Capítulo 4

Welcome


Tenía un día entero de viaje por delante, una combinación agotadora de autobuses, avión, taxis y más autobuses hasta llegar a mi destino, un pueblo perdido en las montañas escocesas. Estaba nerviosa, no, más bien estaba aterrada y no paraba de repetirme como un mantra: "todo irá bien, todo irá bien".

En el aeropuerto de Barajas, recorrí a la carrera las largas explanadas hasta encontrar el mostrador de la British en el que cogía un vuelo directo a Edimburgo, capital de Escocia.

Deposité la maleta grande en la báscula con un suspiro exhausto y hasta yo me sorprendí del número de kilos que mostró el marcador luminoso. ¡Mierda! Seguro que me hacían pagar sobrepeso.

La azafata abrió los ojos al contemplar el marcador y se puso a teclear con rapidez en el ordenador. Crucé los dedos en la espalda y recé para que pusiera el identificador del vuelo en el asa de la maleta y esta desapareciera por la trampilla sin más revuelo. Cogió mi DNI y documentación de la reserva de vuelo de forma mecánica.

—¿Alguna maleta más? —preguntó en tono monótono y eficiente.

—Solo la de cabina —le señalé el pequeño trolley.

—Muy bien —volvió a teclear—. ¿Qué lleva en la maleta? ¿Piedras? —esbozó una pequeña sonrisa.

—Llevo mi vida entera —respondí con voz entrecortada.

Me miró sorprendida. Yo esbocé una media sonrisa.

—Está bien —dijo finalmente— normalmente tendría que pagar exceso de peso, pero el avión no va completo, así que no será necesario. Que tenga un buen vuelo —terminó dándome la tarjeta de embarque.

—Gracias, mil gracias —le contesté. Era una buena señal, ¿no?

En los cuatro meses que tardé en decidirme a emprender el viaje había comenzado un pequeño juego que se convirtió primero en una costumbre y luego en una obsesión, que cualquier psiquiatra calificaría de trastorno obsesivo compulsivo. Si veía tres coches rojos era una buena señal, entonces me animaba y decidía ir, si cambiaba el canal del televisor y emergían anuncios, era una mala señal y me decía a mí misma que debía quedarme en casa con mi familia.

Caminando con tranquilidad me dirigí hacia las puertas de aduanas y me dispuse a hacer otra vez fila. Pasé el arco con confianza y me paré en seco al ver como se iluminaba y emitía un profundo y repetido pitido, que hizo que todo el barullo de gente que pasaba por las diferentes puertas se volviera a mirarme.

—¿Paso otra vez? —pregunté algo intimidada al guardia que se aproximó. Odiaba los uniformes, o más bien esa marcada seguridad que imprimía a los que los llevaban.

—No, quédese quieta y descálcese —ordenó con voz seca.

—¿Qué? —pregunté desconcertada.

—¿No me ha entendido? Que se descalce y deposite sus zapatos ahí —me señaló la cinta por dónde habían pasado mis efectos personales.

Una vez que lo hice, me instó a que abriera las piernas y los brazos y una mujer me pasó la dichosa maquinita encuentra-metales o lo que sea que buscara. Comenzó a pitar a la altura de mis pechos. Volví a sentir varios pares de ojos fijos en esa parte de mi anatomía y tuve el impulso de cerrar los brazos sobre ellos para protegerlos.

—Muy bien. Puede calzarse —me dijo con voz átona una vez que comprobó que yo no era un peligroso delincuente.

Recogí mis bailarinas y me las puse, así como los efectos personales de la bandeja y el bolso, pero me faltaba la maleta de mano. Miré curiosa hacia el agujero negro que se la había tragado, pensando que quizá se había quedado atascada, cuando una voz desconocida me llamó:

—Usted —me volví hacia el guardia que estaba sentado al lado del que vigilaba el contenido de las maletas en una pantalla.

—¿Quién? ¿Yo? —volteé la cabeza para asegurarme de que no miraba a nadie más.

—Sí, usted. Acérquese. ¿Es suya esta maleta? —señaló con un dedo mi pequeño trolley.

Por un momento dudé en decirle la verdad, o salir huyendo lo más deprisa que mis recién calzados pies me permitieran. Obviando que no llegaría muy lejos, contesté:

—Sí, ¿por qué?

Él ignoró mi pregunta y a su vez hizo otra:

—¿Puede abrirla? —su voz sonó amenazante, o eso me pareció a mí, que cada vez estaba más crispada.

—¿Por qué? —inquirí desafiante.

—Hemos visto un objeto sospechoso —contestó el hombre demasiado acostumbrado a viajeros molestos como yo.

