Time it took us
To where the water was
That's what the water gave me
And time goes quicker
Between the two of us

"What the water gave me", Florence and the Machines

CAPÍTULO 12: Sakurafubuki

Shinsuke Kita nunca se ponía nervioso. ¿Por qué lo haría? El voleibol era parte de lo que consideraba el día a día en su vida. No le era distinto a sus tareas cotidianas. No había diferencia entre sus entrenamientos y un partido con levantarse y limpiar su alcoba. Con estudiar. Con ayudar a su abuela. Con caminar por la calle al atardecer luego de un día de clases. Porque todo se había hecho a base de esfuerzo y repetición y disciplina.

Y ahora, mientras estaba de pie al costado de la duela observando a sus compañeros jugar contra la Preparatoria Karasuno, no podía sino reafirmarlo con cada fibra de su ser: porque la rutina a la que Shinsuke Kita se había acostumbrado también incluía esto. Incluía ver los movimientos precisos de Atsumu alcanzar un balón y colocarlo con una precisión maquiavélica en las manos Aran, Osamu o Suna. Era ver al muchacho de negros cabellos brillosos bloquear al oponente como un muro de hielo antártico. Era observar a Aran ser una estrella tan brillante como el Sol y al segundo siguiente tener un colapso nervioso por alguna frase involuntaria del mayor de los gemelos Miya.

Shinsuke Kita sabía muchas cosas, ciertamente. Conocía su día con precisión milimétrica desde el alba hasta el ocaso. Conocía sus propios movimientos como los engranajes de un reloj suizo, de esos que decían, eran los mejores del mundo. Conocía los aplausos del amable señor que siempre llevaba a su abuela a sus juegos. El silencio cálido de Yumie esperando para que él saliera a la cancha. Los gritos de su novia alentandolo y a sus amigos con aullidos casi guturales que la diferenciaban de las niñas con abanicos que siempre los seguían. Todo eso, era lo que sabía. Y una cosa más: sus compañeros eran increíbles.

Como seis gladiadores en cancha y sus soportes esperando para dar las estocadas letales. Todos jugaban un papel importante, y Shinsuke Kita lo veía con la claridad que se tiene cuando el sol ilumina la pradera durante la mañana. Y desde su posición, como capitán silencioso, podía entenderlo todo. Observando las espaldas imponentes de los monstruos que eran sus compañeros. El orgullo quemando su pecho, aún de pie en la zona de intercambio. Porque esa era su labor. La necesidad de si en un partido. El guardián oculto de las estrellas más brillantes que danzaban al ritmo de Atsumu Miya, tan sonriente como el sol que realmente era, opacando todo con sus solos movimientos.Y cuando su turno llegó no fue para brillar en solitario. No fue para tener un punto más o humillar a un adversario digno. Cuando Shinsuke entró en un intercambio con Ren Omimi, lo hizo porque el equipo lo necesitaba. Porque el mayor de los Miya había perdido inconscientemente el control de sus propios pensamientos, como una enorme máquina que solo necesita un ajuste. Tan ínfimo, que la gran mayoría de quienes estaban presentes no notaron su presencia más que por las recepciones certeras, por su número en la dorsal, por el cabello gris brillando a los reflectores lumínicos. Pero esa era su misión: unir al equipo. Volverlo a la línea. Sacarlo del bache en el camino para que sus compañeros siguieran explotando como lo que eran: los más grandes retadores.

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Saludar a un oponente cabizbajo y a veces satisfecho, eso siempre había pensado. Una victoria no se encara particularmente diferente que una derrota. Eso había estado presente en su corazón desde el momento uno, porque todo dependía de su esfuerzo y el camino recorrido hasta ese instante. Recoger los balones del equipo y marchar a los vestuarios para cambiarse, era lo que hacían siempre, ganaran o perdieran. Lo único distinto en cada ocasión era el sonido de la voz de Atsumu y las cadencias de sus insultos. La parábola formada en la espalda de Oujiro, dependiendo que tan cabizbajo estuviera. La mirada de satisfacción de Suna. El sonido del estómago crugiendo de Osamu. Los comentarios y suspiros cansados de Omimi. Se había acostumbrado tanto a ellos que podía enumerarlos en su mente como los capítulos de un libro que se sabe de memoria. Y sin embargo, esto era diferente.

—¿Por qué están aplaudiendo? —la voz del mayor de los Miya se oyó a su izquierda, cuando los hilos de su pensamiento lo trajeron a tierra—. ¡Perdimos!

