CAPÍTULO 13: Komorebi

Ocho meses después del comienzo de clases, pocas cosas habían cambiado en la cotidianeidad de los alumnos de la preparatoria Inarizaki. Los días transcurrían con la misma velocidad que años anteriores, aún cuando caras nuevas hubiesen aparecido al inicio de cursada. Cuando los sempai dejaron las aulas al graduarse, dejaron un camino marcado para quienes aún permanecían ahí. Y siempre tratarían de continuarlo al pie de la letra. Para los zorros de Inarizaki, la partida de Kita, Aran y Omimi no fue fácil: los zapatos que debían llenar eran tan enormes como el legado de generaciones pasadas. Y el fuego en sus venas se avivó aún más cuando Atsumu tomó la capitanía.

Cuando noviembre llegó, también lo hicieron esos días de calor intenso que dejaban a junio como una primavera tardía. Los días eran más largos. Más calurosos. Más intensos. Inarizaki era considerada una casa poderosa en muchas disciplinas deportivas, y eso se debía a dos factores principales: la cantidad de jóvenes talentosos que la elegían como su destino educativo y, la más importante, el entrenamiento sacado de documentos de tortura. Porque nada llega por talento solamente, y eso lo tenían en claro desde el entrenador Kurosu, hasta los jóvenes que ahora terminaban de calentar para el entrenamiento vespertino de ese día viernes.

Kurosu se acercó lentamente al capitán, viéndolo levantarse y moviendo sus hombros en pequeños círculos. Tronando su cuello y nunca abandonando esa sonrisa nívea en el rostro confiado. Según las planificaciones que habían hecho juntos, ese mismo día comenzarían con los entrenamientos exclusivos con mira a la clasificación del torneo de primavera. Sonrió para si al tener el recuerdo patente de la misma situación un año antes. Cuando la espalda de Kita, más pequeña y menuda, controlaba a todos en la duela sin necesidad de levantar la voz. Las cosas ahora eran diferentes, y aún así funcionaban. Funcionaban, pero...

—¡Yuuta-kun! —lo oyó decir. La voz edulcorada le dio escalofríos. Su sonrisa también—. Acabas de llegar y no terminaste de elongar. No me engañes tanto ̴.

El rostro del destinatario de esa sonrisa tétrica pareció volverse tan pálido como la camiseta blanca que estaba utilizando. Contuvo una risa cuando lo vio arrojarse al piso a continuar elongando, justo cuando Atsumu volteó hacia él.

—Yuuta-kun tardará un poco, entrenador Kurosu. Los demás estamos listos, cuando quiera.

El respeto con el que lo trataba no era falso, para nada. Nunca lo había sido, ni siquiera cuando entró y supo que ese muchacho iba a ser un diamante en bruto y un dolor de huevos al mismo tiempo. Y ahí estaba: el capitán de su equipo, y que hacía realmente un buen trabajo. Y es que, verán... Atsumu era un buen capitán.

¿Era un cínico desgraciado? Lo era. Mucho. De verdad, mucho. No era agresivo con sus palabras como alguien más sincero. A veces, pensaba que eso sería mejor antes que la ambivalencia de sus palabras hirientes y tono dulce. Podía levantar el ánimo de un compañero con tanta facilidad como podía destrozarla de por vida. Y recordó cuestionarse a sí mismo el por qué no discutió seriamente con Shinsuke sobre el traspaso de capitanía. Pero había confiado en él durante dos años, ¿como podía no hacerlo ahora que sería su última orden como líder del grupo? Y esa orden fue pasarle la posta al muchacho que ahora estaba frente a él, ladeando la cabeza y esperando a que le respondiera. Cierto, debían comenzar...

—Bueno, capitán. ¿Unas palabras antes de comenzar?

Atsumu pestañeó varias veces antes de sonreír, esta vez de verdad. Esa sonrisa que incluso su entrenador podía dar cuenta de ser real. Y cuando sintió los pasos de sus compañeros llegar a sus espaldas, volteó su enorme cuerpo con los brazos en jarra sobre la cintura. La luz de la tarde entrando por los ventanales altos y mezclándose con las farolas del gimnasio, como cada vez que comenzaban a entrenar. Y por un instante, recordó que ese sería su último agosto. Que a partir de ahora, cada día era el último, porque ya no habría un siguiente. Ya no podría decir que un verano sobrevendría al presente. Era el último.

—¿Vas a hablar o podemos empezar a hacer algo productivo?

—¡Cállate, Samu!

—No empieces, por favor...

—¡Y tú también, Riseki-kun!

—Esa forma de tratar a tus compañeros es digna de un buen capitán, Señor Dictador.

—Si vas a buscar pelea, no seas tan obvio y guarda tu teléfono, Suna...

—Ya, ¿vas a decir algo?

Atsumu se rascó incómodo la parte posterior de su cabeza. Amaba la atención, eso era un hecho. Ser el centro de los reflectores era algo que lo ponía feliz, aún y cuando hubiera ruido. ¿Pero ahora? Por algún motivo, esto no le parecía del todo bien. Y entendió que era lisa y llanamente, porque no estaba en una duela. Él era una estrella, aún y cuando no fuese el rematador. Él era la torre de control. La prima ballerina. El mago artífice de los pases que hacían a todos saltar más alto. No un capitán, y ese pensamiento lo había perseguido desde el campeonato nacional. Desde el día que notó que sus compañeros no se calmaban con él como lo hacían con Kita. No. No. No.