—Pues como no sea la pist... —me callé. Había algo muy parecido a un arma en esa maleta, algo con forma alargada y provisto de una vibración muy agradable. Sí, lo sabía porque lo había probado en casa antes de meterlo en un impulso en la maleta de mano, con uno de mis "por si acaso... ". El corazón comenzó a latirme muy deprisa. Por segunda vez en menos de una hora volví a cruzar los dedos detrás de la espalda y a implorar mentalmente: "¡Que no lo abra! ¡Que no lo abra!".

El hombre, leyéndome el pensamiento, pero no en la dirección correcta, palpó exactamente el bulto envuelto en una pequeña toalla. Lo cogió entre las manos y lo desenvolvió con dos dedos enfundados en guantes de látex. Todo el mundo a menos de diez metros a la redonda estaba mirando, con la curiosidad morbosa que produce ese cosquilleo de maldad en el ser humano.

—Ya veo, ya —murmuró.

—¿Le gusta? —pronuncié entre dientes, escuchando las risas contenidas del resto de los pasajeros que observaban la escena.

—A mí no, pero es obvio que a usted sí. Puede cerrar la maleta. Que lo disfrute con salud, señora —pronunció la última palabra remarcándola con ironía.

Estaba completamente segura de que el registro no había sido aleatorio, más cuando comprobé cómo guiñaba el ojo a su compañero, con una sonrisa sarcástica. Maldije en silencio y aceleré el paso. Fui directa al primer bar que estaba abierto.

—Un tequila, por favor.

El camarero, un hombre mayor, con la experiencia de varios años de barman marcada en el rostro, comentó poniéndome el vaso delante:

—Le da miedo volar, ¿eh?

—No —negué también girando la cabeza. Me eché un poco de sal en el dorso de la mano, la chupé, bebí el chupito de tequila y me metí el limón en la boca, sorbiendo con avidez.

En realidad, adoraba volar. Básicamente porque el avión era el único medio de transporte en el que no me mareaba. Y la amenaza de turbulencias, alas incendiadas, motores que se paraban y un posible accidente, eran minucias en comparación con un mareo de aquellos en los que sientes que vas a morirte y en los que juras que jamás volverás a montarte en lo que fuera.

—¿Otro? —sugirió el camarero, probablemente al notar la desesperación con la que había engullido el chupito.

—No, gracias —respondí. ¡Qué demonios!

—Sí, póngame otro —casi grité cuando el se alejaba a atender a otro cliente.

Me lo tomé con la misma rapidez que el primero. Ahora comenzaba a ver las cosas con más claridad, mis miembros agarrotados se distendieron hasta quedar completamente laxos y si me hubieran puesto una almohada, me habría quedado dormida sobre la barra. De improviso, me desperecé y de mis labios brotó una carcajada. No hacía ni doce horas que había abandonado mi casa y ya había cambiado mi comportamiento por completo. Miré la hora, aunque el tiempo se había vuelto relativo. Abrí los ojos asustada, si no me daba prisa, perdería el avión.

Pagué y tambaleándome un poco me dirigí a la puerta de embarque. Le entregué la tarjeta a la azafata.

—Casi llega demasiado tarde —comentó algo disgustada.

—Lo sé, pero he llegado —le contesté hipando.

Atravesé el túnel hasta entrar en el avión, en el que estaban sentados la mayoría de los pasajeros. Guardé el trolley y me dejé caer sobre el asiento. Me abroché el cinturón, aunque la luz de advertencia seguía verde y sin llegar a comprobar la carta de desayunos, me quedé dormida al instante.

Desperté con un ruido tintineante sobre mi cabeza, que descubrí eran mis propios tímpanos.

—¿Cuánto queda? —pregunté a una azafata sonriente parada justo a mi derecha.

—Menos de una hora.

—Quisiera un café, por favor. Cogí la carta observando lo que ofrecía sin decidirme —mi estómago había empezado a quejarse.

—Lo siento, es demasiado tarde —volvió a sonreír.

—Vaya —necesitaba desesperadamente comer algo, mejor si era de chocolate, con bien de hidratos de carbono y grasas.

—Lo siento —otra vez la sonrisa.

—Yo también —no sonreí.

Aterrizamos sin incidencias. El tiempo amenazaba lluvia e indicaba dieciséis grados, informó el capitán. Tenía que haber metido más ropa de abrigo, "por si acaso... ".

Pasé la aduana sin problemas y me posicioné al lado de la cinta por la que se escupían las maletas. Comenzaron a salir, una vuelta, casi todas fueron recogidas. Dos vueltas. Mi maleta no salía. Tres vueltas, ya casi no quedaban maletas. Comencé a preocuparme. ¿Y si ahora toda mi vida se ha ido en un vuelo a Singapur? Cuatro vueltas, ya solo quedaba yo a la espera y un bolso de viaje negro de lona abandonado sobre la cinta, que desde luego no era de nadie del vuelo a Edimburgo. La taquicardia volvió, esta vez acompañada del dolor de cabeza que había comenzado en el aire y que seguía martilleando, aunque ya estaba con los pies en el suelo. La bolsa de lona desapareció durante unos segundos y cuando volvió a aparecer ante el único público que quedaba a la espera, lo hizo acompañada de mi gigantesca maleta. Deseé abrazar la bolsa de lona por traerme mi maleta de lo contenta que me sentí.

