Harry Potter le pertenece a JK Rowling y esta historia le pertenece a White Squirrel. ¡Gracias por su apoyo a esta traducción!
Capítulo 2
Pasaron semanas. Albus Dumbledore y Minerva McGonagall investigaron minuciosamente, pero no encontraron nada. No había movimientos de mortífagos conocidos. Severus Snape reportó que no había escuchado nada. Amelia Bones, aunque sólo había sido informada parcialmente, no había escuchado rumores de interferencia por parte del Ministerio, y ningún rumor parecía estar flotando en ninguna parte del mundo mágico. Parecía como si Harry Potter se hubiera desvanecido sin dejar rastro alguno.
Harry, por supuesto, no estaba enterado de nada de esto. Había pasado sus días tratando de aprender a actuar como un gato de verdad. Le tomó un poco de tiempo acostumbrarse a los nuevos olores y sabores. Le molestaba que no podía ver el color rojo y que los demás colores eran más tenues, pero no vio más opción que aceptarlo. Deambuló por las calles, usualmente siguiendo a otros gatos, buscando en contenedores de basura por alimento, y durmiendo mucho. Después de unos cuantos días descubrió que había salido de la ciudad. Había menos contenedores de basura pero aun podía olfatear algo sabroso. Siguió el rastro justo a tiempo para escuchar unos chillidos y observar a un topo precipitarse a su madriguera. Inmediatamente se dio la vuelta y se prometió sólo buscar en basureros (después de todo, ¿qué niño de cinco años quiere vivir de roedores?), pero después de unos días en área rural se dio cuenta lo difícil que era encontrar comida y decidió intentar nuevamente. Le tomó un par de días antes de que pudiera capturar algo con éxito, y unas horas más antes de atreverse a comer, pero cuando lo hizo se sorprendió de lo bien que sabían los ratones. Se preguntó si sabían mejor como gato o si los humanos se estaban perdiendo de algo.
Continuó deambulando de pueblo a pueblo sin importarle a dónde iba. Al llegar el mes de noviembre, ya era lo suficientemente bueno cazando para sobrevivir y hasta había comenzado a limpiar su pelaje con su lengua, como un gato de verdad (aunque odiaba las bolas de pelo). Cazar incluso era divertido cuando él era el cazador en lugar de tener que huir de la pandilla de Dudley; aunque Harry jamás cazaría a una persona, sólo a aves pequeñas y a roedores. No quería pasar el invierno entero fuera, por lo que comenzó a tomar valor para buscar a un humano que lo adoptara.
Después de un par de días de búsqueda había conseguido un tazón de leche y un poco de hígado, pero no había logrado entrar a ningún hogar. Apenas comenzaba su tercer día de búsqueda cuando notó a una niña de cabello castaño alborotado leyendo un libro en un amplio columpio en su jardín trasero. El viento sopló en su dirección y notó la esencia de la niña, un aroma extraño pero familiar. Se acercó a investigar cuando sintió algo que no había sentido en semanas y que no sabía cómo lograr: el deseo de hablar con alguien.
Hermione Granger era la única niña en su clase de primer grado que ya leía libros con capítulos. Incluso, algunos de sus compañeros aún estaban aprendiendo a leer. Los otros niños la miraban raro porque leía libros sin imágenes, pero no le importaba… mucho. Las historias eran muy interesantes como para que sólo leyera las historias cortas con muchos dibujos.
Estaba absorta en uno de sus libros cuando escuchó un suave maullido y bajó la mirada para encontrar a un adorable gatito negro y blanco que la miraba con los ojos más verdes que había visto.
–Hola –dijo la pequeña.
El gatito sólo la observó y después maulló nuevamente.
–¿Quieres sentarte conmigo? –dio un suave golpe al espacio junto a ella. Para su sorpresa, el gatito saltó al amplio columpio. Quizás lo habían entrenado bien. Pero no tenía collar. Se preguntó por un momento si sus padres la dejarían tener un gato. Extendió su mano para acariciar al gatito detrás de sus orejas, pero se sacudió al sentirla.