No podía compararse con una presencia casi maternal como la de su ex capitán. Él no era menos, solo diferente. Y aún así...

—Lo que nos pasó a principio de año no volverá a ocurrir —dijo. El rostro serio, ya sin sonreír—. No me importa lo que haya ocurrido. Desde aquí solo vamos a avanzar. Así que avancen conmigo, o se quedarán en el camino. Somos los retadores, nunca olviden eso.

Osamu pestañeó varias veces con el rostro impávido. Giró su cabeza hacia Suna, que aún tenía el teléfono en sus manos. El pelinegro se encogió de hombros antes de susurrar.

—¿Cómo es posible que algo tan arrogante suene alentador?

El gemelo imitó su movimiento a la perfección.

Es Tsumu.

Sonaba lógico.

Un aplauso de su capitán para despertarlos, y el entrenamiento comenzó.

Atsumu Miya era un deportista nato. Un líder sin saberlo, porque al estar a su lado querías seguirlo y asesinarlo al mismo tiempo. Pero la realidad era que, a los fines básicos del vóleibol, el gemelo de rubios mechones dorados era un mago. Sus movimientos eran tan certeros que provocaban escalofríos al verlo recorrer la cancha. La madera rechinando bajo sus pisadas y sus musculosas piernas flexionandose con la presencia de una montaña y una delicadeza digna de un gran bailarín. Era, lisa y llanamente, perfecto. Por eso, pese a ser un dolor de trasero y candidato permanente a amanecer ahogado en el río, todos lo escuchaban. Osamu, Ginjima y Kosaku saltaban más alto por y gracias a él. Porque sus pases eran exigentes, pero eran perfectos. De esos que puedes golpear desde cualquier punto. Y verlo jugar era, a los ojos de su entrenador, un privilegio, porque sabía que llegaría lejos.

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A veces, solo a veces, Chizuru se sentía así. Como si jugara a viajar en bicicleta fija, en el mismo lugar, enroscada al suelo como chicle. Como si sus esfuerzos fueran solamente eso: esfuerzos. Como si por más que intentara saltar más alto, apurar sus pasos, estirar los brazos, no fuera suficiente. Ese sentimiento de no poder alcanzar el estante más alto sin ayuda. Sentirse tan pequeña que necesitaba ajustar al máximo el taburete del piano donde ahora estaba sentada. Casi como si sus dedos no estuvieran tocando algo más que una canción de cuna. Como si eso fuera lo único que su cerebro pudiese tolerar. Porque hacia semanas que no despertaba sonriendo. Hacia semanas que algo parecía perforarle el pecho. Hacia semanas que su nombre parecía algo lejano, y dolía. Y no podía evitar sentirse de esa forma cuando comparaba sus pasos a los de Shinsuke Kita.

Separarse no había sido algo sencillo, áun cuando el muchacho cumpliera con su promesa de regresar a Kobe cada fin de semana. Las cenas en casa de su abuela siempre se extendían para ponerse al corriente, incluso cuando ambos realizaban juntos las tareas de la casa los domingos por la mañana. Y su sonrisa siempre era la misma: esa pacífica manera de hablarle. El aroma a cebada y lluvia de su cuello al abrazarse. El calor de su mano cuando caminaban juntos por el parque. La misma inocencia no fingida con la que le expresaba la cotidianeidad en su nueva vida, lejos de todo lo que le era común. Las clases que aprobaba con las más altas calificaciones. Las expresiones confundidas de sus compañeros cuando se negaba a ir a los goukon que organizaban los viernes por la noche. Kita no era adepto a beber demasiado, por más que pudiese hacerlo gracias a la mayoría de edad, y no comprendía del todo el concepto de grupo de citas, cuando él tenía novia en casa. Tampoco lo comprendían sus nuevos amigos, porque esa fidelidad y la forma en la que hablaba de Chizuru lo hacían parecer un adulto casado.

Lo cierto era que con cada visita del muchacho a su ciudad natal, más difícil era despedirse. Con cada visita, más costaba poder combinar con sus amigos y verse todos. Y aún cuando el afecto del peligris no parecía disminuir en lo más mínimo, algo ocurría. Tan sutil y diminuto que Chizuru podía jurar dudar de su existencia. Tan suave que prefería pensar, no era real. Porque sentía que la diferencia de un año en edad entre ambos se había extendido de tal forma que, a veces, hablaba con otra persona. Como si de pronto, su cuerpo y mente volvieran a tener cinco años. Como si las anécdotas universitarias del muchacho que amaba le sonaran tan sofisticadamente lejanas, que ella parecía pertenecer a otro mundo. Otra época. Otra etapa de la vida del chico más dulce que haya conocido. Porque Chizuru jamás sintió celos de las chicas que, sabía, podían mirarlo cuando él no lo notara. Jamás podría sentirse excluida. Jamás creerse olvidada por él. Pero...

—Estás dolorosamente callada esta mañana. No es que me moleste, pero si estás enferma agradecería un aviso previo.

—¡No estoy callada! —mentira. Lo estaba—. ¿Cómo quieres que emita sonido cuando siento que voy a interrumpir la velada romántica que mantienes con tu teléfono?

—Oye, no no me meto en tu relación. No lo hagas con la mía.

—Por cierto, ¿no tenías entrenamiento hoy? ¿Otra vez los gemelos pelearon y cancelaron la práctica?

—Te sorprendería saber que Atsumu maduró mucho desde que se convirtió en capitán. Dentro de la cancha. Fuera sigue siendo el mismo imbécil.

