas era tan efectiva como los métodos de entrenamiento que utilizaban. Y es que ellos jamás miraban atrás. Jamás se conformaban. Jamás mantenían la vista en el equipo que habían formado, sino del que tenían para mejorar. Nunca quedarse quietos. Siempre superándose, siempre moviéndose, siempre desafiando. Porque así los llamaban: los retadores más poderosos. Y ese nombre no venía en vano y no se forjaba gratis. Como seis gladiadores en cancha y sus soportes esperando para dar las estocadas letales. Todos jugaban un papel importante, y Shinsuke Kita lo veía con la claridad que se tiene cuando el sol ilumina la pradera durante la mañana. Y desde su posición, como capitán silencioso, podía entenderlo todo. Observando las espaldas imponentes de los monstruos que eran sus compañeros. El orgullo quemando en su pecho, aún de pie en la zona de intercambio. Porque esa era su labor. La necesidad de si en un partido. El guardián oculto de las estrellas más brillantes que danzaban al ritmo de Atsumu Miya, tan sonriente como el sol que realmente era, opacando todo con sus solos movimientos.
Cuando Oujiro Aran remató el tanto ganador para Inarizaki, el marcador estaba el 25-18. El sonido ensordecedor de los gritos fanáticos en el estadio municipal de Hyogo eran como alabanzas sonoras dedicadas a todos los que dieron todo en esa duela. Y es que quienes siempre solían animarlos no eran únicamente las enamoradas eternas de los gemelos y sus uchiwas pomposos con nombres grabados. Sino que eran todos los que conocían de su propio vecindario. Cada persona que estaba en contacto con los muchachos del equipo históricamente los animaban a viva voz. Y siempre, aún cuando no fuera titular, ahí siempre estaba su abuela.
Nunca podía no sonreír ante la visión de su suéter o camiseta grabado en su nombre, como si nadie pudiese ignorar el parentesco. Tampoco le era posible ignorar su pequeñez al sentarse junto al señor Matsukawa, el dueño de la librería cercana a su casa. Ni de los alumnos que portaban esos ruidosos instrumentos que Atsumu manejaba desde la cancha como un director de orquesta enfadado con el universo. Aunque si, era algo impresionante de ver. Como lo era cada movimiento que el muchacho rubio tenía en la duela: como si se transformara y fuera otra persona totalmente distinta. Los movimientos calculados. El cuerpo en perfecta sincronía con el balón y haciendo bailar a todos a su ritmo. Hasta que abría la boca y recordaba las palabras de Osamu: porque por más que fuera excepcional, en un partido la edad mental de Atsumu Miya caía cuatro años.
—Buen partido, todos —fueron las palabras que su entrenador les dio cuando se acercaron a la banca. Las respiraciones agitadas concentradas en un solo espacio físico—. Salgan a saludar y recojan todo.
La rutina a la que Shinsuke Kita se había acostumbrado al ganar partido tras partido. Saludar a un oponente cabizbajo y a veces satisfecho. Recoger los balones del equipo y marchar a los vestuarios para cambiarse. ¿Que si era duro ver los rostros apenados de quienes ya no volverían a jugar? Si. Claro que lo era. Ese podía ser él al no ganar, y de seguro tocaba una fibra sensible en su pecho. ¿Pero tenía forma de remediarlo? Solo no perdiendo. Solo seguir ganando. Jugar una y otra vez. Repetición, calma y repetición esperando el mejor resultado posible. Esa era su forma de ver el camino que estaban recorriendo como equipo. Y le parecía totalmente válido.
Disfrutaba los gritos de los gemelos cuando no estaban matándose a golpes, porque eran esporádicos momentos en los que los dos parecían congeniar y merecía la pena apreciarlos. Las palmadas en la espalda por la pesada mano de Aran, tibia y sudada por el esfuerzo aún presente en su enorme cuerpo. Las palabras de Omimi y Akagi a sus espaldas. Hiragi intentando que Suna mostrara algún tipo de emoción por haber ganado. Esos pequeños trazos en sus memorias reciente era lo que, sabía, quería recordar. Incluso ese instante donde juró reconocer el grito de Chizuru alentando su nombre cuando dio un paso dentro de su duela. Como si hubiera esperado a que todos disminuyeran el volumen en una sincronía perfecta. Porque en esos últimos partidos, siempre había estado presente.
