CAPÍTULO 8: Kitsune no yome iri
Chizuru Yuzuhiha solía ver todo a su alrededor de la misma forma en que hablaba: a toda velocidad. En colores brillantes y luminosos. Las formas diluyéndose en un mar embravecido. Las voces fuertes, ensordecedoras, y de repente, distantes. Como si hubiese pasado por su lado a toda velocidad, sin detener el paso, quedando en el olvido como una frase en el viento. Palabras olvidadas a celeridad inconcebible, porque así había vivido desde que era niña. Por eso, era difícil moldear su carácter de otra forma al que había conseguido. Como una centella de luz cegadora que parecía llevarse todo puesto con una sonrisa contagiosa. Rápida. Veloz. Nunca quieta.
Eso era Chizuru: la marea constante, sin posibilidad de medirla. Un huracán que cambiaba de dirección sin preguntar, siempre sonriendo. ¿Su madre? Sonreía. ¿Qué más podía decirle? La había obligado a mudarse por necesidad más veces de las que podía contar a una edad en la que no lograba adaptarse tan pronto como quería. La diferencia de edad con su hermano hacía difícil una conexión emocional profunda para comprenderla. Por eso, quizá, entendía como se perdía entre partituras, instrumentos y gritos risueños cuando algo le gustaba. Como si la costumbre de trepar árboles en verano se plantara en sus huesos y evolucionara con la edad, sin perder jamás el toque histriónico que la caracterizaba.
Eso era Chizuru: la marea constante, sin posibilidad de medirla. Un huracán que cambiaba de dirección sin preguntar, siempre sonriendo. Por eso, quizás, Shinsuke Kita provocó ese efecto en ella. Porque su madre lo notó tan pronto como la joven pasó más de dos días de invierno en casa de Yumie, tocando el piano para ella como obsequio y disculpas en igual medida. Cuando regresó sonriente como siempre y entre el torrente de palabras, filtró el nombre del amable y respetuoso muchacho que vivía justo en la casa de al lado. Así, supo que algo había cambiado.
Porque cada vez que Chizuru abría la boca estando en casa, era para reír. Mencionar al grupo de amigos que había hecho en el club de música. Sus compañeros de banco a los que parecía volver locos. Y al muchacho con quien la escuchaba charlar desde temprano, cada mañana caminando a clases. Su madre se daba cuenta. Su hermano se daba cuenta. Y quizá, hasta ella se había dado cuenta. Que podía llamar amigo a cualquiera de ellos. Menos a él.
Cuando agosto llegó, también lo hizo el torneo nacional. El último en el que participarían los alumnos de tercero. El último de Kita, Omimi y Aran. Por eso, y pidiendo permiso a su madre, viajó a Tokio junto a Yumie. Era una buena compañía para ella también, ¿verdad? Desde luego. Porque las risas no faltaron y siempre podían contemplar una taza de té como si se equipararan en edad. Y fue cuando, realmente, lo vio jugar.
Shinsuke había sido totalmente sincero con ella en sus charlas nocturnas en el pórtico de madera clara. Él no era una estrella. No era sobresaliente. No era más relevante que el resto de sus compañeros no calificados como los monstruos de Inarizaki. Comparado con Osamu, Aran, Atsumu y Suna, Kita era simple. ¿Simple? Si. Simple. Y aún así, al instante en que su figura ingresó a la duela al perder los muchachos el hilo conductor del partido, entendió lo que era brillar con luz cálida.
Kita no era una estrella. No. Pero sí brillaba. Sí se sentía. Sí, era las cadenas que mantenían conectados a sus compañeros. Como si hubiera sacudido lo que estaba sucio. Pulido lo opaco. Como si él hiciera falta en la cancha. Y pronto, su espalda se volvió tan enorme y brillante como esas pinturas antiguas a contraluz de un atardecer en tonos naranja.
La joven de ojos azules comprendió entonces, que esa era la razón por la que alguien tan taciturno como Osamu Miya le había dicho que prefería enfrentarse al demonio con una bara de bambú antes que a Kita. Por qué Rintarou Suna parecía pararse más derecho a su lado. Por qué los ojos de Oujiro Aran brillaban con la tranquilidad de sentirse respaldado. Porque él estaba cuidándolos desde afuera. Siempre hay alguien cuidando de tí, le había dicho una vez. Una frase que su abuela le repitió de pequeño y compartió con ella junto a un vaso helado de té de cebada. Porque eso era Kita. Esa inspiración silenciosa y de rostro parsimonioso. Tan calma, que con ese mismo silencio entre gritos ensordecedores, sus lágrimas caían sin cesar por la piel clara.
Chizuru Yuzuhiha solía ver todo a su alrededor de la misma forma en que hablaba: a toda velocidad. En colores brillantes y luminosos. Las formas diluyéndose en un mar embravecido. Las voces fuertes, ensordecedoras, y de repente, distantes. Como si hubiese pasado por su lado a toda velocidad, sin detener el paso, quedando en el olvido como una frase en el viento. Palabras olvidadas a celeridad inconcebible, porque así había vivido desde que era niña. Por eso, era difícil moldear su carácter de otra forma al que había conseguido. Como una centella de luz cegadora que parecía llevarse todo puesto con una sonrisa contagiosa. Rápida. Veloz. Nunca quieta.
Por eso, estaba segura, Kita le parecía una presencia tan calma y pacífica que parecía atarla a tierra. Como una voz suave diciéndole que tratara de no caerse tropezandose con sus propios pies. Que no se golpeara la cabeza contra una rama. Que respirara el aire en lugar de tragarlo. Que pudiera adaptarse a su vida antes de pasar vuelta una página para seguir absorbiendo el agua por los poros sin pensar en una segunda opción.
