JK Rowling los está observando. White Squirrel está detrás de ella.
Partes de este capítulo son citas de Harry Potter y la piedra filosofal, adaptadas levemente para que las conjugaciones coordinen con el resto de la historia.
Notas del autor: He decidido el utilizar un valor alto de cambio, siendo 51.25 libras por cada galeón, como es normal en fanfiction. Sé que el valor "oficial" es de 5 libras por galeón, pero la mayoría de los precios en los libros sugieren un valor más alto.
Notas del traductor: ¡Muchas gracias por sus comentarios! Me agrada saber que tantas personas están siguiendo y disfrutando de esta traducción.
Capítulo 13
Los Granger llegaron a la estación de Kings Cross el sábado por la mañana, y en un caso inusual, posiblemente la única vez que ocurriría, sabían menos que las otras familias muggle con hijos mágicos. Para empezar, les parecía extraño el reunirse en una estación de tren cuando las compras se harían en Londres, lo cual probablemente ya habían explicado a los demás.
Llegaron temprano al andén diez. No estaban seguros de cómo identificarían a las demás familias antes de que McGonagall llegara. Harry y Hermione no podían sentir la magia a menos que alguien lanzara un hechizo, o si Harry se transformaba en gato, pero no tuvieron de que preocuparse. Cuando llegaron al andén diez, había una pareja bien vestida con un niño alto de cabello oscuro deambulando en la zona con miradas confusas.
–Por Dios –dijo Emma–, ¿acaso es Sir William Finch-Fletchley?
Dan observó a la familia con atención.
–Sí, creo que sí. ¿Quién lo hubiera creído?
–¿Quién es él? –Preguntó Hermione.
–Lo hemos visto en funciones de caridad unas cuantas veces –respondió su madre–. Los Finch-Fletchley son bastante activos en la sociedad de Londres. Aunque tienen esa expresión de ser nuevos en la magia.
Dan caminó hacia el hombre vestido con un traje.
–Disculpe, ¿Sir William? ¿Está esperando a la profesora McGonagall?
Los Finch-Fletchley se dieron la vuelta para observarlos con sorpresa.
–Sí, así es, Señor…
–Granger. Daniel Granger. Creo que nos conocimos en algún evento.
–Es posible. Encantado de conocerlo, Sr. Granger. Esta es mi esposa, Phyllis, y nuestro hijo, Justin.
–Igualmente –dijo Dan–. Ella es mi esposa, Emma, nuestra hija, Hermione, y nuestro hijo adoptivo, Harry Potter. Ambos atenderán Hogwarts a partir de este año.
Los Finch-Fletchley levantaron las cejas por la manera en la que Dan había introducido a Harry, pero fueron interrumpidos antes de que pudieran recibir una explicación.
–¿Hogwarts? –Dijo una voz caminando hacia ellos–. ¿Este es el grupo de Hogwarts?
–Sí, acérquense –dijo Emma.
Una familia de cuatro se acercó. Un niño de cabello rubio cenizo se introdujo a Harry y Hermione como Kevin Entwhistle. Su hermana, Annabel, parecía unos años más joven, pero les dijo con entusiasmo que ella también era una bruja.
Unos minutos después, una madre soltera llegó al andén diez a toda prisa, con tres niños detrás de ella. Se introdujeron como la familia Boot: Terry Boot, el mayor, parecía emocionado, pero los dos más jóvenes parecían molestos porque su madre los había obligado a salir de la casa en sábado. Definitivamente, eran la familia vestida con ropa más casual de todas en el andén. Aún a pesar de tantos años, Harry pudo notar con facilidad que los tres niños usaban ropa de segunda mano, aunque por lo menos les quedaba bien.
Apenas terminaron de introducirse cuando se escuchó un ruido en la esquina del andén y la profesora se apareció con un padre y su hija, quienes cayeron al suelo uno sobre el otro.
–Mis disculpas –dijo McGonagall mientras se ponían de pie–. Viajes en traslador pueden ser difíciles la primera vez–. Observó al grupo que ahora la rodeaba–. Bien, parece que todos están aquí. Quisiera presentarles a Malcolm y Sophie Roger. La familia Perks no pudo venir hoy. Muchas gracias por venir. Esta es la orientación oficial para todos los hijos mágicos nacidos de, y criados por, muggles –dijo mirando a Harry–, que iniciarán sus estudios en Hogwarts en septiembre. Ahora, el primer asunto en nuestro itinerario es explicarles como viajarán sus hijos a la escuela.
–El Expreso de Hogwarts sale exactamente a las once de la mañana el primero de septiembre desde el andén nueve y tres cuartos. Tengo aquí todos sus boletos.
Varias cabezas miraron de un lado al otro a los letreros marcando los andenes nueve y diez. McGonagall les entregó los boletos a los padres y los llevó a la pared entre los andenes.
–La entrada al andén nueve y tres cuartos está oculta en esta pared. Un mago o bruja, o cualquier persona con talismanes para repeler encantamientos repelentes de muggles, puede caminar a través de la pared, de este modo. –Se dio la vuelta y dio un paso adelante. Varios soltaron expresiones de asombro cuando atravesó la pared y desapareció.
Regresó un momento después y habló al grupo.