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Una fuerza de la naturaleza.
Definitivamente, esa era la mejor definición que podía darle a la chica sentada en el banco contiguo. A su risa estrepitosa, el cabello alborotado por la forma en que movía la cabeza en cada frase y las manos inquietas. Osamu había sido algo más brusco para denominarla: gritona como mi hermano, pero me cae mejor. Eso en su idioma significaba que había pasado la prueba de calidad para ser su amiga. Y que había olvidado el incidente de las galletas. Sobre todo. Y el hecho de que Chizuru siempre tuviera dulces para convidarle la convertían automáticamente en una de sus personas favoritas en el mundo.
—¡Jugaron increíble! Aún no me lo creo —vociferó la joven moviendo mucho los brazos. Como delgados látigos blancos sin control—. ¡Es decir! Fue como ¡Boom! y ¡Swish! y ¡WOW!
Suna parpadeó varias veces. Osamu lo imitó antes de hablar.
—La coherencia de tus palabras me asombra.
La risa de Chizuru resonó fuerte en las cuatro paredes del salón de clases. El sol a sus espaldas. El almuerzo terminado sobre la mesa.
—¡Es que no tengo palabras para describirlos! —le respondió—. Aran-sempai jugó tan bien que no creía que fuera real. Y tu hermano es un monstruo. ¡En el buen sentido! ¡No te ofendas!
Las manos se movían de arriba abajo una y otra vez. Ambos sintieron en simultáneo que se había fusionado con un colibrí pasado en cafeína.
—Puedes llamarlo imbécil y no voy a ofenderme.
Era tan sincero cuando hablaba de Atsumu. Chizuru volvió a reír.
—Su amor fraternal me pone de rodillas.
—¿Qué es amor fraternal? —respondió pestañeando. El rostro parco. La mirada fija en ella.
Chizuru reía mucho. Es decir, mucho. Y ambos muchachos habían aprendido a no hacer chistes cuando estuviera consumiendo líquidos para no repetir el incidente de la leche de soja. Claramente, Osamu no se dio cuenta de que estaba bebiendo de un cartón de jugo cuando habló en tono monótono. Y en ocho milésimas de segundos, la regadera se activó.
—¡Lo siento! —gritó fuerte—. ¡Oh, mierda! ¡Lo siento! ¡Pero no puedes decirme eso cuando estoy bebiend...!
Y como una máquina grabadora en reversa o una especie de tocadiscos antiguo con saltos de tierra, sólo pudieron verla toser entre risas y golpes a la mesa de madera en tonos claro. El sol a sus espaldas y rezando por lo bajo que nadie pensara que eran amigos de alguien así. Aunque a estas alturas era imposible negarlo: lo eran.
Osamu era una persona simple y directa: Chizuru lo trataba como a un ser humano y no una especie de idol, cuchicheando su nombre y gritando muy agudo. Le hablaba mirándolo a los ojos (demasiado a los ojos) y cuando no gritaba incoherencias, era alguien extremadamente amena para dialogar. Divertida, eso era seguro. Además, siempre tenía dulces. Eso era un punto a favor. Muy a favor.
La joven siguió ahogándose con su propia saliva hasta que sintió la cálida mano de Suna frotarle la espalda alternados con pequeños golpes para calmar las convulsiones. Creyó escucharle susurrar el sonido de las olas, como si procupara bajar su ansiedad por el ataque de risa. Los ojos verdes luminosos reflejando la luz fijos en ella. De pie y encorvado a su lado, en plena intención de ayudarla.
—Te vas a morir si sigues riéndote así —le dijo despacio. Su enorme mano jamás abandonó la pequeña espalda.
—¡No es mi culpa! —se defendió ofendida. Casi—. Saben que soy así, ¿por qué me hacen reír?
—Te ríes de todos modos.
—¡Me debes una caja de jugo! —le gritó señalándolo con un dedo acusador.
Osamu ladeó la cabeza dejándola caer sobre su hombro derecho. La chica le convidaba todo lo que traía a clase casi por acto reflejo. Era lo correcto, ¿verdad? Obsequiarle una caja de jugo no iba a matarlo. Pero la tienda de la escuela estaba en planta baja y no quería bajar. ¡Oh!, pero podía pasar por el salón uno a ver a Atsumu. El idiota no había ido a verlo hoy. ¿Eh? ¿Extrañarlo? ¿Era joda? Vivía con ese lastre a diario y apenas podía no verle la cara. Pero ir a molestarlo nunca estaba de más. ¿O si...?