Cuando salí al exterior, un golpe de aire frío hizo que tensara todos los músculos. Es cierto que hacía solo dieciséis grados, pero había comenzado a llover, no, más bien a diluviar y el aire hacía que la sensación térmica del frío se intensificara. Crucé la gabardina negra que llevaba puesta y me até bien el fular al cuello. Observé los charcos. Por mis bailarinas, no podría hacer nada, me iba a empapar hasta la rodilla.

Cogí un taxi, un enorme taxi negro, sintiéndome protagonista de mi propia película y le di la dirección de la estación de autobuses. Pasé todo el trayecto mirando por la ventanilla, con los ojos ávidos de curiosidad y expectación. Al girar una calle lo vi, el castillo de Edimburgo, sobre una colina impresionante de piedra volcánica, dominando la ciudad como estandarte de su majestuosidad.

—Es precioso —susurré.

—Impresiona, ¿verdad?, yo lo veo todos los días y aun así siempre tengo que fijar la vista un momento. ¿Su primera visita a Edimburgo? —preguntó.

—Sí, pero no vengo a quedarme, tengo que viajar hasta Dumnadrochit — pronuncié el nombre despacio para no equivocarme.

Aun así el taxista me corrigió.

—Drumnadrochit —sonó melódico en sus labios—, bonito lugar. ¿Viene para quedarse?

—Solo por tres meses —contesté yo intentando adecuar mi pronunciación inglesa a la forma que tenían los escoceses de terminar las palabras bruscamente y a la vez de forma tan suave y cadenciosa.

—Eso dicen todos —sonrió él—, pero al final muchos se quedan. Esa es la magia de este país.

—Desde luego es usted un patriota —confirmé también sonriendo—, pero le aseguro que yo en septiembre habré vuelto a casa.

El no contestó. Sin embargo, a través del espejo retrovisor, pude ver como mantenía una sonrisa pícara.

Una vez en la estación me dirigí al autobús que me llevaría a las Highlands. Salimos del barullo de tráfico de hora punta de Edimburgo, aunque en una ciudad tan comercial como aquella, todas eran horas punta. Atravesamos la New Town y enfilamos lo que parecía una autopista, a las afueras del núcleo urbano. No transcurríamos a mucha velocidad y podíamos observar el panorama perfectamente a través de los enormes ventanales.

El paisaje de Escocia es poseedor de enormes contrastes. Era asombroso, los ocres daban paso a los verdes valles y estos a su vez al increíble azul de los numerosos lagos, salpicados con retazos lila y granates que se escondían tras formaciones rocosas... O eso al menos es lo que oía que comentaba el resto de los viajeros. Yo solo veía el suelo gris manchado de barro del autobús, enterrada mi cabeza en una bolsa de plástico vomitando hasta la comida de mi primera comunión.

La vergüenza que sentí al comenzar a vomitar no era nada comparado con la sensación de que me estaba muriendo. Literalmente. El estómago me dolía tanto que creí que me iba a partir en dos. "No llegaré viva", pensé. En una de las paradas incluso me planteé bajarme y seguir a pie los cientos de kilómetros que me restaban, todo con tal de no seguir un minuto más encerrada en ese monstruo infernal de transporte.

Cuando estaba al límite de mi resistencia y de la del resto de viajeros que tenían como destino Inverness, entramos en la pequeña ciudad, capital de las Highlands.

Me apeé del autobús a trompicones buscando una papelera para arrojar los restos de mi estómago y mi dignidad. Cogí mi maleta y huí avergonzada buscando el siguiente enlace con Drumnadrochit.

Todavía algo mareada, aunque con el paso más firme, me subí a otro autobús algo más pequeño que el anterior. Pregunté al conductor si el trayecto era largo, me confió que no, que estaría en mi destino en lo que canta un gallo. El gallo no cantó una vez, sino que entonó una tediosa melodía de casi una hora de duración, mientras yo volvía a aferrarme al asiento delantero, rezando para no vomitar otra vez. Por fin y después de haber vivido lo que empezaba a considerar el infierno de Dante, llegué sana y salva, por lo menos en apariencia externa, a mi destino.