–Me gustaría que todos atravesaran la pared para que sepan que esperar… Muchas personas prefieren correr hasta que se acostumbran.
Varias personas en el grupo intercambiaron miradas nerviosas ya que nadie parecía querer intentarlo, pero Harry y Hermione se observaron y sacudieron los hombros. No era lo más extraño que habían hecho. Corrieron y atravesaron la pared antes de que alguien pudiera decir algo. Sus padres sacudieron sus cabezas y los siguieron caminando a paso veloz.
Aparecieron en un andén espacioso y bastante iluminado con una pared de ladrillo de aspecto sólido detrás de ellos. No había ningún tren en el andén, y los puestos de compras alrededor del andén estaban vacíos, pero era obvio que sería impresionante cuando todos los estudiantes estuvieran ahí, listos para ir a la escuela.
Los Finch-Fletchley casi se estrellaron contra ellos cuando salieron de la pared detrás de ellos.
–Tiene un par aventurero, Granger –dijo Sir William.
–Oh, no tiene idea –respondió Dan–. Aunque hemos visto cosas más extrañas. De hecho, nos enteramos de la existencia de la magia hace unos años debido a una, um, extraña coincidencia.
–¿En verdad? Eso suena mejor. El resto nos enteramos el miércoles, además de lo que ya habíamos adivinado. En verdad me gustaría que nos hubieran dicho antes. Cuando tu hijo comienza a incendiar la ropa que no le gusta con su mente, magia es la respuesta menos escalofriante. ¿Alguna vez les ocurrió algo similar?
Dan levantó una ceja y consideró aconsejarles a sus hijos el mantener un poco de distancia de Justin Finch-Fletchley, pero respondió con honestidad.
–Le aseguro que hemos visto cosas más extrañas.
–Disculpen –dijo McGonagall una vez que todos llegaron–. Gracias. El primero de septiembre, el letrero para el Expreso de Hogwarts va a ser obvio. Ahora, viajaremos al callejón Diagon, el cual es la zona de compras mágicas en Londres. Se encuentra sólo a unas calles al este de aquí. Síganme, por favor.
–Quisiera poder hacer magia ya –se quejó Annabel Entwhistle mientras salían de la estación–. Tengo que esperar dos años para tener una varita. –Los dos niños más pequeños de la familia Boot asintieron.
Harry y Hermione caminaron a su lado.
–De hecho –susurró Harry–, hemos aprendido a hacer magia sin nuestras varitas.
–¡En serio! –Susurró Annabel–. ¿Cómo?
–Ayuda si tienen algo mágico con lo que puedan practicar –les explicó Hermione–. Tienen que sentir como se siente la magia.
–Es como un cosquilleo eléctrico –agregó Harry.
–O como cuando hacen magia accidental. Una vez que lo sienten, pueden intentar controlarlo, pero toma tiempo. A nosotros nos tomó más de un año.
–Oh… –dijo Annabel decepcionada–. Bueno, aun así, voy intentarlo –los demás asintieron. Harry sonrió preguntándose si habían iniciado algo.
McGonagall los llevó a un bar pequeño que, aún para aquellos con magia, lucía un poco raído. Hermione y Harry dudaron afuera. Sabían que en el momento que Harry entrara al bar estaría regresando al mundo mágico, y nada sería igual después de eso.
–Este es el Caldero Chorreante –dijo la profesora McGonagall–, donde se encuentra la entrada al callejón Diagon. Sr. Potter, necesito que usted y su familia permanezcan cerca de mí. Creo que pueden imaginarse como terminará esto.
–¿A qué se refiere? –Justin preguntó mientras los Granger se preparaban mentalmente.
–Oh, mi hermana es famosa –dijo Harry.
Hermione lo golpeó en el brazo.
–Tonto. Mi hermano es un héroe de guerra bastante conocido –explicó. Eso, por supuesto, sonaba igual de falso, pero se enterarían pronto, quisieran o no. Y entraron al bar.
El lugar era tan oscuro y destartalado adentro como afuera. Un grupo de mujeres mayores se encontraba almorzando en una esquina, y un grupo de hombres en otra. Un hombre con un sombrero morado de aspecto conocido se encontraba en la barra, causando que los Granger gruñeran un poco. Varias personas saludaron y observaron con sonrisas a los estudiantes nuevos.
El hombre detrás del bar debía de tener más de cien años, basándose en el aspecto de Dumbledore y Bathilda Bagshot. Estaba completamente calvo, jorobado sobre la barra, y se acomodó unos dientes de madera con su mano, la cual todos esperaban se lavara regularmente.
–Buenos días, Minerva –dijo el anciano–. ¿Hoy toca la orientación de los estudiantes nacidos de muggles?
–Así es, Tom, sólo estamos pasando –respondió McGonagall intentando apresurar a Harry.
Desafortunadamente, Tom ya había fijado sus ojos en la frente del niño.
–Por Dios, no puede ser… –el bar entero quedó completamente en silencio. Tom se acercó más, enfocando la mirada, y después se apresuró desde su lugar–. ¡Sí lo es! Harry Potter, de vuelta finalmente. Bienvenido, bienvenido. –Tom estaba llorando mientras estrechaba la mano de Harry.
