CAPÍTULO 14: Uchū o sokutei suru hōhō
Cuando Shinsuke era pequeño, solía tener un juego con su hermana mayor: contar las gotas de lluvia cayendo fuera de la ventana, identificando el impacto sobre las superficies. La distancia entre ellas. La llegada al suelo. La caía de aquellas que parecían más delgadas. El resonar de las que podían bifurcarse. Cada una de ellas producía un sonido tan único y distinto que, juraba, sonaba como un enorme xilofón afinado en una tonalidad que lo impulsaba a pensar que era una forma posible de medir el Universo. Porque así era: a los diez años, Shinsuke Kita solía preguntarse cómo medir el universo.
El día que su hermana se graduó de secundaria, supo los años que habían pasado desde la primera vez que ese juego se había dado entre ambos. Cuando su pequeño hermano llegó al mundo, supo que a partir de ese instante, la medición sería distinta. La sonrisa de su padre al salir de casa hacia su trabajo. La de su madre al explicarle que se mudarían pronto. Su propia decisión al quedarse en Kobe junto a Yumie. El golpe al alma por la pérdida de su abuelo. Y cada día tras día que acostumbró su cuerpo a un régimen de aprendizaje para transitar cada año que pasaba. Hasta que finalmente, la idea de medir el Universo le pareció tan lejana e irrisoria que se perdió en las profundidades de su mente. En aquel lugar que sólo visitaba cuando dormido, pensamientos inconexos le recordaban lo que ocurría en él.
Shinsuke Kita supo en plena conciencia que el universo no podía medirse de una forma convencional, porque sus variables siempre estarían en constante movimiento. Siempre cambiando. Siempre corriéndose de lugar. Lo entendió cuando lloró al recibir su camiseta con la dorsal de capitán en su tercer año en Inarizaki. Lo supo cuando el esfuerzo de sus estudios le dieron la aprobación perfectas de las asignaturas en su primer año de universidad. Lo supo cuando su madre le dijo que su hermana iba a casarse. Lo supo cuando los gemelos y Suna y su equipo llegaron hasta cuartos de final en su último año de preparatoria. Lo entendió ahora que las flores de cerezo se confundían con esos copos de nieve tardíos en las calles y cubrían la acera con un manto puro. Lo comprendió oyendo con absoluta vehemencia y adoración el sonido escapado de los dígitos de su novia al finalizar el vals de la Primavera de Chopin, sentada frente al gran piano sobre el escenario que presentaba el festival abierto del club de Música en Inarizaki. Porque por más que había tocado para él una y mil veces, deleitado a su abuela con melodías de su infancia y sentido en carne propia como podía arrancarse el alma del cuerpo para transmitirla al marfil blanco donde posicionaba sus delgadas manos, verla bajo los reflectores emulando un halo de luz era más de lo que podía soportar.
—¿Estás llorando?
La voz de Aran de pie a su lado sonó como dentro de una burbuja cristalizada. Del mismo tipo que ahora notaba, caían de sus lagrimales. Solo cuando desvió la mirada ambarina al perlado rostro moreno logró sonreír ante la visión que le devolvía la leve penumbra del auditorio de su ex colegio.
—También tú lo estás, Aran-kun.
Lo oyó quejarse contra el hueco de su brazo, secando las gotas de agua salada que parecieron caer con aún más fuerza.
—Cállate, Kita...
Contó mentalmente las corcheas que faltaban para que la pieza finalizara. Y la visión de Chizuru en el perfil más hermoso que podría haber imaginado se detuvo etérea inclinada sobre las teclas, como si le agradeciera al piano por prestarse en una extensión de su propio cuerpo.