Si, habían perdido. La última jugada rápida del pequeño de cabellos de fuego y el colocador estrella de Karasuno había sido tan efectivo como una bala de cañón directo al estómago. Tan brutal que los dejó sin aire tras una batalla que creyeron, tenían ganada. Y cuando el silbato final marcó el término del partido, se sintió tan distinto como un cambio de temperatura brusco en un día de invierno. ¿Porque estaba acostumbrado a ganar? ¡Claro que no! No era eso. Era...

—Cállate y saluda, Tsumu.

—¡Déjame en paz! ¡No tiene sentido! Perdimos, ¿por qué nos felici...?

—¡Cierra la boca, Atsumu!

La voz gruesa y potente que pareció ubicar a Atsumu como si le diera un golpe en plena nuca provino de las gradas frente a ellos. Cuando el enorme propietario de la tienda de mascotas a pocas cuadras de su casa movió el puño para mantener su postura casi amenazante aunque estuviera llorando.

—¡Los felicitamos porque jugaron excelente, muchacho idiota! ¡Ahora da las gracias como corresponde y prepárate para el próximo año!

El muchacho de rubios cabellos pareció detener su respiración en un instante. Como si el aire se congelara aún cuando solo podía aspirar partículas calientes al interior de su cuerpo. Como si una mano invisible lo hubiera golpeado en el pecho e hiciera latir su corazón. ¿Que se preparara para el próximo año? ¡Él no quería el próximo año! El quería ganar aquí y ahora y demostrarle a ese enano mandarina quien mandaba. Patear casi figurativamente la cara de Tobio Kageyama porque él era mejor, aún cuando siempre sonriera ante la forma tan precisa en que el moreno podía colocar el esférico. Él no quería un próximo año. Él quería este. Quería ganar. Siempre quiso ganar.

Pero de todos modos, ganaría el próximo año. Los destrozaría el próximo año. Los haría mierda el próximo año. Y las tablas de madera lustradas fue todo lo que pudo mirar al sentir la pesada mano de su hermano inclinandole la cabeza a la fuerza. Las gotas de sudor que escapaban a su piel cayendo al suelo con un sonido tan claro como los aplausos efusivos y vitoreos a sus nombres.

Kita permaneció inclinado con la cabeza baja, perdiendo la cuenta de las veces que había oído retumbar en sus oídos el tronar de manos ajenas. Y fue la voz calma de Aran a su lado la que lo obligó a ladear el rostro, encontrándose con los cálidos ojos pardos en la misma posición. La sonrisa cansada y satisfecha. Casi como si exteriorizara su pecho. Pero...

—Nada mal para nuestro último torneo, ¿verdad? —le dijo Aran. Por primera vez, sentía que podía verlo a lo ojos en esa posición sin estirar el cuello por la diferencia de altura.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Y su respuesta.

—No —musitó. La sonrisa de costado tratando de emparejar la ajena—. Nada mal.

Cuando su espalda adolorida se enderezó, juró que pudo sentir como las gotas de sudor se congelaban contra la piel desnuda bajo la camiseta totalmente empapada. Como si todo cayera en su lugar. Como si cada segundo que pasara, era un paso más cercano a la realidad. A esa que le gritaba en plena cara que su último partido de su último torneo de su último año en preparatoria había acabado. Que ya no quedaba otra cosa más que el saludo final al rival que los había vencido. Que esa excursión a los vestuarios en silencio genuinamente sería la última. Que ya no habría otro año al cual aspirar.

¿Que si era duro ver los rostros apenados de quienes ya no volverían a jugar? Si. Claro que lo era. Ese podía ser él al no ganar, y de seguro tocaba una fibra sensible en su pecho. ¿Pero tenía forma de remediarlo? Solo no perdiendo. Solo seguir ganando. Jugar una y otra vez. Repetición, calma y repetición esperando el mejor resultado posible. Esa era su forma de ver el camino que estaban recorriendo como equipo. Y le parecía totalmente válido.

Disfrutaba los gritos de los gemelos cuando no estaban matándose a golpes, porque eran esporádicos momentos en los que los dos parecían congeniar y merecía la pena apreciarlos. Las palmadas en la espalda por la pesada mano de Aran, tibia y sudada por el esfuerzo aún presente en su enorme cuerpo. Las palabras de Omimi y Akagi a sus espaldas. Hiragi intentando que Suna mostrara algún tipo de emoción por haber ganado. Esos pequeños trazos en sus memorias recientes era lo que, sabía, quería recordar. Incluso ese instante donde juró reconocer el grito de Chizuru alentando su nombre cuando dio un paso dentro de su duela. Como si hubiera esperado a que todos disminuyeran el volumen en una sincronía perfecta. Porque en esos últimos partidos, siempre había estado presente.