Drumnadrochit me enamoró en el instante en que puse los pies en suelo firme. Era un pueblo encantador, cuyo nombre derivaba del gaélico escocés Druim na Drochait, que significaba "cresta del puente". Nació y creció alrededor de esa estructura, para convertirse en un paisaje pintoresco, típicamente escocés. Estaba situado a orillas del mítico Loch Ness, sobre la cañada de Glenunquart, e invitaba a descansar y a disfrutar de la magia del lugar. Era una población pequeña, de hecho no más que una pequeña agrupación de casas, pequeños cottages ingleses, con jardines y calles tranquilas. No parecía haber mucho movimiento, como si la localidad se hubiese quedado anclada en el tiempo. Pregunté al conductor antes de que siguiera viaje dónde se encontraba el pub Uchiha, ya que tenía que presentarme allí antes de las ocho de la tarde y ya casi se acercaba la hora. Me dio las oportunas indicaciones, con una amabilidad que con el paso de los días observé que era innata en la gente escocesa.

No llovía hacía rato y un cielo crepuscular abierto había ganado la batalla a las nubes negras del sur. Respiré hondo, llenando mis pulmones del aire limpio de las montañas, con regusto a mar, que llegaba de la cercana bahía de Moray. Los últimos rayos de sol se filtraban entre las casas, dando una apariencia de cuento de hadas al pequeño pueblo. Sonreí. Era una buena señal, ¿no?

El aire frío y vivificante del norte arrastró con él los últimos restos de mareo de mi cansado cuerpo y con energías renovadas me dirigí hacia el pub Uchiha, que de hecho era el único situado en la parte central del pueblo y bastante bien señalizado.

Llegué en pocos minutos y me paré frente a la puerta. Estaba cerrada. No había luces dentro. Maldije en silencio. He llegado tarde. El corazón comenzó a latirme de forma desordenada. Dejé las maletas y me separé unos metros observando el lugar con más detenimiento. Era un bajo que abarcaba toda la esquina, decorado con paneles de madera y el nombre en grandes letras en color blanco sobre la entrada principal, con una pequeña explanada en la que supuse ponían unas mesas como terraza. La parte superior parecía una vivienda. Tenía los postigos de las ventanas cerrados. Ahí tampoco habría nadie. Giré la esquina y observé que las mesas y las sillas apiladas junto a la pared, no estaban sujetas con candado. Era lógico, no parecía haber mucha población y menos delincuencia.

Cuando estaba buscando en el bolso la documentación para llamar al teléfono de contacto que me habían facilitado en la agencia española, oí que se abría una puerta lateral. De ella salió un hombre joven, vestido con vaqueros y camiseta negra, cargando una voluminosa bolsa de basura que casi era más grande que yo y que arrojó con una facilidad asombrosa en el contenedor situado al fondo del callejón, aunque debía pesar una tonelada. Con alivio lo reconocí, era el hombre que había visto en la imagen que me mostró la recepcionista, el Ken de Barbie. Me quedé un momento observándolo, ya que él no me había visto. Era más impresionante en la realidad que en la foto. Alto, más de un metro ochenta, fuerte pero ágil. Tenía el pelo ondulado más largo que en la foto, le rozaba los hombros y el viento hacía volar sus rizos en desorden. Era de un color rubio nórdico, con mechones casi blancos. No me extrañaba que dejara a las mujeres sin respiración, bueno, con la respiración agitada, para ser exactos.

En ese momento se giró dándose cuenta de mi presencia. Sentí que me ruborizaba. Él no podía ver mi rubor a la distancia en que me encontraba, pero, sin embargo, sonrió con suficiencia y me dirigió una mirada que se paseó con descaro desde mi coronilla a mis zapatos todavía mojados por la lluvia de Edimburgo.

Recorrí la distancia que nos separaba con paso no muy firme y le extendí la mano.

—Hola, soy Sakura Haruno —dije a modo de saludo.

Él de forma automática la tomó y dándome un fuerte apretón, contestó con una expresión dubitativa en el rostro:

—Naruto Namikaze.

Lo miré a los ojos, eran de un azul profundo, cubiertos por pestañas de color rubio oscuro. Tuve que levantar la cabeza y estirar el cuello para quedar casi a la altura de su mirada.

—Soy Sakura —repetí; quizá era un poco sordo—. Sa-ku-ra Har-uno —repetí un poco más alto, separando las sílabas.

—¿Y qué se le ofrece, Sakura Haruno? —pronunció mi nombre con una cadencia musical que hizo que me estremeciera, o quizá fuera el frío viento.

—Soy la nueva camarera —murmuré con voz algo temblorosa. Empezaba a sentirme un poco ridícula ahí plantada.

—No eres un hombre —me miraba fijamente, taladrándome con esos asombrosos ojos del color del mar embravecido.

—No lo era la última vez que me miré en un espejo —recuperé algo de brío.

Echó la cabeza hacia atrás y rio. El sonido de su profunda carcajada hizo que retrocediera un paso.

—Esperábamos a un hombre, un tal Rodolfo —dijo con la sonrisa en la boca.

—Sí, Rodolfo langostino ¡no te fastidia! —mascullé en voz baja comenzando a enfadarme. Estaba demasiado cansada para tonterías.