Y así era: Chizuru vivía a una velocidad de vértigo porque estaba acostumbrada a que todo cambiara. A que el piso se derrumbara bajo sus pies. A que el día oscureciera antes de pestañear y ver el sol nuevamente. Kita era el opuesto a su Ying. Una mano cálida que le ofrecía parar. Algo que le explicaba que respirar pausado estaba bien.
¿Quién podría no enamorarse de eso?
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Atsumu Miya era una persona difícil: un chico con carácter, lo definía Kita. Un dolor de huevos, era lo que decía Aran. Un hijo de puta, prefería Osamu. Fuera como fuera y en diferentes matices, el armador de Inarizaki era un ser excepcional y particularmente complicado de llevar.
Aún así, cuando agosto llegó, también lo hizo el torneo nacional. El último en el que participarían los alumnos de tercero. El último de Kita, Omimi y Aran. Quizá por ese motivo, cruzar las puertas de cristal y metal brillante del estadio central de Tokyo había sido tan significativo. ¿Aún quedaba el torneo de primavera? Si. Desde luego. Pero estar en su año final era el recordatorio constante que cada día que contara sería el último. La cuenta regresiva de aquello que no querían perderse. Y quien más presente tenía eso, con la ironía que significaba, era el mismo Atsumu Miya.
El muchacho de cabello teñido en dorado solía pensar en sí mismo con una estima tan alta que resultaba complejo alcanzar su ego. Esa sonrisa edulcorada que buscaba hacerte sentir un igual, sólo para derribarte al instante siguiente, demostrando que no era humano. Tanto era su ego, que sus compañeros de Inarizaki pensaron más de una vez en partirle la cara hasta que aprendiera. Pero la realidad simple: comparado con el resto, él no era humano. Parte de la generación de monstruos. Un monstruo perfecto en su haber.
Cuando Atsumu colocaba, lo hacía de forma que sus rematadores sentían que saltaban más alto. Que las alas imaginarias a sus espaldas los elevaban y golpeaban más fuerte, aún cuando sabían que era una ilusión: porque el armador era un titiritero experto, capaz de crear la sensación de control cuando era él quien tenía todo bajo su manga. Y así era como él demostraba su respeto: dándote sus pases. Confiando en que los golpearías. Y pocas personas ganaban su absoluta sinceridad. Sólo su equipo. Solo quienes saltaban alto. Y en realidad, solo uno: Shinsuke Kita.
—¿Ocurre algo, Atsumu-kun?
Así sonaba su voz: como una especie de arrullo que calmaba sus ansias y le provocaban ganas de huír despavorido al mismo instante. Aterrado como un cervatillo a punto de ser fusilado.
—N-no —respondió tartamudeando. Él, Atsumu Miya, tartamudeando —¿Tengo mala cara?
Kita sonrió. Siempre lo hacía, incluso cuando parecía no haber motivo y eso lo asustaba aún más. El sonido de sus compañeros revoloteando en sus sentidos mientras se alistaban antes de su entrenamiento matutino. El sol de verano reflejado en los iris claros.
—Es raro que me hagas esa pregunta. Generalmente soy yo quien está perdido cuando me miran.
Desde su ingreso al equipo de voleibol del colegio Inarizaki, Atsumu no escuchó a nadie. Ni a su hermano, ni a Aran (aún cuando tuviera una admiración por él capaz de hacerle cambiarse el nombre para sonar más cool) Pero algo cambió cuando ese muchacho de metro setenta y ocho lo vió a los ojos. La mirada ámbar en la suya. La parsimonia de sus movimientos. La lentitud de sus palabras. La sensación de que alguien estaba observándolo. Y aún cuando quisiera ignorarlo, no podía: siempre estaba ahí. Siempre parecía verlo. Sentirlo. Como si atravesara su piel y carne hasta las profundidades de su alma. Así, aunque Kita no entraba a jugar, Atsumu sabía que lo observaba. Aunque no tuvo una camiseta durante el primer año que estuvo en el equipo, sabía que lo observaba. Y lo comprendió al instante que Kita fue elegido capitán. Cuando lo vió llorar, derrumbando esa premisa de robot sin sentimientos que le helaba la sangre cada vez que lo veía fijo. En ese instante, al saber que él sostenía su espalda cuando realmente no sabía que lo necesitaba, entendió lo que era respetar a otra persona. Considerarla algo más. Y entendió que Kita no solía observarlo en silencio. No. Era algo más.
Cuando agosto llegó, también lo hizo el torneo nacional. El último en el que participarían los alumnos de tercero. El último de Kita, Omimi y Aran. Quizá por ese motivo, cruzar las puertas de cristal y metal brillante del estadio central de Tokyo había sido tan significativo.
Cuando los tres primeros encuentros terminaron en victorias tras victorias, el sentimiento de ser invencible se agolpó en ellos como no podían controlarlo, aún con el aire sereno que caracterizaba a los zorros de Inarizaki. El uniforme negro. Los instrumentos de viento a sus espaldas. Los alientos desenfrenados. Los rostros calmos. Eran los retadores indiscutidos. Aquellos que no necesitaban recuerdos, porque siempre iban un paso adelante, jamás volteando el rostro al pasado.
Cuando el partido contra Itachiyama concluyó en su derrota, no hubo llantos. No hubo maldiciones. No hubo quejas. No hubo nada.
