CAPÍTULO 10: Shoganai.
Una fuerza de la naturaleza.
Así podría describirla. Así la había descrito en sus adentros todos esos meses conociéndola. Caminando a su lado. Escuchando sus anécdotas. Viéndola de lejos cuando pasaba corriendo por los jardines de Inarizaki con las manos repletas de mapas porque era la encargada de ayudar al profesor ese día. Cuando se caía en los pisos encerados del centro comercial por saltar muy alto al acompañarlo a ver a una de sus idols favoritas. Porque si. A él le gustaban esas cosas, aún cuando Aran estallara en risa. Aún cuando los gemelos lo llamaran su única debilidad. Con todo y eso, Chizuru lo había acompañado y pareció brillar tan fuerte que creyó quedar ciego. Como ahora.
Como en ese instante, mientras la veía caminar extremadamente rápido con platos llenos de deliciosos alimentos en sus manos delgadas. A una velocidad tan acelerada que creyó, iba a terminar en el piso riendo como si no hubiera mañana. Como cada vez que acababa en el suelo. Como cada vez.
Pero ese aire extraño seguía respirándose. Como si esa familiaridad de estar a su lado se viera interrumpida por algo que conocía pero no podía explicar. Y lo entendió: desde esa frase suya donde quiso exponer sus sentimientos pero la obligó a ver los suyos, realmente no habían hablado.
Porque el día anterior, Chizuru había desaparecido como humo en el agua clara de la noche al responder él afirmativamente que iría a cenar a su casa junto a Yumie. Y ahora veía la carcaza que era su cuerpo enfundado en una camiseta y un jean claro, pero parecía observar a otra persona. Una con la suficiente timidez como para esquivar su mirada. Como si le tuviera miedo. Como si algo no estuviese bien. Y eso lo aterró hasta lo más profundo.
Tanto como para que su mente lo llevara a horas antes. Cuando su mente parecía hundida en las mismas aguas pantanosas que sabía, ella estaba transitando.
El mundo podría encontrar muchachos como Shinshuke Kita bastante seguido, a decir verdad. No es una superestrella. Nunca lo sería, con seguridad. Pero esa simple presencia es capaz de poner un equipo en forma. Y había sido así desde secundaria baja: jamás un movimiento desarticulado. Jamás una palabra fuera de lugar. Y aún así, cada pequeña cosa que salía de él, lo hacía con total diligencia. Y ahora, este era el resultado. Un muchacho lleno de confianza. Y no esa confianza arrasadora, de las que se comen el mundo y atropellan a quien se ponga en su camino. No.
Shinsuke Kita tenía esa confianza de que hiciera lo que hiciese, lo haría bien. Por él, y por otros. Ese es el verdadero poder de un capitán como él.
Si. Shinsuke Kita era un caso particular en el océano de energúmenos que era el club de voleibol masculino del colegio Inarizaki. Calmo, pacífico, con un tono vocálico que parecía nunca superar ciertos decibeles. Casi como si buscara no brillar. Y es que realmente, no le importaba hacerlo. Y es que, verán: Kita sabía lo que hacía. Y eso era suficiente. Tenía en claro sus capacidades, y daba todo de sí. Nunca más. Nunca algo fuera de lugar. Nunca nada que no pudiera brindar. ¿Por qué lo haría? Sus compañeros se ocupaban de ello.
La realidad es que la seguridad de Kita se basaba en conocerse a sí mismo a base de repetición. En confianza no en sus habilidades, sino en el camino recorrido hasta obtenerlas. Años y años de control. De reiterados intentos y sacrificio hasta hacerlo bien. Quizá por eso, ahora le resultaba tan extraño estar de pie junto a su cama perfectamente tendida. Las colchas abrigadas en colores sobrios dejando ver sus camisas y camisetas y pantalones arrojados casi con maestría para evaluar combinaciones posibles hasta lo imposible.
Aún podía sentir el cabello húmedo en su nuca, porque al salir de bañarse el estómago le dolía tanto que sintió la imperiosa necesidad de elegir su ropa como estaba seguro, hacían las chicas en esas películas occidentales que veían con Aran en las noches de ocio por el centro comercial.
Pero al fin y al cabo esto era normal, ¿verdad? El ardor en su vientre. Las diminutas gotas de sudor perlando su frente. Las manos heladas. El pecho temblando. Todo era producido por la frase que Chizuru le había gritado la noche anterior, con esa mirada decidida y las mejillas ardiendo en colores cálidos.