–Oh, lo siento. –El gato dio un paso atrás y maulló nuevamente.
Hermione consideró continuar leyendo, pero un gatito era mucho más interesante, aun si no era muy amigable.
–Así que… ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó.
El gatito dio un paso adelante y con cautela tocó su pierna con su pata.
Estaba segura de que el gatito sólo estaba jugando pero decidió seguirle la corriente. Sin esperar respuesta dijo:
–¿Viniste a verme a mí?
El gatito asintió.
Hermione abrió los ojos con sorpresa. Se acercó un poco, pero el gatito dio un paso atrás.
–¿Puedes… entenderme? –Dijo ella.
El gatito asintió nuevamente.
–¡Impresionante! –Extendió su mano como si fuera a sacudir su pata–. Mi nombre es Hermione. ¿Cuál es el tuyo?
El gatito la observó por un largo momento, sacudiendo su cabeza. Después, algo ocurrió que nunca hubiera esperado. En un parpadeo el gatito creció y se transformó en un niño pequeño con ropa desgastada, sentado sobre sus piernas, y observándola con los mismo ojos verdes. El niño le respondió:
–Harry.
–¡Ah! –Hermione soltó su libro y corrió dentro de su casa.
Emma Granger escuchó a su hija gritar y levantó la mirada de donde se encontraba preparando el almuerzo para verla entrar corriendo por la puerta de la cocina.
–¿Hermione…?
–Mami, mami, ¡hay un gatito afuera que se transformó en un niño!
Eso probablemente contaba como lo más extraño que su hija había dicho, y habían ocurrido varias cosas bastante extraordinarias antes.
–¿Qué? ¿Eso ocurrió en tu libro?
–No, mami, ¡él en verdad está ahí! ¡Ven a ver! –Su hija tomó su mano y prácticamente la jaló afuera con la misma intensidad que usualmente reservaba para la biblioteca. Pocas cosas la detendrían en ese estado, pero el hecho de que no era relacionado con el libro, sin mencionar que era imposible, era un poco extraño, aún con su imaginación.
–Hermione, tengo que preparar el almuerzo y… –Emma trató de soltarse pero se detuvo drásticamente cuando cruzó la puerta y vio a la pequeña figura agachada en el columpio. Parecía tener cuatro o cinco años y estaba muy delgado y pequeño. Los estudios generales en medicina que había estudiado en la escuela de ortodoncia le indicaron que el niño estaba bajo de paso. Peor, estaba sucio, vestido en lo que parecían trapos, y temblando ante el aire matutino, como si hubiera estado deambulando por días, si no más tiempo. También tenía una terrible cicatriz en su frente y una mirada atormentada.
–Dijo que su nombre es Harry –dijo Hermione, pero apenas tuvo tiempo de registrarlo.
El niño y Emma cruzaron miradas y Harry salió corriendo.
–¡Espera! –Gritó.
Harry quería correr, pero cuatro años de estar condicionado a hacer lo que le decían y el recuerdo de que sí quería encontrar a alguien que lo ayudara lo detuvieron. Dio la vuelta y esperó, temblando ante las similares mujeres de cabello castaño que se le acercaban.
–¿Tu mamá y tu papá están cerca? –Preguntó Emma.
El niño la observó por un momento y bajó la mirada. Después de un momento sacudió la cabeza con pesadez.
Pues entonces no había sentido esperar afuera.
–Debes de estarte congelando aquí afuera. Entra por favor, para que entres en calor.
El niño dio un paso atrás y fijó su mirada en el espacio entre las dos mujeres, como analizando si pudiera correr nuevamente.