—¿Qué has dicho? No te he entendido —replicó él interrogante.

—¿No hablas castellano?

—No.

—¿Nada de nada? —tenía que asegurarme.

—Ni una palabra.

—Mejor —por primera vez sonreí con ganas contestándole en inglés. Ahí tenía ventaja.

Él me observó con más atención, si es que eso era posible, con la duda flotando en su mirada.

Aproveché para sacar del bolso la documentación que tenía que entregarle y se la extendí.

—Ha habido un cambio de última hora, espero que no sea un problema, creo que estoy suficientemente capacitada para desempeñar el trabajo requerido —expliqué despacio, todavía me costaba hablar en inglés y mi pronunciación sonaba extraña hasta para mis oídos inexpertos.

—¿Has trabajado antes sirviendo copas? —su tono se había vuelto eficiente.

—No —decidí ser sincera—, pero sí que he trabajado de cara al público varios años.

Pude notar la duda en su rostro. Y en un acto reflejo volví a cruzar los dedos de la mano que tenía libre a mi espalda. Él enarcó una ceja rubia interrogante.

—Mañana veremos si eso es suficiente. Preséntate a primera hora y te explicaré cómo va esto —contestó finalmente.

—¿A qué hora? —esperaba que no fuera demasiado pronto. Tenía la sensación de que si me acostaba podría dormir veinticuatro horas seguidas.

—A las siete de la mañana.

—¿Qué? —hice un cálculo rápido, más o menos tendría que levantarme a las cinco para llegar puntual. Noté una vez más su mirada fija en mí, con dureza—. Aquí estaré —afirmé.

—Muy bien. Hasta mañana, entonces —se despidió mientras se alejaba hacia la puerta lateral.

—Un momento —lo paré sujetándolo por el brazo. Su piel estaba cálida al contacto con mi mano helada.

—¿Sí?

—¿Dónde puedo coger el autobús a Lewinston? —pregunté.

—Se coge allí, en esa marquesina —señaló unos cien metros en dirección recta—. Pero yo no me molestaría, el último ha salido hace más de media hora —contestó consultando su reloj.

—¿Y dónde puedo coger un taxi? —inquirí preocupada.

—No hay.

—¿Qué?

—Aquí no hay taxis —repitió, para mi fastidio con tono divertido.

—¿Y cómo puedo llegar a Lewinston entonces? —la taquicardia había vuelto. Ya me veía durmiendo en la puerta del pub.

—Caminando sería una buena forma, no está demasiado lejos, unas dos millas —contestó, lo que significaba unos tres kilómetros más o menos y cargando dos voluminosas maletas. Era demasiado. Intenté algo desesperado.

—¿Y no me podrías acercar tú? Podría pagarte si fuera necesario, yo...

No me dejó terminar.

—Me imagino que traerás maleta, ¿no?

—Sí, dos —respondí esperanzada.

—Pues no puedo llevarte, preciosa —señaló una moto aparcada al fondo sonriendo. Una moto de montaña, obviamente para un solo ocupante, como mucho dos y apretados, pero de maletas ni soñarlo.

—Pues muchas gracias, precioso —remarqué la última palabra fastidiada.

—No hay de qué, guapa —respondió él girándose.

Yo hice lo mismo y me encaminé hacia la puerta principal donde había aparcado las maletas.

Oí que decía algo.

Me volví y le pregunté:

—No te he entendido, ¿puedes repetirlo?

—¿Hablas gaélico?

—No —respondí desconcertada.

—Mejor —contestó él con una última sonrisa jactanciosa de despedida.

Maldito estúpido, arrogante, engreído... y cuantos adjetivos al respecto se me ocurrieron, pensé enfadada mientras recogía de nuevo mis maletas y emprendía el largo camino a Lewinston, mi hogar durante los siguientes tres meses. ¿Gaélico? Pero si apenas nadie hablaba ya aquel idioma, será cretino...

Cuando no llevaba más de quinientos metros recorridos, añoré con cariño el autobús infernal que me había llevado hasta allí. Estaba exhausta. Las bailarinas de piel que se estaban secando, me producían heridas en los pies desnudos, me dolían las piernas de una forma que hacía que deseara arrancármelas, los músculos de los brazos me tiraban hasta las cervicales de arrastrar el peso de las maletas y el bolso continuamente se me deslizaba del hombro hasta caer a la mano cerrada sobre el asa del trolley. Finalmente, cansada de tanto parar para recolocármelo, decidí colgármelo del cuello como hacen las ancianas cuando van a comprar al mercado temiendo que alguien se lo robe de un tirón. ¿Sería legal hacer autostop? Francamente, daba igual, no había pasado ni un solo vehículo en todo el trayecto.

Después de casi dos horas de largo y agotador camino en el que tuve que hacer varias paradas, llegué a la casa de los señores Sarutobi, mis caseros, aterida, hambrienta y desesperada por una ducha caliente.

