¡Muchas gracias de nuevo por todo su apoyo! Y bienvenidos a un capítulo algo más largo y bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaante bisagra XD
De corazón, espero que lo disfruten.
¡Nos vemos pronto!
CAPÍTULO 7: Aiaigasa
Ya estaba acostumbrada a eso, a decir verdad. A arrodillarse en el asiento trasero del auto y ver por el cristal empañado alejarse la casa a la que no alcanzó a llamar hogar. Ese era uno de los mecanismos que había elaborado, ahora que se detenía a pensarlo. ¿Verdad? No encariñarse demasiado con su habitación. No decorarla. No llamar su rincón favorito a ese sitio donde le gustaba sentarse con su guitarra y tocar. No tener una tienda de libros o de música favorita en el vecindario. No ver con cariño a sus vecinos. Quizá, solo abrazarse con fuerza a sus partituras le diera suficiente entusiasmo para no entristecerse la próxima vez que ocurriera. Como venía haciéndolo desde que tenía uso de razón.
Su madre era profesora universitaria. Viajaba por todo el país, a donde un puesto de trabajo fuera suficiente para mantenerlos a los tres, y no podía culparla por querer darles una buena vida. Era su trabajo como mamá, ¿no? Y todo parecía indicar que su hermano tendría el mismo destino. Eran casí nómades de nacimiento. ¿Ella? Sonreía. ¿Qué más podía hacer? Solo juntar sus cosas, despedirse de quienes no recordarían su nombre en unos meses y subirse al asiento trasero del auto hasta llegar a su nueva casa. Por eso gritaba tan fuerte. Por eso hablaba tan rápido. Por eso estallaba frente al rostro de quien la saludaba. Era una forma de que la recordaran cuando en unos meses, desapareciera del lugar.
Y entonces, llegó a Kobe, en Hyogo. Y entonces, un muchacho le pidió desde la ventana contigua que, si le era posible, bajara el volumen de su piano. Y así conoció a Shinsuke.
Chizuru había guardado la última escobilla en el armario de limpieza cuando la piel se le erizó al sentir en el suelo las vibraciones del trueno que oyó a lo lejos. Mierda... Su madre se lo había advertido. Que llevara paraguas, le había dicho. Que iba a llover, le había dicho. Que tratara de no volver a casa como si le hubieran arrojado mil cubetas con agua, le había dicho. ¿Que hizo finalmente? Dejar su paraguas rosa ositos blancos bien ubicado sobre la colcha oscura en su habitación. Siempre donde ahora no pudiese utilizarlo. ¿Que si siempre era tan idiota? Si, bastante. Era como un acto de rebeldía contra las tres neuronas que suponía estaban en funcionamiento. Muy atrás, en las penumbras de su mente.
Sacudió la cabeza caminando hacia su mesa, tomando su bolso para usarlo en bandolera, esperando llegar corriendo antes que se viniera el cielo abajo. Y eso pensaba hacer, hasta que notó el montón de folios blancos escapando al compartimiento del asiento de Rintarou, sentado a su lado. La lección que el muchacho tenía que dar al día siguiente dependía en gran parte de esos apuntes cuidadosamente tomados con letra prolija. Debía realmente tener la mente en la estratósfera para olvidarselo. ¡Rayos! Si no las tenía, no podría repasar. Si no repasaba, no aprobaría. Si no aprobaba, no podría viajar al torneo nacional. Si no viajaba, Shinsuke se iba a poner de mal humor. Y Aran. Y Osamu. ¡Dios! ¡Atsumu haría un escándalo! No. En su mente, en ese instante, el apocalipsis se resumía a que tan rápido podía correr al gimnasio con los folios de su amigo. ¡Era necesario!
Se encogió de hombros con una sonrisa, acomodandolos con dos golpes secos en la madera pálida. ¿Qué día era hoy? ¿Martes? No tuvo club de música, así que debía ser martes. Sí, definitivamente martes. Si no recordaba mal, los martes tenía entrenamiento vespertino. Y ahora que lo decía, jamás se había acercado al gimnasio del equipo de voley desde los cinco meses que comenzaron las clases. ¡Casi se sentía como explorar territorio desconocido!
Y sus pasos ligeros se apuraron fuera del salón blanco, sabiendo que las nubes ceñidas en el firmamento amenazarían con estallar en cualquier instante.
.
.