—¿Manzana?
—Por favor.
Solo tardó un parpadeo en levantarse del asiento y caminar veinte metros por el pasillo repleto de estudiantes hasta el salón de su hermano. Claro que la parada técnica para molestarlo vendría primero.
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Cuando Shinsuke Kita volvió a su salón en el tercer piso del colegio Inarizaki, lo hizo con una expresión que Oujiro Aran no supo identificar. El sol dando de lleno en las hebras platinadas, reflejando la luz como un espejo de tonalidades fría. Mirar a Kita era como sentirte siempre en invierno, aún cuando estuviera soleado y ni siquiera tuvieras que llevar abrigo.
Lo vio sentarse con parsimonia, manteniendo la cabeza al frente, casi a un punto imaginario en la pizarra aún con los ejercicios de matemáticas que habían resuelto en el primer período. Pestañeó varias veces antes de animarse a preguntar qué era lo que sucedía, porque si algo podía alardear era que realmente, lo conocía. Y las expresiones de Kita eran pocas pero identificables. La sonrisa de Buda menudo, el rostro serio al impartir disciplina, el rostro de concentración absoluta y esas lágrimas que solo vio una vez junto a los labios apretados en un puchero memorioso. ¿Esta? No la reconocía en lo absoluto.
—¿Todo bien, Kita? —preguntó desde su lugar. Inclinado hacia delante, como si buscara tapar el sol con su amplia espalda.
Kita volteó el rostro pálido hacia él, como despertando de un sueño diurno. Sacudió la cabeza con lentitud.
—¿Por qué preguntas eso?
—No eres la persona más normal del mundo, pero te conozco. ¿Te sientes bien?
—No me siento mal —nunca notó que el ceño de Aran se fruncía con disgusto. ¿En serio?—. ¿Tengo algo raro en la cara?
Si. Todo en tí es raro. Eso era lo que quería gritarle mientras sacudía su cuerpo más pequeño sujetando la solapa de la camisa escolar. Pero no, no podía. No debía. Los amigos no hacían eso. Bueno, lo hacían, pero no él. Él era civilizado y tenían una relación madura, como esos sujetos de universidad que se juntaban a beber los sábados.
—¿Cómo está tu abuela? —si. Eso estaba mejor—. No pude saludarla el domingo luego de la final.
—Está bien. Siempre pregunta por tí y si los gemelos no te causan problemas.
¿Acaso su sufrimiento con esos idiotas era de público conocimiento?
—Siempre tan amable. Oye...—debía formular esta pregunta con el cuidado de una incisión quirúrgica si realmente quería que el cerebro de Kita la captara a la perfección—. Se sigue llevando bien con Yuzuhiha-san, ¿no?
—¿Con Chizuru-chan? Si, viene seguido a casa a tomar el té y tocar para ella.
Hijo de la...
—¿Y qué hay de tí? Es compañera de salón de Osamu y Suna. ¿Por qué no le dices que venga a ver el entrenamiento alguna vez?
—¿El entrenamiento? —preguntó intrigado—. ¿Por qué? Creo que se aburriría.
—Tres de sus amigos están en el equipo —le respondió el más alto con la naturalidad de quien señala lo obvio—. Es decir, me sorprende que no la hayas traído. O que ellos tampoco.
Aran detuvo sus movimientos para intentar analizar cada cambio en los músculos faciales de su mejor amigo. Estaba seguro que no era la luz de la ventana tras los cristales claros lo que había cambiado el semblante de Kita, sino algo más. Algo que venía de él. Es decir, Shinsuke no era la persona más expresiva en la faz del universo. De hecho, tenía problemas en saber cuando se quedaba dormido en el bus que los llevaba de viaje escolar por la nula modificación de sus facciones. Pero algo estaba pasando. Porque de repente, algo estaba casi, casi, más endurecido. Y es que ya había notado que su ceja izquierda se arqueaba casi imperceptiblemente cuando nombraba a la chica que conoció en el salón dos de segundo año meses atrás, cuando Atsumu y Osamu estaban causando alboroto. Kita solo le había dicho que eran vecinos y se llevaba muy bien con Yumie. Pero esa personalidad parecida a un barril de explosivos no podía dejar indiferente a nadie, para bien o mal.