Hubo un ruido de sillas deslizándose y cayendo, y el de varios pies tropezando mientras todos los clientes del Caldero Chorreante se acercaban y rodeaban a Harry.
–Es un orgullo conocerle, Sr. Potter.
–Que nervios… ¡todo un honor!
–Doris Crockford, Sr. Potter. No puedo creer que por fin ha regresado.
–Muchísimas gracias, Sr. Potter.
–Nos salvó a todos, señor.
–Sólo sé que mi familia era la siguiente en la lista de Quien-Usted-Sabe.
–Mr. Potter, nos dio esperanza a todos.
La multitud se acercó tanto que lo único que Harry pudo hacer fue estrechar las manos de todos los que se acercaron. Su karate sería inútil en contra de tantos, y su padre lo sostenía con firmeza por su brazo. Apenas y notó a McGonagall gritando. Estaba en peligro de ser removido del agarre de sus padres y de ser elevado sobre los hombros de la multitud cuando ella elevó su varita.
¡BANG!
Una luz brillante y una lluvia de chispas salió de la punta de la varita de McGonagall, y las personas dieron un paso atrás.
–El Sr. Potter acaba de regresar al mundo mágico –dijo con una voz que podría cortar el metal–, y le iría mejor sin esta excesiva y errónea adulación por una victoria que fue, muy probablemente, gracias a su madre. También tiene varias compras que realizar, al igual que el resto de los estudiantes que me acompañan, así que necesitamos irnos.
Después de ese discurso los clientes se sentaron avergonzados, aunque aún lo observaron e intentaron ver bien al Niño Que Vivió. El bar se llenó de susurros sobre "Harry Potter" y "Quien-Tú-Sabes" mientras el grupo se dirigía a la salida trasera.
–Por Dios, es como si Paul McCartney hubiera entrado –dijo Sir William Finch-Fletchley–. Granger… ¿Harry en verdad es conocido como un héroe de guerra?
–Desafortunadamente –respondió Dan–. Pero sólo tenía un año, y ha vivido tranquilamente fuera del mundo mágico desde entonces. Es una historia muy larga, pero encontrará libros sobre el tema en la librería.
Más cejas se elevaron mientras el resto de las familias se preguntaba que le había ocurrido a ese niño. Hermione estaba temblando mientras continuaba de pie al lado de su hermano.
–Me disculpo por todo eso –dijo McGonagall cuando llegaron a un pequeño patio cerrado detrás del bar–. Los clientes del Caldero Chorreante tienden a ser… del tipo que se entusiasma fácilmente, pero me temo que subestimé sus reacciones. Las personas en el callejón Diagon serán… estarán más sobrias, por lo menos. Y Sr. Potter, en verdad creo que las cosas serán mejores cuando la novedad pase. Ahora, para entrar al callejón Diagon, tienen que encontrar el tercer ladrillo arriba y segundo a la derecha desde el bote de basura. Golpéenlo tres veces con una varita o con uno de sus collares encantados, de esta manera.
Un agujero se abrió en el ladrillo en cuestión y se expandió hasta que se transformó en un arco lo suficiente amplio para que pasen cuatro personas a la vez. Pensamientos sobre la multitud detrás de ellos fueron dejados de lado por un momento mientras el grupo admiraba las maravillas del callejón Diagon.
Era la mayor cantidad de magia que los Granger habían visto. Tiendas estaban alineadas a ambos lados de la calle de adoquín, las cuales vendían todo tipo de objetos como calderos, telescopios, escobas, barriles de alas de murciélagos, y cosas que no reconocieron. Lechuzas de todo tipo volaban con cartas en sus picos. Pequeños puestos vendían comida, revistas, y todo tipo de baratijas encantadas, las cuales flotaban o saltaban alrededor de la multitud. Los colores eran cegadores, y de mal gusto en algunos casos.
Después de admirarlo por un momento, el grupo salió al callejón y el arco se cerró detrás de ellos. McGonagall entregó hojas de pergamino a cada familia.
–Estos son mapas del callejón –explicó–. Les recomiendo quedarse en el callejón y no aventurarse al callejón Knockturn, el cual es lo que se conoce como un mal vecindario. Yo acompañaré al Sr. Potter y a su familia esta tarde. Confío en que todos puedan realizar sus propias compras, aunque si necesitan ayuda, la mayoría de los comerciantes y compradores en el callejón tienden a ser amables con los estudiantes de familias muggle. Sin embargo, lo primero que querrán hacer es seguirnos a Gringotts, el banco mágico. Algunas tiendas aceptan libras, pero en algún momento necesitarán cambiar su dinero a galeones y quizás abrir una cuenta. Les recomiendo cambiar a un mínimo de treinta galeones para útiles, libros, y cualquier otra compra que quieran realizar. Después, nos reuniremos en la heladería Fortescue a las cinco de la tarde. ¿Tienen alguna pregunta? ¿No? Entonces, síganme por favor.