—No seas tan malo. Es nuestro último año, luego vas a estar llorando porque lo extrañas. ¡Oh! ¿Te imaginas que vayan juntos a la misma univ...?

—No termines esa frase.

Chizuru rió con ganas, el sonido retumbando en el aula vacía durante el último receso. Suna parpadeó dos veces luego de que se hubiera asegurado, ya no estaba aturdiéndolo por el eco resistente del sonido de su voz. Sentada en el taburete regulable frente al gran piano del salón de música, su amiga solía parecerle otra persona. Casi tan enorme como sabía, solían verlo a él al otro lado de la red durante un encuentro oficial. Como si ese instrumento de metal, cuerdas y ensambles fuese una extensión del delgado y pálido cuerpo que aún se contorsionaba por sus dichos.

—El festival de música es a fin de mes, ¿no?

La joven ladeó la cabeza sorprendida antes de responderle.

—¿Prestas atención a lo que hablo? —rió—. Voy a desmayarme.

—Nunca te callas, así que es complicado no hacerlo.

¿Tenía que ser siempre tan brutalmente since...?

—¡Si! —gritó feliz. Olvidando la casi ofensa—. Justo antes de las vacaciones de invierno. Quiero suponer que mi mejor amigo va a venir a verme en primera fila, ¿verdad?

—Deberías preguntarle a tu mejor amigo...

—¡Voy a llorar y va a ser tu culpa!

El sol de la tarde parecía bañar las blancas paredes en colores cálidos a pesar del gélido invierno que comenzaba a congelar los marcos de las ventanas. Los cristales empañados desde afuera y los árboles sin vegetación en sus gruesas ramas, quietas como pinturas antiguas, suspendidas contra el cielo azul sin nubes.

—¿Kita-sempai viene la próxima semana? Atsumu estuvo comunicandoselo a todo el mundo como si él fuera su novio.

—¡No seas tan cruel con él! Osamu-kun dijo que quiere presumir sus logros como capitán este año. Pero si. La semana entrante comienzan sus vacaciones. No pudo venir en estos dos meses por sus exámenes. ¡Estoy muy feliz de que al fin Yumie-san pueda verlo! Lo extraña mucho.

—¿Te dejas fuera de la ecuación así de fácil? Creí que estarías saltando como resorte por todos lados de la felicidad. Me decepcionas a mi y a mi teléfono.

—Definitivamente voy a extrañar gritar sin ser documentada para la posteridad. Espera... ¡¿Cuándo sacaste esa foto?! ¡Rintaro-kun prometiste que no harías eso!

—Tampoco es tan malo.

—¡Me sacaste una foto picándome la nariz! Oh, no. ¿¡Qué más sacaste!?

Esos eran los inicios de cada discusión llevadas a cabo en su último año de preparatoria. Con Suna elevando su preciado celular por encima de la cabeza y la joven de ojos claros tratando de alcanzarlo con saltos que apenas llegaban a su rostro. Y esa tarde de noviembre, tan helada como luminosa, el salón de música acogía la risa ruidosa de la chica que ya se había resignado a seguir intentándolo.

—Siempre puedes acusarme con Kita-sempai —dijo el muchacho sentándose a su lado.

Las mejillas pálidas se volvieron carmesí, contraponiéndose al ceño fruncido con ojos acuosos.

—No voy a molestar a Shinsuke-kun contándole como me torturas como el sádico mal amigo que eres. ¡Si! ¡Dije sádico mal amigo! ¡Y no me arrepiento!

—Como sea... —comenzó a defenderse sin demasiados cambios en su forma de emitir sonido—. Osamu dijo que quiere ir al festival de navidad.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿Osamu-kun quiere moverse físicamente para ir a un festival? ¿Con gente? —y el rostro se le desfiguró en terror— ¡Dios, no! ¡Tiene un parásito dentro!

—¿Cómo haces para pensar esas cosas...?

¿Cómo hacía para pensar en esas cosas? No lo sabía. Eran como imágenes saltando a su cerebro en un torbellino que apenas podía controlar. Como una enorme pantalla pasando fotografías a gran velocidad y se congelaba en una totalmente aleatoria. Pero fuera como fuese, ahí estaba. Y por un momento en todo ese día, su pecho había dejado de doler.

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Cuando Oujiro Aran le preguntó un mes después de asentarse en su nueva universidad cómo se sentía, Kita respondió con solo dos palabras: como siempre. Los árboles eran similares. Las calles eran calmas. Quizá solo las sombras de los montes de la región Kansai reemplazados por el salado viento oceánico fuese la diferencia más marcada que pudiera expresar sensorialmente en palabras escritas en un mensaje de texto.

Seguían siendo sus propias sábanas las que cubrían la cama individual que ahora ocupaba, por lo que el aroma al jabón blanco con el que Yumie solía lavarlas estaba ahí. Incluso ese dejo a césped fresco y sol al secarla en el patio trasero de su propia casa. El balón de vóley firmado por sus kohai era el adorno perfecto junto a su escritorio blanco. Incluso la chamarra de Inarizaki que su abuela le había insistido, llevara con él para recordarle algo que él mismo no tenía muy en claro, mientras ahora mismo sentía la gruesa fibra entre los dedos callosos.