—¿Te encuentras bien?
La voz de Oujiro Aran sonó en sus oídos como una sirena calma. Alertándolo con algo simple, dándole tiempo a escapar.
—¿Eh? ¿Tengo cara de estar mal?
La poca luz que ingresaba por los ventanales se opacaba por las nubes oscuras que anunciaban la tormenta que se desataría antes de terminar el entrenamiento. Hasta los ojos oscuros de Aran parecían enturbiados por el mismo fenómeno.
Las voces de sus compañeros y los kohai limpiando el piso antes del entrenamiento parecían querer distraerlo ahora que fue Omimi quien tomaba la posta al hablar.
—No te ofendas, pero estás pensativo —le dijo—. Y yo no me doy cuenta de las cosas tan rápido como él.
Quiso sonreír. Era imposible no hacerlo cuando esos dos estaban juntos.
—Hablas como si me diera cuenta de todo lo que pasa a mi alrededor —se quejó Aran.
Omimi sacudió la cabeza desde su altura inconmensurada antes de responderle.
—Digamos que ustedes parecen más cercanos que otros en el equipo.
—Es a tí al que Atsumu llamó abuelo y te puso mentalmente en pareja con Kita bebiendo té de tapioca —respondió Aran clamándose victorioso.
Oh, si. Recordaba esa experiencia. No la había entendido en un comienzo: ellos sí bebían té de tapioca. ¿Por qué molestarse tanto?
—¡Oye! —vociferó Omimi con las mejillas rojas.
Y era totalmente cierto. Porque por algún motivo, el más ruidoso de los Miya había soltado esa frase tras mirarlos muy fijo mientras bebían té helado una tarde que salieron como grupo a caminar por los alrededores tras el entrenamiento vespertino. Y desde ese instante, había sido una constante cada vez que el idiota abría la boca. Que era seguido. Lamentablemente. Hijo de la...
—Es cierto que bebemos té juntos, Omimi-kun —le contestó finalmente. Calmo como siempre.
—¡Pero no somos pareja, Kita! —gritó. Muy fuerte.
—Eso ya lo se.
Era imposible. Definitivamente imposible que el peligris se diera cuenta de que Atsumu Miya prácticamente los había convertido en abuelos ambos. Juntos.
—Bueno —interrumpió Aran. De lo contrario, esto sería eterno—. ¿Vas a decirnos que te pasa?
¿Qué pasaba? No pasaba nada. Es decir, el verano seguía avanzando a curso firme. Dentro de dos semanas viajarían a Tokio para disputar el torneo nacional. El equipo estaba creciendo. Los hermanos Miya se habían convertido en la combinación más infalible jamás creada por la naturaleza. ¿A qué se refería Aran con...?
—De verdad, Aran-kun. Estoy bien.
Los ojos café se clavaron en los suyos casi con severidad. Por un instante, Kita supo lo que era ser otra persona a sus ojos. Cuando él los miraba de esa forma, casi como si les pudiera ver el alma. Y aún así, su exterior no cambió. Había notado los pasos de sus amigos alejarse hacia las gradas para beber a galones de las botellas repletas de bebidas energéticas. Y en ese instante, severo y solitario, estaban ellos dos. Como si la tierra hubiera tragado todo rastro de vida ajena a esa pregunta. Y entonces, Aran volvió a hablar.
—Eres increíblemente perceptivo para tantas cosas, y un bobo para otras, Kita.
¿Eh? ¿Le acababa de decir...?
—¿Qué...?
—Nos conocemos hace bastante —comenzó—. Creo saber cuando algo te pasa, y aún así no eres capaz de emitir sonido por ti mismo. Siempre das el ejemplo de solucionar los problemas y ayudar al otro, pero cuando es tu turno te cierras en la ignorancia selectiva. Puedes ser muy irritante, ¿lo sabes?
¿Por qué de pronto sentía que lo habían molido a golpes sin siquiera tocar su carne o huesos? No era el mejor para interpretar las pistas sociales. Tampoco el lenguaje corporal de sus compañeros. Aún así, notaba que algo en Aran parecía gritarle en plena cara. Y lo supo cuando volivó a hablar. El tono claro y grave, como si solo le hablara a él.
—Llámame idiota, pero me preocupa lo que hagas al terminar la preparatoria.
¿Eh? ¿Qué?
—¿Por qué te preocu...?
