That moment you know you're not in a sad story. You're alive

Stephen Chbosky - The perks of being a Wallflower

CAPÍTULO 11: Murasame.

Cuando diciembre llegó, también lo hicieron las primeras nevadas del año. Esa corriente helada acompañada de una capa blanca y acolchada, adornando los jardines exteriores y haciendo el tránsito por la acera algo tan riesgoso como un salto en paracaídas. Incluso con las decoraciones navideñas que comenzaban a aparecer tímidamente desde la última semana de noviembre, las calles se sentían diferentes. Como anunciando que ese mes, pasara lo que pasara sería diferente. Y es que, para los estudiantes de último año en Inarizaki, lo era.

Desde el comienzo de ese año escolar, todo tenía un aroma distinto. Algo tan dispar que solo podían reducirlo a una sola palabra: último.

El último avistamiento de sakuras al comienzo de clases. El último festival escolar. El último receso de verano. El último receso de invierno. La última paranoia por los exámenes que creían, no iban a aprobar. El último torneo de primavera. Y es que tanto para Shinsuke Kita, como Oujirou Aran, como Ren Omimi, eso era una realidad.

Cada día transcurrido en clase era una pequeña despedida a un mundo que conocían. Al único que realmente se habían acostumbrado con tan solo diecinueve años o pronto a cumplirlos.

—¿Entonces no van a hacer fiesta?

—No.

—¿Salida grupal?

—No.

—¿Baile de despedida?

—Tampoco, Chizuru-chan.

Los ojos azules claros como el cielo helado sobre ellos parecieron moverse a la velocidad del sonido al parpadear. Llevó la mano libre tras su cabeza, rascándose en pleno acto de confusión. La otra, unida a la de Kita mientras caminaban bajo los árboles nevados por las calles de Kobe.

—No los entiendo —dijo, franca—. Es decir, ¡van a egresar! Nosotros ya sabemos cuántas toneladas de comida vamos a pedir para la fiesta que voy a organizar en mi casa.

Kita rió bajo la bufanda azul atada a su cuello. Los puntos totalmente salidos de lugar daban indicio de las pocas habilidades de su novia para el arte de tejer, pero aún así, había sido el primer obsequio dirigido a él estando juntos. El segundo, después del pequeño zorro blanco que descansaba seguro al resguardo su lámpara en la mesa de noche junto a su cama.

—No pueden saber cuanta comida van a pedir.

—Claro que podemos —respondió con la seriedad que el asunto ameritaba—. Tenemos a Osamu-kun. ¿Crees que tenemos margen de error con algo así?

No. Claro que no lo tenían. Pero de todos modos...

—Osamu-kun no podría comer tanto.

—Nunca le digas a Osamu-kun cuanto puede o no comer. Se pone de muy mal humor.

—¿Cómo lo sabes?

—Se lo dije un día y no me hablo en toda la tarde. Tuve que obsequiarle un bollo dulce para que volviera a abrir la boca.

—Estás consintiendo demasiado a tu amigo.

—Tengo que hacerlo —le dijo—. A mi no me tiene miedo.

—¿A quien le tiene miedo?

¡A nadie!

Trató de ignorar el hecho de que Shinsuke seguía mirándola fijo con la cabeza ladeada, intentando leer sus expresiones en vano. No tenía corazón suficiente para decirle que los gemelos preferían enfrentarse al mismo demonio armados con una vara de bambú, antes que despertar su ira. Rió para sus adentros. Ira. Shinsuke Kita no era alguien que pudiera tener ira. Alguien como él no podría jamás guardar esa emoción en su interior. No el mismo chico que durante dos meses había caminado a su lado día a día tomando su mano con una dulzura que juraba, parecía derretir sus piernas como gelatina abandonada al sol.

Los sonidos de esa mañana llegaban a sus sentidos como ecos lejanos en un universo al que no tenía acceso. Fuera de su mundo. Fuera de su burbuja. Y es que procuraba recordar cada segundo dentro de ese lugar de brumas como algo único. Porque con todo y la cotideaneidad que Kita representaba en ella, era algo único.