Cuando Kita se decidió a estudiar Agrimensura, lo hizo sabiendo su destino final: a él no le interesaba trabajar para una compañía de ciudad. No quería validar la propiedad privada midiendo los terrenos y separando parcelas para terceros que pusieran una inversión irrisoriamente enorme por su trabajo. Shinsuke tenía en claro que cada parte de ese conocimiento adquirido en su piel se volcaría en la vieja granja de sus abuelos hasta hacerla funcionar de nuevo. Ese suelo fértil que quedó alejado de la ciudad principal, donde los recuerdos de sus veranos en la infancia parecían llamarlo con una voz tan clara como la de su abuela por las mañanas. El hecho de poder trabajar la misma tierra que su abuelo labró en primera instancia era todo lo que él necesitaba para valerse por sí mismo. Por eso, cada clase era como si pudiese devorar la voz de su profesor y anotarlo en las hojas de su mente de forma permanente. Como si cada día diera forma a un futuro. Como si labrara un nuevo camino, cosiéndolo en el tapiz que comenzaba una nueva cara.

Y cuando los ojos ámbar se fijaron en el omamori sobre su mesa de noche, la sonrisa en su pálido rostro se dibujó nuevamente. Porque si los deseos de sus amigos y compañeros lo alentaban desde Kobe, Tokio y Osaka, ella lo hacía también. Con cada mensaje de buenos días. Con cada llamada para oír su voz risueña al otro lado de la línea. Con cada fotografía junto a su abuela por las tardes. Incluso esa vez que se fisuró el tobillo y lo llamó entre carcajadas para avisarle que no podría ir a clase por idiota, pero que Suna y Osamu le llevarían la tarea para no atrasarse. Esa fue la única vez que viajó a Kobe durante la semana, sorprendiendo a todos con su materialización presente y pidiéndole a Ayane que le permitiera cuidar de su hija.

Y cuando semana a semana y mes a mes transcurrieron como pequeños granos de arena en un reloj antiguo, estaba nuevamente usando esa bufanda llena de huecos que su novia había tejido en una tarea titánica para su cumpleaños. Estaba comiendo los dulces que su abuela le preparó para que se llevara a los dormitorios y hasta convidaba a sus nuevos amigos. Estaba hablando con Aran sobre pasar año nuevo todos juntos en casa y visitar el templo para agradecer un año de logros para todos. Cuando lo notó, había llegado a un año de su nueva vida. Cuando lo notó, ya se había acostumbrado nuevamente. Porque esa era su forma de verlo todo.

Perseverancia.

Repetición.

Y nuevamente, ahí estaba: con nuevas experiencias para agregar al enorme tapiz que estaba cociendo en silencio, mientras las imágenes por la ventana del Shinkansen pasaban a toda velocidad. Cuando el aroma del Ariake Harbour que compró para obsequiarles a todos llegaba a sus sentidos desde la bolsa sobre sus muslos. Deseando, de corazón presente, llegar pronto. Porque aún cuando las sábanas oliendo a casa estuvieran en su dormitorio universitario, eso no era su hogar. Aún cuando sus compañeros de clase fueran divertidos, sensatos y serios cuando no querían obligarlo a ir a citas grupales, no eran sus amigos. Porque no había forma de hacerle entender a su mente y pecho y corazón que cada vez que abrazaba a Chizuru, no debía doler tanto. Que estaría con ella en una semana. Que podría ver su hermoso rostro por una pantalla cuando quisiera. Que su voz estaría ahí si la llamaba. Que ella estaba esforzándose tanto como él, pero nada de eso importaba. Porque, a veces, dolía. Dolía mirar por la ventana y ver un paisaje distinto que no fuera la casa contigua, con su espalda pequeña contorsionandose en el piano de su habitación. Dolía no oírla reír por un comentario de su hermano aún con las ventanas cerradas. No verla de pie como un hada invernal en el cantero frente a su puerta. No tomar su mano a diario al caminar. No sentir el cosquilleo que provocaba al susurrarle contra el hueco de su cuello. Y en algún momento debió comprender que se había vuelto tan codicioso de ella como su abuelo se lo advirtió aquella noche de verano, junto al sonido de los furin en la galería de su hogar. Porque eventualmente, eso iba a ocurrir. Y la sonrisa en su pálido rostro observando el paisaje moverse por el cristal al exterior le explicó a su reflejo, que era tan normal como esa necesidad de llegar pronto.

Por eso, supo, fue su reacción al verla en el andén aún con su uniforme puesto. Porque pese a que la había visto en esa falda gris tantas veces como no podía recordar, le seguía pareciendo una ilusión de invierno. Por eso, no se sorprendió al oír su risa y el grito de su propio nombre cuando corrió hacia él. Por eso no se resistió cuando el cuerpo delgado se estrelló de lleno contra el suyo, como si juntara de golpe dos piezas perfectas de un rompecabezas antiguo. Como si la calidez de su piel contra las mejillas rojas fuera lo que necesitaba sentir desde que hacia dos semanas, no podía verla más que por una imagen distorsionada en su celular. Por eso su voz recibiendolo entre risas fue el sonido que más necesitaba oír. Por eso, sabía, no iba a soltarla en mucho tiempo, aún cuando el sonido de los transeúntes parecían llamarlos a la realidad.

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No necesitamos recuerdos.

