CAPÍTULO 9: Koi No Yokan
—¡Está delicioso, Ayane-chan! Te felicito.
Cuando poco antes del medio día, Yumie Kita cruzó caminos en el mercado con Ayane Yuzuhiha, supo que iba a ser una mañana diferente. No era muy seguido que podían sentarse ambas a charlar más allá de cuando se saludaban en la acera frente a sus hogares. Por eso, cuando la adorable anciana le ofreció tomar el té juntas, la joven profesora no lo dudó.
—¡Dios! —exclamó sonrojada al verla degustar las galletas caseras que había preparado la tarde anterior—. Me siento niña de nuevo. ¡Nadie me llamaba Ayane-chan desde que tenía la edad de Chizuru.
—Bueno, para mi todos tienen la edad de Chizuru-chan y Shin-chan —le dijo con dulzura.
Ayane no pudo evitar sonreír al notar el genuino cariño con el que la anciana mencionaba los nombres de su hija y su propio nieto. Como si ella y toda la casa donde ahora se encontraban olieran a hogar: cálido y agradable. Como estar bajo el kotatsu en una noche helada. Entonces, le respondió.
—Le agradezco tanto la invitación —murmuró casi con timidez—. ¡Y lamento recién ahora poder venir! Han sido semanas muy ocupadas.
Y era cierto, porque no había sido la primera invitación de Yumie. Y es que tenía tanto para agradecerle, que se sentía pésimo cada ocasión en que debía declinar la oferta. Aún así, la mujer frente a sus ojos no parecía ofendida en lo absoluto. El kimono de trabajo y el mandil inmaculadamente blanco reflejando los fríos rayos del sol.
—Eres profesora en la Universidad de Osaka, ¿verdad? Debe ser un trabajo pesado —la excusó con voz dulce. Como si entendiera sus razones sin tener que decirlas.
—Muy —respondió sonriendo de costado—. ¡Pero lo disfruto! A veces quisiera llevar a mis estudiantes a un viaje solo de ida a un barranco, ¡pero lo disfruto! ¡Oh! Cielos. ¡No se asuste! Lo dije como una bro...
Y la escuchó: una risa que bien podría haber salido descrita en un cuento antiguo. Como decían, reía un río claro de agua calma. La misma que Chizuru le describió tantas veces como el sonido más calmo del universo. Algo que nunca se cansaría de oír.
—¡Chizuru-chan tiene a quien salir! —exclamó Yumie sin dejar de reír.
Y era totalmente cierto: el mismo porte. El cabello alborotado. El tono fuerte y tan rápido que costaba seguirlo. Como un chaparrón sobre techo de lata.
Ayane sonrió con ternura. Yumie la imitó. Hasta en eso se parecían.
—Quiero decirle gracias nuevamente por lo que hizo por Chizuru durante el verano, Yumie-san —comenzó a decirle. La taza de té depositada sobre la mesa de café oscura—. Verá... Nos mudamos muy seguido, y realmente estaba preocupada de que tuviera poca capacidad para acercarse a la gente.
Yumie asintió en silencio antes de responder con calma.
—Pues, creo que tiene unas habilidades extraordinarias —dijo con sinceridad—. ¡Esa niña brilla con luz propia!
Luz propia. Sonrió. Era extraño oír a alguien describir a su hija con esas palabras, y sin embargo las encontró tan adecuadas que la asustó.
—Es ruidosa, habla muy rápido y dice lo que piensa para luego querer tragarse la lengua —habló Ayane con los ojos calmos. Como si pudiera ver a su hija en ese instante—. Pero es una buena niña. Espero que no le haya causado problemas a Shinsuke-kun. Me dijo que todas las mañanas van juntos a clases.
—¡Si! —asintió la anciana con el rostro feliz —es hasta tierno verlos salir hacia el mismo lado —y su voz pareció sonar queda en su propia garganta—. Bueno, todos los días menos hoy.
—Oh... —Ayane se rascó la mejilla con cuidado al recordar que su hija seguía exactamente donde la había dejado esa mañana. Hecha un ovillo bajo las frazadas—. Dijo que no se sentía bien hoy. Es raro, no suele enfermarse.
Yumie no pudo hacer más que sonreírle, sintiendo el frío viento otoñal colarse por entre las hendiduras de las ventanas. El té caliente impidiendo que sus manos se congelaran. El color rojo de sus dulces casi haciendo juego con las hojas de los árboles en el jardín cubierto de castañas.
