Capítulo 3
Deshojando la margarita...
Lunes por la mañana, la misma carrera contrarreloj para llegar a tiempo a dejar a mi hija en la guardería y al trabajo puntual.
Nada había cambiado, mi vida en cuarenta y ocho horas había dado un giro vertiginoso, una voltereta de trescientos sesenta grados hasta caer en el mismo sitio del que salté.
Y, sin embargo, nada era igual.
El sol tímido de finales de enero no brillaba con la misma intensidad, el sonido de la gente al hablar me molestaba y los objetos a mi alrededor no tenían la misma nitidez. Me sentía como si todo estuviese envuelto en una bruma de tristeza, que desdibujaba la realidad que me rodeaba.
Sasori y yo seguíamos sin hablarnos. Nos limitábamos a monosílabos que sonaban a mis oídos como latigazos rápidos, dirigidos certeramente a mi alma dolorida. Pasarían varios días o incluso semanas hasta que volviéramos a una relación de cordialidad marital. Era algo que se había vuelto demasiado frecuente en los últimos dos años. Nunca hablábamos de nuestros problemas. Quizá porque ninguno se atrevía a afrontarlos con valentía. Nos limitábamos a dejar que el tiempo pasase y todo volviese a una normalidad relativa.
Pero Matsuri había despertado algo en mí, un sentimiento de intranquilidad, como si no pudiese encajar la última pieza de un puzle. Algo que comenzó a reconcomerme desde dentro como si tuviese un pequeño alien deseoso de ver mundo.
Al principio sentí una furia que me abrasaba. No entendía cómo se había atrevido a juzgarme de ese modo y sin tener todos los datos para poder opinar. El enfado fue creciendo como una bola de nieve rodando por la ladera de una montaña y me imaginaba discutiendo con ella y diciéndole que se metiera sus opiniones por donde no entraba el sol. ¿Quién se creía ella, con su vida perfecta, a opinar sobre la mía?
Con el paso de los días y la vuelta a la rutina, mi crispación se fue apaciguando, hasta quedarse en rescoldos de una hoguera de San Juan. Mi vida era cómoda. Quizá demasiado cómoda. Tan cómoda que a veces no parecía vida. Empecé a verlo todo como si transcurriera en una película de 8 milímetros y yo fuera la única espectadora del cine. Tenía cada día de mi vida perfectamente planificado, desde el punto de la mañana a la noche, para no tener nada de tiempo libre. Mi vida estaba pensada para no pensar. Me sentía como una abeja obrera que nace, trabaja, muere. Y me gustaba. Lo extraño es que me gustaba. Cuando algo descuadraba ese orden, era cuando comenzaban las discusiones y peleas. Últimamente por cualquier cosa, por cualquier nimiedad. Y como no hablábamos, las palabras no pronunciadas se fueron enquistando, hasta producir una sepsis en toda regla. Matsuri fue el catalizador. Matsuri fue, en palabras de mi madre, la gota que colmó el vaso.
—Mamá —le pregunté una tarde cualquiera que fui a visitarla—, ¿crees que soy la misma de antes?
Mi madre suspiró dejando a un lado su labor de costura.
—¿La misma que cuándo, hija?
—La misma que antes de morir papá —expresé quebrándoseme la voz.
—Cariño —me cogió la mano y su contacto caliente y seco me tranquilizó—, ninguna de las dos somos las mismas que antes de que papá nos abandonara.
—Lo sé, pero es que últimamente... no sé, es como si me estuviera planteando cosas —mi vaga explicación sonó vacilante.
—Mira, se que estás cansada, los niños dan mucho trabajo cuando son pequeños y cuando son mayores, muchos disgustos, pero ya verás como cuando pasen unos años y Sasori y tú tengáis tiempo para vosotros, las cosas cambian —suspiró fuertemente.
—Eso no me consuela —contesté.
—Ahora tienes una familia, no es lo mismo que estar los dos solos, mucho trabajo, apenas ves a Sasori. Si quieres, este verano os vais los dos unos días a la playa solos. Yo me puedo quedar con Akanita —se ofreció con una sonrisa.
—Mamá, no la llames Akanita, es Akane y punto. Y, además, sabes que odio la playa, no me va nada eso de tumbarme como una sardina boca arriba y boca abajo hasta ponerme negra como un tizón —respondí molesta notando que mi madre esquivaba el tema principal.
—Está bien —exclamó bruscamente—. Pues os vais donde os de la gana, pero los dos solos, que os vendrá muy bien.
Era inútil, no hay más ciego que aquel que no quiere ver.
—Mamá.
—¿Qué? —preguntó retomando su zurcido.
—No me has contestado.
—¿A qué? —inquirió de nuevo sin levantar la vista.
—¿He cambiado?
Tardó un momento en contestar.
—Mira, cariño, todos hemos cambiado. La vida te hace cambiar, te amolda a cada situación que te toca vivir. La muerte de tu padre y lo que vino después fue muy difícil. Tuviste que madurar deprisa y sin tiempo para pensarlo. Pero te has convertido en una mujer y una madre excelente —dijo en tono más animado.
—Antes me reía, mamá. Ahora ya no me río nunca —murmuré sintiendo que comenzaba a llorar.
—Hija, ¿qué estás intentando decirme? —me miraba fijamente y su voz sonaba preocupada.
—Nada, mamá, déjalo. No pasa nada —recogí mi bolso y me volví a darle un beso de despedida.
—Cariño, dale tiempo al tiempo. Ya verás como todo vuelve a la normalidad dentro de poco —se despidió con una sonrisa triste.