Lideró al grupo de familias muggle a través del callejón. Varias personas reconocieron a Harry y lo señalaron, pero al verlo rodeado de los adultos, uno de ellos siendo la estricta profesora con su varita en mano y una mirada seria, permanecieron lejos. Llegaron a un edificio imponente de mármol blanco que parecía traído de Grecia. Afuera de las puertas principales había dos criaturas pequeñas y humanoides, vestidas con uniformes carmesí con dorado. Las criaturas no eran muy atractivas: eran calvas, con cabezas pálidas con forma de domo, con narices y orejas largas y puntiagudas, y dedos largos que terminaban en garras amarillas. Apenas y tenían cuatro pies de alto, pero las hachas de combate que tenían no dejaban duda de cuál era su propósito. Todos titubearon antes de acercarse.
–Gringotts es controlado por la nación de los duendes –explicó McGonagall–. Parecen intimidantes, pero si los tratan de manera amable ellos responderán de igual manera. –Caminó a las puertas e hizo una reverencia a los guardias, quienes respondieron con su propia reverencia. Uno de los guardias realizó un gesto con sus manos y las puertas se abrieron por sí solas. Los demás también realizaron reverencias mientras pasaban a los guardias, aunque los Granger se hicieron varias preguntas mentalmente. Historia de la magia hablaba más de las numerosas rebeliones por parte de los duendes que de las criaturas a cargo de los bancos.
Un par de puertas plateadas resguardadas por otro par de guardias les dieron la entrada al edificio después de pasar por un pequeño vestíbulo, y en las puertas se podía leer una inscripción:
Entra, desconocido, pero ten cuidado
Con lo que le espera al pecado de la codicia,
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,
Deberán pagar en cambio mucho más,
Así que si buscas por debajo de nuestro suelo
Un tesoro que nunca fue tuyo,
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado
De encontrar aquí algo más que un tesoro.
–Oye, me gusta eso –dijo Harry–. Debería de ponerlo en la puerta de mi cuarto o algo así.
–¡Ja! ¿En tu cuarto? –respondió Hermione–. Tú eres el que siempre se está llevando mis libros.
–No son sólo tus libros, Mione…
–Niños, no ahora –los interrumpió Emma.
Atravesaron las puertas plateadas. Una hilera larga de mostradores llenaba la cámara enorme, aunque mal iluminada. Docenas de duendes estaban sentados detrás de ellos, haciendo cuentas y pesando monedas y joyas. Detrás de los mostradores varios cajeros llevaban a magos y brujas a través de varias puertas a pasillos de piedra que debieran llevarlos a sus bóvedas. McGonagall se acercó a uno de los mostradores aparentemente al azar.
–Buenos días –dijo–. Harry Potter necesita acceso a su bóveda, y supongo que sus padres adoptivos querrán abrir una cuenta para su hermana.
El duende miró a dichos padres adoptivos con sospecha. Suficientes personas habían ido últimamente pretendiendo ser Harry Potter para acceder a la bóveda de los Potter.
–¿Tienes su llave, señora? –Le preguntó a McGonagall.
Sacó de su bolso una pequeña llave dorada y la colocó sobre el mostrador. El duende la sostuvo y reconoció al instante que la firma mágica era la de una auténtica llave de Gringotts.
–Permítanme por un momento –dijo.
Los Granger se miraron uno al otro con confusión. Detrás de ellos, el resto de las familias se habían dispersado para cambiar su dinero. Un minuto después, el cajero regresó con varios documentos. Dan y Emma se sorprendieron al notar que el primero era una copia de los documentos de la adopción muggle de Harry. Debajo, había lo que parecía un estado de cuenta escrito con letras finas y extrañas.
–Que interesante –dijo el cajero mientras examinaba el estado de cuenta.
–¿Oh? –Dijo Dan.
El cajero levantó la mirada y lo observó son sus ojos negros.
–Parece que una porción de la fortuna de los Potter fue colocada en un fondo fiduciario por James y Lily Potter para cubrir los costos de la educación y útiles de su hijo y de cualquier hermano adoptivo que llegara a tener.
Los ojos de Dan y Emma se abrieron completamente.
–Quiere decir… ¿Quiere decir que la educación de Hermione también está cubierta? –Dijo Dan.
–¿Puedo? –Dijo McGonagall dirigiendo su mirada a Harry. El joven asintió y ella examinó el documento por sí misma–. Ese parece ser el caso, Sr. Granger. Hay cinco mil galeones en este fideicomiso, los cuales fácilmente cubren los costos de tres estudiantes en Hogwarts, o dos hasta una maestría.
Dan y Emma se miraron el uno al otro y comenzaron a reír, resultando en gruñidos por parte de los cajeros. Hermione comenzó a llorar y abrazó a su hermano. Por supuesto, hubieran podido pagar los gastos de ambos por sí solos si hubiera sido necesario, pero era maravilloso saber que los padres biológicos de Harry habían sido tan considerados que habían pensado en los hijos de la familia que adoptara a Harry. Harry se preguntó si algo de ese dinero había sido considerado para Dudley. Ciertamente no a propósito, decidió, pero probablemente habían considerado la posibilidad.
Dan tomó el estado de cuenta para verlo por sí mismo y Hermione soltó a Harry para pararse de puntas y verlo también.
–¿Y cuál es el valor de un galeón? –Preguntó Dan.
–El valor actual es de 51.25 libras por cada galeón –respondió el duende.
Hermione leyó la última línea y soltó un chillido.
–¡Ochenta mil libras! ¡Harry, eres millonario!