—Bueno —comenzó a decir. El rostro arrugado tan bondadoso como siempre—. A veces hace falta hacer un parate antes de seguir adelante.
Ayane se la quedó viendo fijamente, pestañeando varias veces hasta que la anciana continuó con sus palabras. Sonaban a sabiduría y té con dulces.
—Tú sabes —le dijo—. ¡Los niños son más complejos de lo que parecen!
La joven profesora entendió que había muchas cosas que aún le eran imposibles de deducir. Y por algún motivo, Yumie tenía todo un posgrado en ello. Sonrió con ternura, tomando nuevamente la taza de arcilla oscura para llevarla a sus labios. Estaba sencillamente delicioso. Todo en esa casa sabía distinto. Olía distinto. Se sentía distinto. Como a hogar.
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Chizuru Yuzuhiha no solía faltar a clases. Es decir, amaba ir a clases. El contacto con la gente y la posibilidad de pasar tiempo con sus amigos era suficiente recompensa por tragar materias que no le gustaran del todo. Por eso, cuando Ayane Yuzuhiha notó que su delgado cuerpo no iba a rodar fuera de la cama, genuinamente se preocupó por ella. Tanto como una madre puede hacerlo, trató de persuadirla de si realmente quería faltar. Y cuando la joven sonrió diciéndole que no se sentía bien, algo en su mirada cristalina le indicó que solo debía cerrar la puerta y dejarla dormir.
Era extraño. Estar recostada en su cama al medio día de un día de escuela, era extraño. Incluso las cosas más comunes a las que estaba acostumbrada le resultaban ajenas a su realidad mientras caía en cuenta de que estaba viva, mirando fijo al techo de su habitación: la luz entrando por la ventana, colándose entre los pliegues de las cortinas blancas. El calor de su gato sobre el abdomen. La suavidad de sus sábanas. Los pasos de su madre en planta baja, a punto de irse a trabajar. Darse cuenta de que su hermano nuevamente llegaría tarde de la universidad. El ruido de los transeúntes en la calle calma donde vivían. Los colores cálidos de sus paredes. Las sombras de los pocos instrumentos que guardaba en su habitación, alargados en el suelo de madera brillando al sol. El aroma al suavizante de ropa mezclado con su propio perfume. Todo eso, todo lo que era parte de su día a día, era extraño ese día.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Eso de verdad había pasado, ¿no? Es decir, fue real. Las palabras que brotaron de la garganta de Shinsuke Kita la noche anterior, a pocos metros de la puerta de su casa, había sido totalmente real. ¿Verdad? ¿Verdad...? Porque en ese momento, podía jurar que era una especie de vórtice en el espacio tiempo. Esa ejemplificación física de una teoría en la que los universos convergen y lo impensable sucede. Porque en su cerebro de maní tostado, era imposible que Shinsuke Kita le hubiera dicho eso.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Mierda. El calor en sus mejillas de nuevo.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Y ahora le dolía el estómago.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Y el pecho.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Gritó agudo entre dientes. Casi trinándolos unos contra otros. La mandíbula apretada con fuerza. La cabeza escondida bajo el cobertor. La luz creando patrones rojizos por entre los finos hilos de algodón. Su gato jamás se movió por el brusco cambio de posición. Y esa frase seguía reproduciéndose en su mente como una constante. Un caracol sin fin. Una espiral eterna. Cada vez más fuerte. Cada vez más cerca. Los ojos de Shinsuke clavados en ella, como si quisieran ver su alma a através de sus pupilas. Y el terror volvió a hacerse presa de ella.
¿Terror? ¿Terror era la palabra indicada? Claro que lo era. Porque Chizuru adoraba a Shinsuke, y lo sabía perfectamente. Desde que identificó la calma que causaba en ella. Desde que supo que disfrutaba cada caminata a su lado. Cada día que tocaba el piano para su abuela. Cuando siquiera le dirigía la palabra, sabía que lo que causaba en su pecho y vientre era más que una reacción química. Porque también, se replicaba en lo profundo de su corazón ahora desbocado por el recuerdo de la mirada ámbar llegándole hasta los átomos de su existencia.
Realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?
Claro que realmente te gustaba. Claro que realmente lo adoraba. Claro que realmente, Chizuru se había enamorado de él.