—Sí, lo sé —intenté ser fuerte y contestar con firmeza. No quería dejar preocupada a mi madre. Pero la cuestión era, ¿quería yo que todo volviese a ser lo de siempre?
El infarto que sufrió mi padre la noche del final del primer curso de periodismo fue grave, pero después de una larga estancia en la UCI y posteriormente en planta, pudo volver a casa. Pasamos todo el verano entrando y saliendo del hospital en una continua agonía esperando que en cualquier momento, en el que no estuviéramos con él, su corazón fallara definitivamente. A mediados de julio me llegaron las notas de la Universidad, había aprobado todo, con calificaciones muy buenas. Por un momento decidí matricularme en el segundo año y seguir mis estudios de periodismo, mi sueño. Pero en agosto el estado de mi padre empeoró, sufrió otro pequeño infarto, que hizo que volviera a la UCI por segunda vez en un par de meses.
Decidí abandonar la carrera. Nadie me obligó. Fue una decisión que tomé por mí misma. No podía ni siquiera plantearme abandonar a mi madre así.
En octubre mi padre finalmente pudo regresar a casa. Muy debilitado, necesitó todos los cuidados posibles. Al principio, mi madre se hacía cargo de la floristería, yo la ayudaba con el reparto y el resto del tiempo lo pasaba con él.
Siempre había estado muy unida a mis padres. Pero esos últimos meses con mi padre fueron especiales. Creo que él sabía que no le quedaba mucho tiempo y a su forma callada y tranquila nos preparó a todos para el desenlace final.
Murió un veintitrés de diciembre, al amanecer, en su cama, en silencio, como hacía todo en su vida, sin molestar a nadie. Su corazón cansado dejó de latir definitivamente. El mundo terrenal exterior estaba adornado por guirnaldas rojas, plateadas y doradas, las luces alumbraban las alegres calles y los escaparates de las tiendas relucían con adornos navideños. Desde ese mismo momento odié la Navidad. Lo que antes se había convertido desde principios de diciembre hasta después de Reyes en una de mis épocas favoritas, pasó a ser una de las fechas a tachar en el calendario.
Durante el siguiente año me hice cargo no solo del transporte en la floristería, sino de atender a los clientes y de la preparación de ramos y centros. Lo irónico es que siempre he sido alérgica al polen y trabajaba con una mascarilla industrial, lo que me daba el aspecto de una alienígena con rinitis.
Con el tiempo contratamos a un joven para ayudarnos, ya que entre las dos no abarcábamos todos los pedidos. Cuando mi madre se jubiló años más tarde le traspasamos el negocio, lo que dejó a mi madre en una situación bastante cómoda económicamente.
Decidí seguir estudiando, pero en casa y algo más sencillo que una carrera universitaria Me decidí por un módulo superior de Secretariado Internacional, así que comencé el curso con compañeros que tenían la edad más terrible de todas, dieciséis años, que me llamaban abuela, cuando yo solo contaba con veintidós.
Mientras tanto, Matsuri terminó la carrera y encontró trabajo en un periódico local en su ciudad de origen, llevando la crónica social. Gaara se trasladó con ella unos pocos meses después.
En el instituto superior conocí a Sasori. Bueno, más bien fue en el aparcamiento del centro de estudios. Su hermana Haruka era compañera de estudios y él solía ir a buscarla en coche. Tenía bastante éxito entre sus amigas, creo que más por el coche, un Subaru tuneado, que por él mismo. Pero es lo que tiene la adolescencia. Sin embargo, y teniendo un pequeño harén de jóvenes con las hormonas exaltadas, se fijó en mí. La chica que iba y venía a clase en su propio coche y normalmente sola, ya que el resto de mis amigas de mi edad, o bien estaban en la universidad o trabajando.
—Mi hermano quiere conocerte —me transmitió Haruka un día en un intercambio de clases. Por su tono no parecía muy contenta de ser la mensajera.
—¿Qué? —pregunté desconcertada.
Ella y sus amigas cuchichearon entre risas.
—¿No serás un poco cortita? Es que eres tan mayor para estar aquí que yo había pensado... —preguntó con una sonrisa maliciosa bailándole en el rostro.
—Mira, nena, deja de pensar que no es lo tuyo y tampoco lo son las razones por las que estoy aquí. Dile a tu hermano que no me interesa. Si quiere algo de mí, que se acerque él mismo, que tiene boquita —contesté cerrando furiosa el libro que estaba leyendo.
Haruka se volvió ofendida y no dijo nada más. Todavía me guardaba rencor, pero yo entonces no imaginaba, ni remotamente, que acabaría casándome con su hermano. Y en contra de todo pronóstico, le dio el mensaje a Sasori.
Ese mismo viernes, a la salida de clase estaba en la puerta apoyado con chulería en su coche. Yo pasé a su lado ignorándolo, aunque algo nerviosa.
Me silbó una vez. No me volví. Silbó otra vez. Hice caso omiso. Le oí maldecir y yo me reí. Me giré y lo encaré directamente.
—¿Crees que soy una de tus niñatas?, ¿quieres que vaya corriendo jadeando a ti como un perrito al que llamas silbando? Pues no necesito una galletita como premio —le sonreí y entré en mi coche.
Él me miró algo sorprendido por mi discurso y yo creí que había abandonado el tema. Me equivoqué.
El lunes siguiente seguía en el mismo sitio a la salida, apoyado en el coche, con unas gafas de sol. No pude evitar mirarlo más detenidamente. Era alto y de pelo rojo cortado a cepillo, mandíbula cuadrada y gesto desafiante.