—Eres el chico más brillante de la clase. Un ratón de biblioteca que saca puras notas perfectas. Vas a ser el orgullo de cualquier profesor, no me mal entiendas. Pero si no te espabilas un poco, va a costarte demasiado interactuar con otro ser humano.
El aire pesado del gimnasio en pleno verano pareció congelarse sobre sus hombros. Entrando en su nariz, congelando sus pulmones como ramificaciones de hielo ártico. Y la imagen de Aran pareció brillar a contraluz, como alguien a quien no había visto en mil años.
—A-Aran-kun...
—Cuando terminemos, pienso partirme el trasero para entrar a la V-League —dijo con la seguridad de quien nace sabiendo algo.
Así era Oujiro Aran, después de todo. Podía ser sentimental y gritar por muchas cosas, pero tenía las cosas tan claras que solía asombrarlo. Incluso a él. Por eso, quizá, se llevaban como lo hacían. Apuntaban a futuros dispares, pero lo sabían.
—¿Vas a ir a la universidad? —continuó el moreno con la vista perdida en algún punto entre los gemelos y Suna. A lo lejos, en la otra punta del gimnasio—. ¿Cuando nos graduemos?
Y por un instante, el tiempo se detuvo. Porque su mente lo llevó a otro lugar. Lejos del gimnasio y los sonidos que conocía hace tanto.
Masao Kita era un hombre sencillo. Alguien que alcanzó a ver los desastres de la guerra cuando era un adolescente y ni siquiera había podido ayudar en la milicia. Por eso, Masao hizo lo único que resonó en su corazón a la edad de quince años: trabajar duro. Por él, por su familia y por su futura esposa, Yumie. Cuando poco hubo para comer en su vecindario, fue él quien alentó a cada individuo a cultivar lo poco que podían y compartirlo como una enorme comunidad. Y con el correr de los años, lo que comenzó como una pequeña huerta se transformó en algo más. Solo detenido en el tiempo por su avanzada edad y la posibilidad de una mejor calidad de vida en Kobe, aún cuando perdiera su conexión con el campo que lo vio crecer.
Cuando Mitsuyoshi se casó, no pasó mucho tiempo hasta que Shinsuke llegó al mundo. Y Masao supo la razón por la que había pasado tanto tiempo aprendiendo a trabajar la tierra: y fue para enseñarselo como un obsequio. Porque sabía que tan especialmente ordinario era su nieto. Y que su tranquilidad no era hereditaria, sino por la crianza de cada persona en su hogar. Por eso decidió transpasar lo que sabía. Lo que creía correcto. Lo que a él le había servido durante años. Y Shinsuke era un buen niño, calmo y paciente. Con una sonrisa tierna y casi ancestral. Quizá por eso, cada palabra de sabiduría que pasó de su generación a él, lo hizo con peso, quedando grabada a fuego. Incluso después de su muerte. ¿Por qué?, porque Yumie seguía estando ahí. Y ese calor que Shinsuke conocía también. Por eso, supo Kita mucho después, se formó como lo hizo. Y sus decisiones fueron las que resultaron ser.
—Sí —respondió Kita—. Mi primera opción es estudiar agrimensura en Osaka.
Aran ladeó la cabeza. Eso no se lo esperaba.
—¿Agrimensura? —repitió por lo bajo—. ¿Como en...?
—Quiero trabajar en el campo.
Y por un instante, el tiempo se detuvo. Porque Aran contuvo la respiración ante su inesperada respuesta, quieto y enorme a su lado como un muro impasible. Y porque sintió, oyó, olió los pasos delicados en uwakis entrar al gimnasio con la delicadeza de alguien que no está acostumbrada a pisar las tablas de madera lustrada. Y al girar medio cuerpo hacia la puerta exterior que conectaba al patio, la vio: el bolso en bandolera sobre los pequeños hombros. El cabello oscuro alborotado. Las piernas descubiertas y la camisa desordenada fuera de la falda gris. Todo lo que parecía gritar que había corrido desde el edificio principal hasta donde se encontraban ahora.
Reaccionar, eso era todo lo que tenía que hacer. Mover las piernas delgadas pero musculosas hacia ella, tal y como lo hacía todas las mañanas que caminaban juntos hacia la escuela. Ir a su encuentro como sabía, estaba acostumbrado. Y sin embargo, se sentía atornillado al suelo junto a la altísima figura de Aran.