Solo hubo silencio.
Gritos. Maldiciones. Palmadas en la espalda. Y silencio.
Porque es lo que ocurre cuando se llega a la final y te arrebatan ese momento. Cuando en el podio, alguien más está sobre tí. Aún cuando vitoreen tu nombre, no es el tuyo en la cima. Así lo pensaba Atsumu Miya. Así lo demostraba destrozando sus propias habilidades por no ser suficientes. Las de su hermano por no estar a la altura. Las de todo un equipo por no haber ganado. Y por eso las palabras de Kita habían sido para todos.
Todos jugamos bien. Nos queda el torneo de primavera.
Habían ascendido. Prometieron mejorar en esos meses. Después de todo, eran los retadores más fuertes, y para ellos no había pasado. No había recuerdos. No había memorias. No había lamentaciones.
Tampoco para él.
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—¿Estás bien? —habló Aran a su lado.
Los ojos ámbar se fijaron en él como si pudiera ver a través de él, buscando reflejarse en las gemas oscuras. Solos, como siempre que se mantenían en silencio hasta que el resto de los muchachos acababan de ducharse. El silencio golpeándolos justo después de aturdirse con las voces que abandonaron el recinto.
Dos días desde que Itachiyama los había hecho volver a casa tras perder la final con Itachiyama. Un set ganado. Y eso fue todo. Segundo lugar. Un segundo lugar que Atsumu había gritado con una deshonra atroz. ¿Por qué? Se preguntaba. Segundo de entre cientos de equipos de todo el país era algo bueno, ¿verdad? Era parte de su camino, pensó. Porque él era el capitán. El guía. Quien llevaba la linterna al mostrar el camino. Y para él, siempre el camino había sido más importante que los resultados finales, al fin y al cabo. Entonces, ¿por qué...?
—Si —respondió al segundo siguiente. Como si cada pensamiento en su mente no hubiese durado una eternidad.
—Kita...
—Aran-kun... —se permitó interrumpirlo. El moreno observándolo casi con respeto—. Desde luego que hubiera preferido ganar. Pero aún tenemos el torneo de primavera, y nosotros...
—Yo también hubiera preferido ganar, Kita —lo imitó en su ímpetu de calma—. Y lo acepto. Jugamos bien, pero no alcanzó. Ninguno de nosotros tuvo la culpa. Pero quiero que tú lo entiendas.
Parpadeó tantas veces como pudo. Una canilla perdida goteando a lo lejos. El rostro pálido tratando de recalcular sus palabras.
—¿Entender...?
—Atsumu es un idiota, aún cuando su furia está justificada —le dijo. El enorme cuerpo erguido a su lado—. Pero ni él ni nadie te culpa de esto. Eres nuestro capitán y nos guiaste bien.
—Pero, yo no...
—No te comprendo a veces, ¿sabes? Porque tienes tan en claro las cosas cuando se las explicas a todos, para luego cagarte en ellas cuando se trata de tí mismo —habló de un tirón. Cada palabra fuerte como la pisada de un oso pardo—. Cuando le hablaste a Atsumu, quedó tan pasado en seguridad que tuve que frenarlo antes de que se llevara puesto a alguien. ¿Por qué luego te caes en silencio? Te lo repito, eres nuestro capitán y nos guiaste bien.
—Aran-kun...
—No actúes como si no estuvieras pensando eso —espetó serio—. Desde que volvimos te comportaste como pidiendo perdón cada vez que abrías la boca.
¿Qué?
—Aran-kun, yo no he abierto la bo...
—¡No es literal, mierda! —gritó antes de calmarse. No estaba hablando con los gemelos. Aún podía mantener la calma—. No dijiste nada, pero a la legua se nota que te sientes culpable. Y te estoy diciendo que no lo hagas.
Silencio.
Silencio.
—Perder dolió. Lo sabes. Todos lo sabemos. Pero tenemos el torneo de primavera para demostrar lo que somos, y el tipo de capitán que eres. Así que deja de decir una cosa mientras piensas otra, y créetela de una vez.
Shinsuke Kita no era el mejor para descifrar pistas sociales. A veces, sentía que alguien debía levantar un letrero deletreando SARCASMO cuando Atsumu hablaba. Y agradecía que quien lo hacía, en su gran mayoría, era el muchacho que le ofrecía una mano para levantarse del banco de madera donde estaba sentado. El silencio rodeandolos, dejando escuchar la risa de sus amigos tras la pesada puerta de metal. Aún el día estaba comenzando.
Aún su año no terminaba. Tampoco su capitanía.
Wow. Esa molestia tenía nombre, ¿verdad? Y era tan irónico como no podía entenderlo. Porque le había dado un sermón al gemelo rubio para animar sus pasos, cuando era él quien...
—¡Kita-sempai! ¡Aran-sempai! —la potente y ruidosa voz de Atsumu Miya sonó tras la puerta —¡Nos vamos!
Sonrió.
Aún su año no terminaba. Tampoco su capitanía.
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Cuando octubre anotó su primer día en el calendario, también lo hizo el retorno de las chaquetas en los uniformes de Inarizaki ante los vestigios del otoño sobre ellos. Los colores cambiantes de un verde potente haciéndose a un lado. El resonar de las hojas secas y crujientes bajo sus pisadas. Día a día, los tonos cálidos de días helados parecían estar abriéndose ante todos los que caminaban por las calles de la ciudad de Kobe. Incluso dentro de las aulas de Inarizaki, donde nadie parecía querer abandonar sus asientos para comer su almuerzo. Y tampoco lo hacían los tres amigos formados en grupo alrededor del banco de la chica de cabello oscuro. Tampoco el alto armador del equipo, reunido con ellos buscando compañía. Y a su hermano. Y comida.