Como la vez anterior, recorrí el camino pasando a su lado ignorándolo en dirección a mi coche, aparcado un poco más allá de donde estaba el suyo. Él sin decir una sola palabra me siguió. Cuando estaba luchando por abrir la puerta de mi Fiat Punto haciendo equilibrios con los libros, me puso una rosa blanca en la nariz. Yo inconscientemente aspiré su olor y estornudé de tal forma que tiré todos los libros al suelo.
—¡Mierda! —exclamé con fastidio agachándome a recogerlos.
Él hizo lo mismo y nuestras cabezas chocaron en un sonoro ¡crack!
—¡Joder! tienes la cabeza dura, nena —dijo frotándose la frente.
—¡Tú también, nene! —contesté remarcando la última palabra.
—También tengo otra cosa muy dura —susurró en mi oído con una sonrisa burlona.
Me quedé sin palabras ante la insinuación sexual. Pero me fijé en su franca sonrisa, con todos los dientes blancos igualados, excepto por uno mellado que hacía que su sonrisa fuera aún más traviesa. Y sin saber cómo, empecé yo también a reír.
Quedamos para vernos ese sábado. Lo que al principio comenzó como una conversación titubeante en la que no teníamos nada en común, acabó tres años después delante de un juez prometiendo lo regulado en el artículo 66 del Código Civil.
Mi madre lo acogió como un hijo. Su madre me acogió como la bruja que había seducido a su hijo, para alejarlo de sus faldas. Su hermana, aunque disimulando con sonrisas falsas, me odió siempre.
Cuando nació Akane nos colmó de felicidad, ambos estábamos deseando ser padres y durante el embarazo y sobre todo en el momento en que la tuve por primera vez en brazos, creí que había alcanzado la felicidad más absoluta, el nirvana. Matsuri fue la madrina de mi hija y yo de la suya, que nació solo unos meses después que Akane. La llamó Eyre, en homenaje a su amor por Irlanda.
Pasó enero y febrero llegó con más frío todavía. Los días eran cortos y no apetecía salir de casa salvo para lo necesario. Quedaban cuatro meses para junio y todavía no había decidido que haría. Me limitaba a dejar pasar el tiempo, mi mente había activado el modo stand by y ahí permanecía. De vez en cuando, al anochecer, cuando ya había acostado a Akane, rebuscaba la carta de Matsuri y la leía y releía mientras daba vueltas en mi mano a la pulsera de cuentas.
El día cinco de febrero recibí una alerta en el móvil, me avisaba del cumpleaños de Matsuri, treinta y tres años que no había llegado a cumplir. Algo hizo clic dentro de mí y el modo stand by comenzó a parpadear. De un modo sigiloso y robándole tiempo al día, comencé a buscar información sobre Irlanda en Internet. Admiré sus paisajes, leí su historia, me empapé de su cultura a través de la pantalla de mi portátil. Acabó siendo una rutina, como tantas otras en mi vida. Todas las noches conectaba el ordenador y absorbía toda la información que la red me brindaba. Pero lo hacía en secreto, no escondiéndome, pero sí evitando que Sasori me descubriera.
Busqué una academia de inglés y llamé desde el trabajo en la hora de descanso, cuando estaba sola en la sala y sin ni siquiera proponérmelo en serio contraté un curso intensivo con un profesor nativo al mediodía, cuando nadie supiera dónde me encontraba realmente.
Mi profesor de inglés era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo y la barba completamente blancos y unos chispeantes ojos azules. Me dijo que llevaba más de veinte años en España, que vino por las mujeres y se quedó por la comida. Lo que era cierto, dada su prominente barriga.
El primer día no conseguí entender más que el "siéntate ahí".
El resto de la semana mantuvimos una conversación de monosílabos. Peter, que así se llamaba, hablaba y hablaba y yo intentaba no perderme demasiado, le contestaba sí o no dependiendo del gesto de su cara. Cuando me equivocaba, pataleaba exageradamente y se señalaba la oreja diciendo algo así de que "era duro". Lo que yo traduje por "hija mía más que oído tienes orejas, pero qué le vamos a hacer".
La siguiente semana ya hilaba alguna frase y hasta le comentaba alguna sugerencia. Y curiosamente me pasaba la mañana deseando que llegase la clase y al salir de ella mantenía una sonrisa permanente en el rostro. Peter siempre se despedía con un: "eres un reto para mí, pero juntos lo vamos a conseguir".
Con dos meses podía mantener una conversación fluida, dependiendo de la velocidad de habla del otro interlocutor y referida a asuntos no muy profundos.
El tercer mes hizo hincapié en mi pronunciación:
—Vo-ca-li-za —repetía una y otra vez abriendo la boca como un buzón de correos.
—Eso intento —contestaba yo frustrada.
—Abre más la boca, mira, así —dijo enseñándome hasta las amígdalas.
—Ahí discrepo. Si me meto un polvorón en la boca e intento hablar en inglés seguro que se me entiende mejor —respondí yo con la mandíbula dolorida de tanto abrir y cerrar la boca.
—Te equivocas. Solo conseguirías escupir a la gente trocitos de almendra —lo dijo con tal acento inglés que prorrumpí en carcajadas.
A finales de mayo terminé mi periodo de aprendizaje. En nuestra última clase me dijo:
—No está mal, no. No está bien tampoco, pero servirá —tenía el gesto serio aunque le brillaban los ojos. No era una crítica, me estaba transmitiendo que mi nivel de inglés era bastante aceptable.