–Tiene miedo mami –dijo Hermione para la sorpresa de su madre. Emma odiaba admitirlo pero las habilidades sociales de su hija no estaban al nivel de sus habilidades académicas. Pero ahora, se acercó al niño nuevamente, tratándolo más como a un gatito que como a un niño sin que Emma notara la diferencia, y extendió su mano lentamente–. Está bien, no te haremos daño… ¿tienes hambre? Estábamos a punto de comer el almuerzo. Mi mami te puede hacer un sándwich.
Harry no tenía idea de que estaba ocurriendo. No podía recordar que alguien nunca le ofreciera un sándwich. Pensó en correr nuevamente. Pero esa niña llamada Hermione parecía amable, lo suficientemente amable para darle esperanzas. Asintió y soltó un leve "ajá" antes de tomar la mano de la niña.
Emma observó la escena desarrollarse en frente de ella con fascinación… y preocupación. El niño no sólo se veía terrible, pero también parecía tenerle terror a ella y nervioso de tomar la mano de una niña de su edad, y no era por vergüenza. En su mente, eso era una mala señal.
El hecho de que Hermione parecía tratarlo instintivamente con la idea de no asustarlo, bueno, eso sólo era inusual.
Emma corrió delante de ellos a la casa y llamó arriba:
–Dan, ¿puedes traer una cobija por favor? –Volteó para encontrar al niño de pie temblando en la entrada mientras Hermione trataba de jalarlo con suavidad de la muñeca para que entrara en la casa. Por supuesto, había recordado recoger su libro en el camino–. Está bien, entra –dijo Emma. Trató de ofrecer una de sus manos, pero Harry no la tomó–. Por aquí –indicó para que la siguiera y los sentó a ambos en el sofá en el salón.
–Emma, aquí está la cobija. ¿Qué ocu… quién es él? –Daniel Granger se detuvo en el último escalón cuando notó al niño sucio y desconocido sentado en el sofá. Cuando el niño lo vio, se puso tenso y comenzó a alejarse, dando la vuelta sin dejar de mirarlo.
Harry observó con cautela al hombre desconocido. No era grande y gordo como su tío Vernon, pero era alto e intimidante, y parecía años más joven con su cabello castaño oscuro, y en mejor forma también. No parecía el tipo de persona con la que tampoco quisiera enfrentarse.
–Está bien, es mi papá –dijo Hermione–. Papi, él es Harry. Es un gato.
–¿Qué?
Emma tomó la cobija y bajó la voz diciendo:
–No tengo idea, pero necesita ayuda. Parece como si llevara perdido por días, y también parece tener miedo a las personas. –Volteó nuevamente en dirección al sofá y colocó la cobija con gentileza sobre el niño, tocando suavemente su hombro–. ¿Mejor?
Harry no contestó.
–Quédate aquí. Te traeré algo de comer.
–Necesita leche, mami, porque es un gato –le dijo su hija.
Dan se sentó en el sillón enfrente de ellos.
–¿Un gato Hermione?
–Yo lo vi. Era un gato y después se convirtió en un niño. –Parecía completamente seria. El niño sólo lo observó.
–Creo que nuestra hija finalmente perdió la mente –se dijo a sí mismo. Ya era suficiente que tuviera pesadillas y, de alguna manera, todas las luces de la casa se prendieran. Le había tomado todo el día encontrarlas todas, incluso unas cuantas que había olvidado que tenían y que pensó ya no servían. Ahora, parecía haber entrado en su propio mundo de fantasía.
Trató de dirigir su atención al niño.
–¿Cómo te llamas pequeño? –Preguntó.
El niño lo observó y tembló. Apenas podía escuchar su voz y tartamudeó un poco, pero respondió:
–Harry… señor… –y después de pensar por un momento– Harry P…P…Potter.
–Encantado de conocerte, Harry Potter. Mi nombre es Daniel Granger, y creo que ya conociste a mi esposa, Emma, y a mi hija, Hermione.
El niño continuó observándolo. Dan no estaba seguro de si estaba parpadeando.
–E…e…encantado de conocerlo, señor –dijo, como si no pudiera creerlo.