No necesitamos recuerdos era lo que rezaba la enorme bandera negra que adornaba las gradas donde yacían los alientos de cada persona que los apoyaba como equipo. Desde los vecinos que los habían visto crecer, hasta fanáticos de todo Kansai. Desde los aplausos entusiastas de su abuela rememorando su propia época de deportista en el equipo femenino, hasta las chicas que gritaban tan agudo como podía tolerarlo con una cara seria. Ese era el lema de su escuela. El que los definía como los más grandes retadores. La forma como se presentaban al mundo y se coronaban año a año como una casa poderosa en los torneos a nivel nacional.

Shinsuke Kita siempre supo que esas palabras no eran aplicables a él: toda su vida se basaba en los recuerdos de experiencias transcurridas para poder transitar el presente. Cada segundo de su existencia valía, porque el camino debía construirse paso a paso. Él había llegado a ser capitán en su último año de preparatoria porque se había partido la espalda entrenando. Porque sus amigos lo escuchaban. Porque sus compañeros eran geniales. Porque su suerte había tomado la misma corriente que su esfuerzo. Y ahí estaba ahora, en ese presente donde las luces de las farolas decorativas del festival de invierno en las calles cercanas a su ex preparatoria. Ahí, donde las voces de los gemelos se mezclaban entre gritos y risas con la de la chica que adoraba, mientras parecían discutir sobre la validez del okonomiyaki como platillo de feria. Ahí, con los pasos de Aran resonando a su par, cuando las gettas que llevaban puestas resistían su peso contra las piedras talladas del templo al que iban a entrar. Porque eso era algo que, sabía, querría recordar siempre. Cada segundo de su vida a partir de ese instante.

—No vas a decirme que extrañaste a esos idiotas, ¿verdad? Ni siquiera tú eres tan masoquista.

La voz de su mejor amigo sonó contenida. El largo dedo índice señalando a los gemelos, envueltos en yukatas sobrias y la misma elección de calzado que ellos dos. Sonrió, cerrando los ojos por un segundo, resguardandose de una luz demasiado potente al cruzar el primer umbral de madera oscura. La noche cerrada sobre ellos como un manto de terciopelo negro con tantas estrellas como el aire de ciudad parecía permitirlo.

—Me conformo con saber que están esforzándose al máximo —respondió sereno.

—Eso no responde para nada lo que te acabo de preguntar, Kita.

—¿Ah, no? —pestañeó.

¡Nunca cambias!

—Aran-kun, no grites. Estamos en un templo.

—¡Todavía no entramos al templo, y esos cuatro están gritando más que yo sin que les digas nada!

—Aran-sempai, no sabía que fueras un soplón... —murmuró la joven de cabello negro. Y su rostro se transformó en horror—. ¡Dios! ¡No quise llamarte soplón! ¡Eso fue...!

—Si, es un soplón —dijo el muchacho rubio sin siquiera pestañear.

—No te equivocaste de término —secundó su hermano.

—Esto es nostálgico —musitó Suna.

—¡Cállense y dejen de multiplicarse, maldita sea! —vociferó el moreno, totalmente sacado de sí.

—Aran-kun, el templo...

Eso era. Cada recuerdo que había recolectado en años y años, parecían engarzarse en ese instante. En el segundo en que vio a sus amigos reír a todo volumen. A su novia aplaudir mientras espiaba la imagen grabada por el celular de Suna. Tanto que, casi, se reprimió de pedirles que bajaran el volumen nuevamente. Porque la voz de su abuela había sonado en su mente, como si la noche anterior se estuviera reproduciendo en vivo, como un teatro de sombras tan reales como el frío calando sus huesos y las voces en sus sentidos.

Shin-chan... —habló Yumie con calma. El cabello platinado en un cuidado rodete tras su cabeza. La mirada amable fija en sus propias manos arrugadas, como guiando la aguja entre los pliegues de la fina tela con sus pensamientos—. ¿Estás seguro de esto?

Shisuke detuvo sus pasos junto a la pequeña mesa de café donde su abuela trabajaba con calma. El calefactor enturbiando el ambiente. El sueter que le había tejido hacia dos años aún intacto cuando se lo colocó para reforzar el calor en su cuerpo. Cuando cruzó las piernas para sentarse frente a ella, pudo responderle con voz clara y serena.

Si te refieres a heredar la granja de la familia, abuela, si. Estoy totalmente seguro.

Los ojos tiernos se posaron en él. La sabiduría emanando de ellos como si quisiera traspasarlo hasta lo más profundo de su alma.

Me hace feliz que quieras hacerlo, Shin-chan. Pero es una labor muy complicada. Los tiempos cambiaron y aunque la vida en una granja es más tranquila, también es...

Abuela... —la interrumpió con parsimonia. La voz jamás subiendo de volumen—. No estoy haciendo esto en memoria del abuelo, ni para mantener una tradición.

Yumie siempre supo que su nieto era especial. Aún cuando él mismo lo negara, asumiendo su normalidad extrema y el deseo de una vida simple, ella siempre supo que algo brillaba tan fuerte en su interior que podría derretir el sol. Como la mirada ámbar de los ojos calmos que la veían ahora, justo al otro lado de la mesa de café en esa noche de noviembre.

Lo hago por mí —dijo—. Es mi deseo, y de ningún otro. Por eso trabajaré duro, y cuando sea el momento, me haré cargo de todo.

La mirada de su abuela quedó quieta en él, como si observara un cascarón romperse. Un amanecer lento. Una brisa tibia. Y notó las manos arrugadas, delgadas y hermosas sosteniendo la tela clara entre los dedos. Esa tela que sabía, había guardado en el depósito por años, en un estado tan perfecto como las puntadas milimétricas que habían creado el hermoso kimono que ahora era. Y el pecho se le contrajo de una forma en que supo, debía hacerse. Un dolor tan fuerte que podía partirlo en mil pedazos, sostenido por una seguridad arrancada de sus entrañas. Como si entendiera que ese dolor era real. Pero también lo era su resolución. El antídoto al alcance de sus manos, con solo estirar el largo brazo.