Yo le sonreí, pensando que iba a añorar sus gritos y sus sermones.
Cuando nos despedimos me dio un beso en la mejilla, haciéndome cosquillas con la barba.
—Cuando regreses, ven a contarme cómo te ha ido.
—Está bien, lo haré, lo prometo.
—Espero que encuentres lo que buscas, pequeña.
Lo miré extrañada, pero no contesté.
—Y recuerda...
No lo dejé terminar.
—Vo-ca-li-za —reí despidiéndome.
En el trabajo hablé con mi jefe y le solicité una excedencia voluntaria. Le expliqué que era algo muy importante para mí y que si al reincorporarme tenía que hacer más horas, no habría problema. No pareció gustarle la idea, pero lo aceptó. Lo único que me advirtió es que quizá mi puesto de trabajo no estuviera disponible a mi vuelta. Suponía una pequeña amenaza, pero la decisión era firme. Tendría que arriesgarme.
Siete días antes de mí partida, decidí, por fin, acudir a la agencia donde Matsuri había contratado mi viaje. Vagabundeé con el coche buscando aparcamiento, evitando una y otra vez el parking subterráneo, que con luces de neón indicaba LIBRE, ganando tiempo frente a un súbito ataque de pánico. ¿Pero qué estoy haciendo?, me preguntaba una y otra vez dando vueltas a la misma rotonda, saliendo una vez por la derecha y volviéndome a incorporar en el siguiente giro. Apretaba con fuerza el volante y empezaba a notar el calor acumulado dentro del coche. No funcionaba el aire acondicionado y a finales de mayo el sol lucía con justicia. Gotas de sudor me caían por la sien y la espalda. A ese paso no estaría en condiciones de ir a ningún sitio, salvo a casa a darme una buena ducha.
Después de más de media hora metida en el horno de mi automóvil, me rendí, suspiré con fuerza y bajé por la rampa del aparcamiento subterráneo, sintiendo con fuerza el aire fresco del sótano que se filtraba por las ventanillas bajadas.
Llamé al timbre del edificio de oficinas algo temerosa, pensando "si no contestan, me largo y se acabó esta tontería". La puerta se abrió con un mecanismo automático. Entré al fresco portal. Notaba el retumbar de los latidos de mi corazón en el brusco silencio del interior. No esperé el ascensor, subí por las escaleras. En el descansillo, vi una única puerta blanca, la empujé y entré despacio, arrastrando los pies, como si me dirigiese al cadalso. Me paré frente a una mesa de formica blanca tras la cual se encontraba una mujer hablando por teléfono. Por señas me dijo que esperara y me señaló tres únicas sillas apoyadas en la pared frente a ella.
Observé a la recepcionista mientras esta hablaba por teléfono. Era joven, de unos veinte años, con el pelo teñido de rubio recogido en una coleta alta. Llevaba una camiseta que tapaba justo lo imprescindible y un piercing en el ombligo, que pude ver cuando se levantó a coger una hoja de la esquina de la mesa. Como falda se había puesto un cinturón largo. La conversación, por lo que deduje, no tenía nada que ver con su trabajo, más bien hablaba con su novio de lo bien que lo había pasado la noche anterior, entre susurros y risas contenidas, mientras masticaba chicle y marcaba cada frase con una pompa que explotaba ruidosamente.
Recordé a Matsuri en no muy buenos términos. ¿Pero a qué sitio me había enviado?
Totalmente abstraída no me di cuenta de que la joven había colgado el teléfono y me hacía señas para que me acercara. Me levanté sintiéndome algo torpe y demasiado mayor en comparación con ella.
—¿Qué quiere? —preguntó.
Yo saqué la documentación que me había enviado Matsuri y se la entregué sin decir nada.
Ella la revisó un momento y finalmente dijo:
—Ya veo.
Ese ya veo me sonó muy, muy mal.
—Espere un momento aquí, por favor —exclamó levantándose y entrando en uno de los despachos.
Me quedé de pie, esperando, apoyada primero sobre uno de los tacones de mis zapatos y después en el otro, deseando tener el valor suficiente para salir corriendo de allí. Finalmente salió del despacho con una carpeta diferente, se sentó de forma indolente y me indicó que acercara una de las sillas. Hice lo que me pidió y me senté apretando mi bolso contra mi cuerpo como un escudo.
—Mire, esto es un poco complicado —comenzó.
Yo enarqué las cejas en señal interrogante.
—Tenía que haber presentado la documentación como fecha límite el quince de este mes y ya han pasado unos días. Como no teníamos un teléfono de contacto, su puesto ya lo ha ocupado otra de nuestras candidatas —finalizó la explicación.
Con la sensación de haber perdido algo que nunca tuve, le contesté:
—Entonces no va a haber ningún viaje a Irlanda por lo que entiendo, ¿no?
—No, a Irlanda no. Pero se nos ha caído el candidato a esta otra estancia, que también es de tres meses, solo que en un lugar diferente, en las Highlands.
—¿Y se ha hecho daño? —pregunté estúpidamente al no enterarme de nada.
—¿Quién? —preguntó ella sin comprender.
—El candidato que se ha caído —contesté.
Ella rio.
—No, él no se ha caído de ningún sitio, sino que nos ha fallado por no sé qué trabajo que le ha surgido en otro lugar —me miró con cierta pena, quizá pensando que me faltaba un hervor.
Yo me sentí como si en vez de un hervor, me faltara la cocción completa. Estaba tan nerviosa que ni siquiera sabía lo que decía.
