Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención


CAPITULO II

El incendio

En el hogar de Pony, Candy también había pasado mala noche. Rencontrarse con aquel hombre con la que vivió tantas cosas, la hizo sentir tantos sentimientos que le provocaban un gran dolor en su alma. Un dolor que pensaba que había superado, pero que ahora que había estado frente de él, renació como el día que se dio cuenta que había cometido el peor error de su vida, al dejar que él se fuera a vivir a Londres.

Albert había sido una persona muy importante en su vida, fue su protector, amigo y hasta su novio. Un novio que la amó con todas sus fuerzas, brindándole tantas cosas que ella no supo valorar como él se lo merecía. En esa época ella seguía enamorada de un amor adolescente, que había perdido por sucesos del destino. Estaba tan ciega por esa ilusión, que no fue capaz ver que el amor verdadero siempre estuvo a su lado. Cuando se dio cuenta ya era tarde, Albert la había dejado libre para que fuera feliz al lado de Terry, algo que para su pesar no sucedió. Como deseaba volver el tiempo atrás y hacer las cosas diferentes, pero ya no se podía, así que no sacaba nada con lamentarse. Tenía que continuar con su vida y sentirse feliz de que Albert haya encontrado una mujer que lo amé, como ella no pudo hacerlo.

Mas calmada se levantó de la cama y se fue al baño, para bañarse y ayudarle a sus madres a preparar el desayuno para los niños. En el último tiempo habían llegado más niños al hogar, por lo que la señorita Pony y hermana María no daban a vasto con tanto trabajo.

Esa mañana la señorita Pony llegó a la cocina encontrándose con la mesa lista, con unos ricos huevos con jamón, café, leche caliente y jugo de naranja.

—Buenos días, Candy -la saludó.

—Buenos días, señorita Pony -le contestó sonriente colocando pan en la mesa -. El desayuno está listo.

—No te debiste molestar.

—Me encanta ayudarles. Hoy no me toca ir al hospital. Tome asiento señorita Pony le voy a servir café, antes que lleguen los niños y se devoren todo.

—Jajajaja, eso es verdad. Gracias, mi niña -dijo sentándose en la cabecera de la mesa.

—¿Y la hermana María?

—Esta rezando en su cuarto, vendrá más tarde. Acompáñame a desayunar, Candy.

—Si…

La rubia sirvió el café y se sentó al lado derecho de la mesa.

—¿Como te sientes, Candy? Anoche cuando llegaste de tu paseo, apenas hablaste en la cena -le preguntó una de sus madres bebiendo café.

—No me sentía muy bien.

—¿Estas enferma?

—No…claro que no.

—Entonces, ¿qué te pasó? Por qué algo te ocurrió, ¿verdad?

Ella suspiro pensando en su rencuentro con aquel hombre que vivió tantas cosas en el pasado.

—Cuando estuve en la cascada me encontré con Albert.

La señorita Pony la miró asombrada, ya que Candy hacía mucho tiempo que había perdido contacto con él.

—¿Con el señor Andrew?

—Si…

—¿Qué no estaba en Londres?

—Si, pero regresó.

—¿Hablaron?

—Un poco -contestó sintiendo mucha emoción -. No sabe lo feliz que me sentí al verlo, después de lo que ocurrió entre nosotros. Esta tan guapo, se nota que le ha ido muy bien. Me conto que se va a casar con su novia.

—Qué bueno que le esté yendo bien, es una gran persona.

—Si, Albert es un hombre extraordinario, que yo no supe valorar.

—Le contaste que tu…

—No, para que le voy a decir eso a estas alturas.

—Eso es verdad, ya es parte del pasado.

—Como quisiera retroceder el tiempo y hacer las cosas diferentes, pero ya no se puede -se lamentó la rubia.

—Candy -le tomo una mano la señorita Pony -. No te culpes tanto, eras muy joven en ese tiempo, no sabías lo que realmente querías, por eso te dejaste llevar por lo que sentías por Terry.

—Si…pero eso provocó que perdiera a Albert, que siempre estuvo conmigo en los momentos difíciles de mi vida, apoyándome con todo su amor. Nunca me voy a perdonar lo que le hice.

—Tal vez ahora que está de regreso sería bueno que hablaras con él.

—No…Además no creo que lo vuelva a ver, de seguro que vino a ver a la tía abuela y se va ir. Tiene una novia que lo espera -comentó Candy con dolor en su corazón -. Bueno…mejor desayunemos que hay que levantar a los niños.