—Mamá te dio dinero para el almuerzo —reprochó Osamu con el ceño profundamente fruncido—. ¿En qué lo gastaste?
—¡Callate! Solo compré dos bollos de carne y quedé con hambre.
—Púdrete.
—¡Se que te da más dinero que a mi!
—Porque no lo gasto en idioteces como tú —le dijo cruzándose de brazos—. Aprende a ahorrar.
—¡Deja de darme sermones y préstame dinero para el almuerzo!
—Ya almorzaste.
—¡Eres un hipócrita! Siempre estás comiendo. Sabes lo que se siente el hambre.
—¿Lo dice el ser más hipócrita del universo?
—¡Samu!
Un partido de tennis de mesa. Una batalla campal. Un segmento de comedia manzai. No tenían una forma real para describir lo que siempre pasaba entre esos dos casi a diario a la hora del almuerzo. Porque desde hacía casi dos meses, Atsumu había ido religiosamente a llenar de forma peligrosa el jarrón de paciencia que Osamu procuraba mantener vacío. Y que fácilmente terminaba en el suelo, destrozado como la cara de Atsumu cuando lo provocaba en demasía.
—¿No deberías detenerlos, Rintarou-kun?
—Nah, están bien.
—De verdad estás grabando un documental sobre ellos por si tu carrera como profesional fracasa, ¿no?
—Hay que ser precavido —dijo con una sonrisa cínica en sus labios—. Te recomiendo hacer lo mismo.
Chizuru carcajeó con fuerza, negando de lado a lado con la cabeza. El cabello suelto acompañando el movimiento.
—Tengo pensado ser concertista, ¡tenme un poco de fe!
—La tengo. Pero si fracasas, siempre es bueno saber que tienes un respaldo en las idioteces de estos dos.
—No te preocupes. Tengo un respaldo. Pienso pedir monedas en Shibuya.
—¿Por qué Shibuya?
—Hay que pensar a lo grande, ¿no?
Suna ahogó una carcajada contra su mano lo suficientemente fuerte como para interrumpir la filmación justo cuando cayeron al suelo, rodando uno sobre el otro como dos enormes gatos trenzados en puros gritos agudos. Los rostros rojos y desencajados. Las voces y risas de sus compañeros arengando el momento. Casi tan cotidiano como nostálgico. ¿Y si el año próximo no eran compañeros de salón? ¿Y si...?
—Tu recital es el próximo mes, ¿verdad? —la voz de Suna interrumpió sus pensamientos.
Lo miró asombrada. ¿Había dejado de grabar? Pero esos dos seguían dándose madrazos con ganas. ¿No iba a documentarlo? ¿Y a nadie se le ocurría frenarlos por piedad...? No. Así era más diverti...
—¡Si! —respondió sonriente—. Estamos practicando mucho después de clases. Por eso casi no paso por el gimnasio a verlos a ustedes y a Shinsuke-kun. ¡Los extraño!
—¿Te das cuenta de que me estás viendo en este momento y vives junto a Kita-sempai?
—Te estoy dando mi cariño, no lo tires como si fuera nada —respondió ofendida.
Suna sacudió la cabeza, deseando no estarse sonrojando. ¿Cómo podía decir cosas así? ¿Se daba cuenta de que la mitad de las cosas que salían de su boca caían bien solo porque era ella?
—Osamu y yo iremos a verte —le dijo—. Pero si te equivocas te grabaré igual.
—¡No me cabe duda!
Desde ese primer día de abril, Chizuru y Rintarou habían ido acercándose hasta tenerse la suficiente confianza como para hablar en un mismo lenguaje. Un sarcasmo sutil que casi no podía notar en ella por la forma explosiva con la que estallaba en risa y la incapacidad física de mantenerse seria. Y aún cuando la joven parecía llenar a la perfección el formulario del tipo de persona que lo sacaría de quicio, no había ocurrido. Y es que Chizuru parecía haber roto las defensas de Suna como un gatito bebé ablanda un corazón de piedra a puros maullidos tiernos.
¿Que si creyó que le gustaba? Si. Lo creyó. Lo pensó.
Y la idea se borró de su mente al instante siguiente.
—¿Cómo es? —le preguntó.
Chizuru giró la cabeza hacia él arqueando graciosamente una ceja oscura. ¿Qué...?
—¿Eh...?
—Vivir junto a Kita-sempai —continuó—. ¿Cómo es?
Borró la idea de su mente al instante siguiente porque olió a kilómetros lo que ocurría dentro de la cabeza de chorlito que ahora parecía verlo como quien mira a un lunático. La cabeza caída sobre el hombro derecho. Los mechones oscuros sobre el rostro pálido. La nariz fruncida como oliendo vinagre.
—¿Me estás filmando para una sesión de caras raras?
—No, boba —si. Tanta confianza como para llamarla boba—. Pero quería saber que se siente vivir junto al tipo más escalofriante que conocemos.
Silencio.
Silencio.
Y respondió.
Chizuru respondió con una carcajada tan fuerte que por un instante, los gemelos olvidaron que estaban destrozandose a golpes en el piso del salón dos en pleno receso. Tanto, que la joven sintió arder su abdomen como lenguas de fuego incandescentes. La misma sensación que tuvo cuando la pusieron a hacer abdominales en educación física por reírse a los gritos en clase.