Sabía que lo vería cada mañana de pie en el umbral de su puerta. La sonrisa cálida y los ojos ámbar siempre en ella. Sabía que le ofrecería su mano sin ninguna tela entre ellos, solo para sentir sus dedos entrelazados. Que hablarían de todo lo que surgiera entre ambos, o el silencio matinal arrollaría sus pasos con comodidad. Fuera lo que fuera, quería atesorarlo.

Porque sabía que en pocos meses, eso cambiaría.

—¿...zuru-chan? ¿Chizuru-chan? ¿Estás bien?

Sacudió la cabeza como si hubiera caído de golpe a la realidad, llamada por el sonido de su voz. El rostro amable viéndola a los ojos casi con preocupación. El sol helado a sus espaldas, haciendo casi iridiscentes las hebras claras de su cabello bicolor.

—¡Claro! —dijo. Gritó —¡Claro que estoy bien!

Y no mentía. Porque ese corto tiempo siendo su novia no podía describirse de otro modo que no fuera un sueño de invierno en brumas fragantes. Quizá, tal vez, quizá, por solo un pequeño detalle. Tan ínfimo que se sentía culpable de pensarlo a cada instante que tomaba su mano y los ojos ámbar la veían con tanto cariño.

—Te quedaste callada de repente. ¿Tienes fiebre? —y su mano pálida se sintió congelada contra la piel de su frente. El contraste perfecto con sus mejillas ardiendo.

Ese contacto era común en él. Casi obvio. Casi maternal. Tan lleno de cariño que podría haberla hecho llorar del amor. Y recordaba ese detalle. Ese insignificante detalle.

Que nunca se habían siquiera besado.

.

.

Potaje de arroz. Esa había sido su cena. Un desagradable pero gustoso potaje de arroz. Y por supuesto que había cenado en su cama: si se había perdido la práctica de la tarde ese día, al menos una cosa iba a resultar bien.

Cuando las luces de su habitación se apagaron, Atsumu trató de conciliar el sueño de la única forma que podía, sintiendo ese calor en su garganta y la nariz más cargada de lo que quería. Las vigas de madera pintadas de negro sobre su cabeza parecían hipnotizarlo mientras intentaba elaborar un plan lo suficientemente bueno como para llegar a clases la mañana siguiente, salteándose el día de descanso que tanto su madre como Kita le habían impuesto. Es decir, ¡el torneo de primavera estaba a la vuelta de la esquina! No podía darse el lujo de quedarse en cama descansando, mientras sabía que muchos otros equipos se esforzaban al máximo. ¿Que si no le daba pánico enfrentarse a la furia helada de su capitán si aparecía en el gimnasio como si nada? Claro que sí. La vida podría arrojarle lo que fuera encima, y lo que más seguiría temiendo en su existencia sería a Kita. Y es que tenía todos los motivos del mundo para temerle, porque a sus ojos, era la eterna calma antes de la tormenta. ¿Que si había visto efectivamente la tormenta? No. No quería verla. Sabía que estaba ahí, y que definitivamente arrasaría con todo si no le hacía caso.

Pero en lo que respectaba al voleibol, Atsumu Miya tenía una única ley: la suya. Por eso se levantó muy temprano al día siguiente, sintiéndose mejor. Por eso salió de la casa antes que su hermano se despertara y dirigió sus pasos apresurados hasta el gimnasio que sabía, estaba vacío. Pensaba. Quería pensar.

No lo estaba.

—Buen día, Atsumu-kun —lo saludó la voz calma que reconocería a kilómetros de distancia.

Porque si había algo que Kita podía causar en terceros, era sentir el terror agudo sin necesidad de levantar un ápice el sonido en sus cuerdas vocales. El frío helado causado por una ínfima gota de sudor congelada corriendo bajo su columna vertebral lo hizo temblar ante la realización de la figura de autoridad frente suyo. Sentado en el suelo de madera lustrada, los tennis ya puestos, los balones limpios junto a su cuerpo. Porque sí, claro que había llegado temprano para limpiar los balones antes de la práctica matutina.

—¡B-buen día, Kita-sempai!

—¿Por qué tartamudeas?