Traspasé la verja de madera verde, algo necesitada de una buena mano de pintura, anduve los cuatro pasos que me separaban de la puerta y llamé a la aldaba, primero suavemente, calculando el impulso del sonido y, después, cuando vi que no había respuesta, golpeando con los puños la puerta lacada también de verde, que, como pude averiguar esa misma noche, era el color preferido de la pareja.

Después de lo que me pareció una eternidad, oí movimiento dentro de la casa y una luz se encendió en el piso superior. Esperé pacientemente a que me abrieran la puerta. No lo hicieron, en vez de ello oí una pregunta proferida con brusquedad y con un fuerte acento escocés de una mujer.

—¿Quién es usted?

—Soy Sakura Haruno —contesté con voz firme pegándome a la puerta.

—¿Y qué quiere a estas horas? —el mismo tono brusco.

Me quedé desconcertada sin saber muy bien qué decir, parada ante la puerta de forma estúpida.

—Soy su inquilina española —resumí finalmente.

Silencio al otro lado de la puerta. Oí susurros y finalmente el sonido de cerrojos al ser corridos.

Ante mí se presentaron los señores Sarutobi, Biwako y Hiruzen. Eran una pareja de mediana edad, ella bastante voluminosa, con rulos en la cabeza, envueltos en una redecilla y cubierta por una bata de paño verde con flores rojas, él un hombre delgado casi calvo, con otra bata exactamente igual, pero ésta sin flores.

—Pero bueno, mujer, creímos que ya no llegabas hoy y nos habíamos acostado. Pasa, pasa, querida, no cojas frío —el tono de su voz ahora se había vuelto amable y me sentí tan agradecida que tuve hasta ganas de llorar.

Entré al interior cálido de la casa, que olía al guiso que probablemente hubieran cenado, algún tipo de carne estofada. Pero lo más importante es que allí había una cama para mí.

—Hiruzen —exclamó con tono autoritario la mujer—, coge las maletas de la niña, vamos, que entra el frío de la noche.

Hiruzen, presto a obedecer ante el tono de sargento de infantería de su mujer, introdujo mis maletas en el pequeño vestíbulo gruñendo un poco debido a su peso.

Me presenté oficialmente dándole dos besos a cada uno, lo que les sorprendió bastante y produjo un cruce de miradas entre risitas de complicidad.

—¿Quieres que te caliente algo para cenar, querida, o prefieres acostarte? —esa mujer me leía el pensamiento. Eso o que mi cara demostraba claramente el cansancio acumulado.

—Tomaré si es posible un vaso de leche con cacao —contesté. Me veía incapaz de que mi estómago soportara algo más sólido.

—¿Un té? —propuso ella.

—No, gracias. Leche con cacao, si puede ser —dije yo.

—¿Un café? —volvió a preguntar.

—No tomo café por la noche, gracias. Un cacao será suficiente —respondí otra vez. ¿Acaso no me entendían?

—¿Alguna infusión? Una manzanilla, quizá —inquirió esta vez con más firmeza.

—Sí —contesté vencida—, eso sería estupendo.

—Muy bien, querida —sonrió de nuevo—. Hiruzen ve calentando el agua mientras yo le enseño su habitación.

Hiruzen fue arrastrando los pies hacia la derecha, donde debía estar la cocina. Todavía no había pronunciado una palabra. Con esa mujer al lado era francamente difícil. Sentí pena y algo de compañerismo por mi casero.

Subimos las escaleras cubiertas por una maqueta verde musgo, algo desgastada en los bordes, por el roce de numerosas pisadas, hasta parar en el piso superior. El descansillo del primer y único piso era pequeño, dividido por tres puertas. Una de ellas, según me explicó, era su dormitorio, la que estaba situada frente a las escaleras, el que me habían adjudicado y la puerta de la derecha el baño.

Abrió la puerta de mi habitáculo y encendió la luz. Yo miré alrededor con franca curiosidad. Era una habitación pequeña, con una cama nido pegada a la pared, sobre ella una ventana con unas cortinas verdes corridas. La cama estaba cubierta por un edredón de Cars, en el que Rayo McQueen me guiñaba el ojo. Era la única nota de color de toda la estancia. Una mesa de estudio con un ordenador de la era pleistozoica, un flexo negro y una silla eran todos los muebles.

—Es la habitación de mi hijo —explicó Biwako—. Ahora se ha ido a trabajar a Estados Unidos y hemos aprovechado para alquilarla. Nos viene muy bien el dinero extra —señaló. Yo tomé nota y abrí el bolso para abonarles el mes por anticipado, que era lo acordado—. Eso y la compañía, claro —añadió como una obviedad, una vez que le entregué el sobre con el pago.

Un segundo después, entró Hiruzen arrastrando mis pertenencias. Con las maletas y tres personas en la habitación, casi no podíamos movernos, así que se despidieron y dijeron que me esperaban en el salón por si necesitaba algo más.