Claro que ya había visto ese vestido. Le había enviado tantas fotos como pudo ver sin ruborizarse (o notar que lo estaba haciendo). Y el cabello siempre despeinado pareció hacerle justicia a la corona de pequeñas flores que todas las chicas del Club decidieron usar como uniforme de despedida. Sus manos parecían doler de aplaudirla con el mismo orgullo que había sentido al ver a sus kohais ganar partido tras partido, realizándose en su último año. Oyó a lo lejos los gritos de Atsumu, vitoreando como en un juego ganado. El sonido ahogado de un golpe dado por Osamu. La risa apagada de Suna. Y la sonrisa poco disimulada de su novia que había atestiguado todo desde el escenario, señalándolos con una carcajada abierta, casi olvidando el solemne espectáculo que ella misma acababa de dar. Y cuando lo buscó con la mirada, clara como una mañana de invierno, en él se quedó. La imagen superpuesta de la chica colgando medio cuerpo fuera de la ventana, sonriendo hasta donde su piel no cubría el rostro. El calor de la sala oliendo a té y dulces de frutas. La voz de su abuela acompañando las suyas. Los furin sonando fuera de la galería. La nieve cayendo en invierno. El atardecer al volver juntos. El sonido del río cuando pasaban bajo el puente antes de la rotonda. Y su risa, eternamente, sonando como fuertes campanadas que no respetaban horarios ni límites. Y en ella se quedó su mirada, con la misma sonrisa de paz que sentía en su pecho martillando tanto que parecía a punto de partirse.
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Cuando marzo llegó, también lo hicieron las despedidas. Verse a sí mismos vestidos con sus uniformes por última vez era algo que muchos apenas podían tolerar sin lágrimas en sus ojos. Sosteniendo sus diplomas en alto. El aroma del bouquet floral que colgaba de la hojuela de sus uniformes. Porque la seguridad de saber que hacer cada mañana había desaparecido de forma rotunda, como una bofetada repentina. El grupo de chicos que sabía a dónde dirigirse luego de desayunar. Que entendía lo que tenía enfrente a fuerza de costumbre, ahora se enfrentaba a lo desconocido con miedo y felicidad en una maraña de sentimientos tan intensa que les provocaba mareos y ganas de llorar.
—¿Vas a seguir llorando mucho tiempo más? ¡Realmente te quiero bonito para esta foto!
Chizuru observaba con una paciencia infinita al mayor de los gemelos Miya secando sus lágrimas bruscamente con la manga de su uniforme. Aún no podían creer que luego de tres años, la madre de los gemelos les revelara finalmente quien de los dos era el mayor. Y que el mayor fuese el que menos lo parecía. Esos mil yenes pagados a Suna le habían dolido más que perder al KOF con él.
—¡Cállate, boba! —vociferó el rubio—. ¡¿Y qué quiere decir eso?!
—Que si tu cerebro pierde cinco años jugando, cuando lloras te vuelves más feo —respondió su gemelo.
—¡Cierra el pico, Samu!
—¡No quise decir que fueras feo! —habló Chizuru tomando la posta. El rostro preocupado por un malentendido involuntario entre sus mejores amigos—. ¡Que ninguno lo sea! Es decir, son gemelos, si te insulto por derecho es también a Sa...
—Toma la foto de una vez, Chizuru —la interrumpió Osamu—. Tengo hambre.
—Siempre tienes hambre —siguió Atsumu.
Y claro que hubo golpes. Chizuru rió con fuerza antes de volver a hablar con nostalgia en su cadencia vocal.
—¡Voy a extrañar tanto esto!
—Yo no —respondió el zorro de ojos verdes a su lado. Encorvado y enorme como era.
Lo miró de reojo con el rostro desaprobando cada palabra. Ese era su mejor amigo. Lo adoraba más allá de las palabras. Pero era un hijo de la...
—Al menos disimula y miente un poco, hombre horrible —musitó. Suna sonrió corriendo el rostro hacia otro lado.
—¡Cállense todos!