—Oh... Bueno, le preguntaré la próxima —le contestó luego de analizar sus propios pensamientos.
Y es que algo así pensaba hacer, si debía ser sincero. Porque cuando salió de su salón y bajó un piso por las escaleras amplias en el medio del pasillo hasta el aula donde sabía, iba a encontrarla. No sería la primera vez que se visitaban mutuamente. O que charlaban en los pasillos. O que se saludaban al pasar a diferentes actividades. O que ella saltaba al divisarlo desde el campo de deportes en educación física, ganándose una tirada de orejas de su profesor. Pero sí había sido una primera vez en el instante en que asomó la cabeza de cabellos platinados por el marco de la puerta de madera corrediza. Y era la primera vez que la veía reír con Rintarou Suna mientras se limpiaba la cara con un pañuelo blanco. Y la primera vez que ladeaba la cabeza en confusión, sin comprender qué era lo que estaba ocurriendo.
—Tenemos Historia ahora, ¿verdad?
La voz de Aran lo trajo a tierra como estrellando el globo de sus pensamientos más profundos. Abrió los ojos de par en par, sorprendido por cómo se sentía tan extrañamente similar a despertar de un sueño profundo.
—Sí —asintió conjunto a su cabeza, buscando los libros en su bolso.
El rostro de Aran nunca abandonó el suyo. Tampoco lo hizo la ceja oscura levantada como si tratara de leerlo con la claridad que se veían sus pulcras anotaciones en los cuadernos de clase. Porque definitivamente, era algo extraño.
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Shinsuke Kita era un animal de rutina, y eso no era ajeno a quienes lo conocían. Repetición, disciplina, templanza. Esos eran los valores que representaban su vida diaria, la forma en la que hacía las cosas. ¿Que si su vida siempre se mantenía igual? No, probablemente no. Por más calmo que fuera, él no sabía que esa mañana de domingo a sus seis años, su abuelo partiría del mundo. Y pese al dolor, Yumie le explicó que era el ciclo natural de las cosas, y que su rutina cambiaría. Cuando pasó año a año en el colegio después de eso, siempre había algo diferente a lo que acostumbrarse. ¿Difícil? Mucho. Pero había que hacerlo. En su último año de secundaria baja, un Kita de catorce años jamás imaginó que el entrenador Kurosu lo reclutaría personalmente, apareciéndose en el gimnasio como un espejismo casi real. Nunca creyó que él sería invitado al colegio Inarizaki para comenzar su próximo año. Cuando conoció a Oujiro Aran, fue un ancla emocional que le aseguró saber que tenía a alguien con motivaciones similares, aún cuando él se asustara seguido por su parsimonia. Y cuando los gemelos Miya entraron a su vida, supo que había gente que definitivamente, eran sus opuestos naturales, y no por eso era malo.
Claro que no era malo. Nunca lo sería. Pero él tenía una forma de ver las cosas, y a eso se apegaría. Shinsuke Kita necesitaba esa calma dada por la repetición. Era lo que había aprendido. Lo que había mamado, absorbido, criado. Era él. Así que, por más que sus alrededores cambiaran, Shinsuke Kita podía adaptarse a ello, y convertirlo en algo propio. Repetición, disciplina y templanza. Siempre iban a ser su forma de trabajar la realidad.
Aquella noche de invierno, ese remolino de cabello oscuro entró en su vida como un tsunami sin alarma alguna. Impaciente, ruidosa, impertinente y con una capacidad inhumana de escupir palabras que aún a velocidad ultrasónica, eran totalmente entendibles. Y comenzó a hacerse rutina que fuera todas las tardes a tocar el piano para su abuela. Y luego a beber té. Y pronto a cenar. Y en algún momento, comenzaron a usar el mismo uniforme y fue rutina caminar lado a lado mientras la escuchaba hablar en el mismo tono que antes. Aunque ahora ya le sonaba bien. Quizá fuera porque se había acostumbrado a ella.
Sentado en su habitación, alumbrado por las farolas de la calle en esa noche de verano, había terminado de hacer las asignaturas pendientes para toda la semana. Sus notas eran prácticamente perfectas, el ejemplo del estudiante ideal, y eso también era producto de la disciplina y repetición. Por eso, ahora podía darse el lujo (quizá) de perderse en sus propios pensamientos. Y es que esa tarde al salir de clases había pasado algo que movió lo que fuera que en su estómago parecía molestarle.