¿Y Chizuru-chan...? —preguntó Yumie.

El silencio en la habitación pareció inundar sus poros como un mar subiendo a velocidad crucero. Sin prisa. Sin pausa.

Shinsuke sonrió.

—...suke-kun —oyó a lo lejos—. ¡Shinsuke-kun!

Cuando parpadeó por cuarta vez consecutiva, el rostro pálido de Chizuru estuvo frente al suyo. Los ojos claros clavados en los suyos, con una ceja graciosamente levantada y el jugo que Suna había estado bebiendo entre sus dedos. El silencio de voces conocidas le dio a entender que había transcurrido más tiempo del que creyó en el mundo de sus recuerdos.

—¿Te sientes bien? —le preguntó aún sin descansar la tensión facial.

Sacudió la cabeza de cabellos grises, como una cascada de plata bajo las farolas en la noche helada. La sonrisa en su rostro dirigida solo a ella.

—Claro que sí, no te preocupes.

—Por un momento pareció que se te había ido el alma del cuerpo. ¡No como un androide! ¡Es decir! Atsumu-kun suele decirlo pero no es...¡Mierda! ¡No no no no! ¡No quise decir...!

Shinsuke estalló en una risa sincera, de esas que Chizuru había aprendido a identificar como reales. Tan real como lo eran los largos brazos sobre sus rodillas. Tanto como el hecho de que seguía sintiéndose tan bien por hacerlo reír así, como tan idiota al reaccinar de esa forma que creía, era demasiado infantil para con él. Porque en algún momento del camino, algo había susurrado en su mente que necesitaba estar a su altura. Porque aún envuelta en el hermoso kimono de invierno que Yumie le había obsequiado con la tela que compró hacía cuarenta años con su esposo, no alcanzaba para pararse a su lado. Para sostener su mano. Para...

—Ten... —susurró con el rostro quedo.

Shinsuke oyó sus palabras como el eco lejano de un susurro. Tan impropio de ella, como el temblor en la blanca mano que le ofrecía el vaso de cartón para calmar el pequeño ataque de tos que comenzó devenido de su risa sincera. Tan impropio como los ojos azules llenos de vida, fijos en sus propios dígitos antes que en él. Tanto que, por un segundo, dejó de pensar lo hermosa que se veía en ese kimono. Lo dolorosamente perfecto que fue notar a su abuela vistiéndola en la habitación contigua a la que él estaba en casa. La punzada en el esternón que sintió cuando Yumie sonrió feliz, revelando su obra maestra modelada por su novia. Casi tanto, que los cristales de acrílico en el adorno de su cabello parecieron cegarlo antes de tomar el vaso para apaciguar las contracciones de su diafragma.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿Dónde están los demás? —preguntó el muchacho, casi terminando el jugo helado de frutas frescas.

La joven se rascó la mejilla con un dedo, pestañeando con celeridad. Como si no supiera que responder. O cómo hacerlo sin sonar raro.

—Aran-sempai te dijo que iba a acompañar a los chicos hasta el templo para buscar unos amuletos.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—Creí que íbamos a ir todos juntos —le dijo confundido.

—Lo repitió tres veces hasta que se cansó, me pidió que me quedara contigo y se fue arrastrandolos a los tres. Aunque técnicamente, se fueron arrastrando entre ellos. Y Rintaro-kun filmaba.

¿Eh? ¿Qu...?

—No recuerdo nada de eso...

—Por eso te pregunté si estabas bien —musitó con los ojos preocupados. El rostro pálido brillando ante las luces sobre ellos. Las voces lejanas de quienes pasaban entre los puestos de comida y juegos tradicionales.

Kita solía hacer eso: quedarse en su mundo, lejano y perfecto. El país elevado de sus más profundos pensamientos. Los que Aran juraba, era tan extraño como peligroso, porque si descifrar su rostro era un misterio, su mente era un pantano del que nadie volvía vivo. Y aún así, en todo ese año de estar juntos, Chizuru nunca lo había visto irse tan lejos. Como si su mente abandonara el recipiente vestido junto a ella. Volver y reír. Y ahora preguntarle con la mirada que había pasado en realidad.

—Chizuru-chan... —comenzó a decir.

—Hay un bosque cerrado que lleva a un claro justo por ese sendero —lo interrumpió. La mano blanca señalando el camino iluminado con guirnaldas claras—. ¿Quieres ir? Los muchachos se van a tardar. A menos que quieras ir a busca...

—No —respondió tan pronto como firme—. No conozco ese sendero. Vamos juntos.

Chizuru tragó saliva cuando la mano de Shinsuke tomó la suya. La calidez de su piel contrarrestando la quietud calante a sus huesos. Y paso a paso dentro del sendero solitario, hizo que las voces de terceros sonaran lejanas, como dentro de una caja a presión. Como a kilómetros bajo las profundidades del mar. Donde ya no podían sentirlos.

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Una fuerza de la naturaleza.