—Me acorde que hoy es el cumpleaños de Milly, le prometí hacerle un rico pastel de fresas.

—Yo la ayudo a prepararlo señorita Pony, ya sabe que con las clases de repostería que he tomado, estoy experta en preparar pasteles -dijo Candy entusiasmada.

—De acuerdo…pero me van a faltar algunos ingredientes para el pastel.

—Yo puedo ir al pueblo a comprar.

—Me harías ese favor, Candy.

—Claro, señorita Pony, termino de desayunar y voy.

...

Candy terminó su desayuno y se fue al pueblo caminando, ya que no quedaba muy lejos, luciendo unos cómodos jeans y una blusa en tono fucsia. Iba en el camino tranquilamente cuando una camioneta se detuvo al lado de ella.

—Te llevo, preciosa -le dijo una conocida voz.

Ella se detuvo viendo que era su amigo de la infancia.

—¡Tom! -lo nombró con una sonrisa.

—¿A donde vas, Candy?

—Al pueblo.

—Anda sube, yo también voy al pueblo.

Candy de inmediato se subió a la camioneta de Tom.

—Qué suerte encontrarme contigo.

—Debiste llamarme para que te llevará al pueblo.

—No te quise molestar.

—Tú sabes que nunca me molestas -le mostró Tom una sonrisa -. ¿A qué vas al pueblo?

—Voy a comprar unas cosas para hacerle un pastel a Milly está de cumpleaños -respondió Candy -. Estas invitado.

—Gracias, me va encantar probar ese pastel -comentó el muchacho.

—¿Cómo sigue tu padre de salud? -le preguntó la rubia, ya que el señor Stevens había estado muy enfermo por un pre infarto que había sufrido.

—Mejor, pero tiene que seguir en reposo.

—Tiene que cuidarse mucho. Un día de estos lo voy a ir a visitar como enfermera, a ver si está siguiendo las recomendaciones del doctor.

—No tanto Candy, mi padre es un cabeza dura, no se resigna que ya tiene sus años y que debe cuidarse. Yo me estoy haciendo cargo del rancho.

—Está en buenas manos, te has convertido en todo un hombre de rancho.

—Papá me dice lo mismo, solo que me falta una mujer.

—El sueña con verte casado y con muchos hijos.

Tom negó con la cabeza.

—¿Cómo si fuera tan fácil encontrar una esposa?

—Jajajaja, tampoco es tan difícil, hay chicas muy bellas por estos lados.

Tom se quedó mirando a Candy, viendo que ella era la más bella de todas.

—Candy, ¿por qué no te casas conmigo?

Ella lo miró con sus ojos como plato.

—Jajajaja, que broma es esa, Tom.

—No es ninguna broma, quien mejor que tu para ser mi esposa.

—Tom, tú sabes que siempre te he visto como a un hermano.

—Pero no lo somos -le dijo con una voz más seria y deteniendo la camioneta -. Candy tal vez no te hayas dado cuenta, pero en este último tiempo te he estado mirando con otros ojos, eres tan bonita, inteligente y alegre que me encantaría tener una esposa así a mi lado.

—Tom, tú sabes que yo…

—Si, lo sé, pero no me importa, sé que podría llegar a hacerte feliz. ¿Por qué no lo piensas?

Ella le mostro una sonrisa, sintiéndose alagada por la propuesta de Tom. Sabía que era un buen chico que haría todo para hacerla feliz, sin embargo, estaba consciente que nunca lo iba poder amar, y su amigo merecía una buena mujer que lo amara sinceramente.

—No tengo nada que pensar -contestó segura -. Mejor te voy a presentar a una amiga que tengo.

—¿Qué amiga?

—Ya lo sabrás, es una chica muy bonita y de buenos sentimientos, estoy segura que vas a simpatizar con ella.

—Jajajaja Candy, no te conocía esa faceta de celestina.

—Jajajaja, la tenía bien guardado, querido Tom.

En la mansión Andrew, por la tarde después de almorzar con su tía Elroy, Stear y Archie. Albert se pasó toda la tarde en la cancha de tenis jugando junto a sus sobrinos, ganando varios partidos. Aquello le servía para ejercitar su cuerpo, pero también para sacarse toda esa ansiedad que sentía en su alma, por aquel inesperado rencuentro con su pequeña.

—Tío William cada día juegas mejor -le dijo Archie rindiéndose.

—Tú también juegas muy bien…

—Me lo dices para animarme, no te gané ni una partida.

—Jajajaja, la próxima vez te ira mejor.