En el Intercolegial de primavera del año 2013, la preparatoria Inarizaki quedó descalificada en segunda ronda, perdiendo con la preparatoria Karasuno.

El silencio de los seis en cancha era devastador, y quizá por ello, las palmas y gritos de aliento de todos los que habían ido hasta Tokio para animar a su equipo los hicieron levantar cabeza.

Atsumu tenía un nuevo objetivo, nacido de un cuervo pequeño y de cabellos luminosos:

Shouyo Hinata... Algún día, colocaré para ti —le había dicho, señalándolo de forma tan gratificante como ruda. Y volteó a él su espalda, con los ojos abiertos y serios—. Pero antes de eso, te destrozaré el próximo año.

Y probablemente nunca supo si el pequeño muchacho pelirrojo le respondió algo. Tampoco notó el desagrado de Kageyama en su mirada. Pero sí vio a su hermano, esperándolo junto al banco de suplentes con los brazos en jarra sobre la cintura. El rostro escéptico y la transpiración corriéndole por cada poro.

—Eres horrible como perdedor —le dijo.

—Cierra la boca, Samu —contestó.

—Acabas de decirle al chico algo que tranquilamente podría considerarse acoso y del mal tipo.

—¡Claro que no! ¡No hay hay acoso del buen tipo, tarado!

—Cierra la boca y camina, mal perdedor.

—¡Cállate!

Los pasos de los gemelos sonaron secos contra las tablas de madera lustrada, solo opacadas por los equipos que entraban a la cancha para el siguiente partido. Los latidos de Atsumu resonando en sus sienes como si quisiera estallar. Tanto estaba conteniendo, que trató de suavizar su voz lo más posible, aún con la molestia en su cuerpo al cruzar la pesada puerta metálica que comunicaba con el pasillo de vestidores.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo de todos modos, Samu? Perdimos.

—Lo se, idiota, estuve ahí.

—¿Entonces cómo es que no estás molesto? ¡Tanto esfuerzo para nada!

—¿De verdad piensas eso?

La sensación de un cubo de hielo seco resbalando contra la espalda tibia y sudada lo detuvo en seco. Como sintiendo un cuchillo helado contra su cintura. Como si lo hubieran pescado infraganti tomando algo que no debía de la nevera. Ese sentimiento de saber que estas totalmente cagado para el resto de tu existencia, que no sería mucho más que esos pocos segundos que tardó en darse vuelta junto a su hermano, enfrentando los ojos calmos de su capitán.

—K-Kita-sem...

—Sabes, Atsumu-kun... —comenzó a decir el mayor. El sonido del estadio bullicioso sonando a sus espaldas mientras la puerta se cerraba tras el. Un zorro anciano masticando sus palabras con la mirada calma—. Es verdad que perdimos, ¿pero crees que realmente nada de lo que hicimos hasta ahora sirvió de nada?

—¡No quise decir eso! —trató de defenderse, creyendo su propia negativa. Tragó fuerte antes de continuar—. Pero...

—Personalmente, este fue mi último torneo —lo interrumpió con cautela. Nunca antes Kita había parecido tan lleno de sabiduría—. Considero que di todo lo que tenía. Que todos lo hicimos.

Y ahí venía, pensó Atsumu. Ahí iban a lloverle hostias acompasadas en un tono tan pasivo que no podría siquiera enfadarse con ese sujeto al que escuchaba sin saber por qué. Y eso era: Kita era, probablemente, el único ser humano al que Atsumu seguiría hasta los confines de la Tierra sin dudarlo siquiera. Y ahora venía su reprimenda amorosa que no podría negar. Esa que iba a dolerle hasta las lágrimas que iba a negar como los ninjas cortadores de cebolla que en realidad eran. Las mismas que aparecieron cuando hacía tiempo, le había dejado una bolsa con vitaminas y bebidas energéticas para su recuperación.

Y en el instante en que pensó, sintió, anticipó la reprimenda de su vida, notó como su hermano gemelo mantenía la vista fija en Kita. Como las figuras de sus compañeros se adelantaban a las escaleras. Como los sonidos sordos de los espectadores tras la puerta de pesado metal ahora sonaban como dentro de una caja cerrada bajo las profundidades de un océano oscuro. Porque la voz de su capitán sonó tan clara que lo asustó.

—Hasta ahora, siempre he sido diligente y di lo mejor de mi —lo oyó decir—. Para mi, ganar o perder era solo un resultado del esfuerzo, y nada de eso cambió. Pero...