Parece que Chizuru-chan al fin vino a ver una práctica, creyó oírlo decir. Chizuru-chan era la forma en que por default todos parecían llamarla. Quizá había sido solo él quien hizo una transición delicadamente correcta de su apellido al nombre de pila. Pero ella estaba feliz de ser llamada como una niña. Casi tanto que juró, pudo oírlos, porque la mano pálida se levantó a lo alto para saludar en su dirección...aunque sus pasos corrieron a otra.
Shinsuke Kita no tenía en claro demasiadas cosas en la vida: si, sabía lo que quería hacer al terminar la preparatoria. Sabía donde se veía en veinte años. Lo que quería hacer en el equipo. Lo que quería hacer al regresar a casa. Pero con respecto a ella, no. Porque por algún motivo que claramente no llegaba a comprender, Shinsuke Kita perdía el norte cuando el rostro pálido se le aparecía de frente. Cuando los ojos azules brillaban con fuerza a contraluz. Cuando reía tan fuerte que tapaba cualquier otro sonido. Cuando se quedaban hablando hasta tarde de sus gustos, compartidos o no. De que hasta los seis años tuvo prohibido acariciar gatos callejeros, porque los escondía en su mochila y los entraba a casa sin hacer ruido. De que podía sacar cualquier canción de oído, pero luego no se la sacaba de la cabeza hasta dos días más tarde. Que tenía el brazo derecho partido en tres partes por probarle a su hermano que podía aterrizar como superhéroe al saltar del techo y quedó comprobado que no (aunque su hermano se sintió tan culpable que le compró un peluche por día durante dos meses) Porque cada historia que le había contado, estaba grabada en su mente como si las hubiese vivido. Y no entendía por qué, ahora se sentía como aquella vez que quiso vomitar. Y solo ocurría cuando, como en ese instante, la veía acercarse a paso ligero a la altísima figura de Suna.
—¡Rintarou-kun! —la oyó vociferar. Las piernas delgadas deteniéndose frente a él—. ¡Olvidaste tus notas! Mañana la vas a pasar como el averno si no repasas.
El moreno bajó la mirada cristalina hacia las manos delgadas, tomando los folios con cuidado. ¿Cuándo fue que...?
—Gracias —respondió—. Pero no tenías que habérmelo traído. Me hubieras mandado un mensaje y habría vuelto por ellas.
—Los dos sabemos que eres demasiado flojo para eso.
—¿Vas a volver a tu casa ahora?
—Debería —respondió—. Antes que me vea obligada a nadar hasta la puerta de casa y mi madre me arroje de un barranco.
Y Kita no supo cómo. En qué momento. En que segundo del respiro que le tomó llegar hasta ellos, ocurrió. Porque el cabello oscuro brilló en colores cálidos al voltear la cabeza hacia él, quedando enfrentados a pocos metros. Y su voz salió a la superficie como un hombre pidiendo auxilio, asomando la cabeza desde mar adentro.
—Quédate hasta el final de la práctica —le dijo. El corazón golpeando en su caja toráxica. El exterior totalmente inalterable—. Podemos compartir mi paraguas y volver juntos.
.
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Aiaigasa. Había escuchado esa palabra en algún lado. Si, estaba seguro de eso. Como si las gotas de sus pensamientos se mimetizaran con aquellas que estallaban contra el pavimento, creando un tapiz en sus memorias. Llevándolo años al pasado, a esos donde él era tan pequeño que apenas se reconocía y donde su abuelo estaba vivo. Parecía verlo como en una fotografía impresa en su mente: el cabello blanco. El rostro amable. Las manos fuertes y arrugadas. Las durezas en sus dedos relatando su historia de vida. Sentados ambos sobre el tatami de la sala, el aroma a verano entrando por la ventana. Los pequeños furin reafirmando sus pensamientos. Ese era el kanji que su abuelo le había enseñado ese día, como hacía meses. Uno por día, repetido durante horas, hasta que su caligrafía era ideal. Aiaigasa, recordaba, significaba compartir un paraguas entre un chico y una chica.