¿Qué pensó cuando ella lo invitó a cenar a su casa? No podía distinguirlo. Era como si lo supiera, pero fuera imposible poner en palabras. Como si una fuerza en su interior se negara a aceptar lo que ya conocía. Lo que ya tenía nombre. Lo que era su nombre.
―Te va a salir humo de las orejas si sigues así, Shin-chan.
La voz de su abuela siempre era reconocible, aún cuando las aguas de su mente lo llevaban a navegar tan lejos que apenas podía divisar la costa de la realidad. Aún así, su cuerpo reaccionó de forma atípica. Y el salto diminuto de sus pies sobre las tablas de madera alertaron a la anciana lo suficiente como para hacerla sonreír.
―Lamento haberte asustado ―dijo con tranquilidad. Ver a su nieto nervioso no era algo normal, aún cuando ella realmente supiera la razón―. ¿Estás teniendo problemas con tu ropa? ¿Necesitas que lavemos algo?
¿Eh? ¿Lava...?
―No, abuela ―respondió como si su voz realmente saliera en un estado normal―. No tienes que preocuparte, si quiero lavar algo lo haré yo. ¿Estás lista?
Era una pregunta retórica: el kimono blanco con flores de color azul parecían iluminar su rostro como si se tratara de una niña con múltiples arrugas en el rostro amable. Los pies pequeños cubiertos en unas medias tan gruesas que apenas permitían adivinar su tamaño real. La sonrisa amplia enmarcada con su cabello perfectamente recogido. Su abuela realmente estaba feliz.
―Hace casi media hora, hijo ―rió. La voz tranquila sonando en el aire―. Por eso vine a verte. Pareces estar sufriendo.
¿Sufrien...?
―No estoy sufriendo, abuela.
Claro que lo estaba.
―Sabes que no tienes que vestir de gala esta noche, ¿verdad?
Desde luego que lo sabía.
―Pero no estoy buscando vestir de gala.
No de gala, pero por algún motivo...
―¿Entonces por qué sacaste tus camisas? ―le preguntó Yumie señalando con delicadeza la ropa desparramada en la cama casi como si quisiera verse ordenada―. Con una camiseta y un suéter para el frío estarás bien.
Eso era Yumie Kita. Las palabras certeras en el momento adecuado, listas para hacerte dar cuenta que la realidad es menos dura de lo que parece. Como cada vez que algo parecía agobiarlo y con solo una taza de té le devolvía la calma. Un sabor dulce en los labios cuando lo requería.
Shinsuke quedó quieto solo por unos momentos mientras parecía recalcular en su mente cada palabra caída de sus labios como una catarata de sonido. No como una epifanía, sino como la certeza de que era algo tan sencillo que no lo había visto. Algo que entendía a la perfección y aún así se había puesto tan nervioso que apenas podía reaccionar. Y entonces, antes de que pudiera volver a emitir sonido alguno, Yumie habló.
―Tu abuelo solía ponerse así de nervioso cuando íbamos a salir, ¿sabes? ―murmuró. Los pasos pequeños y delicados acercándose a la cama―. Tenía esa misma mirada. Parecía que iba a colapsar en silencio.
Sus manos repletas de finas arrugas acomodaban las camisas blancas y negras en una pila simple, como buscando algo entre tanto desorden extrañamente uniforme. Los ojos entrecerrados, casi brillando a la luz de las farolas que entraban por la ventana. El viento fuera pareció llamarlo a la realidad. En el preciso instante en que su abuela tomó una camiseta simple y los jeans que usaba cuando salía de casa con sus amigos. Algo tan familiar que lo asustó de repente.
―Luego me dijo que era porque quería que pensara bien de él, aún cuando estábamos juntos ―continuó. La sonrisa jamás abandonandola―. ¡Como si yo pudiera pensar algo más que cosas maravillosas de él!
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Y Yumie continuó.
―A veces tienes que confiar en que la otra persona ya te conoce lo suficiente. ¿Entiendes, Shin-chan?
Lo entendía.