—¿Las Highlands? —inquirí cambiando rotundamente de tema y esperando no parecer demasiado idiota. No recordaba haber visto ningún lugar señalado así en Irlanda, quizá estuviera en el norte y yo solo me había centrado en el condado de Cork y alrededores.
—Sí, las Tierras Altas, ¿no sabe inglés? Está en Escocia —cabeceó dudando de mi capacidad.
—¿¡Escocia!? —casi grité—. Pero si yo tenía que ir a Irlanda.
—Mire —explicó como si hablara con una niña pequeña—, el propósito de estas estancias es mejorar el nivel de inglés y, que yo sepa, en Escocia siempre han hablado inglés. Está en Gran Bretaña, ¿sabe?
—Sé perfectamente dónde está Escocia —contesté algo seca.
—Bien, ¿entonces cuál es el problema?
Lo medité un momento. El problema era que tenía que cumplir una promesa en Irlanda, no en otro país. Mascullé una maldición mentalmente. Estaba cabreada conmigo misma por haber dejado que el plazo expirara. Normalmente y debido a mi trabajo, tenía exhaustivo cuidado con esos temas.
—Ninguno —murmuré finalmente. Si tenía que ser, sería.
—Bueno —contestó de forma más amable—, como le he comentado la estancia también es de tres meses, junio, julio y agosto. Será en un pueblecito encantador llamado Drumnadrochit.
—¿Perdone? —pregunté interrumpiéndola. Puede que trabajara en una academia de inglés pero su pronunciación era horrenda.
—Drumnadrochit —repitió—, es gaélico. ¿Conoce el Lago Ness? Bueno pues allí es donde tendrá que ir. El contrato es para trabajar en un bar- restaurante.
¿Gaélico? ¿Lago Ness? ¿Bar-restaurante? La cabeza me daba vueltas. Si ya me había costado decidirme, aquello hacía que me lo planteara todo de nuevo.
—Pero yo no soy camarera —exploté—, estoy bastante más preparada para cuidar de unos niños que para servir mesas, créame.
—¿No ha trabajado nunca de cara al público? Si no es así, tendremos un problema.
—He trabajado dos años en una floristería.
—Bueno, tendrá que servir. Más o menos es lo mismo servir flores que copas, ¿no? —sonrió.
Yo no estaba muy segura, pero asentí.
—¿Y el alojamiento? —pregunté algo tarde.
—Oh, está en Lewinston, en la casa de una pareja de jubilados que alquila una habitación. Por lo que comentó el chico del año pasado, son bastante agradables. Ya sabe, los típicos ingleses.
—Escoceses —corregí—. ¿Y dónde está Lewinston?
—Muy cerca de Drumnadrochit.
—¿Cómo de cerca? —pregunté temiéndome lo peor.
Ella consultó el ordenador y contestó.
—Debe ser un barrio a las afueras del pueblo.
—Ah, bien —no me dejó nada tranquila.
—Otra cosa —añadió—. Habían solicitado un chico, pero no creo que les importe demasiado que vaya usted —me observó de la cabeza a los pies.
—¿Está segura? —ya me veía regresando al segundo día a España.
—Psiiii —afirmó no muy convincentemente—. Mire, tengo una foto que me dejó el estudiante del año pasado.
Rebuscó un momento en los cajones y sacó una imagen de dos jóvenes juntos pasándose los brazos por los hombros. No me fue difícil distinguir al español, un joven de unos veinte años, con gafas y acné, del escocés, un hombre algo más mayor, rubio, con ojos azules y pinta de surfista. Era el Ken de Barbie hecho hombre.
—Está bueno, ¿eh? —sonrió babeando la recepcionista—, demasiado guapo para ser real.
—¿Quién? ¿El moreno de gafas? —contesté irónicamente—. Si yo tuviera diez años menos, le diría que sí, pero con treinta y dos años, ya no son mi tipo los chulitos de playa —añadí con un suspiro.
—Vaya —me miró algo sorprendida, pensé que por la contestación tan cortante—, creí que era más joven.
—¿Y cómo cuánto? —pregunté sonriendo.
—Unos veintiséis o veintisiete.
Esta vez me reí de verdad.
—Mira, cielo, ya no recuerdo ni lo que es tener veintisiete años —contesté.
—Y ¿puedo preguntarle por qué hace esto? —inquirió envalentonada por mi risa.
—No —contesté yo súbitamente seria.
Fin de las bromas. Cambió el gesto y como despedida añadió:
—Ya tengo todos los datos. Puede pasarse mañana o pasado a recoger la documentación que deberá entregar a su llegada a Escocia.
Me levanté de la silla y salí de la sala despidiéndome con un conciso adiós.
Anduve hasta el coche como en una nube. Me sentía terriblemente asustada por lo que iba a hacer y a la vez mucho más viva de lo que me había sentido en los últimos años. Estaba excitada y nerviosa, y, sobre todo, temerosa de la reacción de Sasori y mi madre. ¿Cómo demonios les iba a explicar que dentro solo de seis días me iría tres meses a vivir a otro país?
Era viernes, tenía que volar a Edimburgo el siguiente jueves. Tenía menos de una semana para explicarlo todo, sin explicar apenas nada. Finalmente, decidí que la comida del domingo en casa de mi madre era un buen momento, si es que había un buen momento para contar algo así.
Recorrimos la distancia que separaba nuestra casa de la de mi madre dando un pequeño paseo. Se aproximaba el mediodía, el sol estaba alto y lucía en una brillante circunferencia dorada, acariciaba mis brazos desnudos creando una falsa sensación de paz y armonía. Sasori interrumpió la momentánea tranquilidad.