Es decir, no había entrenamiento vespertino ese día, como todos los viernes. Por eso, quizá, fue a buscarla a su salón. El mismo camino que recorría tantas veces. El mismo piso en el que había estado el año anterior. Y tras esquivar uno, dos, tres y cuatro alumnos hasta llegar a la puerta corrediza de madera, la vio. El cabello oscuro revuelto y en tonalidades cobre a contraluz. El bolso en bandolera. La sonrisa amplia saludando a sus amigas mientras se despedían de ella con la mano en alto. Y supo que lo había visto cuando los ojos azules pestañearon tres veces, corriendo hasta donde se encontraba, con una sonrisa aún más enorme.
—¡Shinsuke-kun! No te vi en todo el día. ¿Fue todo bien?
Shinsuke-kun. Aún le costaba acostumbrarse a que alguien menor lo llamara así. No le molestaba en lo más mínimo. Pero se había adecuado tanto a ser el sempai de todos, que escuchar el honorífico cariñoso no dejaba de asombrarlo. Y es que creía, nunca se le había pasado por la cabeza decirle de otra forma. Y sonriendo, respondió.
—¡Si! Todo está bien, Chizuru-chan —todo lo estaba, de hecho—. Mi abuela me pidió pasar por el combini antes de llegar a casa. ¿Quieres que vayamos juntos?
No era la primera vez que le pedía volver juntos. De hecho, ir y volver juntos al colegio era algo casi establecido. Siempre que no tuviera entenamiento luego, era algo que se había vuelto rutina. Algo suyo. Algo de ambos. Repetición.
—¡Rayos! —la oyó decir. Y los ojos azules se fruncieron junto a su nariz, como si sintiera sus palabras—. ¡Lo siento, Shinsuke-kun! Rintarou-kun y yo iremos al Arcade esta tarde.
Oh.
—¿Quieres venir con nosotros? —volvió a hablar Chizuru. El rostro sonriente, casi como si hubiera saltado en el lugar.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¡No te preocupes, Chizuru-chan! —habló. La sonrisa en el rostro pálido. Los ojos ámbar refulgiendo en la tarde—. Cuidense mucho. ¡Nos vemos mañana!
Después de eso, se había despedido con la mano en alto y recorrido el camino que siempre, por rutina, hacían juntos. O con Aran. O los gemelos. O Suna. O todos a la vez. Nada fuera de lo normal. Nada fuera de lugar. Mismo cielo en tonalidades naranjas. Los mismos maratonistas entrenando en la riviera del río. Los mismos niños jugando en el césped. Todas sensaciones conocidas en su existencia mientras paso a paso, caminaba hacia la tienda de conveniencia y tomaba los artículos que Yumie había pedido esa mañana.
Oh, pensó.
Quizá si le hubiera pedido esa misma mañana que lo acompañara, lo hubiera hecho. Es decir, Suna le había pedido salir al Arcade más tarde, si no tenía planes ¿por qué decir que no. ¿Verdad? Debía ser eso. ¡Era bueno que se hicieran tan amigos! El hecho de que Suna fuera tan callado cuando no estaba molestando a nadie también lo ponía de buen humor. Estaba llevandose bien con otra persona fuera del equipo y seguro se entenderían bien, ¿no? ¿Verdad? ¿Eh? ¿Le estaba doliendo el estómago? Vaya, eso era raro. Había cenado algo liviano. ¿Quizá fue el almuerzo? Mmmh, no. No podía ser eso. También fue sano y se sintió bien todo el día. Oh. No era el estómago, era más arriba. Al norte. ¿El esternón? Si, debía ser aquello. Justo sobre el diafragma. Plexo solar, lo llamaba su abuela. ¡Que raro! Nunca le había ocurrido algo así. ¿Quizá debería dormirse temprano?
Oh, pensó.
Pasaban de las ocho de la noche y la luz de su recámara aún estaba apagada. ¿No había vuelto aún? Bueno, era viernes. Técnicamente, era un día de descanso, aunque ellos entrenaran el sábado. Esperaba que Suna descansara como correspondía. ¡Lo haría! ¡Seguro! Suna era muy inteligente, no se dejaría enfermar por mal dormir. Y quizás ahora, en cualquier segundo, si seguía mirando fijo por la ventana, la luz se encendería. Es decir, después de todo, era algo tarde. Y quizá...
