Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención


CAPITULO III

Un beso inesperado

Esa noche Candy la pasó en el rancho de Tom. A la mañana siguiente, se levantó temprano para ir a buscar a los niños que habían quedado en la mansión Andrew, en compañía de su amigo de la infancia. Cerca de las diez de la mañana llegaron a la mansión, cuando Candy se encontró con los niños jugando alegremente en la piscina.

—Parece que los niños la están pasando bien aquí -comentó Tom, viendo la alegría de los chiquillos.

—Si, pero me imagino como debe estar la tía abuela, hecha una furia. Es mejor que nos los llevemos de una vez -dijo Candy caminando hasta ellos -. ¡Niños tenemos que irnos!

—¡Nooooo! -gritaron los pequeños al mismo tiempo.

—Niños, hay que regresar al hogar.

Pero ellos no le hicieron caso y siguieron jugando en la piscina.

—¡Estos niños! ¿Y ahora como me los voy a llevar?

Albert se acercó a ella.

—No tienes por qué llevártelos, se están divirtiendo mucho.

—Albert, sabes que no deben estar aquí.

—¿Y el hogar de Pony está en condiciones para que regresen los niños?

—Si, el señor Steven, el padre de Tom mandó a sus empleados a limpiar el hogar. Niños si no se salen de la piscina me voy a enojar mucho con ustedes -les advirtió Candy con autoridad.

—Déjalos, yo me hago responsable de ellos. Mas tarde te los mando al hogar de Pony.

Ella lo miró dudosa, pero no tenía otra alternativa, ya que los niños estaban negativos a irse de la mansión.

—Está bien, Albert…voy a confiar en ti.

—Yo nunca te he fallado -le dijo mirándola fijamente.

Ella bajó la mirada, sintiendo un signo de reproche en esas palabras

—Si…la que te falle fui yo, por haberte dejado por Terry -dijo Candy saliendo del jardín.

Albert se quedó confundido, pensando en aquello que ella le había dicho con tanto dolor, como si se sintiera arrepentida de la decisión que había tomado en el pasado.

—¡Espera, Candy! -le gritó.

Ella regresó hasta él.

—¿Que sucede, Albert…?

—¿Hay algo que tienes que decirme…?

—No, nada…Adiós y gracias por todo -se despidió la rubia, pensando que era mejor dejar las cosas así y no seguir indagando en lo que ocurrió años atrás.

Días después…

Albert tenía todo listo para regresar a Londres. Hubiera preferido quedarse más días en Lakewood junto a su tía y sobrinos, pero era mejor marcharse lo antes posible. El rencuentro con Candy lo había hecho sentir cosas que no quería. Ella ya no era parte de su vida, ahora su vida estaba en Londres, donde tenía muchos asuntos que atender, entre ellos casarse con Roxanne.

Esa mañana después de desayunar, Albert subió a su habitación para terminar de arreglar su maleta. Ese mismo día viajaría a Chicago, donde tomaría un vuelo a Londres. Una vez lista la maleta, bajo para despedirse de su tía Elroy y sobrinos que estaban triste por su partida.

—Tío, ¿porque no te quedas más días con nosotros? -le preguntó Archie.

—No puedo, tengo compromisos que atender en Londres.

—Yo también desearía que te quedaras -le dijo Elroy -. Pero sé que tienes que regresar, tu novia te espera para los preparativos de la boda.

—Si…la boda será pronto. Saben que deseo que todos ustedes asistan.

—Ahí estaremos -le confirmó Stear.

—Bueno…ya me voy.

—Llévate uno de los automóviles, después lo mando a buscar al aeropuerto -le dijo Elroy.

—De acuerdo, tía.

Albert se despidió de su familia con un fuerte abrazo para cada uno de ellos y salió de la mansión, para tomar el automóvil que lo llevaría a Chicago.

En el trayecto sintió mucha nostalgia de marcharse de su querido Lakewood. Como hubiera querido hacer su vida en ese lugar, pero el destino había querido otra cosa para él, en otro continente, con nuevas personas, dejando atrás todos aquellos anhelos que solo había deseado tener en Lakewood.

Manejo un por un largo camino, cuando en ese instante un animal se atravesó en la carretera, provocando que el automóvil perdiera el control y chocara en un árbol.

A esa misma hora, Candy iba caminando por ese lugar, cuando vio al automóvil incrustado en el árbol. Asustada se acercó a él, viendo por la ventana que Albert estaba mal herido.

