Capitulo 5


Todo tiene su principio, lo bueno y lo malo

The final countdown de Europe sonó irrumpiendo como un trueno en la tranquila y silenciosa noche escocesa. Me giré adormilada, envuelta en el edredón como una croqueta, sentía que apenas había transcurrido un nanosegundo desde que me quedara dormida. Le di a la tecla de pausa cuando la canción estaba a punto de finalizar, mis movimientos eran lentos y torpes. Los párpados me pesaban como el plomo y solo levantarme de la cama provocó varias quejas de mis músculos doloridos.

Di un paso y tropecé con la montaña de revistas del hijo de mis caseros. Recogí las revistas desperdigadas y a falta de un escondite mejor las guardé en mi maleta y cerré la cremallera. Ya tendría tiempo esa tarde de organizarlo todo mejor.

Me vestí con un vaquero negro y una blusa blanca de cuello mao. Me maquillé un poco, tampoco podía hacer nada por mis ojeras, dos círculos negros rodeaban mis ojos dándome la apariencia de un zombi. Me dejé el pelo suelto; a falta de secador y con la humedad de las montañas, lo que habitualmente era una melena lisa ahora era un revoltijo de mechones ondulados.

Recogí un poco la habitación y abrí la ventana. Me asomé con curiosidad, daba al patio trasero, todavía no había amanecido y la bruma matinal lo cubría todo con un manto suave. El aire era frío, pero no llovía, aunque se respiraba humedad. Me quedé un momento allí, dejando que mi cabeza se despejara un poco más.

Bajé en silencio hasta la cocina, cuidando de no resbalar por la estrecha escalera. Los señores Sarutobi todavía no se habían levantado. La cocina era un cuadro espacioso, la parte izquierda estaba cubierta por muebles altos y bajos en formica blanca, en el centro una mesa con seis sillas. A la derecha estaba el enorme frigorífico y vi una puerta entreabierta que daba al cuarto de la lavadora y la secadora.

Abrí el frigorífico y cogí una botella de leche, busqué en los armarios un vaso y lo llené. No vi ninguna cafetera. Necesitaba desesperadamente una dosis de cafeína en mis venas. Busqué café soluble o achicoria o algo parecido. No encontré más que tarros con diferentes clases de té y una caja con bolsitas de infusiones. Resignada, calenté la leche en el microondas y me preparé para tomármela sola. Ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que tomé un vaso de leche caliente, probablemente cuando aún era un bebé al que amamantar.

Encontré pan de molde y mantequilla y me preparé dos tostadas. Me senté en la mesa a desayunar y cogí el móvil para comprobar si tenía mensajes o llamadas perdidas. Había varios Whatsapps de algunas amigas y compañeras de trabajo, pero nada de Sasori ni de mi madre. Comencé a preocuparme ¿habría pasado algo?

Me toqué el ombligo con gesto descuidado. Desde que nació Akane, si algo le ocurría, si se caía o simplemente tenía un disgusto, yo lo notaba en el ombligo, una sensación de tirón hacia el interior, recuerdo del cordón umbilical que nos unió a ambas durante más de nueve meses y que nos uniría de por vida. No sentí nada. Pero aun así estaba algo preocupada, en cuanto tuviese un momento llamaría.

De momento tecleé dos mensajes rápidos. Uno a mi madre: Mamá he llegado bien. Besos. Con mi madre no servían los textos largos ni las abreviaturas, todo tenía que ser claro y conciso. Había intentado varias veces explicarle cómo se mandaba un mensaje, sin conseguirlo. Al momento se le olvidaba y comenzaba a liarse y ponerse nerviosa dándole a todas las teclas a la vez. Yo me ponía más nerviosa todavía y me limitaba a gritarle: "¡Mamá lee, por Dios, lee lo que pone, que el móvil te guía!". Ella hacía caso omiso y decía que esos trastos no eran para ella. Al final la dejé por imposible. Solo conseguí que pudiera leer los mensajes que aparecían en la pantalla, es decir, solo tres o cuatro palabras; como si estuviese limitada a ciento cuarenta caracteres, mi madre tenía su propio sistema de Twitter: solo leía lo que aparecía una vez que diese a la tecla de "Ver mensaje". En vez de pulsar la tecla de descender y leer el resto del mensaje, pulsaba siempre la de borrar. Así que nunca tenía mensajes en la bandeja de entrada y siempre se quedaba a la mitad de la información. Aunque creo que tampoco le importaba mucho, ya que como buena madre española que era, lo que no leía, lo adivinaba o directamente se lo inventaba.

El segundo mensaje lo envié a Sasori: He llegado bien, el viaje muy largo y accidentado, ya te contaré. Os quiero. Bss.

Recogí los restos del desayuno, cogí mi bolso y salí al patio a coger mi bicicleta de la década de los setenta. Pesaba una tonelada y me costó transportarla en brazos a través de la casa más de lo que pensaba.

Una vez fuera, con los restos de la noche dando paso a lo que prometía ser un día luminoso, me puse el iPod, sujeté el bolso y emprendí camino, acompañada por una banda sonora consistente en un ¡chiriiiiii, ñiiiiiii! de la bicicleta. Molesta, subí el volumen del iPod. Por lo visto no la había engrasado bien. Tomé nota mental de volver a rociarla con aceite esa tarde. Algo tambaleante al principio, empecé a coger ritmo a los pocos metros. La señora Sarutobi tenía razón, montar en bicicleta nunca se olvida.

Una vez que salí de Lewinston enfilé la carretera a Drumnadrochit, que consistía en un camino asfaltado, sin arcenes ni nada que se le pareciera, rodeado de prados, con alguna casa salpicada aquí y allá.

No oí el sonido del claxon, ni tampoco me percaté de las señales luminosas, concentrada como iba en no caerme. Un coche me adelantó solo a un metro de distancia, ni siquiera me rozó, pero me pegó tal susto que giré bruscamente el manillar y acabé cayéndome en la carretera, golpeándome la mano al parar en una piedra con aristas cortantes del tamaño de mi puño cerrado.