—Al menos yo gane una -añadió Stear sintiéndose orgulloso.

—Te felicito sobrino -le dijo Albert tomándole un hombro.

—Qué lástima que Patty no estaba aquí para verme.

—¿Y donde fue tu esposa?

—Salió con la tía abuela.

—¿Qué les parece si nos damos un buen baño en la piscina? -propuso Albert.

—Si…nos hará bien para sacarnos el calor -apoyó Archie.

Los tres se metieron a la piscina para bañarse, cuando repentinamente apareció Dorothy.

—¡Señor Andrew! ¡Señor Andrew! -lo nombró apresurada.

—¿Qué ocurre, Dorothy?

—Necesito pedirle permiso para salir.

—¿Dónde deseas ir?

—Al hogar de Pony, paso algo horrible, me contaron que se está quemando.

—¡No puede ser…!-exclamó Albert preocupado -. Espérame Dorothy, yo voy contigo.

Los hermanos Cornwell se miraron.

—Tío, hay algo que tienes que saber -le dijo Stear.

—Si es sobre Candy, ya sé que ella está en el hogar de Pony.

—¿Y como lo supiste? -le preguntó Archie.

—Ayer cuando salí a cabalgar me la encontré en la cascada. Pero eso no me importa, tenemos que ir al hogar.

—Nosotros también vamos -dijeron los hermanos.

Albert rápidamente salió de la piscina y se fue a su habitación para cambiarse de ropa. Minutos después tomó un automóvil y junto a sus sobrinos y Dorothy se dirigieron al hogar de Pony, donde efectivamente se estaba quemando.

Candy, junto a la señorita Pony y la hermana María, con valdes estaba apagando el fuego, mientras que los niños miraban muy asustados. Tom también les estaba ayudando a sacar los muebles del hogar, para que no se quemaran.

Albert, Stear, Archie y Dorothy se bajaron del automóvil y se pusieron ayudarles. Candy no dejo de sorprenderse de que Albert estuviera ahí con ella, apoyándola como tantas veces lo hiso en el pasado. Minutos después llegaron los bomberos y el fuego se pudo controlar. Por suerte solo la cocina se quemó, sin embargo, todo el hogar quedo lleno de humo por lo que nadie se podría quedar en aquel lugar.

—Albert, gracias por haber venido -le dijo Candy acercándose a él.

—De nada -le sonrió -. ¿Tu como estas?

—Bien…

—¿Cómo ocurrió el incendio?

—Con la señorita Pony preparamos un pastel para celebrarle el cumpleaños a uno de los niños. Se nos quedó el horno prendido, eso provocó el incendio.

—Tienes una quemadura en el brazo -le dijo Albert sintiéndose preocupado por ella.

Ella se la miró sin darle mucha importancia.

—No es nada, después me la curo.

—Candy, ¿necesitas otra cosa en que te podemos ayudar? -le preguntó Archie.

—No, ya han hecho mucho.

—¿Y donde se van a quedar? No se pueden quedar en el hogar de Pony -le preguntó Stear, viendo que el lugar estaba lleno de humo.

—Los niños más pequeños se quedarán en el rancho de Tom con la señorita Pony y la hermana María… bueno y los más grande y yo tendremos que conseguirnos carpas para quedarnos aquí.

—Tío, porque Candy no se va a quedar a la mansión, ahí hay mucho espacio para los niños -sugirió Archie.

Albert curvo los labios, ya que no le pareció la sugerencia de su sobrino, eso de tener a Candy en su mansión no le parecía. Sin embargo, era una situación especial, ella ni aquellos niños tenían a donde ir y él no podía permitir que se quedara en unas carpas durante la noche.

—Si, haya estarían muy cómodos -contestó.

—No, ¿cómo se te ocurre Albert? -replicó Candy que por ningún motivo se quería quedar en la mansión Andrew -. Que diría la tía abuela, se muere si me ve llegar con los niños.

—Tendrá que entender la situación.

—Albert, no es necesario, yo me las arreglo sola.

—Candy, hazlo por los niños…-le dijo Stear -. Sera solo esta noche.

—Está bien, me quedo en la mansión -dijo no muy convencida y sin tener otra alternativa.

Media hora después Albert, Stear y Archie, Candy y los niños llegaban a la mansión. Candy no dejaba de sentir una gran emoción de volver aquella residencia, donde tenía bellos recuerdos. Por otro lado, Albert se sentía muy nervioso, le incomodaba la presencia de Candy, pero al mismo tiempo deseaba que ella estuviera ahí con él, como antes, como en esos tiempos donde habían sido novios.