Dan podía entender porque su esposa decía que Harry parecía haber estado perdido por días. Parecía aterrorizado por su propia sombra, su rostro estaba sucio, sus manos llenas de rasguños, y olía… bueno, inquietantemente como pelaje de animal sucio. El porqué se había aparecido de tal manera era curioso. Dan no había escuchado de ningún niño perdido en Crawley. De hecho, hubieran notificado a todos al oeste de Sussex por un caso tan grande como este. Y el niño no parecía querer ofrecer información.
Aun así, Dan intentó establecer una leve conversación.
–Así que, Harry, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó.
Harry volteó a ver a Hermione. Ambos se miraron a los ojos sin hablar hasta que ella respondió por él:
–Quería hablar conmigo.
–Oh, ¿lo conoces?
–No, pero dijo que quería conocerme.
–Así que querías hablar con Hermione. ¿Te gusta? –Bromeó Dan.
–¡Papi!
Pero la sonrisa de Dan desapareció cuando notó que Harry bajaba la mirada con vergüenza.
–Lo siento, Harry. Era una broma –dijo tratando de reparar el daño.
La mirada de Harry se elevó rápidamente con confusión. No podía recordar la última vez que alguien se había disculpado con él. Nuevamente, no tenía idea de que estaba ocurriendo.
Justo entonces Emma regresó de la cocina con una bandeja de sándwiches y unas cuantas bebidas, incluyendo leche para los niños. Puso la bandeja en la mesa del centro y le sirvió a Harry primero.
Harry sólo observó su plato como si no supiera que hacer con él. A pesar de tener cinco años, podía contar cuatro sándwiches y cuatro personas, lo cual tenía sentido, pero algo en su condicionamiento le hacía creer que debía de haber algún error.
–Adelante, come –le dijo la mujer llamada Emma. Los demás ya habían comenzado a comer sus sándwiches.
Moviéndose lentamente, Harry tomó su sándwich con ambas manos esperando que alguien lo regañara, pero no fue así. Cuando lo puso en su boca se motivó y comenzó a comer lo más rápido que podía. Apenas notó que el sándwich era más dulce de lo que estaba acostumbrado (de hecho, no podía recordar comer algo tan dulce en mucho tiempo), y no se detuvo a prestarle atención.
Tampoco notó que Dan y Emma observaban sus modales con extrañeza, ni que Hermione había cambiado su expresión de curiosidad por una de leve disgusto y de vuelta. Pero finalmente la escucho reír y decirle:
–Se supone que debes de masticarlo, tontito. –Era el tipo de comentario que sólo podía venir de una hija de dentistas. Harry se sonrojó por vergüenza y bajo el sándwich. Tomó el vaso y trató de lamer la leche, lo que llevó a Hermione a reírse nuevamente y a sus padres a soltar una exclamación de sorpresa. Pero Harry rápidamente recordó que los vasos no tenían la forma correcta para lamer y tomó un trago de manera humana, para después regresar a su comida teniendo cuidado de dar mordidas individuales.
–Mm… ahora, Harry –dijo Dan, más gentilmente esta vez–. ¿Puedes decirnos de que querías hablar con Hermione?
Harry bajo su sándwich y tragó. Aun mirando a su plato respondió:
–Yo… olí algo.
–¿Perdón? –dijo Hermione.
Volteó a verla. Dudó un poco antes de responder, pero eso era por lo que estaba ahí:
–Hueles como yo.
–¡No es cierto! –Exclamó la niña poniendo sus manos en su cadera–. Tú hueles a gato… y necesitas un baño también.
–Hermione, se amable –la reprimió su madre ya que Harry había regresado su atención a su plato. No podía oler lo que había olido como humano. Podía notar que él olía como gato, pero no era eso.
Lo que Emma quería saber era la historia de Harry, de donde venía y porque se había aparecido como lo había hecho, pero sintió que él no quería proporcionar mucha información así que trató el camino más largo. Aun eso era difícil ya que él titubeaba antes de cada respuesta, las susurraba, y no la quería ver a los ojos.