Me levanté de un salto, más avergonzada que dolorida. El coche, un Audi A5 negro, redujo un poco la velocidad, pero no se detuvo. Sujeté el pedrusco entre mis manos, grité lo más fuerte que pude "¡gilipollas!" y siguiendo un impulso furioso lancé la piedra contra el automóvil. Apunté a los círculos entrelazados que mostraban la marca del coche.

Nunca he tenido muy buena puntería. De hecho la tenía bastante mala. Cuando solíamos jugar con los amigos en alguna competición de diana, nadie quería tenerme en su equipo, ya que siempre clavaba el dardo fuera del círculo, pero ni siquiera cerca, sino a un metro más o menos de distancia.

Con asombro vi volar la piedra a la velocidad del rayo y chocar en la luna trasera. El coche frenó en seco al notar el impacto y como si fuese un dibujo animado pude ver y hasta oír cómo se resquebrajaba el cristal haciéndose mil pedazos.

Observé como la puerta del conductor se abría. Mascullando algo ininteligible, salté hacia la derecha cayendo por un terraplén terroso hasta quedar a unos dos metros de la carretera, busqué con la mirada desesperadamente dónde esconderme y solo encontré un pequeño matorral de brezo. Con la respiración agitada y el corazón martilleándome me metí detrás del matojo, haciéndome un ovillo.

Los auriculares se habían caído de mis orejas y pude oír claramente el golpe de los pasos sobre la gravilla. Esperé encogida sobre mí misma. Los pasos se detuvieron y oí un carraspeo, un sonido gutural de hombre. Me quedé quieta y hasta se me olvidó respirar.

—¿Crees acaso que una aliaga te puede esconder, muchacha? —tenía una voz grave y profunda, que sonó bastante enfadada.

Sintiéndome bastante ridícula decidí plantarle cara, así que me incorporé con dificultad y me giré.

Me quedé sin habla. Frente a mí, en el borde de la carretera, había un gigante. La luz del amanecer lo iluminaba por la espalda, dando la impresión de que tapaba un foco en un escenario. Los primeros rayos tímidos de sol se quedaron atrapados en su cabello, de un intenso color negro, que se ondulaba en las puntas que le llegaban a la altura de las orejas. Y alto, muy alto. Y fuerte, su apostura con las piernas enfundadas en un vaquero, un poco abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho que cubría un jersey negro de cuello vuelto era la de un guerrero. "¡Oh, Dios mío!", pensé, "¡Es un vikingo!". Si llevara el pelo más largo con barba, casco metálico y portara un hacha, sería como un temible vikingo, de esos que matan a los hombres y violan a las mujeres. Tuve el primer sofoco de mi vida, un calor repentino y abrasador se creó en mis entrañas y fue subiendo para dejar su marca en mis mejillas teñidas de un rojo bermellón.

—Ah —balbuceé—, no, yo... es que... —buscaba las palabras adecuadas pero era incapaz de expresarme con claridad.

—¿Estás herida? —el tono de su voz cambió a preocupado y comenzó a descender los dos metros que nos separaban con una agilidad asombrosa.

—No —dije y retrocedí un paso algo asustada. Volví a resbalar y me caí de culo en un barrizal.

Él me sujetó por los hombros y me puso de pie con extraordinaria facilidad. Comenzó a palparme por todo el cuerpo, buscando heridas, supuse. Cuando llegó a mi cabeza, me revolvió todo el pelo, apartándome los mechones de la cara. Le intenté dar un manotazo. Él me apretó con fuerza la muñeca.

—Cuidado con lo que haces, muchacha —me miró directamente a los ojos. Quedé atrapada por la mirada más oscura que había visto nunca, sus ojos eran como el cielo en una noche de invierno, el cielo de mi tierra, no el tormentoso de Escocia, enmarcados en unas largas pestañas negras. Me pregunté si tendría el mismo color del pelo de... El sofoco volvió y con él el calor a mis mejillas.

—Normalmente antes de meterme mano, me suelen pedir una cita — respondí con la muñeca todavía sujeta.

Él me miró sorprendido y abriendo aún más los ojos, giró la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Me fijé en su largo y fornido cuello y en su mandíbula cuadrada, alineada en perfecta simetría con su recta nariz. ¿Qué me pasaba? Parecía una adolescente hormonada. Sin embargo, su rostro no era amenazador, sus ojos ónix bajo unas tupidas cejas oscuras parecían demasiado dulces para un rostro tan varonil. Lo primero que pensé fue: es un buen tío; lo segundo que pensé: este tío está muy bueno; y lo tercero no lo pensé, lo sentí en forma de un cosquilleo en mi entrepierna, que hizo que enrojeciera hasta la raíz del pelo.

—Te has golpeado la cabeza —no era una pregunta.

—No ha sido la caída —respondí.

—Ah, ¿no? —pareció dudarlo y volvió a emitir esa especie de sonido gutural que brotaba de su garganta como un gruñido.

—No, fue anoche. Me atacó un grifo —expliqué.

—¿Un grifo? —ahora parecía totalmente desconcertado.

—Sí, un grifo escocés —repetí remarcando la última palabra con desprecio.

—Pues, por lo que veo ganó la batalla.

—Te equivocas, la gané yo —lo miré desafiante. Sus ojos brillaban divertidos, como si supiera algo que era desconocido para todos los demás. Me solté de su mano y sentí mucho frío de repente.

—¿Eres española?

—Sí.

—Ya veo.

—¿Y qué ves? —respondí bruscamente.

—Ibas por el lado contrario de la carretera, aquí conducimos por la izquierda. Lo sabes, ¿no?

Lo sabía sí, pero no lo recordaba.

—Me has destrozado la luna trasera del coche —su tono se había vuelto serio.

—Lo siento, de verdad. No quería. Fue, no sé, un impulso tonto... —no sabía muy bien cómo explicarlo.

—Tienes muy buena puntería —me taladró con la mirada.

—En realidad no la tengo, quería darle a la marca del Audi —respondí algo pesarosa.

Él frunció sus labios carnosos, reprimiendo una sonrisa, que finalmente brotó de su boca ancha, mostrando toda su dentadura. Su dentadura perfecta, claro, cómo no. Me sentí pequeña, fea y descuidada, cubierta de barro y con el pelo como Medusa.