Shinsuke no recordaba el por qué, pero sabía que su abuelo sonreía ante la explicación. También recordó a Yumie acercarse y susurrarle algo con tal ternura que no podía comprender en ese instante. Como tampoco comprendía la razón de esos recuerdos agolpados en su cabeza mientras parecía sincronizar sus pisadas con la chica pegada a su cuerpo, sujetando el bolso oscuro entre sus manos pálidas. Las piernas descubiertas y diminutos cristales de agua en el cabello, porque aún con una protección sobre ellos, el viento veraniego no perdonaba del todo su deseo de llegar secos.
—Gracias.
Si. Ese sonido había venido de ella. Casi como un susurro en la tarde lluviosa. El repiqueteo constante como interferencia sonora.
—¿Por el paraguas? No es nada. No quería que te mojaras y somos vecinos.
—No, no me refería a eso. ¡Por invitarme a la práctica!
Kita parpadeó tantas veces como pudo, sin perder de vista los ojos azules iluminados a contraluz. Un espejismo entre cristales de lluvia.
—No me agradezcas —le dijo—. Las prácticas pueden ser observadas siempre que no se interrumpan. Además, eres amiga de Osamu-kun y Suna-kun. Me sorprende que no hayas venido antes.
—Osamu dijo que soy demasiado ruidosa para quedarme a las prácticas. Suna nunca me invitó tampoco. Por eso, ¡gracias! Significa mucho para mi.
Silencio.
Silencio.
—¿Por qué?
¿Eh? ¿Por...?
—¿Por qué? ¿Qué cosa?
—¿Por qué significa tanto para tí?
—Eh... —¿le había preguntado algo que no debía? De pronto, el rostro pálido se había contraído—. Pues, es algo tuyo. Es compartir algo que te pertenece conmigo.
¿Y por eso estaba feliz? Porque esa cara era de felicidad, ¿verdad? Es decir, estaban caminando juntos bajo el mismo paraguas, con los pies empapados y caminando más lento que de costumbre para que ninguno de los dos se emparara. Para él, eso era sinónimo de algo que lo ponía de buen humor por algún motivo que aún trataba de entender. ¿Pero ella? Sabía que Chizuru era una chica alegre. Se la pasaba sonriendo y gritaba con ganas cuando algo le gustaba. Pero ahora parecía haber reducido la intensidad del volumen en su voz, y aún así estaba brillando. Y podía jurarlo.
¿Por qué le había dicho que lo esperara? Porque era lo más lógico para hacer, ¿o no? Vivían a metros de distancia. Estaba lloviendo a cántaros. Decirle que lo esperara era lo más lógico para hacer, ¿cierto? Él tenía paraguas y ella no. ¿Cierto?
¿Cierto?
—Shinsuke-kun —la oyó decir. La sonrisa nerviosa de quien tiene los pies empapados, tanto como él—. Creo que es una de esas tormentas en las que el paraguas es inútil.
—Pero nos mojaremos más si no lo usamos, ¿no crees?
Shinsuke Kita recordó muchas cosas de esa noche en particular: el sonido de la lluvia cayendo nítida sobre los extensos charcos de agua en el suelo. Las risas de los transeúntes a su alrededor. Las luces de las farolas callejeras enturbiadas por el vapor caluroso. Los ojos azules fijos en él. A ambos detenidos en medio de la acera viéndose a la cara. Todo, iba a quedar grabado en su memoria por siempre. Como también esa ráfaga de viento que arrancó el paraguas de la mano pálida, empapándolos con el reflujo de lluvia.
Y el silencio que precedió al estallido de risa de Chizuru. Siempre a todo volumen.
Shinsuke Kita recordó muchas cosas de esa noche en particular: el sonido de la lluvia cayendo nítida sobre los extensos charcos de agua en el suelo. Las risas de los transeúntes a su alrededor. Las luces de las farolas callejeras enturbiadas por el vapor caluroso. Los ojos azules fijos en él. A ambos detenidos en medio de la acera viéndose a la cara. Todo, iba a quedar grabado en su memoria por siempre.
También recordaría el sonido de sus pasos resonar fuerte en el pavimento. El agarre de su mano mientras corrían de un toldo a otro intentando por todos los medios no empaparse el doble. Y los brazos extendidos en rendición absoluta, riendo a todo volumen y decidiendo continuar camino saltando los charcos de agua como si buscara mojar cada centímetro de su piel. ¿Que si trató de detenerla? Claro que lo hizo. Se iba a resfriar aunque fuera verano y ese torrente de agua cayendo del cielo fuera una especie de recomensa por tanto calor acumulado durante semanas. ¿Lo hizo? Quiso hacerlo. Realmente trató de lograrlo. Pero el sonido de la lluvia y sus pasos y su risa y la forma en que parecía haber regresado a tener cuatro años encandiló cada uno de sus pensamientos, hasta tener frente a él las farolas callejeras que anunciaban, habían llegado a destino.