Atsumu siempre recordaría unas pocas cosas con total claridad esa tarde de enero: el ataque rápido con su hermano. La forma en que Hinata Shouyo saltó para golpear el balón que terminó en un punto en su contra. Y la imagen de Shinsuke Kita volteando medio cuerpo hacia ellos, casi como si fuera más alto que cualquiera que hubiera conocido.

—Pero, honestamente, hay algo que aún me frustra... —dijo Kita. Y esa sonrisa apareció en sus labios. La que jamás se borró de sus recuerdos, sin importar el tiempo transcurrido—. Realmente, quería decir mis compañeros de equipo son geniales, ¿verdad?, por un tiempo más.

Osamu se puso tenso a su lado, casi mimicando su cuerpo. Como si un disparo hubiera salido de sus labios y perforado sus pechos con una celeridad aterradora. Las lágrimas contenidas en los ojos de Aran y Omimi le dieron a entender que sus palabras no habían sido una ilusión. Que ese momento era tan real como todo ese día. Y que Shinsuke Kita era tan enorme como no podía dimensionarlo.

Quizá, por eso, esas palabras salieron de sus labios. Ese impulso de fuego naciendo de sus entrañas. Exactamente igual que a su hermano. Porque para eso eran tan idénticos. Hasta en la persona que respetaban más que a nadie.

—Entonces, sigue mirándonos, Kita-sempai —le dijo—. Porque nos convertiremos en esos kohais de los que puedas estar siempre orgulloso. Incluso cuando tengas nietos propios.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Y esa risa apareció, de nuevo.

—¡Lo estaré esperando! —fue su respuesta.

Y al girar sobre sus talones, como si una corriente helada se abriera de pronto, las escaleras estuvieron frente a él.

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Siempre hay alguien velando por tí, Shinsuke.

Esas eran las palabras que a Shinsuke Kita más se habían grabado en su mente desde que adquirió la habilidad de recordar. Tan engarzadas en sus memorias que podía oírlas, sentirlas, olerlas. Y sabía perfectamente que olían a césped seco y ramas crujiendo. A té caliente y dulces de anko. Porque estaba seguro que esa mañana de otoño, el sol brillaba con fuerza a pesar de la brisa fresca que movía la copa de los árboles que comenzaban a vaciarse. La escoba de paja y madera en sus manos pequeñas le era casi imposible de agarrar correctamente, y esas hojas tornasoladas en colores cálidos esparcidas por el jardín trasero de su hogar no se iban a juntar solas.

Siempre hay alguien velando por tí, Shinsuke.

Como actividad que realizaba día a día, esa frase era una seguridad para él. Algo que a repetición se había engarzado en sus átomos. Algo que sabía, siempre estaría ahí. Incluso ahora que oía las voces silenciosas de sus compañeros cambiarse luego de las palabras del entrenador Kurosu. Porque claro que habían jugado bien. Claro que había cosas que mejorar. Claro que habría más oportunidades de seguir desafiando a quien estuviera frente a ellos al otro lado de la red. Desde luego que habría otro año. Pero él no estaría ahí.

Esa sensación extraña al recibir el calor húmedo del vapor en las duchas del club sería cosa del pasado. La sensación de la rugosidad en el cuero de los balones al limpiarlos. La risa estrepitosa de Oujiro. Los insultos fúricos de Atsumu. El aroma de los bocadillos caseros de Osamu. El sentir constante de ser fotografiado para la posteridad por un silencioso Suna. Todo eso, estaría acabado, grabado en su memoria.

No necesitamos recuerdos, rezaba el lema de Inarizaki. Bueno, la realidad es que él nunca estuvo de acuerdo con eso. Jamás. Porque su vida estaba repleta de ellos. Porque su presente se valía de ellos. Porque él estaba hecho de recuerdos plasmados en sus átomos. Y por primera vez, mientras salía último del vestuario del estadio, oyendo a sus compañeros ir escaleras arriba para observar el próximo encuentro, sintió el peso de esas memorias sobre los amplios hombros: todos y cada uno de esas gotas cargadas de esfuerzo y trabajo y risas y...

—¿Shinsuke-kun...?