—Tendrás algún tipo de seguro, ¿no? —preguntó.

Lo tenía, sí, un seguro de viaje, pero dudaba mucho que cubriese el lanzamiento con piedra a cristal de automóvil, con resultado de rotura.

—¿No puedo pagártelo sin recurrir al seguro? —pregunté con voz temblorosa, no sabía muy bien si por el frío o por los nervios.

Pareció pensarlo un momento.

—Sí, está bien —dijo finalmente.

—Trabajo en el pub Uchiha, puedes pasarte por allí, me dejas la factura, un número de cuenta y te hago la transferencia —lamenté mi impulso estúpido, seguro que la luna de ese coche costaba una pequeña fortuna.

—¿En el pub Uchiha? —preguntó él.

—Sí, ¿lo conoces?

—Perfectamente.

—Bien, pues quedamos en eso, entonces. Me voy que llego tarde al trabajo —dije comenzando a subir el pequeño terraplén de tierra.

Él me sujetó otra vez el brazo y me ayudó a escalar. No me soltó hasta que estuvimos los dos en la carretera.

—Gracias —murmuré, sacudiéndome un poco el barro de los pantalones.

—No hay de qué —respondió él —recuerda, por el otro lado.

Se dirigió con paso firme al coche aparcado unos metros más adelante, limpió con una mano los cristales diminutos enviándolos dentro del habitáculo, arrancó y desapareció de mi vista. Por un momento deseé que también de mi vida, pero hay que tener cuidado con lo que se desea no vaya a ser que se haga realidad.

Suspirando me subí a la bicicleta y emprendí otra vez camino, esta vez por el lado correcto de la carretera.

Llegaba tarde, lo sabía sin mirar siquiera el reloj. Aceleré mis pedaleos, pero la pobre bicicleta no daba para más. Jadeando, la aparqué en el callejón, junto a la moto de mi jefe.

Entré como un vendaval en el pub. El local tenía forma rectangular y era bastante amplio. La barra cubría casi toda la pared izquierda, con forma de L; a la derecha y al fondo había varias mesas y sillas, y un pequeño escenario. A mi izquierda, iluminadas por la claridad exterior, unas pocas mesas más. La decoración era austera pero tradicional. Me gustó mucho. Primaba la madera y el bronce, en las paredes colgaban mezclándose tapices y cuadros con escenas y paisajes de las Highlands. Todo el conjunto resultaba confortable y acogedor.

Una cabeza rubia asomó detrás de la barra.

—Llegas tarde, señorita Haruno.

—Lo siento, he tenido un pequeño accidente en el camino. Ah, y soy señora, estoy casada —aclaré hablándole al mostrador, ya que Naruto se había vuelto a agachar.

La cabeza emergió de nuevo.

—¿Casada?

—Sí, ¿no lo pone en la solicitud? —pregunté extrañada.

—No lo he mirado, yo no me encargo del papeleo. Eso lo hace el gran jefe.

—Ah, bueno. También tengo una hija —añadí, como si la información fuese necesaria. No lo era, pero yo siempre aprovechaba cualquier oportunidad que tenía para mencionarlo. Acordarme de Akane, hizo que mi corazón se encogiera un poquito con una punzada de añoranza.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó extrañado.

—Treinta y dos —contesté yo— ¿por qué?

—Pareces más joven.

No sabía si era un elogio, pero me lo pareció, así que contesté:

—Gracias.

Me miró de arriba abajo viendo mi ropa manchada de barro y mi pelo revuelto, en parte por el viento y en parte por el examen a que me había sometido el hombre del Audi.

—¿Qué demonios te ha pasado?

—Tuve un accidente con un idiota.

Naruto enarcó las cejas esperando una explicación mejor.

—Un idiota con un Audi negro.

—Ah, ¿sí?

—Casi me atropella —exclamé yo exagerando bastante.

—Pues parece que te ha pasado por encima varias veces.

—Bueno, es que me caí por un terraplén —expliqué.

—¿Te has hecho daño?

—Ah, no. Nada más que algún rasguño.

—Mejor. No quisiera que tu primer día te cogieras una baja.

—Vaya, gracias por tu interés —dije un poco molesta.

—¿Y el idiota del Audi tiene nombre?

—Pues, no se me ocurrió preguntárselo —añadí pesarosa—. Pero tiene unos ojos negros preciosos —¿había dicho eso último en voz alta?

Naruto rio.

—Muy propio de las mujeres. Tienes un accidente de coche y ni siquiera se te ocurre preguntarle su nombre al que te atropella, sin embargo, te fijas en que tiene los ojos negros. Por lo menos apuntarías la matrícula, ¿no? —dijo poniendo los ojos en blanco.

—Eh... no —contesté finalmente—, pero quedé con él que se pasaría por aquí a entregarme la factura de la luna rota —aclaré demostrando que no era completamente estúpida.

—¿Luna rota? O sea, que verdaderamente te atropelló —su tono ahora era serio.

—No, la luna se la rompí yo.

—Y ¿con qué?, si puede saberse.

—Con una piedra.

—¿Con una piedra? —su tono era divertido.

—Sí.

—Y ¿cómo llegó la piedra a la luna del automóvil?

—Pues... se me cayó de la mano —dije después de una pequeña vacilación.

—¿Se te cayó? —sus ojos brillaban divertidos.

—Sí, no fue premeditado, solo... que la piedra estaba allí y el coche también y yo estaba enfadada porque me había tirado y...

—Y la piedra se te cayó en su luna, ¿no? —rio Naruto.

—Sí, algo parecido —terminé yo.

—Pues el idiota del Audi con unos preciosos ojos negros tiene que estar bastante enfadado —añadió divertido.

—Me temo que sí, pero como le voy a pagar el arreglo espero que todo quede en una mera anécdota —aclaré.

—Oh, sí, seguro que acabará convirtiéndose en una anécdota muy divertida. Ya lo verás —rio de nuevo.

Yo no lo encontraba tan divertido y en realidad esperaba que se solucionase cuanto antes.

—Ven —exigió finalmente viendo mi vacilación—, voy a presentarte al resto del equipo del pub Uchiha.