—Chizuru-chan —le dijo con calma. ¿Por qué el pecho le dolía de nuevo?—. No olvides bañarte apenas entres, o vas a resfriarte.
—¡Si! —contestó. El cabello empapado pegado a su rostro, enmarcándolo como un cuadro antiguo—. ¡Saluda a tu abuela por mi! ¿De acuerdo? ¡No te olvides!
Kita sonrió. La había visto el día anterior, pero siempre que no podía pasar una tarde, era como si le pesara.
—No te preocupes. Lo haré. Descansa, ¿de acuerdo?
La vio saludarlo con la mano en alto, como un deja vu extraño a la entrada en el gimnasio esa misma tarde, cuando el dolor de su pecho se situaba en el estómago. Y ahora, girando la pequeña espalda, la observó correr a su casa, a solo veinte metros. Por eso, sabiendo que estaba a salvo, se dió la vuelta para abrir la entrada de su propio hogar.
Shinsuke Kita recordó muchas cosas de esa noche en particular: el sonido de la lluvia cayendo nítida sobre los extensos charcos de agua en el suelo. Las risas de los transeúntes a su alrededor. Las luces de las farolas callejeras enturbiadas por el vapor caluroso. Los ojos azules fijos en él. A ambos detenidos en medio de la acera viéndose a la cara. Todo, iba a quedar grabado en su memoria por siempre. También lo hizo ese grito profanando obscenidades. Esos pasos apurados que se oyeron cerca a su espalda. Y el rostro desfigurado en horror cómico de Chizuru antes de hablarle.
—Shinsuke-kun —le dijo. Los ojos azules casi al borde de las lágrimas—. Olvidé mis llaves...
Oh...
Yumie Kita había criado a su hijo con la libertad suficiente como para ensuciarse todo lo que quisiera, siempre y cuando no rompiese su ropa y la lavara luego. La enorme casa donde vivía en su juventud estaba rodeada de campos que se embarraban exponencialmente a la menor caída de lluvia en el día, por lo que no solía sorprenderla ver a su esposo o a su hijo volver y lanzarse directo a la ducha y la bañera enjabonada.
Quizá por ese motivo, la noche de fines de agosto que vio a su nieto Shinsuke llegar junto a Chizuru con el rostro cabizbajo y empapados hasta la médula, se limitó a contener una carcajada sincera con el reverso de la mano. Porque la imágen de los dos adolescentes chorreando agua desde la coronilla de sus cabezas hasta las medias en el recibidor fue tan sorpresivo como adorable. Algo que disparó tantos recuerdos como no era consciente que tenía. ¿En qué momento Shinsuke había crecido tanto como para parecerle alto aún cuando se estuviera disculpando? Sonrió. El cabello de Chizuru era más lacio cuando estaba mojado, y esa risa nunca se apagaba. Sin importar la situación.
—¡Yumie-san! —la oyó decirle. El cuerpo delgado inclinado hacia delante—. ¡Olvidé mis llaves! ¡Y estoy empapada! Lo siento mucho, ya mojé el suelo. ¿Puedo secarlo? ¡Por favor! ¿Podría quedarme hasta que vuelva mi mamá? ¡Prometo quedarme quieta en un rincón sin ensuciar nada! Rayos, no me mojaba tanto desde que tenía cinco...
Shinsuke la miraba ladeando la cabeza, dejando el bolso en el descanso del escalón de entrada. ¿Por qué hablaba tan rápido ahora? Él ya le había dicho que podía quedarse hasta que su madre volviera. ¿De verdad pensaba que iba a dejarla empapada y sin cambiarse hasta que eso pasara? ¿Pero...?
—¡Chizuru-chan! —habló Yumie acercándose a ella, provocando que la joven se inclinara y pudiera acariciarle las mejillas extrañamente frías por el agua—. ¡No digas que te quedarás en un rincón sin tocar nada! Siempre eres bienvenida en esta casa. ¡Además tienes que darte un baño! O te resfriarás mañana.