—¿Qué nos toca hoy? —era un comentario casual. Yo todavía no comprendía cómo no se había dado cuenta del estado nervioso que transmitía yo en las dos últimas semanas, ya que a veces tenía la sensación de que podría explotar de un momento a otro en un efecto de combustión espontánea.
—Creo que es carne a la brasa, acompañada de salsa caramelizada — contesté. Me avergonzaba reconocer que mi madre tenía más vida social que yo. Desde que se jubiló, acudía todos los días al club social, hacía ejercicio con sus amigas por la mañana y se había apuntado a un sinfín de cursos, a cual más variopinto, desde origami hasta cocina creativa. Y en todos ellos nosotros éramos sus conejillos de indias. Ese día nos tocaba este último.
—Bien, si es carne, por lo menos comeremos algo —sonrió Sasori. Lo miré, esa sonrisa mellada que conocía tan bien y un nudo estranguló mi estómago. Se le veía tan confiado... Como si los planetas se hubieran vuelto a alinear, esta vez de la forma correcta, llevábamos semanas sin discutir y casi habíamos vuelto a ser los de antes. Y llegaba yo a estropearlo otra vez. Y ¿por qué?, pues en realidad no lo sabía a ciencia cierta, por la carta de Matsuri, por su muerte, porque necesitaba alejarme. Quizá fuera una mezcla de varias circunstancias, o simplemente un impulso arriesgado. Todavía no tenía respuesta.
Observé a Akane, que correteaba delante de nosotros, parándose cada vez que algo le llamaba la atención, normalmente chicles pegados en el suelo o una simple mosca que se arriesgaba a pasar lo suficientemente cerca de ella en vuelo silencioso. Se me encogió el corazón. ¿Cómo podía dejarla tanto tiempo? Nunca me había separado de ella más de un día o dos a lo sumo y siempre notaba esa sensación que tiraba de mí hacia mi hija. Me tranquilicé pensando que estaría bien cuidada, no la dejaba sola, la dejaba con su padre y con los siempre amorosos cuidados de su abuela.
Me giré hacia Sasori, que también observaba a Akane con expresión de cariño en sus ojos marrones.
—Te quiero —le dije impulsivamente.
—Lo sé —contestó él sin dejar de mirar a nuestra hija, pero me cogió la mano y la apretó con fuerza.
Las lágrimas acudieron a mis ojos, ocultos tras unas gafas de sol. Callé un momento memorizando este instante en el álbum de recuerdos de mi mente. Anduvimos en silencio hasta llegar a casa de mi madre. Allí nos recibió el olor a carne asada y a algo que parecía azúcar quemado.
—Ay, Dios mío —murmuré en voz baja.
—Siempre nos queda el Burger King —contestó Sasori.
La voz de madre sonó cálida como siempre.
—Pasad hijos, huele bien, ¿no?
Componiendo una sonrisa contesté:
—Delicioso mamá, como siempre.
—Mentirosa —me susurró Sasori al oído.
—Calla —le di un pequeño codazo.
—¡Yaya! —sonó la voz estridente de Akane—, mira, te traigo una flor. Le mostró una pequeña margarita silvestre totalmente espachurrada en su mano.
—Gracias, mi cielo. Es preciosa, como tú —exclamó dándole un beso en la nariz—. Y para ti —añadió dirigiéndose a ella— he hecho tu plato favorito... ¡pasta!
—¡Bien! —aplaudió mi hija—. ¿Con papipo?
—Sí, cariño, con tomatito, para ti.
—¿Y no podemos tomar nosotros también pasta con papipo? —volvió a susurrar Sasori.
—No, tenemos que ser valientes —contesté susurrando yo también.
Ambos sonreímos.
La comida transcurrió tranquilamente, hablamos de todo un poco mientras picábamos algunos entrantes, hasta que llegó el plato principal, foie de pato a la brasa con salsa caramelizada y compota de manzana reineta. Sasori se atrevió con el pato y la compota, yo me arriesgué y agregué una gran cantidad de la salsa caramelizada, que por su aspecto era azúcar quemado con olor a ron. Akane había terminado su plato de pasta y jugaba en una mesita accesoria con pasta de modelar de colores. Decidí que ese era el momento.
—Tengo que deciros una cosa. Es importante —comencé, sintiéndome como en un examen oral de la carrera.
Ambos dejaron los cubiertos y me miraron ante la seriedad de mis palabras. Me acobardé. Por un momento todo fue demasiado. Si ahora callaba, nadie se enteraría de mi locura. Pero no, envalentonada por las dos copas de vino que había tomado durante la comida solté:
—El jueves me voy a Escocia.
—¿Para qué? —preguntó Sasori.
—¿Durante cuánto tiempo? —interrogó mi madre a su vez.
No parecían demasiado sorprendidos. Me relajé. Tal vez había sido exagerado pensar que se pondrían como una furia.
—Voy a trabajar de camarera en un pub de las Highlands tres meses, volveré en septiembre —exploté.
—¿¡Qué!? —gritó mi madre.
Sasori abrió la boca. Luego la cerró con un gesto de enfado contenido. Finalmente se lo pensó mejor y me increpó:
—¿¡Estás loca!?
Yo había aprovechado para meterme en la boca un trozo de carne bien untado en la dichosa salsa. Quise replicar, pero me quedé muda. No podía separar la mandíbula, mis muelas se habían quedado pegadas. Noté con la lengua que la salsa se estaba solidificando formando una pasta dura que rodeaba los dientes como el cemento.
Ambos me miraron con cara de enfado y comenzaron a hablar a la vez.