–¿Cómo llegaste aquí Harry? –Le preguntó casualmente.
–Caminé.
–¿Dónde vives?
Pareció pensar en la mejor respuesta para esa pregunta:
–Afuera.
–¿Viviste en algún lugar antes de vivir afuera?
Harry asintió sin hablar. Emma ignoró ese tema por el momento.
–¿Cuánto tiempo llevas viviendo afuera?
Harry tuvo que pensarlo.
–Mucho tiempo.
–¿Estuviste afuera ayer?
Harry asintió sin titubear.
–¿Estuviste afuera… estuviste afuera desde Halloween?
Harry asintió nuevamente. Eso significaba días por lo menos.
No sabía que también sabía las fechas, o si pudiera haberlas percibido bajo su condición, pero tenía un mal presentimiento de a dónde iba esto.
–¿Dónde… cuándo… recuerdas cómo era el clima cuando empezaste a vivir afuera?
Lo pensó por un momento.
–Cálido.
–¿Recuerdas cuándo fue?
Harry comenzó a sentirse incómodo mientras recordaba cómo había dado comienzo su aventura. No tenía idea qué día había sido y no se había molestado en contar, pero sabía que la estación estaba cambiando y… ¡escuela!
–N…no lo sé… – tartamudeó–. Acababa de empezar la escuela.
Hermione dio un grito ahogado y sus padres contuvieron expresiones similares.
–¿Quieres decir que llevas afuera desde septiembre? –Exclamó la niña.
Harry la volteó a ver y asintió lentamente.
–¡Oh no! ¡Eso es terrible! ¿Qué pasó? –se acercó a él y lo abrazó, pero Harry luchó contra ella, llorando, empujándola hasta que finalmente la abofeteó en los ojos para escapar de su amarre.
Ambos padres se levantaron bruscamente, casi tropezando el uno con el otro mientras Emma se interponía entre Harry y su esposo. Dan trataba de consolar a su hija quien lloraba, pero fue Harry quien elevó la voz más que ellos.
–¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! –Gritó mientras trataba de escapar. Alrededor de ellos las luces comenzaron a parpadear.
Emma sostuvo a Harry con sus manos lo más gentilmente que pudo.
–¡Harry! Harry, está bien. Tranquilízate. Está bien. –Trató de evitar sus patadas–. Está bien, no voy a lastimarte. –Lo sostuvo ahí mientras él continuaba sollozando, y después solamente gimiendo entre respiros mientras las luces regresaban a la normalidad.
–Él no estaba tratando de lastimarte, Hermione. Tú lo asustaste –le susurró Dan a su hija tratando de controlar su enojo. Ella también se calmó, pero observaba a Harry con cautela.
Emma se sentó en el sofá, tratando de no tocar a Harry más de lo que fuera necesario para que no sintiera que lo estaba sujetando mucho, pero volvió a colocar la cobija que Harry había tirado sobre él y puso su brazo sobre sus hombros.
–Ahora, Harry, queremos ayudarte. Si nos dices que ocurre, entonces podemos tratar de solucionarlo. ¿Puedes decirnos por qué comenzaste a vivir afuera?
Emma sintió sus músculos tensarse, pero después se relajaron y Harry tembló levemente. Esto se repitió hasta que, con una mirada determinante, Harry comenzó a hablar con voz titubeante.
En este caso era bueno que Harry aún era pequeño. Tío Vernon aún no había logrado cementar el mensaje de que no debería hablar de las circunstancias en su casa. Y aunque le dio un poco de vergüenza, no era tan profunda como hubiera sentido si fuera mayor. Así que además de sus nervios, no estaba tan indispuesto a decir su historia.
–Yo… eh… el tío Vernon estaba enojado porque no me quise quedar en mi alacena –comenzó.