¿Darse un baño?, si. Era lo más lógico de hacer. De hecho, él tenía pensado lo mismo. Más habiendo dos baños en la casa. Oh...
—Shin-chan...—Yumie lo miró con una ternura capaz de derretir un iceberg—. ¿Podrías darle algo de tu ropa seca? Iré a preparar algo de té para cuando salgan.
Y el silencio se hizo en el recibidor.
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.
La situación no era ajena a lo que estaba acostumbrado. Una tarde lluviosa, sentado con las piernas cruzadas sobre el tatami de la sala en su casa. El clima de invierno en una noche de verano, donde la lluvia había dado un respiro a las altas temperaturas que atosigaron a los habitantes de la ciudad durante semanas.
El aroma a los dulces de su abuela no eran extraños para él. Tampoco el del té helado que les habían servido para acompañarlo. La risa suave de Yumie al charlar con Chizuru fue una situación que desde hacía más de ocho meses vio a diario, porque habían entablado una relación al mismo tiempo que él llegaba a conocerla. Y tuviera o no un instrumento en sus manos, la sensación de hogar era la misma. Porque por algún motivo, la incorporación de su presencia no le quitaba ese sabor a casa bajo ningún concepto. Como si de alguna forma, se hubiese adaptado a...
—¡Shinsuke-kun!
Pestañeó varias veces al reconocer el tono fuerte y sorpresivo de quien parecía hablarle hablado antes, solo que su cerebro eligió ponerlo en silencio. Como si por un instante, priorizara sus pensamientos. Esos segundos en los que tu mente trata de decirte algo en voz alta.
—¿Estás bien? —le preguntó arqueando una ceja. Sentada a unos pocos centímetros suyos en la mesa rectangular—. No parecías oírme.
Silencio.
Silencio.
—Lo siento, Chizuru-chan —habló como si su mente no fuera un lío—. Debo estar cansado.
—¡Cierto! —gritó con ánimos. El alma en el cuerpo nuevamente—. ¿La semana que viene viajan a Tokio por el torneo nacional? ¿Estás emocionado?
—Si, es la próxima semana —respondió calmo. Si es que ese dolor en el pecho podía llamarse tranquilidad—. Estamos preparándonos, así que no hay por qué estar nerviosos.
—No hablé de nervios, Shinsuke-kun —lo corrigió con los ojos muy abiertos—. Pregunté si tu estabas emocionado.
Kita juró oír a su abuela reírse desde la cocina, donde probablemente estaba de pie sobre el pequeño banco de madera que le había construído para que alcanzara la alta mesada. ¿Por qué se reía? ¿Que...?
—¿Emocionado...? —repitió como si no hubiera entendido la consigna.
Y es que en parte, quizá no lo había hecho. O simplemente, no podía concebir que estuviera preguntándole eso.
—¡Eres el capitán! —exclamó. Los brazos delgados moviéndose como alas de colibrí—. Te he visto jugar algunas veces, y la forma en la que controlas al equipo es increíble. No quiero adelantarme, pero Atsumu-kun te tiene terror. Y Osamu-kun. Y Rintaro-kun. Y estoy segura de que Aran-sempai hasta cierto punto. Creo.
Contuvo su propia voz antes de que la carcajada estallara. Sacudió la cabeza de cabellos platinados.
—Es una emoción compartida —sentenció. Lejos de poder buscar una mejor respuesta en un pecho que seguía doliendo, aún cuando no comprendiera bien por qué—. Vamos a dar nuestro mejor esfuerzo. Eso sí puedo garantizarlo.
Y la risa llenó el espacio donde se encontraban.
—¡Iré a verlos! —gritó alegre—. Como son vacaciones, mamá me permitió ir con Yumie-san. ¡Prometo no romper nada ni causar problemas!
¿Eh? ¿Qué...?
—N-no sabía nada... —respondió casi con un hilo de voz.
Volteó el rostro hacia la cocina. Su abuela sonrió en silencio, desapareciendo al instante próximo.
¿Qué...?
—Se suponía que era sorpresa —habló entre risas. La blanca mano tras la nuca de cabellos aún húmedos por la ducha—. Pero soy horrible para guardar secretos. ¡Lo siento!
Una fuerza de la naturaleza.
Un desastre de ojos verdes.
Un tsunami inentendible.
Cada una de esas definiciones se quedaban cortas cuando abría la boca en su presencia.