Abrí la maleta más grande y saqué lo imprescindible para darme una ducha, ya me tomaría la infusión después. Entré en el baño cargada con toallas, secador y un voluminoso neceser. Lo dejé todo en el suelo, obviamente enmoquetado, corrí las cortinas de la bañera y abrí el agua.

Me moría por sentirla cayendo con fuerza por mi cabeza, arrastrando toda la suciedad y cansancio del viaje. Busqué la alcachofa algo desorientada. Miré hacia arriba y hacia abajo, incluso debajo del grifo de la bañera, pensando que quizá era móvil. No la encontré. Era lógico. No existía. Recordé demasiado tarde un programa de viajes en el que mencionaban como anecdótico que los ingleses solían enmoquetar los aseos y darse largos baños en agua caliente. Baños, no duchas. Y ¿ahora cómo demonios me voy a lavar el pelo? Pensé con desesperación. Tardaría más de una hora y eso con suerte. Con infinita paciencia dejé que la bañera se llenara hasta la mitad, mientras las tuberías resollaban y crujían como si trajeran el agua del mismo Loch Ness. Con placer me sumergí en el agua caliente dejando que mis doloridos músculos se destensaran. No tenía mucho tiempo. Era bastante tarde y no quería incomodar más a mis caseros. Me enjaboné el pelo y emprendí la ardua tarea de aclarármelo. Me puse de rodillas frente al grifo. Una posición harto ridícula. Dejé correr el agua una vez más e intenté meter la cabeza debajo. El chorro me golpeó con fuerza en la cara haciendo que escupiera y me atragantara. Me sujetaba con una mano al borde de la bañera y con la otra intentaba meter la mata de pelo bajo el cálido líquido. Como no era suficiente, solté la mano izquierda del asidero de la bañera intentando abarcar casi toda mi cabeza bajo el grifo. Sin apenas estabilidad me resbalé, cayendo de bruces sobre la bañera llena de agua, creando una ola que mojó toda la moqueta que la rodeaba y haciendo que tragara más agua. Me incorporé tosiendo y escupiendo agua enjabonada. Mi pelo flotaba como algas pegándose a mi rostro atrapando el jabón contenido en la bañera. Maldije en todos los idiomas que conocía. Volví a empezar todo el proceso y después de un buen rato, en el que me había golpeado tantas veces la cabeza con el grifo como para dejar un buen rastro de chichones y bultos, conseguí aclararlo del todo.

Me levanté y sequé con la toalla, sintiéndome tan orgullosa de mi proeza como el general Patton cuando venció a las tropas de Rommel.

Cogí el secador y revolví en el neceser buscando el adaptador para el enchufe de tres clavijas. Saqué cepillos, cremas, jabones, maquillaje, pinzas, más cremas... pero nada, ni rastro del maldito adaptador. El que me lo hubiese olvidado no entraba en mis planes. Vacié todo el contenido del neceser volcándolo en el suelo. Nada. No estaba. Con otra maldición, pronunciada en voz baja, asumí el hecho de que no me había olvidado el maldito consolador, pero sí el adaptador para que todo lo que tuviera que enchufar no funcionara. Golpeé con fuerza el suelo con las manos y una vocecilla en mi cabeza me recordó que el consolador por lo menos funcionaba con pilas.

Con resignación me sequé el pelo con una toalla lo mejor que pude, me vestí con un pijama rosa de Hello Kitty y una bata de felpa a juego, último regalo del día de la madre de mi hija y bajé al salón donde me esperaban los señores Sarutobi.

Los encontré dormidos, sentados en el sofá tapizado con flores, apoyados, cabeza con cabeza. Carraspeé incómoda. Biwako despertó de inmediato, Hiruzen, sin embargo, siguió roncando con la fuerza de cien cañones.

—¿Querida, ya te has bañado? —preguntó con voz somnolienta.

—Sí, gracias —respondí.

—Te he traído aquí la manzanilla y he pensado que te gustaría comer algo, así que hemos abierto una caja de galletas de mantequilla, ¿te gustan? —inquirió enarcando las cejas.

—Sí, desde luego —contesté. El olor de las galletas despertó a la fiera de mi estómago. Me comí cinco, una de tras de otra sin descanso, mientras sorbía la manzanilla, sentada entre los dos.

La señora Sarutobi me observaba asombrada.

—Pero, hija, ¿desde cuándo no habías comido?

No me pareció apropiado comentarles el accidentado viaje en autobús, así que le contesté masticando con fruición:

—Desde las cuatro de la mañana, antes de comenzar viaje.

—Vaya entiendo. No sabía que España estuviera tan lejos —murmuró sacudiendo la cabeza.