Y su teléfono vibró.
Sus pensamientos se pusieron en pausa, como si alguien hubiese apagado un horno a mil grados hacia cero. Como un vaso de agua helada en el desierto. ¿Por qué hacía tanto calor? Bueno, era verano. ¿Había sudado tanto en solo unos minutos?
Chizuru Yuzuhiha
¿Eh? ¿Qué? ¿Un mensaje? Y la pantalla brillante se desplegó.
¡Shinsuke-kun!
¡Lamento la hora!
¿Puedes bajar?
Pestañeó tantas veces como los segundos de reacción viajaron de su cerebro a sus sensores motores para levantarse de la silla de madera en su habitación en tonos azules. La camiseta blanca pegada a su cuerpo delgado aunque ligeramente musculoso por la delgada capa de sudor que lo cubría. Y no alcanzó a contestar cuando, escaleras abajo, abrió la puerta para encontrarse con el rostro sonriente de la chica que había despedido en el salón dos del segundo piso en Inarizaki. El uniforme de verano desarreglado. El cabello oscuro atado en una coleta alta torcida y tantos mechones en el rostro que parecían atestiguar, había corrido hasta ahí.
—¡Shinsuke-kun! —habló. Casi gritó. Casi, porque parecía querer guardar la compostura—. ¡Lamento venir tan tarde! ¿Yumie-san está bien? ¡Te mandé un mensaje porque no quería tocar a la puerta y despertarla! Rayos, si no dejo de gritar voy a despertarla de todos modos...
Su abuela estaba durmiendo. Esa noche se había ido a recostar temprano por el día algo agotador que tuvo. Y si calculaba bien, los decibeles de su voz en ese instante no serían un problema. Y sin embargo, cerró la puerta tras de sí, quedando ambos bajo la cálida luz del pórtico de su casa. Unos cuantos insectos revoloteando en la enorme lámpara sobre ellos. El silencio de la zona residencial albergando sus respiraciones. Y entonces, habló.
—Se fue a dormir temprano —respondió sonriente. ¿Por qué se sentía...?—. Gracias por bajar la voz de todas formas.
Y ahí estaba. De nuevo, esa sonrisa de oreja a oreja. Y su pecho seguía doliendo. Y el silencio continuaba cubriéndolos. Y ahora tenía un pequeño peluche justo rozando su nariz.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¡Lo saqué de esas máquinas con garras donde terminas gastando más dinero que comprando un peluche! —gritó —. ¡Pero este lo saqué a la primera!
¿Por qué parecía saltar mientras le tendía el pequeño zorro blanco rozando su rostro? ¿Qué...?
—A-ah... —murmuró por encima de un susurro ante su falta de respuesta—. ¿No te gusta?
Shinsuke Kita solía no entender cuando alguien hablaba en doble sentido. Cuando alguien era sarcástico. Cuando arrojaban tanta información que confundía lo que él tenía establecido en su mente. Por eso, cuando ella le dijo que saldría con Rintarou Suna esa tarde, algo se prendió en su estómago: una vela que consumió sus entrañas sin entender lo que significaba. Hasta que, quizá, lo comprendió: así como muchos en el equipo requerían de su atención casi permanente, debía reconocer que él también la necesitaba. Es decir, ¿qué otra cosa podía ser? Ella estaba ahora frente a él con un obsequio entre sus dedos delicados, y él se sentía mejor. ¿No significaba eso que estaba todo bien? Bueno. El dolor no había desaparecido per sé. Ahora lo que dolía era un punto entre su tráquea y el corazón. ¡Pero el esternón estaba libre! Eso tenía que ser bueno.
Tanto que sonrió, tomando el pequeño zorro entre sus manos, pensando que tan suave podía parecer. Tanto como su voz cuando habló sonriendo, mirándola a los ojos.
—¡Muchas gracias, Chizuru-chan! —dijo—. Está precioso.
Ella rió fuerte.
Le contó la lucha encarnizada contra la garra malhechora que le impidió tener el oso azul que quería para ella misma.
Que el lugar era ruidoso pero no tanto como el salón de música en plena actividad.
Y él seguía sonriendo, con esa extraña sensación en el pecho.
El zorro blanco entre sus largos dedos.
*Yuudachi - Chaparrón de tarde en verano