—¡Shinsuke-kun no es escalofriante! —le dijo entre carcajadas de velocirraptor—. ¿Por qué lo llaman así? Siempre me lo comenta y ni siquiera él lo entiende del todo.
—¿De verdad no te diste cuenta?
—¿De qué? ¿De que no capta el doble sentido con facilidad? ¡Claro que si! Pero se rie siempre que se lo explico. A veces. Otras me siento avergonzada por decir cosas raras y me empiezo a reír. ¡Pero él también se ríe!
¿Por qué se había puesto roja de repente? ¿Se estaba ahogando con su propia risa? Si, se estaba ahogando con su propia risa. Era normal. Todo lo que incluyera sonidos guturales y gritos agudos era normal en ella. Incluso cuando describía con tanta ternura a su capitán.
—Bueno —comenzó a decir Suna—. Debo admitir que Kita-sempai cambió mucho desde el día en que recibió su camiseta.
Casi al mismo tiempo en que la había conocido a ella. Pensó. Calló.
Y agregó.
—En realidad, siempre fue un buen tipo. Solo que da terror.
—¡Eres cruel pero justo! —rió Chizuru—. Aunque tu me diste más miedo cuando te conocí.
—¿Con mi charla sobre Iori?
—Nah. En realidad los dos me parecieron increíbles desde el momento cero.
Mierda. ¡No podía pretender que un ser humano no se sonrojara con eso! ¡Ni siquiera le gustaba y aún así lo hacía poner rojo! Ese tenía que ser algún tipo de superpoder.
—¿Cómo está? —la escuchó decir.
Suna la vio de soslayo. Las largas pestañas iridiscentes brillando al sol de la tarde. Los gritos cesantes de la pelea terminada. Las voces risueñas a sus alrededores.
—Está bien —le respondió.
Claro que sabía a qué se refería. Porque Kita había vuelto a ser el mismo días después de su charla con Aran. Aquella que creían, había sido privada. Pero nada jamás era privado en el vestuario del equipo de voleibol masculino del colegio Inarizaki. Y mientras Oujiro Aran parecía levantar a golpes de palabras ciertas la moral y orgullo de Kita, el resto del equipo estaba agolpado contra la pesada puerta de metal, con los oídos encendidos y los sentidos alertas. Porque era su capitán. El que los impulsaba en todo momento. La cadena que los unía. Y el terror que le tenían no era nada en comparación a la admiración que provocaba en cada uno de ellos.
—¡Que bueno! —fue su sola respuesta.
La mano blanca sobre su pecho. La risa contenida. Los ojos cerrados. La definición gráfica del alivio frente a sus ojos verdes. Sonrió. De verdad debía quererlo mucho.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Y la campana sonó.
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Luego de la derrota contra Itachiyama ese verano, Atsumu se volvió más infalible que nunca. Más sagaz que nunca. Mas insoportable que nunca: y es que orquestaba los entrenamientos obligando a todos sus compañeros a dar lo mejor. A saltar cada vez más alto y sincronizarse al ritmo que él dictaba con una sonrisa edulcorada que empalagaba cada poro de quien se animara a mirarlo fijo. Y sin embargo, ahí estaban: mejorando día a día. Y todo esto era posible gracias a ese cuerpo de hierro y manejado a la perfección. Con un control único y milimétrico. Algo inhumano que cada miembro del equipo no podía dejar de observar.
Atsumu Miya nunca se enfermaba. Jamás. A sus propios ojos, era como uno de esos robles enormes y de grueso tronco que no se caen durante mil tormentas. Podía comer lo que fuera, y su estómago lo resistiría. Salir desnudo a la calle, y no iba a enfermarse. Una vez dijo que si se rodeaba de leprosos, nada malo le pasaría de todos modos. Así de potente era el muro que lo rodeaba en cuanto a su salud se tratara. Tan enorme y grueso como su ego y molestia hacia otro ser vivo. Por eso, Atsumu Miya no se enfermaba. Jamás. Nunca. En la vida.
—¿Estás resfriado, Atsumu-san?
—¡CLADO QUE DO!
¿Cómo se atrevía siquiera ese kohai a suponer algo así? ¿Él? ¿Resfriado? ¡La osadía! ¡La desgracia! ¡La...!
—¿Tienes la nariz roja y no puedes pronunciar correctamen...
—¡Cállate, estoy bien! —gritó con fuerza —¡Me pondré peor si no practico como debo!
El muchacho de cabello corto lo observó casi con admiración. El porte digno a pesar de tener agua cayendo de sus fosas nasales, tratando a toda costa de volver a meterla en su sistema con una inspiración ruidosa. El entrenamiento vespertino apenas comenzaba, y hasta ese instante nadie se había dado cuenta de nada. Como si pudiera esconder todo bajo ese semblante neutro.
—¡Wow! —respondió su kohai con admiración—. ¡Tienes mucho espíritu, Atsumu-san! ¡Nada es más importante que el voleibol!
Desde luego que nada lo era. Para Atsumu, era todo. Lo primero, lo segundo y lo último. Lo que hacía y quería seguir haciendo. Lo que era realmente bueno haciendo. Y lo que...
—Vete a casa —oyó decir a sus espaldas.