Me indicó con la mano una puerta al fondo de la barra, abriéndola ligeramente para que pasara yo primero.

Era la cocina, muy pequeña, pero en perfecto orden. Una mujer mayor estaba inclinada sobre una cacerola que olía a las mil maravillas. Levantó la vista cuando entré. Se limpió las manos en el delantal floreado y me tendió su mano derecha. Le ofrecí la mía a cambio.

—Soy Chiyo —exclamó sonriendo—, tú debes ser la chica española, ¿no?

—Sí —sonreí a mi vez—, me llamo Sakura.

Chiyo cogió una cuchara de madera y dio unas cuantas vueltas al guiso que estaba cocinando, la sacó con un poco de salsa y sosteniéndola con cuidado me la ofreció.

—Toma, pruébala y me dices qué te parece —sugirió con insistencia.

Hice lo que me pedía sin rechistar, soplé un poco la humeante cuchara y probé. Sabía deliciosa. Suave y a la vez un poquito picante.

—¿Qué es? Está buenísima —pregunté.

—Es mi salsa secreta. Nadie puede resistirse a mis patatas rellenas, soy famosa en toda la zona por ello —afirmó satisfecha.

—No me extraña —añadí yo.

—Me gusta —dijo dirigiéndose a Naruto como si yo no estuviese delante y escuchándolo todo— pero estás muy delgada —añadió dirigiéndose esta vez a mí. El que estuviese cubierta de barro no pareció preocuparla en absoluto, solo la falta de carne en mis huesos.

—Eso dice mi madre —contesté yo riendo.

—No parece que le hagas mucho caso, aunque tenga toda la razón.

—Debe ser un defecto de las hijas, yo también le digo a la mía que las madres siempre tienen la razón, pero se empeña una y otra vez en ignorarlo —respondí.

Ella rio, con una risa clara y cristalina. Tenía un marcado acento escocés, mucho más cerrado del que tenía Naruto, pero por extraño que pareciera, me costaba mucho menos entender ese tipo de acento que uno que fuera inglés.

—Dile que no se preocupe, que aquí te cuidaremos bien y pondremos algo de carne en esos huesos.

—Se lo diré, seguro que la dejo más tranquila.

Chiyo me recordó mucho a mi madre, siempre preocupada por si comía o no lo suficiente. Muchas veces solía llamarme por la tarde con el solo motivo de preguntar:

"—¿Qué has comido?

—Comida, mama —contestaba ya cansada de la misma pregunta una y otra vez.

—Esos modales, niña —me reñía ella.

—Perdón. Comida, madre —contestaba yo fastidiándola.

—Eres imposible.

—Tengo a quién parecerme.

—Arggg—terminaba colgándome el teléfono."

A continuación me explicó que venía tres veces al día, a primera hora para preparar los desayunos, a mediodía para los almuerzos y a media tarde para las cenas. Que muchas veces los dejaba a medio preparar y que tendríamos que ser nosotros quienes finalizáramos el plato. Me enseñó cómo funcionaba la cocina y dónde guardaba la comida. Lamenté no haber llevado nada donde apuntarlo todo. Viendo mi confusión, ya que le pregunté tres veces cómo se encendía y apagaba la cocina de gas, toda una reliquia de los años veinte, apostilló:

—No te preocupes, querida, ya lo cogerás con los días. De todas formas está Naruto, que conoce perfectamente esto.

—Gracias —no estaba muy segura de que en unos días estuviera preparada.

—¿Sabes hacer tortilla de patata? —el súbito cambio de conversación me despistó.

—¿Tortilla española? —pregunté.

—Sí, esa. ¿Sabes prepararla? Yo no consigo que me cuaje nunca y el joven que estuvo el año pasado no tenía ni idea de fogones, ¿me entiendes? —me guiñó un ojo.

—El truco está en cortar las patatas en trozos muy finos y freírlos antes de mezclarlos con el huevo.

—¿Ah, sí? —murmuró sopesando un momento mi contestación—. No lo había pensado. ¿Me enseñarás?

—Claro —respondí—. No hay ningún problema —miré a Naruto que frunció un poco el ceño.

—Chiyo —amonestó— ella no ha venido aquí a cocinar, esas no son sus funciones.

—Oh, calla, pequeño Naruto —yo sonreí entre dientes. "¿Pequeño Naruto?", pero si casi le doblaba en estatura—, si sabe hacer algo útil eso hay que aprovecharlo.

Naruto pareció molesto por la pequeña reprimenda, pero no dijo nada. Deduje que se conocían desde hacía mucho tiempo.

—Conozco a Naruto desde que era un mocoso que no levantaba más de un palmo del suelo y siempre que hacía una trastada y su padre o su abuelo lo buscaban para aplicarle el castigo lo escondía aquí, en el hueco de la despensa, donde aprovechaba para comerse todas mis provisiones de dulces —Chiyo sonrió leyéndome el pensamiento.

Yo reí. Casi podía imaginarme a un pequeñajo rubio de la edad de mi hija corriendo a refugiarse en los brazos fuertes y sólidos de Chiyo.

—Chiyo —el tono de Naruto no era de reprimenda, pero sí de advertencia.

—Está bien, está bien. Iros, que seguro que tenéis muchas más cosas que hacer —estaba claro que ella siempre tendría la última palabra.

—Vamos, pequeño Naruto —le dije yo saliendo detrás de él. No di más que dos pasos y me tropecé con su ancho pecho.

La puerta de la cocina se cerró con un portazo tras de mí.

—No soy pequeño Naruto para nadie excepto para Chiyo, que te quede claro que no hay nada pequeño en todo mi cuerpo, ¿entendido? —me miró traspasándome con la mirada.

—Perfectamente claro —levanté la vista algo avergonzada, sin embargo, no parecía enfadado, sino más bien divertido. No tenía nada pequeño, salvo el cerebro, pero me abstuve de mencionarlo. Ese hombre me crispaba de una forma desconocida para mí.

—Vamos —señaló otra puerta detrás del escenario.

—Este es el almacén —explicó una vez que estuvimos dentro. Era un espacio cerrado y algo más grande que la cocina, no demasiado, lleno de cajas y estanterías con bebida. También había varios barriles de cerveza.