La voz clara como el agua de montaña resonó en su mente como campanadas en el bullicio de su cerebro. Como si un hilo incoloro lo hubiera atado por la cintura, tirado con delicadeza y tocado tierra con los pies descalzos. Y cuando giró el rostro pálido hacia el sonido que lo había despertado, la vio en el descanso a unos pasos suyo. El cabello negro y despeinado cayendo sobre los hombros pequeños. Los ojos azules más claros por los rayos lumínicos de las farolas sobre sus cabezas. Las piernas delgadas cubiertas por ese jean roto que estaba seguro, la habían hecho pasar frío al llegar por la mañana. Porque eso le había dicho, de hecho. Que debía abrigarse para no subestimar el clima de enero. Que si quería quedarse toda la semana del torneo, debía cuidarse. Que le daría su propia bufanda si era necesario. Que le pediría a su abuela hacerle un suéter si era necesario. Que le obsequiaría otro gorro rosado, de ser necesario.

Pero cuando la vio ladear su cabeza, él ya se había adelantado dos pasos. Cuando pensaba en que esa chaqueta no estaba abrigándola lo suficiente, ella había abierto los brazos para recibir su cuerpo. Cuando él había cerrado los suyos conteniendo el delgado cuerpo contra su pecho, Chizuru había susurrado con aliento cálido en su oído. Y las manos delicadas acariciando su espalda parecieron presionar con más fuerza en cuanto las primeras lágrimas abandonaron sus ojos, sintiendo el rostro quemarle desde el interior de sus poros. Y el sonido de la voz de su novia murmurando simulando el mar calmo en una noche oscura sonó contra su cuello. Cálido como una manta tejida en un día helado.

—Jugaron increíble, Shinsuke-kun —le dijo.

Shinsuke sonrió contra su pequeño hombro. Aspiró con tanta fuerza que pareció tragarla como una bocanada de aire en un campo de girasoles. Como si fuera posible fusionarla en su cuerpo. Como si las palabras de su abuela obtuvieran un nuevo significado.

Siempre hay alguien velando por ti, Shinsuke.

Si. Lo había. Y todo círculo existente se había cerrado. Sonrió. Estaba feliz.

—Gracias, Chizuru-chan —respondió contra su piel.

El último torneo había terminado.

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Cuando las flores de cerezo comenzaron a caer como pequeños copos de nieve adornando las calles de Kobe, fue la señal designada de que marzo había llegado. Que la primavera comenzaba a abrirse paso entre los pliegues que el invierno había dejado. Que los campos de girasoles al pie de los montes Rokko estarían creciendo nuevamente. Los templos de los zorros abriendo sus puertas para los festivales de las cosechas. Que un nuevo ciclo llegaba a su fin. Porque cuando el equipo de voleibol del colegio Inarizaki se reunió en el gimnasio esa tarde de marzo, el aire olía distinto. Como si el aroma del dejo de invierno aún no se fuera del todo. Como si el vapor de las duchas inundara la duela. Como si el cuero de los balones fuera nuevo.

—¿Vas a dejar de llorar en algún momento?

—¡Callate! —se defendió Atsumu—. ¡No estoy llorando!

—Tienes los ojos rojos —retrucó su hermano, esquivando con habilidad el manotazo dirigido a su bello rostro.

—Es el polen, idiota.

—Los cerezos no tienen po...

—¡Que te calles, maldita sea!

Los pasos de Shinsuke Kita y Oujiro Aran resonaron en las maderas lustradas como si se pararan sobre hoja secas en el parque. La inequívoca sensación de que alguien se hace presente en el silencio aparente. Los ingresantes al club de ese año aún no habían sido anunciados, pese a que el entrenador Kurosu les había hablado que gracias al desempeño que tuvieron durante los torneos pasados, tendrían un importante afluente de talento para el próximo mes cuando las clases comenzaran de nuevo.

—¿Siguen peleando? —la voz de Oujiro Aran los volvió a la realidad. Su enorme figura entrando a la duela con los brazos cruzados sobre el amplio pecho—. ¿Ni siquiera en mi último día van a dejarme respirar en paz?

—¡No puedes decir que no vas a extrañarnos, Aran-sempai! —exclamó el mayor de los Miya.

—Nunca en la vida —retrucó el moreno.

Mentiroso —hablaron al unísono. Siempre era terrorífico verlos hablar en el mismo tono monótono al mismo tiempo. Como esos muñecos de películas de terror donde siempre moría el personaje que era el alivio cómico. Exactamente lo que se sentía él.

—¿¡Por qué le tienen más respeto a Kita que a mi!?

Kita ladeó la cabeza ante esa exclamación.

—Eso no es cierto, Aran-kun —espetó el aludido.

—Puede decirse que es cierto —respondió Osamu encogiéndose de hombros.

—Es totalmente cierto, Kita-sempai —continuó Atsumu.

¡Hijos de la...!