Atsumu había escuchado algo sobre el infierno congelándose el día del apocalipsis. Llamas eternas convertidas en estalactitas puntiagudas y el frío aliento de la muerte en su cuello a la hora final. Bueno, eso fue lo que sintió cuando la voz calma y pacífica y tétrica de Shinsuke Kita sonó tras él. Porque se vio descubierto como un niño en medio de lo único que no tiene que hacer. Y esa tarde, en el gimnasio donde pasaba la mayor parte de su día, creyó genuinamente que el fin del mundo vendría bajo el manto de paz que su capitán irradiaba constantemente.
—K-Kita-san...
—No tienes que sobre exigir tu cuerpo, Atsumu-kun —comenzó a hablar—. Vete a casa ahora mismo.
Atsumu tragó saliva con fuerza. El dolor en su garganta por la inflamación de sus canales respiratorios reaccionando como si estuviese ingiriendo arena seca. Maldita se...
—No halagues a alguien por no cuidar de su salud —le dijo al muchacho volteando medio cuerpo hacia él. El rostro de terror indescriptible—. No es correcto.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—L-lo s-siento...— balbuceó el muchacho esperando que fuera coherente con la catarata de perdones que trataba de expresar.
Osamu, Suna y Akagi se mantuvieron a un costado de la situación, casi como esas estatuillas de monos que parecían no ver, escuchar ni emitir sonido. Casi como si no quisieran interrumpir el sermón en vida que Shinsuke Kita estaba dándole a dos idiotas a plena luz de la tarde de octubre.
Y cuando el entrenador Kurosu los llamó a comenzar, Atsumu ya no estaba con ellos.
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Siempre hay alguien cuidándote
Esa era la premisa con la que Yumie Kita había criado a su nieto. Que alguien velaba por su seguridad. Que alguien lo observaba. Que por eso, él debía construir su vida con la mayor dignidad posible y vivir acorde a sus propios valores.
Kita sabía perfectamente que su abuela se refería a que ese alguien eran dioses. Seres omnipresentes que no juzgarían sus pasos, pero sí lo observarían a cada uno de ellos. Y sin embargo, él no hacía las cosas como estaba acostumbrado por miedo a ellos. Tampoco porque lo estuvieran mirando: lo hacía porque se sentía bien. Cuidar de su condición física, limpiar, ser agradecido y jugar voleibol. Todo eso lo hacía con el mismo ímpetu y constancia porque así lo sentía.
Repetición.
Perseverancia.
Diligencia.
Esas eran las palabras que movían su vida. Las que lo llenaban de significado y motivaban a caminar. Incluso ahora que había salido del entrenamiento vespertino. Ahora que se había despedido de Osamu, pidiéndole que le enviara recados a Atsumu y le avisara como se sentía. De Suna, caminando calle adentro poco después. Y de Aran, con quien había charlado más de lo que estaba acostumbrado ese día. Como si el alto moreno quisiera asegurarse de algo en su forma de hablar.
Repetición.
Perseverancia.
Diligencia.
Esas eran las palabras que movían su vida. Las que lo llenaban de significado y motivaban a caminar.
Incluso cuando esa misma tarde, sabía, Atsumu se había ido de mal humor a casa. Lo conocía, aún cuando fueran a años diferentes y solo compartieran juntos las horas que tenían en el Club. Lo conocía, porque Atsumu era prácticamente su opuesto natural: tan molesto como un niño de cinco años al que sentía la necesidad de proteger, porque no lo haría solo. Porque ese era Atsumu Miya: el armador estrella. El más ruidoso de Inarizaki. Pero el que menos atención ponía a su alrededor cuando algo no se trataba del deporte que practicaban juntos. Y bajo ese carácter a veces desagradable, sabía que había un chico al que tenían que vigilar para que no se estrellara la cabeza contra la pared.
Por eso, ahora estaba ahí. Pasando las puertas automáticas de la tienda de conveniencia a pocas calles de su casa, cuando el sol terminaba de ocultarse bajo la mata de árboles más al oeste. Cuando los colores cálidos en el firmamento se habían ocultado por completo y dejaba solo el paso iluminado por las farolas callejeras, como focos en la oscuridad. Y su mente permanecía en silencio concentrado en la lista mental que él mismo se había hecho, no permitiendo que la canción de pop ligero de la radio encendida ingresara por su canal auditivo hasta las profundidades de su mente. Porque, evidentemente, necesitaba algo más para que perdiera la concentración. Algo distinto. Algo real.
—¡Shinsuke-kun! —oyó.
Claro que sabía quien era. A esas alturas le era imposible no asociar su voz al rostro vibrando en una sonrisa enorme. La luz tras su cabeza haciendo que el cabello oscuro se tornara rojizo, como si las ondas despeinadas fueran llamaradas reflejando su interior. Y el suyo, cada vez que la veía. Esa sensación punzante y adictiva a la que no podía ponerle nombre más que el suyo. Por eso giró medio cuerpo con una sonrisa en el rostro pálido, viéndola como un halo brillante. Lo único brillante en una noche de otoño.
—¡Shinsuke-kun!—gritó Chizuru nuevamente corriendo hacia él. Si. Corriendo entre las góndolas. Exactamente lo que no debía hacer—. ¿Qué haces aquí? ¡Oh! Claro, genio. Viniste a comprar. ¡Lo siento! Cuando digo algo estúpido me respondo sola. Así conservó algo de dignidad. Creo.
Los brazos delgados se movían con tanta velocidad que apenas eran visibles. Como si quisiera aplaudir sin sonido. Como si quisiera correr y echar a volar a toda velocidad. Kita estaba acostumbrado a la risa de Chizuru. Hacía meses que la oía estando justo a su lado. A metros. A calles de distancia. Era como miles de furin sonando al mismo tiempo que una explosión nuclear y su canción favorita en el mismo segundo.