¿Pero cómo podía reaccionar a esa pregunta más que riendo nerviosamente y excusándose para irse? Porque eso había hecho: quedarse en silencio. Escuchar la falta de sonido entre los átomos detenidos en el aire entre ambos. Sentir su boca tan seca como una hoja marchita. Oír sus huesos gritar en horror. Y su voz terriblemente aguda pidiendo disculpas antes de irse casi corriendo, sin darle oportunidad a réplica. Eso había hecho.
¿Por qué? Porque Kita era tan sincero como era calmo, lógico y bondadoso. Era directo hasta lo doloroso. Tranquilo y alguien que por sobre todas las cosas, no podía mentir. Entonces, al instante en que esas palabras abandonaron sus labios y chocaron contra las paredes de su sobre estimulado cerebro, lo único que pudo razonar fue que lisa y llanamente, él la había leído. Porque literalmente casi se le había declarado segundos antes con ese despliegue verborrágico donde le decía que siempre querría estar ahí para él. Como si una pequeña parte en su cuerpo delgado pudiera siquiera contemplar la idea de que el muchacho correspondiera sus sentimientos, pero por sobre todo, porque ella quería estar a su lado.
Y cuando Shinsuke Kita murmuró realmente te gusto, ¿verdad Chizuru-chan?, su cabeza estalló en mil pedazos junto a su pecho y estómago. Porque Kita había leído sus pensamientos, preguntando si eran ciertos. Pero jamás mencionó los propios, dejándola emocionalmente desnuda frente a él. Indefensa. Helada. Desgarrada. Sola.
Y entonces, corrió.
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—¿Qué te pasa?
La voz de Oujiro Aran pareció resonar en sus oídos de tal forma que pareció haberlo gritado a poca distancia. Cuando el reloj dio las siete de la tarde ese viernes de otoño, el entrenamiento había terminado. Y cuando todos sus compañeros pasaron por las duchas y salieron nuevamente al gimnasio para volver a casa, fueron ellos dos quienes se quedaron atrás. Como si cambiarse en sus uniformes deportivos fuera algo que llevara más tiempo del necesario.
—¿Ah...? —los ojos de Kita pestañearon tantas veces como tardó en dirigir su mirada hasta él.
—No me digas ah —espetó claramente molesto—. ¡No estuviste en el entrenamiento! Eso es raro hasta para ti. Y eso quiere decir mucho.
¿Cómo? ¿Que no había estado en el entrenamiento? Pero estaba ahí. Había terminado de ducharse porque estaba ahí. ¿Por qué...? Oh. No, no se refería a ese estar. ¿Acaso estuvo..?
—¿Estuve distraído?
No se podía aseverar realmente que Aran fuera tan calmo como lo era Kita, pero era real que no solía gritar tanto. Esta vez fue una excepción.
—¡¿Estás jodiéndome?! —exclamó. El moreno juró ver un dejo de pseudo asombro en los ojos ámbar de su mejor amigo—. ¡Fue como si estuvieras en una carcasa! Es decir, no es que tengas demasiadas expresiones en la cara, pero se nota que estás vivo al menos.
Kita parpadeó varias veces, tratando de asimilar el tono y sus palabras. Como si quisiera buscarles significado aún cuando su cerebro le gritaba a todo volumen que tenía total razón para estar casi histérico. O eso creía.
—Kita, vamos. Somos amigos —le dijo con firmeza. Los ojos pardos entornados como si quisiera ver más allá de su carne—. Eso quiero creer al menos. Yo te considero mi amigo.
¿Que él lo consideraba su amigo? ¡Desde luego que era recíproco! Es decir, habían estado juntos desde hacía dos años. Era obvio. Era lógico.
—También yo, Aran-kun —le respondió como si fuera lo más obvio del mundo.
Aran lo vio a la cara casi con molestia. Kita no podía comprender lo que estaba ocurriendo realmente en aquella habitación pálida. La voz grave aún retumbando en las paredes enlozadas.
—Entonces, ¿qué te pasa? —habló Aran—. ¿Tu abuela está bien? ¿Tus padres?
¿Que si su abue...?
—Todos están bien, Aran-kun —respondió finalmente. ¿Realmente lo estaba preocupando tanto?—. No tiene que ver con ellos.