—¿Qué significa esto, William? -preguntó Elroy al ver a la rubia y los niños.

—Tía, Candy se va quedar aquí con los niños, hubo un incendio en el hogar de Pony -le respondió Albert.

—¡De ninguna manera! -replicó la anciana -. ¡Te volviste loco! Esta chiquilla no se puede quedar aquí, ya se te olvido todo lo que te hiso.

—No se preocupe tía abuela, yo me voy -dijo Candy al ver la reacción de la anciana -. Niños vámonos de aquí.

—Tú no te vas a ningún lado -la detuvo Albert tomándole un brazo -. Tía comprende la situación, Candy no tiene a donde quedarse.

—Ese no es tu problema, ¿Por qué te volviste acerca de ella?

—Tía por favor…Candy se queda te guste o no. Dorothy acompáñala a una de las habitaciones y a los niños.

—Si, señor Andrew.

Dorothy se llevó a Candy y a los niños a la planta alta de la mansión, seguida por Archie, Stear y Patty. Primero acomodaron a los pequeños que a pesar de lo ocurrido estaban contentos de quedarse en una mansión tan grande y lujosa. Una vez listos, Candy se quedó en otra habitación donde Patty la acompañó para que no estuviera sola.

—Candy, aquí tienes un camisón para que te coloques para dormir -le dijo Patty pasándoselo.

—Gracias amiga, pero no debí venir aquí.

—No le hagas caso lo que dice la tía abuela, ya sabes como es.

—No lo digo tanto por ella, sino por Albert.

Patty se sentó a su lado.

—Tienes que olvidar lo que sucedió entre ustedes, él no te guarda rencor. Se va regresar a Londres y se casara con su novia.

—Patty. ¿Él está muy enamorado de ella?

—Al parecer si…

—Ustedes no le han contado que yo…

—No, no le hemos dicho nada.

—Es mejor que crea que su sacrificio si valió la pena. Yo no quiero hacerle más daño a Albert.

—No digas eso amiga, ¿Por qué no descansa? -le dijo Patty levantándose de la cama -. Te hará bien dormir un poco.

—Tienes razón…

—Te dejo para que duermas. No vemos mañana.

—Hasta mañana, Patty.

Patty salió del cuarto donde se quedaría la rubia. Candy se dirigió al baño, se bañó y colocó el camisón que le había prestado su amiga. Se metió a la cama para dormir, sin embargo, no podía conciliar el sueño, los recuerdos aparecían una y otra vez en su memoria. Recuerdos de su noviazgo con Albert, un noviazgo donde fue feliz al lado de un hombre que la trataba como una reina. Nunca ha podido olvidar el día que le pidió que fuera su novia, fue precisamente en la mansión de Lakewood, una tarde de verano donde el sol brillaba intensamente.

Flashback.

Aquella tarde ambos se encontraban bañándose en la piscina disfrutando de un cálido día, jugando y platicando de miles de cosas. Después de bañarse ambos se vistieron y se fueron a caminar por los alrededores de la mansión, mientras que la tarde comenzaba a caer.

—¡Ha sido una tarde maravillosa! -exclamó ella estirando sus brazos.

Si, pequeña. La hemos pasado muy bien, me hacía falta distraerme un poco -comentó Albert.

Trabaja mucho, señor Andrew.

Jajajaja, eso es verdad, pero no tanto como tú.

Si, yo también trabajo mucho -reconoció Candy -. Los turnos en el hospital son muy largos que no me queda tiempo para nada.

—¿Ni siquiera para tener un novio? -le preguntó Albert inesperadamente.

Ella soltó una carcajada.

Jajajaja, tener novio.

El detuvo el paso y la miro de frente.

Si, acaso no te gustaría tener un novio guapo y que te amé con todo su corazón.

Ella suspiro.

—¿Por qué no? ¿pero quién?

Yo…

—¡Tu! -pestaño rápidamente.

Si pequeña, yo. ¿Te gustaría ser mi novia?

Ella confundida se apartó de él, asimilando la propuesta del que por años ha sido su mejor amigo.

Albert, ¿por qué me dices eso?

Él se acercó a ella y la obligo a que lo mirara de frente.

Lo digo porque…no se si te habrás dado cuenta, pero estoy enamorado de ti, pequeña. Hace tiempo que te deje de ver como a una amiga, para verte como a la mujer que amo.

—¿De verdad me amas?

Si, con todo mi corazón y si tú me dieras la oportunidad de demostrártelo, me harías el hombre más feliz del mundo.