—¡N-no estoy tartamudeando!

—Oh... —musitó calmo—. ¿Te sientes mejor?

Claro que iba a recordarlo. Desde luego que estaría implantado en su memoria de abuelo eterno el recuerdo de sus estornudos el día anterior. Porque, por algún motivo, parecía estar a punto de resf...

—¡Me siento muy bien, Kita-sempai! —dijo/gritó—. No tienes que preocuparte por nada.

Los ojos ámbar se posaron en los suyos, aún cuando sus manos blancas no soltaban el trapo degripiento con el que fregaba los balones. El silencio de la mañana pareció invadirlos como un manto solemne a la luz del sol helado.

Iba a mandarlo a casa. Lo sabía. Sabía, olía, predecía que Shinsuke Kita lo enviaría a casa con una hipotética patada en el trasero.

—Confío en tí, Atsumu-kun.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿Qué?

¿Que Kita confiaba en él? ¿Eso había dicho? ¿Kita? ¿Shinsuke Kita? ¿La madre del equipo? ¿El verdugo silencioso? ¿El tipo sin debilidades? ¿El que lo mandaba a callar a diario porque decía cosas fuera de lugar? ¿Él? ¿Ahora confiaba en él? ¿Él?

—Confío en tí, Atsumu-kun —repitió. Calmo. Paciente. La vista siempre en él—. Eso fue lo que dije.

Atsumu Miya era un sujeto complicado. Y complicado era una palabra amable para definir al tipo más molesto e irritante que hubiera pisado su preparatoria. Condescendiente como pocos, irónico y siempre listo para dejarte llorando sin siquiera importarle. Y es que francamente, no le importaba: estaba perfectamente consciente de quién era. Qué era lo que atraía. Que era lo que necesitaba. Hasta su hermano lo tenía tan en claro que aceptaba su imbecilidad a niveles insospechados. Aran parecía tener problemas de presión con sus interacciones y aún así, lo aceptaba. Todos en el equipo sabían cómo era y nadie lo cambiaba. Pero Kita era diferente.

Kita era ese padre que te mira serio, esperando más de tí. Esos que, a veces, parecía que siempre quería más. El rostro parco, los brazos cruzados sobre el pecho. Hablando solo lo necesario, siempre con el mismo tono. Y ahora, como una epifanía de invierno a solo meses del último torneo que compartiría con la figura de autoridad más poderosa que habría visto alguna vez en todos sus años de carrera escolar, pareció comprenderlo. Porque tras esa mirada adusta y el sentimiento de ser observado por un iceberg en la duela, había otra intención. Algo más profundo. Algo que pareció mover cada átomo en su enorme cuerpo: Shinsuke Kita siempre había confiado en él.

—Kita-sempai... —quiso comenzar.

—Vamos a poner todo de nosotros —dijo, interrumpiendo sin quererlo—. ¿De acuerdo?

¿De acuerdo?

¿Qué...?

—¿Tan temprano y limpiando los balones? —la voz de Oujiro Aran cortó el aire helado como un cuchillo afilado—. En realidad, ¿de qué me estoy sorprendiendo?

La altísima figura morena entró con la gruesa bufanda oscura cubriendo la mitad del rostro asombrado. La mirada yendo de uno al otro.

—¿Tú también, Atsumu? —habló el moreno llegando tras él—. Esto sí es raro.

—¡No seas tan cruel, Aran-san! —gritó genuinamente ofendido. Quiso pensar.

—¿A qué cosa llamas cruel...? —preguntó Aran confundido. No quería escuchar eso del sujeto más cruel de todo Inarizaki.

—No le gusta que le digas que es la clase de sujeto que no hace cosas por los demás.

La voz parca llegó a sus oídos antes que estuviera entre ellos de cuerpo presente.

—¡Cállate, Suna! —se defendió el rubio. Y su copia a carbón habló desde un limbo visual antes de pasar por la puerta.

Pues realmente no lo es.

—¡Muérete de una vez, Samu!