Kita reconocía cada una de las risas que estallaron en ese instante. Le era posible diferenciarlas con el solo timbre de sus voces. Por las vibraciones en el aire. Por cuanto tardaban en acabar de resonar en las paredes del amplio gimnasio. Y por un instante diminuto, sintió que cada vez que había oído esas carcajadas retumbaron en su mente. Una tras otra, en el exacto orden que sus sentidos podían asimilarla. La más hermosa nostalgia que le regalaba ese instante diminuto, antes de hablar en un tono tan franco como siempre lo había hecho. La sonrisa en sus labios fue inconsciente. La calidez en sus ojos siguió ese camino.

—Gracias... —dijo.

El silencio que provocó esa sola conjunción de fonemas pareció golpearlo con fuerza. Casi como si entendiera en un segundo la forma en la que realmente era respetado por los compañeros que tanto admiraba. Y quizá por eso, sus palabras sonaron como lo hicieron. Arrancadas de su pecho con las manos desnudas. Expuestas ante ellos con la voz calma. Sus entrañas al descubierto. Agradecido con todo lo que podía admitir.

—Gracias por estos tres años —fueron sus palabras. Claras. Fuertes. Sin contención alguna más que la sinceridad en sus emociones. Gracias, a todos, por estos tres años.

Shinsuke Kita era, a la vista de todos, el muchacho más raro del Club. Porque en un club donde tenían un par de gemelos con serios problemas de actitud y un adicto a la telefonía celular, él era el más extraño. Ese que no podían descifrar por más que intentaran. Incluso aquella vez que lo siguieron al centro comercial para espiarlo en el recital de su idol favorita, no pudieron entenderlo del todo. Y aún así, todos sabían quién era. Y cómo podían confiar su vida en él si era necesario, porque era como ese zorro anciano que todo lo sabe y te castiga cuando metes la pata hasta el fondo. Ese era Shinsuke Kita. El mismo que les estaba agradeciendo, despidiéndose de su puesto. El mismo que Atsumu Miya veía ahora a través de una cortina de agua salada nublandole la vista por completo.

—¿Estás llorando, Tsumu?

¡MALDITOS NINJAS CORTADORES DE CEBOLLA, DE NUEVO! —gritó tomándose la cabeza, samarreando los cabellos dorados entre sollozos ahogados.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿A qué te refieres con de nuevo? —la voz de Aran sonó contraída en gracia y emoción. Era la última vez que podría burlarse de su kohai y pensaba dejarlo en el suelo.

—¡Déjenme en paz, maldita sea!

Kita sonrió. Y esa sonrisa pronto tuvo sonido. Ese que pocas veces se hacía oír a terceros. Ese que rememoraba las flores de cerezos cayendo fuera de las ventanas empañadas por el frío de comienzo de primavera. Porque Kita estaba viendo al nuevo capitán de Inarizaki, por fin, demostrar sentimientos auténticos. Aunque solo fuera por un pequeño instante.

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Cuando abril llegó, también lo hizo el momento de cerrar su maleta antes de tomar el Shinkansen a la mañana siguiente camino a Yokohama. ¿Que si Shinsuke no había buscado universidades más cercanas a casa? Claro que lo había hecho. Pero Agrimensura solo podía ser cursada como una carrera válida en esa ciudad, y eso le implicaba el mayor cambio que podían pedirle: vivir durante la semana en un dormitorio del campus universitario, dejando a su abuela para volver los fines de semana. ¿Que si quería hacerlo? No, claro que no. Pero fue la misma Yumie quien prácticamente le había martillado la cabeza a frases tiernas y dulces de frutas para hacerle entender que estaría bien. Que todo estaría bien. Y finalmente, meses después, se convenció de eso al comenzar su tercer año de preparatoria.

Entonces, algo más ocurrió: Esa fuerza de la naturaleza que se presentó a su vida haciendo ruido en forma de música cerca de la media noche. La que se ofreció tocar el piano para su abuela. La que parecía brillar con luz propia aún cuando era noche cerrada. La misma que había entrado en su pecho sin que se diera cuenta, con su risa estrepitosa y hablando tan rápido como se sorprendía, podía entenderle. La misma fuerza de la naturaleza que ahora parecía mirar contrariada una camiseta azul marino, mientras trataba de hacer entrar el resto de su ropa en una sola maleta, porque era lo máximo que podía llevar en los compartimentos del tren bala.

—Chizuru-chan... —comenzó a decirle.

Los ojos azules lo miraron de lleno. ¿Estaba...?

—No tienes que ayudarme con esto —continuó—. Mi intención era pasar por tí e ir al templo más tarde.