Harry tembló y se recargó contra el mostrador.
–¿Lo soy…?
–Los Potter siempre han sido una familia con bastante dinero –explicó McGonagall–, como la mayoría de los miembros del Wizengamot…
El gruñido del duende mientras se aclaraba la garganta los hizo saltar.
–Si ya están listos, Griphook los llevará a la bóveda del Sr. Potter.
–Síganme, por favor –dijo una voz rasposa a su lado antes de que pudieran distraerse nuevamente. Griphook llevó a los Granger y a McGonagall fuera de la cámara de mármol rumbo a un pasillo de piedra. Después, se subió a un carro de minero y les indicó que también subieran. Incluso McGonagall se veía tan incómoda como ellos. Pronto descubrieron porque ya que el carro aceleró en las vías, corriendo tan rápido como una montaña rusa, y mucho menos seguro, a través de un laberinto de pasajes y una docena de bifurcaciones. Apenas podían ver algo en el túnel gracias a las antorchas, y varias estalactitas estuvieron peligrosamente cerca de sus cabezas. Hermione gritó durante la mayor parte del camino, y su madre no actuó mejor.
–¡Alguien tiene que introducir al mundo mágico a la Agencia de Salud y Seguridad! –Gritó Dan mientras el carro daba una vuelta especialmente difícil. Griphook respondió con una risa baja y gutural.
El carro se niveló sobre un lago subterráneo dentro de una enorme caverna, y los Granger finalmente se calmaron y observaron con maravilla las columnas masivas que se elevaban del suelo al techo, y las estalactitas y estalagmitas que habían crecido de un tamaño similar. Un poco después del lago, finalmente se detuvieron.
–Aquí es –dijo Griphook–. Bóveda seiscientos ochenta y siete. –Abrió la puerta y una sospechosa nube de humo verde pudo ser vista por un momento.
Aún después de ver cuánto dinero Harry tenía por escrito, los Granger soltaron un soplido de aire cuando vieron el interior de la bóveda. Monedas doradas estaban apiladas en montañas tan altas como Harry, y había varias pilas de plata y bronce. Había varios retratos de tamaño real recargados contra una pared, el primero siendo el que adivinaron era un ancestro de los Potter del siglo diecisiete durmiendo en una silla cubierta de oro en frente de una ventana. Esa misma silla, se dieron cuenta después, se encontraba en el lado opuesto de la bóveda junto a otros muebles antiguos. Había un ropero al lado de la puerta, dentro del cual encontraron varios vestidos y túnicas de aspecto caro, incluyendo un vestido de novia, bien preservados. También varias cajas grandes al otro lado. Harry abrió una, con su familia observando detrás de él. Se les fue el aire cuando vieron lo que había adentro: joyas de oro y plata, con piedras de todos los colores, de veinte generaciones en la familia.
–Increíble, Harry, hay suficiente como para un baile –dijo Hermione antes de gritar con entusiasmo cuando encontró lo más valioso en la bóveda: una caja debajo de las joyas etiquetada como "libros raros".
La joven entusiasta por la lectura se decepcionó un poco cuando descubrió que la mayoría de los libros no estaban escritos en inglés, pero los que pudo interpretar la intrigaron: había una primera edición autografiada de Animales fantásticos y dónde encontrarlos; un tomo más antiguo del mismo tema titulado Fauna inusual y esotérica de Europa occidental; ensayos de alquimia escritos por Nicolas Flamel, Paracelsus, y Judah Loew; algo que por las ilustraciones parecía una copia en runas antiguas de los Cuentos de Beedle el Bardo; un libro en un idioma que no pudieron identificar que parecía ser sobre varitas; una curiosa copia de la guía de cacería de brujas de Jacobo VI llamada Daemonologie; y, aún más sorprendente, un libro titulado Magicae Lucis et Opticarum por Sir Isaac Newton.
–Hermione, tenemos varias compras por realizar. Podemos regresar en otro momento –dijo Emma a su hija. Hermione se separó del resto de los libros renuentemente, insistiendo en llevarse (con el permiso de Harry) sólo un libro del siglo diecinueve titulado Magia en las culturas mundiales. Mientras tanto, Emma contó sesenta galeones y los guardó en su bolso–. ¿Cuánto valen las otras? –preguntó.
–Diecisiete sickles por galeón y veintinueve knuts por cada sickle –respondió Griphook cortante.
Después de otro terrible viaje en el carro de regreso a la cámara principal, Dan y Emma abrieron una cuenta para Hermione, donde depositaron la mayor parte del dinero que habían llevado para la compra de útiles, sólo quedándose con diez galeones para libros adicionales que Hermione seguramente querría, antes de salir finalmente, parpadeando, a la luz del sol.
Los alumnos de primer año necesitarán:
Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
Un sombrero puntiagudo (negro) para su uso diario.
Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
Una capa de invierno (negra, con broches plateados).
(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)
Después de almorzar en una de las tiendas, los Granger caminaron hacia la tienda de Madame Malkin por sus uniformes. Madame Malkin era una mujer tranquila y profesional que los dejó entrar rápidamente sin dejar que nadie se acercara a Harry. El hecho de que McGonagall se encontraba caminando detrás de ellos quizás contribuyó un poco a eso.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 balanza de latón.