Y ahí estaban todos, divididos en grupos que iban cambiando momento a momento. Incluso aquellos a los que solo habían visto en los pasillos merecían una despedida, porque eran conscientes de que esa cara medianamente familiar ya no volvería a cruzarse en sus campos visuales. Los profesores que odiaban, los que querían, los que amaban escuchar. Todo, de repente, se vio como bajo el agua. Como si tuvieran puestos unos lentes que hacían todo más ameno. Como si las experiencias desagradables se borraran por solo un día y la nostalgia tomara su lugar. Por más que al día siguiente volvieran a ser los mismos, en ese instante, todo terminaba. Era el último saludo.
—¡Kita-sempai! ¡Aran-sempai!
Las voces de Riseki y el resto del equipo recién graduado parecían llamarlos con tono ansioso para saludarlos ahora que los veían en el patio regado de pétalos de cerezo. Sabiendo que estarían en el descanso de sus respectivas universidades y que en pocos días también deberían volver a sus campus. Aún cuando todo un año logró transcurrir, ambos eran los pilares que seguían sosteniendo las antorchas de los zorros de Inarizaki.
—¿Tú también quieres una foto con nosotros, Riseki-kun? —consultó el peligris con una sonrisa tierna.
—Prefiero pedirte una foto y no sacarlas de contrabando como Atsumu.
—¡Cierra el pico tú también!
Ese sonido. El sonido de la voz de Atsumu mezclado con las risas de todos en el equipo, ahora reunidos en el césped helado. Los uniformes de invierno. Las flores en sus ojales. Los diplomas en sus manos. Las lágrimas contenidas y esas sonrisas enormes. Era revivir la primavera pasada con una diferencia: la emoción pertenecía a alguien más. El orgullo también. Como si se hubiera transferido en carácter al grupo de claros inadaptados sociales que se gritaban entre sí, ahora con Oujiro Aran tomando partido en una disputa que apenas podía discernir.
El último día de clases de la generación más poderosa de Inarizaki, había terminado. Pero cuando separó sus pasos de los de sus amigos camino a casa y tomando la mano de su novia, ella susurró su nombre, comprendió que había algo más.
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Shinsuke había vivido cada día de su existencia entre esas paredes de fuerte madera, solo por esos pocos años donde compartió hogar con sus padres. Quizá por eso, conocía cada rincón de ella como las grietas de sus manos curtidas a remates de balones. Porque había limpiado esos pisos y lustrado cada pequeño recoveco como si quisiera verlo brillar a un triple de su capacidad. Así era como conocía sus sonidos, sus aromas, sus silencios. El aroma a madera mezclado con el té que había preparado para ambos. El sonido de sus pies descalzos al trepar las escaleras antiguas pero fuertes, como si hablaran y contaran sus pasos sobre ellas. El frío colándose por el pequeño hueco en el cristal de su ventana que sabía, debía reparar desde hacía meses pero no había podido hacerlo. Como si eso siempre lo obligara a volver a casa más seguido y prefiiera mantenerlo así.
Cada recuerdo que tenía en su hogar, lo hacía a base de repetición, como todo en su existencia. Tanto que las sensaciones se agolpaban en él construyendo un tejido imposible de romper aún cuando lo intentara. Pero sabía, de todos modos, que no querría jamás romper eso: los pasos de su abuela por la mañana al preparar el desayuno. El furin sonando en verano. La nieve cayendo en su marco durante el invierno. La sensación de su alfombra cálida bajo los pies descalzos. Y ahora, el aroma a frutas del cabello de Chizuru mezclado con ese dejo a cebada que juraba, siempre había en su propia habitación.
—Gracias por dejarme venir, Shinsuke-kun —musitó calma. Tanto que parecía un dejo de lo que siempre solia mostrarle.
El muchacho le sonrió con ternura, abandonando con delicadeza la taza en la tabla de madera labrada que usaba para mantener firme la pequeña tetera. El silencio como un tercer participante de su conversación. El frío primaveral fuera del cristal roto de su ventana.