—Imagino que también estás de compras, ¿verdad? —le preguntó tratando de que dejara de maldecirse a sí misma.
Chizuru asintió feliz. La sonrisa llena de dientes antes de volver a contestarle en el mismo tono.
—¡Mamá va a preparar curry! Nunca prepara curry, así que cuando lo hace es como navidad pero sin las decoraciones —los ojos azules parpadearon muchas veces cuando se enfocaron en las manos blancas sosteniendo la canasta metálica—. ¿Estás resfriado?
Shinsuke supo de lo que hablaba cuando lo miró con verdadera preocupación en su rostro. Sacudió la cabeza con delicadeza, negando categóricamente.
—No —habló calmo—. Es para Atsumu-kun. Hoy vino a entrenar sintiéndose mal y lo envié a casa.
—Eso debe haber sido un espectáculo digno de verse... —susurró.
—¿Por qué?
—¡Por nada! —atajó su respuesta. No podía explicarle eso sin dejar una vez más en evidencia el terror que el rubio sentía por él.
Caminando lado a lado, tomando los productos necesarios de las góndolas que rodeaban sus cuerpos. Curry en polvo. Arroz blanco. Vegetales frescos. Agua de limón. Caramelos ácidos. Frutos cítricos. Rieron al notar lo dispar de sus canastas, aún cuando iban juntos. La música ahora ausente para ambos, casi sin oír más que el sonido de sus propias respiraciones en el más absoluto silencio.
Solo cuando Kita no parecía decidirse entre dos botellas de jarabe para la tos, Chizuru volvió a hablar.
—¿Por qué estás comprandole esto ahora? ¿Vas a ir a su casa?
—No —respondió moviendo la cabeza de lado. Y se decidió por el jugo de naranja—. Pero sé que va a venir a entrenar por la mañana.
Silencio.
Silencio.
—¿Y le vas a dar la reprimenda de su vida? ¡No seas duro con él! ¡Atsumu-kun se rompe fácil!
¿Se rompe fá...?
—No voy a decirle nada —habló. La mirada ámbar sobre ella. ¿Siempre había tenido la piel tan blanca?—. Pero si Atsumu-kun no se cuida solo, hasta que lo haga, deberé ayudarlo.
¿Ayudarlo? ¿Qué? Chizuru juntó todas las fuerzas de su cuerpo físico para no sonrojarse frente a él. Frente a sus palabras. Frente a lo que acababa de demostrar siendo una persona totalmente desinteresada por ayudar a su amigo y kohai. Por...
—Vas a hacerlo llorar —espetó rascándose la nuca. Kita parpadeó varias veces.
—¿Crees que se sienta peor?
—¡No! —se apresuró a gritar. Era bueno que fueran de los pocos en la tienda a esa hora—. Pero ese chico te admira mucho. ¡Es como que lo cuide su héroe! Eso emociona a cualquiera.
¿Eh? ¿Héroe? ¿Qué...? ¿Por qué sonreía tanto? ¿Las pecas de su rostro siempre se deformaban así cuando reía? ¿Por qué estaba encontrando formas en ella? ¿Sus ojos solían ser tan azules? ¿Por qué la canasta le pesaba tanto y sus pies se hundían en la loza blanca? ¿Por qué le costaba mantenerse derecho? ¿Por qué sentía que el pecho se le llenaba de agua cálida...?
—¿Y qué hay de ti? —continuó Chizuru cortando sus pensamientos.
—¿De mi?
—Si —dijo—. No es que quiera meterme demasiado. Pero imagino que ser capitán es un trabajo pesado hasta para ti.
Y lo era. Solo que ella nunca se había animado a preguntar. Porque desde esa tarde de agosto, cuando perdieron contra Itachiyama, Shinsuke se había mantenido estóico como de costumbre. Parco, calmo, tranquilo. Inmutable a los ojos normales. Pero claro que había notado ese dolor en los iris claros. El mismo que seguramente había visto Aran. Con la diferencia de que la confianza del alto rematador era superior a la suya. Con la diferencia de que podía decirle las cosas sin trabarse ni empezar a reír más de lo que normalmente lo hacía. Con la diferencia de que a él, podían tomarlo en serio.
—Bueno...—comenzó a responderle.
¿Qué podía decirle? Estaba bien. Él consideraba que estaba bien. Repetición. Perseverancia. Diligencia. Mientras tuviera esas palabras como un mantra real estaría bien. Alguien cuidaba de él. Y él cuidaba de otros. Todo estaría bien. Todo...
—¿Sabes, Shinsuke-kun? —le habló al notar la laguna donde se había metido—. Me recuerdas mucho al protagonista de mi libro favorito.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¿Tu libro favorito? —preguntó.
¿Qué...?
—¡Si! Las ventajas de ser Invisible.
Las ventajas de ser invisible. Nunca lo había escuchado nombrar, jamás. Y su cerebro implosionó al solo concebir la palabra invisible en la misma oración que el nombre de Chizuru. ¿De dónde había salido eso? ¿Cómo había llegado a esa conclusión? ¿En qué momento la conversación se había desviado y ahora ella parecía estar cuidand...?
—No lo conozco —dijo con el rostro calmo. Quemándose por dentro.
—¡Te lo prestaré mañana si quieres! El protagonista es un chico bastante torpe socialmente y que ve todo desde afuera hasta que conoce un grupo de amigos que lo hacen abrir...¡Oh! ¡Mierda! ¡No! ¡No te llamé torpe! ¡Te juro que no te llamé torpe! ¡Mierdamierdamierda!