Lo entendía a la perfección. Lo comprendía como si hubiese leído el manual tantas veces como su mente pudiera procesarlo. Por eso había tomado sus ropas más simples. Guiado a su abuela amorosamente del brazo por el camino de piedra adornado que conectaba sus hogares. Golpeado la puerta con suavidad y contenido la respiración cuando el aroma a fruta de su cabello lo golpeó de lleno al abrirla. Porque aún de camiseta y jeans era tan preciosa como podría imaginar, lo estaría con un kimono similar al de Yumie. Cómo estaría de cualquier forma. Porque para él, era más preciosa que cualquier idol y chica y persona en el mundo. Y había llegado a aceptar eso con tanta tranquilidad, como la que ahora sentía al sentarse a su mesa. Como si un manto de parsimonia se ciñera sobre él al verla allí. Buscando su mirada, deseando que pudiera calmarse tanto como él lo hacía. Porque quería decirle que todo estaría bien. Que los dos estaban bien.
Y sin embargo, ahí estaba: el rostro siempre sonriente, ahora tímido y ese ligero temblor en los pequeños hombros cuando se sentó frente a él en una línea recta perfecta a la mesa donde ahora, estaban los cuatro. Y quiso hablar. Quiso decir en voz alta que estaban bien. Pero...
―Chizuru, no seas tan mala anfitriona ―retó su madre. Era como un calco a futuro―. Tienes que ofrecer bebidas antes de sentarte.
¿Eh?
¿Ofrecer? Pero ellos podían servirs...
―¡Rayos! ―la oyó gritar. Y fue como una llamada a casa en medio de la bruma extraña. Como si volviera a ser ella. Como si reconociera a la tormenta que representaba cada vez que abría la boca―. ¡Lo lamento! ¿Por qué estoy en la luna? Mierda. ¡OHNO! ¡No quise maldecir en la mesa! ¡Yumie-san, lo siento mucho! ¡Tú también, Shinsuke-kun! Eh... ¿Jugo...?
Tres segundos. Solo fueron tres segundos entre la verborrágica respuesta y el estallido de risa de su abuela. Entre la disculpa atolondrada de Chizuru y la reacción química en su cerebro que lo llevó a casi escupir en la mesa, tratando de taparse la boca en un intento de buenos modales perdidos. Creyó ver a madre e hija mirándose casi extrañadas antes de reír al unísono. Y él supo que solo podía escuchar una risa. Su risa. La única que quería sentir ingresar en su sistema. Porque si había algo que le sobraba a Shinsuke Kita era la seguridad en las cosas que conocía. En las situaciones que la vida le arrojara. En él mismo adaptándose a algo nuevo. Y nunca se había sentido tan bien como en ese instante: parado en un risco con el viento de frente, sin saber qué esperar. Porque sabía que ese viento sonaba como su risa.
.
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Chizuru Yuzuhiha ya estaba acostumbrada a los cambios, a decir verdad. A arrodillarse en el asiento trasero del auto y ver por el cristal empañado alejarse la casa a la que no alcanzó a llamar hogar. Ese era uno de los mecanismos que había elaborado, ahora que se detenía a pensarlo. ¿Verdad? No encariñarse demasiado con su habitación. No decorarla. No llamar su rincón favorito a ese sitio donde le gustaba sentarse con su guitarra y tocar. No tener una tienda de libros o de música favorita en el vecindario. No ver con cariño a sus vecinos. Quizá, solo abrazarse con fuerza a sus partituras le diera suficiente entusiasmo para no entristecerse la próxima vez que ocurriera. Como venía haciéndolo desde que tenía uso de razón.
Cuando no tienes lazos afectivos fuertes con demasiadas personas, tienes dos caminos: te vuelves frío, o vives al máximo. Pues bien, Chizuru Yuzuhiha no tenía forma de volverse fría. Su interior era un volcán sobre magma y su corazón latía demasiado rápido y fuerte para permitir que se congelara. Y eso mostraba al exterior. Por ese motivo, parecía asustar a otros con el nivel de energía que fluía por su cuerpo. De su voz. De su risa.