—No tienes que agradecerme, Chizuru-chan —le dijo—. Sabes que siempre eres bienvenida aquí. Ni siquiera deberías pedir permiso para hacerlo.
—¡Lo sé! Una vez vine tan tarde que tu abuela ya estaba en pijamas y de todos modos me recibió. ¡En mi defensa, le traía pan de leche! Aunque sí, fue algo que podía esperar hasta la mañana...
Shinsuke rió con ganas. El silencio desapareciendo por un instante. Ese dolor en su pecho aún presente. Porque desde que Chizuru le había pedido hablar en privado luego de la ceremonia, algo pareció clavarse entre sus pulmones, a la expectativa del resto de sus palabras. Siempre queriendo que fueran alegres.
—Sé que te pedí hablar en privado, Shinsuke-kun... —comenzó—. Y espero poder comunicar esto de la mejor forma posible sin que mi lengua se lleve todos los premios por confundirse en el peor momento.
¿Qu...?
—Chizuru-ch...
—Me aceptaron en el Colegio de Música de Osaka —completó. El rostro pálido engarzado con una sonrisa que temía dejar de ser tímida. Las manos delgadas temblando sobre su regazo. La falda de su uniforme convertida en un piano imaginario.
¿Eso quería decirle casi con temor? ¿Que había sido aceptada en una de las academias musicales con mayor antigüedad y prestigio de Japón? Eso simplemente era...
—Estoy muy orgulloso de tí, Chizuru-chan —le dijo. La sonrisa enorme y sincera. Sus manos estirándose hacia ella en un abrazo sentido.
Tan cálida como podía concebirla, aún temblaba. Feliz como él estaba y sabía, ella tenía que estarlo, la sentía tiritar bajo su agarre como una muñeca de trapo rota. Como si sus brazos fueran hojas en el viento. Y cuando bajó su rostro hasta ella, encontró los ojos azules cargados con las lágrimas más nítidas que alguna vez pudiera ver en ella.
—Son tres años que viviré en un dormitorio cerca de la Escuela en Osaka—le dijo—. Yo...
—¿Y eso te da miedo? ¿Vivir sola?
¿Eh? ¿Qu...?
—¡No! No es eso —respondió rápido—. No me molesta vivir sola. Pero...
—Osaka está a solo una hora de Kobe —musitó calmo.
—¡L-lo sé!
—Mi abuela puede cuidarse sola, aún cuando tu madre se mude —continuó. Y no mentía para nada. Confiaba en su abuela como la mujer fuerte que era, aún cuando se preocupara—. Si es que lo hace.
—Shinsuke-kun, no es eso. ¡Es decir!, sí me preocupa Yumie-san. Pero...
—Absolutamente nada va a cambiar entre nosotros, Chizuru.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¿Por qué siempre sabes lo que me pasa?
—Soy tu novio —musitó calmo. Y era sincero—. Me alegra poder saber lo que te pasa.
Chizuru rió contra las clavículas descubiertas. El aliento cálido como una cuchilla en su piel, aunque no se hubiera movido por nada del mundo. Sintió las manos delgadas abrazar sus costados con delicadeza antes de que le respondiera.
—A veces se me olvida lo asombroso que eres.
Fue perfectamente consciente de la frase que escapó de sus labios con una naturalidad ajena a lo que siempre acontecía en ella. Pero no se retractó en lo más mínimo. Tampoco lo hizo su cuerpo, evitando tensarse y aún enterrando más la nariz pequeña en el hueco de su cuello. Y seguía siendo plenamente consciente de lo que ocurría en ese cuarto pálido cuando las manos de Kita palmearon su espalda con ternura, escuchando su risa profunda y ahogada contra el cabello despeinado.
—Me preocupa que eso sea sarcasmo —le dijo—. Siempre que dices algo demasiado sincero te retuerces y empiezas a balbucear como un cachorrito al que encontraron rompiendo un zapato caro.