—¿Pero qué narices se te ha perdido a ti en Escocia? —preguntó Sasori con las mejillas encendidas por el enfado.
—¿Y la niña, qué? ¿No has pensado en tu hija acaso? —mi madre fue directa a lo que más me dolía.
Intenté abrir la boca, pero solo conseguí un gesto de dolor. Comencé a señalar la salsera llena hasta el borde con la amalgama de azúcar y mi boca a la vez, con lágrimas en los ojos exclamando "¡Umm! ¡Umm!" como un simio en el zoológico.
Akane, que se había acercado al oír los gritos, cogió la cuchara que estaba clavada en la salsera, cuyo caramelo se había solidificado alrededor y la levantó en vilo sobre su cabeza.
—Mirad —dijo a todos en general—, un paraguas.
Mi madre corrió a salvar su salsera de porcelana, que ondeaba sobre la cabeza de mi hija como una cometa. Sasori cogió mi rostro entre las manos e intentó abrirme la boca haciendo presión con los dedos. Finalmente se oyó un chasquido y un grito de dolor por mi parte, que dejó a todo el mundo quieto y callado. Me tapé la boca con las manos. Sentía como si me hubieran arrancado un diente de raíz, que era lo que probablemente había sucedido. Noté el sabor metálico de la sangre en mi boca y comencé a llorar mientras me limpiaba con la servilleta blanca de hilo. Escupí y la aparté.
—Oh, Dios —gimoteé.
—¿Qué? —preguntaron los tres a la vez preocupados al observar los restos de sangre en la servilleta.
—Me he arrancado un empaste y creo que parte de una muela —contesté comenzando a sollozar como una niña. Si suponía una señal ante mi futuro viaje, no era muy buena que digamos.
Después de enjuagarme en el baño con colutorio, lo que hizo que viera literalmente las estrellas, cogí dos ibuprofenos. Mi madre me acercó un vaso de agua. Lo rechacé con un gesto de la mano y, sirviéndome una generosa cantidad de vino tinto en la copa, me los tragué apurándola hasta el fondo.
—Lo siento, hija —se disculpó mi madre—, no ha sido mi intención...
—Déjalo, mamá, no importa —murmuré todavía sollozando ligeramente.
De repente y otra vez sentada en la mesa frente a los dos, comencé a reírme, con una risa histérica, mezclada con hipo y algún sollozo. Me doblé sobre mí misma entre carcajadas. Pasado un rato y ante sus miradas incrédulas, cuando solo brotaba de mi boca algún sonoro ¡hip!, hablé por fin.
—Tienes razón, Sasori, estoy loca, completamente loca. Pero esta loca se va la semana que viene a Escocia. No me preguntes por qué razones, ya que ni yo misma las conozco. Y, mamá —dije dirigiéndome a ella que me miraba con la boca completamente abierta—, no te atrevas a insinuar que no he pensado en mi hija al hacer esto, ella ha estado presente en mi vida en cada minuto de su existencia y bien sabes que he condicionado toda mi vida para hacer que ella esté más feliz y mejor cuidada. ¿Crees acaso que no me duele dejar de verla tres meses? ¡Por Dios!, me duele dejar de verla más de unas imprescindibles horas. Pero esto es algo que tengo que hacer y ya está —terminé con un pequeño golpe en la mesa.
Un tenso silencio envolvió la mesa, solo se oía la voz aguda de Bob Esponja de fondo en la televisión con, hasta que mi hija habló:
—Mami.
—¿Sí, cariño?
—Escocia es donde vive Minnie, ¿no? —preguntó con toda la inocencia infantil reflejada en su pequeño y dulce rostro.
—No, cariño. Minnie vive en Disneyland —le respondí con ternura.
—¿Y por qué no vas allí?
—Porque ahora no es el momento. Ahora tengo que viajar a Escocia. Ya iremos a Disneyland juntas, te lo prometo —contesté apenada.
—¿Y qué hay en Escocia entonces? —insistió la niña.
Me quedé callada. No sabía qué contestar.
—El monstruo del Lago Ness —contestó Sasori en mi lugar, haciendo una mueca.
—Ahhhh —contestó Akane, como si fuera lo más normal del mundo—. ¿Y ese monstruo es como un dragón? —prosiguió curiosa.
—Parecido —murmuré.
—¿Y vas a matarlo y cortarle la cabeza como en los cuentos?
—Algo así —respondí evasivamente.
—Pues, entonces, puedes irte tranquila, yo cuidaré de la abuela y de papá. Pero no te olvides de traerme la cabeza del dragón, para enseñársela a mis amiguitas de la guarde —terminó, volviendo su atención a los dibujos animados que emitía la televisión.
Todos volvimos a quedarnos en silencio.
De las cuatro personas que estábamos en la habitación, tres adultos y una niña de tres años, la única que tenía todo el asunto meridianamente claro era ella.
Cuando regresamos a casa esperé una llamada de mi madre, que había estado evitándome hasta que salí por la puerta. No la recibí. Eso me dolió. Quería explicárselo un poco mejor, que entendiera que era algo que tenía que hacer. Quería sentir las palabras tranquilizadoras de una madre, diciéndome que todo iría bien, que me fuera sin preocuparme, que ella se quedaría a cuidar de mi familia. Pero el teléfono no sonó en toda la tarde. Su enfado tenía que ser monumental. Con el paso de las horas, mi tristeza fue convirtiéndose también en una mezcla de furia y decepción. Creí que podía contar con ella y me sentí defraudada.