–¿Tu alacena? –le interrumpió Emma.
–Sí… eh… donde duermo –susurró.
–¿Dormías en una alacena? –preguntó Hermione con sorpresa.
Ambos padres miraron a su hija.
–Hermione, ve a tu cuarto por favor –le dijo su padre con una voz que no daba lugar a discusión–. Tu mamá y yo necesitamos hablar con Harry a solas. –A regañadientes Hermione tomó el resto de su sándwich y su libro y comenzó a subir las escaleras mientras su padre tomaba un bolígrafo y papel y comenzaba a tomar notas.
Entre lágrimas, y con Emma motivándolo a continuar, Harry explicó cómo su tío lo había golpeado dos veces y había dejado que su primo lo golpeara muchas más; cómo lo trataban los Dursley y cómo le habían dicho en su cara que no lo querían. Considerando su edad, comportamiento y estado físico, y ya que habían trabajado con muchos niños en circunstancias difíciles en su consultorio, no pudieron encontrar razón alguna para dudar de sus palabras. Emma estaba a punto de llorar también mientras Dan simplemente se veía furioso. Sin decir mucho caminó a la cocina para llamar a la policía.
Harry no estaba seguro de que pensar de las reacciones de esos adultos. Estaban tristes y enojados, pero no parecían tristes y enojados con él. Durante la conversación se había acercado a Emma hasta finalmente dejarla que lo abrazara. Era una sensación extraña. Recordaba haber sido abrazado por la señora Figg dos veces, por su maestra una, he incluso por su tía Petunia una vez, hacía mucho tiempo; pero ninguno de esos abrazos se había sentido tan cálido y cómodo como ese, especialmente cuando Emma había comenzado a pasar sus dedos entre su cabello alborotado. Aún no le gustaba sentirse atrapado, pero por primera vez en su vida, no se sentía amenazado por el contacto.
Emma se separó, lo miró a los ojos y dijo:
–Harry, esto es lo que vamos a hacer por ti. Mi esposo y yo te vamos a ayudar a encontrar un nuevo hogar para que no tengas que vivir afuera, y tampoco tengas que vivir con tus malvados tíos. Si todo lo que nos has dicho es cierto, debería de ocurrir pronto.
Los ojos de Harry se abrieron con sorpresa. Nunca nadie había descrito al tío Vernon y a tía Petunia como malvados, por lo menos no en voz alta. Y no podía creer el resto. Se preguntó nuevamente si era una broma cruel.
Pasaron unos cuantos minutos antes de que Dan regresara al salón.
–La policía está en el caso –dijo–. Dijeron que un Harry Potter similar a su descripción fue reportado como desaparecido por una familia en Surrey hace siete semanas. Están enviando a alguien a la dirección a investigar, y enviarán a un trabajador social aquí en cuanto uno esté disponible. Les dije que nosotros lo podíamos cuidar esta tarde.
–Me alegro. ¿Crees que vaya a corte?
–¿Estás bromeando? Si encuentran evidencia de la mitad de lo que les dije esos monstruos serán llevados por su…
–Dan, cuida esa boca –lo interrumpió su esposa–. Hermione, ya puedes bajar –la llamó.
Su hija corrió abajo y tomó asiento en el sofá junto a Harry.
–Hermione, Harry no tiene a donde ir por el momento así que se quedará con nosotros esta tarde hasta que alguien pueda venir por él –le explicó Emma.
–Está bien –la niña volteó a ver a Harry y preguntó–, ¿volverás a convertirte en gato?
–Hermione, él no es… –Emma fue interrumpida cuando sonó el timbre de la puerta–. No puede ser el trabajador social aún.
Dejó el cuarto y abrió la puerta principal. Después, dio un paso atrás. De pie en su entrada se encontraba el hombre de aspecto más extraño que hubiera visto antes. Tenía una barba y cabello blanco, ambos cayendo hasta su cintura. También usaba una larga túnica de color morado con estrellas doradas, y un sombrero que parecía para dormir.