Y esperaba su risa. Sus gritos. Su cabeza separándose del hueco de su cuello. Los ojos azules y enormes pidiéndole disculpas antes de otro estallido en carcajadas que lo dejaría deleitosamente sordo. Pero no ocurrió. En su lugar, el aire de sus labios vibró contra su piel, llegándole a la espina.
—No es sarcasmo —susurró—. Ni te estoy mintiendo.
Silencio.
Silencio.
Y continuó.
—De verdad, pienso que eres asombroso —la sonrisa se sintió a flor de piel cuando Kita juró, sus labios se estiraron contra la piel de su cuello. Solo quería ver su rostro, pero no podía moverla. Moverla significaría separarse de su cuerpo solo un centímetro. Por eso, dejó que siguiera hablando en el mismo tono secretivo. Siempre y solo para él en esa habitación que conocía de memoria—. Sé que voy a esforzarme al máximo estudiando. Sé que lo hago por mi propio bien. Pero...
Y rió. Casi apenas por encima de un suspiro.
—Pero quiero esforzarme para poder estar a tu lado de igual a igual a partir de ahora.
Una fuerza de la naturaleza. Eso era. Eso seguía siendo. ¿Por qué...?
—Chizuru-chan, eres mi igual y lo sabes —atinó a decir.
Claro que era su igual. Siempre la había considerado su igual. Por algo eran pareja. No importaba que él fuera un año mayor, ella era su par del otro lado del espejo. Y cuando menos se lo esperaba, más parecía sorprenderlo. Por eso quería aclararle que...
—Yo también estoy trabajando duro, Chizuru-chan —le dijo. Sus manos firmes presionando los músculos de su pequeña espalda cubierta por la camiseta de su uniforme—. Porque quiero hacer las cosas bien en mi futuro. Y...
Y porque quiero que estés en él.
Y porque quiero que estés orgullosa de mí.
Y porque quiero que...
Y dejó de recitar sus respuestas ensayadas en su mente. Porque los ojos azules de la joven en sus brazos lo estaban viendo con una profundidad capaz de entrar en su alma sin necesidad de darle vuelta a una llave. Con una seguridad en sus palabras que parecieron zanjar su pecho hasta dejarlo al descubierto. El corazón latiendo en sus manos, presentado en bandeja de plata. Su alma escurriéndose entre los delgados dedos que parecían acariciar con una ternura dolorosa los costados de su propio cuerpo. Y Shinsuke era perfectamente consciente de que Chizuru no tenía la menor idea de lo que estaba calando en él con solo permitirle oír el eco de su propio latido contra él por la cercanía. Del aroma de su cabello. De las pecas del puente de su nariz. Del tono de su voz al pronunciar las palabras que abrieron sus átomos al unísono.
—Siempre te consideré alguien extraordinario, Shinsuke-kun —musitó. La cadencia de su voz como perlas cayendo al agua clara—. Y ahora, para mí, eres el chico más increíble del universo.
Shinsuke Kita siempre tuvo la costumbre de metódicamente caminar y vivir paso a paso por un sendero de repetición hasta obtener un objetivo. Nunca apurar nada. Jamás correr a no ser necesario. Porque el objetivo llegaría a tiempo y el viaje era lo principal. La enseñanza del trayecto. El fluir del río. El dar a la situación lo que la situación pide: pero en el instante en que vio los cristales de lágrimas en los ojos de Chizuru aguar el azul perlado de sus ojos, encontró sus labios con una celeridad que no lograba comprender ni encontrar arrepentimiento. Tampoco se arrepentía de encerrarla contra su amplio pecho en un abrazo que unió las partes que aún estaban sueltas en sus pensamientos, dudando sobre qué hacer. El instante en que el aroma a fruta de su cabello penetró sus sentidos, haciéndole cosquillas en las mejillas. Sentir su voz ahogada contra su garganta por la sorpresa de su propio movimiento, sabiendo que la había tomado por sorpresa casi dejó de respirar. Vio su rostro pálido sonrojarse a través de las pestañas iridiscentes, nublando su vista, sin comprender como podía ser más hermosa a cada segundo que pasaba en su tacto.