Cogió una caja de una de las estanterías y sacó un pantalón negro y una camiseta del mismo color.

—Toma —me dijo—, es el uniforme. Creo que es más o menos de tu talla —me tendió también un pequeño mandil negro con un bolsillo, en el que había una libreta y un bolígrafo—. Póntelo —ordenó saliendo del almacén.

Me cambié de ropa haciendo equilibrios para no caer sobre ninguna estantería. Me quedaba un poco justo, quizá una talla más me habría venido bien. Y me pregunté si no lo habría elegido aposta para hacerme sentir incómoda.

Salí y lo encontré detrás de la barra. Me paré en el centro sin saber muy bien qué hacer.

—Ven —no levantó la vista de lo que estaba haciendo.

Me agaché y pasé por debajo del arco reservado para camareros.

Me miró extrañado y se acercó.

—Se levanta, ¿sabes? —señaló cogiendo con un dedo la tabla de madera.

—Ah, bien —me sentí torpe e inexperta.

—¿Sabes escanciar cerveza? —preguntó.

—No lo he hecho nunca, pero beberla se me da muy bien —intenté mostrarme simpática.

—Bueno, eso no es muy útil cuando estás detrás de la barra, muñeca —contestó sonriendo.

Me mostró los grifos de cerveza, la denominada Scotish Ale, había unos veinte a lo largo de toda la barra. Según me explicó, históricamente en Escocia era imposible cultivar lúpulo que estuviese mínimamente bien, lo que produjo, junto con el clima frío del país, una cerveza en la que la malta era predominante, con una fermentación de la levadura más limpia que en otros lugares. Originalmente, el estilo de las cervezas escocesas estaba hecho con malta ligeramente marrón y mirto de los pantanos en lugar de lúpulo para la amargura, por lo que daba ese color tan característico y en ocasiones un sabor más afrutado que amargo.

Me aclaró que la clientela normal, los vecinos, solían ir todos los días, incluso algunos comían y cenaban allí. El resto de los clientes eran turistas, de todas las nacionalidades, me comentó que venían bastantes españoles y que de esos me encargara yo, ya que su inglés solía ser deplorable, que aunque el mío no era mucho mejor, por lo menos se me entendía. Sentí que me ardían las orejas. Era cierto que me costaba expresarme, pero yo creía que lo estaba haciendo bastante bien, hasta que oí su crítica.

Pasamos varias horas dentro de la barra, escancié una y otra vez cerveza, hasta que supe colocar el vaso en el ángulo correcto y dejar la cantidad exacta de espuma en el vaso.

Me mostró dónde guardaba las jarras y los medidores de whisky, que yo observé con curiosidad. Eran como una especie de dedales metálicos. Dos equivalían a un whisky doble. Los escoceses lo bebían solo o a veces con sifón, los extranjeros no entendían la diferencia entre un whisky solo y uno doble, y todo les parecía poco. En especial los españoles. Estaba empezando a enfadarme, pero no podía evitar pensar que tenía razón, en algunas cosas al menos.

—Los españoles —declaró en tono de profesor de colegio— lo piden mezclado con refresco de cola, que por cierto no saben pronunciar y siempre acaban pidiendo "polla". —Enrojecí, yo misma había confundido más de una vez la pronunciación de coke con cock—. Aquí no servimos blended, solo whisky de las siete confederaciones y ese no se mezcla con ningún refresco, ¿entendido?

—Eso creo. ¿Qué es un blended? —pregunté desconcertada, para mi el whisky era whisky, uno más caro que otro, pero pensaba que eso se definía por los años en barrica, como el vino.

—Los blended son whiskys mezclados. Se mezcla uno o más whiskys de malta con bebidas neutrales de grano con alto contenido en alcohol. Suelen ser los que mezcláis los sassenachs con refrescos —sonrió.

—Lo del whisky queda claro, pero ¿qué son los sassenachs? —pregunté de nuevo.

—Tú eres una sassenach —lo pronunció finalizando en un sonido parecido a la g española, pero que sonó melódico y extraño a mis oídos—. Sassenachs son los ingleses, pero también lo utilizamos con los extranjeros en general. Es gaélico.

—Ah, pues el sonido es tan dulce que no parece un insulto —murmuré yo dubitativa.

Él rio con carcajadas profundas.

—Seguro que a ti no te lo parece, pero a un inglés apuesto a que sí.

—Bueno, es más o menos como si yo te llamara guiri.

—¿Qué es guiri? —lo pronunció "güiri".

—Lo mismo que sassenach —sonreí.

Mientras seguía explicándome el funcionamiento diario del pub, fuimos interrumpidos varias veces por algunos clientes que iban a desayunar o simplemente a tomar una cerveza. Se servía cerveza desde el comienzo de la mañana hasta la hora de cierre. No había término medio.

Me explicó que haría turnos por semanas, la primera semana comenzaría por el turno de la mañana, que era el más tranquilo, para que me fuera aclimatando y trabajaría fines de semanas alternos, lo que me dejaba suficiente tiempo para hacer un poco de turismo y conocer las Highlands.

A las once hicimos una parada para almorzar. Me comentó que podía hacerlo en la cocina, pero que si el tiempo acompañaba podía salir incluso a una de las mesas de la terraza.

—Chiyo siempre deja algo preparado para nosotros. Ve a la cocina y coge lo que quieras, yo me quedo al mando. Tienes veinte minutos.

—Gracias.

Entré en la cocina donde vi sobre el pequeño aparador un plato cubierto por un paño, lo levanté y bajo él había varios sándwiches y unos pequeños pastelitos que parecían hojaldres de frambuesa. Cogí uno de cada, los envolví en una servilleta de papel y fui al almacén a coger de mi bolso, el paquete de tabaco y el móvil.

Salí al exterior. No llovía, pero seguía haciendo mucho frío. Lamenté no haber cogido también la gabardina. Me senté en una de las mesas más resguardadas y me dispuse a almorzar tecleando a la vez en el teléfono.