Cuando llegaron a Kobe, lo hicieron con una promesa por parte de su madre: la de quedarse hasta que terminara la preparatoria. No volver a moverse hasta que acabara un ciclo completo. Dos vueltas al sol. Dos años de tranquilidad. Y ese año, fue cuando conoció a Shinsuke Kita. El rostro pacífico y los ojos ámbar sumidos en un misterio calmo. El cabello de un gris que parecía brillar a los rayos del sol, como un zorro nevado en un día de invierno. La voz calma y aún así risueña. El ancla que buscó toda su vida, sosteniéndola a tierra, gritándole en paz que todo estaría bien. Que no tenía que tener miedo de volver a irse. Que donde estaba, era puerto seguro. Que él era un puerto seguro. Porque lo era, ¿no es así? Cada caminata a clase era un puerto seguro. Cada salida al centro comercial a gritar por sus idols favoritos. Cada paseo por el parque. Cada dulce casero junto a una taza de té. Cada vuelta a casa en la lluvia sin paraguas. Cada sentimiento de familiaridad que le daba paz dentro de lo acelerado de su pecho, expresandole que descansar no era enfriarse. Que bajar la velocidad de los pensamientos en su mente no era abandonar la vida. Que todo estaba bien.
Y así es como supo que estaba enamorada de él: frenando en una intersección para mirar a ambos lados. Una epifanía suave. Una aceptación mundana. Una noche de luna y su risa en perfecta armonía. Y estaba feliz: porque sentía paz.
Y cuando el rostro de Shinsuke comenzó a reír frente a sus ojos por el momento más verborrágico que había tenido durante esa noche al calor de los calefactores en su hogar, su mente viajó a horas antes. Cuando la voz de Rintarou Suna pareció azotarla por teléfono, al mismo ritmo e intensidad que su mente.
―¿¡Eh!? ¿¡Pero co...!?
―Desde luego que nos enteramos ―fonó Suna al otro lado de la línea. El tono cansado, casi como si le molestara emitir sonido―. ¿Tú estás bien?
―¿Que si estoy bi...?
―Conociéndote, se te debe haber freído el cerebro ―continuó. Los ojos zorrunos mirando las enormes manos, como extrañando el aparato que estaba ahora pegado entre su oreja y el amplio hombro―. Kita-sempai parecía bastante afectado, así que tu debes estar peor.
Chizuru pestañeó varias veces antes de responder, sin saber que era lo peor: saber que Suna parecía preocuparse por ella, o entender que en cierto modo, había preocupado a Shinsuke.
―No es que esté peor ―respondió. La voz extrañamente suave―. Es solo que...
―Se te destrozó el cerebelo.
―¡Que no se me destrozó nada, Rintarou-kun! ―gritó.
La risa de Suna sonó al otro lado de la línea. Clara y poco efusiva, aún cuando fuera totalmente sincera. Porque él no tenía otra forma de hacer las cosas más que con la verdad.
―Al menos ahora gritas, ya me estabas preocupando ―espetó.
Ese era Rintarou Suna para ella. Un tipo tan práctico y parsimonioso que no podía mentir. No quería mentir. Mentir le resultaba pesado y no tenía ganas de cargar con esa molestia. Por eso, cada palabra salida de su boca solía entrarle al sistema como una bofetada en plenos órganos vitales: cuando fallaba un exámen y se burlaba. Cuando le ganaba una apuesta por la salida de un videojuego. Cuando apostaban a qué gemelo ganaría la batalla diaria en pleno salón uno. Todo lo que venía de la boca de Rintarou Suna era verdad. Y oír el nombre de Shinsuke en sus labios sonó como un golpe en el esternón, dejandola sin aire al instante. Arrodillada frente a un muro y con las manos sobre su abdomen adolorido. Y sin embargo...
―¡Desde luego que voy a gritar! ¿Cómo no quieres que grite? ¡No entiendo que está pasando! ¡Además todos ustede...!
Todos ustedes se enteraron de las cosas antes que yo, quiso decirle. Que quiso responderle algo a Kita en el instante en que le soltó esa bomba encendida, pero quemó tanto que solo pudo correr. Que estaba tan nerviosa que su cuerpo había aumentado su temperatura y tuvo que quedarse en cama por volar en fiebre. Que había algo en su pecho que parecía romperse cuando, quería creer, debía estar feliz. Pero Suna interrumpió la espiral destructiva que eran sus pensamientos, como si tratara de atarla al suelo con un hilo invisible.
―Sabes que le gustas, ¿verdad? ―dijo. El silencio al otro lado de la línea le escupió en plena cara que debía seguir hablando―. Kita-sempai no entiende nada sobre sentimientos, aún siendo la mejor persona del universo. Solo creo que deberías saberlo de ahora en más.