En algún momento entre que pestañeó cuatro veces a una velocidad ultrasónica, la paz se acabó. Ese momento que solía disfrutar casi a diario cuando llegaba antes que nadie al gimnasio y aprovechaba para limpiar los balones que los chicos de primero seguramente, no habían lustrado bien. Porque eso hacía: su rutina inquebrantable. Esa a la que había acostumbrado su cuerpo durante tres años. La que ya creía, traía de casa. Años y años de enseñanzas le habían dejado una tranquilidad absoluta al mantener su rutina. Su perseverancia. El día a día. Y sabía, dentro suyo, que en unos meses eso cambiaría. Que en unos meses, algo de eso cambiaría.

Las voces se alzaron potentes en el ahora inexistente silencio matutino en el santuario que era el gimnasio a esas horas. El sol ingresando por las amplias ventanas del piso superior. Los cristales esmerilados por el hielo de la nieve que se negaba a derretirse, el frío colándose entre las uniones metálicas. Y aún así, Shinsuke Kita pensó que nunca jamás, ese lugar se sintió tan cálido.

La vista fija en ellos, casi con una nostalgia que no creyó transpasaría sus poros.

.

.

¿Te encuentras bien?

La voz de Aran siempre sonaba así cuando llegaba a sus oídos desde las gruesas paredes de la ducha en el vestuario. Esa sensación de familiaridad en la que nunca se había respaldado hasta ese instante. En la que no se detuvo antes, asumiendo que era algo como el resto. Algo a lo que se había acostumbrado. Una rutina más en su vida. Porque Aran siempre estaba ahí.

El rostro moreno fijo en él. La camisa de su uniforme a medio abrochar. El desastre ordenado que eran sus pertenencias sin guardar cerca de su bolso deportivo.

¿Por qué me estás...?

Aran suspiró con fuerza. Los últimos botones de su camisa ahora sujetos contra los ojales.

No sé realmente para qué pregunto, si te soy sincero.

¿Eh?

Estos tres años fueron increíbles, ¿sabes? —dijo. Los ojos oscuros abandonando su figura. Fijos ahora en la pared blanca condensada en humedad—. Pude jugar con compañeros excelentes. Y si, compartir equipo con esos dos infradotados emocionales es algo que considero un privilegio.

¿Por dos infradotados emocionales se refería a los gemelos? Asumió que sí. No había otros infradotados emocionales que pudiera recordar en el equipo en ese momento. Ni siquiera los sempai raros que habían egresado los años anteriores. Aran continuó hablando, trayéndolo a la realidad como atado de una cuerda invisible en su cintura.

Pero... —lo oyó tomar aire. El suspiro sostenido. Una sonrisa de costado en los gruesos labios—. Creo que es mejor que te lo diga ahora, antes que todo haya pasado y se confunda con la emoción de terminar la preparatoria. Kita, eres un gran capitán. Un buen amigo, y una buena persona.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

¡Pero maldita sea! —gritó con fuerza—. ¡Sigues tragándote todo lo que te pasa y nunca abres la boca! ¡Tienes una novia preciosa y estoy más que seguro que tampoco le escupes nada! ¡Aquí estás sufriendo solo porque es nuestro último torneo y tienes una cara tan parca que pareciera que te sacaron de un congelador!

Shinsuke Kita conocía a Oujiro Aran desde los quince años. Cuando entraron juntos al gimnasio de Inarizaki por primera vez hacía tres años, recordó haberlo visto como una enorme pared de puro músculo y un rostro tan pacífico como lo tenía su abuelo. Una risa calma. Un carácter afable. Un año jugando a su lado y podía asegurar que podrían llevarse bien, aún con la obvia diferencia de habilidades: y es que Aran era realmente bueno. Uno de esos muchachos que sabes, terminarían siendo profesionales y probablemente representando al equipo Nacional de Japón. ¿Él? Él era el chico que se esforzaría sin quejarse constantemente, y que haría lo mejor que pudiera. Ese siempre fue su objetivo. Hacer lo mejor. Un año más tarde, cuando los gemelos Miya entraron al equipo, se dio cuenta de que Aran también tenía fachadas en su personalidad. Porque esa calma se venía abajo como un muro de concreto mal hecho cuando los hermanos lo sacaban de quicio. Y en ese momento, recordó, le cayó aún mejor.