No tiene que ver con ellos, repitió en su propia mente. Wow. Eso era admitirse a sí mismo que realmente era algo. En todo ese día, era la primera vez que su cerebro parecía destaparse de esa forma. Atraerse a tierra y notar que algo no estaba en su lugar. Porque ni siquiera esa mañana pareció notarlo. Cuando por primera vez en casi un año, había caminado solo a clases. Sin esa presencia a su alrededor.
—¿Es Yuzuhiha-chan? —preguntó el moreno finalmente. La mirada fija en él.
Silencio.
¿Qué...?
—¿Qué? —repitió sus propios pensamientos en impulsos sonoros.
Aran pasó una mano enorme por el rostro en exasperación pura. ¿Estaba dando en el clavo o su amigo seguía igual de despistado? ¿Cómo era posible siquiera que pudiese ser tan atento a todos y en sus propios asuntos fuera tan...?
—Yuzuhiha-chan —le dijo —Chizuru-chan. ¿Pelo negro? ¿Ojos azules? —continuó preguntando como si quisiera darle pistas constantes—. ¿Grita y gesticula mucho cuando habla?
Oh.
Oh, rayos. Ahí estaba ese dolor de nuevo. El mismo que había sentido la noche anterior, más o menos a las diez. Justo cuando la despidió en el pequeño camino que conectaba sus casas. Cuando el corazón le latía tan fuerte al instante en que su dolor y sentimientos y sensaciones tomaron forma, que brotaron hacia el exterior como una catarata. Es decir, era lo lógico, ¿verdad?
Él sentía amor por ella. Eso era. Estaba seguro de que eso era. Porque hacía tiempo que la conocía y todos los demás factores estaban descartados. Se sentía seguro al caminar con ella, aún cuando fuera lo más parecido a un tsunami de cabello oscuro. Y se sentía tan bien estar a su lado que algo así debía ser...
—Si —respondió. Giró la cabeza hacia el frente, como si estuviera hipnotizado con el vapor condensado corriendo de las paredes blancas—. Estuve con ella anoche.
¿Eh? ¿Era joda? ¿Y tan campante se lo decí...?
—¡Al fin! —gritó con lo que cualquiera hubiera podido jurar, era rubor en sus mejillas morenas—. ¡Hasta que te decidiste! ¡Por Dios! Ya era insoportable. Omimi había comenzado a levantar apuestas. Menos mal que aposté por tí. ¡Me viene bien el dinero! Bueno. Dime.
Silencio.
—¿Decirte? —preguntó con total sinceridad. Los ojos ámbar fijos en los suyos.
—¡Cómo fue! —gritó casi con exasperación—. Ya se que eres un caballero samurai con poderes de señor mayor que no revela un secreto, pero vamos. ¡Al menos dime qué fué lo que le dijiste!
El sonido limpio de una canilla goteando pareció funcionar como especie de segundero que cargaba más y más el silencio sepulcral de esa habitación oliendo a jabón y desodorante deportivo. Casi como si fuese un santuario destinado a la concentración del equipo y las charlas con su amigo. De pie a su lado y con ambos puños presionados en antelación por su respuesta. Casi le recordó a la pose de esas mujeres que ven la novela de la tarde sentadas en el borde de la silla.
¿Samurai? ¿Señor mayor que no revela un secreto? ¿Que qué le dijo...?
Oh.
¿Eso? Pues...
—Le pregunté si le gustaba.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
¿Había dicho eso? No, no podía. Tenía que ser joda. Es decir, Kita no tenía ningún tipo de contrato social claro en su mente pero no podía ser tan increíblemente tara...
—¡¿Qué hiciste qué?! —gritó. No preguntó. No habló. Gritó.
La voz de Oujiro Aran nunca sonaba fuerte. Ni siquiera cuando pedía silencio a los gemelos. Nunca gritaba. Nunca parecía elevar el tono innecesariamente. Tampoco cuando descargaba su energía durante un partido al rematar con una fuerza descomunal, impactando el balón al otro lado de la red como un cañonazo limpio. Por eso quizá, Kita quedó tan descolocado cuando el rostro moreno se volvió púrpura y las ondas sonoras retumbaron en cada rincón del vestuario vacío.
—¡¿Qué quieres decir con que le preguntaste si te gustaba?!
¿Que qué...?
—Fue lo que le dij... —trató de hablar. No pudo.