Ese era Rintarou Suna para ella. Un tipo tan práctico y parsimonioso que no podía mentir. No quería mentir. Mentir le resultaba pesado y no tenía ganas de cargar con esa molestia. Por eso, cada palabra salida de su boca solía entrarle al sistema como una bofetada en plenos órganos vitales. Y eso había sido en ese preciso instante, cuando le dijo por una línea telefónica lo que su corazón necesitaba saber y tenía terror de preguntar. Todo lo que había malinterpretado en sus segundos frente al cuerpo del muchacho que adoraba. Ese momento donde, entendió, quiso decir otra cosa distinta a lo que salió de sus labios aterrándola hasta lo más profundo.
Rintarou Suna siempre hablaba con la verdad. Eso lo tenía claro. Esperaba que también lo hiciera en ese instante. Porque cuando notó la hora en el reloj luminoso de su habitación, saltó de entre las colchas abrigadas y solo tomando un saco de lana por abrigo. Saltó los escalones de a cuatro evitando morir por poco, y salió a la calle como una desquiciada y el rostro rojo de temor y frío.
Cuando supo que él estaba frente a sus ojos, fue que pudo levantar la cabeza. Y las palabras que salieron de sus labios la aterraron como nunca.
Que si quería venir a cenar a su casa, le había preguntado. Que su madre cocinaría algo delicioso y quería compartirlo con Yumie y con él. Que pasaran una noche apacible todos juntos bajo el mismo techo. Que la perdonara por haber corrido así el día anterior. Que si era cierto lo que en su mente deseaba con todas sus fuerzas que fuera cierto, ella sentía lo mismo. Que en ese instante, solo él estaba en su campo visual mientras parecía reír como si no hubiera mañana. Que la forma en que entre risas ahogadas frotaba la espalda de su adorable abuela la hacía sentir en casa. Que esa clase de cercanía la ponía de rodillas al suelo y agradecía de poder conocerlo. Que le permitiera seguir creyendo que lo que rezaba, fuera cierto, lo fuera.
―Chizuru-chan ―la llamó Yumie recuperando el habla. Las mejillas arrugadas con rubor por el esfuerzo de detenerse―. Por favor, nunca dejes de expresarte así.
La voz de Yumie Kita flotó en el aire cálido con aroma a arroz hervido y curry de forma que ingresó en su cuerpo por cada poro. Como una caricia de una pluma etérea.
Sonrió.
Shinsuke también.
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―¡Santo Cielo! ―Yumie exclamó sujetando su rostro entre las manos pálidas―. ¿Las once? ¿Cómo se hizo tan tarde?
―El tiempo pasa rápido cuando uno la pasa bien, ¿verdad? Oh, cielos. Eso sonó a frase armada, ¿no?
Yumie rió con ganas. Shinsuke no pudo sino imitarla.
―Realmente son madre e hija, Ayane-chan.
Chizuru contuvo una carcajada ante el rostro arrebolado de su madre. No era fácil verla sonrojada, y tampoco que alguien pudiera llamarla -chan con tanta facilidad. Es decir, llamar así a su madre no solo significaba tener más edad que ella, sino tener una familiaridad como la que Yumie había logrado. Como la que en toda esa cena había sentido. Porque las tazas de té humeante y los dulces que ambos habían traído para el postre aún estaban en la mesa, como testigos de todo lo que había ocurrido. Porque nada de lo que había pasado esa noche era mentira, ¿verdad?
No lo fueron las miradas furtivas que Kita pareció querer mantener pero ella no pudo. El silencio parsimonioso de ambos al lavar la vajilla en la cocina mientras su madre y Yumie continuaban charlando. Tampoco fue una ilusión ese segundo eterno cuando sus dedos parecieron tocarse bajo el agua jabonosa. Una escena tan cursi que la hubiera hecho gritar en cualquier manga shoujo, pero que en la vida real se sintió como un regalo de todos los cielos. Todo eso había sido real, ¿verdad?
¿Verdad?
―Les agradezco tanto por haber venido ―dijo Ayane sonriendo. La realidad es que cuando su hija gritó con fuerza que los había invitado, casi quiso enfadarse. Pero ¿quién podría no querer recibirlos?―. ¡Por favor, tenemos que hacerlo más seguido!
―Ayane-chan, no sabes como te agradezco ―respondió la anciana mientras se ponía de pie. Su nieto sosteniéndola con dulzura del brazo derecho para tratar de ayudarla―. Siempre cenamos solos, y poder hacerlo junto a amigos siempre es un placer.