—¡Albert! -exclamó angustiada, abriendo la puerta para ver cómo se encontraba -. Por favor…reacciona…

El comenzó abrir sus ojos, encontrándose con aquella hermosa rubia de mirada verde.

—¡Candy! -la nombró con una voz débil.

—¿Como te siente? -le preguntó ella viéndole una herida en la frente.

—Me duele la cabeza y las costillas.

—Déjame sacarte de aquí. ¿Puedes caminar?

—Si…

Albert se afirmó en Candy y ella lo sacó del automóvil dejándolo sentado debajo de un árbol.

—Aquí estarás mejor.

—Gracias, Candy.

—¿Como ocurrió el accidente?

—No se…creo que paso un animal…

—Voy a llamar a una ambulancia para que te venga a buscar.

La rubia marco su móvil e hiso la llamada.

—Tranquilo, vas a estar bien -le dijo Candy con dulzura mirándole la herida en la frente -. ¿Te duele mucho?

—Un poco.

La rubia se paró y se puso a cortar unas hojas de unas plantas.

—¿Que haces?

—Te pondré estas hojas en la frente, dicen que tienen poderes medicinales.

Una vez que las corto se las colocó en la frente del rubio.

—Te sentirás mejor -le dijo sonriéndole.

Él también le sonrió y la miro a los ojos, viendo lo hermosa que se veía iluminada por el sol.

—Que extraño lo que sucedió hoy pensaba regresar a Londres -comentó Albert asombrado con lo sucedido, como si el destino no deseara que se fuera de Lakewood.

—¿Te ibas a ir? -le preguntó ella.

—Si, iba hacia a Chicago para tomar el avión.

—Claro…tu vida está en Londres.

—Así como la tuya está en Nueva York.

—Claro en Nueva York…

—¿Eres feliz con Terry? -le preguntó Albert imaginando que era así.

Ella suspiró pensando que lo de Terry era algo de su pasado. Un pasado que era mejor no recordar.

—Contigo lo sería mucho más -le confesó mirándolo directamente a los ojos.

Albert le correspondió la mirada, desconcertado por aquella declaración.

—¿Que me quieres decir con eso?

—Que si pudiera volver el tiempo atrás me habría quedado contigo -le contestó Candy besándolo sorpresivamente en los labios.

Aquel beso era una completa locura, pero era algo que había deseado hacer desde que se rencontró con Albert en la cascada.

El beso fue correspondido por Albert, comenzándola a besarla con mucha pasión, provocando que se olvidara de todo, de lo que había ocurrido entre ellos en el pasado, en su regreso a Londres, en su prometida y hasta del accidente que había tenido. Nada importaba en ese instante, solo el amor que renacía en su alma. Un amor que él creía que había superado, pero que ahora se daba cuenta que siempre estuvo ahí guardado como un tesoro en su corazón, recordando aquella época donde fueron novios y tenían muchos planes de tener una vida juntos.

No obstante, la llegada de un amor del pasado de Candy lo hecho todo a perder. Ella comenzó a sentir dudas, dudas de no haber podido olvidar aquel amor adolescente, que aún seguía en sus pensamientos. Albert se dio cuenta de aquello y con el alma destrozada la dejo libre para que fuera feliz junto a Terry.

Flashback

Cuatro años atrás…

Como casi todos los días Albert en su lujoso automóvil iba a buscar a Candy al hospital, donde ella trabajaba en Chicago. Ese día antes de irla a dejar a su departamento, pasaron a una cafetería, ya que Albert tenía que hablar con ella algo muy importante, algo que lo tenía muy inquieto y que debía aclarar.

Pequeña, tenemos que platicar -le dijo Albert a llegar a la cafetería.

Claro, ¿de qué se trata?

—¿Quiero que seas sincera conmigo? ¿Qué te está pasando? Cada día te siento más rara y distante.

Ella se puso nerviosa con aquella pregunta de su novio.

No me pasa nada, es solo cansancio, ya sabes los tunos en el hospital son muy largos.

No me mientas, yo sé que no es eso, que hay otro motivo que me estas ocultando.

—¿Que motivo? -preguntó ella pestañando rápidamente.

¿Es por Terry? Sé que él te volvió a buscar.

—¿Como sabes eso?

Eso no importa, pequeña.

Si, me busco, Terry me sigue amando.

Albert suspiró, dándose cuenta que su presentimiento había sido acertado y que ahora había llegado el momento de tomar una decisión.