Así la había llamado en su mente cuando vio colgar la mitad de su cuerpo fuera de la ventana de la habitación frente a la suya. Cuando su voz estridente le dijo su nombre. Cuando le agradeció a su abuela por permitirle tocar para ella cada tarde desde ese invierno pasado cuando entró en su vida, como una topadora que nada dejaba en pie. Así había entrado en él: sin pedir permiso, perdiendo la llave, encerrándose mientras su risa ensordecía sus sentidos y él solo podía aferrarse a su delgado cuerpo como si su existencia dependiera de ello.

Una fuerza de la naturaleza, que ahora caminaba a su lado en silencio, tomada de su mano. El sonido de los cristales adornando su cabello aún desordenado pese a los intentos de verse prolijo. Su respiración calma. El aire helado sin viento. El rostro pálido sin verlo. Y eso fue algo que perforó su pecho de la misma forma que lo había logrado su risa. Porque sus átomos bailaban con cada expresión de su piel. Y aún estudiando lejos de ella había llegado a esa conclusión sin dolor alguno. Como una epifanía sincera. Como...

—Creo que tu abuela se pasó con este obsequio —dijo Chizuru, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos—. No voy a poder pagárselo ni en mil millones de años.

—No creo que ninguno de nosotros estemos aquí en mil millones de añ...

—Era una forma de decir, Shinsuke-kun —rió la joven. Pero su risa...—. Pero de verdad, esto es demasiado. ¿Sabías que compró la tela...?

—Con mi abuelo —completó—. Si. De hecho, fue él quien se la obsequió.

Los ojos azules se abrieron de par en par. Las palabras de Yumie llegando a su memoria como gotas de lluvia sobre un xilofón afinado. Quería darte algo especial, le dijo. No voy a usar esta tela, por lo que quiero que tu lo hagas, había continuado. ¿Pero que fuera un obsequio de su difunto esposo? ¿El hombre que, le dijo, había adorado incluso luego de su muerte? ¿La persona que había elegido por sobre todo en...?

—P-pero... —quiso decir. El rostro rojo. Los ojos cargados. Las manos tensas—. ¡Yo no...!

—Mi abuela piensa que eres especial —fue la respuesta del muchacho, deteniendo sus pasos—. ¿Por qué te pones tan nerviosa?

El cabello negro se despeinó aún más con cada movimiento de su cabeza. La mirada transparente casi desbordada. Tanto como en todos esos meses no había podido expresarlo.

—¡Pero es algo muy importante para ella! ¡No puedo...!

—Tu también eres importante para ella —retrucó Shinsuke.

Pocas veces desde que lo conocía, la mirada de Shinsuke la había exasperado. Y supo lo mucho que su mente había guardado pensamientos y su pecho sensaciones, porque eso fue lo que brotó de sus labios, aún sin quererlo.

—¡Pero no lo valgo! —espetó.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

¿Qu...?

—¿Qué...?

La voz de Kita sonó tan seria como penetrante entre las hojas de los árboles de invierno. El silencio rodeandolos como un domo secreto. Y Chizuru supo por su mirada que algo no estaba bien. Porque Shinsuke podía verse extrañado. Podía verse confundido. Podía verse feliz. Pero nunca molesto. Porque cuando los amplios hombros se irguieron frente a ella, le pareció tan enorme que Suna se encogería aterrado. Como si...

—¿Cómo puedo aceptar algo así, Shinsuke-kun? —continuó. Como si su lengua y su mente se bifurcaran. Como si nada se conectara en su interior.

Y es que, meses atrás, ella lo había sentido. El cariño cálido de Yumie. El amor incondicional de Kita. El recibimiento a su hogar. El pertenecer y ser aceptada. El hecho de reír y que no la callaran. El no esconderse. El poder tocar música a todo volumen y que fuera recibida como un obsequio y no una molestia. El saber que podía descansar sin irse. El pertenecer.

Y cuando supo que se sentía tan a gusto como nunca antes, tan protegida como un recién nacido en brazos de su madre y cobijada en los brazos del chico que adoraba, también eso ocurrió: el no sentirse suficiente para él. Porque él era, simplemente, perfecto. El tipo de persona que todas las personas desean ser. El estandarte de paz necesario en una guerra. Ese hombre que todo lo tiene claro. Alguien que merece su igual. Y verse tan diminuta fue demasiado para ella. Como en ese instante, cuando sus amplios hombros parecieron crecer metros. Cuando su voz resonó en su mente como campanadas claras y demoledoras.

—¿Por qué no lo aceptarías? —le preguntó. Directo. Franco—. Eres mi novia.

Si. Pero...

—Shinsuke-kun...

—No tengo que entender sarcasmos ni dobles sentidos para comprender que estás pensando cosas que no son, Chizuru.

Chizuru Yuzuhiha supo muchas cosas esa noche: que las bananas con chocolate saben demasiado dulces. Que Suna no podía terminar un jugo él solo. Que los gemelos se negaban a usar yukatas iguales. Que su nombre completo de los labios de Shinsuke podía helarle la sangre. Porque sin honoríficos adorables, su nombre en su garganta sonó a igual. Sonó...

—Si estás siquiera imaginando que no eres suficiente para mi, te ruego que te detengas —le dijo. El aire más congelado con cada palabra que parecía emitir. Pero sus ojos...—. No tolero cuando alguien habla así de la chica que amo.