Esa era la clase de persona que era Aran. Y notó en ese preciso instante, mientras juraba ver una sombra carmesí en las mejillas morenas, que nunca se lo había dicho. Que jamás había sido sincero con la amistad que los unía. Que en su tranquilidad, parsimonia y rutina diaria, había dado por sentado algo que ahora, iba a terminar.

Oujiro-kun... —trató de comenzar a hablar. Sonrió, calmo. Las ideas en su mente en hilera. Casi como si se hubieran ubicado solas, como piezas perfectas de rompecabezas—. Quiero que terminemos esta etapa con todo lo que tenemos. Y que comencemos la próxima con la frente en alta.

El rostro de su amigo permaneció quieto solo por unos segundos, como si repensara qué contestarle ahora que había hablado. Casi como si hubiera esperado otra respuesta. Y entonces, sonrió. La luz de las lámparas halógenas reflejadas en los dientes blancos. Su gruesa y alegre voz resonando en las paredes enlozadas. La nostalgia fluyendo en esa sola escena.

¡Demos lo mejor, Kita!

La risa de su amigo parecía resonar en las paredes brillantes de su mente, cuando los pasos de Chizuru a su lado lo trajeron a la realidad. Porque luego de ese encontronazo amistoso y violento en la puerta del gimnasio, habían tenido práctica matutina. Y luego de la práctica, Aran se había acercado a él casi como si presintiera algo que él mismo no podía descifrar. Y ahí estaba ahora, un día después. Cuando nuevamente, había despertado al alba y juntos decidieron caminar lado a lado hacia el colegio.

Al decimocuarto día de diciembre, todo ápice de calidez dejada atrás por el otoño quedó cubierta de blanco. El aroma a tierra húmeda y hojas secas cubriendo el césped de los parques reemplazados por la brisa congelada del invierno sobre Kobe. Los días helados y las tardes más cortas. La necesidad imperante de cubrirse las manos con gruesos mitones para protegerlas del clima. Esos momentos del año donde puedes jugar a ser un dragón escupiendo humo entre los dientes. La nariz roja sin haber bebido una sola gota de alcohol. Shinsuke Kita asumió que ese era el motivo por el que su novia parecía casi un espejismo de invierno caminando a su lado esa mañana. Eterea y con el cabello negro desordenado brillando a los cristales de nieve que caían despacio, como pétalos de sakura desapareciendo al tocar el suelo.

—¿Ya volviste en ti? —le dijo de repente, sobresaltado sus sentidos. Nunca creyó que estuviera notando su mirada fija sobre ella.

—¿Eh...?

—Hace un rato te fuiste, y tenía miedo de interrumpir algo importante preguntándote si estabas bien. ¡No te estoy diciendo raro ni nada por el estilo! Oh, mierda. Ahora sí parece que te estoy diciendo raro. ¡Por favor no creas que apesto como novia por esto!

Tres segundos. Tres segundos fue lo que tardó el cerebro de Kita en conectar todos los puntos del dibujo más grande que estaba gestándose en ese instante y estallar de risa en una rutina que también lo había acostumbrado.

Porque si, era una realidad: se había acostumbrado a esto también. A la voz clara como una campanada de cristal en medio de un bosque silencioso. A la risa estrepitosa. Al rubor de sus mejillas. Al cabello oliendo a frutas. A la calidez de sentir su mano delicada entre sus dedos. A...

—Nunca pensaría eso de ti, Chizuru-chan —le contestó con una sonrisa, tratando de contener sus propios impulsos de carcajear nuevamente—. Es sólo...

Y calló.

—¿Es solo...? —repitió en espejo. La cabeza cayendo a un costado. Los ojos azules mirándolo fijo.

¿Qué iba a decirle? ¿Que una parte suya genuinamente se preocupaba por perder su rutina? ¿Que algo dentro suyo parecía movilizarlo tanto que cristalizaba su lógica y amenazaba con romperla en mil pedazos?