Albert tú sabes…que no he querido volverme a enamorar.

Estoy consciente de eso, pero yo estoy dispuesto a todo para conquistar tu corazón.

No sé qué decirte, Albert…

Dime que si quieres ser mi novia. ¿Acaso no te gusto, aunque sea un poquito?

Ella sonrió, ya que tenía que reconocer que Albert era un hombre muy guapo, que le sacaba más de un suspiro.

Si me gustas, no lo puedo negar -reconoció sonrojada.

Entonces, me quieres decir que…

Si Albert, acepto ser tu novia.

Te prometo que no te vas a repentir, mi pequeña hermosa -le dijo acercándose a los labios de ella que tiernamente beso.

Fin del flashback.

Por otro lado, Albert tampoco podía dormir, saber que Candy estaba en su mansión a unas cuantas habitaciones de la suya, lo tenía muy inquieto. Se levantó de la cama y salió al balcón de su cuarto, ahí se quedó a mirar las estrellas y sentir una brisa fresca que acariciaba su rostro. En ese instante Candy también salió al balcón y se dio cuenta de la presencia de aquel rubio de ojos color cielo. Ambos se miraron intensamente, en medio de esa cálida noche, donde los recuerdos y sentimientos afloraron a flor de piel. Albert no soportó más e ingresó a la recamara, reprimiendo sus sentimientos.

Candy sintiéndose despreciada hizo lo mismo y llegó hasta la cama, donde se sentó a llorar con sus manos en el rostro, por el dolor que sentía con el desprecio de Albert.

—Nunca debí venir a esta mansión -dijo parándose de la cama -. ¡Tengo que irme de aquí!

Se saco el camisón y se cambió de ropa. Una vez lista bajo al salón para marcharse, pero cuando iba abrir la puerta de salida una mano le tomó el brazo.

—¿A donde crees que vas a esta hora? -le preguntó Albert mirándole intensamente.

Ella se estremeció completamente.

—Yo…me iba.

—¿A esta hora…?

—No debo estar aquí, Albert.

—¿Lo dices por mi tía Elroy o porque te molesta estar cerca de mí?

—No digas eso Albert, no me molesta estar a tu lado, al contrario -le sonrió tiernamente y le tomó el rostro con una de sus manos -. Has sido una persona muy importante en mi vida, te debo tantas cosas…como quisiera que tú y yo…

Él le tomó la mano y la miro a los ojos, llegando con su mirada hasta los labios de ella, esos labios temblorosos que en ese instante deseó besar…

—¡William!, ¿qué significa esto? -se escuchó el grito de Elroy desde la escalera.

Candy y Albert se sobresaltaron con el gritó.

—Tía, ¿qué haces levantada? -le preguntó el rubio.

—¿Qué haces tú levantado? -preguntó ella sin dejar de mirar con ojos de odio a Candy -. ¿Y con esta chiquilla?

—Estamos conversando.

—¿A esta hora? Por favor, crees que soy tonta que no me doy cuenta de lo que está pasando entre ustedes.

—No se preocupe tía abuela, yo ya me voy -le dijo Candy.

—¡Si vete! Y no vuelvas nunca más a esta mansión y llévate a todos esos niños mugrosos.

—Los niños del hogar no son ningunos niños mugrosos, así que no le voy a permitir que hable así de ellos -replicó Candy enfadada por las palabras de la anciana.

—Tía no te pases, es muy feo que trates así a esos niños -la regañó Albert -. Ellos están dormidos no se irán de aquí.

—Déjala Albert, ahora mismo me los llevo de la mansión.

—No Candy, están dormidos no sería bueno despertarlos a esta ahora y tú tampoco tienes que irte.

—Lo siento Albert, pero yo si me voy. Mañana vengo por los niños -dijo Candy saliendo de la mansión.

Albert quiso seguirla, pero Elroy se le puso enfrente para detenerlo.

—No se te ocurra ir detrás de esa chiquilla, que no se te olvide que tienes a tu futura esposa que te está esperando en Londres.

Eso lo sé muy bien, tía -dijo Albert subiendo a su habitación.

Continuará...


Hola lindas chicas

Espero que se encuentren muy bien. Aquí les dejo otro capitulo de este mini fic, con mucho cariño para todas ustedes.

Muchas gracias por su comentarios, a las chicas de siempre que me apoyan y a las nueva que se han atrevido a leer mis historias.

Les mando un cariños abrazo a la distancia y muchas bendiciones.