Chizuru solo recordaba haberse quedado sin aire una sola vez en su vida, y había sido tan doloroso que siempre tuvo que recordarlo. Durante un juego de frontón en escuela primaria, cuando un mal pase casi le rompe una costilla al darle de lleno entre los pulmones y el corazón: la contracción de su pecho, como prensado entre láminas de plomo. El ardor de sus alvéolos. El tronar de sus huesos. El temblor de su carne interna hasta llegar a la garganta. Las lágrimas subiendo por dentro de sus mejillas como una marea cálida. Y nada había detenido el llanto, el dolor, el grito ahogado de auxilio. Por eso, ahora pudo diferenciar lo que ocurría. Porque el tronar de sus huesos era real. El ardor de sus pulmones. El corazón prensado. Las lágrimas brotando de sus ojos. Pero él estaba ahí. Los dedos helados de Shinsuke estaban acariciando sus mejillas, como atrapando las enormes gotas de agua hasta que sus pulgares desbordaron. Su cuerpo tan cerca del suyo, que la tela de su yukata se sintió áspera entre sus dígitos cuando se sujetó a las amplias mangas. El aliento cálido oliendo a jugo de frutas sobre la piel de su rostro. El susurro de su voz vibrando en la carne de sus sienes, justo en el comienzo de sus orejas totalmente rojas.

—No puedo decirlo más claro que esto, Chizuru —le dijo. Y ahí estaba de nuevo su nombre. Claro y llamándola a tierra—. Pero haré todo mi esfuerzo. No eres suficiente. Eres . Y te amo.

Una fuerza de la naturaleza.

Así la había llamado en su mente cuando vio colgar la mitad de su cuerpo fuera de la ventana de la habitación frente a la suya. Cuando su voz estridente le dijo su nombre. Cuando le agradeció a su abuela por permitirle tocar para ella cada tarde desde ese invierno pasado cuando entró en su vida, como una topadora que nada dejaba en pie. Así había entrado en él: sin pedir permiso, perdiendo la llave, encerrándose mientras su risa ensordecía sus sentidos y él solo podía aferrarse a su delgado cuerpo como si su existencia dependiera de ello.

Una fuerza de la naturaleza, que ahora había despertado al besar sus labios salados por las lágrimas que caían aún de las gemas azules de sus ojos. Una fuerza de la naturaleza que quemaba entre sus manos como carbón encendido, aspirando su perfume como incienso. Despertando ese tono de voz que en su interior estaba gritandole desde sus entrañas que jamás volviera a decirle algo así. Que jamás dudara de ella misma. Que nunca pusiera en tela de juicio su valía para él. Que nunca dudara que era a ella a quien quería a su lado. Porque eso le había respondido a su abuela, mientras cocía tiernamente el kimono que ahora recorría con sus manos, clavándolas en su pequeña espalda como anclas que traspasaban su piel: que la esperaría hasta que pudieran vivir juntos. Y rió de la ironía de su preocupación permanente al saber que su abuela planificaba su boda desde su nacimiento. Porque él vio su vida junto a Chizuru desde el momento en que se enamoró de ella. Desde el instante en que supo que era ella. Como ahora no recordaba cómo sus omóplatos reposaban contra la corteza helada de un enorme roble, y su lengua pedía permiso para acariciar el interior de su boca.

Quiso reír como ella lo hacía siempre, y supo que no podía. Porque por más que su corazón estallara en júbilo, nada de gracioso estaba ocurriendo mientras el cuello del hermoso kimono de seda invernal caía a un costado, recibiendo sus labios en el hombro cálido. Quiso reconocer la risa de Chizuru en su voz, pero no pudo. Porque el sonido de su propio nombre contra su oído sonó como el murmullo del viento entre los árboles. Tan delicado y hermoso como una canción triste en una boda blanca. Tan blanca como llegó a estar su mente al instante preciso en que las manos delicadas acariciaron la piel de su pecho por entre los pliegues de la yukata. El sonido ahogado de su voz escapando entre sus dientes. Recordando donde estaban. Recordando que...

—¿Dónde carajo se metieron?

Y la realidad volvió a ellos. El frío. La noche. El aroma a césped. Las voces alejadas de los transeúntes, allá donde las luces de las guirnaldas iluminaban un camino del que se habían alejado. Y la voz de Atsumu sonó como el salvavidas que alguien arroja al mar oscuro donde casi podías ahogarte sin notar nada más que tu propia piel.

—¿Por qué no llamas a Chizuru-chan? Usa el teléfono para algo útil —habló Aran—. Kita no me responde, pero no me extraña. Seguro ni siquiera lo trajo.

—Déjenlos en paz un rato —murmuró Suna, casi molesto. El teléfono siempre pegado a sus dedos—. Y tú me debes un jugo. Me hiciste dejarlo por salir corriendo.

—¡Claro que no!

—Ratero.

—¡Soy tu capitán!

—No te quita lo mezquino.

—¡Hijo de la...!

Lo intentaron. Seguir la conversación, claro que lo intentaron. Quietos, el uno contra el otro. Las manos detenidas donde sus pieles aún podían sentirse. Cayendo en cuenta de donde podían estar. Recordando el segundo en el que vivían. Encontrando sus miradas. Riéndo en una carcajada contenida. Hundiendo el rostro en el pecho cálido del muchacho que la abrazó con fuerza, susurrando en su oído que debían arreglar su cabello. Acomodando el cuello del hermoso kimono claro. Recobrando la sanidad. Entendiendo el mensaje.

Sus manos unidas cuando volvieron a encontrarse con el resto.

El festival de invierno aún no había terminado.

Komorebi - Rayos de luz del sol que se filtran a través de las hojas y las ramas de los árboles.