Shinsuke Kita era un animal de costumbres. Cada parte de su vida se definía por la repetición constante de sus actos, hasta que estaban tan asentados en su mente y cuerpo que eran parte de él. Por eso, decía, no se ponía nervioso con nada. ¿Por qué iba a hacerlo? Para Kita, entrar a un partido no era distinto que levantarse por las mañanas, entrenar, limpiar el gimnasio o alimentarse. Todo era parte de su vida. Todo formaba su personalidad. Un rompecabezas que ya conocía de memoria. Uno del que había visto la imagen final para servirle de guía en su armado. Solo que había un problema: había cambiado tanto en ese último tiempo que tal vez, quizás, no tuviera tan en claro esa imágen.

Sabía lo que quería hacer al finalizar sus estudios en preparatoria. Sabía que quería estudiar agrimensura y trabajar en el campo. Quería llevar sus conocimientos a la elaboración base de algo más grande. Contribuir a la raíz de un enorme roble. Pero algo estaba picando sus entrañas de tal forma que podía oír sus oídos zumbando. Un sonido lejano y permanente. Algo que no quería aceptar. Algo que no tenía que estar ahí.

—No es nada, Chizuru-chan —respondió ladeando la cabeza repetidas veces. El rostro calmo. Su cabeza aún sintiendo ese sonido como dentro de una caja oscura—. Estamos entrenando mucho, debe ser eso.

¿Le había mentido a su novia? No. No le había mentido. Omitir algo cuya respuesta no está en su espectro no es mentir. Claro que no le había mentido a esa hermosa chica caminando a su lado, brillando con más potencia que la nieve cubriendo la copa de los árboles.

Los ojos azules pestañearon más veces de las que pudo contar. El gorro rosa cubriendo su cabello revuelto parecía más claro por la luminosidad sobre ellos. El vapor condensado escapando de sus finos labios al exterior, confirmando que el frío colándose entre los pliegues de su chaqueta era tan real como esa caminata compartida. Como lo había sido todo ese mes. Todo ese año. Todos esos años. Todas esas rutinas que adaptó a su vida hasta fijarlas en su cuerpo. Todo lo que componía su cuerpo en átomos moviéndose en una danza eterna. Pero no. No le había mentido. Y ella...

—¡Es cierto! —gritó alegre. Siempre alegre—. ¿Estás nervioso? ¡Claro que no! ¡Nunca te pones nervioso! ¿O si? ¿No, verdad? Atsumu-kun estuvo más pesado con Osamu-kun que de costumbre, así que creo que hasta él lo está. Y Suna dice que nada le importa, pero no presta mucha atención a clase últimamente. ¡Oh, mierda! ¡No le digas que te dije! ¡Va a matarme por chismosa y es más efusivo de lo que parece cuando se molesta y yo lo molesto muy seguido!

¿El sol siempre se reflejaba así en su cabello? ¿O era por el movimiento frenético de sus brazos como queriendo detener algo inevitable en su respuesta? No lo sabía, porque solo podía estallar nuevamente en risa. Así había sido todo ese tiempo. Esa también era una rutina para él. Una a la que no podía acostumbrarse, porque ella era un mar sin calma que lo arrastraba sin ninguna resistencia.

—¡No diré nada, Chizuru-chan! —espetó cortando a duras penas la risa de sus labios—. ¿Qué hay de ti? El festival del Club de Música será pronto, ¿verdad?

La vio asentir como una niña a la que le preguntaron si quería dulces de postres. Sabía que ese apretón en su mano fue tan inconsciente como su entusiasmo al responder, siempre en un tono tan alto que alertaba a todos en la calle de lo feliz que estaba.

—¡Si! —gritó—. ¡Creo que estoy a dos sonatas de romperme los dedos, pero feliz!

—Está bien que practiques duro, Chizuru-chan. Pero no te excedas tanto como para lastimarte.

Chizuru rió cubriéndose los labios con su mano libre. El vapor chocando contra la gruesa tela clara.

—A veces siento que me consideras una niña, Shinsuke-kun.

Silencio.

—¿Eh...?

—¡No! —espetó. El rostro totalmente rojo, deteniendo sus pasos en la acera—. ¡No quise decir que me veas como un infante! ¡No! Mierda, ¿por qué hablo?