–Buenas tardes, señora –dijo el hombre con voz amable, aparentemente ignorante de su mirada minuciosa–. Mi nombre es Albus Dumbledore. Estoy buscando a un pequeño llamado Harry Potter. ¿Lo ha visto?
Emma parpadeó ante la extraña pregunta del hombre y ante su nombre aún más extraño.
–¿Es usted el trabajador social? –preguntó.
Dumbledore pasó de calmado a confundido en un instante.
–Mm, no, no lo creo. Soy amigo de su familia.
–Entonces puede decirle a esa "familia" que se pierdan –exclamó–. Él no va a regresar ahí.
Las cejas de Dumbledore se elevaron debajo de su sombrero. Sus dedos se tensaron alrededor de su varita, en caso de que la situación se volviera hostil. No esperaba oposición en un vecindario muggle, pero pudiera ser un buen escondite para individuos desagradables.
–Creo que ha habido un malentendido, señora…
–Granger. Emma Granger. Y está equivocado. No dejaré que ese pequeño regrese a ese hogar infernal…
Fue interrumpida por dos gritos provenientes de la sala. El primero fue de su esposo que gritaba:
–Por Dios, ¡Emma! –Y el segundo, antes de que pudiera reaccionar, fue el grito triunfante de su hija–, ¿ves? Te dije que era un gato.
Albus Dumbledore escuchó los gritos y asumió que algo mágico había ocurrido, aunque la explicación más lógica pudiera ser posible. Siguió a Emma Granger con cautela hasta el salón donde vio a un hombre extremadamente confundido alejándose lentamente de una pequeña niña jugando con un gatito negro con blanco en el sofá.
–¿Dan? –Dijo Emma.
–Ese… ese niño… él se… ¡se convirtió en un gato!
–¿Qué? –Exclamaron Emma y Dumbledore al mismo tiempo.
En ese momento Hermione levantó la mirada en su dirección y dio un grito de alegría antes de correr al hombre con barba.
–¡Santa Claus! –gritó, abrazando sus piernas antes de que su madre pudiera hacer algo.
En cualquier otra circunstancia Dumbledore se hubiera reído de la situación. Raramente trabajaba con niños suficientemente jóvenes como para cometer el error, pero ahora estaba más preocupado por encontrar a Harry.
–Lo siento, pequeña, pero estás equivocada –le dijo–. Mi nombre es Albus Dumbledore. –Ambos padres parecían listos para realizar una docena de preguntas, así que decidió tratar su suerte con la niña–. ¿Qué dijiste del gato?
La niña corrió de vuelta al sofá y le mostró el gatito.
–Este es Harry –dijo–. Es un gatito que se convierte en niño… o un niño que se convierte en gatito.
Mientras los padres se susurraban el uno al otro con rapidez Dumbledore se acercó al sofá y se inclinó para observar con atención al gatito, que pareció olfatear la mano de Hermione y después la suya. Era negro con patas blancas, ojos verdes, y una marca en su cabeza… una marca blanca que tenía forma de rayo.
–¿Ha… Harry Potter? –murmuró.
El gatito inclinó la cabeza como si estuviera considerándolo, para después crecer y retomar la forma del niño pequeño, sucio, y asustado, con ojos verdes y una cicatriz en su frente.
–Así es, señor.
Un grito salió de los labios de Emma Granger.
–Sorprendente –dijo Dumbledore–, un animago a tu edad, ¿Cómo lo lograste Harry?
–No… no lo sé señor –respondió, su mente confusa ante el extraño anciano que parecía saber más que él.
–Señor D… Dumbledore –tartamudeó Daniel Granger, ahora contra la pared–. ¿Qué está haciendo aquí y… cómo es esto posible?
Dumbledore dio la vuelta con un brillo titilante en su ojo ya que el rompecabezas tomaba sentido.
–Eso, Sr. y Sra. Granger, fue magia.