Sintió que quería murmurar su nombre: no la dejó. No quiso tapar sus labios con tanta fuerza entre los suyos, pero cuando succionó la carne suave temblorosa entre sus dientes supo lo que era perder la cordura en un segundo. Cuando el cabello negro y brilloso se desparramó sobre su alfombra entendió que debía recarcarse sobre sus codos para no aplastarla, pero su lógica helada no funcionaba en lo absoluto ahora que juraba, no podía alejarse de su abrazo. No cuando las pequeñas manos parecían querer pedir permiso bajo su camiseta oscura, siguiendo la línea de sus abdominales y arrancandole un gruñido quedó atrapado por sus labios. No cuando sus propios dedos desarmaron uno a uno los botones de la camisa blanca, descubriendo la piel pálida como la nieve y las flores de cerezo que aún bañaban las calles de Kobe fuera de la ventana de su habitación.
Y el tiempo se desdibujó como sus labios bajando centímetro a centímetro desde su mandíbula perfecta hasta las clavículas cubiertas en pequeños lunares translúcidos. Enterrando su rostro en el hueco de su cuello, tratando de murmurar su nombre en una cadencia que no sonara como una súplica: no lo logró. Todo en ese momento era un rezo a ella y sus manos bajo la camiseta oscura y la forma en la que sus delgadas piernas habían apresado su cintura y su cabello platinado estaba tan desadaptado como el de ella.
Era sentir su pecho doliendo. Gritando. Suplicando. Susurrando en su oído lo que él supo desde esa noche de invierno al salir juntos de la tienda de conveniencia a seis calles de su casa. Que estaba viendo fijamente a los ojos llorosos de la chica que amaba con la misma seguridad que ahora sus manos se filtraban bajo el cierre de su sostén oscuro. Porque todo era parte del mismo camino que lo llevó a ella. Y esto era parte del camino que seguía. Y del que iban a recorrer juntos. Y todo, absolutamente todo, contaba. Y todo...
—¿Shin-chan...?
Y todo pareció detenerse en el instante en que la voz de Yumie Kita resonó suavemente en la puerta de entrada. Los pasos delicados y pequeños al descalzarse. Las bolsas livianas del supermercado. La cadencia amable llamando su nombre a tierra.
—¿Shin-chan, estás en casa?
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Silencio era todo cuanto podía oírse en las cuatro paredes azules de esa habitación helada. Las manos delgadas detenidas en sus hombros amplios bajo la ropa. El cuerpo pequeño temblando bajo el suyo, como carbón encendido humeante a incienso. El rostro pálido escondido en el hueco del cuello suave, tan rojo por sus labios como por la situación en la que se habían visto detenidos como en el éter de una película muda. Y solo pudo reír contra la piel delicada, abrazándola contra él, como si buscara enterrarla en su pecho antes de soltarla definitivamente. Porque la carcajada contenida de Chizuru sonó como una explosión en su oído, callando al instante siguiente. Porque él levantó la cabeza, clavando los ojos ámbar en los suyos, silenciando el sonido que áun no se había formado. Y sonrió.
Y aún seguía sonriendo cuando los labios tibios se posaron sobre la frente de la joven que cubría los suyos para no dejar escapar otro respiro. Y habló.
—Bajaré primero —susurró. Sus narices rozándose con intimidad—. Tómate todo el tiempo que necesites para recuperarte.
Chizuru quiso reír. Quiso reír de verdad, porque en todo ese tiempo juntos, era la primera vez en que algo tan tierno le sonaba a un intento de sarcasmo por parte del muchacho que la ayudaba a levantarse, cubriendo el pecho desnudo para abotonarse la camisa. Quiso reír. Lo hizo. Lo hizo también años después, cuando la anécdota seguía viva entre ellos. Como cuando la espalda amplia de Shinsuke se giró hacia la puerta y respirando tan profundo como si quisiera inhalar el universo entero, bajó las escaleras con el rostro tranquilo.