El muchacho de grises cabellos ladeó la cabeza repetidas veces. Sería mejor aclarar algunas cosas antes de seguir caminando. Y antes que su cerebro estallara por los aires como podía vaticinarlo.

—No te considero una niña, para nada —dijo calmo. La sonrisa perpetua en sus labios. Los ojos ámbar fijos en ella—. Pero me preocupo por tí. Eres mi novia.

Mierda.

¿De verdad? ¿Pensaba que podía decir esas palabras sin que todo su cuerpo pasara a convulsionar y prenderse fuego cual poste cubierto de kerosene en un incendio intencional por sus palabras? Rayos... ¡Eran novios! ¿Por qué sus palabras corroborando eso hacían que su pobre corazón estallara dolorosamente en un millón de fuegos artificiales en pleno invierno? Oh. Cierto. Porque lo eran. Pero algo estaba faltando. Y él mismo parecía no haberse dado por enterado.

Porque mientras sus pasos doblaban entre las calles internas, llegando al predio de la Preparatoria Inarizaki, en su mente siempre seguía repitiendose el mismo pensamiento. Que en todo ese mes no podía negar la calidez de Shinsuke para con ella, pero que nada más que sus manos se habían tocado. Y el sonido de su voz aseverando que estaban juntos como algo más que amigos parecía hacerle estallar el pecho de felicidad, pero reducir su cerebro a una masa gelatinosa cuando no entendía por qué nada más pasaba.

¿Que si había querido hablar con sus amigos al respecto? Pff. Claro que jamás. Suna la volvería loca. Osamu la miraría como quien mira a un lunático. Y estaba segura de que por más que adorara a esos dos tarados, ninguno de los dos sabía siquiera que eso era una opción. Por eso estaba tan perdida. Tan ida. Tan...

—Tengo que ir al gimnasio —musitó calmo. Y ella volvió a la realidad.

De pie ambos en medio del enorme parque que separaba los caminos hacia el edificio principal y los centros de deportes. Unos pocos estudiantes llegando también a esas horas tempranas de la mañana. El sol helado sobre ellos. La nieve depositada como un blanco recordatorio de que estaba congelándose las piernas bajo la falda. Asintió con fuerza, respondiendole.

—¡Si! —espetó—. ¡Trata de no matar a nadie!

Silencio.

—Pero no iba a matarlos.

—¡Es broma! —gritó con el rostro rojo.

Kita rió con fuerza.

—Es divertido ver como reaccionas —le dijo. Y ella quedó muda—. Aran-kun y tu se enfadan cuando no entiendo algo. Creo que voy a terminar el año sin saber leerlos del todo.

¿Eh? ¿Qué...?

—Shinsuke-kun... —comenzó a decir. Los brazos delgados a ambos costados del cuerpo—. ¿Estás triste porque el año terminará pronto?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—No creo que triste sea la palabra indicada... —acabó por confesar. El rostro pálido casi perdiéndose en un océano de nostalgia del que no tuvo conocimiento hasta que ella misma se lo dijo, mucho tiempo después—. Pero...

La pausa de sus palabras pareció eterna. ¿Por qué estaba diciendo esto? ¿Por qué estaba confesandole algo que no había pensado antes? ¿Por qué...?

—Pero, creo que voy a disfrutar todo el doble a partir de ahora.

A los ojos de Chizuru Yuzuhiha, Shinsuke Kita siempre había sido algo extraño. Tanto que no podía dejar de mirarlo. Tanto que siempre buscaba hablarle. Tanto, que juraba sentir paz con solo pararse cerca, como un fuego cálido en las noches invernales. Siempre la palabra justa, aún con esa incapacidad innata de no poder identificar un sarcasmo aunque lo golpeara de frente y con guante picudo. El ancla emocional que necesitaba cuando sus pensamientos se iban de lugar. Esa mano que siempre esperó, y ahora todas las mañanas tomaban la suya. Ese muchacho, era tan humano como ella. Tan real como cada persona pasando en la lejanía. Real. Como lo eran todos.