Sasori no habló en todo el camino de regreso y una vez que nos dejó en el portal, se alejó informándonos escuetamente de "que tenía cosas que hacer". Llegó por la noche, cuando ya había acostado a Akane. Una parte de mí lo comprendía. ¿Cómo me sentiría yo si de repente un día él dijera que me abandonaba para seguir una quimera durante meses? Pues mal, probablemente muy mal. Sentí que lo estaba haciendo todo al revés. Pero a la vez, en el fondo, sabía que había tomado la decisión correcta.
El último día de trabajo, mis compañeras dejaron un paquete envuelto en papel de regalo en mi mesa, con un post-it que rezaba: Ábrelo cuando estés sola. Lo hice una vez se fueron todos del despacho común. Era un consolador vibrador del tamaño de un pene gigantesco. Llevaba una nota: No sabemos adónde vas ni qué vas a hacer, lo único de lo que estamos seguras es que te será de utilidad. Serán... pensé con una sonrisa.
De regreso a casa, me puse a preparar el equipaje. Como no sabía muy bien qué llevar, acabé metiéndolo todo a presión, cada vez que cogía una prenda y dudaba entre llevarla o no acababa guardándola en la maleta, con un decidido "por si acaso". Al final llené una maleta grande y una de mano con un "por si acaso hace calor", "por si acaso hace frío", "por si acaso llueve" (que sería lo más probable), "por si acaso hago deporte" (en casa nunca lo practicaba, pero en Escocia, vete tú a saber), "por si acaso voy a alguna fiesta", "por si acaso no tienen toallas", "por si acaso voy a la playa" y así hasta el infinito de los "por si acaso". Ni que decir tiene que la mayoría de las veces solo utilizaba el diez por ciento de lo que transportaba, pero por si acaso... Mujer precavida vale por dos.
Sasori estuvo toda la semana llegando muy tarde del trabajo, cenaba solo en la cocina y luego se acostaba en silencio. Me preocupaba y mucho. Un par de veces intenté acercarme a él en la cama y solo conseguí que se girara y me diera la espalda.
La noche de mi partida dejé todo preparado, incluso varias hojas con anotaciones y recomendaciones de la casa y sobre todo de mi hija, comidas favoritas, horas de siesta y muñecos preferidos. Llamaron a la puerta cuando estaba a punto de acostarme, Sasori no había llegado todavía.
Abrí la puerta y me encontré a mi madre. El nudo del estómago me estranguló de nuevo con mucha más fuerza.
—Mamá —pronuncié. En una sola palabra lo condensé todo. El dolor, la tristeza de la separación y el amor que sentía por ella.
Ella me abrazó con fuerza acunándome entre sus brazos.
—¿No pensabas despedirte, hija? —me dijo suavemente.
—No pensé que quisieras —me excusé.
—¡Como no voy a quererlo!, soy tu madre, lo llevo impreso en los genes —sonrió ante mi turbación.
Quise hablar. Ella puso un dedo sobre mis labios silenciándome.
—Mira, cariño, creo que lo he comprendido. Sé que Matsuri tiene algo que ver, de una forma que no entiendo todavía, pero que espero me expliques a tu regreso. Ahora tienes que irte, tienes que vivir tu vida, aunque solo sea por tres meses y dejar de vivir las vidas de los seres que te rodeamos, eres hija, esposa y madre ante todo y ahora tienes que ser mujer, la preciosa y valiente mujer que he educado y en la que te has convertido. No te preocupes, yo estaré aquí y cuidaré de Akane y de Sasori en tu ausencia —explicó con voz tranquila y meditada.
—Gracias mamá, no sabes lo mucho que significa para mí que me apoyes —sonreí entre lágrimas.
—Pero vuelve, vuelve a estar con nosotros, porque si no estamos perdidos, ¿de acuerdo?
—Prometido —volví a abrazarla. No serían más de tres meses. Cuando me fui a Madrid a estudiar estuve casi un semestre fuera de casa y no me dolió tanto como en ese momento.
Casi a las once de la noche por fin me acosté, sola. Sasori no había regresado de lo que estuviera haciendo y yo temía que no fuera a dormir esa noche. Entre sueños sentí que Sasori se acostaba. Me giré hacia él. Su aliento olía a alcohol, pero no parecía estar ebrio.
—Ven —exigió.
Me arrastré el poco espacio que nos separaba en el colchón. Me hizo el amor dos veces, la primera con furia contenida, como si estuviese desahogando su frustración. La segunda de forma pausada, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, como si quisiese memorizar cada hueco y cada montículo.
—Solo son tres meses —le dije finalmente.
—Es mucho tiempo —contestó.
—No es demasiado si tenemos toda la vida por delante.
Me besó con fuerza como respuesta.
—No me olvides —pronunció esas palabras en voz queda y susurrante.
—No podría —le respondí atrapando su boca una vez más.
A las cuatro de la mañana me levanté silenciosa, me vestí, desayuné y fui al cuarto de mi hija a despedirme:
—Te quiero, mi princesa —le dije, abrazando su cuerpecito cálido bajo las mantas.
—Yo también, mami —contestó ella con voz somnolienta.
Le di un beso y aspiré su olor a bebé. No puedo hacerlo, pensé. No puedo dejarla. Su voz interrumpió mis pensamientos:
—Mami.
—¿Qué? —pregunté con la voz quebrada.
—Acuérdate de traerme la cabeza del dragón.
—Vale, mi amor, lo recordaré —le di otro beso y salí de casa arrastrando mis voluminosas maletas, que eran un peso pluma comparado con el dolor de mi corazón.