Tenía varios mensajes sin leer en el grupo de Whatssap "mis amigas"; por lo visto estaban planeando un fin de semana en la playa. Allí debía haber más de treinta grados, en Escocia no más de quince. Pero no añoraba el calor, de hecho me sentía bastante más cómoda con el frío, lo único que echaba en falta era a mi familia.

Llamé primero a mi madre, contestó a los cinco tonos, justo cuando estaba a punto de colgar.

—Mamá —mi voz sonó estrangulada.

—¿Sí, cariño? —me tranquilicé, su tono era el de siempre.

—¿Qué tal estás?

—Yo, muy bien y Akane también. Nos lo estamos pasando estupendamente. Hoy hemos bajado en autobús a la guardería y le ha gustado mucho. ¿Sabes que es la primera vez que monta en un autobús urbano?

—Sí, lo sé, yo siempre la llevo en coche. Pero ¿qué haces tú con Akane? ¿Le ha pasado algo a Sasori?

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. El corazón empezó a latirme desaforadamente.

—Mira cielo, es que hemos pensado que sería mejor para todos que Akane se quedase conmigo estos meses, porque Sasori, ya sabes, llega tarde del trabajo y para bañar a la niña, darle de cenar y todo eso... pues que yo me apaño mejor. Además, me hace mucha compañía, la adoro y no supone ningún problema —aclaró ella.

—Será mejor para Sasori, no para todos —contesté enfadada. No había tardado ni veinticuatro horas en deshacerse de su hija.

—Cariño, tienes que entenderlo. Esto ha sido muy difícil de aceptar por nuestra parte y lo estamos haciendo lo mejor que podemos. Te recuerdo que la decisión de irte tres meses ha sido solo tuya, no tuviste en cuenta nuestra opinión —me reprendió suavemente, pero con firmeza.

Ahora el silencio fue mío. De repente las dos horas de sueño pesaron como una losa y fui consciente del frío que tenía y de lo extraña que me sentía allí. Miré hacia Naruto que salía a entregar una bebida a un anciano sentado en una mesa frente a la mía. Él me guiñó el ojo y me sentí un poco reconfortada. ¿Había tomado la decisión equivocada?, una vez que estaba allí, tenía que seguir adelante, sí, pero ¿a costa de qué?

—Lo siento mamá —expresé finalmente con voz triste—, yo... no pensé en algunas cosas, creía que lo dejaba todo atado, pero por lo visto me he equivocado. Si ves —paré un momento buscando la expresión adecuada—, si crees que debo volver, ¿me lo harás saber?

Otro silencio al otro lado de la línea.

—Lo haré. Pero no te preocupes, que estamos bien y ¿tú? ¿Comes bien?

Vaya, ya estaba tardando.

—Sí, muy bien —no podía decirle que estaba prácticamente en ayunas desde el día anterior.

—Seguro —el tono de mi madre estaba cargado de ironía.

—No, de verdad. He conocido a la mujer que se encarga de la cocina del pub y ella ha determinado que tengo que engordar, así que seguro que vuelvo con algún kilo de más —mordisqueé el pastelillo que estaba delicioso.

—¿Te lo estás pasando bien? —recordé el viaje infernal hasta las Highlands, la caminata hasta la casa de mis caseros y el accidente con el idiota del Audi.

—Sí, muy bien, mamá. Todo muy tranquilo.

Había descubierto que se me daba muy bien mentir.

—¡Cuídate, cariño! y saluda a esa señora tan amable de mi parte.

—Lo haré. Os quiero. Díselo a Akane.

—Ella ya lo sabe, pero descuida que se lo diré.

Nos despedimos lanzándonos un beso a través de la línea telefónica que nos separaba miles de kilómetros.

Marqué el número de Sasori. No contestó. Tampoco era muy extraño, puede que no llevara el teléfono con él. Le dejé un mensaje en el contestador:

Sasori, soy yo. Te quiero y te hecho de menos. Hablamos esta noche. Un beso.

Me fumé un cigarrillo tranquila apurando mis últimos cinco minutos de descanso y entré a relevar a Naruto.

Mientras Naruto almorzaba, serví mis primeras consumiciones sola, dos tazas de té y a la vez conocí a las hermanas Clarkson. Entraron cogidas del brazo, como dos siamesas. Su edad sumándola rondaría los doscientos años, pero su paso era ágil y brioso. Ambas llevaban el pelo largo y completamente blanco recogido en un primoroso moño en la nuca y sus rostros cargados de arrugas reflejaban con toda claridad el paso de los años. Sin embargo, bajo la cubierta arrugada asomaba una piel blanca como el alabastro, haciendo que parecieran dos figuras del museo de cera Madame Tussauds. Las dos tenían unos vivaces ojos de tonalidad castaña que miraban todo con una curiosidad propia de niños y no de dos ancianas. Y hablaban por los codos.

Me contaron que eran viudas, la más joven, que se presentó como Donella, había sido profesora de Historia en un instituto de Glasgow y al morir su marido había vuelto a la casa familiar para pasar sus últimos años en compañía de su única hermana. La mayor, Caristìona tenía cuatro hijos y trece nietos, había vivido siempre en el pueblo y no había llegado más lejos que a St. Andrews, a la graduación de dos de sus hijos en la Universidad. Me dijo que ese verano vivían con una de sus nietas, una joven de diecisiete años que sus padres habían enviado con su abuela y su tía abuela para que se calmara, ya que había tenido una conducta licenciosa en Leicester, que era donde vivía. No me atreví a preguntar qué consideraban esas ancianas "conducta licenciosa" por miedo a que me respondieran.

Eran muy curiosas y en menos de media hora me habían preguntado hasta la talla del sujetador, entre risitas, ya que les había mucha gracia mi pintoresco acento.

Naruto entró en ese momento y me vio charlando con ellas. Las saludó con efusividad y dijo:

—Ya conoces a mis clientas favoritas.

Ellas sonrieron y se dieron suaves codazos en las costillas.

—Sí —contesté—, son muy simpáticas.

—Constituyen parte del Patrimonio Histórico de la Ciudad —ellas volvieron a reír—. Si quieres saber algo de alguien no dudes en consultarles, no sé cómo lo hacen, pero siempre son las primeras en enterarse de todo, nada se les escapa, como a los sabuesos —lo dijo sin malicia, con la familiaridad que da una antigua amistad.