Y eso la golpeó. Porque supo que todas las dudas que ella podía sentir, también estaban en él. La única diferencia era que nunca las decía. Esa manía y deseo de proteger al prójimo siempre a costa de no abrir la boca. Como lo entendió esa noche en que todo se nubló. Esa noche donde le había dicho que si él no decía las cosas, ella se las preguntaría. Esa promesa que juraba, era tan real como él. Como ellos. Como ese instante bajo el sol matutino.

—Lo sé —le dijo. Kita la miró sorprendido—. Sé que disfrutarás todo al máximo. Solo...

La pausa de sus palabras pareció eterna. ¿Por qué estaba diciendo esto? ¿Por qué estaba confesandole algo que no había pensado antes? ¿Por qué...?

—Solo, recuerda que no estás solo —le dijo—. Nunca.

Shinsuke Kita recordó muchas cosas de ese instante. Todos reflejados en un solo momento, en una sola situación: cómo el sol helado se reflejaba en sus ojos claros como cristales de nieve y aún así eran tan cálidos que hicieron flaquear sus piernas. Como siempre se había considerado bajo en estatura, pero notó lo alto que era cuando ella estuvo en puntillas de pie. Que el día era tan helado que su abuela le dijo más tarde que había llevado poco abrigo, y aún así sus labios se sintieron como miel derretida contra los suyos. Porque eso había ocurrido. Porque los pequeños pasos de Chizuru habían cerrado el espacio entre ellos, y apoyando ambas manos sobre sus hombros alcanzó su rostro en un instante eterno. Ese instante en que pudo contar las ochenta y cuatro pequeñas pecas casi transparentes en el puente de su nariz. Que sus pestañas iridescentes parecían temblar junto con él. Que el aroma de su cabello era más fresco los días nevados. Que la piel de su rostro olía a un día lluvioso. Que sus labios eran suaves a pesar del frío sobre ellos. Tanto que juró, eran ese instante eterno. Y sin embargo, uno que había terminado tan pronto que quiso llorar al sentir el frío sobre la piel sensible y húmeda que el rastro de los suyos había dejado.

El rostro tan rojo como no podía dimensionarlo se separó del suyo, temblando como una hoja en otoño. El silencio pareció golpearlos con una realidad que los asustó. Y aún así, la voz de Chizuru sonó como siempre. Atándolo a tierra mientras ella misma ocasionaba un terremoto.

—¡Que tengas un buen entrenamiento! —gritó. Los ojos azules cargados de lágrimas que no iban a salir hasta que no estuviera sola y descargando sus nervios—. ¡Saluda a los chicos de mi parte! ¡Pongan todo de ustedes! ¡No es que nunca lo hagan! ¡Siempre lo hacen! ¡Pero ahora más! Rayos... Eh... ¡Ah! ¡Mucha suerte!

¿En qué momento se había alejado? ¿En qué instante su cuerpo delgado había recorrido ese espacio enorme entre ambos? ¿Por qué le parecía escucharla maldecirse a sí misma en un tono agudo y cubrirse el rostro con ambas manos? No lo sabía. Y sin embargo, rió. Rió tan fuerte y tan feliz que no podía dimensionar su propio corazón a punto de escupirse por los poros.

Iba a disfrutar cada día al máximo.

Hasta la primavera, iba a disfrutar cada día al máximo.

.

.

El equipo de voleibol masculino del colegio Inarizaki era llamado una powerhouse por una razón: eran fuertes. Eran realmente fuertes. La clase de equipo que tienes que prepararte durante años para derrotar, porque su capacidad de atraer monstruos reales a sus filas era tan efectiva como los métodos de entrenamiento que utilizaban. Y es que ellos jamás miraban atrás. Jamás se conformaban. Jamás mantenían la vista en el equipo que habían formado, sino del que tenían para mejorar. Nunca quedarse quietos. Siempre superándose, siempre moviéndose, siempre desafiando. Porque así los llamaban: los retadores más poderosos. Y ese nombre no venía en vano y no se forjaba gratis.

El último torneo comenzaba.

MURASAME - Lluvia que cae fuerte y débil de forma seguida y repetida