La tienda de calderos de Potage tenía unos cuantos clientes del Caldero Chorreante a su alrededor, pero guardaron su distancia por McGonagall. Dan y Emma no estaban muy contentos por el requerimiento del caldero de peltre.
–No deberían de preparar nada dentro de algo que se derrite tan fácilmente –dijo Dan. Pero ese era el requerimiento y les aseguraron que los calderos tenían encantamientos de protección contra el fuego. Compraron del tipo que se pudiera colapsar ya que sabían que el espacio adicional en los baúles estaría lleno de libros.
1 telescopio
La familia entera estaba interesada en el espacio, por lo que revisaron todas las opciones. A Harry le llamó la atención el modelo de lujo con un lente de cinco pulgadas, un trípode, alineamiento automático, y contraste realzado por magia; pero el vendedor le aconsejó el modelo de dos pulgadas para estudiantes para que pudiera subirlo a la torre de astronomía.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
–Anda, Harry. Si te va bien este año pensaremos si comprarte una el próximo verano.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
–¿Vas a llevarte a Rowena? –Le preguntó Emma.
–No lo creo. He estado hablando con ella y no creo que quiera ir –dijo Harry.
–¿Oh? ¿Por qué no?
–Es un poco mayor. Creo que tiene trece años, y eso es como setenta en años de gatos. No creo que quiera moverse mucho a su edad.
–Es probablemente lo mejor a su edad, Harry –dijo la profesora McGonagall–. Y les recomiendo que compren una lechuza. Sería práctico para que puedan comunicarse, y suelen ser más leales y fiables que las de la escuela.
–Me parece una buena idea –dijo Dan–. ¿Quieren una lechuza, niños?
–Claro.
–Sí.
Fueron al Emporio de las Lechuzas, el cual era muy oscuro y no podían ver bien, pero eso quería decir que las lechuzas estaban despiertas y activas. Harry inmediatamente caminó hacia una hermosa lechuza blanca, y nadie pudo rechazar su elección aun cuando ella lo observaba con algo de cautela. Sin embargo, considerando la edad de Harry, ella probablemente era el predador superior.
–¿Y cómo la vas a nombrar? –Preguntó su padre.
–¿Qué tal Helga? –Dijo Harry. La lechuza le lanzó lo que pareció ser una mirada de desaprobación.
–Creo que no le gusta, Harry –dijo Hermione–. Creo que tiene más aspecto de… Hedwig.
–¿Quién?
–Hedwig de Vienna. Ella inventó el encantamiento congelante para luchar contra la inquisición.
La lechuza ululó y… ¿asintió en dirección de Hermione?
–Sí, le gusta.
–De acuerdo, tú ganas, Hedwig –le dijo Harry a la lechuza.
1 varita
Una campana anunció su entrada a la tienda de aspecto desgastado. No era ningún lugar como el que los niños hubieran visitado antes. Podían sentir la magia provenir de las miles de varitas apiladas del piso al techo, como la melodía de un coro a distancia. Hermione pensó que pudo escuchar una nota resonar más que las demás, pero ambos sintieron que casi podían nadar en la magia. Mientras lo admiraban, un hombre mayor con cabello blanco alborotado y ojos grises los observó desde donde se encontraban dando forma a un trozo de madera.
–Buenas tardes –dijo.
–Hola –respondieron los Granger.
–Ah, sí, sabía que lo vería pronto, Sr. Potter –dijo–. Tienes los ojos de tu madre, ¿sabes? Parece que sólo fue ayer que le vendí su primera varita.
–¿La recuerda? –dijo Harry.
–Oh, recuerdo cada una de las varitas que he vendido, Sr. Potter. Cada una. –Comenzó a acercarse a Harry mientras hablaba. Emma instintivamente se acercó a sus hijos. El hombre le daba escalofríos–. La varita de tu madre era de veintiséis centímetros de largo, de madera de sauce y con pelo de unicornio. Elástica, excelente para encantamientos. La varita que prefirió a tu padre, por otra parte, era veintiocho centímetros y medio de largo. Flexible y excelente para transformaciones.
Harry dio un paso atrás cuando la nariz del hombre estuvo casi pegada a la suya. Parecía estar observando su cicatriz.
–Ah, lo lamento mucho –pareció salir de un trance y se dirigió al resto de la familia–. Creo que no nos hemos conocido antes.
–Sr. Ollivander, ellos son los padres adoptivos de Harry, Dan y Emma Granger –dijo McGonagall–. Su hija, Hermione, también atenderá a Hogwarts a partir de este año.
–Ya veo. He visto a algunos otros nacidos de muggles hoy. En ese caso, lo mejor será atenderte a ti primero, pequeña. Sospecho que tu… hermano tendrá… gustos más particulares.
No ayuda a relajarnos, pensó Emma.
–¿Con qué brazo coges la varita, señorita Granger?
–Erm, creo que este –dijo Hermione levantando su brazo derecho.
–Muy bien. –El señor Ollivander sacó una cinta de medir larga, la cual saltó de sus manos y comenzó a medir el brazo de Hermione. La cinta sostuvo una pluma con su punta, como la cola de una serpiente, y escribió las medidas en un libro.