Shinsuke no supo en qué momento empezó a reír tan fuerte a causa del rostro desencajado de Chizuru. No supo en qué instante pasó a ser el centro de atención de las miradas de las pocas personas en la tienda. Ni cuando se dobló sobre su abdómen. Ni cuando tuvo que sostener la canasta para que no se cayera. Solo trató de volver a concentrarse en ella cuando se irguió nuevamente, ahora pagando por sus compras. Saliendo al frío de fines de octubre. El aire helado soplandole fino a la cara. La voz de Chizuru en sus oídos cuando recuperó el color pálido luego de sonrojarse furiosamente. Y entonces, él habló.
—Nunca me dijiste por qué te recuerdo al protagonista de tu libro —musitó calmo. Ya ninguna música sonaba más que los grillos perdidos en la noche de luna.
La piel pálida brillando como si tuviera cristales desde su interior. La sonrisa clara. La voz tan suave que le costó reconocerla.
—Por una frase en particular —respondió. Las manos cargando sus bolsas. Y entonces, habló—. No puedes poner todos los demás por delante tuyo y creer que eso es amor.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¿E-eh...?
Chizuru sacudió la cabeza, sabiendo que debía aclarar sus palabras antes de que no supiera como hacerlo.
—Siempre cuidas a los demás, Shinsuke-kun —le dijo. Los pasos más lentos. La voz más calma. Los ojos azules brillando—. A tu abuela. A Atsumu-kun, Osamu-kun, Aran-san, a todos. Siempre estás atento a lo que haga falta. Pero a veces, tienes que notarte antes.
La falta de sonido entre ellos nunca fue tan profundo. Tan seco. Tan calante a los huesos. Como millones de vidrios rompiéndose. Una epifanía brutal ante sus ojos. Quemando su cuerpo. Hirviendo sus oídos. Perforando su pecho.
—Chizuru-chan, te aseguro que cuido de mi salud —le habló tratando de mantenerse calmo. Fallando—. No tienes que preocuparte ni pensar que algo va a pasa...
—¡Oh! ¡No! —le dijo. La sonrisa más hermosa jamás dejandolo respirar—. No me refiero a eso. ¡Te cuidas más que nadie! Eso no lo dudo. Pero...
¿Por qué ya no hacía frío?
—Creo que no sueles hablar con nadie a menos que te lo pregunten muchas veces —musitó. Casi como si eligiera las palabras con tanto cuidado que podía oírlas—. Por eso, muchas veces los demás no saben que piensas.
Falta de sonido. Así solamente podía describir Kita al silencio rodeandolos. Falta de aire era lo que tenía en su pecho. Y ese dolor entre su esternón y el músculo de su corazón seguía sin poder definirse con otra palabra que no fuera su nombre. Y en algún momento, sabía que habían llegado hasta su hogar. Las luces sobre ellos como enormes faros que hacían brillar el cabello oscuro, como un halo en su cabeza.
—Tus amigos confían tanto en tí que saben que vas a estar bien, porque te cuidas lo suficiente Pero no sueles hablar de tus problemas a menos que te maten a preguntas, y eso me preocupa. —continuó. La sonrisa tímida. Hermosa. Demoledora. Como ella—. Pero si realmente eso quieres, y es lo que hay que hacer para ayudarte, ¡lo haré!
¿Qué...?
—Chizuru-chan... —musitó.
—¡Prometo que te preguntaré todos los días! —le dijo. ¿Por qué le parecía verla temblar? ¿La sonrisa tierna, alegre, y casi como si quisiera llorar? —Lo prometo.
Shinsuke Kita no era el mejor para interpretar claves sociales. No era el más indicado para leer la mente de las personas. Para sacar en limpio lo que otro pensaba. Y en ese instante, apenas podía leerse a sí mismo.
El corazón que martilleaba en su pecho, resonando en todas sus cavidades y huesos hasta destrozar con fuerza sus sienes. Sus costillas destrozadas por un fuego helado expandido desde las entrañas. Las piernas delgadas pero fuertes que parecían querer dejarlo caer al suelo, convertidas en gelatina derrumbadas con un simple soplo de su aliento. El aroma a fruta de su cabello taladrando sus sentidos por el aire helado que los cruzaba. El silencio sepulcral que había tragado la luz y los diminutos ruidos de la calle donde creció. Porque ahora solo ella estaba frente a sus ojos, brillando con tal intensidad que le hacía sentir que nunca antes la había visto. Como esa tarde frente al piano del club de música. Como la melodía que salía de sus dedos delicados al colisionar contra las teclas de un instrumento que simulaba ser una extensión de su propia alma. Porque solo de esa forma podía transmitir como lo hacía. Como su risa, reflejada en una canción. Como sus palabras perforando su piel. Como sus ojos clavándose en sus huesos. Como su propio ser dándole un nombre a esa sensación punzante entre el estómago y el músculo de su corazón. Porque sí, era su propio nombre. Era su propio nombre gritándole que estaba enamorado de ella.
Y lo dijo. Y de sus labios salieron esas palabras que quisieron brotar por sí solas. Y su voz sonó en el aire helado rompiendo la ausencia de sonido creada por sus propios pensamientos.
—Realmente te gusto, ¿verdad, Chizuru-chan?
Y el silencio se hizo pesado entre ambos.
Kitsune no yome iri - Literalmente significa 'boda de zorros' y viene de la leyenda que dice que los zorros se casan cuando llueve y el cielo es azul.