Y su último año de preparatoria había terminado.
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Cuando Shinsuke Kita era pequeño, tenía un juego predilecto con su hermana mayor: contar las gotas de lluvia cayendo fuera de la ventana. Eso era todo. Identificar el impacto sobre las superficies. La distancia entre ellas. La llegada al suelo. La velocidad de aquellas que parecían más delgadas. El resonar de las que podían bifurcarse. Cada una de ellas producía un sonido tan único y distinto que, juraba, sonaba como un enorme xilofón afinado en una tonalidad que lo impulsaba a pensar que era una forma posible de medir el Universo. Porque así era: a los diez años, Shinsuke Kita solía preguntarse cómo medir el universo.
El día que su hermana mayor se graduó de secundaria, supo los años que habían pasado desde la primera vez que ese juego se había dado entre ambos. Cuando su pequeño hermano llegó al mundo, supo que a partir de ese instante, la medición sería distinta. La sonrisa de su padre al salir de casa hacia su trabajo. La de su madre al explicarle que se mudarían pronto. Su propia decisión al quedarse en Kobe junto a Yumie. El golpe al alma por la pérdida de su abuelo. Y cada día tras día que acostumbró su cuerpo a un régimen de aprendizaje para transitar cada año que pasaba. Hasta que finalmente, la idea de medir el Universo le pareció tan lejana e irrisoria que se perdió en las profundidades de su mente. En aquel lugar que sólo visitaba cuando, dormido, pensamientos inconexos le recordaban lo que ocurría en él. Y un día, la red del telar de sus pensamientos se tejieron como un manto de gotas de lluvia formando un patrón. El patrón del sol ingresando por la ventana que daba exactamente al Este. Las cortinas blancas y delicadas moviéndose con esa brisa matutina que acompañaba siempre el despertar del alba para él mismo. El patrón entrelazado del aroma a madera rústica de la habitación compartida donde dormía a su lado. La textura del edredón de vivos colores cálidos que Yumie había hecho para ellos cubriendo su delgada figura. El tacto del abdomen abultado bajo sus largos dígitos: porque aún cuando le habían dicho era era demasiado pronto para sentir algo, él no podía evitar que esa fuera la posición de descanso que adoptaba cada vez. Y esos minutos al despuntar el alba entre los que abría los ojos ámbar al mundo y el despertar de Chizuru, eran exclusivamente suyos: suyos de observar que aún cuando nueve años habían pasado, era imposible mantener su cabello peinado. Que las pecas del puente de su nariz seguían ahí, más presentes por el sol de fines de verano. Que aún le era imposible no babear como infante sobre la almohada blanca cuando dormía de costado. Que el sonido ahogado que hacía al despertar era casi idéntico al de su gato, que elegía dormir escaleras abajo junto con Yumie.
—No es necesario que te despiertes tan temprano, Chizuru —murmuró calmo. La mano que no seguía acariciando su abdomen descubierto ahora acomodando el cabello disparatado. Claramente sin lograrlo—. Apenas son las seis.
El quejido similar a un gatito bebé se ahogó contra la almohada. Rió. Ese movimiento disimulado fue suficiente para limpiar el hilo de baba en la comisura de sus labios. La vio sonreír aún con los ojos a medio abrir: porque eso tampoco había cambiado en nueve años.
—Pero me gusta aprovechar el día con Yumie-san —le dijo—. Además, por la tarde tengo que ir a la ciudad. Tengo que dar clas...
—Te llevo.
Silencio.
Silencio.
—Shinsuke, puedo conducir —musitó. Una ceja oscura graciosamente levantada.
—No importa. Te llevo.
—Shinsuke, tienes trabajo que hacer. Además no es nece...
—Te llevo.