—¿Y tú pequeña, lo amas también?

Albert…ahora tú eres mi novio, nos vamos a casar…

Pero, no me amas como amas a Terry, ¿verdad?

Ella bajo la mirada sabiendo que era así, que aunque había colocado todo sus esfuerzos para amar a Albert, Terry siempre estuvo en su corazón.

Si, Albert…no te lo puedo negar sigo amando a Terry.

Albert se sintió morir con esas palabras, habría querido tanto que Candy le hubiera dicho que ya no sentía nada por Terry, que ahora el único hombre que amaba era él, pero aquello no ocurrió.

Si es así, te dejo libre para que estés junto a él -le dijo Albert sintiendo un gran dolor en su alma.

Ella lo observó asombrada.

Albert…yo no quiero lastimarte -le dijo con sus ojos llenos de lágrimas. Lo que menos quería era hacerle daño a un hombre, que tantos momentos bellos le ha brindado.

No te preocupes, voy a estar bien. Se que en Londres, voy a comenzar una nueva vida.

—¿En Londres?

Si, pienso irme a vivir a Londres.

No quiero que te vayas…

Es lo mejor…para los dos.

Nunca te voy a olvidar, Albert.

Ni yo…pequeña -le sonrió -. El tiempo que fuimos novios, fui muy feliz a tu lado…

Yo también, Albert…me diste tantas cosas que siempre quedaran guardadas en mi corazón.

Adiós pequeña, que seas muy feliz junto a Terry.

Fin del flashback.

De eso habían pasado cuatro años, pero ahora el destino los volvía a juntar…ninguno de los dos entendía el por qué…pero ahí estaban besándose como antes, como si nada hubiera pasado entre ellos y jamás se hubieran separado.

La ambulancia llegó interrumpiendo aquel beso y ese mágico momento, donde dos corazones se volvían a rencontrar. Candy se apartó de Albert y los paramédicos bajaron con una camilla para colocar al herido y subirlo a la ambulancia. Ninguno de los rubios se dejó de mirar, hasta que la ambulancia emprendió su marcha y Candy se quedó ahí parada, con el corazón desbocado por lo que había sucedido.

—Me sigues amando Albert, me amas mi amor -murmuró tocando sus labios.

Saco su móvil y llamó a su amigo Tom para que la fuera a buscar y la llevará al hospital, donde se llevaron a Albert. Era el mismo hospital donde ella trabajaba, así que de inmediato hablo con uno de los doctores que reviso al patriarca de los Andrew.

—Doctor, ¿cómo se encuentra el señor Andrew? -le preguntó afligida.

—Está bien, por suerte solo tiene unas costillas rotas -le respondió el doctor -. ¿Usted lo conoce?, señorita White.

—Si…

—Tranquila, él va estar bien. Hay que avisarle a su familia.

—Cuando venía para acá, llamé a uno de sus sobrinos. ¿Puedo verlo, doctor?

—Si, pero está dormido.

—No importa, quiero verlo igual.

—Esta en la sala de enfrente.

—Gracias, doctor.

Candy se dirigió al cuarto y con paso lento entró, encontrándose a Albert profundamente dormido. Se acercó a la cama y con una de sus manos le acarició la frente con mucho amor.

—Albert, si supieras como te extrañado todos estos años que hemos estado separado, mi vida sin ti no ha sido lo mismo…Como quisiera contarte la verdad y confesarte que el único hombre que amo eres solo tú…

La puerta del cuarto se abrió y entro la presencia de Stear.

—Candy, estas aquí -le dijo Stear.

—Si, vine a ver a Albert…

—¿Como esta mi tío?

—Bien, gracias a Dios no fue algo grave.

—Gracias por haberlo ayudado.

—De nada Stear, jamás permitiría que nada malo le sucediera a Albert -dijo mirándolo con una sonrisa.

—Candy tú lo amas, ¿verdad?

—Con toda mi alma -admitió -. Bueno es mejor que me vaya. Salúdame mucho a Patty.

—Claro…en tu nombre le daré tu saludo.