—¡¿Qué rayos tienes en la cabeza?! —¿eh? ¿Por qué parecía a punto de golpearlo?—. ¡¿Cómo pudiste decirle algo así a la pobre niña?!
—Pero es natural —espetó tratando de hacer valer su visión. ¿Realmente había hecho algo malo? —Es decir, yo me sentía así. Siempre estamos juntos y nos sentimos bien —era lo lógico, ¿verdad? Lo normal. Lo que...—. ¿No es lo lógico de preguntar?
Aran no solía gritar tanto. Realmente no. Por eso, juró Kita mucho después, fue una charla que recordó toda su vida.
—¡Claro que no pedazo de idiota! —¿le había dicho idiota? Le había dicho idiota—. ¡No le preguntas una chica si le gustas!
Silencio.
—¿Qué quieres decir?
Y Aran estalló por tercera vez consecutiva en un mar de alaridos propios de un Kraken desbocado.
—¡Que no le puedes preguntar si te gusta si tu no te declaraste antes!
Silencio.
Silencio.
Silencio.
¿Que no se había declarado? ¡Pero él...!
—Pero me declaré —dijo con los ojos muy abiertos.
—¡Claro que no lo hiciste! —le respondió batiendo los brazos como una especie de colibrí con exceso de cafeína.
La voz de Aran no había terminado de retumbar en las paredes blancas cuando la pesada puerta de metal se abrió como si pesara menos que una hoja seca. Y al instante en que Kita reconoció los rostros de sus amigos tras ella, supo que esto había alcanzado un nuevo nivel en su escala habitual.
—¡Claro que no lo hiciste, Kita-sempai! —la voz de Atsumu resonó como un motor de barco en marcha.
—Kita, ¿en qué estabas pensando? —Omimi apareció tras él, como si su altura lo delatara. El rostro parco en desaprobación.
Suna ladeó la cabeza, tratando de entender que estaba ocurriendo. Uniendo puntos al hecho de que ella no se hubiese aparecido en clase hoy.
—¿Por qué siempre me entero tarde de las cosas? —murmuró lamentando no haber podido presenciar esto desde el comienzo.
—Realmente tengo hambre —Osamu cerró la caravana, entrando al vestuario tras su compañero de salón.
Los dos muchachos supieron que habían hablado todos al exacto mismo tiempo, y aún así el fenómeno auditivo del que eran testigos les permitió oírlos por separado. Como un conjunto coral reprochando todo cuanto había hecho en perfecta armonía con sus brazos sacudiendose, esperando una explicación de su parte.
¿Tanto la había cagado?
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Siempre hay alguien cuidándote
Esa era la premisa con la que Yumie Kita había criado a su nieto. Que siempre alguien velaba por su seguridad. Que alguien lo observaba. Que por eso, él debía construir su vida con la mayor dignidad posible y vivir acorde a sus propios valores.
Toda la vida supo perfectamente que su abuela se refería a los dioses. Seres omnipresentes que no juzgarían sus pasos, pero sí lo observarían a cada uno de ellos. Y sin embargo, él no hacía las cosas como estaba acostumbrado por miedo a ellos. Tampoco porque lo estuvieran mirando: lo hacía porque se sentía bien. Cuidar de su condición física, limpiar, ser agradecido y jugar voleibol. Todo eso lo hacía con el mismo ímpetu y constancia porque así lo sentía.
Repetición.
Perseverancia.
Diligencia.
Esas eran las palabras que movían su vida. Las que lo llenaban de significado y motivaban a caminar. Incluso ahora que había salido del entrenamiento vespertino. Ahora que se había despedido de Osamu, pidiéndole que le enviara recados a Atsumu y le avisara como se sentía. De Suna, caminando calle adentro poco después. Y de Aran, con quien había charlado más de lo que estaba acostumbrado ese día. Como si el alto moreno quisiera asegurarse de algo en su forma de hablar.
Repetición.
Perseverancia.
Diligencia.
Sus pasos no se detuvieron ni siquiera al notar lo exactamente igual que sus pensamientos eran a esos que asaltaron su mente el día anterior. La reiteración de sus rutinas y sensaciones hasta que se volvían parte de él. Abrazar la ordinariedad a tal punto que la hacía suya. De tal forma que se adaptaba voluntariamente a ella. Porque él siempre había hecho lo mismo: era su forma de vivir y estaba a gusto con ello.