¿Amigos...?
―Será mejor que te acuestes apenas lleguemos, abuela ―habló Kita con voz firme―. Estás muy cansada.
Ah. Si.
Ami...
―Los acompaño a la puerta ―dijo Chizuru fuerte y claro. Tapando sus propios pensamientos.
Kita asintió sonriendo. Los ojos ámbar fijos en ella. Tanto que la obligó a tragar saliva en un intento de que su garganta dejara de sentirse como una lija cubierta de arena seca. Y mientras sus pasos parecían resonar en el pasillo vacío, el calor de la sala pareció abandonarlos. Como si el aroma a arroz y curry y dulces y té se alejara de sus poros. El aire frío impactando en sus rostros cuando la puerta principal se abrió. La noche helada ante sus narices. El aire condensado expulsandose al hablar. Las lágrimas producidas por la pequeña ráfaga agolpadas en sus ojos azules. Esperando que fueran por el frío. Deseando que no fueran por el dolor en su pecho que parecía nacer desde sus entrañas. El temblor en su mano. Las ganas de gritar. Porque cuando contuvo el aliento al voltearse para que ninguno de los dos notara la vacilación en su labio inferior, aún tenía esos pensamientos en el fondo de su alma. Porque nada de lo que había pasado esa noche era mentira, ¿verdad?
Las palabras de Suna que solo pudo identificar como la forma retorcida en que el pelinegro daba ánimos. No fueron mentira las miradas furtivas que Shinsuke pareció querer mantener pero ella no pudo. El silencio parsimonioso de ambos al lavar la vajilla en la cocina mientras su madre y Yumie continuaban charlando. Tampoco fue una ilusión ese segundo eterno cuando sus dedos parecieron tocarse bajo el agua jabonosa. El instante en que pareció detenerse en el tiempo y solo su voz prevaleció. Todo eso había sido real, ¿verdad?
¿Verdad?
―Chizuru-chan... ―lo oyó decir.
¿Eh?
¿Eh...?
―¿Eh...?
―Quisiera llevar a mi abuela a casa para que ya se acostara a descansar ―dijo. Los ojos miel jamás dejando los suyos―. ¿Pero quieres ir a caminar un rato luego?
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Era real, ¿verdad?
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Shinsuke Kita siempre fue alguien tranquilo. Alguien seguro. Alguien que no corría cuando sabía que lo mejor era caminar. Porque el tiempo de permanencia en cada paso dado en la vida era lo que preparaba su existencia para el siguiente.
Las palabras de su abuelo lo habían guiado a esa filosofía, de la misma forma en que Yumie así lo había mantenido en la amorosa crianza que le había obsequiado durante dieciocho años. Y cuando cada situación a la que se enfrentaba en el día a día reafirmaba que esa parsimonia era el camino correcto a seguir, no podía más que agradecer mentalmente a su memoria. El mismo día en que, como ironía, su abuela había comenzado a decir que ya estaba planeando su boda.
Y sin embargo, su abuelo le había dicho otra cosa. Solo una vez. Como un suspiro al pasar. De esas frases que quizá parezcan armadas. Esas que luego, tal vez, olvides por falta de uso. Pero no él. No Shinsuke Kita. Porque él recordaba todo.
―¿Estás bien? ―la escuchó preguntar.
Lado a lado, sin siquiera rozar sus brazos cubiertos en abrigo, se sintió enorme en comparación. Enorme al notar lo pequeños que eran sus hombros. Lo aún desordenado de su cabello bajo el gorro de lana que su abuela le había tejido hacía semanas, cuando le dijo que el lila era su color favorito por sobre cualquier otro que también eran sus favoritos. Que las pequeñas pecas en el puente de su nariz parecían desaparecer ahora que se había enrojecido por el aire helado. Que las calles de Kobe se hacían más estrechas cuanto más cerca de un parque estuvieran.
¿Que si estaba bien...?
―Claro ―contestó―. ¿Por qué lo preguntas?
Calculó, fueron tres segundos antes de responder.
―Pues, no eres el chico más hablador de todos, pero tampoco te callas tanto ―le dijo. Quiso sonreír por esa sinceridad que aún en momentos así podía mantener―. ¡Es decir! Rayos. ¿Por qué siempre te estoy llamando raro aún cuando siempre tengo cuidado de no hacerlo...?