–Un negocio sumamente complejo, esto de hacer varitas–dijo Ollivander comenzando un monólogo con su extraña voz de tono melodioso–. Es la varita la que elige al mago o bruja, por lo menos si está hecha de manera correcta. La madera de la varita será sensible ante el temperamento y la personalidad, y utilizamos docenas de maderas diferentes. Por supuesto, sólo la madera de mejor calidad es utilizada para una varita de Ollivander, y ninguna varita de Ollivander es igual que otra, al igual que ningún árbol es como ningún otro.
La cinta midió la distancia alrededor de la cabeza de Hermione, y después midió entre sus orificios nasales.
–Pero cada varita también contiene un núcleo único, hecho de una poderosa sustancia mágica. Utilizamos fibras de corazón de dragón, pelos de la cola de un unicornio, y plumas de la cola de un fénix. El núcleo de la varita el que es más sensible a los talentos mágicos naturales. Cada varita tiene talentos mágicos diferentes, y deseará encontrar a alguien que los comparta. Sólo cuando utilizas una varita que te ha elegido es que eres capaz de utilizar hechizos a tu máximo potencial, mientras que otras varitas se resistirán a tus órdenes.
Justo cuando Dan y Emma comenzaban a preguntarse si Ollivander estaba loco al hablar de que las varitas tenían mente propia, él detuvo a la cinta de medir con un chasquido de dedos y ésta regresó a su estante. Ni siquiera observó las medidas.
No tenían idea de cómo podía elegir una varita entre tantas posibilidades, pero sólo un momento después lo escucharon gritar.
–¡Por Merlín! ¿Podría ser…? –Regresó mientras removía de una caja larga y delgada una varita de color claro con finas hojas talladas a lo largo–. Madera de vid con nervio de corazón de dragón –dijo con entusiasmo mientras la colocaba en la mano de Hermione–. Diez pulgadas… adelante, agítala.
Hermione sintió la nota distintiva de magia elevarse en estado de agitación extremo. Cuando tomó la varita con su mano, sintió una corriente eléctrica en su brazo entero. Lo supo por instinto, aún antes de agitarla: esa era su varita. Pero aun así la agitó con nervios y varias chispas blancas salieron de la punta y se dispersaron como un anillo alrededor del cuarto. Dio un salto, soltó un chillido, y casi la tiró al suelo, pero la expresión de Ollivander se iluminó.
–¡Maravilloso! –Exclamó–. La vid lo demuestra… es la madera más entusiasta de todas, aunque es muy extraño que haya tal conexión desde antes de tocarla. La pude sentir tararear desde su estante, algo que sólo he sentido en dos ocasiones en todos mis años creando varitas.
–¿En verdad, señor? –Dijo Hermione.
–Oh, sí. Debes de tener una gran conexión con tu magia para crear lo mismo con esa varita. Es una muy poderosa, señorita Granger… una varita con poderes ocultos y una gran visión, seguramente como tú. Espero con ansias noticias de tus logros durante los próximos años.
Hermione sonrió ante el cumplido, aunque sus padres parecían escépticos. Esa descripción sonaba más como un horóscopo que otra cosa, aunque el turno de Harry demostraría lo difícil que encontrar una varita ideal podía ser.
–Ahora… para el Sr. Potter… –el hombre tomó su cinta de medir de nuevo.
Ollivander no encontró la varita de Harry en el primer intento, ni en el segundo o el tercero. De hecho, una pila se formó pronto con más de dos docenas. Cada varita que Harry intentaba liberaba una chispa de magia, pero siempre se sentía fría, apagada, o hiriente, como un golpe en la mano. Todas parecían querer alejarse de él, algunas menos y otras más, como el lado incorrecto de un imán. Comenzaba a entender lo que Ollivander había dicho sobre cómo las varitas incorrectas se resistirían.
–Sr. Ollivander, ¿su familia en verdad ha creado varitas desde el año 382 AC? –Preguntó Hermione para pasar el tiempo.
–Por supuesto –respondió el anciano sin disminuir su ritmo al buscar varitas–. Bueno, no precisamente. Las varitas modernas no fueron inventadas hasta el siglo XII. Los magos más antiguos utilizaban báculos largos. Pero el primer Ollivander vino a Inglaterra con los romanos que se establecieron en esta zona para aprovechar la alta calidad de los árboles locales. Somos una de las familias más antiguas en Gran Bretaña.
–Espere, ¿los romanos? –Dijo Dan–. La conquista romana no fue hasta el año 43 DC. –Ollivander la lanzó una mirada de desconcierto.
Con frustración, Harry intentó forzar su magia en una de las varitas. No funcionó, y la varita salió volando de su mano con un rayo de luz, dejando una quemadura leve en su mano. Ollivander se dio la vuelta para verlo.
–Que cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto… sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. El señor Ollivander dijo:
–¡Oh, bravo! Oh sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien… Qué curioso… Realmente qué curioso…
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: "Curioso… muy curioso".
–Perdón –dijo Harry–. Pero ¿qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
–Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.
Harry se estremeció y tomó una postura inusual, felina, como ya raramente hacía, y fijó su mirada en el vendedor de varitas. Los demás parecían no poder respirar.