Quizá por eso, cuando algo nuevo aparecía de golpe, lo hacía retroceder medio paso antes de volver a tomar su ritmo habitual, adaptandose a él también. Ocurrió con los gemelos. Ocurrió con su capitanía. Pero no ocurrió con ella. Porque no había forma de adaptarse a un huracán que lograba sin esfuerzo alguno poner de cabeza todo lo que conocía. Y aún así, él estaba feliz. Feliz de verla. Feliz de oírla. Feliz de caminar a su lado. Tanto que esa misma mañana, cuando esperó en el lugar donde siempre se encontraban y no llegó, sintió que algo entre las costillas y el esternón se hacía pedazos. Que algo no estaba bien. Que algo se había movido de su eje y a su organismo entero le parecía anómalo. Tanto que no le agradaba en lo más mínimo.
Y es que en la mente de Shinsuke Kita, lo que le pasaba era totalmente lógico: estaba enamorado de ella. Pasar tiempo con ella era algo que quería hacer de ahora en más, y por eso su pecho pareció gritarle que por lógica ella sentiría lo mismo. Por eso él quiso asegurarse de ello, y la pregunta fatídica salió de sus labios. Esa que congeló los hermosos rasgos suaves y la hizo despedirse segundos después. ¿Había hecho algo mal? Creía que no. Y creía mal.
Cuando sus amigos se reunieron a su alrededor en el vestuario del equipo, lo hicieron con la intención de abrirle los ojos. Aún cuando Aran hubiera querido partirle algo por la cabeza, sabía que su intención no era más que abrirle los ojos a la innegable realidad de que la había cagado de forma monumental. Que no puedes preguntarle a alguien tus sentimientos sin declarar los tuyos. Que la lógica solo es lógica si sigues los pasos adecuados. Que las relaciones no funcionan por lógica.
Y Kita supo que la decantación de sus propios sentimientos era tan dolorosa como esperaba, no fuera la de Chizuru. Porque no se perdonaría jamás haberla hecho sentir tan mal como él lo estaba haciendo en ese instante.
El cielo terminaba de cubrirse en un manto oscuro y estrellado cuando los pasos cortos y seguros dieron la vuelta en la última intersección que faltaba para llegar a su calle. Pasando el puente. La rotonda. La tienda de conveniencia. Esos pasos incontables que había memorizado tantas veces que podría recorrer el camino con los ojos cerrados en la noche más oscura. Y la luz de las farolas callejeras parecieron darle aviso de que los días comenzaban a acortarse. El frío colándose por entre los pliegues de su bufanda. La chaqueta rojo oscuro del equipo de voleibol gritándole que no llevaba suficiente abrigo. Las pocas voces que se cruzaban en sus sentidos aún en la calle donde estaba caminando. Y cuando juró podía olfatear el aroma al té verde que su abuela preparaba cada tarde para recibirlo, fue que levantó la cabeza y sus ojos vieron el mundo por primera vez.
¿Pijamas? Si. Estaba en pijamas. Porque no había forma en el universo de que esos pantalones con estampados de gatitos y ovillos de lana fueran para salir a la calle. Al igual que la camiseta que se asomaba por debajo del abrigo insuficiente que llevaba puesto. Porque hasta su cabello oscuro totalmente despeinado parecía gritar que hasta no hace mucho, tuvo la cabeza pegada a la almohada. Y el rostro pálido se hizo tan nítido como el azul volátil de sus ojos.
Y cuando por fin se detuvo frente a él, la vio agacharse con ambas manos en las rodillas, recuperando el aliento como si no supiera como respirar. Conteniendo sus propias manos para no ponerlas sobre los pequeños hombros, Kita pestañeó muchas veces antes de poder emitir sonido.
—Chi-Chizuru-chan... —salió de sus labios.
Y entonces, se enderezó con el rostro tan serio que hubiera jurado, no se trataba de la misma chica que solo parecía poder reír. De pie frente a él, le pareció más pequeña de lo que solía verla. Y aún así, sus palabras se sintieron inmensas.
—Shinsuke-kun —comenzó. El aire helado detenido entre ambos —. ¿Tu abuela y tú querrían venir a cenar a casa mañana?
Y el aire se detuvo.
Koi No Yokan - Es la sensación que se tiene cuando, cuando dos personas se conocen, ambos saben que van a enamorarse irremediablemente.