Albert paso la noche en ese hospital y al día siguiente fue mandado a la mansión Andrew, donde tendría que estar varios días en reposo. Sin embargo, le era difícil poder descansar como hubiera deseado, no dejaba de pensar en Candy y el beso que se habían dado, un beso que lo hiso tocar el cielo, al sentir nuevamente los labios dulces de su pequeña. Había sido un beso inesperado, pero tan deseado por él y también por ella. Eso no dejaba de confundirlo, Candy había dado pies para aquel beso, regalándole sus labios, de una forma que nunca lo había hecho antes, con tanto sentimiento, pasión, como si esos labios solo le pertenecieran a él. No dejaba de preguntarse por qué ella lo había besado, después de decirle que con él habría sido más feliz. Acaso en Nueva York no lo era al lado de Terry, acaso su rival no fue capaz de hacerla feliz. Eso lo tenía atormentado, deseaba tanto volver haberla y sacarse todas esas dudas que lo estaban matando. Pero no podía salir de la mansión, tenía que estar en reposo para poder recuperarse.

—Candy, necesito verte lo antes posible…-dijo mientras miraba en el techo -. ¿Como hago para verte? ¿Cómo?

En ese instante Archie entro al cuarto, para saber cómo se encontraba.

—Tío, ¿cómo sigues? -le preguntó caminando hasta la cama.

—Mejor -respondió Albert.

—Te vine hacer un poco de compañía para que no te aburras tanto.

—Gracias…

—Que lata lo que te sucedió, a esta hora estarías en Londres con tu novia.

—Por algo ocurren las cosas -comentó Albert pensativo.

—¿Por qué dices eso?

—Archie, ¿tú tienes el número de Candy?

—Si…

—Necesito que me lo des.

—Claro, tío -dijo Archie sacando su móvil -. Aquí lo tengo.

—Díctamelo, deseo hablar con ella.

—Es el…

Albert tomó su móvil y marco el de Candy. Archie salió del cuarto para que su tío hablara a sola con la rubia, él sabía lo mucho que estuvo enamorado de ella, que se imaginaba que, aunque Albert se iba a casar con otra mujer, seguía amando a Candy.

Ella se encontraba en la oficina de la señorita Pony, ayudándole a revisar unos papeles de una adopción de unos niños. Cuando vio que su móvil sonaba con un numero desconocido. Al principio no quiso contestar no era nadie conocido, pero después algo le dijo en su interior que debía de hacerlo.

—¿Con quien hablo?

Soy Albert…

—¡Albert! ¿Como estas?

Mejor.

—¿Sigues en el hospital?

No, estoy en la mansión. Necesito verte, Candy.

—¿Verme?

Si, puedes venir a la mansión.

He…si…claro. ¿Qué te parece en la tarde?

De acuerdo, te espero en la tarde.

Candy se paró del escritorio, sintiendo un salto en su corazón al llamado del hombre que amaba. Él quería verla, seguramente para hablar del beso que se habían dado o mejor dicho que ella le dio a él. Eso la tenía nerviosa, sabía que Albert la seguía amando y que ella ahora lo amaba con todo su ser. Ya no le cabía duda que él era el amor de su vida, y ahora que había regresado y el seguía sintiendo lo mismo por ella, no lo dejaría partir, le contaría toda la verdad y le confesaría que el único chico que ama es solamente él.

Ilusionada de volver a verlo, se fue al pueblo a comprarse un bello vestido y pasar por la peluquería para que la maquillaran y arreglaran el cabello. Esa tarde quería verse, lo más hermosa posible para Albert, deseaba impresionarlo. Estaba consciente que la novia de él era muy guapa, así que ella tendría que serlo mucho más.

Entro a una de las tiendas del pueblo, cuando se encontró con Dorothy que estaba mirando unas carteras de mano.

¡Dorothy! -la saludó Candy.

Que gusto de verte, amiga -contestó la joven dándole un beso en la mejilla -. ¿En qué andas?

Comprando un vestido.

Aquí acabo de mirar unos muy bellos. Yo necesito comprarme una cartera, así que me escapé de la mansión para venir a comprar.

Dorothy, Albert me llamó, quiere verme en la mansión.

¿En serio?

Si, creo que todavía me ama. Nos besamos.

¿Dónde? -le preguntó asombrada.

Fue cuando tuvo el accidente.

Amiga, me encantaría que tú y el señor Andrew volvieran a estar juntos.

¡Sería maravilloso! -suspiró Candy -. Fui una tonta en el pasado al dejarlo por Terry, pero ahora voy a luchar por su amor.

Así se habla, amiga.

Dorothy, ayúdame a buscar un bello vestido, tengo que verme guapísima para visitar a Albert.

Claro que sí, amiga…

Ha y busca uno para ti también, pronto vas a tener una cita.