Ese sábado de abril, había pasado todo el día con su abuela. A regañadientes de la anciana, limpió la casa de arriba a abajo y llenó las alacenas de todo lo que pudiera necesitar por al menos dos semanas más. Todo para que ella no tuviera que cargar cosas pesadas o preocuparse demasiado mientras él no estuviera. Y esa noche, quería estar a su lado. Y sin embargo, ahí estaban: sentados en el piso de madera de su habitación, refugiados del frío que aún amenazaba fuera de ella. El cabello atado en un moño corrido sobre su cabeza, ayudandolo a terminar de empacar para el día siguiente. Él...

—¡Pero quiero hacerlo! —le respondió antes de que pudiese continuar. Tan rápido y fuerte como un latigazo. Y sus ojos parecían brillar tanto que creyó, creyó, estaban húmedos—. Es decir, si te molesto puedes decirmelo, Shinsuke-kun. Claramente estoy doblando mal tus camisetas y a este paso vas a parecer el desarreglado del salón cuando comiences las clases. ¡Pero realmente quiero ayudarte!

¿Adorable? Adorable era poco para describirla a esas alturas. Porque cinco meses juntos como pareja la habían convertido en mucho más que la chica más tierna del mundo. Y es que a pesar de todo el tiempo previo donde fueron amigos, seguía descubriendo pequeñas cosas en ella que parecían calar más y más profundo, hasta casi asustarlo. Porque los lunares en la base de su cuello pálido eran tan nuevos como ese sonido que hacía al respirar cuando sabía, estaba por resfriarse. La forma en que rascaba el costado de la nariz perfecta, estaba seguro, era un signo de que se estaba poniendo nerviosa. Por eso no podía dejar quietas las manos cuando fueron al cine a ver esa película de terror que casi no miró, porque estuvo refugiada contra su hombro temblando como una hoja en invierno. Y ahora, poco más a su derecha, al costado de las tazas de té aún humeando, estaba sentada sosteniendo su camiseta azul marino entre los dedos temblorosos.

—No dije lo contrario —le respondió—. Me gusta que estés aquí. Agradezco tu ayuda.

Chizuru respiró nuevamente. La sonrisa de oreja a oreja en el rostro sonrojado.

—¡Que alivio! —espetó—. ¡Creí que te estabas cansando de mi! ¡Rintarou-kun dijo que va a ponerme una orden de restricción para este año escolar, creí que ibas por ese camino!

Rió con fuerza. Aún cuando ella seguía moviendo los brazos como una especie de colibrí con sobredosis de cafeína, rió con fuerza. No había otra forma de reaccionar a sus palabras amontonadas en una sola oración. A la manera en que parecía atropellarse con sus propios fonemas. Y el pecho pareció perforarse en un mismo lugar mientras caía en cuenta de que tendría que aprender a acostumbrarse a sentirla reír a través de una bocina telefónica. De una pantalla de celular. Y aunque fuera solo por los días hábiles, y supiera que la vería de todos modos los fines de semana...

—Shinsuke-kun...— comenzó a decir. El silencio entre ambos tan cálido como el aire que podían respirar entre las paredes azules.

Kita solo pudo observar como apoyaba su peso en las delgadas piernas, aún arrodillada en el piso. Las manos pálidas buscando algo en sus bolsillos. Y cuando pestañeó nuevamente, los ojos azules estaban mirándolo a tan poca distancia que podía oler el aroma a fruta de su cabello.

Y el corazón se le detuvo en el pecho cuando supo que lo que sostenía entre sus delgados dedos extendidos hacia él era un omamori rojo. Tanto como las mejillas de la chica frente a él.

Gakugyō-jōju, leyó en kanjis perfectamente escritos. Grabados sobre la tela en una caligrafía envidiable e hilos dorados.

—Chizuru-chan... —murmuró poco más por encima de un susurro.

Y el aire se espesó entre brumas oliendo a lluvia y frutas. Como si su piel lo envolviera. Como si nada más que su esencia estuviera sujetando los átomos que lo componían. Como si...

—Yo... —comenzó a decir. La voz apenas temblorosa, aún cuando hablara rápido—. Creo que me acostumbré a tenerte cerca. ¡No pienses que soy una loca que está stalkeándote o queriendo que te quedes! ¡Claro que estoy feliz de que estudies lo que te gusta y te juro que voy a cuidar de Yumie-san como si fuera mi abuela!