—Tiene razón —contestó Donella—, a Naruto y a Sasuke los conocemos desde de nacieron.

—¿Quién es Sasuke? —pregunté desconcertada.

—¿No le has presentado a Sasuke, Naruto? —inquirió Caristìona.

—No ha podido hacerlo —respondió Donella en su lugar—, ya sabes que solo viene por aquí los fines de semana. Desde que pasó aquello, la verdad es que nos tiene un poco abandonados.

Yo miré con gesto interrogante a Naruto. Me había perdido por completo.

—Sasuke es mi primo. Es el dueño del Uchiha. Solo viene los fines de semana en verano y no todos. Él trabaja en Edimburgo y parece que los pueblerinos ya no le interesamos como antes —explicó sin dar demasiados detalles.

—Ah —contesté yo sin saber muy bien qué decir.

—Todavía los recuerdo a ambos correteando y metiéndose en problemas, rompiendo todos los corazones a cien millas a la redonda —suspiró Caristìona.

Naruto enrojeció.

—Eso fue hace mucho tiempo —dijo.

—No tanto, hijo, que ya me ha dicho Eilionoir, la que fue cuñada de Iain, el sobrino de Dougal, que sigues haciendo de las tuyas de vez en cuando. A ver cuándo sentamos la cabeza, que no queremos morirnos sin conocer al menos a uno de tus hijos, a no ser —dijo Caristìona como si se le ocurriera de repente—, que ya tengas alguno con otro apellido que no sea Namikaze Uchiha.

Yo sonreí. Naruto estaba colorado como un tomate.

—No me gustan las casadas. Traen demasiados problemas. Además, habiendo chicas tan guapas por aquí y solteras —les guiñó un ojo y ellas rieron encantadas.

—Y ¿Sasuke? —preguntó Donella con curiosidad.

—¿Qué pasa con él? —respondió Naruto.

—¿Se ha casado ya? El año pasado trajo un día a una joven rubia, nada simpática por cierto, una ejecutiva de esas de la city —me miró a mí, buscando afirmación, yo agité la cabeza en señal de entendimiento, aunque no entendía nada—. Espero que no siga con ella, parecía una bruja.

—Sí —afirmó su hermana enérgicamente—, le faltaba la escoba, aunque solo tendría que sacarse el palo que llevaba metido por salva sea la parte y echaría a volar. Por San Ninián, ¡que mujer tan desagradable! Aunque, claro, después de lo que sufrió, es lógico que haya perdido un poco la perspectiva en cuanto al tipo de mujer con quien compartir su vida.

Yo miré otra vez a Naruto con gesto interrogante. Él me ignoró.

—Vamos, vamos —las amonestó—, que no fue para tanto.

—Que sí, que sí —apostilló la otra hermana—, que te llamaba el Brad Pitt de pacotilla.

—¿Qué? —ahora Naruto sí se estaba enfadando.

Decidí intervenir para suavizar un poco el ambiente.

—Vamos, vamos, que no es para tanto —le palmeé el hombro—, si hasta yo cuando te conocí te llamé el Ken de Barbie.

Ambas mujeres rieron divertidas.

—¿El Ken de Barbie? —atronó Naruto.

—Sí —contesté yo sin flaquear—, es que en la foto que me mostraron parecías tan alto, tan rubio, tan fuerte, tan perfecto, tan... de plástico —terminé con una carcajada.

Las dos hermanas siguieron riéndose.

Naruto nos miró a las tres entornando los ojos y maldijo en gaélico.

—¿Qué ha dicho? —pregunté.

—Oh, nos ha llamado brujas. Pero eso a nuestra edad es toda una honra —siguieron riéndose y dándose codazos la una a la otra. A este paso acabaríamos llevándolas al centro de salud con alguna costilla rota.

—Así, que el Ken de Barbie. Y dime, preciosa —entornó los ojos—, ¿qué pensaste cuando me conociste en carne y hueso?

—Que Ken está claramente sobrevalorado —contesté yo riéndome

Naruto bufó y frunció la boca enfadado.

—Me gusta esta joven, hijo. Tiene agallas. Está claro que no la has dejado nada impresionada —añadió la más joven.

—¿Recuerdas que soy tu jefe? —exclamó súbitamente serio y con la voz ronca por el esfuerzo.

Yo me puse seria a su vez.

—Lo siento. Solo estábamos bromeando —me disculpé un poco avergonzada.

—Creo que te llaman —señaló con un gesto a un cliente que acababa de entrar.

—Sí, claro —me dirigí hacia el cliente, lamentando mi incontinencia verbal, pero aun así pude ver como ambas hermanas lo amonestaban e incluso observé, sorprendida, que le dieron un pequeño pellizco en el brazo.

Atendí a un par de personas más, la mañana se me estaba pasando volando, estaba cómoda e incluso empezaba a divertirme, cuando Naruto vino a buscarme y me dijo que tenía que ir al almacén a hacer inventario.

Me dio un cuaderno de notas y me dejó encerrada en el almacén polvoriento. Yo lo consideré un castigo por mis atrevidos comentarios con las hermanas Clarkson. Pero era el jefe y no me convenía enfrentarme con él, así que me puse manos a la obra, catalogando y apuntando lo que veía.

Casi dos horas después, la cabeza rubia de mi enervante jefe asomó por la puerta y me dijo que mi turno había acabado. Me cambié de ropa y salí. Naruto estaba hablando con una chica joven, de unos veinte años, rubia con gafas y pinta de intelectual, su ámbito parecía ser más una biblioteca que un pub y me di cuenta de que miraba con total adoración a Naruto, como si cada palabra que pronunciase fuese música para sus oídos.

Me acerqué a despedirme y Naruto nos presentó:

—Sakura, esta es Temari, tu compañera.

—Hola —dije e impulsivamente le di dos besos, saludándola a la manera española.

Ella se ruborizó algo incómoda.

—A mí no me besaste cuando te conocí —interrumpió Naruto.

—Tú no te lo merecías —contesté algo enfadada por el castigo del almacén.