Solo pudo verla levantar una mano blanco para llevarla tras su nuca. El mismo gesto que siempre parecía salir de su expresión corporal para gritarle perdón. Sonrió con toda la sinceridad que tenía en su propio ser. Porque así se sentía.
―Bueno... ―comenzó―. Tal vez si sea un poco raro, ¿no crees?
Chizuru ahogó una carcajada contra la mano cubierta bajo lana rosa. El vapor saliendo entre sus dientes blancos. Los ojos azules cristalizados por el frío.
―¡No eres tan raro! ―espetó con fuerza―. ¡Rintarou-kun es peor! Puede decir las peores cosas con una expresión seria aunque todos estemos riendo en el suelo. Y es el único que sobrevive si le roba galletas a Osamu-kun ¡Eso es raro!
Kita estaba seguro de que era lo que solía sentir en cada momento de su día a día, porque le habían enseñado bien: porque cada sensación posible de identificar se retrotrae a un instante donde sentiste lo mismo. La veracidad de un sentimiento se da por la identificación de algo similar, perdido en un momento del pasado. Y Shinsuke Kita nunca había sentido esa molestia en la boca del estómago hasta que la conoció a ella. Hasta que el tiempo pasó y ella conoció a Suna. Hasta que esa cercanía entre ambos se hizo diaria. Y ese pinchazo en el esternón ahora, al fin, podía ser identificado con una frase: no hables de otros chicos cuando quiero decirte lo que siento, fue lo que pensó.
Y aún así, su risa borró ese dolor. Porque esa risa, en ese instante, era para él. Y si debía ser sincero, esa risa debía ser oída por todos.
―Si tú lo dices, Chizuru-chan... ―comenzó nuevamente―. Confío en tí.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Tan silencioso que Kita pensó, debería volver a iniciar la conversación. Tan silencioso que lo que pensó, era un grillo, resultaron ser más de cuatro. La luna congelada con un halo de hielo. Los autos pasando a lo lejos. Las manos en sus bolsillos. Y entonces, ella habló.
―¿De verdad?
Shinsuke frenó sus pasos al sentir que ella lo había hecho. Porque los pequeños pies cubiertos en botas de felpa se detuvieron sobre la acera algo húmeda. El rostro asombrado detrás de su bufanda blanca. Los ojos azulinos como dos zafiros reflejando la farola tras su cabeza, haciéndola brillar aún más de lo que siempre parecía resplandecer a sus ojos. Y respondió.
―Si ―casi deletreando sus palabras, aún cuando fuera tan fluido y rápido como sus pensamientos―. Claro que sí.
Sabía que estaba sonriéndole. Bajo esa capa de tela cubriendo sus labios, ella estaba sonriéndole. Lo entendió por el rubor en sus mejillas. Por la forma en que las pecas en el puente de su nariz definitivamente habían desaparecido en esa fina capa roja. En sus manos temblorosas, pero sueltas al costado del cuerpo delgado. En el cabello oscuro brillando con un halo helado, como la luna sobre ellos.
Claro que confiaba en ella. Confiaba sus secretos. Anécdotas. A su ser más amado. Confiaba en ella el haberse enamorado como estaba seguro, lo había hecho. Confiaba en ella el recuerdo de las palabras de su abuelo. Esas mismas que, años después, encontró en una película que parecía describir sus pensamientos. Sobre todo en ese instante. Sobre todo ahora.
«Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene, y es verdad», le había dicho su abuelo una noche de verano. Los furin sonando fuera de las vigas de madera en la entrada. Su abuela preparando té de cebada helado, de ese que sabería mejor solo porque hacía calor. «Lo que no te dicen es que cuando se pone en marcha lo hace aún más rápidamente para recuperar lo perdido».
Ella transcurría tan rápido que no podía controlarlo. A una velocidad donde no tenía forma de sujetarse. Tanto que a veces, quería gritar.
―¡Wow! ―la oyó gritar. Feliz―. De verdad, ¡gracias, Shinsuke-kun! Nadie nunca me había dicho eso. ¡Me haces muy feliz!
Shinsuke vio el temblor en sus delgadas piernas. Las lágrimas en la comisura de sus ojos claros. Esa alegría angustiante a punto de volcarse por sus poros. Porque bajo su tranquilidad aparente, también él estaba así.
―Sabes, Chizuru-chan... ―comenzó a decir.