¿Yo una cita? ¿Con quién?

Te voy a presentar a un amigo que te va a encantar.

¿Y quién es?

Pronto lo sabrás -contestó la rubia pensando en su amigo Tom.

En la tarde Albert esperaba a Candy muy ansioso. Esa conversación que tendría con ella lo sacarían de todas sus dudas, quería saber que realmente pasaba con ella, porque lo había besado. Acaso sentía algo por él, o solo estaba jugando para confundirlo. No, ella no podía ser tan cruel para jugar con el de esa manera. Algo estaba ocurriendo con los sentimientos de ella y era algo que estaba dispuesto averiguar.

Esa tarde con la ayuda de sus sobrinos Stear y Archie, se levantó de la cama y se dio un baño. A pesar que estaba herido, quería estar presentable para ver a su pequeña. Aunque no quería admitirlo se sentía nervioso de volver a verla, como un adolescente que va tener su primera cita. Era ridículo ese sentimiento, pero aquel beso lo había hecho renacer tantas emociones que no podía dejar de sentirse así.

—Señor Andrew, tiene una visita -le anunció una de las sirvientas entrando a la recamara del patriarca de los Andrew.

—Hágala pasar -contestó Albert desde la cama, pensando que era la rubia.

No obstante, minutos después entró al cuarto una persona que él no se esperaba ver.

—¿Que haces aquí, Roxanne? -le preguntó mirándola asombrado.

Ella luciendo un atractivo vestido en tono rojizo, caminó hasta la amplia cama del rubio.

—Mi amor, apenas tu tía me llamó contándome sobre tu accidente, quise venir a verte -le dijo acercándose a él.

—No fue nada grave.

—Me alegra saber que no fue grave, me muero si algo te pasa -le dijo abrazándolo.

—¿Viniste sola?

—Con George, el me trajo.

—¿Quiero hablar con él?

—Después…ahora deseo estar contigo. No sabes cómo te extrañado, mi amor…-le dijo Roxanne besándolo.

En ese instante entró Candy, luciendo muy hermosa con el nuevo vestido que se había comprado, encontrándose con aquella escena romántica entre Albert y su prometida. Se quedó paralizada por un instante y salió corriendo de la habitación, con su corazón destrozado por lo que había visto.

Media hora después, Candy llegó al hogar de pony muy apenada. Ver a Albert junto a su prometida, la hiso sentir tantos celos, celos de que aquella mujer que sería la que compartiría la vida con Albert, sería su esposa y la madre de sus hijos. Esa vida que ella una vez despreció por elegir a otro amor.

Entro a su habitación, pensando en porque Albert la había citado a la mansión, acaso había sido una venganza hacia ella, para demostrarle que el beso que había sucedido no había significado nada para él y que la única mujer que amaba era su novia. Si, eso había sido, él se había vengado, quería odiarlo por eso, pero sabía que ella se lo merecía por haberlo dejado para estar con Terry.

Se lanzó a la cama a llorar, sintiendo que amaba más que nunca a Albert, que tarde se había dado cuenta que él era el amor de su vida, no un amor adolescente que solo provoco perder lo más bello que había tenido en su vida.

En eso entro la hermana María, ya que la vio cuando la rubia llego al hogar y se encerró en su cuarto.

—¿Que te ocurre, Candy? -le preguntó acercándose a ella.

—¡Oh hermana María! -la abrazo -. ¡Me siento morir!

—¿Por qué dices eso?

—Vi a Albert con su novia.

—¿Ella está en Lakewood?

—Si, está en la mansión. Seguramente lo vino a ver por el accidente que tuvo.

—Me imagino como debes sentirte, pero él se va casar con esa señorita.

—Eso lo tengo claro, yo perdí a Albert por tonta, sin embargo, verlo con ella me hiso sentir tantos celos. Lo amo hermana María y ahora no puedo hacer nada para recuperarlo.

—Tranquila, tú siempre ha sido una muchacha muy fuerte. No puedes dejarte vencer por algo que ya está perdido -le acarició el cabello.

—Si tiene razón…ya está perdido -dijo más calmada -. Debo dejar que Albert se marche y sea feliz con su futura esposa.

Continuará...


Hola lindas chicas.

Espero que se encuentren muy bien. Muchas agracias a cada una de ustedes que le han dado una buena cogida a este minific. Aquí les dejo otro capitúlo que espero que difruten.

Un cariñoso abrazo a la distancia.