–¿Qué quiere decir eso, señor? –Preguntó, casi bufando la pregunta.
–Eso lo decides tú, Sr. Potter. La varita elige al mago, recuérdalo, pero es el mago quien elige cómo usarla. Pero, yo creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter… Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas… Terribles, sí, pero grandiosas.
Harry tomó su varita nervioso, considerando las palabras del anciano, y los Granger pagaron los siete galeones por cada varita. Eso parecía bastante por algo tan delicado como un palo, pero Ollivander les aseguró que estaban encantadas para ser más resistentes que la madera ordinaria. Dejaron la tienda en silencio, incluyendo a la profesora McGonagall, preguntándose qué tipo de consecuencias pudieran resultar de una varita tan única como era la de Harry.
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
–El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
–Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
–Teoría mágica, Adalbert Waffling.
–Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
–Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
–Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
–Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
–Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.
Ya tenían una copia de Una historia de la magia, pero el resto se encontraba en un mismo estante al frente de la tienda para los nuevos estudiantes. La mayoría de los libros de texto eran bastante gruesos, pero serían utilizado por varios años. Pero incluso después de recogerlos, Hermione (y los demás, de hecho) quisieron examinar el resto de la tienda. Rápidamente tomó una copia de El libro reglamentario de hechizos (clase 2), el único libro adicional para alumnos de segundo, para "aventajar", mientras que Harry, quizás influenciado por las palabras del señor Ollivander, tomó dos libros de defensa para clases más avanzadas. Dan y Emma, determinados a incrementar su conocimiento de eventos mágicos recientes, tomaron Auge y caída de las artes oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX.
Después encontraron a Harry paralizado en frente de un estante prominente en la sección infantil.
–Harry, tenemos que irnos pronto –dijo su madre–. ¿Qué ocurre?
Harry sólo señaló el letrero sobre el estante: Las aventuras de Harry Potter.
–Oh, Dios.
Eran libros para niños, escritos al nivel de estudiantes de quinto y sexto año de primaria. Había nueve en la serie, supuestamente narrando cada uno de los años entre 1982 y 1990. La portada de cada uno mostraba a un niño que lucía bastante como el Harry de verdad, aunque sin los lentes, teniendo aventuras mágicas en lugares exóticos alrededor del mundo.
–¿Harry Potter en el Congo? ¿Harry Potter y el templo de la muerte? ¿Harry Potter en el río Bravo? –Hermione leyó algunos de los títulos–. Historia de la magia moderna dice que fue a vivir con muggles –se quejó con su madre–. ¿Qué no saben que esto es ficción?
–Oh, vamos, sabes que eso es una mentira –dijo una niña pelirroja, quien caminó hacia ellos desde el otro lado del estante–. ¡Oh! Ya tienen el último: Harry Potter en el desierto australiano.
Tomó una copia y Harry rápidamente hizo lo mismo. La portada mostraba a un "Harry Potter" de diez años en un desierto, usando un sombrero de estilo Akubra, con un ornitorrinco en su hombro, y sosteniendo un tigre de Tasmania con una correa.
–Ni siquiera se parece a mí –dijo.
–Bueno, un poco –respondió Hermione.
–Ni siquiera he ido a Australia.
Escucharon a la niña soltar un leve chillido. Harry se volteó para mirarla, y ella dio un paso hacia atrás sosteniendo su libro con firmeza contra su pecho.
–Ginny, toma tu libro y vámonos. Tengo que llegar a la casa para preparar la comida. –Una mujer de aspecto rollizo, con cabello rojo ondulado, se acercó por detrás de ellos jalando a un par de gemelos pelirrojos en cada mano.
–M.…m.…mamá –tartamudeó Ginny, señalando a Harry.
–Por Merlín –dijo la mujer.
–Vaya, acaso… –dijo uno de los gemelos.
–Es él, ¿lo eres? –terminó el otro.
–Fred, George, no lo molesten –los regañó su madre–. Lamento molestarlo, Sr. Potter. Estoy segura de que tienes cosas más interesantes que leer que esas cosas.
–De hecho, pensaba comprarlos todos –dijo Harry distraídamente, intentando ignorar el hecho de que adultos desconocidos insistían en llamarlo "Sr. Potter". Comenzó a tomar una copia de cada libro del estante.
–¿En verdad? ¿Por qué? –Dijo Emma.
–Quiero saber lo que las personas están diciendo de mí.
–Harry Potter leyendo sobre…
–...Harry Potter –dijeron los gemelos.
–¡Brillante!
–La mejor broma de todo el verano.
–¡Niños! ¡Vámonos! –Les ordenó su madre. Los jaló lejos. Ginny le dio una última mirada a Harry y los siguió.
–Bueno, creo que ya son suficientes libros por un día –dijo Emma–. Vamos a encontrar a su padre y a pagarlos para poder alcanzar a la profesora McGonagall.
Media hora después, el grupo de muggles intercambiaron risas mientras examinaban los libros de Harry Potter y comían helado después de escuchar la versión más sencilla de la verdadera historia. Incluso Harry se rio de las historias absurdas que encontró en los libros. Pero debajo de ese humor también había algo de preocupación: ¿exactamente qué esperaba el mundo mágico de Harry Potter? ¿Y cómo reaccionarían ante la verdad?