Quiso reír. De verdad, quiso estallar en risa como cada vez que se pisaba entre palabras y parecía a punto de caer como en un paso de comedia. Pero estaba tan quieto como un buda sujetando las manos tibias que extendían el pequeño obsequio que amenazaba con destrozar su pecho a golpes tibios en sus entrañas.

—Al lo que voy... —continuó Chizuru cuando pudo bajar la velocidad de sus propios pensamientos—. Hasta ahora, siempre estuvimos cerca. Y tuve mucho miedo cuando me dijiste que te irías. ¡No por mi! Es decir, ¡si por mi! ¡Porque voy a extrañarte tanto como no lo puedo explicar y si lo hago voy a estallar en llanto y no quiero eso! Pero... —continuó —. Pero, sé lo que es alejarte de algo que quieres. Y quiero que sepas que estaré aquí apoyándote en todo. Y cuando vuelvas, haré todo lo posible para que te sientas en casa, tanto como si no te hubieras ido. Y...

Y el cuerpo de Chizuru Yuzuhiha fue atraído hacia su pecho en un solo movimiento que la dejó sin aire, apenas llegando a tomar una respiración tan entrecortada como si la hubiesen empujado a una piscina helada. Los ojos abiertos contra la camiseta oscura que el muchacho llevaba puesta. El aroma a cebada fresca entre sus pectorales. El corazón latiéndole tan fuerte en el oído que apenas podía diferenciarlo del suyo. Y sentía que sus brazos eran delgados pero musculosos, como tantas veces que la había abrazado al volver a casa. Cada vez que refugiados en la oscuridad de la noche, la tomaba por los hombros como protegiéndola del aire helado. Esa calidez que la anclaba a tierra, rodeándola como su manta favorita. Una que le decía que iban a estar bien.

Y el corazón de Kita martilleaba entre sus costillas, resonando en todas sus cavidades y huesos hasta destrozar con fuerza sus sienes. Intensificandose cuando los delgados brazos de su novia devolvieron el gesto, rodeándolo con una dulzura que lo hubiera hecho caer al suelo de no estar sentado con ella en su regazo. El aroma a fruta de su cabello taladrando sus sentidos por el aire helado que los cruzaba. El silencio sepulcral que había tragado la luz y los diminutos ruidos de la calle donde creció. Porque ahora solo ella estaba frente a sus ojos, brillando con tal intensidad que le hacía sentir que nunca antes la había visto. Como esa tarde frente al piano del club de música. Como la melodía que salía de sus dedos delicados al colisionar contra las teclas de un instrumento que simulaba ser una extensión de su propia alma. Porque solo de esa forma podía transmitir como lo hacía. Como sus palabras perforando su piel. Como sus ojos clavándose en sus huesos. Como su propio ser dándole un nombre a esa sensación punzante entre el estómago y el músculo de su corazón. Una sensación que asociaba a ella, porque nadie jamás podría mover su piel como lo hacía. Sus átomos engarzados en la esencia de su vida. El polvo de estrellas que en verdad era, en la danza del Universo rodeandolos a ambos.

Y tenía sentido. Porque su lógica helada le explicaba en detalle que iba a extrañarla. Que extrañaría su casa, sus cosas, su cama, sus aromas, a su abuela, su propio acento kansai viniendo a sus sentidos por el hablar cotidiano. Y lo había aceptado. Había aceptado cambiar de espacio, sabiendo que todo sería distinto. Y ella estaba diciéndole con una simpleza que dolía que estaría esperándolo con un abrazo de hogar. Que ella lo anclaría a lo que extrañaba antes de partir. Que estaba bien sentirse como lo hacía. Que todo estaría bien. Y eso era más de lo que sus sentidos podían tolerar. De lo que su interior podía mantener en silencio. De lo que su razón ordenaba. Porque ya no había raciocinio cuando ella estaba en juego.

—Te quiero, Chizuru-chan —susurró en su oído. Su propia voz tan quebrada que no le fue posible reconocerla al oírla desde su interior.

Y tenía sentido. Todo tenía sentido. También la risa ahogada en llanto de su novia contra su pecho, repitiendo sus palabras con el rostro empapado. Levantando el rostro para decírselo directamente, y él quitándole el derecho de forma egoísta al robar sus labios sin importarle otro segundo. Porque nada más importaba en ese instante. Ninguna lógica ni atadura ni repetición podía contradecir a la necesidad de sujetarla entre sus brazos hasta que el frío dejara de colarse por las hendijas de la ventana cerrada. Hasta que la mañana llegara. Hasta que el tiempo volviera a correr.

Sakurafubuki - Pétalos de flor de sakura que flotan por el viento como copos de nieve.