El aire se espesó en un instante. Como si los grillos callaran. El viento solo soplara por lo alto de sus cabezas. La luz sobre ellos y la calle en su propio mundo. Y los ojos de Shinsuke nunca se movieron de los suyos.
―Que soy raro es un hecho ―murmuró. Y lo era. Todos lo decían, y sabía que ninguno de ellos mentía. Pero en ese instante, no era lo importante―. Así que intentaré decir esto con la mayor claridad posible, si me dejas hacerlo.
Silencio.
Y Chizuru asintió con firmeza tímida. La única forma en que podía emitir respuesta a falta de sonido. Porque Kita, juraba por lo más sagrado, estaba brillando.
―Me siento bien cuando estoy contigo ―le dijo. Espetó. Murmuró claro, fuerte, directo―. Y creo estar en lo correcto al asumir que tu también. Por eso fue que dije lo que dije.
Sonrió. El rostro pálido y masculino contraído en esa expresión que derritió hasta sus huesos, amenazándola con hacerla caer de rodillas.
Y el corazón que martilleaba en su pecho, resonando en todas sus cavidades y huesos hasta destrozar con fuerza sus sienes. Sus costillas destrozadas por un fuego helado expandido desde las entrañas. Las piernas delgadas pero fuertes que parecían querer dejarlo caer al suelo, convertidas en gelatina derrumbadas con un simple soplo de su aliento. El aroma a fruta de su cabello taladrando sus sentidos por el aire helado que los cruzaba. El silencio sepulcral que había tragado la luz y los diminutos ruidos de la calle donde creció. Porque ahora solo ella estaba frente a sus ojos, brillando con tal intensidad que le hacía sentir que nunca antes la había visto. Como esa tarde frente al piano del club de música. Como la melodía que salía de sus dedos delicados al colisionar contra las teclas de un instrumento que simulaba ser una extensión de su propia alma. Porque solo de esa forma podía transmitir como lo hacía. Como su risa, reflejada en una canción. Como sus palabras perforando su piel. Como sus ojos clavándose en sus huesos. Como su propio ser dándole un nombre a esa sensación punzante entre el estómago y el músculo de su corazón. Porque sí, era su propio nombre. Era su propio nombre gritándole que estaba enamorado de ella.
Y ahora lo aceptaba. Lo abrazaba. Lo estaba diciendo con todas las palabras en el orden correcto. Ella frente a sus ojos, y la clara oscuridad rodeandolos como un manto protector.
―Lamento no haber hablado con claridad esa vez, pero lo haré ahora ―y el aire que tomó le supo a miel fría―. Me siento muy bien a tu lado. Y quisiera seguir haciéndolo por mucho tiempo más, Chizuru-chan. ¿Saldrías conmigo?
El silencio en sus labios amenazó con darle miedo. Con destrozar sus nervios. Con hacer lo que ningún partido ni juego lograban en él. Porque ahí no tenía sentido estar nervioso. ¿Por qué sentiría eso, según su lógica? ¿Pero esto? Esto era distinto. Y ese silencio fue eterno y doloroso y deseó con tanta fuerza oír su risa que sus entrañas dolieron.
Por eso cuando la vio bajar su bufanda blanca hasta descubrir el rostro sonriente, se sintió como el final de una melodía que esperas por horas. El final de un juego. El té caliente de su abuela. Sus dedos sonando sobre las teclas de un piano. El día que vio su espalda pequeña por primera vez y al segundo instante estuvo gritando en el marco de su ventana. Esa era la misma chica que asentía con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa tan grande como no cabía en el blanco rostro.
―¡Sí! ―gritó. Sin importarle la hora. Sin importarle la oscuridad. Sin importarle los pocos transeúntes que paseaban sus perros en el parque a pocos metros. Y tampoco a él le importaba―. ¡Claro que sí, Shinsuke-kun!
Shinsuke Kita tenía en claro a qué sabía el té de cebada en verano. Que las hamburguesas eran deliciosas, pero que él prefería las de tofu. Qué ver jugar a sus amigos le daba tanta y más felicidad que estar en una duela. Que la satisfacción de lograr algo a base de esfuerzo era lo que más lo ponía feliz. Todo eso, lo tenía en claro. Y supo otra cosa: que nada de eso se comparaba a la calidez de la mano de Chizuru al quitarse los guantes y tomando la suya, caminando de regreso a casa.
SHOGANAI - Lo que no se puede evitar