Chizuru rió con fuerza. Una mano pálida sobre su abdomen, justo donde reposaba la de su esposo. Esa familiaridad de sentir que ese mismo diálogo se había dado años atrás, cuando tantas cosas que ocurrieron eran impensadas. Cómo graduarse del Colegio de Música de Osaka y trabajar allí el año entrante. Como Shinsuke restaurando la granja de sus abuelos junto a sus hermanos y haciéndose cargo de ella como productor artesanal de arroz de mayor calidad en Hyogo. Como Osamu Miya siendo su socio con su propio negocio en Kobe. Como Rintaro Suna (el autodeclarado padrino de su hijo) jugando profesionalmente y en próximos partidos enfrentándose a Oujiro Aran. Como Atsumu Miya siendo seleccionado como armador para representar a Japón en los Juegos Olímpicos el año entrante. Como el beso suave de Shinsuke en su frente mientras se incorporaba en la amplia cama que compartían.
—¿Quieres que preparemos el desayuno juntos? —preguntó sonriendo. La camiseta que usaba para dormir abandonando su cuerpo antes de alcanzar una limpia estirando el bronceado brazo musculoso—. Mi abuela lo preparó dos días seguidos. No quiero que lo tome de costumbre.
El rostro iluminado por el sol a contraluz fue la ilusión más perfecta cuando Chizuru se incorporó casi de un salto. El halo rojo en su cabello y los ojos azules totalmente abiertos.
—¡Si! —gritó—. ¡Oh, mierda! No gritemos tanto o se va a despertar. No se por qué, pero Yumie-san tiene oído más agudo que un zorro desde que estoy embarazada y siempre se preocupa de más. ¡Quiero hacer algo por ella pero siempre me gana! ¡Mierda! ¡Shinsuke, tápame la boca si grito así!
Las carcajadas del muchacho llenaron la habitación oliendo a madera. Los pasos de Yumie escaleras abajo y la risa calma le dieron la pauta que serían tres en la cocina esa mañana preparando todo.
El mundo podría encontrar muchachos como Shinshuke Kita bastante seguido, a decir verdad. No es una superestrella. Nunca lo sería, con seguridad. Pero esa simple presencia es capaz de poner un equipo en forma. Y había sido así desde secundaria baja: jamás un movimiento desarticulado. Jamás una palabra fuera de lugar. Y aún así, cada pequeña cosa que salía de él, lo hacía con total diligencia. Y ahora, este era el resultado. Un muchacho lleno de confianza. Y no esa confianza arrasadora, de las que se comen el mundo y atropellan a quien se ponga en su camino. No.
Shinsuke Kita tenía esa confianza de que hiciera lo que hiciese, lo haría bien. Por él, y por otros. Y lo sabía: ése era el camino. Esa era la forma de medir el universo.
La risa de su abuela cuando bajaron las escaleras. Las manos arrugadas acomodandoles los cabellos desordenados a ambos. El desayuno hecho con cada vegetal que su abuela cultivaba como cuando él y sus hermanos eran pequeños. El sonido del piano de Chizuru por las tardes. Las llamadas y mensajes de Atsumu y Osamu tirándose tierra y elogios escondidos entre ambos. Las charlas con Aran. El sol en su espalda. El aroma a arroz hervido. El té de cebada en verano. El sonreír de oreja a oreja al sentir orgullo por sus amigos en cada logro que mostraban: porque claro que seguía diciendo mis amigos son asombrosos. El concontrarse con ellos para verlos avanzar. El cuerpo de su esposa acurrucado en sus brazos al dormir. Recorrió un largo camino para llegar hasta donde estaba. Cada gota de sudor fue parte de él. Cada segundo. Cada instante. Por eso necesitaba sus recuerdos. Y siempre estuvo seguro de ello.
Lo sabía. Ése era el camino. Esa era la forma de medir el universo.
Uchū o sokutei suru hōhō - Cómo medir el Universo.