Los dejé a ambos con la boca abierta y mordiéndome el labio por mi descaro, intenté solucionarlo con un adiós, hasta mañana, qué paséis un buen día, todo atropellado y corriendo.

Ambos se despidieron con la mano de forma algo mecánica y salí a la luz del día.

Lo primero que hice fue dirigirme al pequeño colmado del pueblo, en el que podías encontrar desde comida hasta aparejos de pesca, pasando por objetos de decoración y recuerdos de Escocia. Incluso había una gaita colgada de una pared. La mujer que lo atendía era agradable y tenía ¡gracias a Dios! adaptadores de enchufe. Le compré eso, varias gominolas y paquetes de patatas fritas con sabores indescifrables, como las de gambas, que adquirí por curiosidad más que por gula. También compré un chubasquero, que consideré que me iba a ser bastante útil, ya que tendría que ir a trabajar todos los días en bicicleta.

Pedaleando despacio y disfrutando del bonito paisaje, me dirigí a casa. Cuando llegué eran casi las cinco de la tarde. Mis caseros estaban en el salón, viendo lo que parecía un serial de televisión. Los saludé y me invitaron a sentarme con ellos y compartir una taza de té. Conversamos un rato, pero estaba tan cansada que me excusé y subí al poco a mi habitación.

Me puse el pijama y la bata, me acosté en la cama y cogí el libro electrónico con intención de leer para hacer tiempo y llamar a casa. Estaba tan agotada que debí quedarme dormida, me desperté al escuchar el sonido de voces en el descansillo. La luz del anochecer se filtraba por la ventana, creando sombras grises en la habitación. Sobre la mesilla había un plato con una tortilla y dos rebanadas de pan. Ni siquiera me había despertado cuando me lo dejaron allí. De todas formas tenía demasiado sueño para tener realmente hambre.

—Te digo que es verdad —le estaba diciendo Biwako a Hiruzen.

Un gruñido como respuesta.

—Lo he visto con mis propios ojos, revistas de esas guarras, pero de mujer, me oyes Hiruzen, de mujeres desnudas. Sí, guardadas en su maleta —susurró su esposa con intensidad.

Yo me incorporé adormilada. ¿Había estado husmeando entre mis cosas? Por un momento quise salir a pedir explicaciones, pero seguí escuchando, mi curiosidad ganó.

—¿Será una depravada? —seguía diciendo Biwako.

—Yo creo que es una joven bastante normal —contestó Hiruzen—, ha dicho que está casada y hasta nos ha enseñado las fotos de esa niña tan preciosa que tiene.

—Pues yo creo que tiene que haber algo raro —me lo dice mi pie izquierdo, el que me rompí aquella vez en la boda de Moira.

—Eso solo te dice que va a cambiar el tiempo, mujer —respondió su marido con un fuerte suspiro.

—Que no, que no. Si no, explícame, ¿qué hace aquí si está casada? Y trabajando en un pub nada menos. Menos mal que los Uchiha son de fiar —aclaró algo más tranquila por mi virtud.

—Bah, mujer. Deberías dejar de ver tanta serie de misterio, te está friendo las ideas —protestó Hiruzen.

—Yo creo que está escapando de algo —contestó Biwako sin escuchar a su marido.

—Sí, de ti, cuando se dé cuenta de cómo eres —le soltó bruscamente Hiruzen. Cada vez me caía mejor ese señor.

—¿Crees que será de ese tipo de personas?

—¿Qué tipo?

—Una invertida.

—Lesbiana querrás decir.

—Pues eso. O es que ahora me vas a decir que ves normal que se venga de su país con un cargamento de revistas con mujeres desnudas. Yo les he echado un vistazo y son de lo más desagradable. Esas posturas, ¡qué cosas! —exclamó Biwako ahogadamente.

—Te digo que ves fantasmas donde no los hay. Sakura es una joven perfectamente normal. Quizá necesite el dinero y por eso ha tenido que venir aquí a trabajar, en España las cosas están bastante mal, ¿no ves las noticias? —preguntó Hiruzen.

—No, porque nunca dicen cosas agradables —contestó filosóficamente su mujer.

Un bufido de Hiruzen como respuesta.

—De todas formas, si le gustaran las mujeres no tendría por qué ocultarlo, en España se permite desde hace años el matrimonio homosexual —explicó mi casero.

—¿Cómo?

—Pues sí, en esos temas son bastante más liberales que nosotros, mujer.

—Tú dirás lo que quieras, pero yo por si acaso, cuando me bañe, cerraré la puerta con pestillo, no vaya a ser...

—Que se enamore de tus rulos, ¿no?

—Más vale prevenir que lamentarse. Y eso lo dices porque tú para ella no eres nada atractivo, pero entre mujeres...

—Sí, como si tú supieras de mujeres —soltó bruscamente Hiruzen.

—Más que tú, que por eso soy una de ellas —replicó ella con indignación.

El murmullo cesó cuando entraron en su habitación y cerraron la puerta. Giré en la cama y me quedé mirando al techo. No sabía muy bien si enfadarme o reírme, opté por esto último y agradecí la prudencia que iba a tener la señora Sarutobi de ahora en adelante de cerrarse la puerta con pestillo, no fuera a ser que con tanto sex-appeal en el ambiente se despertaran mis instintos depravados.

Cerré los ojos y volví a quedarme dormida. Dicen que conoces verdaderamente un idioma cuando sueñas que hablas en él. Yo tuve un inquietante sueño en el que estábamos Sasori y yo en la cocina de nuestra casa, yo intentaba explicarle qué hacía en Escocia y lo que sentí tras la muerte de Matsuri, él me gritaba y me respondía que no entendía ni una sola palabra, hasta que yo callé y me di cuenta que estaba dando las explicaciones en inglés.

Cuando desperté asustada a las primeras luces del alba y analicé el sueño, no supe muy bien si se refería a que ya dominaba la lengua inglesa o a que más bien que Sasori y yo nunca llegaríamos a entendernos del todo.

Sin dar tiempo a que sonara The final countdown, apagué la alarma y comprobé las llamadas perdidas. Una noche más había olvidado llamarlo, una noche más él no había llamado. Con el ánimo pesaroso me enfrenté a mi tercer día en mi retiro escocés.