—Ni yo tampoco imaginé lo que me iba a costar llegar hasta aquí —dije con un suspiro—. A propósito —añadí—: ¿Cuándo sale el primer autobús a Drumnadrochit?

—A las ocho de la mañana de lunes a viernes y a las nueve sábados y domingos.

—¡Joder! —mascullé. Ante su mirada reprobatoria, de la que deduje que aunque no me entendieron, el significado quedó perfectamente claro, me corregí—. ¡Vaya fastidio! Tengo que estar a las siete de la mañana en mi trabajo.

El pensar en recorrer otra vez tres kilómetros a pie hacía que deseara volverme a España con mucha intensidad.

—Bueno, puedes utilizar la bicicleta de Asuma, no creo que le importe, tampoco es que vaya a utilizarla mucho ahora, ¿no? —se le escapó una risita.

La última vez que había montado en bicicleta, en la televisión no emitían más de dos canales y la mascota del mundial de fútbol era Naranjito, así que no estaba muy segura de que fuera buena idea.

—Verá —comencé—, hace muchos años que no monto en bicicleta...

—Pero, querida —me interrumpió ella—, eso nunca se olvida. Te lo aseguro.

Yo lo dudaba, pero no había otra opción.

—Lo único —vaciló y yo me temí lo peor—, es que está algo oxidada y quizá necesite algunos arreglos.

¡Dios mío! ¡Es que nada iba ser fácil!

—Hiruzen —lo despertó con un fuerte codazo en las costillas—, acompaña a Sakura al patio trasero, que necesita la bicicleta de Asuma.

Hiruzen se estiró y gruñendo me acompañó al patio. El aire frío de la noche nos envolvió y yo me arrebujé en la bata deseando volver pronto al calor del hogar. Encendió una pequeña bombilla que pendía de una pared de ladrillos. Bajo ella estaba mi medio de transporte.

Una bicicleta marrón, o lo que quedaba de ese color, porque la mayoría estaba oxidada, con las ruedas desinfladas y el sillín rajado por dos sitios, como si hubiesen querido escribir una cruz. Mi moral descendió otra vez a los infiernos.

—Tiene la cadena suelta —informó Hiruzen, con voz grave. Era la primera vez que hablaba y pegué un respingo en la fría y oscura noche.

No esperó que yo respondiera.

—Te la ajustaré —dijo cogiendo una palanca de hierro de algo que parecía un montón de trastos amontonados en un rincón y con bastante maña la colocó, girando los pedales probando que funcionara.

Se levantó del suelo gruñendo y finalizó:

—El inflador está ahí, también convendría engrasarla un poco —me indicó entregándome un pequeño bote de aceite industrial—. Te dejo —añadió como despedida—, para que vayáis conociéndoos —se rio de su propio chiste con una carcajada grave y sonora.

Yo no me reí, ni siquiera brotó una leve sonrisa en mi gesto cada vez más descompuesto.

Hiruzen asomó otra vez su rostro por la puerta, me giré a mirarlo.

—Recuerda que no tiene frenos, tendrás de agenciarte unas pastillas mañana, así que ten cuidado, no corras demasiado —me aconsejó cerrando la puerta.

Maldiciendo a Escocia, los escoceses, los autobuses, la bicicleta y a mí misma como principal precursora de aquella charada, me puse manos a la obra.

Nunca había sido muy mañosa, mi principal habilidad siempre había sido el lema: si algo se estropea, se tira, se compra otro y ya está. Allí, aquello no me servía de nada. Así que respirando entre dientes cogí el inflador, desatornillé la boquilla y comencé a insuflar aire a las ruedas rezando por que no tuvieran también algún pinchazo.

Cuando terminé con las dos ruedas, pasada más de una hora, cogí el pequeño bote de aceite y rocié todo lo que no fuera el asiento como si estuviera aliñando una ensalada. Tampoco sabía muy bien dónde tenía que esparcirlo, así que arrojarlo por doquier, me pareció la mejor opción.

Con las manos negras, grasientas y aterida de frío entré en la casa y me arrastré hasta la habitación. Miré la hora, las dos y media de la mañana, me quedaban unas tres horas de sueño. Tenía tanto frío que me acosté incluso con la bata, total, para tres horas... Incómoda noté un bulto hacia la mitad de la cama. Me levanté y metí la mano entre el somier y el colchón, sacando un buen montón de revistas pornográficas. ¡Vaya con el hijito...! Pensé sonriendo. Por el momento las dejé en el suelo, al día siguiente ya les buscaría un escondite mejor que bajo mi trasero.

Puse la alarma del móvil a las cinco de la mañana y girándome fui engullida por la almohada. En el último pensamiento racional antes de caer profundamente dormida, recordé que no había llamado a España para comunicar que había llegado sana y salva, bueno, por lo menos entera.

No me percaté en mi agotamiento de que tampoco había recibido ninguna llamada por parte de mi familia para preguntarme cómo había llegado.