—Te agradezco mucho que nos animes, Chizuru-chan —le dijo con una tierna sonrisa en sus labios pálidos. El pecho aún doliendo—. Espero que nos animes con todo.
—¡Claro que sí! —gritó.
¿Era real? Esa situación, en lo absoluto, ¿era real? La chica frente a sus ojos riendo a todo pulmón. Usando su propia camiseta, quedándole tres tallas más enorme al igual que los pantalones igualmente de su propiedad. ¿Eh? ¿Por eso le dolía el pecho? ¿Por el hombro pálido y repleto de pequeñas pecas que nunca había visto y ahora parecían bailar en su piel? ¿El cabello húmedo enmarcando su rostro? ¿La risa como campanadas de aire? ¿El aroma a tatami mezclado con la lluvia? ¿Todo eso era rea...?
—¡Estoy muy feliz! —la oyó decir con ánimos. Los ojos azules abriéndose casi con nostalgia. Algo que no llegó a comprender hasta que sus palabras completaron la frase—. De poder ir a verte. Por todo.
Silencio.
Silencio.
Lluvia.
Y Silencio.
—Te lo había dicho, ¿verdad? —habló casi por encima de un susurro—. Que mi mamá se muda seguido por trabajo y nunca estamos demasiado tiempo en un solo sitio...
Quiso responderle con palabras. Simplemente no pudo. Por eso, creyó, su cabeza asintió como toda respuesta.
—Nunca pude conservar demasiadas cosas de cuando nos mudamos. Y por más que hablaba con chicos de mi edad, siempre terminaba alejándome la corta —sonaba casi como si estuviera triste. Y él no podía creer que lo estuviera. Alguien como ella no podía estar triste. Y los ojos azules se enfocaron en los suyos—. ¡Por eso estuve tan contenta cuando me permitiste ser tu amiga!
¿Por qué? ¿Por qué su pecho estaba doliendo? ¿Por...?
—¡Gracias de verdad, Shinsuke-kun! —le dijo. Feliz —. Estoy muy agradecida de haberte conocido.
Una fuerza de la naturaleza.
Un desastre de ojos verdes.
Un tsunami inentendible.
Cada una de esas definiciones se quedaban cortas cuando abría la boca en su presencia. Como ahora, que había disparado un cañón de lava encendida justo a su pecho doloroso. Como si el golpe fuera de frente, sin necesidad de avisarle. Sin poder defenderse. Quitando los velos de su frente y haciéndole ver todo con una claridad que lo dejaba tan desnudo como, entendía estaba ella bajo la ropa que le había prestado. Como lo había dejado al decirle que le agradecía su presencia en su vida. Como la lluvia continuaba cayendo fuera. Como el agua rebotaba en los charcos del jardín. En el pequeño estanque más al fondo. En el pavimento de la acera. En sus propios oídos aumentado a mil veces.
Como cuando la sonrisa de Chizuru le perforó la garganta. Como cuando no oyó la puerta llamar varias veces. A su abuela abrirla y la alta figura de la señora Yuzuhiha tras ella. Las gracias y disculpas y más gracias por cuidar de ella. Y la figura de Chizuru abandonar la sala con una sonrisa divertida, diciéndole que se verían mañana y con suerte menos mojados.
Y entonces, todo quedó en silencio. Todo quedó sin un solo sonido, pero tan significativo como esos huecos con significado en las partituras que solía mostrarle con pasión. El silencio era una unidad con significado. Y eso era ahora. En su sala. Con el simple resonar de las gotas de lluvia acompañándolo. El dejo de los dulces caseros en el aire.
Y el tatami ya no se sentía con el mismo aroma a casa.
.
.
Cuando Chizuru llegó a casa, lo hizo riendo. Su madre llamándola cabeza de alcornoque. Preguntándole si tenía hambre. Negándose y subiendo las escaleras con celeridad.
La bolsa con su ropa mojada en el cesto para lavar. Las paredes púrpuras alumbradas por las guirnaldas claras que parecían salidas de un cuento de hadas. Y ese aroma que la perseguía desde que había abandonado el cuarto de baño, luego de la ducha más larga de su vida. La piel clara ruborizada al máximo al saber a qué pertenecía la tela de algodón que la cubría.
Y el grito contra la almohada sonó agudo en sus propios oídos cuando se arrojó boca abajo en su propio colchón.
